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domingo, 23 de noviembre de 2008

Y nunca que le salieron dientes.


Hay un incidente en la familia que durante años ha sido sepultado en la memoria de mis padres, cuando es sacado a colación -muy rara vez-, el que lo menciona sólo obtiene una mandada al chile digna de una olimpiada. Y es que hace mucho tiempo, en el baño del kinder, le enterré un lápiz en la vagina a otra niña. Gulp. Lo único bueno a mi favor es que fue el extremo del borrador, no el del filo, pero aún así se dio un escándalo entre las maestras que no llegó a más sólo porque el padre de la otra escuincla dictaminó: fue un accidente, son sólo niños.

Aaah...pero no, no fue por mero accidente. Ni siquiera fue porque le tuviera coraje o me cayera mal o lo que se pudieran inventar: fue por simple y mera curiosidad. Desde antes de que yo naciera, en mi casa han tenido chingo de libros, todos de muy diversos temas, entre ellos claro, sexo. Al ser yo una infanta a la que sus padres no ponían mucha atención por el trabajo y sólo era custodiada por una nana telenovelera, pues obvio me dedicaba a "leer" -porque a los 4 años sólo me sabía el "mi mamá me mima" y eso no ayuda mucho a esa edad- lo que cayera en mis manos o lo que estuviera mal colocado, entre ellos, varios libros sobre sexualidad, altamente explícitos para ese tiempo, pues traían ilustraciones todas típicas del pene y la vagina, de posiciones sexuales y lo que más me traumatizó: el embarazo y parto. Horror, vivía obsesionada con la idea de cómo podía caber algo tan grande por ahí, cómo le hizo para entrar, si sólo tendría yo eso o a quién más le había pasado tal desgracia. Por mera coyona nunca hice el experimento en mí (a huevo que no), pero ese día, sí, ese día que encontré a mi amiguita (éramos del mismo salón) secándose las sacrosantas partes frente al espejo del baño, nada más le dije, "a ver déjame ver" y mocos, va para adentro el lápiz. La verdad no recuerdo si gritó o no, pero las que dieron el pitazo fueron otras escuinclas que en ese momento entraban y nos captaron justo en el movimiento. Mi castigo no fue severo, mas que nada por la reacción del papá, pero eso sí, ya nunca, pero nunca de los nuncas, me dejaron ir al baño cuando otra niña andaba por allá, y en el recreo me vigilaban, no las fuera yo a violar (auch).

Al crecer, opté por dejar de pensar en hacer ese tipo de experimentos, pero la vagina y sus misterios fueron mi obsesión durante mucho, mucho tiempo; con las amiguitas de la primaria platicaba -de forma muy disimulada- de cómo eran sus entradas, si eran rosadas, morenas, que si una tenía una formita como diferente a las demás, que si su mamá les decía que no se tocaran ahí porque se les iba a infectar, etc., etc. Yo sólo tomaba apunte mental de todo esto, comparándolo con lo que leía para ver si era cierto. Llegué al punto en que durante las pijamadas organizaba concursos tipo atrévete: atrévete a mostrarnos tus pechos (dos tristes bolitas en crecimiento), atrévete a comerte un huevo crudo, atrévete a salir semidesnuda a la calle, atrévete a mostrarnos tu vagina. Y bueno, entre tanta obsesión, mis padres decidieron darme una plática para que ya se me bajara la brama, lo cual les sirvió para aprender más, porque la que terminó dando cátedra fui yo.

Así pasaron 7 años de rendirle culto al ente de donde salimos todos, porque a diferencia de otras niñas y de lo que diga Freud, yo nunca tuve envidia del pene; yo estaba feliz con mi hendidura que no se veía con la ropa pegada, que no abultaba cuando abrazabas a alguien mucho tiempo, que olía a aloe y que todos tenían miedo de que de repente le salieran dientes. Pero todo eso cambió el día en que la menarquía se hizo presente y entre gritos de me muero me muero y llanto y sangre y sonrisota de mi mamá, llegué a la pubertad. Por lo que sabía, ya me esperaba que eso sucediera tarde o temprano, pero los libros me decían que a los 12 ó 13 años te sucede, no que recién cumplidos los 11 ya te iban a decir: ya estás hecha una mujercita. Ahí se acabo la obsesión, porque no es lo mismo adorar un lugar limpiecito que otro del que sale un endometrio muerto cada mes; eso sí, todas mis amiguitas y familiares y demás dieron un suspiro de alivio cuando por fin me interesé en los penes, admítanlo, el primer novio fue algo así como, "¡no nos salió lesbiana la niña!". Y ya.




A ti, niñita de segundo de kinder desvirgada en el baño con el borrador de un lápiz:
¿tienes una vida sexual feliz? Espero que sí.



Niabel Hattori.


