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lunes, 17 de mayo de 2010




Como muchos, nunca he tirado las cartas que me han escrito. Y a las cartas, se fueron sumando los recados, un medio de comunicación muy útil entre housemates y computitos del trabajo. Además, en la parte de atrás de mis cuadernos, guardo ideas para posts o posts semi-escritos, teléfonos, presupuestos, dibujitos pornográficos, listas para super y to-do-lists que no tienen palomita. Ante mi falta de clósets, estos cuadernos están guardados en la misma caja que mis diarios personales y de viajes.

Evito leer mis diarios en papel porque me dan ganas de quemarlos y hacer pipí sobre sus cenizas ya que son asquerosamente cursis. Por fortuna, en el 2004 llegó el blog y esas libretitas apestosas se quedaron atrás.

Comencé a hacer mis cuadernos de recortes en el 2002, cuando tuve la excelente idea de recoger chingaderas en la calle y pegarlas en cuadernos. Pero no en cualquier cuaderno de cinco pesos; tenía que ser de esos de papel bonito y caro en los que las niñas bien escriben poemas diamor y su nombre con el apellido de su futuro marido. En aquel entonces el pretexto fue un viaje, pero la manía continúa.

Al principio guardaba y pegaba cosas que tuvieran un significado especial, como la nota de mi primer supermercado como mujer independiente (pfff) o la cuenta de aquella cena con ese alguien importante. Ahora, lo mismo da que sea un boleto del cine o de un concierto, una servilleta o la etiqueta de una cerveza o vino.

A veces, esas porquerías se quedan almacenadas mucho tiempo en el buró de la cama; ya no soy tan ordenada como antes para pegar a diario lo que recojo en la calle. En más de una ocasión, ese retraso ha tenido consecuencias sentimentales desastrosas, es decir, me pongo a chillar como quinceañera ante su cuaderno rosa con candadito. Y es que es muy fuerte el tener que pegar algo que representa lo que ya no es.

Supongo que el tener cachos de mi vida en recortes no es más que una extensión de lo que soy: una obsesiva coleccionista de momentos y celosa de mi pasado. No olvido, no dejo de querer, no deja de importarme. Sin embargo sigo adelante llenando más y más cuadernos.

Hoy sin falta, esta imagen se va para esos cuadernitos. Gracias Recolectivo, fue un placer.

Creada con Wordle.net

lunes, 10 de mayo de 2010

Entropía o Viaje





Supongamos que en este instante, un bug de blogger forma un túnel, los dispara directo a mi cerebro, por lo que ustedes, h. lectores de Recolectivo, tienen la posibilidad de husmear en el revoltijo que a veces ni yo quiero ver.

En realidad, este bug permite que se instale un troyano. Un puto programa que utiliza lo último en efectos visuales y que al mejor estilo de CSI o Dr. House, se mete a través de mis pelos rojos, pasa el folículo grasoso (hoy no me bañé, no sabía que iban a andar de metiches), pasa el cuero cabelludo y da contra mi cráneo. El viaje se detiene ahí, porque una cosa es que sea un troyano y otra que cualquier estúpido entusiasta del facebook pueda entrar. Aquellos que pasan a la corteza pueden elegir, con sólo mover las manos en el aire, sobre qué conexión se quieren mover. Y es que el troyano le ha puesto etiquetas a mis sesos al mismísimo estilo google y la información está indexada para una búsqueda rápida y exitosa.

Como es lógico, no hay letras; son imágenes mochas que me deberán ser mostradas cuando un nuevo virus de la influenza o un piano cayendo de un edificio termine con mis días. Por la nostalgia que merezco al haber nacido en los setentas, las imágenes están en formato super 8, sin oportunidad de rewind. Y la pausa o el stop los expulsa inmediatamente. Qué, ¿creían que era muy fácil? El programita es un mañoso, recuérdenlo.

Estoy segura que por acá hay mucho lector degenerado, por lo que la búsqueda por sexo, tetas, caliente, verga y chúpamela serán muy socorridas. Otros, quizá en un afán más chismoso buscarán enterarse de cuál es mi hombre ideal, qué de tanta pendejada que digo en verdad la pienso, cómo es que me mantengo, quién ha marcado mi vida y la razón por la que me cagan las mujeres que sufren de mamitis. No sé con qué intención, pero habrá algunos que irán más allá: a mis miedos, obsesiones, frustraciones y traumas.

El problema es cómo tengo guardado todo: en recortes y pedazos. Y la chingadera de moverse en un cubo atestado de sonidos y olores que no necesariamente serán del gusto del lector, hará que algunos decepcionados -y en forma anónima- salgan y comenten “Ke mierda”, “devuélvanme mis 5 minuto”, “Muerte al joto latino”.

Pero algunos se quedarán, estoy segura. Y no porque hayan encontrado algo que les guste y se identifiquen… ¡vamos!, me están viendo más que en pelotas y mi egolatría y pose mamona se quedó en el pelo recién pintado. Siguen adelante porque, si llegaron hasta este momento, el todo es el que comenzará a tener significado; la búsqueda inicial sólo era un despiste, lo valioso es entregarse al ruido, recibir el montón de información e ir buscando más y más.

Por eso, mientras que sienten mi primer orgasmo viendo las estrellas, sus ojos se entrecierran por el viento que mueve las nubes, aquella noche que estaba buscando a Sirio, pero un claxon los distrae: hay gente recogiendo a los travestis del Bosque Palermo. Esto dispara el olor a tierra mojada del baldío de mi infancia, donde atropellaron a mi perro y comienzan a escuchar mi llanto de partida. Sí, es muy enfadoso escucharme llorar, pero es más odioso ver cómo me busco problemas de a gratis, sólo por sentir que respiro. Comienzan a dolerles las manos y el pecho, por lo que buscan una imagen menos dramática; Dave Grohl está ahí para ayudarlos. Está junto al olor a cerveza obscura y a salsa Valentina. De los guitarrazos de Long Road to Ruin comienzan a salir diferentes tonos de azul que me envuelven, como esa falda que usé durante el verano del 2005 y que es a prueba de viento pero no de manos. ¡qué buen viaje!, piensan los que me visitan; pero la cosa se pone mejor. La letra de la canción comienza a caerles encima, como lluvia de verano en la playa. Ese chipichipi que apenas se siente en la nariz y refresca chingón, con la que te sientes como niño y hasta sacas la lengua para probarla, mientras aprietas bien los ojos. Pero cuando llega la estrofa de “Come now, I'm leaving here tonight / Come now, let's leave it all behind / Is that the price you pay?/ Running through hell, heaven can wait” las letras se han convertido en enormes bolas de granizo. Los pinches madrazos en la cabeza los hace resguardarse en la orilla de un edificio, donde están unos viejos con olor a basura y miados; el olor les pica y no tienen más remedio que taparse la nariz y contener la respiración. Así están con los últimos acordes de la canción, cuando en el horizonte esta él, quien no quiso dejar todo atrás. Ya sé, el impulso de correr a ver mejor y enterarse del chisme es muy grande, pero vale madre: el viento ha entrado violentamente y mis cabellos castaños les tapan la vista. Y para su mala suerte, es mi pelo de secundaria, que rivalizaba con el ochentero de Lucerito. Pero como naaadie quiere arriesgarse a que de Lucerito brinque a Timbiriche, accionan la pantalla y ahora es otro Dave, pero esta vez de apellido Keuning quien en unos acordes de guitarra me lleva al éxtasis de los que salgo gritando “Slippin’ in my faith until I fall / you never return that call”. Lo siento, sé que mis gritos no son muy agradables. Entonces la mujer que abre la puerta se llama Madrid y en un segundo, se encuentran alcoholizados con vino tinto, la peda mas suavecita que puede existir. Sienten que vuelan, que sus extremidades no tienen huesos, están calientes y con ganas de coger. Pero amanecen en el vómito de mi primera borrachera y los ladridos de mis perros les taladra el cerebro, porque por fin, se largan de mí.

Como sea, el post troyano es un éxito mundial. Los números de Recolectivo se van al cielo de la blogósfera y caen muchos curiosos puñeteros. Pero les dije, el programita es un mañoso y mientras el túnel estaba abierto, la cochinada que ustedes traen se comenzó a quedar en mi cabeza; por lo que muchos lectores después, mis imágenes dejaron de hacer clic, causándole la muerte a mis neuronas.

Al final, lo único que me quedará decir es: Pinche Luis, tú y tus temas manchados, porque no veté Entropía.

lunes, 3 de mayo de 2010

¿Quién ayuda a las flores?





En mi casa, soy la mayor de cuatro mujeres. Mis hermanas y yo nacimos con la diferencia necesaria para destetar la anterior y alistar los pezones de mi madre para volver a la ordeñanza. En mi infancia, el vernos tomadas de la mano caminando por Plaza del Sol era un gran espectáculo tapatío, ya que además de ser una copia casi exacta de nuestra madre, solíamos usar vestidos idénticos. Al contrario de lo que pueda pensarse en este México machista, mi padre siempre tomó con buen humor a su viejerío y como muestra están nuestros nombres: Rosa, Dalia, Margarita y Violeta. Con cariño, siempre nos ha llamado “su ramillete”.

A mí no me parecía chistoso. Fruncía el entrecejo -que terminó formando a la arruga de mi frente- cada vez que alguna ruca hacía aún más aguda su voz y exclamaba: ¡Mira qué bonitas! ¿Son hermanas? ¿Alguna es gemela? ¡Pero si son igualitas! Pero por sobre todas las cosas me cagaba el ¡Y tienen nombres de flores! Esa necedad de hacer notar lo obvio siempre me ha parecido detestable. Desde chica he sido muy mamona, claro está.

Al ser la mayor siempre me sentí responsable de todas mis hermanas, quienes salían cada vez más rebeldes. Por eso, cuando en un berrinche Violeta se mordió sola el brazo con los pocos dientes que tenía y fui acusada de malos tratos, le exigí a mis padres-utilizando una serenísima carta- que por favor dejaran la jardinería para el patio.

