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viernes, 19 de diciembre de 2008

"Estoy cansada de sentirme extranjera"


...le dije a mi maridita pocos días antes de regresar de mi semestre off, políticamente manejado como "intercambio" (de anticuerpos con europeos, supongo). Como la adolescencia me la brinqué (ahorrádoles a mis papás el drama de largarmealachingadaporqueestabacansadevivirbajosusreglas), en realidad salir de casa se me ocurrió mucho tiempo después.

Como sea, fui muy feliz y me divertí obscenamente. Al final me sentía extranjera, no por la distancia (ni por el océano, por las tiendas de chinos ni por los vinos de tetrapack.), más bien tiene que ver con un sentido de pertenencia, te sientes ajena porque no te sientes cercana.

Sentirte lejos de casa es sentirte a kilómetros de lo que consideras propio. Es como el cafecito al que siempre vas, como el perfume que te pusiste el día que te besaron de verdad por primera vez. Para mi, lo realmente propio son las personas, aunque sean después de todo lo más inseguro (por aquello de que somos humanos y pues qué se le va a hacer).

He habitado varias casas y me he exiliado de igual número también. Cuando estaba con el cuentista, su espalda era mi residencia oficial, lo abrazaba por atrás y la sentía tan mía, decorada con los dibujos de mis uñitas, alumbrada por los besos presentes, y sobre todo por los futuros. Después, cuando nos quisimos dejar de querer, su espalda era arrendada, como habitar una casa donde el dueño está ausente y te la apropias mientras se digna a aparecer.

Fui desalojada violentamente, rompiendo candados y cerraduras, el día que mi abuelo murió, como si me sacaran a rastras del hogar más cálido, como ser abandonada en el desierto para morirme de sed.

Mi casa favorita es mi hermana, ella es como el hogar de verdad. Recuerdo mucho cuando andaba con el ex novio maldito, que llegaba en la noche de puntitas, entraba en su cuarto, me metía bajo las cobijas, y luego bajo su brazo comenzaba a llorar. Nunca me preguntó, me abrazaba y me decía que ella me quería y que todo iba a estar bien.

Sin embargo, aunque me cueste reconocerlo, mi primera casa, de manera irremediable, es precisamente donde habito yo, con todo su desorden y sobreequipaje emocional. ¿No les ha pasado que se sienten ajenos a ustedes mismos? De esas veces que no te reconoces, y tienes que volver al principio para encontrarte otra vez. Yo por eso fumo, es como la lamparita pa' no irme cayendo en los baches de regreso.

Y así




Fui criada en una familia estricta, católica, y conservadora. Tuve una niñez solitaria y una adolescencia presidiaria. Salir por las tortillas sin que mi sobreprotectora madre me detuviera por miedo a que alguien me fuera a violar, era algo que sólo ocurría en mi imaginación. Cualquier permiso, el que fuera, me era negado. Y tampoco podía invitar a nadie.

Me perdí de muchas cosas importantes, cosas imprescindibles para el desarrollo de cualquier ser humano normal.Mientras mis amigos y conocidos se divertían a lo grande, experimentaban, se embriagaban, y hacían estupideces propias de la edad, yo me quedaba en casa, sola y llena de furia, leyendo los libros que me encontraba en la sala para no morir de aburrimiento. Llegar a la escuela los lunes por la mañana y escuchar las anécdotas y aventuras de mis compañeros me hacía sentir miserable. Era miserable.

Mis amigos me invitaban a la rebelión, mi novio quería que viviera con él, e incluso una familia pensó en adoptarme. Alguien me advirtió “CUIDADO: las niñas de casa se destrampan y acaban siendo prostitutas o drogadictas”. Yo no soy prostituta ni drogadicta, pero tengo un blog. La verdad no sé qué es peor.

Siempre he pensado que a mis padres les salió el tiro por la culata, especialmente a mi mamá. ¿A quién tienen como hija? Definitivamente no a una abogada. Más bien tienen a una pseudoartista atea que se niega a madurar y que nunca se casará por la Iglesia: ¡Ouch!

