viernes, 18 de septiembre de 2009

La eternidad de un perfume



Toda esa manga de puñetos doceañeros recién ingresados a primero de secundaria, hablaban de sexo con la seguridad de un consumado actor porno o un maestro del kamasutra.

Si no tenías la habilidad para inventarte una cachondísima aventura sexual lo suficientemente realista como para resultar creíble, no te restaba más que aparentar suficiencia absoluta y total dominio del tema cuando tus compañeros empezaban a dar rienda suelta a sus imaginarias cogidas. Vaya, lo único que estaba absolutamente prohibido en esa pandilla, era demostrar ignorancia e inexperiencia en el tema sexual. Hoy que lo miras a la distancia, te queda claro que eran todos un ridículo atajo de virgencitos que apenas empezaban a descubrir las delicias de la mano amiga, aunque en ese entonces nadie lo hubiera aceptado públicamente.

A mediados de los años ochenta, Monterrey era la ciudad con más antenas parabólicas en el mundo y fue en esos años cuando decenas de miles de pubertos regiomontanos descubrieron la cabalística clave F4. Por la noche, esos obsoletos platotes que infestaban los techos de regiolandia apuntaban hacia la parte más cachonda del satélite. El Playbol Channel para los fresas y el American Exxxtasy para los que buscaban emociones fuertes, eran los canales de moda. Por aquel entonces jamás faltaba un quince años donde colarse y tampoco un amigo cuyos padres salieran el fin de semana, dejando la casa y la antena parabólica a merced de la infinita calentura de los doceañeros.

El ritual se completaba con unas cervezas furtivas, pues aparte de ser expertos en el tema sexual, eran consumados bebedores con una resistencia alcohólica que en ningún caso excedía de las tres botellas de Carta Blanca quitapón antes de estar vomitando. Aunque las erecciones eran inocultables y más de uno se metía al baño a platicar con Manuela, parte del código de la pandilla consistía en aparentar frialdad al presenciar las escenas de sodomía del American Exxxtasy. Vaya, en el colmo de la pedantería, algunos llegaban a afirmar que hacía mucho no se masturbaban, pues sus múltiples parejas sexuales se encargaban de hacerles esa tarea. El alardeo era ridículo, máxime si tomabas en cuenta que había sido apenas tres o cuatro años antes, en tercero o cuatro de primaria, cuando un amigo empezó con las inexactas revelaciones comprometedoras: “para hacer los bebés un hombre le tiene que echar pipí a la mujer por el agujerito”. Carajo, la mierda tiene propiedades reproductivas según tu precoz compañero. Después, en sexto, alguien te vino con el cuento de que podías derramar esperma a voluntad si usabas las manos correctamente. La verdad es que muchos de tus compañeros han de haber sido aún impúberes cuando ya alardeaban donjuanismos de atleta sexual frente a las escenas del American.

Hace falta un mínimo de sentido común para deducir que las estadísticas apuntaban en su contra y ustedes la tenían muy complicada para poder consumar su soñado desquinte, tantas veces cacareado en sociedad. Aunque por aquel entonces la mojigatería regia hablaba de la degenerada e indecente juventud de los ochenta, la realidad es que para un alumno de un colegio privado en la ultraconservadora San Pedro Garza García, no era tarea fácil consumar su primera vez. Con las compañeras de la secundaria ni pensarlo. La apuesta es triple contra sencillo a que el 90% de tus compañeras del Liceo Anglo Francés llegó virgen al final de tercero de secundaria y conste que ese 10% restante se mantiene abierto por mero compromiso con lo improbable. Por supuesto, te habías memorizado los nombres de los célebres congales regios, empezando por el Casa Saúl, mismo que jamás visitaste, aunque tú y tus compañeros aseguraban ser clientes frecuentes.

