lunes, 3 de mayo de 2010

¿Quién ayuda a las flores?





En mi casa, soy la mayor de cuatro mujeres. Mis hermanas y yo nacimos con la diferencia necesaria para destetar la anterior y alistar los pezones de mi madre para volver a la ordeñanza. En mi infancia, el vernos tomadas de la mano caminando por Plaza del Sol era un gran espectáculo tapatío, ya que además de ser una copia casi exacta de nuestra madre, solíamos usar vestidos idénticos. Al contrario de lo que pueda pensarse en este México machista, mi padre siempre tomó con buen humor a su viejerío y como muestra están nuestros nombres: Rosa, Dalia, Margarita y Violeta. Con cariño, siempre nos ha llamado “su ramillete”.

A mí no me parecía chistoso. Fruncía el entrecejo -que terminó formando a la arruga de mi frente- cada vez que alguna ruca hacía aún más aguda su voz y exclamaba: ¡Mira qué bonitas! ¿Son hermanas? ¿Alguna es gemela? ¡Pero si son igualitas! Pero por sobre todas las cosas me cagaba el ¡Y tienen nombres de flores! Esa necedad de hacer notar lo obvio siempre me ha parecido detestable. Desde chica he sido muy mamona, claro está.

Al ser la mayor siempre me sentí responsable de todas mis hermanas, quienes salían cada vez más rebeldes. Por eso, cuando en un berrinche Violeta se mordió sola el brazo con los pocos dientes que tenía y fui acusada de malos tratos, le exigí a mis padres-utilizando una serenísima carta- que por favor dejaran la jardinería para el patio.

Y así lo estaba haciendo mi madre aquella tarde cuando tenía once años. Era verano y las cuatro jugábamos con un montón de ropa vieja que una tía solterona nos había “heredado” para jugar. En realidad quería deshacerse de tanto disfraz viejo, pero a nosotras nos pareció un regalazo. Entre tanto vejestorio con olor a humedad, había un vestido de princesa (que en realidad era un tutú de ballet color amarillo) que era codiciado por todas. Establecíamos tiempos de uso y le teníamos prohibido a Dalia, la más rellena, que cerrara todos los botones.

Aquel día, Violeta comenzó con sus necedades y con sus aires de diva y se negó a quitarse el vestido de princesa, por lo que busqué a Mamá para que la pusiera en su lugar. Pero en el jardín de enfrente sólo encontré el agua de la manguera corriendo por el pasto y la puerta abierta. Corrí a la cocina, a la sala, al jardín de atrás y toqué en el baño. No había nada de Mamá.

Me asusté y comencé a sentir el estómago apretado. La habían raptado, estaba segura. Mi mamá no se habría salido dejando la puerta abierta y mucho menos, habría dejado desperdiciar el agua. En ese razonamiento estaba cuando Margarita me encontró llorando en la entrada de la casa. Con la respiración cortada, le expliqué la desaparición de nuestra madre.

En un arranque de desesperación cerramos la puerta y fuimos a informar a las demás flores que nos acabábamos de quedar sin madre. “¡Pobres flores huérfanitas!” casi podía escuchar. Las otras dos lo tomaron peor que nosotras y el llanto histérico se apoderó de las cuatro. Sin embargo –y como siempre- fue Violeta quien se llevó el Oscar: tirada en la escalera, se acomodó perfectamente el vestido de princesa y en 4 o 5 escalones lloraba con un histrionismo digno de la escuela de actores de Televisa. Tomando las lágrimas con sus dedos, alzaba las manos hacia una fotografía del matrimonio de mis padres y a gritos atorados maldecía nuestra suerte, la falta que Mamá le haría a nuestro pobre y trabajador Papá y de la nula aceptación de la futura madrastra hacia nuestra familia de flores.

De no haber estado tan preocupada, la escena me habría cagado de la risa. Pero en ese momento no pensaba bien y cuando Violeta dijo algo así como “nada más falta que el raptador venga por nosotras” agarré a mis tres hermanas de la mano y me las llevé a la estación de policía que estaba en la siguiente cuadra buscando auxilio.

Supongo que la escena para los policías ahora es memorable: de la mano y con el llanto en los ojos y en la garganta, entraron comandadas por una niña en leotardo, una princesa, una vaquerita y una ángel pidiendo auxilio y reportando a una madre raptada.

Cuando logré controlar mi respiración, expliqué al policía la desaparición de Mamá. Le dije el nombre de mi madre, el mío y el de mis hermanas, con lo que recibí el clásico ¡y son todas son flores! Ignorando tan evidente muestra de pendejismo, le dije en dónde vivíamos. En el acto, mandaron a una patrulla, la cual volvió a los pocos minutos con nuestra preocupada madre. Al ver que estábamos bien, comenzó a regañarnos por salirnos de la casa sin permiso y sobre todo a mí, por no saber controlar a mis hermanas. Agradeció a los policías y ante un “cuídelas bien señora” del comandante, mi mamá le mandó una de esas miradas heladas que tantas veces me dolieron mucho más que una cachetada y cuyo efecto también sintieron los guardianes de la sociedad.

Al final, resultó que mi mamá había entrado sólo quince minutos a casa de la vecina; pero para nosotras, fue tiempo suficiente para disfrazarnos y montar una tragicomedia.

6 comentarios:

Kuruni dijo...

jajajajaja que buena anécdota. ^_^

poeta_sin_inspiracion dijo...

Jaja.. podemos hacer una adaptación para una obra del 10 de mayo... titulada LAS FLORES?.. seria un hit en los festivales para las mamases..

Rox dijo...

Poeta: no me simpatizas. Bueno poquito.

Kuruni: Tiene algo de mentiras. Mi nombre no es Rosa. :P

Lexico dijo...

Jojojo... llevo un rato riendome... me imagine a Violeta enfrente el cuadro de tus papas... que buena tragi-comedia... seguro hay más...

Joel BD dijo...

Pq no hacemos un bodegón ???

Anónimo dijo...

Era "vecino", le estaba hechando un delicioso rapidin.

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