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lunes, 13 de septiembre de 2010

RETAZOS INCOHERENTES DE FINAL




Ya llegó, ya llegó…es el Fin, al final, es el Fin, nuestra Muerte. Eskorbuto

Anticipo el final, dispongo mi ánimo para el cataclismo mientras aguardo a que acaben de abrirse las puertas del Infierno. La oscuridad es tempranera y los fantasmas salen a la superficie. Camino por el hielo como los personajes de Profundidades. Abajo aguarda el abismo, los monstruos dormidos, nuestro Apocalipsis de cada tarde.

(Aquí arriban muchas esperanzas y se acaban por disolver, aquí todo es efímero, desechable y lo peor es que no se recicla, ni siquiera se biodegrada, se queda ahí, contaminando la tierra, chupando sangre como una garrapata, negándose a dejar de existir, depredando cuanto se mueve a su alrededor).

Por ahora estoy feliz. Mi felicidad es una niña en patines de hielo deslizándose a toda velocidad por una delgada superficie a punto de romperse. Bajo el hielo hay un abismo sin fondo poblado de monstruos (ahí debe habitar el monstruo de la taza del baño por cierto) Pero en este momento la niña está patinando como si nada. Si la capa de hielo es gruesa o está a punto de derretirse es cosa que le tiene sin cuidado. Hoy estoy patinando, mañana quién sabe. No hay que buscarle muchos misterios donde no los hay.

Como el asesino vuelve siempre a la escena del crimen y el salmón a contracorriente retorna a desovar al estanque de origen, uno siempre acaba por volver a ese abrevadero inacabable de letras desparramadas.

En el efímero texto de la vida, redactamos con exceso de comas, puntos suspensivos, a veces punto y seguido. Muy de vez en cuando colocamos ese punto y aparte que pone fin al párrafo e inicia otro. El punto final, en cambio, es un signo inutilizado. Rara, muy rara vez ponemos punto final. Hoy nos toca ponerlo Como herencia nos quedan los Diarios del Fin del Mundo. EL GUSTO ES MIO. GRACIAS.


domingo, 5 de septiembre de 2010

El tabaco y los muertos.




Soy víctima de algunos vicios, lo admito, pero al menos el tabaco jamás me ha tomado en sus garras. De verdad, el cigarro no es lo mío. No puedo decir que no fumo, pues un cigarrito de vez en cuando no le cae mal nadie, pero lo cierto es que pueden pasar largos meses, acaso años, sin que pruebe un solo tabaco y yo me siento de lo más campante.

Allá por el 2002, cuando fuimos a La Habana, me dio por entrarle duro a los puros e incluso compramos clandestinamente una caja de suculentos cohíbas a precio de ganga. Sin embargo lo de los puros fue una moda pasajera y muchos de esos cohíbas los acabé regalando al volver a Tijuana.

He tenido amigos que son auténticos chacuacos y en mis años mozos tenía la puntería de agarrarme como novias a puras fumadoras compulsivas. Sin embargo, yo nomás no agarraba ese vicio. No es lo mío pues.

Debo aclarar que cubriendo el Ayuntamiento de Tijuana, es imposible no fumar de vez en cuando un cigarrito en los pasillos de ese horrible inmueble mal llamado Palacio.
Compartiendo el humo con funcionarios y colegas, han brotado innumerables grillas y rumores políticos que van tomando forma conforme se consume el cigarro.

Sin embargo, hay algunas muy selectas y específicas ocasiones en que en verdad siento deseos de fumar. El otro día, platicando con mi colega René Gardner, coincidimos en que nunca dan tantas ganas de fumarse un cigarro como cuando estás frente a un muerto.

Tal vez quien no se dedique a esto no pueda comprenderlo, pero cuando acudes a cubrir a un ejecutado, algo que sucede con relativa frecuencia en nuestra ciudad, sientes unas inmensas ganas de prender un tabaco.

Pese a que no soy un policíaco, lo cierto es que por la naturaleza propia de mi chamba y de la ciudad donde vivo, me toca acudir a ver muertos por lo menos una vez al mes (mis guardias están malditas señores y siempre se pintan de rojo) Cuando llegas a la escena del crimen y miras las torretas encendidas, los curiosos que se amontonan mientras los de Periciales cuentan los casquillos, sientes una inmensa necesidad de atiborrar de humo los pulmones. Recuerdo cuando asesinaron a Angélica, la jefa de publicistas de Tv Azteca. Llegamos a la colonia Hipódromo antes que los ministeriales, el cuerpo de la chica yacía dentro de su automóvil y los familiares proferían escalofriantes gritos de dolor. Sin embargo, antes de empezar a hacer mi trabajo, preguntar los datos elementales a los policías e interrogar a los curiosos para ir armando mi nota, caí en la cuenta de que me era imprescindible conseguir un cigarro a como diera lugar o de otra forma no podría empezar a trabajar. Sólo frente a los muertos me puedo considerar un fumador compulsivo. Señores empresarios tabacaleros, os informo que los cadáveres actúan ante mí como promotores del vicio.