Paradójicamente, el afrodisíaco capaz de elevar tus fantasías hasta las cimas de la guarrez, no fue el American Exxxtasy, sino un libro: Caligula, de William Howard. En el verano de 1986, en pleno mundial de México, empezaste a leer ese libro creyendo que te aventurabas en la biografía de un emperador romano loco (poca gente te cree que desde tu infancia eras un maniaco lector de historia) y encontraste una trama de incesto y sadomasoquismo. Ahí descubriste el elíxir de la libido yacía en la imaginación y que las letras podían llevarte más lejos que las imágenes explícitas de la parabólica. Aún recuerdas la escena del libro donde la abuela sorprende a Caligula cogiendo con su hermana Drusila al percibir el olor del sexo en al aire, pero entonces no prestaste atención al detalle olfativo.

Los mayores escarceos eróticos que podías tener en ese entonces, era que tu compañera de baile aceptara quedarse contigo en las calmaditas, esas rolas cursilonas como “Temblando” de los Hombres G que en los bailes regios del 86-87 en el Alpino, San Agustín y similares, eran el non plus ultra del romanticismo. Tomar de la mano a la chica o darle un beso banqueteado era un avance considerable capaz de sacudirte las entrañas. Sin embargo, pronto caíste en la cuenta que si querías lograr algo más, tenías que salir de San Pedro y para eso tenías tu bicicleta, capaz de llevarte muy lejos de ahí.

El primer faje de tu historia fue enmarcado por una regia postal. Ocurrió en la Macroplaza, en una banca a un costado de la Fuente de Neptuno. “Un lugar para enamorarse”, decía la propaganda oficial de Jorge Treviño, invitando a los regios a visitar su nueva plaza, la más grande del mundo, herencia de don Alfonso Martínez Domínguez. Tú no te enamoraste, pero por lo menos llegaste a algo más que un beso banqueteado y un agarre de mano. Sin embargo seguías siendo virgen y el asunto te molestaba en demasía. Había que quitarse la virginidad como quien se quita una peste. Fue por aquel entonces que te prometiste a ti mismo que jamás pagarías por sexo, promesa que a la fecha has mantenido. Tu primera vez y todas las veces el sexo tendría que darse por amor, espontaneidad, cachondería, borrachera o cualquier cosa menos por dinero.

Y finalmente, en el verano de 1989 cayó el ansiado gol. Por supuesto, no fue en Monterrey sino en Guanajuato y aunque no fue con una novia que cayera seducida ante tus encantos, lo cierto es que no pagaste un solo centavo ni fue una burda transacción comercial. ¿Cómo ocurrió? La verdad no lo sabes muy bien. Habías bebido algo de vino en la callejonada. Fue, obvia decirlo, una mujer mayor que tu, 20 o 22 años, o en todo caso bastante más madura que tus 15. Sospechas que era bastante correteada y te desquintó por simple y llana diversión, un asunto de solaz esparcimiento el reirse con el nerviosismo de un mocoso primerizo. Descubriste entonces que el sexo real era algo diferente a Caligula y el American Exxxtasy, empezando por el olor. Sí, el sexo olía, a sudores, a piel y algo parecido al pescado, que se mezclaba con ese perfume cuyo nombre jamás has averiguado. Tuviste tu primera vez. Amaneció y te largaste de ahí o más bien dicho, ella te corrió. No hubo teléfonos, direcciones ni nada de por medio y el e mail no existía. Ella no quiso citas futuras. Sólo te dijo que vivía en Tabasco y era casada. Obvia decir que nunca la volviste a ver ni saber de ella. A la fecha has olvidado su cara y el nombre que te dio, seguramente falso. A lo largo de estos 20 años podrías haber estado frente a ella diez o cien veces y simplemente no la reconocerías. El recuerdo visual es débil. Sin embargo, 20 años después, eres capaz de percibir a varios metros de distancia el olor de ese perfume. Ignoras cómo se llama esa fragancia que relacionas con los bajos fondos y que ninguna novia tuya ha utilizado, aunque cada cierto tiempo lo hueles en la calle y la vena afrodisiaca de ese eterno recuerdo olfativo irremediablemente se activa y te das cuenta que cuando de olores se trata, 20 años gardelianos no es nada.