Y así lo estaba haciendo mi madre aquella tarde cuando tenía once años. Era verano y las cuatro jugábamos con un montón de ropa vieja que una tía solterona nos había “heredado” para jugar. En realidad quería deshacerse de tanto disfraz viejo, pero a nosotras nos pareció un regalazo. Entre tanto vejestorio con olor a humedad, había un vestido de princesa (que en realidad era un tutú de ballet color amarillo) que era codiciado por todas. Establecíamos tiempos de uso y le teníamos prohibido a Dalia, la más rellena, que cerrara todos los botones.

Aquel día, Violeta comenzó con sus necedades y con sus aires de diva y se negó a quitarse el vestido de princesa, por lo que busqué a Mamá para que la pusiera en su lugar. Pero en el jardín de enfrente sólo encontré el agua de la manguera corriendo por el pasto y la puerta abierta. Corrí a la cocina, a la sala, al jardín de atrás y toqué en el baño. No había nada de Mamá.

Me asusté y comencé a sentir el estómago apretado. La habían raptado, estaba segura. Mi mamá no se habría salido dejando la puerta abierta y mucho menos, habría dejado desperdiciar el agua. En ese razonamiento estaba cuando Margarita me encontró llorando en la entrada de la casa. Con la respiración cortada, le expliqué la desaparición de nuestra madre.

En un arranque de desesperación cerramos la puerta y fuimos a informar a las demás flores que nos acabábamos de quedar sin madre. “¡Pobres flores huérfanitas!” casi podía escuchar. Las otras dos lo tomaron peor que nosotras y el llanto histérico se apoderó de las cuatro. Sin embargo –y como siempre- fue Violeta quien se llevó el Oscar: tirada en la escalera, se acomodó perfectamente el vestido de princesa y en 4 o 5 escalones lloraba con un histrionismo digno de la escuela de actores de Televisa. Tomando las lágrimas con sus dedos, alzaba las manos hacia una fotografía del matrimonio de mis padres y a gritos atorados maldecía nuestra suerte, la falta que Mamá le haría a nuestro pobre y trabajador Papá y de la nula aceptación de la futura madrastra hacia nuestra familia de flores.

De no haber estado tan preocupada, la escena me habría cagado de la risa. Pero en ese momento no pensaba bien y cuando Violeta dijo algo así como “nada más falta que el raptador venga por nosotras” agarré a mis tres hermanas de la mano y me las llevé a la estación de policía que estaba en la siguiente cuadra buscando auxilio.

Supongo que la escena para los policías ahora es memorable: de la mano y con el llanto en los ojos y en la garganta, entraron comandadas por una niña en leotardo, una princesa, una vaquerita y una ángel pidiendo auxilio y reportando a una madre raptada.

Cuando logré controlar mi respiración, expliqué al policía la desaparición de Mamá. Le dije el nombre de mi madre, el mío y el de mis hermanas, con lo que recibí el clásico ¡y son todas son flores! Ignorando tan evidente muestra de pendejismo, le dije en dónde vivíamos. En el acto, mandaron a una patrulla, la cual volvió a los pocos minutos con nuestra preocupada madre. Al ver que estábamos bien, comenzó a regañarnos por salirnos de la casa sin permiso y sobre todo a mí, por no saber controlar a mis hermanas. Agradeció a los policías y ante un “cuídelas bien señora” del comandante, mi mamá le mandó una de esas miradas heladas que tantas veces me dolieron mucho más que una cachetada y cuyo efecto también sintieron los guardianes de la sociedad.

Al final, resultó que mi mamá había entrado sólo quince minutos a casa de la vecina; pero para nosotras, fue tiempo suficiente para disfrazarnos y montar una tragicomedia.

lunes, 26 de abril de 2010

Mis ideas





Soy una persona de ideas. Mis ideas son mi credo, mi legislación, mi guía moral. En mi despótico mundo, esas ideas son las únicas válidas y además son inapelables. Las escribo para que se den por enterados, ya que ninguna de las anteriores está sujeta a discusión. Palabras como democracia, lógica y consenso, no existen en mi vocabulario.

Podría parecer que estas ideas carecen de fundamento; que al ser estatutos de la carta magna de una dictadura, han sido establecidas con arbitrariedad. Falso. Cada una de estas ideas han surgido después de un minucioso análisis y comprobación.

1. Quien al ir manejando se niega a meterse en sentido contrario, es un pésimo amante. Y es que para ejecutar el coito con una calificación mínima aprobatoria, es necesario arriesgarse a lo prohibido, dejar de escuchar a esa enfadosa voz llamada conciencia y retar lo establecido. Entonces, si violar la ley de tránsito durante 10 segundos le produce vértigo, dudo que coja en otra posición que nos sea la de misionero. Y qué decir sobre las nalgadas, los latigazos y el sexo anal.

2. Aquellos que contestan el celular apenas suenan son serviles. Todos hemos convivido con alguien así: ese tipo de personas que te ignoran a pesar de estar en una conversación, en una sabrosa comida o un momento inolvidable. Son esos que cuando aprietan el botoncito para contestar, detienen el mundo que está de éste lado de la línea. Me imagino que hasta brincan de la taza del baño para no perder la llamada. ¿En verdad no pueden esperar a que timbre un par de veces más? ¿Son tan importantes que una espera de 20 segundos desata una guerra mundial?

3. La gente que no tiene vicios como el alcohol, las drogas, las putas o el internet sufren de complejo de superioridad. Ya me los imagino cada noche en su cama dándose palmaditas en la espalda y felicitándose por ser tan correctos, tan maduros. Ven a todos los demás por debajo del hombro, como si el no caer en la tentación los hiciera ciudadanos de primera, de esos que salen en la revista Quien. Están tan metidos en su mundito que no se dan cuenta que el no hacer no es lo mismo .

4. Las mujeres que van juntas al baño deberían formar un género aparte. Son seres inferiores que no pueden hacer en solitario algo tan banal como mear. Por su culpa, nos ganamos sexistas sobrenombres como “sexo débil”, “meonas sociales” y “comadres de escusado”. Las peores son aquellas que hablan necedades cuando una está ocupada en el baño público. No es suficiente martirio hacer “de aguilita”, tienes que escuchar su insensata verborrea.

5. El disfrazar una grosería para que suene menos vulgar apuñala al lenguaje, por lo que aquellos que dicen “verde” o “gaver” en lugar de “verga” deberían ser censurados. Y más aún si son hombres. Si no tienes los huevos para decirlo, ¿para qué chingado lo finges? ¿A quién quieres engañar? La gente políticamente correcta me da asco. Es como tomarte una coca al tiempo o una gordita de chicharrón remojada.

Estas y otras de mis ideas han sido clasificadas como ridículas. ¿Qué les puedo decir? Más ridículos son aquellos borregos que toman las ideas de otros como propias sin pensarlo 2 segundos.

lunes, 19 de abril de 2010

Para hacer una tarta de manzana primero tienes que crear un universo





Corrían los ochentas y un señor vestido con cuello de tortuga y traje café hablaba en la televisión sobre los planetas y las estrellas; de la gente que ha habitado este mundo que se llama Tierra, las características de ésta y de cómo habían contribuido al conocimiento universal del que ahora él hablaba emocionado. Desde su sillón, ese hombre recorría el universo utilizando animaciones que a ojos de este siglo, parecen maquetas colgadas de hilitos. Su nombre era Carl Sagan y la serie se llamaba Cosmos.

Tiempo después, las computadoras y los hombres comenzaron a llamar mi atención, por lo que dejé de alimentar mi vena científica.

En el 2003 volví a encontrar a Sagan, pero ahora el formato era de papel y con títulos como El mundo y sus demonios y El cerebro de Broca. Pero fue hasta el 2005 cuando devoré Cosmos en pocos días, ya que el librote llegó a mis manos en préstamo de una biblioteca. Al terminarlo, tenía un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos. También me dieron ganas de robármelo, pero al final lo regresé.

Cuando la instrucción escolar nos vomita nombres por separado y en diferentes “materias” como Filosofía, Matemáticas, Astronomía, Biología, Historia, etcétera, en Cosmos, Carl Sagan hace un todo y relaciona a Pitágoras con Platón con Hipatía, Kepler, Newton, Da Vinci, Colón, Darwin, Huygens, Einstein. Su lectura me acercó a ellos como hombres (no sólo como teorías), a sus errores, problemas y a las fallas históricas que hemos tenido como raza. El conocerlos por separado me había quitado el placer de entender la relación entre sus teorías y propuestas; tampoco me di cuenta del común denominador que existe entre ellos e incluso, conmigo.

Sagan me llevó de la mano por la historia del hombre como un ser pensante e inteligente. Entendí que el conocimiento, antes que otra cosa, significa libertad. Libertad de elegir a través de la razón, libertad para no subyugarte ante las ideas de otros, libertad para atreverte a soñar en más.

Si me preguntan la distancia al Sol, la gravedad de Júpiter o la elasticidad del tiempo por la aceleración de las partículas a velocidad de la luz, tal vez no les pueda contestar o les diga una tontería. Pero ahora entiendo que la ciencia es mucho más que números, datos, fechas y nombres. La ciencia es lo que nos da esencia como humanos, sus logros y adelantos unen, mientras que las guerras destruyen. La ciencia ilumina, mientras que la charlatanería oculta y miente.

Sabía que sólo era cuestión de tiempo, ahorro y decisión para adquirirlo. Así que desde la semana pasada, Cosmos está en mi librero y es parte de mi evangelio.

lunes, 12 de abril de 2010

Bajo su propio riesgo





Soy de fachada sencilla y hasta corriente. A mis treintas, he dejado atrás ese halo de misterio que dicen las abuelas debes procurar para enganchar un hombre. Que enseñando a cuenta gotas lo que eres lograrás, cual Sherezada, que el interés del susodicho vaya en aumento. De esa manera el amorcito se alejará de sus amigotes, del alcohol, del Xbox y dedicará todas sus energías para hacerte bebés y comprarte zapatos de diseñador. Lo malo es que a mí me gusta andar descalza y me dan miedo los comerciales de Kleen Bebé.