sábado, 28 de agosto de 2010

Pípilas, niños artilleros y esos 15 minutos de inmortalidad





Andy Warhol habló algún día de los 15 minutos de fama a los que todos podríamos aspirar, pero apostamos doble contra sencillo a que el gurú del pop art jamás conoció la historia del Pípila y el Niño Artillero, pues en lugar de hablar de 15 minutos de fama, habría tenido que referirse a 15 minutos que valieron la inmortalidad. Estas dos míticas e inciertas figuras, cuya existencia es puesta en duda por algunos historiadores serios, han quedado tatuadas en la memoria popular y son mucho más célebres que los ideólogos o caudillos culturales del movimiento. Para sostener lo dicho, hagamos una prueba: que levante la mano quien pueda mencionar al menos dos postulados de la Constitución de Apatzingán y el documento Sentimientos de la Nación. Parece que no hay muchas manos alzadas. Venga otra adivinanza: ¿quién fue el licenciado Francisco Primo de Verdad? Parece ser que este señor no es muy conocido. Bueno, vamos con una tercera pregunta: ¿podrían mencionar las diferencias sustanciales entre la obra de José María Luis Mora y la de Lucas Alamán? Todo indica que a este par de intelectuales no les sobran lectores hoy en día. Más de tres décadas dedicadas a disertar en torno al movimiento insurgente y la conformación política de la nueva nación, no fueron suficientes para asegurar un sitio en la memoria colectiva. Como podemos constatar, la dimensión política e ideológica del movimiento insurgente no es muy popular que digamos. Bien, hagamos ahora otra prueba: levanten la mano los que sepan quién fue el Pípila. Uff, hay muchas manos levantadas. Aún los desinteresados en la historia tienen una idea de quién fue este personaje. El Pípila fue un minero que se amarró una piedra a la espalda y quemó la puerta de la Alhóndiga de Granaditas, responderán. Eso sí, mejor no preguntemos cómo se llamaba el Pípila, pues casi nadie sabe, pero eso poco importa. Como Pípila lo conocemos y mal que bien, su imagen es infaltable en las estampitas infantiles y asambleas escolares. Aquí en Tijuana, al igual que en muchas ciudades mexicanas, existe una colonia que se llama el Pípila y quienes hemos tenido la fortuna de visitar Guanajuato, sin duda hemos sudado un poco escalando para llegar hasta el enorme monumento en honor al heroico barretero. Tal vez no sea tan popular como el Pípila, pero sin duda habrá unas cuantas manos levantadas si preguntamos sobre el Niño Artillero. Fue un muchacho que disparó un cañón y logró rechazar a los españoles durante el Sitio de Cuautla, responderán. Al igual que el Pípila, el Niño Artillero tiene colonias y calles en diferentes ciudades mexicanas. Lo interesante del asunto, es que estos dos personajes aseguraron su inmortalidad en los libros de historia por brevísimas pero decisivas acciones en medio de grandes batallas. Unos cuantos minutos bastaron para asegurar su entrada al pandemonio de los grandes próceres nacionales. Tal vez sin esos mitificados instantes de gloria, sin duda alterados por la leyenda, Pípila y Niño Artillero hubieran formado parte de esa inmensa muchedumbre anónima devorada por la vorágine insurgente, pero la historia es caprichosa. Ahora la pregunta que vale la pena hacernos es: ¿existe acaso constancia que certifique la real existencia de estos dos personajes? ¿Sabemos qué hicieron antes y después de sus 15 minutos de heroísmo? La existencia de el Pípila ha dado lugar a no pocos debates. Artemio del Valle Arizpe aborda el tema en su libro “Personajes y leyendas del México virreinal” (Panorama Editorial) en un interesante capítulo que deja una pregunta abierta al lector: ¿hubo pípilas? Citando a cronistas de la época como Lucas Alamán, Arizpe señala que durante la toma de la Alhóndiga de Granaditas, el 28 de septiembre de 1810, hubo combatientes que se amarraron losas a la espalda para poderse acercar a las puertas del granero y prenderles fuego. Alamán habla de varios soldados con piedras amarradas como escudos, no sólo uno. Lo cierto es que pese a no haber abandonado nunca su condición legendaria y mítica, cierta corriente historiográfica se ha puesto de acuerdo en que el Pípila se llamó Juan José de los Reyes Martínez y tan no es una figura de leyenda, que hasta señalan la calle exacta donde nació: Terraplén, número 90, San Miguel El Grande, Guanajuato, fue el lugar donde Juan José de los Reyes Martínez vino al mundo el 3 de enero de 1782. Al igual que miles de guanajuatenses en la época virreinal, se dedicó a la minería y como cientos de mineros del Bajío, se unió al padre Miguel Hidalgo en 1810. Versiones más novelescas lo ubican incluso como compadre del intendente Riaño, defensor y mártir de la Alhóndiga, algo muy poco probable por cierto. En el argot popular, pípila significa guajolote, aunque no se sabe si a Juan José lo apodaban así por cierta similitud física con estas aves, por tener el rostro picado de viruela o por imitar el graznido de los pavos. Tampoco se sabe si fue una espontánea idea suya o si el cura Hidalgo personalmente lo comisionó para que quemara la puerta de la Alhóndiga, lo cual consiguió amarrándose una losa que le sirvió como escudo contra el nutrido fuego que los realistas escupían desde el techo del granero. Lo cierto es que el Pípila quemó la puerta, lo que permitió la entrada de los insurgentes a la Alhóndiga, desatando una cruel masacre de españoles. Respecto al Niño Artillero también flota un aura de leyenda e irrealidad, aunque casi todos los historiadores están de acuerdo en que existió. Su nombre fue Narciso Mendoza y al momento de su hazaña, el 19 de febrero de 1812 en Cuautla, contaba con doce años de edad. Los realistas al mando de Félix María Calleja del Rey lograron batir una trinchera insurgente y cuando su tropa ya penetraba a Cuautla, fueron rechazados por tremendo cañonazo. Para sorpresa de propios y extraños, en la línea de fuego había únicamente un niño. Los historiadores han documentado la existencia de una tropa infantil que apoyaba al ejército del Sur al mando de José María Morelos. Este regimiento de infantes, era comandando por Juan Nepomuceno Almonte, el hijo ilegítimo de Morelos, quien muchos años después sería un acérrimo conservador, promotor del imperio de Maximiliano. ¿Realidad o leyenda? ¿Héroes providenciales o hijos del azar? Paradójicamente, ni uno de los dos fue mártir y ambos sobrevivieron muchos años a la guerra de Independencia, pues murieron por causas naturales ya en edad avanzada. Su recuerdo, es acaso un tributo a las decenas de miles de soldados desconocidos que no tuvieron 15 mágicos minutos para sellar su pasaporte a la inmortalidad.


viernes, 20 de agosto de 2010

Lluvia de Abril.






Siempre llovía en mi cumpleaños. Podía fallar la piñata, el pastel, los regalos, pero nunca el agua. Las nubes negras siempre llegaron puntuales a Monterrey. En Tijuana en cambio nunca llueve en abril. Su temporada de lluvias, si es que temporada se le puede llamar, es en enero, cuando muy tarde febrero. Eso sí, cada cinco o siete años es con catástrofes diluvianas. Lo de las lluvias primaverales es cosa de tierras regiomontanas.

Desde que vivo en Tijuana nunca ha llovido en mi cumpleaños. Pero de una cosa sí estoy seguro: El 21 de abril de 1988 Tijuana amaneció bajo la lluvia. Todas las crónicas de mis colegas reporteros que cubrieron el hecho, coinciden. Todos, sin excepción, sostienen que esa mañana estaba lloviendo a cántaros. No me he cansado de revisar en hemerotecas lo que publicaron los periódicos tijuanenses del 22 de abril. Los he leído una y otra vez sin cansarme. Saqué copias de todos los ejemplares e incluso los traigo conmigo.

La mayoría de los que eran reporteros en esa época y cubrieron el hecho, hoy son veteranos jefes de redacción que se oxidan en una oficina o simplemente reventaron y se dieron cuenta que el periodismo no ha sido ni será nunca una apuesta de vida. En cambio, en 1988 yo era un adolescente conflictivo al que ni por la cabeza la pasaba dedicarse al periodismo y que tardó once años en saber que en el mundo había existido un columnista irreverente y combativo llamado Hilario Calleja al que mataron en una mañana lluviosa de primavera. Sí, llegué muy tarde al caso, cuando en teoría todo estaba escrito. Tras litros y litros de tinta desparramados en el caso Hilario Calleja, se le considera un tema agotado, condenado a perpetuidad a la página negra que X en la Frente saca cada viernes. Nadie se imagina que yo estoy a punto de hacer que este caso resucite como Lázaro de su tumba y que 22 años después, volveré a poner a Calleja en boca de todos y escribiré el artículo más contundente sobre el tema que jamás se haya escrito. Sólo resta esperar la llamada para empezar a reconstruir los hechos.

Ese día nadie aventuraba aún la hipótesis de Salomón Saha como autor material del asesinato de Hilario Calleja. Mucho menos iban a mencionar el nombre de Alfio Wolf. Se referían únicamente al extraño asesinato de un periodista, emboscado en una calle cercana a su domicilio minutos después de las 9:00 de la mañana. El parte de la Policía Municipal reportaba cuatro impactos de bala sobre el cuerpo de Calleja que quedó tendido sobre el volante de su automóvil, cuyo parabrisas, obvia decirlo, fue pulverizado por los impactos, lo que me hace pensar, aunque no es señalado de manera específica, que el cuerpo del periodista acabó empapado bajo la lluvia. Dos balas en el pulmón, una más en el cuello, sólo una en la cabeza que entró por el pómulo. Muerte instantánea. Testigos anónimos se referían a un estereotípico Grand Marquís de vidrios oscuros y sin placas. Por supuesto, ninguna edición señaló que los asesinos huyeron a refugiarse en el Hipódromo. Eso se sabría hasta después. Y yo, en lo personal, lo sabría mucho después, hasta que llegué a vivir a Tijuana en la Primavera de 1999.


lunes, 16 de agosto de 2010

¿Quieres un viernes a la carta?





Al medio día vas al remodelado a malecón a pasear con tu hijo. El Sol pega sabroso después de un verano particularmente frío.