En parte –sólo en parte- agradezco haber tenido esa niñez y esa pubertad. En mi frustración, acudí a los libros, a la música, a las artes en general, incluso a la filosofía. Lo que soy ahora, para bien o para mal, se lo debo en buena medida a mis padres. Un aplauso para mis padres. Clap,clap.

Todavía recuerdo aquél sábado por la noche. Estaba en la cocina. Tenía 16 años. Leía Niétochka Nezvanova. De pronto, sentí que la cocina comenzaba a reducirse; se hacía pequeña, cada vez más pequeña, hasta que las paredes ya sólo rodeaban mi cuerpo, hasta que lo aprisionaban, hasta que el piso se elevaba y mi cabeza podía sentir el techo. Y entonces pensé en mí, en mi vida, en todo lo que daría por una gota de libertad, por salir, por estar, aunque fuera por una noche, lejos de casa.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Lejos de casa




miércoles, 17 de diciembre de 2008

EN UN LUGAR FAR FAR AWAY



Lejos de casa... já, que tema más had doc para mí en estos momentos (y en muchos cabe decir)

Puedo decir que la primera vez que estuve lejos de casa fue a los 16, en mi propia casa, ese día fatídico en donde mi vida y la de los otros tres integrantes de mi familia, cambio rotundamente. Me quede lejos de casa, mi familia me dejo por 5 meses sola, mi casa se había ido junto con mis padres y mi hermano, el lugar donde me quedé me resulto ajeno, grande, frío y solo.

Desde ese entonces me la he pasado constantemente yéndome cada vez más lejos de casa.

Luego vino la universidad, esta vez me tocó a mí dejar atrás el hogar, irme sin él, irme sola. A pesar de mis constantes visitas al hogar, cada vacaciones, cada año, este se sentía más lejano, lo sentía como ese lugar al que ya había dejado de pertenecer, el lugar que me había dado cobijo mientras crecía, pero ahora, al salirme de ahí, me día cuenta que jamás volvería a él, ya no sería yo su habitante, sino su visitante.

Posterior al duelo de dejar mi casa y a sus todavía tres habitantes, me sentí libre, sentí que podía extender las alas y volar e irme lejos. Así lo hice. Me fui a Canadá. La primera vez con el ex-novio malo infiel, al cual deje varado sin boleto de regreso al descubrir su engaño. La segunda, me fui sola, yo y mis maletas, nada más. Un viaje tan lejos de casa, tan lejos de mis padres, de mi hermano, de mi estado, y mi país. Esta vez sí logré sentir la lejanía, logré el sentimiento de vulnerabilidad y desamparo, largas llamadas a casa fueron las que me recordaron que aunque ya no estuviera viviendo en casa, esta siempre iba a estar para mi, siempre me iba a dar cobijo y me recibiría sin importar que con las puertas abiertas. Ese periodo en el extranjero me hizo crecer, me hizo probarme a mi misma y mis límites, los cuales debo decir que son muy pocos, ese periodo me dio valor y confianza, me moldeó y reafirmó.

Después de mi regreso, el acoplamiento fue duro, de alguna forma había creado un lazo, me sentía partida. Me enamoré de Montreal, y a ese cuarto de hotel que me cobijo, lo llamé casa. Ya estando en México, en casa, no podía dejar de sentirme lejos de casa.

Ese sentimiento fue disminuyendo con el paso del tiempo, es cada vez menos intenso, pero sigue latente, renace cada vez que alguien menciona la cuidad, o veo una foto o algo que me recuerde sus calles y la hermosa combinación de lo viejo con lo nuevo. Algún día volveré a esa casa.


Y ahora, justo en esta etapa es cuando más lejos de casa me siento. Estoy en la ciudad, tan diferente del lugar donde crecí. Hubiera sido muy fácil no moverme y quedarme allá, pero soy un alma libre. Mi casa me dejo y yo la deje, no estamos divorciados, al contrario nos amamos profundamente, pero sabemos que no podemos estar juntos. Amo mi renovada independencia, amo mi libertad; y mi casa y sus habitantes la aman y la respetan de igual manera.