(comienza_enorme_paréntesis) En serio, me parece espeluznante ese comercial de bebés hablantes disfrazados de adultos incontinentes que eligen a KleenBebé como el mejor pañal (algo así, el susto es tan grande que le cambio al verlo). Tan terrorífica idea sólo pudo haber salido de una de esas hormonales madres que en un ataque de pitonisa analizó la pastosa caca de su hermoso vástago y dedujo que tan excelente consistencia fecal sólo era digna de un abogado o un doctor. Perdón, me salí del tema. Pero es que sigo en shock por el comercial y traigo una overdosis de anticonceptivos. (termina_enorme_paréntesis)

No sé si sea mi alma de computita que me transformó en un WYSIWYG, la mala influencia, el valemadrismo o la aceptación de la volatilidad de las relaciones amorosas la que me hizo desentenderme de los consejos amatorios de mi abuelita y contar todo el cuento de una chingada vez. Por eso eructo sin taparme o disculparme. Tomo tequila directo y tacho de maricón al que lo mezcla. No cuento calorías ni carbohidratos y como aún sabiendo que ese taco de copete se me va directamente a las caderas. No hablo sólo para saludar, voy directo al grano y no sociabilizo más de lo indispensable. Me acepto imperfecta y no busco impresionar. No oculto si me emputo o si tengo ganas de llorar. Mi boca hace y dice cosas que están sensuradas en televisión abierta. Y para acabarla de amolar, hace tiempo que enseñé el último pelito que tenía oculto: mis blogs.

Entonces, siendo una pinche exhibicionista, ¿existe algún lugar en el que cuelga un letrero amarillo y de letras grandes que adviertan no asomarse? Lo dudo mucho. La cuestión es que también soy un poco mañosa y con letras chiquitas está una leyenda de “asomarse bajo su propio riesgo”.

El pedo está en "LO QUE VES" ya que ese lugar esta aperrado como menudería de crudos en sábado de quincena. Ahí hay ciudades, familia, libros, pero sobre todo, hay hombres. Hombres que siguen en mí y que no pienso –ni puedo- dejar ir. No sé cómo dar carpetazo y a lo que sigue, olvidarlos y dejarlos de querer. Y es que para desgracia de mis padres y mis futurospioresdedo, no son pocos. Por eso entiendo cuando más de uno que se ha asomado, ha salido corriendo. Que a diferencia de la pendeja de Eva, yo me he robado más que una costilla. Tengo cachos de cerebro que me terminaron de convertir en atea. Un hígado extra para aguantar alcohol. Garganta sonora para eructar con ganas. Dos pies más para bailar cumbias. La sinceridad de los ojos negros. Los dedos que hacen escritos. Otra lengua para maldecir.

Me pregunto si al darse cuenta que soy muchos hombres, los que le corrieron se sintieron en una orgía gay. Que en su machismo aberrante se asquearon y fueron a refugiarse en vaginas menos utilizadas o más hipócritas. (Voy más por lo segundo)

Y es que por más modernos que se piensen, los hombres siguen siendo unos machitos mata-perros. Podrán dejarse pagar cenas o estar conformes con que su mujer trabaje, pero no pueden evitar sentir que el pito les crece cuando saben que te transforman. Por eso, se les hace chiquita al darse cuenta que no fueron los únicos.

Si las treintañeras hemos dejado de ser princesas y aceptamos que no hay príncipes azules. ¿Cuándo será el momento que los hombres se den cuenta que las mujeres no somos ni las brujas ni las diosas de las que hablan las canciones de borrachos?

sábado, 10 de abril de 2010

Vale más un café








Cuando llegué al cuarto aventé la llave y la libreta sobre la mesa blanca con logos de coca-cola. Entré al baño y abrí una llave del lavabo. Con ambas manos me aventaba agua en la cara. Levanté la mirada. El espejo estaba repleto de esas diminutas manchas de pasta dental. Mis ojos atravesaron las manchas hasta chocar con mi cara. La frente grasosa; las gotas se deslizaban hasta llega a mi barba de ralos pelos para saltar y estrellarse contra el lavabo. La llave seguía abierta; el agua salpicando mi playera y el sonido del líquido me hicieron regresar el casette hasta el momento en que ese chorro tibio y color caramelo oscuro bañaba mi cara.

Los estúpidos creyentes de los horóscopos y demás basura esotérica dirán que poseo algún tipo de poder sobrenatural cuando les asegure que hoy, en el momento que lo vi entrar por el marco de la puerta con ese caminar encorvado, en pelo largo y los ojos huidizos, supe que el día de mi venganza estaba cerca. Que mi mal humor se iría para siempre.

Llegué al Acólito por causalidad. Esa tarde caminaba sin rumbo por Ezequiel Montes cuando vi las nalgas de Edna afuera del local. Me gustó el lugar: todos los muebles estaban hechos de madera antigua, la decoración era publicidad de los 20´s y era pequeño y acogedor. Sería mi santuario de inspiración y de creación de allí en adelante. Cargaba libreta y lápiz todos los días, y pasaba largos ratos tomando café sobre la coja; el nombre con que bauticé a la silla que ocupaba.

Otro día más. Ocho horas sirviendo café maricón y bísquets con mantequilla en este lugar ranchero e hipócrita. Ocho horas de pie ante un mostrador enmarcado en cuatro paredes donde lo tradicional es sinónimo de cursilería: los mochos queretanos que tengo por jefes no se conformaron con hacerme vestir como sirvienta de monjas amargadas, también “adornan” sus paredes con cuadros del siglo pasado. Ocho horas de estar aguantando escritorcillos y burócratas calienta-asientos que sólo vienen a engrosar la grasa acumulada en su cintura, a leer el periódico o a retacarse de café corriente en una falsa búsqueda de inspiración. Ocho horas que no debiera estar viviendo: la paga es mala y las propinas casi inexistentes.

Si acaso tengo un respiro es cuando los clientes vuelven de donde no debieran haber salido; esto casi siempre ocurre a las 4 de la tarde, cuando se reinicia el horario de oficina. Pero eso no ocurrirá hoy. De nuevo en aquella mesa pegada a la puerta está el mirón que se cree poeta acariciándose sugestivamente los pocos y desordenados pelos que le salen en la cara. Suele venir por las tardes y consumir cuanto café descafeinado puede, mientras escribe poemas o dibuja formas pornográficas en su pequeña libreta de piel. Sé que esto es lo que hace ya que hace algunos días, mientras fue al baño, espié su “creación literaria” y puedo asegurar que Arjona tiene más calidad.

Sufría crisis de ideas constantemente. Trataba de que todo lo que me rodeaba invadiera mi ser para crear mi poesía. Me reusaba a asistir a uno de esos talleres de la ciudad; un poeta no puede ser creado. Tal vez cuentistas o novelistas, pero un poeta no. La poesía es literatura en su estado más puro. La poesía tiene que nacer del propio ser. Pero a veces la cadencia no surgía y comenzaba a tambalearme de un lado a otro sobre la coja, golpeaba la mesa con el lápiz o movía la pierna derecha como si un french poodle cogiera con mi tobillo. La inspiración no llegaba por más que Edna, mi musa, se contorneara con ese trajecito negro con delantal y diadema blancos. Me encantaba verle las nalgas cuando se acercaba a las otras mesas a ofrecer café e inclinarse. Incluso cuando la observaba en esa posición tan sugerente, apuraba el café sorbiéndolo como si me estuviera empinando un plato de sopa, para que Edna se diera cuenta y se acercara a mi mesa.

La calidad de los escritos del poetito me importa tanto como los métodos de reproducción de las zarigüeyas africanas, sin embargo, su manera de tomar café está a punto de mandarme al manicomio. No existe lugar en esta minúscula cafetería en la que no se escuche su slurppp seguido de un ahhhh. Al poetito no le enseñaron buenas costumbres, ya que toma a sorbos cualquier líquido, sin importar la temperatura o consistencia del mismo. No sé si su sorbetitis me tiene obsesionada, ya que puedo jurar que escucho cómo succiona su propia saliva apenas levanta su brazo con la taza de café. Como si no fuera suficiente con los ahhhs y slurpss, el cabrón tomó como favorita la única silla coja de la mesa y suele balancearse sobre ella. Neuronas de mi cerebro mueren con cada taka-taka de madera contra madera provocado con el movimiento oscilatorio del poetito. Nada me quita la idea de que el individuo es un degenerado sexual a pesar de su pinta de estúpido inofensivo. Que su reiteración de slurpss y taka-taka aunado esa manía de no quedarse quieto, no son más que una fijación obscena relacionada al sexo.

Cuando Edna se acercó a la mesa, preguntó si deseaba más café; yo asentí con la cabeza, pues ni siquiera la miré a los ojos por ver su cintura. Mientras Edna me servía, mi ojos resbalaban por sus nalgas; después por las piernas cubiertas por unas medias, que cubrían una piel más sedosa y fina que las propias medias; mis ojos cayeron rendidos a sus pies apretados dentro de unos zapatos negros que sólo utilizaría una vieja. Todo fue como un rápido escaneo; porque Edna aún me servía cuando mi brazo izquierdo se puso tieso y tembloroso como un pene a la altura de sus nalgas. Estuve a punto de tocar ese glorioso trasero, pero al terminar de llenar la tasa Edna se dio cuenta de la mano palpitante detrás de ella. Edna tiró un manotazo primero, después me empujó y caí por culpa de la coja. En mi caída me llevé conmigo el mantel, la tasa recién servida, que me cayó en los testículos, y mi libreta a un lado. Ya estando en el piso Edna me chorreó: me vació la cafetera en la cara y la playera. Por un momento sentí que me ahogaba al sentir todo el chorro en la boca, pero lo peor de todo es que mi libreta también salió dañada: mis hermosos poemas habían quedado liquidados. Me levanté tomando la libreta y salí corriendo. Edna todavía me grito desde la puerta: “¡no te vayas sin pagar, cabrón!”.

Acerté al mirarlo de reojo mientras le servía más descafeinado. Por mi mente no pasaron despidos o demandas, la mía fue una reacción natural al ver mi decencia amenazada. Juro que la caída al suelo del poetito por la cachetada que le di no fue intencional. Pero al verlo ahí tirado, indefenso y asustado cual perro medio-atropellado, no pensé dos veces el vaciarle la cafetera en su rostro. El café estaba tibio, ideal para la gentuza impeda que visita este lugar y en correspondencia a las propinas que suelen dejar. Debo confesar que aunque hubiera estado caliente se lo hubiera derramado. Y es que con cada chorro vertido, todo el fastidio y enfado que cada slurp y taka-taka me habían ocasionado quedaron atrás.