Pides un pescado al mojo de ajo en el Terraza Vallarta. Tu hijo está contento.
Por la noche, de vuelta a casa, sales al patio
Te sirves un whisky irlandés
Sacas las bocinas y tu iPod
Pones un disco del Reverend Bizarr y después uno de Rainbow en homenaje al gran DIO
Sacas tu lap top
Te entretienes leyendo las palabras que has desparramado en las últimas semanas y que según tú se convertirán en un ensayo
A ratos lees un oscuro libro de John Ajvide Lindqvist llamado “Déjame entrar” que te está gustando un chingo.
Surfeas por dos tres páginas y caes en la cuenta que no has posteado en Recolectivo y a este viernes le queda una hora y media (allá en el D.F ya es sábado)
Sientes el nocturno airecito helado del mar soplando en tu cara y piensas que si al mesero de la vida tuvieras que pedirle un viernes a la carta, pedirías uno como este y reparas en que con todo y sus escupitajos políticos, la vida ha valido la pena ser vivida.


viernes, 6 de agosto de 2010

Los 90





El primer acto que realicé en los 90, concretamente en el primer segundo, fue un enceste. Vivíamos en aquel entonces en el Edo Mex, en la colonia la Herradura. En un enorme patio terraza teníamos montado un aro de básquet y en aquella gran fiesta de Fin de Año, pensé que la mejor y más original forma de iniciar una década era lanzando un tiro libre a las 00:00 horas. Aquella Navidad todos los parientes de Monterrey viajaron para pasar la Navidad con nosotros, los recién emigrados a México. Al momento de iniciar la década, mi hermano Adrián tenía trece días de nacido. Fue el diciembre de la invasión a Panamá y la Revolución en Rumania.

La imagen de Noriega refugiado en la nunciatura apostólica y la de Ceacescu y su esposa recién fusilados acaparaban la pantalla en una época en la que presentíamos que el mundo no volvería a ser igual. La Historia, diría Fukujama, estaba llegando a su fin.

Viví el Mundial 90 en medio de unos catastróficos exámenes finales y aún así lo disfruté inmensamente. No estaba México y caían goles a cuentagotas, pero Roger Milla, Gascoine, Higuita, Canigia y Goycochea me hicieron pasar mañanas inolvidables. En términos académicos fue el peor año de mi vida.

Hablar de música, lo sé, es la tentación ineludible. Qué sería una época adolescente sin su música. El verano del 90 vieron la luz el Rust in Peace de Megadeth (este año Mustaine ha armado una gira de XX Aniversario) y el Seasons in The Abyss de Slayer, pero el verano del 90, fue, ante todo y sobre todo, el verano de La Polla Records. Aquella caótica y claustrofóbica tocada de la última carcajada de la cumbancha (Perpetua e Insurgentes), pudo haberse convertido en una notota roja de época con su portazo de antología. Ahora que lo pienso, faltó muy poco para que ocurriera una gran tragedia peor que news divine. Televisa se habría enterado de la existencia de la Polla, del LUCC y del movimiento punketo azteca. No por nada el Evaristo optó por parar cuando llevaban unas once rolas. Por fortuna alcanzaron a tocar No somos Nada. Al año siguiente, Eskorbuto en Tlalnepantla el día de mi cumpleaños, en la que a la postre sería la única tocada de los bilbaínos fuera de España en toda su decadente “historia triste”. Cuando pienso en la historia de Eskorbuto, en lo trágico de sus vidas, en ese poético escupitajo que son sus letras, me doy cuenta que ese prostituido concepto llamado punk, encontró su más auténtico y podrido néctar en la historia de este trío del otro lado del Nervión.

En el 92 morirían Iosu y Jualma y yo podría dedicar este y mil post más a hablar de Eskorbuto, pero estamos hablando de una década y en aquel feliz 91-92 se aparecieron por Tlane Obituary, Kreator, Death, Sadus, Pestilence, Cannibal Corpse, Sepultura en pleno (los brasileños visitaron la tienda de discos donde yo jalaba) Nuclear Assault, Deicide y Sick Off It All (en esta tocada descubrí la infinita potencia del hard core de NYC) y los carniceros vegetarianos del Reino Unido, Carcass. Toda esa pléyade metalera pasó por Tlane y nadie me lo platicó. Nunca he vuelto a vivir tocadas tan salvajes como las de la Arena López Mateos de Tlane. Ahora que acudo al House of Blues de San Diego en donde hasta la tocada del más furioso thrash-core es políticamente correcta y baja en calorías como todo lo californiano, extraño los tiempos que entrabas a la Arena López Mateos con serias dudas sobre si saldrías vivo de ahí.

El 20 de noviembre de 1991 me tocó inaugurar Interlomas. El primer empleo en nómina de mi vida fue en discos Zorba de esa plaza. En el 91 fui por vez primera a Puerto Escondido y a Zipolite y abrí las blakeanas puertas perceptivas. En agosto del 92 volvimos a vivir a Monterrey y odié a mi tierra y a su mierdozo verano más que nunca. En el 93 mi primo Héctor y yo entramos a jalar como conductores en un programa de media noche en la radio y nos divertimos como enanos haciendo payasadas. Llegué a segundo semestre de Ciencias Políticas y me cambié a Derecho.

Empecé a frecuentar el Esquizo y el Café Iguana. Unos noruegos con cara pintada empezaban a ganarle terreno al death metal, aunque en la radio sonaba fuerte el grunge y la gente me miraba como un abuelo anticuado cuando les hablaba de Maiden y Judas (y yo podría dedicar un post entero a defender la infinita superioridad del Heavy Metal sobre pearl glam y toda esa mierdoza cofradía de mugrientos malparidos en Seattle pero ya habrá tiempo)

El 94 fue el no va más, con la cruda del 1 de enero viendo los encapuchados en San Cristóbal y el colosiazo que me agarró en la cafetería de la escuela cuando me disponía a partir a celebrar el cumpleaños de mi tío Jos. Entré a trabajar a una librería, me estaba quemando entera la saga de Carlos Castaneda y Don Juan Matus y viajaba cuando podía a Real de 14, Zacatecas, Icamole y similares. En Navidad del 93 una novia me regaló unas Marteens que no me quitaba ni para dormir y mi pelo era largo, larguísimo y descuidado. En el 96 acabé la carrera, me fui a vivir a Groton Massachussets y en otoño di mi primer brinco por siete países europeos, incluido Islandia. El 18 de diciembre de 1996, en una peluquería de Nueva York, corté mi pelo después de cuatro años. Ese día empezó mi vida adulta. En el 97 fui moderador de un debate con los siete candidatos a la gubernatura de Nuevo León, empezamos a imprimir una revista mensual llamada Bitácora y después entré a jalar al Norte. El 98 fue el año que más vodka he bebido en mi vida. En el 99 me casé y dije adiós para siempre a Monterrey. Tijuana me esperaba. Fuimos de nuevo a Euruapan. El ultimo día del milenio y de la década pasé la mañana entera caminando por la playa tijuanera. La década que había iniciado lanzando una pelota a la canasta, llegaba a su fin y la despedimos, a las 11:59, de la mejor forma posible: cogiendo.


viernes, 30 de julio de 2010

MI QUERIDA HIJA NUNCA NACIDA AMBER ARAVENA






Lo que yace en el culo de Ámber Aravena
Amber Aravena Sandoval
Ediciones Daxdalia

Por Daniel Salinas Basave

Puede ser leído como un relato autobiográfico, como una apurada confesión redentora o como el incurable desvarío de una mujer ebria frente al Océano Pacífico. Se puede tomar como un desgarrador drama existencial o como una simple tomadura de pelo, un digno ejemplar en la gran biblioteca de los libros que no existen.