1. Una vez estuve a punto de ahogarme en un balneario. El chapoteadero tenía como 1.2 m. de profundidad, todos los niños que estábamos ahí no llegábamos al metro de estatura. Recuerdo que estábamos todos pinches aburridos nomás agarrados de las orillas con miedo de cruzar la alberca porque no sabíamos nadar. Hubo un momento en que mi aburrimiento fue tanto, y me desesperé a tal grado que pensé: “pinches niños maricones voy a cruzar la alberca nadando y les voy a mostrar que no pasa nada, a ver si se les quita lo agüitados a todos y se arma la pachanga”. Una cosa: yo no sabía nadar, pero como se veía bien fácil en la tele supuse que sólo tenía que imitar ese movimiento que hacían. Así que de repente me solté de la orilla y me impulsé con los pies hacia el centro de la alberca, empecé a bracear bien chingón y a mover las piernitas… no sirvió de nada. Estaba a media alberca ahogándome culeramente, luchando, recuerdo escuchar a algunos niños gritar pero yo sólo luchaba por poder salir del agua y tomar un poco más de aire. En ese momento mi infantil mente pensó: “yaaaa valí verga, me voy a ir por el tubo de la alberca y voy a llegar al mar donde me van a comer los tiburones”. Justo cuando estaba a punto de rendirme sentí cómo una mano gigante me tomó por la muñeca y me sacó de la alberca de golpe, era mi mamá. Yo tosí y tosí, me envolvieron en una toalla, y me quedé así, sentado en un camastro el resto de la tarde, con la mirada perdida y el orgullo destrozado porque no pude demostrarle a los demás niños que yo era un chingón. No, eso no me creó ninguna clase de trauma, a los dos meses ya estaba yo tomando clases de natación y rompiendo records mundiales infantiles, bueno, no me tomaron el tiempo, pero seguro que nadaba bien rápido.

2. En alguna ocasión un señor tocó a la puerta, yo estaba cerca así que me subí a una silla y me asomé por la ventana, él, que estaba rapado, pregunto si estaba mi mamá, yo le dije que sí y acto seguido, desde ahí, sólo volteo hacia dentro de la casa y grito: -Mamáaaaaaa, te habla un pelón-. Mi mamá salió toda apenada a disculparse mientras aquel cabrón sólo se reía.

3. Recuerdo que cuando tenía 3 años ya me urgía entrar a la escuela, le pedía a mis papás que me pusieran tarea y trabajos, el primer día de clases fue uno de los más chingones de mi perfecta infancia, yo no entendía como había cabrones que lloraban para que no los llevaran a la escuela. No sé si tenga eso algo que ver, pero nunca hice primero de kinder, entré directo a segundo a los tres años y desde entonces tomé un año de ventaja en la escuela que nunca perdí. Aplausos.

4. Una de las cosas que más disfrutaba era llegar a la casa al salir de la escuela, ver la tele y comerme una o dos tortillas con limón y sal, ahh que rico.

5. De niño era un tronco, no podía correr mucho ni muy rápido, jamás soñar con treparse al pasamanos y colgarse de cabeza como lo hacían otros niños, incluso le agarré miedo a los sube y bajas porque alguna vez estando arriba me fui hacia delante y me caí. Tardé como 6 años en subirme a una de esas cosas del diablo de nuevo.

6. Para hacer trabajos decorativos-manuales siempre he sido un asco. En tercero de kinder hicimos un adorno para el día de la madre. Pintamos un jardín y donde deberían de ir las rosas pegamos en forma de espiral una tira larga de papel de china que habíamos torcido previamente. Todos hicieron un trabajo poca madre, menos yo, que en vez de círculos chingones formados por un espiral hice algo así como nudos y amontonaderos. Dio la hora del lunch y mientras jugábamos entretenidos poca madre en el patio me llamó la directora. Me dijo que mi trabajo estaba muy feo y que lo íbamos a corregir, y así, de putazo arranco uno de mis nudos y comenzamos a cortar de nuevo papel de china rosa y a torcerlo, procedimos a pegarlo ahora sí, en forma de círculo. Me acuerdo que estábamos jugando bien chingón y que yo quería regresar al patio, pero todavía faltaba una rosa por hacer, entonces justo cuando la directora iba a arrancar ese otro nudo, le dije (ingenioso desde chiquito chinga): -no, no lo arranque, es que esa es una flor que apenas va a nacer, es un capullo-. La directora me dijo que estaba bien y me dejó regresar al patio a jugar con mis compiris. Yo fui muy feliz ese día porque me había hecho pendeja a la directora.

7. Una vez me quemé un dedo con el encendedor del carro. Recuerdo que lo presioné y se botó casi inmediatamente, lo tomé y esperaba ver al rojo vivo la parte que se supone se calienta, pero sólo se veía blanca y gris, como si tuviera ceniza, así que yo concluí que no servía, y para comprobarlo toqué esa parte con mi dedo. Ayyyyy amacita, nunca hubiera hecho eso, me metí una quemadota marca diablo, ahí andaba en el centro (lo admito, esta vez sí) llore y llore, mi mamá me llevo a una farmacia y me compró una pomada pero seguía doliendo igual de ojete, eventualmente se fue quitando, pero ahhh la madre, que feo dolió.

8. En alguna ocasión mis papás asistieron a un concierto en el auditorio más grande de la ciudad (Auditorio Josefa Ortiz de Domínguez), yo era muy niño así que fui con ellos. Me dieron ganas de ir al baño, así que mi mamá me llevó, obviamente, como todos los niños de 3 años, al de mujeres. Después de desalojar mi pequeña vejiga, me lave las manos y mientras mi mamá comenzaba a lavar las suyas (pues había aprovechado la vuelta también), yo le grité: -a que no me encuentras- y salí corriendo del baño. Mi mamá desesperada salió, pero no vio ni mis luces. Más desesperada todavía fue por mi papá y regresaron a buscarme, mi papá entro al baño de hombres y nada, mi mamá pregunte y pregunte y nada, y justo cuando iban caminando hacia otra zona, se abre una puertita frente a ellos, donde el conserje guardaba trapeadores y cubetas y salgo yo de lo más contento gritando: -éjele, no me encontraaaaroooon-. Creo que no me regañaron, no sé, de todas las anécdotas que conté, ésta y la del pelón son las únicas que no recuerdo.