Cerré la llave del lavabo. Me quité la playera y me sequé la cara. Me acerqué a la mesa y hojeé mi libreta. Mis poemas diluidos en manchas de café. Mi obra perdida por unas insípidas nalgas.

Ahora sé que es mejor una jarra de café para calmar el mal humor que una botella de tequila.

lunes, 29 de marzo de 2010



Porque arriesgaste tu corazón y lo empeñaste al peor postor. Besaste labios que no eran tuyos y la mano de quien te mal influenciaba. Quisiste sin ganas, adoraste sin ser correspondida. Apostaste todo sabiendo que ibas a perder. Te encaprichaste por un pedazo de piel. Porque fuiste infiel, manipuladora y mentirosa.

Porque te metiste por la vagina la maestría* y un trabajo seguro. Fuiste irresponsable en el trabajo cuando llegaste cruda, cogida o sin dormir. Ofendiste diciendo las cosas directamente. Lastimaste cuando te dio por callar. Exigiste lo que no estabas dispuesta a dar. Porque te burlaste de quien es diferente a ti.

Porque hiciste cosas sólo por averiguar qué se siente. No ahorraste, ni previniste, ni planeaste tu futuro. Comiste grasa y pito de más. Tomaste cerveza entre semana y no ejercitaste más que el dedo del mouse. Porque bailaste sin calzones y reíste sin decoro.

Porque viajaste cuando tenías que estudiar. Cogiste cuando tenías que amar. Escribiste cuando tenías que trabajar. Te emborrachaste cuando tenías que dormir. Sentiste cuando tenías que pensar. Porque soñaste una libertad sin querer pagar.

Por eso y todo lo demás, estás condenada a vivir.




*LaMaga dixit

lunes, 15 de marzo de 2010

Comprando horas


¿Qué es lo que impulsa al hombre a hacer las cosas que hace? ¿En qué instante una decisión de un segundo toca su vida y la de otros más? ¿En quién recae la voluntad divina de dar y quitar la vida? Mi nombre es Lawrence Reynolds y en un par de ocasiones me he comprado horas extras. Pero al parecer mañana 16 de Marzo del 2010, habré agotado la moneda de cambio... ¿O no?

En esa calurosa tarde de 1994 mis piernas empujaban con suavidad aquella mecedora que se encontraba en el porche de mi casa. Ni una corriente de aire movía las hojas de los árboles, por lo que decidí refrescar mi garganta con una lata de cerveza bien fría, pero no encontraba nada que enfriara mi entrepierna.

El bochorno que flotaba sobre el asfalto de la calle desdibujaba el horizonte sobre el cual se alineaban dos filas de casas de madera. De la casa roja salió ella. El sol iluminó su larga cabellera dorada haciéndola ver como un ángel. A contra luz, el vestido amarillo revelaba un ángel con tetitas y culito listos para ser estrenados. Calzaba tenis y calcetas blancas que engalanaban las piernas rasuradas de putita y que se movían al ritmo de una canción que salía de su walkman y que llegaba a sus oídos. El volumen ha de haber estado muy alto ya que no se dio cuenta de mis pasos que la seguían muy cerca.

“En Dios confiamos” reza la moneda de nuestra Nación. Y yo confié en el Dios que en ese momento me habló. Dios decide cuando una vida termina y establece el medio y las condiciones de su plan divino. Al fin y al cabo, ¿qué es la muerte si no el regreso a nuestro amado padre? Y esta niña, éste ángel, debía volver al cielo.

Tomándola de la cintura con una mano y tapándole la boca con la otra, la levanté en vilo y me dirigí a mi santuario. Con la pierna golpeé la puerta de la cocina y cuando ésta se abrió, arrojé al ángel hacia el piso de granito; el fuerte sonido de manos y rodillas chocando contra el piso me urgió a ejecutar el santo mandato.

El ángel lloraba como la niña que en realidad era, pero no hizo ningún intento por huir. Desnudé la parte inferior de mi cuerpo, dejando libre mi instrumento ejecutor, quien ya desafiaba con gloria al destino. La tomé de las diminutas caderas y en un rápido movimiento la volteé para tener su rostro frente al mío. Ahora fueron los hombros y la cabeza los que sonaron contra el piso. Los ojitos estaban cerrados y el cuerpo tenso apretaba piernas, puños y cejas.

Un halo de luz se coló por las cortinas iluminando y santificando la escena. Entonces la penetré sin esfuerzo ni resistencia; la putita no era virgen, ya no se puede confiar en nadie. Aún así, tenía el coñito bien apretado. Sé que no era necesario ya que bajo a mí tenía un cuerpecito petrificado, pero aún así la tomé del cuello para tener un punto de agarre y empuje. En las palmas de mis manos sentía sus gritos ahogados. También sentí cómo a su vida se le iban terminando los minutos. Mi ejecución era perfecta, magistral. Estaba encontrando la comunión con Dios en forma de embestidas y quejidos. La fuerza brutal hacía crujir nuestros huesos contra el piso, contra otros huesos, contra el alma.

En el momento que terminé mi deber, el ángel ya estaba con nuestro creador.

Me felicité por el trabajo bien realizado. Sin embargo, los vecinos, la policía y finalmente el gobierno no pensaron igual. Un juez le puso un plazo de terminación a mis días, fecha que libré con la intercepción de Nuestro Señor, quien impuso anomalías en la inyección letal de otro condenado a muerte.

Entonces entendí que yo tenía horas extras, que era mi obligación moral procurarlas. La señal divina estaba dada, por lo que hacerme de aquellas drogas y tomarlas horas antes de la nueva fecha tuvo el resultado esperado.

En unos momentos más es mi última cena: filete de pescado con almendras. Sé que Dios está de mi lado, nadie puso objeción a mi petición, a pesar de ser yo alérgico a estos dos ingredientes.

Mañana veremos cuántas horas extras más me habré comprado.





(Nota de la redacción: Aquí la historia hasta hoy de la
ejecución programada en Ohio para mañana)

lunes, 8 de marzo de 2010

Puto el que lee esto


“Puto el que lee esto.”

Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennesse Williams, ni el pelotudo de Góngora.

Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee esto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, mariposa. Hacete cargo y si no, jódete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…” Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no perteneces seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.

Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante.

Fontanarrosa, Roberto. Cuento: “Palabras Iniciales”. Libro: Usted no me lo va a creer. Página 7.


Caminaba con mi cara de mamona deshidratada por la famosa calle Corrientes cuando entré a una librería. Un pibe con gafas y melena desigual (por cierto, esas melenas me causaron traumas psicológicos, que me han hecho tocar cabezas sin permiso) se me acercó y amablemente se puso a mi disposición. Estos guapotes saben de lo que te hablan, porque más que buscar el título deseado en una computadora, te siguieren libros en base a tus gustos. Le pedí literatura argentina y me dejó frente a un enorme librero que hasta tenía una escalera para alcanzar los de arriba.

Usted no me lo va a creer, estaba ahí, sin necesidad de arriesgar mi vida. Lo tomé y leí las primeras palabras del cuento con el que abre el libro y que el autor aseguraba que no iba yo a creer. En efecto, no lo podía creer y tampoco podía dejar de comprarlo. Devoré el libro tomando caguamas de Quilmes y cacahuates en mi bar cerca de mi hostal/hogar de Palermo. Cuando les dije por chat a mis conocidos que había descubierto a un cabronazo llamado Roberto Fontanarrosa se burlaron de mí. “¿No conocías Al Negro?” me pendejearon.

Les regresé la mentada de madre con la valentía que adquiere una al estar en el coño sur del mundo y compré un par de libros más. Guglié su nombre con la esperanza de que el señor tuviera una presentación programada, en la que le daría a firmar mis tetas y mis libros con un “Señor Fontanarrosa, me enamoré de usted con el "puto" con el que abre su cuento de Palabras Iniciales”. Pero lo que encontré fue que La Flaca se lo estaba llevando en ese inicio del 2007, cosa que finiquitó unos 5 meses después.

Puto es no es más que una palabra. Mala palabra dicen las mentes retrógadas que intentan clasificar. Fontanarosa y su paisano Casciari escriben con muchas groserías, estilo que por supuesto me encanta y e intento copiar obscenamente.

Crecí en una familia en la que estaba prohibidísimo decir groserías. Me inculcaron que el respeto, la admiración, la inteligencia, el cariño, etcéteras están ligados a las palabras. Pero las puteadas que me ha dado la vida me han enseñado que esto no es 100% cierto. Que detrás de un pinche o un cabrona puede haber cariño o insulto por igual.

El darle la dimensión correcta a las palabras es un reto, ya que además de conocer la intención del que las dice (por su background, la intensidad de la voz, sus ojos y el momento), es necesario aceptar nuestras propias barreras y limitaciones.

Y eso es lo que más me gusta de las groserías. No crea usted que soy una pinche vulgar, corriente y poco fina porque no me ha quedado de otra. A huevo.

lunes, 1 de marzo de 2010

Roja


Siete de la tarde de un febrero a punto de arder. Aquel hostal del viejo Palermo parecía sacado de su chilanga Roma y las últimas fuerzas que tenían sus brazos se dedicaron a golpear la puerta de madera despintada. Ella cargaba con un abrigo y cara de agotamiento, como si en vez de avión hubiera caminado hasta Buenos Aires.

Sentía los chapetes en la cara y el sudor perdía su batalla por derrotar al hervor de su pecho. No, aún no puedes llorar se decía mientras la garganta ahogaba el sentimiento. Por fortuna, le abrieron la puerta.

Detrás de ella apareció un hombre negrísimo y escurriendo, con una toalla a la cintura que le cubría apenas lo indispensable. El rostro simiesco le sonreía con los ojos negros y los dientes blancos. Brillaban los músculos de pantera y el negro pelo ensortijado. No era moreno como los de su tierra, era negro como el pecado.

-Eres… Roja- dijo él, en un español un tanto afrancesado.
-Rosa, de México- corrigió ella con voz amenazante, como si el que llegara a ser confundida por panameña o venezolana violara algún tratado internacional.
-No, eres Roja-le aseguró él- Pelo rojo, boca cereza, cara roja, pecas moradas. Eres Roja. Yo Antoine. Pasa.

