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viernes, 10 de septiembre de 2010

El final.





Año nuevo esperando mi vuelo que para variar se atrasó otra vez. Harta de beber café y leer la misma revista me distraigo viendo a la gente pasar. Y lo que nunca creí posible: te vuelvo a ver aquí. A pesar de que no te había visto en diez años, reconozco al instante tu abrigo horrendo y tu forma de caminar.

Has cambiado un poco, tu espalda está más ancha y has subido un poco de peso. Creo que le va a tu estatura. Apostaría que te ves mejor que en aquél entonces.

¿Recuerdas la última vez que nos vimos? Creo que sí. Yo sólo recuerdo pedazos:

Fuimos a tomar una cerveza y me comentaste de que te había hecho un favor al terminar contigo porque al fin te habías podido acostar con… no recuerdo su nombre. Era un nombre común con D. ¿Dana? ¿Dulce? ¿Diana? ¿Denisse? Te felicité aunque para mis adentros me pregunté cuál era el protocolo social de una conversación entre exes. Cuando llegamos a mi casa seguimos platicando y sacaste de tus pastillitas mágicas. En la plática quisiste darme un masaje y volví a perder la noción del tiempo. Cuando me di cuenta de que estábamos teniendo sexo te empujé y te corrí de mi cuarto. Al día siguiente decidí que no deseaba tu amistad.

Y ahora veo tu chamarra espantosa entre el gentío del lugar y como la hipócrita cabrona que les dijiste a todos que era te miro desde mi rincón midiendo las circunstancias y viendo lo que el tiempo te ha hecho a ti.

La mujer que te acompaña (quién por alguna razón estoy segura que su nombre empieza con D.) te abraza y te rodea como un satélite enamorado. Me doy cuenta porque así estuve yo tantas veces: como una pequeña lucecita que daba vueltas a tu alrededor y que resplandecía en función de complacerte con todo. Me da nostalgia, no lo niego. Pero por mí misma: extraño a mi corazón cuando era tonta y te creía todo. Cuando creía que la gente no mentía (¿para qué si yo soy de confianza?) y que yo era una personita especial destinada a ese destino hermoso que uno se inventa. Cuando no era práctica y todo me parecía bonito. Extraño en ocasiones ser esa pendeja… sufres mucho ¿sabes? pero tiene su encanto.

Antes de desaparecerme de tu vida si me quedé con la espinita de quitarte algo a ti. Desquitarme. Pero al principio me dio miedo (por las amenazas que empezaron a llegar a mi trabajo)… y después mucha flojera. Y esta tarde es tanto mi aburrimiento que ahora espero una chispa de ingenio, una idea espontánea, una línea inteligente para levantarme y hablarte; nada más para ver que cara pones.

De la nada me doy cuenta que yo si tuve un final. Me convertí en una persona cínica pero con el corazón seguro. Cambié. Algo mío te llevaste cuando te mandé definitivamente a la chingada. No te puedo decir que gané o perdí pero sí que yo si tuve un fin. Adiós taradita inocente… quiero pensar en un momento clave y no puedo. Simplemente empezó hace diez años y sucedió poco a poco.

Te miro y entiendo porqué te reconocí. Tú eres el mismo, tienes lo mismo que cuando me enamoré de ti: una mujer jóven halagando todo lo que haces, el porte altanero, el mismo abrigo, el control. Nada en ti ha cambiado.

La salida de mi vuelo es anunciada y suelto todos mis recuerdos y divagues para irme. Paso a tu lado completamente consciente de que aún si me ves de frente, nunca te darás cuenta de quién soy yo.

miércoles, 11 de agosto de 2010

vivo de agua y cafeína.

Alguna vez mencioné (creo) que son melindrosa con la comida. En particular, no como pescados o mariscos (ocasionalmente alguna lata de atún –en agua- con mayonesa o en ensalada, quizás). En mi familia son muy prácticos y nunca fue un problema: desde muy chica aprendí a prepararme algo del refri yo y si se querían juntar para un restaurant dónde el menú consistiera exclusivamente estos alimentos ni me invitaban.

Las complicaciones fueron cuando entré a Biología. El 90% de las prácticas de campo (aproximadamente 3-12 por semestre dependiendo las materias) eran en playas dos tres alejadas de la civilización. Allí había palapas con pescado fresco, bastante apetecible y muy barato. Cuando había tienditas yo sobrevivía de comida chatarra carísima en las tienditas: carbohidratos más grasa con sal o más grasa con azúcar; cuando el lugar era MUY remoto y no había tienditas me la pasaba de palapa en palapa preguntando si vendían papas fritas. A veces tenía suerte, a veces no.

Varias veces apechugué y comí lo que había (el hambre es canija, snif). Y nunca lo pude digerir: en ocasiones por el exceso de salsa valentina, o por la mareada en el bote donde tomamos muestras, o porque el sol me saca ronchitas… o porque hasta mi cuerpo es melindroso y nena.

Ahora ya mejor digo que soy alérgica.

lunes, 19 de julio de 2010

a mí me gustan más los gatos.







