martes, 21 de abril de 2009

Acto de piedad



Yo estaba saliendo de los veintes y él era un generalote de división entrado en los sesentas. Cuando hablé a su oficina para pedir la entrevista, la secretaria me dijo: “¿Para cuándo quiere la cita con mi general?”. “Mi general” era una frase que yo sólo había escuchado cuando la gente se refería a mi general Zapata; pero en la puerta del siglo XXI, un generalote nada tenía que hacer en la escena pública, pensé; menos en la política. Pedí la cita para un miércoles; el general me recibiría en su casa.

Venido de una tradición militar rígida, el general era de cuna humilde y carácter recio. Vivía en esa zona del norte de la ciudad donde las calles hacen referencia a lomas, montes y sierras; particularmente la calle de su casa estaba en una cuesta empinada a donde mi carrito estándar llegó con trabajos mientras yo me acababa el clutch. Cuando agarré la grabadora y bajé del auto, me sentí un poco intimidada: era la primera vez en la vida que entrevistaba a un militar.

El general era todo un caballero. Por alguna razón me lo imaginaba vestido de traje, como tantas veces lo vi en el Senado: una figura no muy alta, ligeramente regordeta, pero cuidada; cabello cano, piel morena, mirada dura, sonrisa franca. Quien me recibió fue un hombre de atuendo casual, con una súbita suavidad en los ojos y todo el tiempo del mundo para platicar. De pronto me di cuenta de que esta entrevista la había esperado él con más ganas que yo.

Se sentó en un sillón y me señaló otro. Alguien me ofreció algo de beber y nos quedamos solos, en medio de su casa enorme, llena de tapetes, de tapices, forrada de madera en pisos y paredes. Un ataúd, fue lo primero que se me vino a la mente.

En medio de la penumbra, hablamos. Había nacido y se había convertido en hombre en esa época en la que los presidentes del país también eran generales. Ingresó a las fuerzas armadas un poco por vocación y un poco por supervivencia, pero siempre con ese amor a la patria sacado del Himno Nacional que ahora no se ve ni en las monografías de ocho pesos. Su ascenso en la milicia se dio en paralelo con las buenas relaciones que estableció con los cacicazgos del estado de Nayarit. Cuántos secretos no les sabría él a ellos, y cuántos ellos a él. Tantos, que al pasar los años y retirarse del Ejército con el pecho forrado de medallas, el partido le dio un escaño, y después una curul.

Con este bagaje, me interesaba su opinión. Un presidente ranchero, salido de las filas de la derecha, acababa de llegar al gobierno y era el comandante en jefe de las fuerzas armadas. Para un militar formado en el laicismo, en la política de carrera, en la cultura del esfuerzo, en la disciplina y el rigor, ¿qué representaría un presidente campechano, hablador, inculto, despectivo, aferrado a vírgenes y crucifijos al ponerse la banda presidencial?

El general sonrió en silencio. Fue cuidadoso con sus palabras. No elogió, pero no desdeñó. En su mirada se veía la nostalgia por los tiempos idos, las glorias efímeras que había depositado en un banco cuyo capital en nada valía para quien ahora estaba al mando. La apuesta de una vida, el tragarse favores y sangre, el endurecer el corazón y ejercitar el cinismo, para acabar siendo la oposición, la minoría, para recibir un cargo de papel. Lo empecé a ver más chiquito cada vez.

Por más de una hora el general habló y habló. Desdeñó, eso sí, la falta de respeto a los símbolos patrios. Con una honestidad que me desarmó, me dijo que el Ejército Mexicano no sirve más que para rescatar gente cuando hay inundaciones. Me dijo que las armas de las fuerzas “armadas” no sirven ni para enfrentar a los ejércitos que hay en casa. Me dijo que los jóvenes no aceptan ser reclutados por vocación, sino por hambre. “Hemos recogido muchachos en Oaxaca que entran al Ejército para ponerse unas botas por primera vez. Así es como estamos”.

Yo ya tenía mi respuesta, pero él seguía hablando. Por una única vez en la vida pude sentir la pequeña tragedia del dinosaurio en la agonía. Un conato de compasión me llevó a hacer dos preguntas más; después utilicé el tráfico y el sur de la ciudad como coartada para escapar. Sus ojos tristones no combinaban con la sonrisa forzada con la que me acompañó a la puerta; estrechó mi mano, y me dijo con sinceridad que había sido un gusto platicar conmigo. En un acto de piedad disfrazado de empatía, me escuché decir: “Igualmente, mi general”.