¿Es real Amber Aravena? En teoría, si le creemos al prólogo de Irenio Viqueira, Amber Aravena es una mujer chilena de carne y hueso que un día, para escapar de las garras de una depresión, decide empezar a escribir en un blog a manera de terapia.
Según el esbozo autobiográfico que nos regala la supuesta autora de estas caóticas memorias, Amber Aravena nació en Temuco Chile un 24 de febrero de 1970. Su padre fue un funcionario provincial en el gobierno socialista de Salvador Allende y en 1973, a raíz del golpe de Augusto Pinochet, se exilió con toda su familia a México. A los tres años de edad, Amber tuvo que viajar más de 30 horas dentro de la cajuela de un carro que llevó a su familia hasta la frontera con Bolivia, desde donde lograron tomar un avión hasta México, país en donde vivieron como exiliados.

Curiosamente, esta experiencia es minimizada en la autobiografía de Ámber, cuyo primer capítulo se refiere a un episodio de su infancia que nada tiene que ver con exilios políticos y que al parecer le generó un trauma insuperable. La pequeña Amber creía en la existencia de un monstruo rojo con cuerpo de serpiente y hocico de coyote que habita en la taza de algunos baños del mundo. El miedo a ese monstruo provoca que la pequeña Amber tenga graves dificultades para defecar, aún en su vida adulta. Esta escatológica confesión, tan poco común para abrir el relato autobiográfico de una mujer joven, es la introducción a la intrincada personalidad de Amber Aravena, una mujer que dice estar deprimida aunque se doble a carcajadas. Su relato lo empieza a escribir desde una casa en una playa de Cabo San Lucas a donde ha ido a refugiarse después de consumar su divorcio con un norteamericano y tras pasar meses en un hospital oncológico infantil en el lecho de muerte de su hijastro, que al final pierde la batalla con la leucemia.

Dejemos que sea la propia Amber quien en un párrafo textual describa su situación: Estoy deprimida. Estoy oficial, científica y soberanamente deprimida. Las causas varían según el psiquiatra. El efecto es el mismo. Aquí sí no hay vuelta de hoja ni lugar al debate ¿Qué le pasa a Amber Aravena? pregunta al unísono el Colegio de Psiquiatras del quinto infierno. E-S-T-Á D-E-P-R-I-M-ID-A-A-A contestan en coro doctores, enfermeras, pacientes, mascotas. Ya ven, tan fácil que es aceptarlo. Amber Aravena está deprimida ¿Qué tiene de particular? Kleber, mi psiquiatra, llegó a diagnosticarme que la depresión es mi estado natural. Dijo algo así que en la oscuridad de mis estados depresivos yo me muevo como un pez en el agua. Tal vez debió haber sustituido la metáfora por un lagarto en el pantano o una lombriz en el lodo. Sería más apropiado. En fin, es lo de menos.

Así que una vez aceptado el padecimiento, no me resta más que gozar de la depresión. Y tú, improbable lector, ¿Qué piensas al respecto?

Esta es Amber Aravena según sus propias palabras y la forma de describir su propia felicidad es bastante sui generis: Mi felicidad es una niña en patines de hielo deslizándose a toda velocidad por una delgada superficie a punto de romperse. Bajo el hielo hay un abismo sin fondo poblado de monstruos (ahí debe habitar el monstruo de la taza del baño por cierto) Pero en este momento la niña está patinando como si nada. Si la capa de hielo es gruesa o está a punto de derretirse es cosa que le tiene sin cuidado. Hoy estoy patinando, mañana quien sabe. No hay que buscarle misterio donde no lo hay. Amber Aravena está feliz porque está deprimida y punto. La combinación de Tafil, Casillero del Diablo, té de coca y una visión del Pacífico al atardecer es una excelente receta. La fórmula de la felicidad que buscaron los alquimistas. No es eterna por supuesto Pero ¿Que hay eterno en esta vida?. Esta es Amber Aravena, real o ficticia, carnal o etérea, mentirosa o desgarradoramente sincera y estas letras escupidas es lo que yace en su vientre


viernes, 23 de julio de 2010

Todos los perros van al cielo




Debo conjurar mi culpa. Una noche del 2005 me sucedió algo que hubiera deseado nunca me sucediera en la vida: Maté a un perro. Sólo puedo argumentar ante el tribunal de mis remordimientos, que me fue imposible evitarlo, literalmente imposible. Se me ha tachado a menudo de ser insensible ante el sufrimiento ajeno y sí, algo hay de cierto en eso. Pero si algo no puedo soportar, es que alguien maltrate a los animales o a los niños. Ese par de costumbres tan mexicanas las aborrezco. Por ello profeso un odio brutal a quienes matan o dañan de alguna manera a los perros.

Siempre creí que era posible frenar, hacer algo para evitarlo. Ya he comprobado que no. Quien haya conducido por la noche en la Carretera Escénica Tijuana-Ensenada, sabe que no hay luz mercurial. También sabe que la neblina suele ser la regla y la claridad la excepción. Los días de guardia abandonaba la Redacción casi a la media noche. Me gusta retornar tranquilamente a casa, sin prisas ni aceleres de ningún tipo, escuchando buena música. Sólo cuando las calles están desoladas disfruto verdaderamente manejar. La cuestión es que iba conduciendo por la Carretera Escénica, como a las 12:30 de la noche, a unas 65 o 70 millas cuando en una curva en un de repente, una miserable fracción de segundo, veo un bulto parado frente a mí. Hay cosas que suceden demasiado rápido. Intenté frenar y volantear, pero antes de cualquier cosa sentí el golpe fulminante, seco, metal contra carne. Todo intento de salvación fue infructuoso. Sólo sobrevivió el remordimiento cruel, el querer revivir una y otra vez la imagen y concluir en que no estaba en mis manos hacer nada.

Hipersensible como soy, me fue inevitable no pensar en símbolos, mensajes, señales. La cruel aleatoriedad puso a un perro en medio de la Carretera Escénica justo en el segundo en que yo pasé por ahí. O no lo sé, pues lo que recuerdo es que el perro no cruzaba, sino que estaba estático, como quien aguarda su muerte impávido, hierático.

Sólo deseo que la muerte haya sido rápida y que haya un cielo de perros desde donde este can me perdone.


viernes, 16 de julio de 2010

El estereotipo jipyoso




Al igual que muchos morritos paridos por padres adolescentes en la mitad de la década de los 70, la cultura jipyteca me llegó por herencia familiar. Mi nombre, que en hebreo significa “Dios es mi Juez”, no se lo debo al profeta que fue a caer en la cueva de los leones en Babilonia, sino a una rolita de Elton John que estaba de moda en aquellas épocas setenteras.

Vaya, los Doors y Led Zeppelin me eran tan familiares como Cri-Cri a los cinco años de edad. The Moody Blues fue y es el non plus ultra de mi Madre. Esa ha sido por siempre su banda y rolitas como The Story in your Eyes y la celebérrima Nights in White Satin, fueron el soundtrack de mi infancia. Si las escucho, me remontan de inmediato a un Monterrey que ya no existe, donde el Río Santa Catarina y la Quinta González eran oasis de magia en el que habitaban caballos, zorros y duendes. Muchos morros de mi generación, paridos por padres un tanto mayores, supieron de la existencia de Jim Morrison hasta 1991, cuando a Oliver Stone se le ocurrió sacar una película que los puso de moda entre los neopachecos, que descubrieron Soul Kitchen al mismo tiempo que Smells Like Teen Spirit.

Hay una rola setentera que irremediablemente me pone triste y me remonta a ciertas tardes inmensamente melancólicas de mi feliz infancia. La rola se llama Summer Breeze. A mediados de los 90, los gótico-metaleros Type O Negative armaron una versión particularmente densa que me sumergía en dimensiones fantasmales, pero esa es otra historia.