Los perros que ladran me dan mucha risa. Hasta para la maldad hay que ser inteligente: si te chingas a alguien (léase robar, matar, o lo que sea). ¿vas a dar la cara y decir “si yo te puse trabas porque te tengo envidia”? “yo lo maté porque se lo advertí al pendejo”. claro que no. Y cuándo lo hacen (cantar pleito) o el pleito se da en ese instante (que traes/pues tú y a los dos segundos ya se armaron los golpes) o no se da y se queda así: con uno tratando de chingar y el otro ignorándolo (o riéndose), o con los dos jugando a que se insultan (yo respeto). A menos que estés en una posición privilegiada (tipo ser dictador y estar bien protegido) eso de andar ladrando pleito es muy muy tonto. Si eres malvadón y quieres chingarte a alguien allá tú. Pero, en serio ¿lo vas a cantar antes? ¿Así de “te voy a matar” para que si se da te busquen a ti primero? Me parece muy ilógico. El ladrar es para someter, para meter miedo. Para llamar la atención.

Me acuerdo de algo que le pasó a la prima de una amiga (ajá). La pretendía un chavo y jugaban a que se peleaban y se coqueteaban y pues yo estoy puesto y te rajas y tonterías así. Le era entretenido a ambos (supongo) y así estuvieron un rato y lo único que ganaron fue una reputación de estar medio mensos con el grupito con el que se juntaban. Un día equis se dejaron de ver y ella fue a despedirse porque se iba a no se dónde (de su mamá, ellos no se hablaban tanto ni amigos eran). Y en una salida de la señora a atender la puerta él se acercó, tomó su rostro y la besó. Ni hola dijo.

No se si sea cierto que los perros que ladran no muerden. Pero sí que lo perros que no ladran son más peligrosos: desde el amigo que me saludó por teléfono cuando llamó a mi casa para avisar que iría a visitarnos (única y exclusivamente para hablar mal de mí con mi aquél entónces novio), hasta la exjefa que hizo comida y brindis de despedida, me ofreció mil consejos porque sabía que iba hacia un lugar donde exigen más, y en su carta de recomendación habla de mi como una empleada “regular” con un desempeño malo.

A esos sí les tengo miedo.

martes, 6 de julio de 2010

La sonrisa.






Ser la solterona de una ciudad chica es un martirio. No solamente soportar a hombres idiotas que asumen que como ya no eres jóven estás desesperada por casarte. De hecho, yo estaba muy a gusto. Cuando le dije a mi mamá que si quería que me fuera rentaba una casita dejó de molestarme con que me consiguiera un novio. Lo que me sacó de allí fue el esposo de una amiga al que le pareció fácil tratar de manosearme. El resultado: la nariz de él rota y mi reputación pasó de ser molesta a insoportable. Mis otras amigas me dieron la espalda porque tenían maridos a los que cuidar supongo. Y al fin despabilé mi ocio y me fui a la capital.

Mi título de maestra no me consiguió trabajo en una escuela a la velocidad que huí, así que me mantuve un par de meses como tutora. La mayoría eran jóvenes que querían entrar a la universidad y debían aprender en un verano todo lo que ignoraron en la preparatoria. Me gustaba la ciudad… me gustaba su ruido y que nadie me conociera. Por primera vez en mucho tiempo todo era tranquilo y sin contratiempos.

Mi vida dio un vuelco cuando noté la mirada de uno de mis oyentes. No se cuántos años tendría, sólo recuerdo que sus ojos eran oscuros y profundos. Y no importaba cuántos ejercicios ponía para la tarde, siempre lo sorprendía mirándome. Me volví paranoica: comencé a ponerle más trabajo, a cubrirme más al vestir, a hablarle más secamente. El seguía sonriendo como si nada pasara; pero siempre a media tarde estaba su mirada otra vez.

Así pasaron un par de semanas. Me acostumbré a ruborizarme ante un mocoso mucho menor que yo y él a jugar con mis nervios. Y acercarse demasiado para preguntarme sobre un signo, o una operación. Cualquier cosa.

Creo que fue un jueves, porque los jueves yo pasaba al mercado en las mañanas y recuerdo el olor a fruta madura. Los jueves la mamá acomodada de él tenía clase de yoga y la señora que les ayudaba a limpiar se iba a temprano. Los jueves yo tenía más miedo de que se me acercara. Debió ser un jueves.

Ese día creí tenerlo bajo control. Le puse doce ejercicios de álgebra. Uno de geometría analítica. Siete de trigonometría. Empezábamos cálculo básico la siguiente semana y quería ver que tan perdido estaba. Estaba revisando los garabatos de mis otros alumnos y lo miré sin darme cuenta. Esa mirada estaba de nuevo y sonreí. Creo que allí fue: le sonreí.

Se levantó de su asiento y se puso a mis espaldas. Me paralicé. Volteó a mirarme y me besó. No correspondí el beso pero tampoco me quité… Simplemente dejé que me besara. Comenzó a tocarme y no opuse resistencia. Pensé en el olor a fruta madura, en si reconocería el sonido del auto de su mamá. En su olor, en el sabor de su saliva, en su respiración agitada. Sus manos acariciaron mis senos, mis piernas. Tomó mis manos y me guió para acariciarlo. Estaba tan nerviosa que cerré los ojos. No sé cuánto tiempo pasamos así y no se de dónde me salió la cordura. Me levanté de un salto.

- Termina tus ejercicios, ahora vuelvo. – Dije fingiendo demencia.
- Sí, señorita.- Contestó tranquilamente volviendo a su silla.

Caminé como flotando al baño. Me encerré al borde de las lágrimas, mojé mi rostro con agua y me acomodé el vestido. Me miré al espejo y sonreí otra vez.

lunes, 28 de junio de 2010

la misma mente.