Estoy lejos de casa, pero no importa, ya que me gusta estar lejos de ella, porque al encontrarnos de nuevo, el amor y el calor es más intenso, el apego y los lazos se refuerzan y cuando me alejo nuevamente, me voy con el alma llena y las esperanzas recargadas. Me voy porque sé que volveré

¿Por qué he de ir a conocer Roma cuando Roma no ha hecho ningún intento por venir a conocerme a mí?


En un sentido estricto, nunca he estado lejos de casa. No más de unos cuantos días a un par de miles de kilómetros, vacaciones y cosas por el estilo. Pero tal vez sea mejor decir que nunca me he sentido lejos de casa. Siempre he sido -aunque muchos podrían jurar lo contrario- una persona introvertida; mucho tiempo he vivido volcado dentro de mí, así que siempre llevo conmigo lo necesario para sentirme en casa. Cuando me fui del hogar materno, automáticamente dejó de ser mi casa, siendo mi nuevo hogar el lugar en donde viví con ella. Lo mismo sucedió cuando regrese a vivir solo, en la casa que aún ocupo y que, por ende, ahora es mi hogar.

Isaac Asimov, el mismo que escribió sobre cientos de viajes espaciales, sólo viajo dos veces en avión en toda su vida. Cuando en una entrevista lo cuestionaron al respecto, respondió (cito de memoria): “En mi mente puedo visitar todos los rincones de la galaxia, la realidad palidece ante ello y no necesito las incomodidades de un viaje para maravillarme”. Comparto el sentimiento; no me atrae mucho la idea de visitar una Roma que no es ni siquiera la sombra de la Roma que tengo en la cabeza, de la misma manera que sé que no encontraría mucha satisfacción en ver el montón de ruinas que alguna vez fueron el Partenón.

No siento envidia por los que viajan; me produce un enorme ennui ver fotos y mas fotos de gente posando frente a monumentos, edificios y paisajes (Siempre me he preguntado porque la gente no toma fotografías realmente interesantes; preferiría mil veces ver fotos de picaportes italianos, alcantarillas españolas o teléfonos franceses que una sola foto más de la fachada del Louvre o del Arco del Triunfo). Prefiero pensar que no lo hacen para presumir, si no que necesitan de alguna forma reafirmar en su memoria que, no sé, alguna vez estuvieron parados frente a un edificio (¿?).

Tampoco creo a pies juntillas en aquel cliché de que los viajes “ilustran”. Tengo varios conocidos con bastantes kilómetros recorridos que siguen tan obtusos como antes de que recogieran su primer pasaporte. La imbecilidad es una gran turista.

Y esto me lleva a una opinión muy personal –simplista y maniqueísta, pero ¿Qué se le va a hacer?- con la que seguramente me echare encima a muchas personas, incluidos varios amigos.

Desconfío mucho de las personas que sienten pasión por viajar. Esas personas que sienten un cosquilleo permanente –o intermitente- por tomar una maleta y lanzarse a recorrer el mundo. Como dije, es una opinión muy personal, pero siempre he sentido que lo hacen por dos razones: O andan huyendo de algo o andan buscando algo.

Ambas cosas me parecen muy tristes. Uno no puede huir, sobre todo si de lo que se huye es de uno mismo. De igual manera, los que lo hacen para encontrarse deberían empezar por buscar dentro de si mismos. Uno no va a encontrar en un barrio francés lo que desde un principio nunca tuvo en su interior. Es por eso que desconfío de los viajeros natos: en lugar de argumentar su necesidad de viajar, deberían enfrentarse o descubrirse a si mismos antes de lanzarse al mundo y andar perdidos la mitad de su vida.

O, tal vez, simplemente me da hueva pasar por las incomodidades de viajar. Eso y que odio las almohadas ajenas.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Vete lejos


Me hice la fuerte, me tapé bien, revisé -por doceava vez- mis documentos y salí a la superficie. Seguía lloviendo a cántaros y apenas eran las 8am. Volví a mi refugio subterráneo. Sólo una hora más, pensé. Después de esa hora, me quedé otra más.