La subcultura jipyteca me recuerda mi musical infancia. Tendría yo unos seis años cuando fuimos a ver la película de SGP Lonley Hearts Club Band. La movie me agradó bastante, pero a mi primo Héctor, que tendría cuatro años de edad, le cambió la existencia y definió su rumbo: a la fecha es un un beatlemaniaco incurable, al grado que cada que escucho Beatles, me es imposible no pensar en él.

Sí, crecí con esa música de vuelos altos que a la fecha me resulta muy familiar, pero mi propio camino se definió en 1983-1984 y la primera influencia fue mi tío José Manuel, en aquel entonces coleccionista de discos. En ese cuarto atiborrado de vinilos y posters, escuché por primera vez a AC/DC, a Scorpions, a Quiet Riot,a Accept, a Twisted Sister y a Van Halen. Desde entonces no lo he superado. Ha pasado más de un cuarto de siglo y yo sigo siendo un incurable e irredimible metalero que aunque he trabajado en una tienda de discos y en una estación de radio, he escuchado decenas de miles de bandas y aunque el punk-hard core me pegó muy duro como a los 17, considero que en este Universo nuestro no hay más allá de Iron Maiden.

El corazón metalero que ha quedado inmortalizado en varios tatuajes, fue en algún momento omnipresente en mi vestimenta. Pentagramas, cruces invertidas, muñequeras de puntas, botas y chamarras de cuero en armonía con una mata larguísima me acompañaron a la prepa y a la universidad. Lo simpático del asunto, es que bajo el criterio de mis compañeros de la prepa en el Albatros y de la Facultad de Derecho, yo era un Jipy. No había en mi indumentaria algún símbolo de paz, pero bajo su criterio yo era un jipioso, como jipy era el tipo que escuchaba Silvio Rodríguez, Arturo Meza, Minor Threat o el TRI. En realidad, jipy era todo aquel que no fuese un ranger o un fresa y yo entraba en esa amplísima categoría. No importa si lo tuyo era Carcass o Fernando Delgadillo. Tu eras jipy y por jipy pasabas en este mundo. A le fecha, cuando me encuentro ex compañeros, no pueden evitar preguntarme si todavía soy jipy y sin duda algunos imaginan que me dediqué a vender pachuli en Coyoacán o que quedé perdido en una búsqueda de peyote en Real de 14.

Hoy día, desde la lejanía de mi vida adulta, veo caminar frente a mí a morritos catorceñeros y me divierto viendo el mosaico de subculturas que llevan en su vestimenta. Son flaquitos, de pantalón entubado y podrían pasar por esa cosa que hoy en día se llama emo, pero si los observo bien, me encuentro con una camiseta de Misfits o de Ramones o de Mago de Oz, aunque eso no está peleado con que lleven una chamarra con un parche de Guns n Roses y otro de Pink Floyd con los ladrillitos de The Wall, a lado de una planta de mota, una cara de Jim Morrison en la mochila y otra de Kurt Cobain o de Angus Young a lado de una virgen guadalupana abrazada por Alex Lora, un Eddie de Iron Maiden y una gorra de los Héroes del Silencio y por ahí si me apuras, en su libreta puedes encontrar la A de anarquía y hasta el simbolito de Crass, aunque en su iPod estén escuchando música de Nikki Clan y Nicho Hinojosa. Y ante sus compañeros de escuela, estos monumentos a la confusión de rebelde melancolía serán irremediablemente clasificados como jipys.

sábado, 26 de junio de 2010

El Quijote.






El Quijote fue una de mis máximas pasiones infantiles. Crecí en la casa de un quijotólogo que fue, además, un Quijote de la filosofía (Filosofía del Quijote, editado por la Colección Austral, es uno de los ejemplares más representativos de su obra de más de 30 libros).

En esa casa donde crecí, Alonso Quijano era omnipresente. No solo había bastantes ediciones de la novela de novelas, algunas realmente hermosas, sino que había cualquier cantidad de esculturas de madera y un enorme busto de Cervantes en bronce que me impresionaba bastante y que alguna vez quise secuestrar para mi cuarto.

A los siete años me aficioné a una caricatura española sobre el Quijote, misma que era reproducida en unos cómix a color que por supuesto coleccioné. También tuve cuanta edición infantil o escolar hubo de la obra. Mi fiesta de los ocho años fue temática y la piñata fue el Caballero de la Blanca Luna (había que pegarle al malvado Bachiller Carrasco) Después decidí que ya bastaba de cómix y ediciones infantiles y había que leer la obra en serio, la auténtica. Mi Madre fue clave en la tarea, pues releyó y comentó el auténtico Quijote para mí.

Me llama la atención la forma en que se ha estereotipado al Quijote con los molinos. Pareciera que ese episodio aislado e intrascendente que ocurre en los primeros capítulos de la primera parte fuera la línea argumental de la novela. Entiendo que la imagen con su dosis de surrealismo impresione, pero en lo personal es uno de los pasajes que llaman menos mi atención.

La verdad prefiero la segunda parte a la primera. Mucho más que los molinos me divierten las aventuras en el Castillo de los Duques, el descenso a la Cueva de Montesinos, la barca encantada, el combate con los borregos confundidos con ejército y por supuesto, los pocos triunfos que pudo celebrar don Alonso, como es la batalla contra el Gallardo Vizcaíno y el triunfo contra el Caballero de los Espejos. Los entremeses como la Historia del Cautivo, la de Cardenio y Lucinda o Dorotea y Fernando tampoco tienen desperdicio.

A la distancia y habiendo leído unos cuantos libros “modernos”, sigo creyendo que El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha es la novela de novelas. El Non Plus Ultra del arte narrativo. Todo aquello que se considera revolucionario en la literatura contemporánea ya existió en El Quijote. La novela dentro de la novela, el autor que se narra a sí mismo y a su proceso escritural, los personajes y la obra, incluido el plagiario Avellaneda con su Quijote apócrifo, están en plena interacción durante la segunda parte. Novelas dentro de novelas, como muñecas rusas, entremeses, poesía; novela caballeresca y pastoril; filosofía y sátira; drama y comedia. Puedes decir lo que quieras, que tu sólo lees modernos y alternativos, bla, bla, bla El Quijote no es la mejor novela: Es La Novela y ahora que escrito estas palabras, se me ha antojado releerla otra vez.


sábado, 19 de junio de 2010

Un consejo a los pordioseros.






Pordioseros del Mundo, escuchadme: Si alguna vez quieren obtener dinero de mi les voy a dar un consejo muy sabio: Jamás me pidan lana en nombre de Dios ( entonces ya no serían por- dioseros) Nada detesto más que un drogadicto transformado al cristianismo o un individuo representando a algún ministerio. A todos les digo lo mismo. Dime que Dios no Existe y te rayas. A los testigos de Jehová que tienen la mala fortuna de tocar a mi puerta les pasa lo mismo. Me dedico a blasfemar contra su apestoso Jehová hasta que asustados se largan. A los merolicos gritones que se colocan en la esquina de Segunda y Niños Héroes me les acerco silenciosamente cuando están en medio de su estridente perorata anunciando el fin del Mundo y la llegada de la Bestia. Yo entonces me coloco cerca de su oído y pronuncio suavemente: -Dios ha muerto hijo mío- . -Satanás te desea corderito- El merolico apenas alcanza a reaccionar y se pone a pegarme de gritos cuando yo ya voy muy lejos de él.

La droga más puerca que ha creado la humanidad

Ya lo dije: Nada más deprimente que un drogadicto transformado al cristianismo. Hacen esfuerzos por dejar una droga como la heroína o el crystal usando un narcótico mucho más nocivo y pestilente llamado Cristo, una droga capaz de devastar todas tus neuronas y que en 2 mil años de miseria y adicción ha causado la muerte y la desgracia de miles de millones de seres humanos masacrados en estúpidas guerras en su nombre. Que dichosa y superior sería la humanidad si tuviera a bien decirle no a esa droga, a la que por cierto le sobran traficantes.