A veces soy feliz con cualquier cosa. Abro mi laptop, pongo música, escribo tonterías mientras bebo el iced latte de la mañana a las seis de la tarde y saludo a las aves que se asoman por la ventana. Sonrío de corazón y doy gracias. A dios, a la naturaleza, a la cafeína, a esos neurotransmisores en mi cabeza, a lo que sea. Doy gracias. Me siento la persona más afortunada del mundo y respiro profundamente para evocar ese momento tan simple.

Pero en veces no puedo. Camino en el sol enfadada y molesta. Odio no estar en las circunstancias por las que me he esforzado tanto. No le veo fin. Pierdo la fe en todo en un segundo. Camino enseguida de ti y no me molesta que seas feliz con tan poco. Me molesta que no me hables y que no me mires y que no me abraces. Odio no tener con quién hablar. Odio sentirme discapacitada. Me siento insegura de mi acento, de mi cuerpo, de las vueltas tan chistosas que da mi imaginación. De mi futuro. Odio depender de la gente y sentirme atrapada. No me importa que teniendo la oportunidad sea tan feliz en cuatro paredes… me molesta que llegando el momento, no tenga otra opción.

Y se que no es el sol ni mi dolor de cabeza ni la música ni la cafeína. Soy yo. Hay algo dentro de mí que se enrosca y pelea contra sí mismo. Algo que va más allá de un estado de ánimo hormonal o ambiental. Algo que me tiene en una bipolaridad circunstancial que no es ni normal ni sana. Pero, lamentablemente… es mía.

lunes, 14 de junio de 2010

animalitos de la creación.





Estudié Biología porque me interesaba la vida en todas sus formas (cursi pero cierto). Y me expuse a situaciones chistosas, cómo ver a unas estudiantes de veterinaria llorando cuando iban a sacrificar a un perrito para una práctica. Recuerdo que una de ellas estaba jugando con el cuando llegó la otra con la jeringa… en ese instante el perrito se quedó como quieto y triste. Una de ellas dijo “¿sabes qué? Mejor conseguimos otro y este me lo llevo a mi casa.” Y vi en ese instante que el perro se levantó de un brinco, y lo vi como feliz. Obvio nadie me cree pero me vale, yo lo vi.

Yo me considero empática así que creo que también es posible percibir los sentimientos de los animales. Siempre me he identificado con los gatos. No son tan nobles como los perros, a los gatos te los tienes que ganar. Pero me encanta su porte y su instinto. A los perros les envidio que son felices todo el tiempo… aunque debo confesar que siempre que voy a una tienda de mascotas me quedo viendo a los hámsters. Me encanta ver que van y vienen y saltan y se pelean y duermen.

Mi experiencia con animales de laboratorio se reduce a ayudar a un bioterio (dónde también me quedaba ratos viendo en silencio a los ratones) e hice un estudio de sobrevida: básicamente les das un tratamiento que los mata (e.g., linfoma) y pruebas tratamientos y haces estadística de cuánto tiempo les tomó morirse. Desde entonces busqué trabajar con células.

Hasta ahora, snif.

Voy a empezar a trabajar con animales ahora sí de forma regular y ando medio movida. Por un lado pues uno puede luego luego racionalizar que los animales diseñados (porque lo están) para el trabajo en laboratorio tienen como fin pues… ser utilizados para investigar con ellos: descubrir cosas que (a la larga) pueden salvar vidas.

Dentro de los chorromil entrenamientos que tengo que aprobar para que se me permita manejar animales hay varios que hablan sobre la eutanasia. Básicamente si un laboratorio usa animales tiene que explicar cómo los va a manejar y –en su caso- matarlos para investigación. Hay mil parámetros. Me dio gusto que no se quedan con la regla de “matarlos con menos dolor” sino que hay realmente una lista de métodos, dosis, especies y explicaciones. Que hay organizaciones que te verifican. Y además hay literatura especial para trabajadores nenas como yo (tengo un .pdf cortito por si alguien le interesa).

Aunque estos planteamientos si me quitan un poquito el pendiente, me sigo azotando filosofando si algún día encontraremos otra manera… si realmente evolucionaremos como especie como para no sólo utilizar los recursos para nuestro bien común sino para mantenerlos. El “diseñar un ser vivo para investigación” me recuerda un poco a Rei Ayanami. Ella era un clón, ¿tenía vida? ¿tenía alma? ¿tenía posibilidad de sobrevivir en un ambiente en el que no nació de manera natural? Sépala. Y a la vez siento que tener la oportunidad de aprender todo esto es una bendición. El desentrañar cosas tan simplitas como la manera en que la proteína fulana de tal se activa o desactiva con tal estímulo en determinado modelo es agotador pero interesante. No sé cómo me vaya a ir en esta nueva etapa (dónde no basta con poner cloro para matar tu modelo de estudio al final del día). Sólo se que me conflictúa y espero sacar datos que a la larga sean trascendentes para algo y así nivelar el karma.

lunes, 7 de junio de 2010

Cobijada por colores.





Laura miró al techo sorprendida, profundamente sorprendida. Su cuerpo desnudo era aún testigo de los hechos. Miró a su izquierda y su protagonista dormía profundamente, con una sonrisa apacible en su rostro. Laura deseó nuevamente ver sus ojos pero sólo atinó a besar su mejilla.

La pecera de cristal estaba vacía. Laura podía mirar a través la pared del cuarto azul oscuro, las cortinas púrpura, los pequeños papelitos tirados en algún lado. Miraba el escenario entre confundida y emocionada. Algo en su corazón palpitaba. Algo ajeno, algo nuevo, algo anhelado. Se sentía llena de paz, completamente llena de paz. Extrañamente contemplaba los colores de esa fantasiosa habitación sin poder dormir… pero no sentía inquietud, sólo paz.