Supe que el general murió el 21 de octubre de 2004.

15 comentarios:

Kyuuketsuki dijo...

Solamente cuando están viejitos, en abandono y empiezan a voltear a sus "logros" en retrospectiva y se dan cuenta de lo inútil y/o irrelevante que ha sido su vida, es cuando se les llega a tener ese atisbo de piedad, o simple y sencillamente lástima. Hubo quienes no tuvieron en su vida ni siquiera el sentido efímero de un logro pasajero; para ellos mi compasión. Los políticos que se pudran; los oficiales del ejército más, si son de los que pasaron por la época del 68 y guerras sucias.

Luis dijo...

Que bonito escribes. Me recordo mucho cuando Ricardo Garibay contaba de sus platicas con Díaz Ordaz.

Tumeromole dijo...

Los ancianos son bastante interesantes, aunque tarde o temprano empiezan a hablar más de la cuenta y uno sólo se limita a pedir piedad para que se queden dormidos o algo.

Me pareció bastante bueno este escrito.

Anónimo dijo...

Reflexivo
relato
revelador
de las fuerzas
represivas
en decadencia.
Muy bueno, como siempre Chila, si ya lo sabes, que te haces.


Soy Carmen, pero no sé por qué razón no acepta mi contraseña, mmmh

Danielov dijo...

¿Qué? ¿Las monografías ya cuestan OCHO devaluados pesos OCHO???
Xiales, ha habido inflación desde que estaba en la escuela, ¿eh?, ¿eh?

Manuel dijo...

Oye, vieja loca, que buena esta ésta madre. Y si te lo digo así, tan a rajatabla, es por que es lo mejorcito que te he leido, eh. Ya no sabe a editorial de Vanidades :p. Esta madre es mole puro, con puritita pierna de pavo y ajonjolí por encimita.

ge zeta dijo...

Es un placer leerte como siempre. Me encanta que, no sé cómo le haces para que pueda imaginar todo tan bien y el texto envuelva por completo.

Saludos

ge zeta dijo...

Alguna vez me dijiste que en estos casos el mérito no está en las palabras de quien escribe, sino en la mente de quien lee. Pero es que no todos tienen esa facilidad para escribir bien y causar ese efecto en los lectores.

Usted no sea modesta y acepte el cumplido.

Antropomorfo dijo...

Me encantó, me encantó, me encantó, me encantó...

Nefesh Bleu dijo...

Más que el tema, más que la anécdota en sí, la manera en la cual está escrito este relato es una caricia para los ojos.

¡Muchas gracias por compartirlo!

¡Felicidades!

tazy dijo...

pts, sé lo que se siente ver al dinosaurio caerse. o ver a las pieles púrpura rendirse ante la obviedad: todos saben sus secretos. A poco no te da como ñañaras y ganas de llorar con ellos??


excelente relato con todo y mi googleada para enterarme bien del chisme

Kabeza dijo...

Muy bueno.

Jair Trejo dijo...

Triste ver a los dinosaurios sustituidos por alimañas aún peores.

Rox dijo...

Me recordó a mi abuelo y a los tiempos que me contaba.

Excelente, chilangelina :)

chilangelina dijo...

Kyuuketsuki, yo creo que lo peor debe ser darte cuenta de que quienes tienen el poder son aún más pendejos que tú. Ese ha sido el castigo para los militares y no militares del régimen anterior...
Luis, gracias. Procedo a imprimir ese comentario y ponerlo con un marquito en la pared.
Tumeromole, jajaja, que se queden dormidos por piedad...
Carmen, gracias; tú sígemelo diciendo, ándale...
Danielov, ni sé, la neta nomás le calculé al tanteo...
Manuel, algo quieres...
Ge Zeta, lo acepto con un chorro de gusto viniendo de quien viene...
Antropomorfo, gracias, gracias, gracias...
Nefesh Blue, me cae que tus comentarios son una caricia también, mil gracias...
Tazy, no esperaba menos de la historiadora de lujo...
¡Miren, el Kabe me comentó!
Jair: tristísimo.
Rox, gracias :D
Nuevamente, gracias a todos por tomarse el tiempo para leer y comentar, snif.

Blogalaxia