Y ella lo siguió por la escalera sin despegar los ojos de esas grandes nalgas que se movían a través de la toalla. Y señalando una sala con grandes almohadones naranjas y amarillos Antoine le ordenó: Esperar aquí.

Roja se tiró en aquel sillón como si los huesos le pesaran y esperó. Esperó tanto que al despertar, una explosión de colores había atiborrado el lugar. Amarillos con ojos rasgados, blancos llenos de vello, cafés con leche y pelo lacio; naranjas de pechos pequeños, verdes de brazos largos y rosas de nariz respingada. Pero ni rastro de negro por ahí, sólo la noche que se colaba por un gran ventanal. Una chica violeta y piercings en cara, orejas y boca le asigno cama y habitación, además de darle los pormenores del hostal.

-Roja, hola- la saludó Antoine a la mañana siguiente, mientras desayunaba medialunas con dulce de leche y café.
-Rosa- corrigió aquella, ahora sin amenazar.
-Roja de México- dijo enseñando los blancos dientes -¿Vacaciones?
-Sí. ¿Eres Francés?-
-No- y bajando la mirada agregó- Haití.
Roja ya no supo que decir. Las palabras de consuelo siempre le había parecido condescendencia de cuarta. Por eso, se acercó un poco más y puso su mano sobre el dorso de la negra. Era áspera y la piel gruesa, pero a ella eso no le importaba y apretó.
- Yo pinto. ¿Tu ver?

Y tomada de la mano entró a aquella habitación atiborrada de libros, cuadros, pinceles y colores. Desde que se sentó en ese pequeño sillón, su nariz comenzó a recibir un olor almizclado cuyo envase conocería momentos después.

Salió de la habitación con el pelo rojo revuelto, una sonrisa carmesí y la cara encendida… ¿de vergüenza? Imposible avergonzarse de esos orgasmos, cuando el clítoris hace cosquillas en la nariz. O de coger con un desconocido a tres semanas de haberse quedado sin novio. No, definitivamente, no era vergüenza. Era el cuerpo ardiente que acababa de despertar. Era por recordar el ímpetu de caderas y dientes. Era por seguir sintiendo su inflamado pene adentro.
Y esa tarde, un volcán paseó por la Recoleta.

-Quiero pintarte Roja- Le dijo Antoine por la noche, mientras devoraba su boca.

Eres Roja, pensaba Rosa desde su cama y mientras veía el techo, algunos días después. ¿Se puede vivir renunciando a lo que soy? ¿Estar a disposición de un hombre cuando él lo desea? ¿Es válido cambiarme de color sólo porque él lo dice? Rosa. Roja. Ya cállate Roja. Que el feminismo no cabe con ese hombre, cuando es tuyo y es el único. Porque cualquiera podía haber tenido ese lugar, pero él no era cualquiera. Porque lo único que necesitas es amarlo, no averiguas pasados ni criticas futuros. Porque al renunciar a lo que eres no se muere nadie y al negarte a hacerlo te mueres tú. Eres Roja.

Los días que le siguieron a las noches los vio pasar por la ventana del hostal. Roja cubría su piel desnuda sólo cuando tenía que salir a comprar comida y vino –Malbec, le había ordenado él-. Los planes, itinerarios y hechos relevantes que había estado investigando durante dos años sobre la Ciudad de la Furia se quedaron bajo la cama. El tango de San Telmo lo bailó en un asado nocturno en el techo. La grandiosidad del Palacio del Congreso lo encontró de rodillas y los colores de Boca en sus pinceles. Grito orgasmos en vez de goles y el río que recorría la espalda no era el de la Plata. No compró postales en la Avenida de Mayo ni las escribió desde el Tortoni.

Pero era Roja.

El cuadro aún no estaba terminado para la fecha que el boleto de Aeroméxico sentenciaba el regreso de Roja. Mientras Antoine le besaba los ojos le aseguró el envío de una copia y juró que en su memoria Roja estaba guardada.

Pero la curiosidad fue más fuerte y en un descuido del Negro, Rosa se asomó a ver la pintura. Ante sus ojos apareció una negra. Aparecieron unos pezones obscuros que no eran los suyos, un triángulo en la entrepierna que no era rojo, un azabache que brillaba más que su rubí.

lunes, 22 de febrero de 2010

Rojo, blanco y azul



Esto que me a pasado a fechas recientes me parece injusto y inmoral. Y es que yo soy gentes de pueblo, señores. Nuestra constitución ampara mi permanencia y da valides oficial a mi puesto plurinominal. Asi que de antemano digo que no soy escritor, si no diputado de esta vicentenaria nacion, ustedes sabran disculpar la redaccion.

Todo empezo hace muchos años, cuando tenía mi puestito de usado en el tianguis de esta ciudad capital. El compañero presidente del mercado andava recolectando votos para los de la banderita, pero yo traía atravezado a ese guey porque queria con mi carnala. Todavia quisiera ponerle a la gorda de mi entonces vieja se lo ubiera pasado, pero la familia es sagrada. (Aunque lo comprendo, ni yo la queria ver en cueros). Ademas su equipito de uniforme azul le gano al mio, las siempre valientes y triunfadoras Chivas del Guadalajara. Ai si me ardio.

Por eso, cuando llegaron los amarillos del sol les pregunte que havia que hacer para ayudarnos mutuamente. Mi candidato me dijo: pos caile a las 5. A las 4:45 le cai. Pegue pancartas, amontone viejas, prepare tortas, organice “viene vienes”, puse de mi lana pa las pegotinas, di discursos en el tianguis… nuestro futuro delegado me felisito por las ganas que le puse a la campaña y me juro por la birjencita que cuando ganara se iba a acordar de mi.

Pos no se acordo mucho, pero si lo hizo la compañera Mariana a quien le gustaron mis bigotes a pesar del marido olvidadiso. A toda madre estas izquierdozas. Son más “reseptivas” al amor digo yo. Los compañeros envidiosos aseguran que yo era su gigolo (algo así como su prostituto me informaron despues), pero no gentes yo estaba bien clavado con la Marianita y en verdad era mi amorsito corazon.

Y es que eso de aguantar la oposicion y los malos tratos sin achicopalamientos mios, me valieron la diputación del defe. Ademas esta mi carota de gentes que puedo aguantar a pesar de handar hasta mi madre de borracho. Entonces de mi ronco pecho comenzaron a salir embalentonados discursos sobre la sagrada, ardua y inclicita tarea de buscar el bien de mi Partido y de mis conciudadanos.

Por supuesto, mi asenso a diputado federal no fue fácil. Nada que algunos chivos expiatorios solucionaran. Y esque asi funciona la democracia mexicana gentes. Tambien es mucho de colorsitos y entre más vistosos pos mejores. Yo fui de los primeros que comenzó a vestir solo de amarillo, cosa que el ciudadano expresidente Fox me copeo.

Aunque aca entre nos, mas que amarillo mi color es el dorado. A mi flaca y a mi nos encanta el oro y lo hemos puesto hasta en las llaves de agua de su humilde casa. Ha si, cambie de vieja, pero pus me costo harto.

Mi desafortunada caida comenzó cuando en la Convension del Partido yo dije que como querian casar a los jotos. Estamos en México señores: todo hombre que se respete repudia este comportamiento animal. No mantenemos ni una conversacion con este tipo de desviaditos y ahora resulta que sus cochinadas se equiparan con la santidad de nuestras abitaciones. No gentes, eso no. Densen cuenta que aceptamos a tanta vieja en la bancada porque al final se iban a juir, pero no me chinguen compañeros. Esas extralimitaciones mas que europeos los hace ver reputos.

Ya se, ese es pedo del defe pero mi color los respalda. Yo la verdad estoy por cambiarme a los azules porque esos si son hombres, compañeros. Nomas que los de la cupula que me dicen que no, que soy pluri, que no se vale. Se me hace que voy a tener que leer la constitución, porque yo ya no creo en nadien gentes.

Del coraje, hasta me dan ganas de regresarme a trabajar. Eso si ando recontento por que con mis grandiosas Chivas pura ganada. Yo soy rallas rojas y blancas con azul marino hasta la muerte.

lunes, 15 de febrero de 2010

Oro


La gordura desparramada de ese hombre sentado en la mesa del centro pasa desapercibida, a pesar del cuerpo de marrana embarazada que carga su columna. Y es que todo en aquel lugar es exagerado: sobre cada mesa cuelgan enormes candiles de largos cristales que son sostenidos al techo por gárgolas doradas. La bóveda está pintada con frescos amontonados, del que se distinguen ángeles, demonios y otras criaturas mitológicas. Las sillas son de terciopelo azul y sobre el mantel de seda blanca hay cristalería fina y cubiertos de oro.

Pareciera que al utilizar éste color exclusivo del sol -o de los dioses- el restaurante vendiera un pedazo de cielo a sus clientes. Hay oro en la tapicería de la pared, en las barras, en la marquesina, en el dosel, en las cortinas, en los marcos de los cuadros y espejos; en los picaportes, candelabros, llaves del agua, alfombras, muebles, orillas de la cristalería, floreros…

Empingüinados meseros rinden pleitesía con palabras francesas a los comensales, especialmente a la marrana embarazada que viste frac y corbata de moño. Su inmensidad gelatinosa se desborda de algo que simula ser un pantalón. Una enorme papada le cubre el cuello, llegando casi al pecho. Los guangos cachetes cuelgan tanto que jalan los párpados que descubren unos ojos negros. Su alrededor huele a cebolla y ajo; los litros de perfume vertidos no logran disimular el olor que emana de su cuerpo.

Las mesas de alrededor ya tienen clientes sentados: son un montón de pavorreales que se ensalzan entre ellos, y que al darse la espalda, gluglutean envidiosas palabras contra el recién saludado. Llevan trajes negros, vestidos enormes y todas las joyas que sus muñecas, cuello y orejas pueden cargar. Ni un cabello se mueve de esos peinados perfectos, nadie levanta la voz o expresa alguna emoción con el rostro. Ver a uno es verlos a todos. Cada uno con una versión un poco más joven, más colorida o más guapa que la anterior.