La vida de Laura solía darle sorpresas, solía demostrarle que no tenía ningún control. Como niña idealista, ella siempre convirtió en platónicos todos sus amores, buscando el hombre perfecto al cual entregaría su virginidad, sus perversiones, sus fantasías, sus sueños… La primera broma del destino, su primer amor verdadero le llegó no tan joven. Con 19 años, Laura era una niña cuyos libros eran los guías de su vida. Se convirtió en estudiosa de todo para sentirse preparada, puesto que siempre se sintió cobarde en casi todo, necesitaba analizar con cuidado cualquier situación para no perder el control. Siempre temió perder el control. Su primera vez fue roja. Decidió otorgarle todos lo valioso que creía poseer a ese hombre al darse cuenta que lo amaba de verdad. Sabía los riesgos puesto que él se notaba más experimentado en vida y menos en libros… pero le hizo decidirse el hecho de que él también era virgen. (O por lo menos, ella siempre lo creyó así). Le pareció adecuado… pero el momento llegó cuando ella menos preparada y lista estaba para su primera vez. Las sábanas se tiñeron de rojo y Laura decidió amar a ese hombre para siempre. Esa misma noche, en un momento de intimidad, él le llamo por otro nombre… y Laura ignoró lo obvio: que las cosas no eran perfectas, no lo serían probablemente nunca, sólo se limitó a tratar de perfeccionarlas. De controlar su destino. De hacerse amar, de lograr que la tocara con una ternura que ignoraba necesitar. Cuando se cansó de tratar de lograr lo imposible Laura dejó su corazón allí. Sus ilusiones, sus fantasías… la mitad de sus sueños los olvidó por otros más tangibles, pero sus perversiones quedaron intactas.

Esas perversiones que ella no notaba en sí misma hicieron llegar a varios hombres en su vida, que, intrigados por los contrastes que representaba Laura (juguetona, tierna, perversa, fuerte, celosa, cada día más conciente de su atractivo, mitómana, pero sobretodo triste) llegaban y creían enamorarse. Desde el poeta atormentado que nunca dejó de amarla y odiarla a la vez, el fotógrafo con el que tuvo su primera relación por pura atracción y el último que la marcó: aquél extraño que la abrazó y la bañó como si fuera una pequeña princesa decadente, con paciencia y ternura, lo que provocó que ella se sintiera culpable y dejara ese abrazo incompleto. No podía ver el rostro de ese hombre en sus recuerdos… solamente recordaba que fue allí cuando definió que de todas las cosas que la rodeaban en las relaciones, las perversiones eran de las que tenía más control… así que se decidió a explorarlas. Se puso a sí misma el título de incapacitada emocional. Y se dio cuenta que todos esos sueños rosas de orgasmos con amor eran mentiras que se decían a sí mismas otras personas, o que ella era incapaz de sentirlas.

No le entristeció el descubrimiento, de hecho se sintió profundamente aliviada, dejó de buscar amor, protección y ternura. Comenzó a buscar lo mismo que los hombres que había conocido: explorar lo que su atracción por otros le podían hacer sentir. Pasaron otros hombres en su vida que creyeron amarla. No podían verla como otra chica más porque algo en ella era en esencia distinto. Pero no podían amarla lo suficiente como para perseguirla y tratar de atraparla. Existió un bailarín del cuál Laura estuvo a punto de enamorarse, pero él huyó con la misma gracia que lo hacía ella. Y su último amante fue su compañero de escuela, el típico compañero de clases que siempre la miró con miedo. Poco después Laura se aburrió de los hombres y comenzó a enfocar sus energías en otro tipo de sueños. Terminó la escuela y comenzó a trabajar. Estuvo muy tranquila disfrutando de su soledad, conformándose con la diversión del coqueteo y se volvió vanidosa. Todas sus energías y esfuerzos se terminaron volcando en cultivar lo que quisiera de ella misma. Así permaneció varios años.

Y después conoció a Hugo.

Hugo era un hombre igual de pervertido y aburrido que Laura. Su historia incluía a más mujeres platónicas que físicas, y a más prostitutas que amantes. Al igual que Laura solía entablar entrañables amistades con sus amores fallidos. Pero sin tener conciencia de todo lo anterior, cuando miró a Laura decidió cazarla. Sus gustos en mujeres eran simples: bellas con contexto. Entre más lo intrigaran, más le atraían. Y Laura llegó siendo el prototipo de chica que él buscaba con la misma intención de explorar que ella. Hugo y Laura tenían dos meses de trabajar juntos compartiendo solamente algún saludo ocasional, con inocentes intentos de Hugo de lograr hacerlos menos ocasionales. Hasta que, por alguna conversación de grupo, notaron que compartían varias pasiones extrañas: la cocina oriental, la literatura erótica, la fotografía en el cine de terror. En una muestra de cine erótico él le acarició la pierna y ella lo besó en la oscuridad. Al salir no dijeron palabra alguna y ella lo arrastró a su apartamento. Y desnudos esa noche encontraron tener mucho más en común. De esa manera, comenzaron a compartir más pasiones extrañas.

Las fantasías de Hugo eran coloridas y teatrales. Le gustaba interpretar papeles con distintos nombres y vestuarios, le gustaba sentirse distintas personas en diferentes situaciones. A Laura le gustaba la creatividad de esos encuentros, la espontaneidad con que se presentaban, la intensidad de las caricias y la falta de contexto emocional.

