
Aaah...pero no, no fue por mero accidente. Ni siquiera fue porque le tuviera coraje o me cayera mal o lo que se pudieran inventar: fue por simple y mera curiosidad. Desde antes de que yo naciera, en mi casa han tenido chingo de libros, todos de muy diversos temas, entre ellos claro, sexo. Al ser yo una infanta a la que sus padres no ponían mucha atención por el trabajo y sólo era custodiada por una nana telenovelera, pues obvio me dedicaba a "leer" -porque a los 4 años sólo me sabía el "mi mamá me mima" y eso no ayuda mucho a esa edad- lo que cayera en mis manos o lo que estuviera mal colocado, entre ellos, varios libros sobre sexualidad, altamente explícitos para ese tiempo, pues traían ilustraciones todas típicas del pene y la vagina, de posiciones sexuales y lo que más me traumatizó: el embarazo y parto. Horror, vivía obsesionada con la idea de cómo podía caber algo tan grande por ahí, cómo le hizo para entrar, si sólo tendría yo eso o a quién más le había pasado tal desgracia. Por mera coyona nunca hice el experimento en mí (a huevo que no), pero ese día, sí, ese día que encontré a mi amiguita (éramos del mismo salón) secándose las sacrosantas partes frente al espejo del baño, nada más le dije, "a ver déjame ver" y mocos, va para adentro el lápiz. La verdad no recuerdo si gritó o no, pero las que dieron el pitazo fueron otras escuinclas que en ese momento entraban y nos captaron justo en el movimiento. Mi castigo no fue severo, mas que nada por la reacción del papá, pero eso sí, ya nunca, pero nunca de los nuncas, me dejaron ir al baño cuando otra niña andaba por allá, y en el recreo me vigilaban, no las fuera yo a violar (auch).
Al crecer, opté por dejar de pensar en hacer ese tipo de experimentos, pero la vagina y sus misterios fueron mi obsesión durante mucho, mucho tiempo; con las amiguitas de la primaria platicaba -de forma muy disimulada- de cómo eran sus entradas, si eran rosadas, morenas, que si una tenía una formita como diferente a las demás, que si su mamá les decía que no se tocaran ahí porque se les iba a infectar, etc., etc. Yo sólo tomaba apunte mental de todo esto, comparándolo con lo que leía para ver si era cierto. Llegué al punto en que durante las pijamadas organizaba concursos tipo atrévete: atrévete a mostrarnos tus pechos (dos tristes bolitas en crecimiento), atrévete a comerte un huevo crudo, atrévete a salir semidesnuda a la calle, atrévete a mostrarnos tu vagina. Y bueno, entre tanta obsesión, mis padres decidieron darme una plática para que ya se me bajara la brama, lo cual les sirvió para aprender más, porque la que terminó dando cátedra fui yo.
Así pasaron 7 años de rendirle culto al ente de donde salimos todos, porque a diferencia de otras niñas y de lo que diga Freud, yo nunca tuve envidia del pene; yo estaba feliz con mi hendidura que no se veía con la ropa pegada, que no abultaba cuando abrazabas a alguien mucho tiempo, que olía a aloe y que todos tenían miedo de que de repente le salieran dientes. Pero todo eso cambió el día en que la menarquía se hizo presente y entre gritos de me muero me muero y llanto y sangre y sonrisota de mi mamá, llegué a la pubertad. Por lo que sabía, ya me esperaba que eso sucediera tarde o temprano, pero los libros me decían que a los 12 ó 13 años te sucede, no que recién cumplidos los 11 ya te iban a decir: ya estás hecha una mujercita. Ahí se acabo la obsesión, porque no es lo mismo adorar un lugar limpiecito que otro del que sale un endometrio muerto cada mes; eso sí, todas mis amiguitas y familiares y demás dieron un suspiro de alivio cuando por fin me interesé en los penes, admítanlo, el primer novio fue algo así como, "¡no nos salió lesbiana la niña!". Y ya.
¿tienes una vida sexual feliz? Espero que sí.
Niabel Hattori.











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Srta. Pelo Irritante adolescente con complejo de Peter Pan. De calvita sexy y gracioso caminar. Aspirante a mimo. Ha usado el mismo par de zapatos en los últimos 7 años y sólo se baña los domingos .Dicen que es rara: lo es.


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