Blasfemo compulsivo

La gente cuestiona el que yo no respete los cultos que esa gente practica y disfrute tanto balsfemando en su cara contra sus dioses. Pero resulta que son ellos quienes no respetan mi privacidad. Ellos llegan y tocan mi puerta, ellos van y se atraviesan gritando en mi camino e interrumpiendo mi lectura cuando voy en un camión. O ¿Acaso alguna vez me he metido a una iglesia a molestarlos o interrumpirlos? Hasta donde tengo conocimiento, no existen antecedentes de que haya llegado yo a tocar a sus casas para decirles: Hijo mío, convierte tu alma al ateísmo y serás más feliz. Lee a Nietzsche, a Cioran y a Voltaire y descubre la felicidad. Dile no a cualquier culto religioso, haste cargo de tu deseo, respeta los principios generales del derecho, ama la naturaleza y encontrarás la paz. Bien harían esos fanáticos embrutecidos en adoptar en sus mentes las ideas de la Ilustración, pero ellos aman las tinieblas. Peor para ellos -A mi me gusta la luz de la razón-.


viernes, 11 de junio de 2010

Serendipia libresca





De repente, caí en la cuenta de que yo nunca busco: A mí me encuentran. Pocas, poquísimas veces he tocado una puerta y cuando lo he hecho, no se han abierto. Tampoco he llenado solicitudes de empleo. En cambio, no exagero si digo que toda la ruta profesional de mi vida ha sido siempre precedida de un telefonazo. Si estoy en Tijuana, es porque una tarde cualquiera sonó el teléfono en mi escritorio del periódico El Norte. Un simple telefonazo que cambió mi vida. Posteriores telefonazos han ido marcando mi camino. También el sitio exacto donde me encuentro ahora y desde donde escribo en este momento, fue precedido de una llamada. No se buscar. Mi virtud ha sido dejarme encontrar. Me he resignado a ello.

La serendipia es el motor que mueve mis frecuentes incursiones en librerías. Mi errar entre los libros es un acto compulsivo y vicioso, un oasis de escape de la realidad en un desierto de vida cotidiana. Cuando entro a una librería siempre traigo en mente uno u otro libro, aunque mi deseo sea siempre encontrar lo inesperado, ese ejemplar atípico con el que no contaba. Eso justamente me pasó el miércoles, en una tarde de pisa y corre en que decidí robarle cuatro minutos a la campaña para sumergirme en la Librería El Día. Traía el vago deseo de hacerme de Las viudas de los jueves, pero de repente, en uno de los libreros, fui sorprendido por un solitario ejemplar de “La Rendición” de Toni Bentley. Confieso que ignoraba la existencia de una traducción de esta obra. Un muy buen amigo me mostró hace algún tiempo la edición original en inglés: The Surrender. Lo poco que leí me sedujo, pero ni siquiera en la Borders de San Diego pude encontrarlo. Un miércoles cualquiera, en medio de las prisas de la tarde, di sin buscarlo y sin esperarlo con un único ejemplar perdido en la Librería El Día, color de rosa, marca de identidad de La Sonrisa Vertical, colección erótica de TusQuets. Esta obra de la bailarina newyorka Toni Bentley, es una apología teológico-poética de la sodomía. Esta chica es la hija más bella de Sade y Bataille. Un tratado del sexo anal como artífice de la liberación espiritual. La serendipia libresca me sigue dando sorpresas.


domingo, 30 de mayo de 2010

Usufructuado por dos meses




Debería haber puesto un letrero en donde se leyera “cerrado por campaña; nos vemos el 5 de julio”, pero por supuesto, pensé que podría darme el tiempo, que siempre existe la posibilidad de unos minutos de desvarío literario a la semana, pero ahora comprendo lo equivocado que estaba. En poco más de doce meses jamás fallé en Recolectivo. Siempre fui puntual cada viernes y además me daba el tiempo de leer cada uno de los textos de mis colegas. Ahora ni escribo ni leo otra cosa que no sean temas políticos relativos a mi nuevo encargo. Mi vida ha cambiado radicalmente. Escribo ahora mismo desde el camión de campaña y en este preciso momento voy pasando por el Parque La Amistad en Otay. Estoy metido en cuerpo y alma en esta tarea. Murió DIO y yo me enteré en la ruta, sin posibilidad de rendirle el homenaje que se merece la voz sagrada del Metal, unos de los máximos soundtracks de mi existencia, un cantante por el que siento un respeto sacramental. El Tuca vuelve por tercera vez a Tigres y yo ni enterado. Inter se coronó en la Champions y Toluca en México y de pisa y corre los vi en el camión. A mi hijo apenas lo veo unos minutos al amanecer y cuando regreso a casa lo encuentro dormido. Lo más bello de todo, es que siempre despierta sonriendo. Su risa en la mañana es mi bienvenida al nuevo día. A medias leo Plataforma de Houellebecq avanzando media página por día mientras en el buró mastico en vigilias y duermevelas El Hacedor de Borges. Digamos que he sido rentado o usufructuado por dos meses durante los cuales no hay sábados ni domingos ni momentos de relax. Pero… ¿Saben una cosa? Lo hago con convicción y si estoy aquí, es porque creo en este proyecto y por cierto… vamos por la victoria y no hay quien nos pare.


viernes, 30 de abril de 2010

Arizona en nuestras calles






Que la hijoeputez es el deporte favorito en Arizona me quedó claro hace algún tiempo. Por desgracia, la hipocresía y la doble moral de quienes desde este lado de la frontera quieren quemar en leña verde a su gobernadora, me queda más clara cada día. Lo de Arizona y sus leyes es néctar de mierda W.A.S.P. en su estado más puro. De acuerdísimo y si quieren que sea honesto, ni siquiera me sorprende demasiado. Lo sorprendente, más bien, es que los inocentes mexicanitos sigamos creyendo en acuerdos migratorios y políticas humanitarias sólo porque el huésped de la Casa Blanca es un cucurumbé. Allá por la primavera de 2001, cuando los States eran todavía un idílico edén postclintoniano y pre 9-11, recorrí el desierto de Arizona con la Border Patrol. Fue dentro de un viaje para periodistas organizado por la Embajada de Estados Unidos en México que incluyó un paseíto por la Casa Blanca, el Capitolio y un rol por el desierto de Douglas a bordo de los carros-cárcel de la BP. Si ya lo intuía, ahí mismo lo corroboré: Arizona es un pedazo del Infierno en la Tierra. Satanás besó en la boca o en el culo a esa parte del planeta que exulta hostilidad en cada rincón. Pasé por los ranchos de Roger Barnett en el condado de Cochisse y pude leer en anuncios panorámicos las consignas de odio escritas por los cazamigrantes. Sí, son unos hijos de puta y eso no lo voy a discutir. Pero hoy toca hablar de ideas ridículas y absurdas y permítanme decirles que todos esos diplomáticos e intelectuales mexicanos de vestidura rasgada, no son los tipos ideales para lanzar primeras piedras a la hora de hablar de discriminación y racismo.

Que un rostro mexica sea suficiente motivo para que un policía de Tucson o Yuma te detenga es algo que podría cuadrar dentro de ese abstracto concepto llamado violación a los derechos humanos. De acuerdo: ahora sólo les pido que nos detengamos a preguntarnos cómo tratamos a los migrantes aquí en nuestra Tijuana, que en teoría es parte de esa nación que es su casa y por la que pueden transitar libremente según cuenta esa bella pieza de literatura fantástica llamada Constitución.