La estación de tren de Munich está bajo tierra, para juntarse con el metro, supongo. La practicidad alemana está incluso ahí: un pinche carril y ponte lista en las pantallitas monocromáticas del techo para que sepas que tren tomar. Olvídate de los colorsitos por línea.

Y esta rollo del idioma. Osco, fuerte, con demasiadas consonantes guturales para una mocosa acostumbrada a hablar en diminutivos. Hauptbahnhof es la estación central. Literalmente. Los alemanes no inventan el hilo negro al nombrar sus estaciones de tren.

También estaban las horas que llevaba sin dormir, el susto que pase en Stuttgart, el dolor de espalda provocado por el frío, el cansancio y el backpack. Seguía lloviendo y el nudo en mi estómago continuaba.

En resumen: la gran viajera que me creía ser estaba derrotada y sólo quería un chocolatito caliente de mamá.

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No soy mucho de dar consejos. Pero si alguien me preguntara, sería ese: Vete lejos, viaja, conoce. Muérete de miedo si te siguen unos negrotes, ponte pedo en un antro gay. Viaja de noche, en barco o en tren. Viaja solo y con el dinero exacto. Aprende insultos en otros idiomas y llama a la cerveza por su nombre local (pint, caña, chop). Siempre di gracias en su idioma. Come todo. Fíjate en su gente, en sus viejos y sus perros. Salte del centro y lo turístico. De la clásica foto en la torre eiffel que suben los villamelones en el facebook.

Y si te atreves, no sólo viaja: VIVE LEJOS.

Al vivir, no sólo sufres o gozas. Al vivir dejas cachitos de tu ser regados en la gente, en sus calles. La diferencia en husos horarios no sólo te afecta con el jetlag. Te afecta cuando te sientes solo y es de madrugada en México. Nadie estará en el messenger para soportar tus quejidos. Tampoco estarán ahí cuando te emociones como escuincle al jugar con la nieve por primera vez.

Así que aprendes a arreglártelas, a que la derrota es parte del proceso y después te ríes de la pendejada de sentirte así. Entonces, te das cuenta que realmente no estás sólo. Tienes una rutina y has comenzado a formar una casa, un hogar. Comienzas a parecer un nativo más, al hablar, al vestirte, incluso al caminar.

Reina y yo teníamos una frase “¿Y sabes que? No pasa nadaaa”

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Regresé de Munich con una alegría que me duró semanas. No sólo sobreviví a la primera impresión, si no que gocé ese viaje como ningún otro hasta esa fecha. Los recuerdos aún perduran fuertemente y de vez en cuando, regresan sin haberlos solicitado, dejándome un sabor nostálgico en mis entrañas y una sonrisa en los labios.

Vivir en Madrid me marcó más que los tatuajes que llevo. A Madrid le he llorado más que a cualquier hombre. Madrid terminó de moldear a la persona que actualmente soy. Y tengo un miedo pavoroso de volver a Madrid.

Pero nada es gratis.

Para mí, el precio es que me cuesta mucho trabajo sentir que tengo un hogar, una casa. Un lugar del cual alejarme. La cosquillita de mudarme brinca cada que viajo, así sea al Distrito Federal. Estoy permanentemente insatisfecha, como en coitus interruptus de hogar.

CARMINA


Carmina llegó caminando. Eso decía el tío Pipo, caminó desde aquel lado del Usumacinta, sabe Dios cuántos días, sabrá también cómo le hizo, la cosa estuvo en que la descubrimos mientras se bañaba, desnuda y sin jabón. Yo hice señas por todo lo alto para llamar la atención de Checho y Lidio, para que vinieran en silencio a ver aquellos pechos desnudos, redondos y grandes, resaltando las puntitas morenas en su piel. Carmina nos dio en aquella mañana la mejor clase de anatomía, tallándose concienzudamente la mata de cabello hirsuto entre sus piernas, sin reparar en nuestras miradas de curiosidad y lujuria. Entonces, como siempre ocurre, al sentir esa sensación de estar siendo fisgoneado, tiró al azar algunas piedras entre los matorrales y nos fuimos a gatas, riendo, hacia el camino real.