Muchos de los encuentros se realizaban en el departamento de él, un lugar pequeño y ordenado, que cambiaba con frecuencia. Hugo tenía la costumbre de mover de lugar los muebles de vez en cuando, lo único que no se movía de lugar era una pequeña pecera, que contenía dulces y pequeños pedazos de papel de colores. En esa pecera, ambos habían realizado el pacto de no quererse y disfrutarse hasta que uno se aburriera, de escribir todas las fantasías allí y elegir una al azar de vez en cuando. De que en cuando algo no le gustara a cualquiera se respetaría, de que podían detenerse cuando quisieran; sin reproches.

Así permanecieron un tiempo. Hasta esa noche. Laura regresaba de trabajar y Hugo le marcó.
- Hola bonita, ¿vas saliendo? – Dijo él.
- Apenas, ¿Qué pasó?
- Estoy cerca de allí, paso por ti.
- Mhmmm. Está bien. – Y colgó el celular sin mucho ánimo.

Media hora más tarde, estaban en su casa. Ambos estaban particularmente cansados para tener sexo, así que sólo se recostaron un rato, era extraño sentirse tranquilos sin esa necesidad. Laura lo miró de pronto con calma y él a ella. Y se quedaron viéndose a los ojos sin decirse nada.

- Tienes un lunar en la mejilla, está bonito. – Le dijo él acariciando su rostro.
- Gracias…, y tu tienes una cana. – Lo tomó del cabello.
- Que graciosa…

Le hizo cosquillas y le dio un beso en la frente. Ella correspondió el beso y se besaron un largo rato, mientras se acariciaban despacio.

A la mañana siguiente Laura miraba la pecera vacía, el techo color pastel, a Hugo desnudo. Los contemplaba sorprendida de haber experimentado el hacer el amor sin quererlo y sin buscarlo. Sonreía asustada, cobijada por colores.

lunes, 31 de mayo de 2010

Cafeína.





Daniela bebe un café sentada en su árbol favorito. Mira al cielo. No quiere pensar nada, no quiere sentir nada. Ya no.

Su nombre iba a ser Jorge. Igual que él. Ella sabía que sería niño. Lo sentía. Jorge siempre quiso un varón con su nombre, y ella siempre le dio lo que quiso. Por eso cuando ella sostuvo con sus manos temblorosas ese artefacto blanco con dos líneas azules, lo supo. Supo que era varón. Y que lo llamaría Jorge.

El café estaba caliente, demasiado para saborearlo. Aún así ella le dio un trago largo. Le quemó la lengua… la garganta. Y aguantó. Trataba de sentir un dolor distinto. Pero sus pensamientos le llevaron de nuevo a recordar los ojos de Jorge, y lo feliz que era ella en sus brazos… Lo feliz que siempre fue en sus brazos. Y lo conflictivo que le fue siempre tratar de atrapar esa felicidad.

Jorge pequeño pudo ser esa oportunidad que Daniela buscaba de –ahora sí, con todo el derecho y obligación- vivir para hacer feliz a alguien más. Lo imaginó desde que lo sospechó: pequeño e indefenso. Y lo adoró. Lo adoró con ese miedo que tienen las mujeres que no tienen los modos económicos para salir adelante. Tuvo miedo de necesitar más a Jorge, pero también la hermosa sensación de que ahora sí, él tendría la obligación de estar con ella… que dejaría de dudar y aplazar las cosas. Que se terminarían sus indecisiones, que se casarían, que, después de tanto tiempo al fin estarían juntos. Que quizás Jorge pequeño era la razón que necesitaba su relación para madurar.

Se imaginó al pequeño creciendo en su interior, se imaginó su voz y su llanto. El miedo a la dependencia que le tenía al hombre que amaba se aplacaba con sus ilusiones, con la visión de una familia. Era un reto extraño para ella ocultar los achaques, quería encontrar la forma perfecta de darle la noticia. El momento perfecto.

Y sucedió un domingo.

En esa pequeña ciudad, los domingos era particularmente difícil escurrirse a un motel en la tarde sin que alguien te identificara de camino, así que solían ir al cine o al parque. En ocasiones Daniela recordaba cómo era el parque ocho años atrás, cómo era Jorge ocho años atrás, como era ella ocho años atrás. Y trataba de mirar ocho años adelante: con un mocoso de cabello castaño, de ojos oscuros, delgado y sano, aprendiendo a andar en bicicleta. Miró a una joven pareja con un recién nacido y sonrió.

- ¿No te gustaría uno de esos? - Dijo Daniela, con sus profundos ojos cafés brillantes, mirando hacia dentro, sonriéndole a ese futuro.

El la abrazó un poco más fuerte y le dijo al oído:

- Chula, no estamos listos para esa responsabilidad…

Mientras Jorge seguía mezclando promesas con eufemismos, los ojos de Daniela brillaron un poco más, y más… y aunque trató con el poco orgullo que poseía el detener el evento… no lo logró y comenzó a llorar en silencio. Quiso decirle lo de siempre: que ella no dudaba, que lo amaba, que quería casarse… que había esperado tanto… que ya tenía una razón que para cambiarlo todo. Pero sólo lloro en silencio.

- Ya estás llorando… ¿Porqué te pones tan sensible? ¿Qué tiene de malo que te diga la verdad? ¿Prefieres…?