9. De niño me peinaba como Benito Juárez, sí, creo que las mamás mexicanas hacen eso honrando a uno de los pocos presidentes rescatables que hemos tenido en este país.

10. Cuando tenía entre dos y cuatro años, mi pasatiempo era pararme junto a las escaleras y con mi dedito tallaba una pequeña sección cóncava que había en la pared. Me quedaba parado durante minutos, todo cagado, tallándole ahí con el dedo y la uña. Después de dos años esa pequeña sección cóncava se había convertido en un agujero de dos centímetros de profundidad. En esa zona la pared era como de cal o algún material no tan duro.

*La mayor parte de esta entrada apareció en mi blog el 11 de junio del 2007.

sábado, 22 de noviembre de 2008

La ruina



Cuando era chiquito me llamaban a la sala en las pedas y me pedían los adultos enormes que sumara cifras grandotas o me pedían que leyera el periódico al revés.

Las señoras me jalaban los cachetes y me decían que era un genio, que qué padre que me adelantaron de segundo a tercero de primaria por inteligente, qué suave que a los nueve meses ya hablaba y ordenaba mis carritos por tamaño. Usaba botitas miniatura y entendía pláticas de grandes.

Yo en mi adolescencia odié a mi padre y le dije que jamás iba a tomar ni fumar. Juré hacer las cosas bien, nunca pegarle a mis hijos y ser psicólogo.

En ese entonces no conocía a la ruina, y mis preocupaciones empezaban como a las siete de la tarde, en la secundaria, cuando se acababa Dragonball Z y ponían la rolita y salía Goku caminando en un atardecer, se me revolvía el estómago porque se hacía también tarde en la vida real y no había terminado la tarea.

A pesar de mi capacidad, fui un alumno mediocre.

Fue hasta después que conocí a la ruina, cuando se apartó la sensación de protección del mundo de los adultos y me encontré en él yo mismo. Las consecuencias de mis acciones se hicieron proporcionales directamente, y ya no hubieron cintarazos sino consecuencias reales.


Yo a veces me considero alcohólico, a veces no. Entiendo que se me facilita perderme y autodestruirme, y encuentro una satisfacción en la ruina que es difícil de explicar. Entiendo que mi ruina se pudo haber manifestado de cualquier forma bajo cualquier sustancia, esa furia que me consume en las madrugadas alcoholizadas que me llevan a hacer aquellas cosas- esas cosas que entiendo en el momento pero que no tienen explicación al día siguiente, cosas que entiendo porque la ruina está a mi lado.

La ruina está conmigo cuando peleo, en la forma tan absoluta y perfecta que brillo en el conflicto. Conflictos de odio y amor, peleas en la calle, arrastrándome en la banqueta cubierto en mi propia sangre o golpeando alguna puerta para que me abran.

La ruina me protege y me encuentra en los mejores y peores momentos, se manifiesta en el fondo de una botella vacía, en los mingitorios, en los espejos cubiertos de humo.

Me sonrie y me apoya a lanzarme en paracaídas en situaciones sociales adversas- me dice que le hable a esta persona, me susurra al oído que le pregunte a esa mujer si alguna vez se la han mamado.


La ruina llegó para llenar mis vacíos creados en mi infancia o adolescencia- la verdad no sé- pero sé que ha estado ahí mucho tiempo.

La ruina juguetea conmigo cuando manejo en un freeway lleno de luces borrosas a altas velocidades y a peores horas de la noche- me pregunta la ruina: qué si movieras un poquito el volante a la derecha?


Preocupado en un balcón me encuentra la ruina, me pega un par de palmadas en la espalda al verme preocupado y me dice la ruina: a quién le van a importar tus preocupaciones en mil años?

Me rio y no le refuto nada, sé que tiene razón.

La ruina es mi amiga y compañera, pero no está conmigo en todo momento como una buena amiga debe serlo.

La ruina me deja en las mañanas con el sol. No me avisa ni se despide nunca.


La ruina mi traviesa amiga no está conmigo cuando limpio una fiesta desordenada, o cuando busco un condón usado tirado y encuentro uno lindamente cerrado en el buró.

Cuando la ruina no está paso malos ratos. Sus despedidas me dejan vomitando en las mañanas con ceniza en la garganta, o me dejan tirado en una cama con mi cabeza a punto de implotar.

Me deja a veces, la ruina, limpiando costras de sangre de mi nariz o cara. Casi siempre me disculpo por ella.

Me deja con menos amigos y menos mujeres. La ruina me deja con la cartera vacía- no paga la cuenta nunca, mi amiga.



Pero mi amiga la ruina tiene amigos por todo el mundo. Entiendo que no puede estar conmigo siempre. He aprendido a compartir y a esperarla. No me importa ya justificarla en su ausencia.

Me lavo los dientes y me uno a la fila de títeres aburridos viendo el reloj, esperando el camión o que caiga algún meteorito.


***


Yo desafiante en mi infancia, con mis ojos brillando, le juré a mi padre: nunca voy a fumar ni tomar.


A mi amiga, la ruina, una vez le recordé esa anécdota y me confesó que se rió, viéndome desde la ventana.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Recuerdos en Fa Sostenido.