No sé que estaba pensando cuando, ante la mirada interrogante del tío Pipo, le conté que habíamos visto a una mujer encuerada en el río. Supongo que fue para compensar que me dejara darle un largo trago a su cerveza, o bien, para que me tuviera mucha envidia, pero el asunto estuvo en que ese señor, viejo lobo de mar en cuestiones de faldas, agarró camino, riendo, hacia la ribera –“a ver, dejen le echamos un ojito a la sirenita” – los tres nos quedamos en el tapanco del estanquillo, expectantes. No se agotaba el peso en la rocola cuando ya venían de regreso. El tío, sonriendo y confiado, le mostraba una y otra vez con los brazos el camino, infundiéndole confianza a esa mujer, que traía arraigado un aire de animalito salvaje desde siempre, mirándonos con la barbilla pegada al pecho y los brazos cruzados. Los viejos que se juntaban a contarse cuentos de amores, parrandas y tiempos mejores, cuchichearon entre sí, riendo, con sus bocas clancuejas y sus caras arrugándose.

El tío, quien sabe cómo, siempre andaba trayendo algo de dinero, así que le compró una mojarra frita a la mujer de Trinidad, el tendero, para que su sirenita rompiera el ayuno, y de paso, el cerco de timidez que le rodeaba, impidiendo saber más de su origen, de su nombre y sus razones para emprender aquel viaje. Supongo que aquel pescado dorado en manteca cumplió con su cometido, porque, para cuando el sol ya pintaba de rosa mexicano aquella tarde de Octubre, el tío estaba montándole a Carmina en el corral de los chivos. Lo sé porque los espié. No podía dejar de pensar en sus chichis y sus piernas gruesas y lisas… y es que, algo en mí lo presintió, por eso despaché a mis compinches temprano, no fueran a burlarse de mi enamoramiento por aquella mujer que estaba pujando y gimiendo ante los empujones que le daban en las nalgas. Se me paró el chile, se me despertó una sensación de amargura en el pecho y mis ojos se llenaron de agua… pero no podía dejar de mirar aquella carita, casi de niña, crispándose de placer. ¡Puto tío de mierda!


Tras de aquel encuentro, ambos tirados entre los bagazos de caña, convinieron que se iba a quedar Carmina en casa de mi mamá. Nunca supe el arreglo, la cosa está en que de pronto me vi conviviendo a diario con aquella mujer de extraño encanto. Mi mamá, le recibía cada viernes a su hermano Pipo las monedas que le llevaba por el hospedaje de su “amiga” y de paso, con el pretexto de ir a traer mangos, a apedrear iguanas y hasta de lavar ropa, se iban para el río a coger. Lidio y Checho ya me trataban un poco diferente, no era muy usual que los fines de semana dejáramos de ir a encestar algunos tiros, o a tender nuestros anzuelos en La Chimana buscando mojarras… yo estaba “estudiando”, y ellos, simplemente se fueron acostumbrando a mi distante ánimo. Y estudié. Aprendí los movimientos con los que el tío Pipo le dejaba ir entera la verga a Carmina, con ella debajo y las piernas bien abiertas, o bien con ella hincada en el suelo y él jalándola del cabello, de las caderas, metiéndosela hasta el fondo… me frotaba los huevos encima de mi pantalón, Carmina cabalgaba, chupaba, gemía. Yo tragaba gordo.


En la casa, Carmina y yo éramos muy amigos, al ser ella apenas unos años mayor que yo, encendíamos el radio que trajo el tío y simulábamos bailes de moda en el piso de tierra de la cocina, nos embebíamos en charlas sin sentido y hasta llegábamos a darnos golpecitos amables cuando uno exageraba en la chanza. Una vez, le jalé la trenza y ella se vino a pegarme, yo tropecé y caí de espaldas con ella encima. Quedó montada en mí e inmediatamente hizo una mueca de sorpresa al sentirme bien tieso, instantáneamente se bajó de un brinco, y yo, al fin mamón, agarré mi verga por encima de la tela, mostrándosela en toda su extensión y dije “¡quieto, Nerón!”… nos miramos… reímos y aquí no ha pasado nada.