Daniela dejó de escucharlo. En un extraño instante, las palabras de él, que habían sido su devoción por tantos años, dejaron de tener significado, sentido, sonido. Nunca logró recordar qué fue exactamente lo que le dijo que la hizo mirar la realidad: el nunca estaría listo, nunca estaría seguro, ni siquiera enamorado como ella esperaba.

Las siguientes semanas sólo escuchaba eco y fingía estar bien. La misma rutina. El mismo motel, los mismos besos, las mismas caricias, las mismas promesas.

La última noche que la dejó en casa ella se despidió para siempre sin decirle nada, el último pensamiento que le dirigió al verlo marcharse fue la duda si él la extrañaría. Juntó lo poco que tenía y se fue.

Lo que sucedió después para Daniela era sólo un mal sueño. El pequeño viaje, el frío hospital, el llenado de los formatos, la entrevista con el doctor. Las citas (no obligatorias) con el psicólogo, los folletitos políticos a la salida del consultorio. Ese hueco espantoso.

Daniela se levantó del árbol, secándose las lágrimas y terminó su café. Comenzó a caminar sintiéndose aún profundamente triste, pero más despierta.

lunes, 24 de mayo de 2010

Cuarto menguante.





Mi cocina era color azul pálido. Nunca me gustó. Parecía baño. Abrí el refrigerador pensando que era lo más correcto para abordar el tema que me competía… pero, mientras abría la botella y trataba de limpiar la espuma caí en cuenta que pensar en lo correcto era lo menos pertinente y útil. La situación no era ni remotamente correcta, y ella estaba en la sala. No podía retractarme.
Serví mi café negro con azúcar que ya estaba algo tibio y volví a la sala.

- ¿Cómo te llamas? - Le pregunté mientras le daba su cerveza.
- Ya sabes mi nombre, preguntaste por mí. - Me dijo directamente.
- No creo que te llames Anette. La verdad no lo creo. – Dije sin pensarlo mucho.
- ¿Y cuál sería la diferencia?

La chica se levantó y sonrió. Se acercó a mí. Yo miraba la ventana y observé la luna. Cuarto menguante. Justo dos días antes leía sobre las fases de la luna y su significado. La luna representa lo femenino, la luna llena es el nacimiento, la vida. La luna nueva es una fase de preparación para que la vida vuelva a surgir, el cuarto creciente es una fase de desarrollo, hasta la luna llena. Pero el cuarto menguante, esa fase en la que la máxima luz ya tuvo su tiempo y debe morir algo lentamente para volver a nacer era la que más me llamaba la atención, significaba muchas cosas que aún no alcanzaba a comprender. Con mis cuarenta años recién cumplidos, me comenzaba a causar una inmensa nostalgia.

En un momento extraño, mis ojos dejaron de observar la luna y se cruzaron con los de Anette. No supe que decir y ella me besó, puso mis manos sobre sus pechos, eran grandes y firmes. Traté de dejarme llevar y no pude, así que la aparté.

- ¿Qué te pasa? – Dijo ella un poco molesta.

Tomé el sobre de la mesita y se lo entregué.
- Toma. Esto no va a funcionar.

Me miró por un instante, con indiferencia. Abrió el sobre y miró el dinero. Tomó su bolso y se dirigió hacia la puerta.

- Vieja loca. – Murmuró y se fue.

La realidad era que cuando llamé di un nombre al azar y llegó ella. Estaba muy nerviosa y cuando me preguntaron “¿Cuál de nuestras chicas quiere que la acompañe?” lo primero que vi fue una revista y salió el nombre: Anette.

Miraba a la ventana recordando cómo fue que comenzó todo esto. Cuando era joven, tenía un novio que miraba a toda mujer que pasaba y cuando me di cuenta más que lastimarme me dio curiosidad. No entendía porqué lo hacía y quise averiguarlo. Estaba en un autobús y comencé a mirar a todas las chicas que subían. La mayoría en las que me fijaba tenían mi edad o mi complexión o traían puesto algo que llamaba mi atención.

Casi cuando llegaba a casa, subió una chica muy sonriente, con una blusa blanca y cabello suelto. Me pareció bonita y me hizo sentir bien que me sonriera. Quedó de pie junto a donde yo estaba sentada, yo tenía ambas manos sobre los tubos para sostenerse del asiento de enfrente, así que también comparé nuestras manos. Sus uñas eran cortas, pintadas de color rosa claro.

Y de pronto lo sentí. La chica puso su pulgar bajo mi mano y comenzó a acariciarla despacio. Estaba sorprendida, me sentía excitada y emocionada… debido a una muchacha hermosa. Nunca antes se me había ocurrido que tuviera esa inclinación, o esa curiosidad. Y no solamente lo estaba considerando sino que lo estaba sintiendo, y era una sensación preciosa. Quité la otra mano y traté de contestar la caricia, correspondiendo a la mesura y ternura de la desconocida. De pronto miré la ventana y ya había llegado. Me levanté de golpe y le sonreí dejándole el asiento. Al bajar me reproché muchas veces el nunca haberle preguntado su nombre, o su número.

- Ahhh pinche cobarde. – Me dije a mi mísma en voz alta, tomando el teléfono.

Volví a marcar y me contestó la misma voz de unas horas atrás. De nuevo el rollo de la contraseña que venía en la tarjetita de acompañantes. Eufemismos y más eufemismos.

- ¿Alguna chica en especial? – Me dijo la voz ajena esa, con un tono que me pareció graciosamente profesional.
- No, ninguna. – Dije tratando de que no me temblara la voz.