El problema, creo yo, comenzó desde que estaba yo muy chavo. Tanto así que mis recuerdos son los mismos que tuviera Alberto Cortez y su árbol plantado en el límite del patio, cuando él tenía quince años y él árbol era apenas una rama, seguramente. Me acuerdo las portadas. Un joven Emmanuel vestido todo de blanco, tumbado en una silla con cara de “estoy bien pinche triste”… o bien, aquella cara de José José emulando la “Magnum” de Zoolander, entre muchas otras de las cuales me acuerdo mucho. El tío Luis, siempre izquierdoso y rojillo, con el “salsa roja” de José De Molina y muchos más de Atahualpa Yupanqui terminaron de ponerme en la madre, y desde chamaco repasaba en mi mente una y otra vez los acordes de las canciones que me llevaba incrustadas en la sesera a todas partes. Luego, poniendo atención a Fogherty, Lennon e incluso a Sinatra, me decidí a sacar de aquellas cuerdas canciones que tañeran absolutamente todos los recuerdos de mi infancia en el río ajolotero, apedreando mojarras, o en la cancha de Santa Gertrudis, de cazagoles, robándome los partidos de fucho.

Sin embargo, pasaron muchos años de digitar la guitarra de aire para que por fin, tras días y más días de ahorro empecinado, comprara mi primera guitarra que, engañado por chamaco y por pendejo, estaba chafísima, con su brazo más grueso que el mío, sus cuerdas de metal forjado en los mismísimos yunques del infierno, lacerantes y culeramente ampollosas, como planeadas por Jigsaw y su madera como de puerta de ropero de Elektra… ¡pa´su madre, señor Viceministro!, por si fuera poco, mi guitarra era gay, pues a decir de Adrián “el becerro” no era tal, sino una “tercerola”… más chiquita que una guitarra, pero no tanto para ser requinto… ya de por si es bien difícil hallar un “quinto”, ahora, imagínense un “re-quinto”… no, me cae que puras pinches fallas.

Sin embargo, aquel cacharro nunca vió sus mejores días en algún escenario de fama mundial. Empezaba yo a tocar sintiéndome un Paul Mas-Carne, o en su defecto, un Jimi Liéndrix, y de volada me caían mis primos-castrosos a criticar mi estilo churrigueresco de ejecutar la lira: “¿Y eso que es?”, decían entre risas… culeros. Ya un tiempito después uno de ellos se compraría una lira eléctrica de esas medio chafonas, que a la fecha le sirve para espantarse las moscas, pues nunca pasó del chun-ta-ta eléctrico, ja ja, ¿quién es el pendejo ahora? Una noche, en que mi jechu llegó azotándose de briago, quiso hacerse el chistosito tañendo mi cuasi-guitarra y con tan mala pata que la tumbó del clavo en que la colgué y le hizo una rajada culerísima de grande y fea, como pucha de la Tigresa Serrano… ¡Madres!

Y así, con tales argumentos en contra de mi futuro como estrella de los escenarios, fue a parar al baúl de los recuerdos, junto con mi balero enorme, mi juego de química Mi Alegría y el bonche de monos que ya no me llamaban la atención. Ni hablar, a suplir con chaquetas esa bola de madres… al cabo que ese es otro aspecto en que debía mejorar mi calidad.

Pero pasó el tiempo, me aprendí de memoria las escenas que me provocaban arrojar mi espeso chorro, al derecho y al revés sabía en qué minuto y segundo exacto de “Weekend Fantasies” iban a atorarle tremendo cogidón en el trasero a María Tortuga, poniendo ella cara de zorrona complacida y pervertida y entonces, en mi cabeza, me decía en español-pocho “caman, Julio, aviéntame tus mecates, papacitou”… y de “Strange Bedfellows”, ni hablamos.

Tuve que entrar a la prepa para que se obrara el milagro. Conocí a Sosa, “el sósimo”, un cabrón que se sabía el rasgueo de blues onda Alejandro-Lora-en-chochos, y de verdad que le arreaba a eso de la música, me cae de madres que me sentí renovado, listo, capaz (de la sierra) y entonces, agarré novia nueva y ya no me compré la guitarra de nuevo. ¿Qué querían, si en esa época los fajes eran ya con apretón de tamagotchi?... standby rockero.

En los tempranos días de la Uni, habiéndome hecho novio de una morra mucho más joven que yo (ricura), y posteriormente sanchado vilmente (cabrona), tuve dos razones poderosas para volver a empezar a guitarrear, una de ellas, que en el cuarto al que me mudé, había una cama, debajo de la cama una guitarra madreada y adentro de la guitarra una revista de gokú con greñas y greñas de mota. La otra es que, con mi honor herido, en vez de ir a ver a la ninfeta a sobarle sus carnes, mejor empecé a sobar la guitarra. A la semana ya veía resultados. Alejado de las críticas, con el puchero puesto y que medio me afinaron la cosa aquella, saqué la primer rola completa: “Invasión Estelar”. Y de ahí pa´l real, llegaron las rolas a carretadas.

Me di cuenta que no estaba tan perdido, después de todo, cuando en la facultad, tras ejecutar chacoteramente “I will Survive” en la versión loser de Cake, recibí la invitación de la chava más cuero de mi salón para ir a su casa a estudiar. ¿Tengo que decir que tenía en el repertorio las rolas necesarias para desnudarla?... “tenemos recueeeerdossssss… mi árbol y yoooooooo”

jueves, 20 de noviembre de 2008

Tercero de kinder


Yo no quería entrar a la escuela.
Mi vida era feliz así como estaba: Levantándome tarde, desayunando con calma mientras veía la televisión, bañarme sin prisas y luego, basicamente, hacer lo que he hecho siempre, tumbarme en algún lado con un cuaderno y ponerme a dibujar. Cuando me cansaba de esto, jugaba solo en el jardín hasta que me daba sueño.
Hasta que llegué a la edad en la que todos los niños deben ir a la escuela a alimentar su cerebro de datos inútiles para no terminar de diputados o pilotos de aviones de Gobernación.