15 comentarios:

Luis dijo...

Pinche Daniel, que chinga nos pones a todos en este blog, snif.

Eso de la parabólica era ciertísimo. Un amigo tenía una que estaba conectada a la televisión del cuarto de sus papas en el segundo piso y a la de su farmacia en la planta baja, que atendía su mamá. Saliendo de la escuela nos metíamos a la recamara, él movía el plato y rezábamos porque su mamá no prendiera la televisión allá abajo. Una de cada tres veces sonaba el interfón por donde oíamos a su mamá gritar: "Pedro! cámbiale a esa porquería!" Más de una vez la prendió frente a los clientes, jajajaja.

a.be dijo...

Los besos banqueteados (suspiro...)!

Anónimo dijo...

oigan es cierto que la CHOCOTORRA esta preñada???? o por que ya no existe su blog?? le afectó en algo lo que se ha dicho de ella en todas partes o que pedo??

jajajajaja.... si es verdad, la compadezco, se le ha de haber caido el mundo! Digo... sus sueños de escritora mandados a la verga por un mocoso que le crece en las entrañas!

No te preocupes amiga, tomalo por el lado amable: consuelate con que esta experiencia y su inherente sufrimiento te inspiraran más escritos para que asi puedas continuar persiguiendo tu sueño de imitar a los grandes literatos jajajajaja...

Ademas, siempre puedes hacer de tripas corazon y tragarte ese orgullo de literata librepensadora e independiente, y dejar al fruto de tu vientre al cuidado de tu mamá para que asi puedas seguir persiguiendo tus sueños (aunque qué hueva para tu jefa! jajajaja). Incluso puedes seguir yendo a pedas y asi, nomas que no te mames, porque la gente habla y puede pensar qué mala madre eres. AY, CHOCOTORRA, EN QUE LIO TE METISTE!!!

Y a los demas: Aguas CHAVOS!! Porque la pendeja ha de estar bien querendona en estos momentos, buscando a quien colgarle el milagrito! No se confien!

Reign dijo...

Pff... leerte es siempre un manjar.

Anónimo dijo...

Y sí, el mejor por muuuuucho. Que gran texto.

Anónimo dijo...

Pfff... mi cerebro no da para una critica con por lo menos un argumento valido y por eso me sumo a la borregada lisonjera..... "leerte es un manjar!"

Yucko dijo...

Tengo que decir que Calígula me provoca buenos recuerdos, al igual que tu post. Saludos.

controlzape dijo...

¡Ah! Esos textos que le decían un "quítate que ahí te voy" a la pornografía semiclandestina que uno conseguía en aquellos tiempos preinterneteros. Mis favoritos eran los libros de un señor que se llamaba Harold Robbins. Creo que me hice más puñetas con lo que él escribía que con Traci Lords.

Excelente texto, Daniel. (Nota para mí: postear más temprano para que los monos de Kabeza queden al lado del texto de Daniel y ya no parezca yo un descerebrado aporreando un teclado... bah... que importa).

Anónimo dijo...

No mamen, que hueva su sociedad de San pedro de la Mierda...

Dib dijo...

Excelente texto.
Como 15 años de diferencia, pero básicamente todo es igual.

César dijo...

Conozco regios de 25+ que siguen siendo vírgenes hoy, mi estimado DSB.

Y su existencia gira en torno a sí son desquintados con una "chava" que les gustó en el antro.

Así de vigente sigue siendo tu historia ochentera.Snif por ellos.

Christian dijo...

No presumas tu lectura. No escribes como para probarla.



La literatura no para pitos, tarado.

Rox dijo...

Me gustó un chingo. Esos textos de psique masculina despiertan a mi adolescente curiosa.

vientos!

El Contador Ilustrado dijo...

ciertisimo, el olor hace al detalle y la delicia

Anónimo dijo...

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