Volví a mi cocina azul baño por un café o una cerveza o las dos cosas. Terminé sirviéndome agua fría, y me llevé el vaso para volverme de nuevo un manojo de nervios y esperar. Regresé a la ventana para mirar a la luna y le sonreí. Estaba acabando de beber el agua cuando sonó el timbre.

lunes, 17 de mayo de 2010

Me encontré una carta que me escribí hace mucho.






Me encontré una carta-post-recado de hace mucho que tenía por allí. Es curioso que hable de ciclos porque -coincidencia- mañana regreso a mi tierra. Esta era yo hace tres años... creo que debería hacerme más caso.

Aunque... -coincidencia- en este momento también soy feliz.



VIERNES 20 DE JULIO DE 2007

Propósitos

Cada vez que voy a casa es como cerrar un ciclo. Me da tiempo de no pensar.
Mañana regreso a casa y no quiero llevar nada en mi cabeza ni en mi corazón. No quiero resolver nada en ese tiempo. Así que cierro mi ciclo y me propongo cosas simples que pueden ayudarme a cerrar el siguiente ciclo sin apurarme por no pensar.

- No voy a volver a hacer el amor con alguien que me hace llorar.
- No voy a llorar por los sentimientos de alguien más hacia mí.
- No voy a realizar/decir cosas para dar gusto. La gente es complicada. Cuando me muera al fin y al cabo la única conciencia con la que voy a lidear es la mía, así que mis actos deben ser coherentes con mi sentir.
- Si alguien se ofende por algo que digo o hago y en lugar de decírmelo me hace caras no voy a llorar en el baño, ni en la sala, ni en la cocina, ni en el parque. Bueno etc.

- Si alguien cree que no me entiende (o no me entiende), no voy a demostrar nada. Aunque esté enamorada y quiera que vea lo que soy.
Si no me soporta, pues que no me quiera, si hay interés, pues que me conozca.

- Voy a sonreír por una pendejada diario. Por cualquier pendejada, quizá así se le haga costumbre a mi corazón ser feliz nomás porque sí.

En mi próxima visita a mi tierra voy a volver aquí a ver si es cierto que muy disciplinada. A ver como le hago. Pero he decidido ser feliz como Dios me de a entender. Y en este momento lo soy.


martes, 11 de mayo de 2010

Caos.






La entropía está en todos lados, en la cabeza de cada uno. Es mucho más fácil esparcirse que concentrarse. Hoy es mi tercer día jugando con los cerebros de animalitos (aprendiendo pues). El cerebro tiene mapas pero aún así me abruma, de trabajar con una célula (una célula y sus desmadres) a trabajar con toda una red conectada (y sus desmadres) es abismal. Técnicamente es casi lo mismo pero a la vez no. Las implicaciones de casi todo se multiplican con las variables… y sueño que me explican, y sueño que leo. Y hay cosas que no se si me las inventé (o las soñé) o las leí de verdad. Voy a terminar pensando por instinto.

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Entropía me recuerda a mi clase de termodinámica. Pero no a la clase de la secundaria (donde sí aprendí algo) sino a la de maestría, dónde escucho el blablabla de un profesor que tiene dentro de su cabeza la manera más caótica de pensar –y de comunicarse- junto con la obsesión compulsión de un señor cuadrado cuadrado.

Es como si su cabeza fuera incapaz de seguir un orden lógico, simplemente continúa yendo y viniendo y dando vueltas y preguntándose y deteniéndose. Lo cuál es muy bonito si trabajas de profesor-investigador y te pagan por eso… pero para un estudiante que tiene que terminar su tesis a la de ya, que come y va al baño entre experimentos y clases... Aunque a mi me parecía divertido imaginar su caos y de pronto pausarlo. Cuando tenía energías. Sino lo dejaba revolotear:

Siperoparacualquierproblematermodinámicoesmuyimportantedefinirprimerotuuniverso. Porque ¿quéeseluniverso?Imaginenesteproblemacambiandoelsistema¿cambian los resultados? ¿pero porqué? (…)como las variables, comocuandotudiceshaydiferenciasignificativa pero no. Ves los coeficientesdevariación y…


Yo bromeaba con que algún día le iba a diluir tafil en el café. Nada más para verlo conversar a una velocidad normal. El señor es interesante.

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Diez de Mayo y yo tratando de marcar mediante tarjeta mágica a México, a mi madre, (me da pánico esperar a llegar a la casa y que se nos haga muy tarde cómo siempre).
Tomo el teléfono de la oficina de mi novio y marco 9 para que salga la llamada.
Tomo la tarjeta prepago y marco uno ocho cero cero nueve tres nueve siete cuatro nueve cinco.
Me piden el PIN y marco otros nueve números.

- ¿Se marca 1502 para México?
- Ajá.

Marco uno cinco cero dos más clave de la ciudad, más número telefónico. Oigo una vocecita en espanglish que ese número no existe.

- Aerolíneas Oso, ¿Se marca uno cero dos?
- No, uno cincuenta y dos. – Me dice desde la matrix de su trabajo.
- Okei.

Cuelgo, marco 9 para que salga la llamada, uno ocho cero cero nueve tres nueve siete cuatro nueve cinco. Espero que pidan el PIN y marco otros nueve números, luego con mucho cuidado marco uno cinco cero dos, clave de la ciudad, número telefónico. Me equivoco. ASH. Me quiere dar risa, Cuelgo de nuevo. Marco 9 para que salga la llamada, uno ocho cero cero nueve tres nueve siete cuatro nueve cinco. Espero que pidan el PIN y marco otros nueve números, luego con mucho cuidado marco uno cinco cero dos, clave de la ciudad, número telefónico.