Me dio pánico salir de mi pequeño mundo casero-seguro para entrar a un lugar extraño con otros de mi misma especie. Por cuestiones prácticas mis padres me inscribieron en el kinder más cercano a la casa que resultó ser de los más temidos de la ciudad (al que por razones de seguridad llamaremos "Jardín de niños La Vaquita") Una pesadilla.
Como buen niño de esa edad me rehusé y amenacé a mis progenitores con demandarlos, acusarlos al DIF o ya de perdida encerrarme en mi cuarto hasta que se les pasara la descabellada idea de meterme a la escuela. Nada funcionó y después de llantos y berrinches terminé en un salón de clases coloreando con crayolas elefantes que parecían hipopótamos y poniéndole barba de algodón a un Santa Clós.

Pero lo peor no era eso, sino la maestra que tenía. Una señora con cara de sargento mal pagado que se enojaba muy rápido y me acusaba de no querer "convivir" con los demás chilpayates. Los dioses me castigaron y al segundo año me tocó la misma maestra-madrastra que aventaba gises y se pintaba el cabello de naranja zanahoria.
Yo estaba convencido que la vida no valía nada y que se había terminado para siempre mi mundo de jardín y cuadernos. De no ser porque era muy chico me hubiera tirado al alcohol y al azote místico.

Al comenzar el tercer y último año de kinder estaba resignado a mi suerte y sufrir otro año con la maestra-monstruo. Pero los dioses se apiadaron de mí y al entrar al salón el mundo se iluminó: Los pájaros cantaron, los árboles florecieron, las guerras terminaron, los políticos se arrepintieron y los artistas bajaron de la luna.
Al lado del pizarrón y a punto de tomar asiento estaba la mujer más guapa que había visto en mi vida. La nueva maestra.
Por fin nos daría clase una maestra para niños y no una de la correccional de menores.
Mi panorama cambió, ya no había desidia en las mañanas ni urgencia al mediodía; sino al revés. Me urgía irme a la escuela para ver a la maestra (en esos tiempos, o al menos en esa escuela, no se estilaba decirle "miss" a las maestras pero si por mi fuera, le decía "miss ...universo, o "miss Chihuahua" mínimo) y al mediodía me hacía güey para ser el último en salir. El día del maestro le pedí a mi mamá que hiciera un pastel para la maestra, mi madre me dijo que le llevara mejor una manzana, pero la increpé argumentándole que con manzanas no se conquistan chicas y a ese paso iba a terminar de monero solitario en las cantinas brindando con extraños. (Bueno, esto último no es muy exacto)

Ahora convivía con los demás niños haciendo como si de verdad me interesaban sus juegos sólo para no parecerle "raro" a la maestra, hacía las mejores figuras de plastilina y nunca me salía "de la rayita" al colorear algún elefante que pareciera hipopótamo.
Pero todo acabó. El último día de clases llegó y nos tomaron una foto del grupo para sacarles dinero a nuestros papás. Estratégicamente me acomodé al lado de la maestra, pero el fotógrafo nos reacomodó colocándome exactamente abajo de quien quería estar. La maestra puso sus manos en mis mini hombros, sonreí como el gato de Alicia en el país de las maravillas, pero el canalla del fotógrafo gritó un: -¡A ver, TODOS con los brazos abajo!
Musité un "snif" y... clic.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

La obsesión



Siempre toda mi vida he sido obsesiva, todas aquellas cosas que llegan en un momento a apasionarme, tarde o temprano se convierten en obsesión.

Con el tiempo mi obsesividad ha disminuido, pero de niña/puberta, era una cosa mayor.

Recuerdo claramente la vez en que yo quería ser contorcionista. Fuimos al circo, mi hermano, y mis padres, y yo quedé extasiada al ver a una diminuta mujer meterse a una caja de cristal, fue impresionante verla hacer con su cuerpo cosas que yo jamás había visto antes. Eso de subir las piernas a los hombros y chuparse los dedos de los pies fue para mi un “si ella puede, yo puedo… cuando sea grande, voy a ser contorcionsita” obviamente al contarle a mi madre mis aspiraciones a futuro, me dijo que ni madres, que yo jamás trabajaría en un circo y que yo de grande tenía que ser doctora, o licenciada, TODO menos contorcionista.

Esta negativa fungió como un catalizador para mi obsesión, si mi madre me hubiera dado viada, jamás me habría obsesionado con la idea de ser contorcionista. Todos los días me la pasaba estirando mis piernas y tratando de meterme en diminutas cajas de huevo bachoco, llamaba a mi hermano para que fuera público y testigo de mis “intentos” de contorcionismo. Trataba, sin mucho éxito de subir mis piernas a los hombros y chuparme los dedos. Fue hasta que entre a gimnasia que logre hacerlo y mi obsesión pasó y me convertí en una niña, quasi normal.