Como si el ser una marrana embarazada de 18 puerquitos no fuera suficiente, el individuo es un holgazán. Con oznidos aprueba -o no- la cantidad exorbitante de comida que el mesero propone: Foie gras, langostinos flameados, solmillo de cerdo, magret de pato, carpaccio, ensalada de cabra y piñones, ravioles de espinaca, combinado de mariscos, steak tartare, tortellini au roquefort, salmón di parma, bistró, papillote al pesto, fondant du chocolate, ensalada de frutas, fromage blanc, créme brulé, crépes, merlot, bordeaux, champagne, chardonnay, coteaux…

Tres meseros traen la primera ronda de comida, colocándola muy cerca de la orilla de la mesa. La marrana embarazada come sin manos y con urgencia. No le importa llenarse los cachetes de salsa, grasa y el pecho de vino; solo le importa alimentar a su hambrienta prole.

Para que la segunda ronda de comida sea digerible, la marrana embarazada solicita ayuda al pingüino para vomitar. Complaciente y con un oui oui mesie, el mesero coloca un guante sobre su alita y la introduce en la boca de la marrana, que abre completamente el hocico. De pronto, el pingüino siente miedo de ser devorado y duda, pero los ojos de la marrana le indican que siga. Toca tres, cuatro, cinco veces la campanilla hasta que por fin provoca el vómito liberador.

Una viscosa masa de carne a medio masticar, vino y verduras sale a chorros de la boca y en dirección a un cubo dorado. Lo hace con arcadas sin dolor, como si el vomitar fuera una función más de su cuerpo, igual que respirar.

Sin siquiera limpiarse, el gordo continúa comiendo. Mientras liberaba su estómago, hábiles meseros dejaron servida la siguiente ronda de alimentos. La escena comer-vomitar se repite, pero ahora el vómito se ha desbordado de la cubeta, de la que sale un fétido tufo a oropel.

Un distraído mesero choca contra la cubeta y resbala, vaciando su contenido sobre el piso de mármol. Además, bloquea el paso de una pareja de distraídos comensales que tropiezan y terminan en el piso y embarrados. El gordo no se inmuta y sigue vomitando sobre los tres infelices que están en el piso, y que sin éxito se intentan levantar.

Cuando la marrana embarazada retoma su cena, el mesero caído logra levantarse y se disculpa con la embadurnada pareja, quienes, a pesar de estar sucios y apestosos le hacen reverencia al gordo.

-Señor Presidente, con su permiso Señor Presidente, buen provecho Señor Presidente- y se alejan sin darle la espalda y agachados.

La pareja sale del restaurante hablando del clima, de la cena o de la bolsa de valores. Del incidente que los dejó embadurnados ni se comenta. Su chofer ya está en la entrada y con enfado sortean a un montón de pavos, gallinas y pollos emperifollados que esperan, ahora sí, entrar al lugar.

-Mira a esos estúpidos, creen que van a entrar- dice el hombre con desprecio.
-Jajá- ríe la mujer- Que ilusos, no entienden hay cosas que son de cuna, que ellos no pueden ni aspirar a tener.

lunes, 8 de febrero de 2010

Mala espera


Incómodas salas de espera aguardan a los viajeros en tránsito de los aeropuertos. Aunque los lugares Gold-Elite-VIP-Premiere intentan convencer a sus “afortunados” miembros a base de tequila y banda ancha que la espera es soportable, yo sostengo que esto es imposible. La realidad es que el sillón más acolchado se vuelve una pinche silla de plástico que te tatúa el culo cuando de esperar se trata.

Ese estado de prórroga es enfadoso, como un mocoso chillón que te arruina la comida en tu restaurante favorito. Es vivir en un gerundio sin huevos, en el que el presente no existe, el pasado te acosa y el futuro no llega. Es un deseo asexual en la que los minuteros de los relojes que cuelgan en la sala te dicen cuánto tiempo más tienes que seguir chingándote. Es estar en el negado limbo, con el cielo o el infierno (tal vez lo sabes, tal vez no) aguardándote al final.

Yo prefiero sufrir esta espera en solitario. No necesito a madres, amantes o amigos jodiendo con preguntas necias o juramentos que no son válidos en otro uso horario (es la ley). Ese afán de despedir a los que salen de vacaciones a Europa o de luna de miel cómo quien deja un hogar para siempre, magulla a un más mi gen sensible.

No necesito hablar, necesito que pase el tiempo.

Un libro o música son acompañantes más dignos, sin embargo, los pensamientos que derivan la lectura o escucha me han jugado mal. Sólo necesito de una palabra incorrecta para que un tsunami de recuerdos y emociones se apoderen de mi débil persona y comience a llorar.

Y es que la espera me hace sentir débil, me derrota no saber llevarla bien y la impaciencia me come. Mis nalgas no son lo suficiente grandes para aguantar mi humanidad, me da frío y algo parecido al hambre, pero me da asco tragar. Y muy seguramente estoy desvelada / sucia / puteada, por lo que mi aspecto físico está a poco de ser el de un indigente.

Después de pasar el fin de semana en Monterrey, hoy estoy en casa. Reí, tragué, conocí, bebí, caminé… pero aún siento esta silla ejecutiva alisándome las pompas.

Hay salas de espera en cualquier lugar. ¿Ya que el tiempo pase, no?

lunes, 1 de febrero de 2010

Dando vueltas



El sábado me preguntaban porque no me gusta la música electrónica. Pregunta necia cuando te encuentras en una cochera llena de DJs y mi cuerpo se mueve sensualmente. Me muevo porque tengo ritmo, pero la electrónica se me hace egoísta, impersonal. Nada como un tango para pre-coger bailar o la adrenalina que sale de brincar en un concierto de rock.

Porque en la electrónica no hay estrellas rebeldes cortando como diamantes al sol, ni lluvias color púrpura. Porque esos bits no gritan que eso no es amor y que no estoy lista para esas cosas. No hay tornamesas que me ayuden a admitir que últimamente vivo sólo en mi cabeza, lo demás está muerto. Que he sentido el universo sobre mí aun cuando no he sido la mujer perfecta. Sus letras no dicen que soy cursi quiero a alguien que me enseñe a ver las cosas diferentes, aunque a veces enloquezco y pienso que pierdo la mente y que algo está a punto de atraparme.

Mis 69 canciones para darle vueltas a Querétaro los sábados por la madrugada son:

1. Read my mind - The Killers
2. Purple Rain - Prince
3. Anna Begins - Counting Crows
4. Can't stop dancing - 3MF
5. No way back - Foo Fighters
6. El universo sobre mi - Amaral
7. Somebody - Depeche Mode
8. Tranquilize - The Killers
9. Ella - Bebe
10. Here come your man - The Pixies
11. Pa' Bailar - Bajofondo
12. Volver a comenzar - Café tacuba
13. Por el boulevard de los sueños rotos - Joaquin Sabina
14. She's got the look - Roxette
15. Can´t Take My Eyes Off You - Muse (cover)
16. Monkey Wrench - Foo Fighters
17. Maps - Yeah Yeah Yeahs
18. El rock and roll de los idiotas - Joaquin Sabina
19. Fotografía - Jumbo
20. Valerie - Amy Winehouse (Cover)
21. Estando Aquí no estoy - Santa Sabina
22. Read my mind - Pet Shop Boys (Cover)
23. Peligro - Ely Guerra
24. Everybody's Changing - Keane
25. Agosto - La Purísima Diabla
26. Far Behind - Candlebox
27. Sam's Town - The Killers
28. 1251 - The Strokes
29. Angels of silences - Counting Crows
30. Everlong - Foo Fighters
31. Hard Sun - Eddie Vedder
32. El mareo - Cerati & Bajofondo
33. 21 Guns - Green Day
34. Don't stop me now - Queen
35. Time to pretend - MGMT
36. Bizarre Love Triangle - New Order
37. Peligro - Ely GuerraBy the way - Red Hot Chilli peppers
38. El vals del jamás - El hombre del traje negro
39. Vámonos que aquí espantan - Mustang
40. Besándote - Auténticos Decadentes
41. Pure and simple - The Lightning Seeds
42. Save the last dance for me - Michael Bublé
43. Agaetis byrjun - Sigur Ros
44. Closer - Nine inch nails
45. Paper Planes - MIA
46. Christmas (Baby Please Come Home) - U2
47. Times Like These - Foo Fighters
48. Hurt - Johnny Cash
49. Like a Stone - Audioslave
50. Pervert pop song - Plastilina Mosh
51. City of blinding lights - U2
52. Falling Down - Oasis
53. The Fallen - Franz Ferdinand
54. Black and gold - Sam sparro
55. Que se llama soledad - Joaquín Sabina
56. Chasing Cars - Snow Patrol
57. The quest - Bryn Christopher
58. Tarde o Temprano - Elis Paprika
59. Camas Vacías - Joaquin Sabina
60. Si o No - Melissa Munster
61. That's not my name - The ting tings
62. Reptilia - The Strokes
63. Puede ser - El canto del loco
64. Siempre me quedará - Bebe
65. Somewhere only we Know - Keane
66. No me van a callar - Elis Paprika
67. Antes muerta que sencilla - Maria Isabel
68. Try, Try, Try - Smashing Pumpkins
69. La que sigue.

lunes, 25 de enero de 2010



Nunca me ocultó su fetichismo. Al principio y con timidez me regalaba medias de red o de hilo negras -siempre negras-, que después coordinó con pares de zapatos de tacón de aguja y ligueros. Se veía tan bonito todo caliente que comencé a sorprenderlo con ajustados corsés que usaba bajo mi victoriana ropa y le mandaba mensajes al celular cuando andaba sin calzón.

Me hablaba con corrección, sin usar palabrotas y me trataba con elegancia. Como si una darketa bisexual necesitara de caballeros ingleses. Pero he aprendido a querer y a coger a cualquier hombre, mujer o quimera, sin fijarme mucho en las parafilias que traigan en la maleta. Si había soportado exhibicionistas, ¿Por qué le iba a hacer el feo a un hombre elegante, culto y recatado?