A ver, te pongo un ejemplo: Eres un zacatecano o jalisquillo que laboras en algún campo agrícola californiano. Un día te cae una redada de la migra, te suben a una patrulla y de una patada en el culo te arrojan a Tijuana a la media noche. De un momento a otro, caminas por las calles de una frontera extraña en medio de la madrugada sin un papel y sin un peso en la bolsa ¿Sabes lo que te sucederá? Tienes un 90% de probabilidades de ser detenido por una patrulla de la Policía Municipal. ¿El motivo? Mexicana alegría, deporte, simple costumbre o aburrimiento. Si traes algo, te lo quitarán. Si te pones rejego, te pondrán una putiza y te reservarán una suite en la estancia municipal de infractores. Unos días y varias patadas después, estarás pidiendo limosna en un crucero de Tijuana y verás, tras los cristales de sus carros, sumidos en su burbuja de aire acondicionado, a todos esos intelectuales, activistas, políticos y académicos del Colef mirarte con asco y desconfianza mientras conceden entrevistas en donde hablan de la inminencia de una protesta diplomática, de una flagrante violación a las garantías individuales y eructarán sustantivos abstractos como Convención de Berna, Acuerdos de La Haya y subirán de inmediato sus cristales al verte aparecer con tu cara de hambre, no sea que los vayas a asaltar. Son los mismos tipos que consideran que todos los delincuentes son foráneos y que si Tijuana es insegura es por causa de tanto recién llegado que anda por ahí. Los mismos que despotrican contra Bush y el partido republicano mientras toman café Starbucks en Fasion Valley o en el Gaslamp y ponen su mejor cara de humillación y sometimiento cuando el migra filipino les pregunta qué trae de México.

Si eres un recién llegado a la Central de Autobuses procedente de Chiapas o Guerrero, tus probabilidades de recibir buen trato o un poco de empatía son algo más que reducidas y te las verás negras en este pedazo de tu propio país. No son cuentos chinos ni literatura de ficción. Ve un día a la Casa del Migrante en la colonia Postal, has una encuesta y pregúntale a la gente como los ha tratado nuestra mexicana y patriota policía en esta ciudad.

Ahora que si eres centroamericano y has llegado hasta aquí, no puedo menos que felicitarte. He hablado con hondureños y guatemaltecos que me han comentado que después de vivir la odisea de ser capturados por piadosos, tolerantes y empáticos migras mexicanos en Tapachula o Comitán y vivir la travesía de los trenes del Sur, Arizona les acaba por resultar algo muy parecido a Disneylandia.

viernes, 23 de abril de 2010

El evangelio de los tecatos






Le dicen chiva o tecata y la mezclan con negras aguas de charcos y polvo de ladrillo. Intuyen que algo en esa sustancia queda de lo que pudo ser un opiáceo, un artificial paraíso a la Baudelaire o Thomas de Quincey, universos bucólicos yacientes en una jeringa pisoteada. Ni siquiera se si se le puede llamar heroína, pero el hecho es que acá en Tijuana está por todos lados. La chiva es una droga de frontera y de fronterizos. El prototípico heroinómano de las calles de Tijuana suele ser un migrante deportado o un expresidiario. El crystal es, al menos en sus inicios, una droga de gente activa: empleados de Oxxo y gasolinera, choferes de calafia, mangueras pretenciosos, amas de casa y reporteros de pasquín que puede uno encontrar en los más improbables sitios de esta urbe. La heroína en cambio define su fauna y ecosistema con morbosa precisión. Por supuesto, no son todos los que están ni están todos los que son, pero la chiva ha establecido su capital en el canal encementado del Río Tijuana y la zona de la Línea Internacional. Para los recién llegados a la ciudad, la imagen, irremediablemente, repugna e impacta. Tipos demacrados yacientes en un camellón con una jeringa oxidada enterrada en un mar de llagas que alguna vez fue brazo tatuado. Puedes verlos cruzar como zombies por la Avenida Internacional y si sueles transitar por esa vialidad, puedo apostarte doble contra sencillo a que al menos diez veces has estado a punto de atropellar a uno, si es que no lo has hecho ya. Cuando cruzas a píe los puentes del Río Tijuana, los verás echados en el canal, emergiendo de los túneles entre lama y basura. Si son aún funcionales, se dedicarán a dar cristalazos o cometer pequeños hurtos que les aseguren lo necesario para conseguir la siguiente cura. Cuando la aguja oxidada no tiene más vena que picar y llega a las arterias, entonces los verás mutilados en los cruceros, con sus muletas o sus sillas de ruedas tratando de asegurar la limosna que se traduzca en la próxima dosis.

Como si fuera un designio divino o una fatalidad irrenunciable, llega en la vida de todo tecato un momento en el que cambian la heroína por una droga igualmente nociva: Cristo. Sí, las iglesias evangélicas se nutren de heroinómanos. En algunos casos, Cristo suplanta a la heroína, lo que en términos reales significa sustituir un opiáceo por otro. El Mesías se materializa en una suerte de metadona. Sin embargo, sospecho que en la mayoría de los casos no hay sustitución sino mezcla. Juntos, Cristo y la heroína producen la droga perfecta , el opio maximizado. Sube a un camión en Tijuana de la Calle Tercera a la Línea y tienes un 95% de probabilidades de escuchar el evangelio de un tecato. Con su acento pocho y repitiendo un millón de veces la muletilla “verdá” y “you know” te hablará de Cristo salvador, redentor y milagroso que a punta de tablazos y baños de agua helada le sacó al demonio en el Arac. El evangelio es siempre el mismo: una historia de pandillas y prisiones en Los Ángeles, deportación, crimen, vicio, brazos gangrenados, hepatitis, hiv y al final, Cristo, el de los evangélicos, el de los pastores chicanos que levantan sus iglesias en cerros imposibles. El evangelio del tecato es una perorata monocorte, una profecía apocalíptica diluida en el narco corrido que suena en el estéreo del camión, una letanía del apestado repetida hasta el infinito en la cacofonía fronteriza.

viernes, 16 de abril de 2010





Estuve a punto de perder el invicto y dejar pasar un viernes sin escribir para Recolectivo. Pero bueno, aunque para efectos del Centro de la República ya lo perdí, aquí en Tijuana aún es viernes. Podría poner como pretexto que hoy renuncié a mi trabajo, pero la verdad el asunto laboral no me influyó en lo más mínimo. Desde un tiempo para acá me he vuelto un promiscuo laboral. Pasé diez años de mi vida en el mismo trabajo. Me volví parte del inventario hasta que ese barco se hundió. Entonces hice lo que nunca: acepté un trabajo en el gobierno. Trabajé un año y diez días en el gobierno de la ciudad de Tijuana y renuncié argumentando que mi vocación es el periodismo, que soy un reportero hormonal, que soy escopeta no pato, que soy delantero y no defensa, que aquí yo soy el que hace las preguntas y bueno, me fui a dirigir una revista y a conducir un programa de televisión que nació muerto. Seis programas y dos números de revista después, he decidido renunciar de nuevo ¿y saben para qué? Para integrarme de tiempo completo a una campaña política en donde si ganamos, mi destino será volver a trabajar en el mismo Palacio Municipal de donde salí huyendo. ¿Te parece el colmo de lo contradictorio y desatinado? Entonces no te asomes a mi vida, pues ni yo mismo me lo explico. ¿Y sabes que es lo peor? Que estoy contento y realizado. Te lo advierto. Mejor no te asomes.