Después de eso me obsesioné con Dragon Ball, amaba a Goku y soñaba con él dormida y despierta, en mis pláticas diarias no había un solo momento en donde no sacara a colación su intrépida y valiente personalidad. Todo en la vida real lo relacionaba con él, que si su lealtad era lo que el mundo necesitaba para ser un lugar mejor, que si su fuerza descomunal era lo que los hombres necesitaban para que el mundo igual fuera un lugar mejor, que si su ingenuidad de igual manera era lo que el mundo necesitaba para ser un lugar mejor. Para mi Goku era lo que México, el planeta, el sistema solar, la galaxia y el universo era lo que hacía falta para que hubiera equilibrio y todos fuéramos felices y shalalá.

Mi obsesión con Guku así como los posters que adornaban las paredes de mi cuarto fueron remplazados por un nuevo amor, y esto temo admitirlo por que yo en mis años pueriles y al inicio de mi pubertad quería ser mala y andar con cholos y perforarme todos los lugares perforables de mi cuerpo, y este nuevo amor no iba en concordancia con mi “personalidad malvada”.

Yo me obsesioné feamente, así feamente con los Backstreet Boys… pero era un amor secreto, nadie a excepción de mi papá, el cual se encargaba de proveerme de todos los artilugios sobre ellos en el mercado, mi hermano, el cual me tenía chantajeada con gritar a los cuatro vientos sobre mis 5 amores, si yo no hacía para el, tal o cual cosa y obviamente mi madre que veía esta obsesión como lo mejor que me había pasado, por que al amar a estos 5 gueros bien parecidos, jamás iba yo a andar con un cholo ni perforarme todos lo lugares perforables de mi cuerpo.

Era una doble vida y me obsesionaba mas al tratar de mantener en secreto mi amor obsesivo/apasionado, fuera de mi casa yo era una chamaca que amaba a Pink Floyd (lo cual es cierto) una chamaca que escuchaba rock súper pesadísimo, e idolatraba y mantenía un altar con veladoras con artistas de la talla de los Rolling Stones, Metallica, Poison, los Doors, Nirvana, Guns n’ Roses y de todas aquellas bandas que sonaran “pesadas”. Estaba bien estúpida.

Cuando con mis amiguitos de la calle nos poníamos a debatir sobre “bandas” y una vecinita sacaba a colación a los Backstreet Boys, yo era su primera detractora, y me desbarataba en argumentos destructores sobre su música vacía y sus bailes y movimientos gays. Era para todo el mundo obvio que yo ODIABA con odio jarocho y descomunal a los Backstreet Boys. Pero en cuanto llegaba a mi cuarto, sacaba todos los posters escondidos y me tiraba con ellos en mi cama a pedirles casi casi perdón!!!!.

Tenía un diario de los Backstreet Boys, ahí escribía todos mis sueños guajiros pendejos que tenía con ellos. Mi más grande sueño era tenerlos para mi sólita en una isla desierta y así poder vivir mi amor sin ataduras (pero aún así, sin que nadie me viera).

Compraba todas y cada una de las revistas en donde los mencionaran y de igual manera recortaba cada una de las páginas donde salieran. Tenía libretas llenas con sus recortes donde armaba historietas y telenovelas de amor conmigo. Me casé con todos y tuve hijos de todos.

Cuando supe que iban a venir a México andaba como burra en primavera; no cabía de la felicidad y estaba dispuesta a vender mis riñones e hígado a cambio de un boleto para irlos a ver.

Mi sueño se hizo realidad cuando llegó una de mis primas gritando a pulmón abierto que tenía boletos para el concierto. Me invitó y yo obviamente dije no, por que los odiaba y guacala que feo ir a aburrirme a un concierto lleno de pubertas pendejas gritándoles a otros cinco pendejos.

Ah pero por dentro, estaba brincando y casi llorando de alegría, sólo decía para mis adentros “anda Mago ruégame más, sólo un poquito más”. Y si, me rogó y yo accedí a ir con ella al concierto de mis más grandes amores.

Ya afuera el foro sol, me comían las entrañas por verlos y corear sus canciones, ya me valía madres que el mundo se enterara, yo sólo quería verlos cantar y ver sus bailes y movimientos gays. Pero OH decepción…

Piches lugares más feos que la jodida, si nos hubieran tocado unos asientos más arriba segurito me hubiera sangrado la nariz por la altura. Por más binoculares que compré, no podía distinguir quien era quien, y el sonido estaba bien pinche, casi puedo asegurar que ellos cantaban y yo escuchaba la frase con un retraso de 4 segundos. Estaba tan desesperada y decepcionada que mi amor/obsesión murió a los 20 minutos de haber empezado el concierto. Lo único que me mantuvo entretenida durante el concierto eran la parejita que se estaba metiendo tremendo faje mientras todo mundo le gritaba desquiciadamente a los 5 puntitos de allá abajo.

Llegue a mi casa y lo primero que hice fue buscarme una caja de huevo bachoco y meter ahí todos los posters, revistas, discos, libretas y diarios de amor, y todas aquellas cosas que me los recordaran y refundirlas en lo más profundo de la azotea de mi casa y de mis recuerdos.

Dos, cuatro, seis, ocho.



Clic
Clic

Clic
Clic

-¿Qué haces? Ya apaga la luz.
-Si amá.

Clic
Clic

Clic
Clic

-¡Que ya dejes eso! Vas a fundir el foco.