Una noche me confesó que sus primeras chaquetas se las hizo viendo Chabelo. La revelación me inquietó, puesto que la gerontofilia si me da asco. Sin embargo, se refería a las mocosas en minifalda que salían en el dominical programa. Reí, le di una mamada que terminó en mi boca y eché mi cabeza a andar.

Para complacerlo, tendría que quitarme el cargado maquillaje de la cara, los piercings de mi cuerpo y las extensiones violeta que caen sobre mi largo pelo negro. También tendría que conseguir una habitación rosita y por supuesto, el disfraz de colegiala putita, que casi en cualquier sexshop venden. Lo que más me dolió fue bajarme de mis amados tacones y cambiarlos por asquerosos tenis blancos… pero no me importó. Cuando se trata de complacer fantasías, hay que hacerlo por completo o no hacer nada. Y yo estaba dispuesta a llegar hasta el final. ¿Lo estaría él?

Me apachurré la copa C con vendas y la blusa en verdad era de la escuela de monjas (¡que de cosas que guarda mi madre!), así que nada de enseñar el tatuaje de la espalda. Todo estaba listo y, aunque me sentía un poco insegura sin mis accesorios de látex y la puchita de escuincla, salí a su encuentro. Apenas y me reconoció: ese maquillaje natural y las dos colitas, amarradas en listones me quitaban 10 años de encima.

Lo que me cayó encima fue su panzona humanidad y cuando lo alejé, la caballerosidad inglesa cedió ante un niño chaquetero que sin vergüenza se bajaba los pantalones.

Sobre el tocador rosa había dos cajas, las cuales puse en la cama. -Elige una- le dije. Sus ojitos estaban emocionados, no sabía que esperar. Eligió la caja derecha, que contenía una cámara de video lista para filmar. Brincó como niño que ganaba una Bimex de 10 velocidades. -¿Y me quedo con el video?- me dijo mientras comenzaba a utilizarla -Por supuesto cariño- contesté.

Ya me comenzaba dar instrucciones de director cinematográfico cuando lo detuve. -Falta la catafixia- le dije mientras sacaba otra cajita, ésta más larga y pero menos ancha.

Entonces comenzó a dudar y hablaba en voz alta:
-¿Qué será mejor que grabarte?, aunque si se me ocurren un par de cosas… pero ¿y si me sales con una mamada?. Mmm no sé- eres media cabrona.
-Decide para ya comenzar, cariño- insistí.
-Está bien, lo catafixio-
-¿Estás seguro cariño? Recuerda que tienes que llegar hasta el final.
-Sí, seguro- dijo con timidez.
-No te siento muy seguro-.
-¡Que sí! Trae acá- y arrebatándome la cajita, se sentó en una silla para quitarle la envoltura- ¡Yes! ¡Yes! ¡YES! Comenzó a gritar pegando de brincos. -¿No que por ahí no te dejabas?- Reía emocionado, casi babeando.

Ya inspeccionaba todos los dilatadores anales y lubricantes cuando le dije: -Destapa bien la caja, cariño-

“FOR HIM” decía en la parte baja de la caja.

lunes, 18 de enero de 2010


Hace algunos días me preguntaban en ese chismógrafo tuitero llamado formspring porqué mucho computito abandona su ingeniera carrera y se dedican a algo tan diferente como las artes o la escritura. En realidad no conozco a mucho compututito que haga eso, sin embargo, si conozco a varios que escriben algo más que código y lo hacen -a mi parecer- bastante bien. Incluso en Recolectivo tenemos a otro más.

Seamos muchos o pocos, creo firmemente que esto es posible ya que la esencia ser computito o escritor es la misma: la necesidad de crear. Ambas son actividades que requieren de gran introspección, en la que tu enemigo es una hoja en blanco. Como armas sólo tienes tu cerebro y lo que has aprendido. Hay mil maneras de resolver (un programa o una historia), pero la que uno elige es única y sobre todo, es tu hijo, tu creación.

Por eso es que escritores y computitos son tan celosos y defensores de su trabajo.

Soy computita desde los 14 años. Tengo más de media vida definida en términos ñoños, en los que ya sea como estudiante o como empleada me he desempeñado con resultados sobresalientes. Ni yo puedo negar que en mi vida, el desarrollar software se volvió una habilidad, un gusto y una necesidad. Los ingredientes necesarios que conforman una vocación.

Es quizá por eso que mi cambio de profesión de computita por escritora sorprende a los que vivieron esa etapa a mi lado.

Están mis padres, quienes me vieron sentada las tardes frente a una computadora sin saber bien si jugaba o aprendía. Mis maestros, jefes y compañeros de trabajo, quienes saben de mi gusto y pasión por buscar nuevas formas de desarrollar software, que produzcan resultados a tiempo y con calidad.

Pero como dije antes, eso lo dejé.

La carga que representa la renuncia a un estilo de vida aprobado por la sociedad, es pesada. Existe asombro y cuestionamientos de la decisión tomada, así como propuestas menos radicales a la que tomaste. Y más aún cuando la razón del porque lo haces es un “Porque puedo y quiero. Porque no se me da la gana que mi vida siga así”.

Esta no es la primera vez que lo hago. Hace algunos años, me divorcié. Dejé un matrimonio en el que nunca hubo pleitos o dramas telenoveleros. Que cumplió con todos los rituales que la sociedad espera, así como la seguridad y compañerismo que un buen matrimonio da.

En aquel momento también me llovieron cuestionamientos y ofertas diferentes. Me dibujaban futuros extremadamente obscuros, en los que había soledad, tristeza, inadaptación. ¡Imagínate, volver a comenzar a los 25 años!

Casi 10 años han pasado de eso y ni un segundo me he arrepentido de esa decisión. Por supuesto, ha habido soledad, tristeza e inadaptación. Pero también cumplí algunos de mis sueños guajiros, como el volver a enamorarme, viajar y vivir fuera del país. En resumen: mi vida sólo se puso mejor.

A los que piensan que la edad es un contador para ir cumpliendo metas (a los 23 terminar la carrera, casarse a los 28 y sacar casa a los 32, etc hasta morir) para así sacar estrellitas en una escala que inventada por sabequién y que adquirieron como propia, yo les digo que se den unos minutos y consideren algo más:

Les propongo que vean a la edad como un contador de experiencias y conocimientos. Es como una función recursiva que se va alimentando que lo que vives y aprendes. Y que al final, la respuesta a la función llegará. Sólo necesitas perderle un poco el miedo y asumir el costo.

Las metas sólo te limitan, la recurrencia te alimenta.

Como sea, no me importa lo que hagas, porque aquí estaré un rato más.

lunes, 11 de enero de 2010

Gracias, muchas gracias ¬¬


En el 2003 llegué a vivir a Querétaro y por fin estaba sola. El cordón umbilical con mis padres se había cortado, logrando mi tan ansiada independencia y libertad. Desde aquel día, el que hubiera comida en mi panza, ropa limpia que cubriera mis lonjitas, una cama calientita y un sillón limpio para que mi perro lo enmugrara, dependía exclusivamente de mí.

Aunque en realidad, no estaba sola. Sí tenía las responsabilidades antes mencionadas, pero en cuanto corté el cordón umbilical que me unía con mi familia de sangre, poco a poco se comenzó a formar otro condón con otro tipo de familia, una muy diferente a mí y a lo que hasta la fecha había vivido.

A la casa en que llegué (como refugio temporal) vivía Jiral (nombre ficticio y mal escrito). Jiral llegó a nuestro país unos meses antes, huyendo de la devaluación y crisis argentina del 2001, a esperar la crisis de fin de sexenio de nuestro país (¿Contento Jiral?). Desde su llegada, Jiral había estado viviendo en amasiato con Luis y para beneplácito de la mochita sociedad queretana, había conseguido trabajo en publicidad engañosa, con lo que pagaba la renta de la casa vecina y compraba cigarros.

Teníamos un sillón desacolchonado de terciopelo rojo que nos había dejado la casera, en el que Jiral fumaba mariguana por las tardes. Su flaca y melenuda existencia se desparramaba en aquel sillón, mientras veíamos la televisión que traje de Guadalajara, alimentada por la programación por cable que pagaba el vecino.

Por las tardes, nuestro amable (es un decir) vecino llegaba con un six de cerveza y se ponían a platicar. No puedo recordar lo que hablaban, pero sí que lo hacían ignorándome olímpicamente. Hablaban sin cuidar la forma o el contenido sólo por el hecho de que yo tuviera vagina y estuviera sentada ahí.

Yo venía de una sociedad hipócrita en la que se enseña a los hombres una falsa decencia y respeto a las apariencias. Donde una dama se ríe con delicadeza y los caballeros no dicen groserías frente a ellas. Puras chingaderas, pues. Comencé entonces a eructar sonoramente, a consumir -y soportar- más cerveza, a alburear y a maldecir con corrección.

Era un día laborable de media semana y en la televisión había un programa turístico sobre la Madre Patria. Jiral me aseguró que sabía hacer tortilla española, y en el acto fui a la tienda a comprar esos mágicos ingredientes que consisten en papas y huevo. Le quedó tan buena, que decidí abrir una botella de Tempranillo que había traído de mi segundo viaje a España. Invité a Luis, pero andaba reglando y no quiso venir.

El vino ya estaba en mi cerebro, calentando mi rostro y mi lengua. Parlanchina, comencé a hablar de España, de mi recién lograda independencia y todas esas idioteces que salen en una borrachera y que al día siguiente olvidas. Mis divagaciones existencialistas aburrieron prontamente a Jiral, quien tomó una cantidad muy mínima de la virtuosa bebida y se retiró a dormir.

Vi que la botella estaba apenas por la mitad y recordé los consejos de un enólogo televisivo de que un buen vino debe de consumirse por completo. También recordé que en España me tomaba yo sola una botella de vino. Desafortunadamente, olvidé que soy pésima para medir distancias, tamaños y volúmenes, y que la botella que tomaba en España era de 355 ml, en vez de los 750ml que tenía enfrente.

Me terminé el vinito, a pesar de esa advertencia subconsciente de que era tarde y que al día siguiente tenía que trabajar.