De lunes a viernes, el tío se dedicaba quesque a vender en las rancherías, en su vieja y rechinante carcacha. Llevaba ungüentos, alfileres, hilos, estampitas de santos, frasquitos de alcohol oloroso, blanco de España, añil, piedras pómez para los talones rajados y las ollas percudidas… y llevaba, sobre todo, su semilla. Dicen las malas lenguas, que “Don Epifanio” tenía varios hijos regados y muchas, pero muchas “queridas” por todas partes. La mayoría, señoras con marido.


Carmina se daba cuenta, cómo chingados no, de aquello. Viernes tras viernes se arreciaban los pleitos con el tío. Hasta que un día, Carmina esperó y esperó a su hombre y él nunca apareció. Me cansé de verla ahí, haciendo pucheros y le llevé unos mangos con chile molido y sal. Bromeamos, ella, con amargura, yo, pícaro. Se acabaron los mangos entre chanzas y risas… hubo que ir a traer más. De camino al tecorral, ya sentía yo la dureza de la roca en los pantalones… bastó que se cayera uno de los petacones al piso, y al agacharse Carmina a levantarlo, ya no se incorporó. La agarré por la cabeza y ella se metió mi verga en la boca, chupaba de una manera inimaginable, llena de saliva caliente, me sentía morir cada que sorbía el exceso de baba de su boca, ella misma se mojó el vestido, se lo arremangó y me dejó ver sus nalgas morenas y duras, hincada, me dijo que se lo metiera todo, que estaba más grande y gordo que cualquier otro que había visto y yo, animado al grado de sentirme un superhombre, la penetré.

Y seguimos, a escondidas, en la casa, mi mamá roncaba y Carmina, a horcajadas, me exprimió todo hasta que cantó el gallo y nos quedamos dormidos. El tío llegó a mediodía, oloroso a cheve y muy “enojado” por los contratiempos que tuvo el día anterior. Carmina no dijo palabra hasta que él le extendió un par de aretes de oro y se acabó el enojo. “Lávame unos trapos”, le dijo el tío y se fueron a la poza a coger. ¡Maldita sea!... no podía siquiera imaginarla, mi visión favorita de ella cogiendo se convirtió en fuego vivo en mi cabeza, las cosas no podían seguir así.

En Rancho Corona, se rumoraba que Raquel Villegas había regresado a la hacienda. Ella era un mujerón que vino desde el norte a casarse con Don Andrés Mandujano, muchacho viejo, con mucho dinero y con muchas ocupaciones. Ambos se fueron por una temporada a atender asuntos a Oaxaca, donde, dicen las malas lenguas, su hija mayor había salido con premio, quien sabe, eso no lo sé. El asunto estaba en que el tío era por mucho el usufructuario de la señora, pues su marido siempre embebido, la tenía como una compañera, más que nada. Tan pronto se enteró el tío que regresó aquella señora, se acordó que tenía muchos encargos que llevar a Rancho Corona, ¡qué casualidad!

El miércoles en la noche, no pasó ni mucho tiempo, llegaron corriendo con la noticia: el tío había muerto a manos de Don Andrés. Llegó el marido en el momento justo en que su mujer “sostenía el techo” con brazos y piernas y le dio varios balazos al tío en las cagaleras, en la espalda, en la cabeza… eso sabemos los entendidos, a la gente le dijeron que lo asaltaron para robarle… si, un asalto en el que las balas traspasaron la ropa, si, como no. Nadie dijo nada, entendieron las razones del viejo Mandujano, supongo, así que el viernes, el tío quedó cristianamente sepultado en la huerta de los mangos. Para el domingo, igual de rápido, ya estaba Carmina chupándome de nuevo, a tres metros del montón de tierra. En esa ocasión, ya no le avisé tocándole las orejas, simplemente dejé que saliera todo el chorro en su garganta, causándole tos, y algo de molestia al salpicarle la nariz… hubiera querido sentirme mal por eso, pero el placer fue indescriptible… vaya, ni la culpa de haber ido de chismoso con el caporal de Rancho Corona con que se iban a coger a la patrona ha podido hacerme sentir mal… ¡que chingados!

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