Clic
Clic

Clic
Clic

-¡Luis! ¡Deja esa luz en paz!
-Si amá, ya me voy a dormir

Clic
Clic

Clic
Clic

No recuerdo cuando fue, pero llego un momento en que mi mamá se rindió. Después de un tiempo, mis papas y mi hermana ya no decían nada. Lo mismo cuando salía de la casa y cerraba con llave, o cuando dejaba el vaso en la mesa.

En el recuerdo más antiguo que tengo, voy sentado en el asiento trasero de un auto -ni idea de cual- en la carretera. Con el dedo gordo del pie, voy marcando cada que pasamos junto a un fantasma (los pequeños postes fluorescentes al lado de la carretera se llaman fantasmas), después de doce sincronizados taps, volteo y juego con mi hermana, después miro hacia la ventana y otros doce taps.

Cuando jugaba a las traes, casi siempre perdía porque no podía pasar corriendo entre un poste y una pared sin tener que regresar corriendo por el mismo lugar; sentía que una cuerda invisible se enredaría sin tomaba otro camino.

Durante muchos años creí que era una anormalidad personal, en cierta manera, me sentía único (enfermizamente, pero único al fin y al cabo). Fue mucho después, en mi adolescencia, cuando descubrí que era algo relativamente común y entonces si, dejo de tener encanto para convertirse en una pequeña molestia –para los demás, a mí nunca me ha importado mucho- que ha ido disminuyendo con los años.

Aun así, a veces, los fines de semana me levanto del sillón y me largo a dormir dejando la luz prendida. Con una sonrisa, me imagino a mi mama callada, moviendo la cabeza de lado a lado, prefiriendo eso a ver la luz prenderse y apagarse cuatro veces.


TOC, TOC.
¿Quién es?
Soy tu trastorno, estúpido.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Ejercicio 7: Obsesiones infantiles - Falso Profeta

Una de las cosas que más recuerdo de mi puerilidad eran las hormigas a las que observaba durante horas en el patio de mi casa. Había dos clases de hormigas, las rojas y las negras, y estas tribus siempre estaban en guerra, se mataban unas a otras.

A veces tomaba una hormiga de la tribu negra y la arrojaba en medio del festín de las hormigas rojas, las cuales generalmente eran más agresivas que las negras. El espectáculo era impresionante. Las hormigas rojas, al instante en que la veían, la atacaban, la sujetaban de las patas con sus tenazas y la picoteaban hasta la muerte. Lo que venía a continuación era aún más asombroso para un niño de mi edad: La llevaban hasta la entrada del hormiguero (una grieta en el concreto cerca de la puerta de entrada) le arrancaban sus extremidades y colocaban la cabeza de la hormiga negra justo en la entrada del nido.

“¿Por qué lo hacían?” Era lo que me preguntaba. Quizá para intimidar a otras alimañas y evitar que se acercaran, o para engatusar más hormigas negras y atraparlas como presa, o simplemente como trofeo decorativo y de orgullo tribal. Sin embargo yo lo quería ver como una exhibición montada por el despotismo de una reina malévola que castigaba a los que se revelaban contra ella.

Muchos minutos me embelesaba yo viendo decapitaciones por parte de verdugos rojos contra recolectores negros. Poco a poco me fui obsesionando con la idea de jugar al todopoderoso arrojando inocentes al sitio ritual de los sacrificios en mi honor. Y lo que más me entusiasmaba era el hecho de saber que tenía yo el poder de intervenir, si quisiera, y salvar a ese pobre recolector negro al que yo mismo había puesto en esas circunstancias.

A menudo, cuando la tribu roja estaba reunida alrededor de una hormiga negra, listas todas para descuartizarla cruelmente; asomaba yo mi dedo desde el cielo haciendo temblar su tierra. Las hormigas rojas huían despavoridas buscando refugio bajo las hojas y las pequeñas basuritas, mas no eran suficientes para escapar de mi furia divina… las aplastaba irremediablemente… La deidida vengativa del cielo las embarraba en el pavimento con la misma crueldad que ellas mataban a las hormigas rivales, una tras otra sin escapatoria…, era un apocalipsis cumplido y ejecutado…, todo quedaba destruido.

Pero también castigaba a la tribu de hormigas negras de vez en cuando, generalmente cuando brotaban muchas de ellas en los calores de agosto.

Tomaba yo una bolsa de plástico y la quemaba con un encendedor de modo que los pedazos calientísimos derretidos del plástico cayeran en donde las hormigas. Qué emocionante verlas huir. Lanzaba yo mis bolas de fuego desde lo alto e impactaban con fuerza sobre ellas quemándolas instantáneamente. Era un horror todavía más caótico aún que aquél donde mi dedo intervino y salvó a la pobre hormiga negra, aplastando después el nido de las hormigas rojas. Pocas sobrevivían, y las que lo hacían, quedaban para siempre lejos de su propio nido, posiblemente morían o se unían a otra colonia y les contaban lo sucedido sin que les creyeran. Todo serían meras leyendas hasta que, de nuevo, el Dios vengativo las destruyera.

Cierto día usé una medicina de mi madre y la vertí toda sobre un nido de hormigas rojas. Parecía magma debido a la consistencia semisólida del jarabe y que era de color naranja. Poco a poco el magma para la tos las alcanzaba y las cubría a todas causándoles la muerte, esta vez era un volcán que sacudía su sistemática vida. Sin embargo ese día hubo otra intervención salvadora y no fue la mía, sino mi madre. Me lo había advertido en varias ocasiones antes, y esta vez, ella había estado observando desde el segundo piso mis juegos psicóticos. Gritó mi nombre estentóreamente haciendo eco en todo el reino de las hormigas. Yo traté de huir, pero su largo brazo me alcanzó firmemente y me llevó lejos de allí, de ese mundo, para que, con su mano justiciera, me hiciera pagar por mis magnicidios omnipotentes y, principalmente, por malgastar una medicina costosa.