viernes, 9 de abril de 2010

Fuck Slim





El odio, la furia, el mal humor y todo lo que puede haber de porqueriozo en el alma humana yace resumido y encarnado en la fila de diez mil pendejos amontonados en torno al centro de atención a clientes de telcel. Todo lo que huele a Slim apesta. Por supuesto, todos somos tipos desidiosos que dejamos el asunto del registro para el último día. Mi esposa, responsable y cumplida como es, registró desde el año pasado su número, pero yo, como era de esperarse, me desentendí del asunto. Hasta ayer mandé mi mensajito con mi CURP (mismo que no tenía y fue tramitado apenas ayer), pero no recibí contestación. Como nadie me contesta, ahora tengo la sospecha de que cortarán mi número a la chingada. Pero al ver esa perra fila decido mandar todo al carajo. Si me lo cortan, pues que lo corten. Quiero ver qué se siente vivir sin celular. Durante unos dos años y medio, siendo yo adolescente, vivimos en una casa que no tenía ni tuvo nunca teléfono. Carecíamos de línea. De celulares y radios ni hablar. ¿Cómo nos comunicábamos? No lo se, pero sospecho que fuimos felices. En mi bicicleta me perdía en la inmensidad de Monterrey (hasta la Presa de la Boca me iba pedaleando) y nadie sabía dónde encontrarme. Hoy el perro celular me suena unas cuarenta veces al día. Anoche, a las 23:30 todavía estaba respondiendo asuntos de chamba, por no mencionar a los tipos de una radiodifusora chilanga quienes desde hace unos años me han nombrado su corresponsal y a veces, pero muy de vez en cuando, se acordaban de pagarme y quienes ahora con eso del terremoto de Baja California me hablan cada hora para que les cuente como se va resquebrajando la tierra cachanilla. Mi último reporte será cuando la península bajacaliforniana acabe de desprenderse de una buena vez por todas y nos vayamos flotando rumbo a Japón. Por lo pronto, no me resta más que subirle al Metal, desafiar al tráfico de viernes, tan atiborrado de pochos y gringos apendejados y comprar un six de cerveza Tijuana muy fría para aguardar tranquilamente la muerte de mi celular.

viernes, 2 de abril de 2010

Dios es mi Juez.





Mi nombre es hebreo y significa Dios es mi Juez, lo cual es una verdadera mentada de madre para un ateo. El colmo de un apóstata deicida es llamarse Daniel. Aún así, confieso que de niño me impresionaba la historia del profeta judío que interpretando sueños predijo la caída de Nabucodonosor y Babilonia a manos de los persas de Darío y transformó a fieros leones en mansos corderitos con los que pasó la noche en una cueva. En la época en que nací a mi madre le gustaba Herman Hesse y pensó en llamarme Demian, como el personaje adorador de Abraxas. Al final mi nombre no lo inspiró el profeta hebreo ni el Dios es mi Juez, sino un jotolón de lentes, tirantes y sombrero con cierta genialidad compositiva. Resulta que en el año en que nací estaba de moda una canción de Elton John llamada Daniel y fue esa rolita la que acabó por decidir mi nombre.

La única vez que he estado como acusado frente a un juez fue a los 14 años de edad, una helada noche de diciembre, en que un amigo y yo, debidamente alcoholizados, robamos un Super 7. Fuimos detenidos y turnados a un juez calificador, que consideró el hecho algo más que una travesura adolescente y nos mandó al tutelar para menores de Guadalupe, Nuevo León. En aquel entonces los pronósticos para mi vida futura eran pésimos. Expulsado del colegio en segundo de secundaria, con peleas constantes, cierta tendencia prematura a la bebida y problemas con la policía, todo auguraba para que me transformara en un delincuente. Siento haberlos decepcionado, pues poco queda del delincuencial catorceañero en este apacible padre de familia que rara vez sale de noche.

Nunca dije sí señor Juez. En todo caso debo haber dicho sí señora Jueza, aunque más bien creo que aquel 26 de junio de 1999 me limité a un sí, acepto. Como fue un día tan ajetreado, he olvidado muchos detalles de nuestra boda, pero sí me queda claro que nos casó una jueza que por cierto no debía tener más de 40 años, aunque he olvidado por completo su cara y si la he vuelto a topar 20 veces en la calle, juro que no la reconozco.

viernes, 26 de marzo de 2010

Al gran solitario le falta su familia. I'm the man who walks alone. Bueno, lo era. Desde un tiempo para acá, digamos casi once años, camino acompañado, lo cual no deja de ser hermosamente extraño. A veces creo que torcí el destino, que alteré el pathos. Adicto a mi soledad y a mi silencio, me aferro a los míos. Cuando ellos no están en casa, aunque sólo sean unas horas, son suficientes para saber que este sitio sin ellos no tiene sentido. El solitario necesita a los suyos. En esta cama somos tres y cuando esta cama te espeta con semejante desparpajo su vacío, sorprendes al obseso individualista extrañando a los suyos.

Desde muy pequeño experimenté una obsesiva devoción por la soledad. Vaya, tal vez parezca extraño escuchar a un niño decir “quiero estar solo”, pero algunas veces manifesté abiertamente ese casi omnipresente deseo, para sorpresa (y acaso horror) de los demás. A la fecha la situación no es muy distinta. La vida cotidiana me condena a tener que vomitar varios miles de palabras al día, a decir y escuchar cosas que no me interesan, que me valen un reverendo carajo. Palabras, palabras y más palabras innecesarias, absurdas, prescindibles. Ridículas peroratas apestadas, solemnes letanías de lo estéril. Hablas, saludas, respondes cualquier cosa a alguna trivialidad, finges interés en algo que te da lo mismo antes de volver a tu práctica escapista. Estás pero no; en verdad yaces lejos, muy lejos. Tírame un cable a tierra, pero ese cable me estorba. Inmerso en mi diálogo interno, en mi compulsiva alucinación, en mi vicio incurable de hablar solo. Y sin embargo, soy un hombre de familia y amo a los míos.

Sí, es cierto, las más de las veces prefiero la soledad a la compañía. ¿Aburrimiento? ¿Hastío? No, jamás he sabido lo que es aburrirme solo. Puedo pasar horas y horas en soledad sin que llegue un momento en que me sienta harto. Las más de las veces mis pensamientos o un libro son la mejor compañía. Y aún así tengo algunos amigos entrañables, (pocos, poquísimos) con los que puedo pasar varias horas hablando. Ser padre de familia significa que pase lo que pase debes luchar por vivir.

Durante años me consideré un suicida al estilo Harry Haller. La vocación suicida te hace ser fuertísimo pues huérfano de dioses y causas, sabes que en esta fiesta estás porque quieres y te largarás de aquí en el momento en que lo desees. Nada te obliga a quedarte más tiempo. Apenas aparezca el primer achaque o el primer sinsabor y dirás adiós o acaso resistirás, sabiendo que la hora de apagar la luz depende de ti y sólo de ti. Ser suicida te hace fuerte, inmensamente fuerte.

Sin embargo, al ver los ojos de mi hijo tratando de enfocarme, se que pase lo que pase debo aferrarme a vivir. Por primera vez la vida tiene un sentido concreto y específico. Un sentido lindo y enquehacerador.

viernes, 19 de marzo de 2010

Primavera tijuanera



Desde hace algún tiempo, todos los amaneceres presagian días húmedos y atiborrados de nubes, aunque las más de las veces, el Sol se acuerda del litoral tijuanense pasadas las nueve.

Tijuana despierta, el engranaje gira, Sísifo y su piedra inician el ascenso a la cima y un planeta mallugado ejecuta hastiado su movimiento de rotación. La línea está ahí, larga, monstruosa, infinita. La línea es una cárcel con las puertas abiertas, podría cantar Calamaro si viniera por Tijuana.

Vientos de Santa Ana, alcahuetas noches, mañanas de claridad insoportable y el horario homologado con San Diego un mes antes que el resto de la República. Las aguas del Pacífico como una laguna entre Playas de Tijuana y Bahía de Coronado. Sí, ya nadie puede ocultarlo: ahí viene dando saltos la alegre Primavera, mientras el Invierno moribundo se aferra con patadas de helado viento ahogado a sus últimas horas extra.
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