Borrachísima, me fui a la cama el colchón a dormir. Inmediatamente, la cama loca se apoderó del colchón en que había reposada mi ebria humanidad y sólo atiné a sacar la cabeza y vomitar. Una cosa café obscuro con papas salió de mi boca y ahí se quedó hasta la mañana siguiente. Me despertó el fuerte y ácido olor a vino podrido. La habitación apestaba, igual que yo. Mi primera cruda taladraba mi cerebro y yo tenía que trabajar.

Esa fue la primera vez que me puse hasta la madre de borracha y que llegué cruda al trabajo. También fue el inicio de una vida llena de vicios, inmoralidades y desviaciones sexuales que han hecho a la vieja que escribe hoy.

Y todo por su culpa.

lunes, 4 de enero de 2010

Gaspar



Cuando lo conocí en noche vieja pensé que era un idiota más con un script de ligue mediocre. Ojalá sólo hubiera sido eso. Cinco días después ese individuo me estaría cagando el día de reyes para siempre.

Fue un 31 de diciembre en Madrid, cuando después del clásico conteo regresivo de las 12 en Puerta de Sol, LaJulia y yo nos fuimos de marcha a los antros del centro. Siempre fingíamos ser turistas, al fin y al cabo que los pinches y chingados de nuestro florido léxico mexicano aún los conservábamos. Claro que después de dos años de vivir en los madriles, los mezclábamos hábilmente con madres paridas, mierdas y cagadas en lo que se dejara.

Estábamos bailando una odiosa canción de Bisbal en el Monalisa cuando se me acercó. Moreno y cejudo, tenía el pelo negrísimo y los ojos (enmarcados por violetas ojeras) lo eran aún más. Su cara gritaba soy árabe y soy malote. Además olía a Falafel.

Me enamoré. Bueno no.

Me calenté.

Comencé a fantasear con tener sexo en una de esas tienditas del desierto, entre pan árabe y cerveza sin alcohol. En la cabecera podríamos sus pistolas de terrorista y no nos daríamos cuenta que los gringos estaban bombardeando el campamento por estar haciendo el amor. Moriríamos en un abrazo apasionado y mentándosela al todas las generaciones de Bush que existen y existirán.

Mi fantasía se vio cortada cuando el árabe me aseguró que nunca había visto a la Monalisa en vivo, que no le gusta ir al Museo del Prado. –Está en el Musée du Louvre- Le contesté enmarcando las “g” de mi dizque avanzado francés. Chingado, y yo que ya estaba pensando en inscribirme en esas clases de danza del vientre.

En eso se acercó LaJulia y me pidió mi celular (¡móvil!, dijo móvil), acción que mandó por la borda nuestra mentira de ser turistas. Ella se dio cuenta de su error por la cara de “ya la regastes” que le puse y no le quedó más que ayudarme a huir. Sin embargo, el árabe falafelero me atrapó y con su teléfono en mano, comenzó a anotar el mio.

Cinco días después me llamó el terrorista caído en desgracia y como estaba aburrida, accedí a tomar un par de copas esa misma noche. ¿Que podría pasar?

A la una de la mañana estaba despertando a Lina para que me ayudara. Con voz compungida y ofendida, le contaba mi desgracia. Mi adorada roomie, siempre tan comprensiva, comenzó a reírse. El nivel de carcajadas era tan fuerte, que habían dejado de ser burla hacía muchos minutos.

- Ayúdame a ver si se quedó dentro - le suplicaba.
- ¿Estás loca? No me voy a poner a ver tu chocha! Jajajaja. Eso te pasa por andar de arrecherra, ¡jajajaja!

Por supuesto, a mí no me causó ni tantita gracia cuando a la mitad de una pésima cogida, bajé mi mano y no sentí el condón. Histérica, le recriminé entre insultos de varias nacionalidades el habérselo quitado. Cohibido y sin erección, el puto árabe falafelero me aseguraba que ni lo había movido, mientras yo buscaba el pinche hulesito ese por la habitación. No lo encontré.

Apenas amaneció, mis zapatitos y yo estábamos en la Seguridad Social gachupina. Para mi mala suerte, el 6 de enero es día festivo y todo está cerrado. Tuve que ir a urgencias del Hospital 12 de Octubre en donde el asunto de “un condón perdido” no era importante. Para aumentar mi desgracia, la sala estaba retacada de niños llorones que habían sufrido accidentes varios por el uso indebido de los juguetes de reyes. “Sí, hay que usar bien los juguetes” pensaba yo.

Fue hasta después de un niño que se había metido un mini-Chewbacca a la oreja que me llamaron al consultorio. “A ver, la señora con el condón perdido en la vagina que pase”. Ya ni vergüenza me dio.

Cuando por fin lo sacaron, me dirigí a mi casa deprimida y recriminándome todas y cada una de mis actividades libertinas. Me prometí ser más juiciosita y me tiré a ver la televisión sin poner realmente atención. Para animarme, Lina me invitó a ver la cabalgata de reyes al centro. “Anda Cari, y te invito un chocolate con churros… o un kebab”. Pinche Lina, al menos me hacía reír.

A pesar de estar retacada de enanos diabólicos, la mentada cabalgata de reyes no estaba tan mal. Había varias caravanas, en las que los reyes eran el centro de atención. También desfilaron animales de verdad –incluso un elefante- vestidos de terciopelo rojo y tiritas doradas, con su respectivo rey mago encima. Del cielo caían papelitos, había muchas luces y se escuchaban villancicos.

Comencé a recordar mis días de reyes mexicanos: Cuando de escuincla me levantaba antes de la salida del sol y buscaba mis zapatitos para ver los regalos que me habían dejado los reyes. O cuando partíamos la rosca en familia y yo volvía a meter el monito que me había salido por abajo del pan. Y de lo rico que sabe la rosca mexicana, con ese cachito azucarado, que es mi preferido.

En esos alegres pensamientos me encontraba, cuando reconocí al pinche árabe falafelero subido en un camello y disfrazado de Gaspar. Mierda, suspiré.

lunes, 28 de diciembre de 2009

El gen aristócrata


Dicen que no hay escuela para ser padres y que todos aprenden echando a perder niños. Sin embargo, mis padres son la excepción que confirma la regla. A pesar de haberse embarcado en esto de la reproducción humana a una edad que a mí me parece muy temprana (y sin buscarlo), creo que mi hermana y yo logramos terminar nuestra niñez sin traumas, fobias, taras o daño mental permanente de esos que alimentan a los psicólogos.

La echada a perder fue posterior y eximo a mis padres de toda culpa.

En un década donde Televisa era amo y señor de las mentes infantiles, mis padres no sólo se las ingeniaron para criarnos sin ver el chavo del ocho, tener barbies o darnos grandes fiestas infantiles temáticas, si no que lo hicieron sin que nos diéramos cuenta que existían o que los necesitáramos. Ambos trabajaban y, aunque hubo épocas de vacas flacas y épocas sin vacas, yo crecí feliz y sin notar las carencias sociales de este Mexiquito nuestro tan clasista.

Por supuesto, el que yo me creyera casi cualquier cuento, como que el que mi papá oliera gente a kilómetros o que mi padrino sabía japonés, ayudó a que no me diera cuenta de muchas cosas. Fue mi abuela Cuca quien quitó ese pañuelo equidad de clases de mis ojos y me descubrió un mundo de gente bien.

En su juventud, mi abuela era guapísima. Dolores del Río, Carmen Montejo y demás artistillas cincuenteras le llegaban a las rodillas. Y puedo asegurar que ella es buena para el drama. Cuando mi papá la regaña por comer mucho pan, ella pone cara de Dolores del Rio en Doña Perfecta y dice que es sólo un panecito con cafesito, porque ya es sabido que el ito engorda menos. Cuando voy a saludarla me recibe con una gran entusiasmo, así me haya visto el día anterior. Y si por televisión ve alguna tipilla con poca ropa o que considera que falta a la moral, externa su indignación exclamando “meretrices” y arrugando la boca roja con enjundia.

Sí, a mi abuela Cuca se le da el drama… pero en vez de hacer pareja con un Negrete o un Infante, se juntó con el prieto orejón más feo que encontró, tuvo cuatro hijos iguales de feos y 10 nietos lo único que abueliaron fueron las caderas (en caso de las mujercitas) y la afición por el pan sopeado (todos).

Mi abuela me enseñó que las cosas compradas en Liverpool le dan a un regalo un nivel más alto. Para mi cumpleaños número siete, recibí en una caja de Liverpool un par de calcetas. Decepcionada, puse cara de Chachita en Nosotros los Pobres, a lo que ella contestó en un tono dulce, mientras alzaba las cejas y sonreía: “pero si son de Liverpuuuul”. También me enseño a guardar las cajas de regalo de Liverpool para volver a envolver regalos y aparentar que son de Liverpool.

Originaria del norte de nuestro país, mi abuela Cuca estaba acostumbrada a consumir gringadas desde tiempos pre-TLC. Por eso, con ella aprendí que lo que “es americano” no sólo es de inmensa calidad, sino que también es inutilizable. Por ejemplo, las cobijas eléctricas que le mandaba su hermana de Mac Allen eran una maravilla por “ser americanas”, a pesar que utilizarlas en México -y sus voltajes- son un riesgo para la salud, ya que podían dejarte electrocutado. Impensable meternos a la cama cuando las cobijas americanas estaban encendidas.

Pero la aristocracia –imaginaria- de mi abuela no se limita únicamente a asuntos materiales, faltaba más. También se remite a la buena cuna y educación que se debe ostentar. Las buenas costumbres las sigue practicando y predicando: recién acababa de morir mi abuelo cuando fue la boda de una de mis primas. Ella se negó a bailar porque “una viuda debe guardar recato”. Cabe mencionar que en los cincuenta y pico de años que el matrimonio de mis abuelos duró, se dirigieron la palabra unos veinte.

Con cada nuevo pretendiente de sus nietas casaderas, nace una nueva esperanza para mi abuela. Tal vez y con ello, esa herencia de porte aristocrático que ostenta una fotografía suya que se encuentra en su sala se haga realidad.

Ahora la esperanza está en los cinco bisnietos. Aunque la última vez que chequé, mi sobrinita estaba aprendiendo a bailar “Como me duele” de Valentín Elizalde. Algo en el plan maestro de mi abuela salió realmente mal.
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