Tragedia en papel y cartón


A la inocente edad de 10 años, fui la primer niña vetada de las fiestas infantiles del colegio. Mi vergonzoso comportamiento tuvo raíces años muchos antes. Mis padres nunca se dieron cuenta de la gravedad del asunto, hasta que ese triste día del 85' la madre superiora les dijo firmemente “la niña no entra más”.

Como buena chilanguita clasemediera mis papás me organizaban religiosamente mi fiesta de cumpleaños en Chapultepec, a la que asistían todos mis primos e hijos de los amigos de mis papás. Había globos, payasos, carne asada o hojaldres de mole, pastel y por supuesto, piñata.

Mi mamá me hizo la fiesta de un año hasta el año 4 meses, cuando ya me podía parar perfectamente y sostener la palita en la mano para atizar la piñata. Por supuesto, mis padres me tuvieron en entrenamiento y fui la sensación de la fiesta... así como el inicio de mi tragedia social.

A los 4 años, comenzó la tradición de que en mis fiestas, yo rompía mi piñata. Supongo que era una especie de compensación psicológica por compartir la fiesta con mi hermanita, 2 años menor. De esta manera, mis papás se ahorraban una pachanga y yo tenía lo que más quería. No me importaba que no fuera la única festejada.

Mi mamá, siempre atenta a mi comportamiento, ya se había dado cuenta de mi obsesión con romper la piñata. Días antes de la fiesta yo entrenaba con palos de escoba, pegándole a los árboles y bancas del parque. Incluso a veces, me daba vueltas en mi propio eje para practicar mi tino mareada. No iba a permitir que un leve mareo me alejara del objetivo final: madrear un animal de papel y cartón.

Mi fiesta de 5 años estuvo en peligro de no efectuarse, ya que en uno de mis entrenamientos, rompí el palo contra el buró de mi cuarto. La parte volátil pasó rozando mi cabeza y aterrizó en la frente de mi hermana, quien cantaba interminablemente “dale dale dale, no pierdas el tino”, debido a que le había prometido darle a cambio alguno de mis regalos.

Yo contra el pato maldito

Yo no lo sabía pero todo este entrenamiento era innecesario, ya que justo cuando la piñata estaba por romperse, mis papás me ponían a darle. Incluso llegaron a sobornar a los otros niños con dulces y juegos, con tal de que yo terminara rompiéndola y no armara la de Troya. El plan siempre salía a la perfección. Sin embargo, en mi interior se estaba gestando un monstruo y nadie lo sabía.

Dicho monstruo salió cuando a los 7 años y, en una fiesta que no era mía, armé un escándalo digno de una novela de televisa cuando no fui yo quien rompió la piñata. No sólo di de patadas y berridos, si no que, cuando ya me encontraba en aparente calma, tiré del columpio al niño que me había suplantado. En mi defensa alegué que tenía que haber metido las manos para no tener semejante chichón en la cabeza.

Mis papás no sabían donde esconderse. Rosita, siempre tan bien portada, tan alegre, tan bailadora. ¿Como pudo haber hecho eso? Me sacaron de la fiesta sin bolo y reprimieron mi comportamiento todo el camino de regreso a casa. Pero como su mentalidad era de adultos, nunca se dieron cuenta que lo hice en cruel venganza.

Fue en la siguiente fiesta -que tampoco era mía y por lo tanto el final de la piñata no había quedado en mis manos- en la que una vez roto el objeto de mi obsesión y comenzados los juegos infantiles, me desaparecí armada con un palo. Me encontraron justo donde estaban los restos de las piñatas con los ojos llorosos y llenos de rabia, mientras destrozaba aún más los dolidos restos de un caballo de cartón y papel china. Tanta era la fuerza de mi castigo, que mis papas creyeron que había algo más tras esos golpes.

Fui a dar al psicólogo. El loquero calmó a mis papas, argumentando que sólo era un mal día. "La niña quiere llamar la atención".

El asunto fue olvidado y coincidió con un cambio de escuela y por lo tanto, de amiguitas.

En esta nueva escuela se acostumbraba hacer un pequeño pastel y piñata a las cumpleañeras que eran recogidas más tarde. Ese día me quede yo y, sin el ojo atento de mis padres, la desgracia comenzó.

Al principio exigía con llantos que era mi turno, que yo tenía que pegarle. Primero en un tono lastimoso, pasando por berridos, gritos, exigencias y amenazas. La maestra reprobó mi conducta y me mandó fuera del lugar. Saqué un palo de sabedonde y me puse a pegarle a la piñata al mismo tiempo que la festejada, quien, enojadísima se lanzó a golpearme.

Lo mismo hicieron las demás niñas salvajes y tuve que ser rescatada por la madre superiora, quien me puso a rezar ante el santísimo sacramento para que perdonara mi indisciplina. Yo, que nunca fui muy creyente, lloraba de coraje entre maldiciones. Las monjas se creyeron mis lágrimas, sin embargo, no dejaron de informar a mi santa madre lo ocurrido. La pobre no sabía donde esconderse.

Desde ese día y, cuando iba a haber fiesta, por ningún motivo podía quedarme más tarde de las dos.
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