El numerou que usted marcou no essta in service….

- ¡¿Es cinco CERO DOS o UNO CINCO DOS?!
- No, se marca CERO ONCE CINCO DOS más la clave de la ciudad….

Ya no lo oigo, otra vez marco nueve, oigo línea, después el 1800…

Dos intentos después, suena el teléfono y me pasan a mi mamá.

lunes, 3 de mayo de 2010

Una de tantas.





Una vez, por andar siguiéndole las causas a una señora que visitaba seguido (era una viuda que fue mi casera y le tomé genuino cariño); fui a una reunión de cristianos.

Llegué temprano en domingo y fuimos juntas. Yo iba como he ido muchas veces a muchos lados (nomás de ondas) pero aparentemente en esos grupos como que no es común y todos me recibían tipo “démosle la bienvenida a la hermana…”. Quería volverme invisible, pero como eran como veinte chícharos nadie me ubicaba y como que eso me hacía notar.

La reunión en sí no la recuerdo bien, recuerdo que hubo cantos y todo muy bonito. Lo que no me gustó fue que todo mundo ya daba por hecho que era una de ellos y que los iba a ver todos los domingos forever amén. Bueno, eso y que yo a ratitos me distraía (me distraigo muy fácilmente) y me imaginaba que alguien iba a notar mi tatuaje y me iban a regañar o algo así. Lo que tengo más presente –y creo que fue lo más incómodo- fue que cuando se terminó la reunión (¿se les dice reuniones?) todos se despedían de mi efusivamente esperándome para la siguiente reunión y se formó una línea de chavitos muy modositos todos peinaditos y formales (yo los vi como cinco años menores que yo, mínimo) que se iban presentando de uno en uno. Estaban chiveadísimos y a mi me daba entre pena y risa. Una señora me preguntó mi edad y casi les pone marcatextos a los que “me quedaban” (también timidísimos). Yo que soy superparanoica ya las veía planeando mi hipotética boda.

Nunca volví.

lunes, 26 de abril de 2010

Idealismo mágico.





Yo soy melindrosa con la comida: le hago el feo a los mariscos y a los pescados (bueno el atún enlatado si lo como pero si tengo otra opción probablemente no lo haga). Es malo ser melindroso porque uno se pierde de nutrientes y de alimentos que son bastante completos. Pero es cuestión de gustos (y del hecho que puedo escoger).

La mayoría de las personas que conozco y ciberconozco (i.e., blogger, twitter, y léase cualquier amigo imaginario de por allí) son melindrosos pero en otras cosas: música, libros, películas, ropa, creencias, etc. Y creo que es lo que le da sabor a las averiguatas interminables que nunca llegan a nada (quizás a generar bandos) sobre si a equis o ye tiene malos gustos según dobleu o zeta.

Poniendo esto por sentado. Confieso que una de las ideas ridículas que tengo son prejuicios con las personas que se llaman a si mísmas “escépticos” (escepticismo: desconfianza o duda de la verdad o eficacia de algo/ doctrina de ciertos filósofos antiguos y modernos, que consiste en afirmar que la verdad no existe, o que, si existe, el hombre es incapaz de conocerla**).

(llueven tomates).

Me explico: no tengo nada contra el escepticismo per se (de hecho me consta que el negar lo que se quiere probar es una de las partes más útiles del método científico: e.g., Hipótesis nula). Lo que no me he podido encontrar hasta ahora son personas que digan “soy escéptico” sin hacerlo mamonamente y pendejear a los demás (tiene que haber en el mundo de los autores eruditos, la aseveración es –aclaro- dentro de mi grupo de mortales conocidos). Yo soy más fan del pensamiento crítico (sistema filosófico de Immanuel Kant/ Teoría metodológica que somete a crítica la posibilidad del conocimiento, sus límites y sus fuentes**). Para todo lo que yo hago (investigación o no) me funciona más el pensamiento crítico que el escepticismo. Inclusive en las situaciones más curiosas o increíbles se puede obtener información a partir de ser crítico con lo que se observa/experimenta/percibe. Y en mi experiencia se obtiene más información desmenuzando fenómenos que negándolos.

Y vuelvo a mi melindrosidad.

Por ejemplo, si en respuesta a este post llovieran links y/o debates de gente que se dice a si misma escéptico (conste, es diferente conocer a una persona graciosa a una persona que se llame a si misma graciosa) y me refutan todo y lo hacen de una manera linda y humilde; al fin tendré ejemplos y –yupi- estaré equivocada. El quid no es la razón, sino los modos.

Me considero melindrosa con la gente que se cree más que los demás. Es raro, pero dentro de mi burbuja he visto que cada persona aprende según sus circunstancias a diferente paso. Si hay cosas que nos afectan a todos (como leyes basadas en supersticiones viejitas o el derroche de recursos), sin embargo, yo creo que es más fácil mejorar las cosas educando no censurando. Promoviendo el pensamiento crítico, creando generaciones más preparadas y curiosas que lo que somos nosotros. No instalándonos en creernos superiores porque hemos tenido la oportunidad de saber y la inquietud de pensar.

Estoy consciente que soy ridículamente idealista. Pero tengo la bendición de poder decidir que ideas saborear.

**DRAE

lunes, 19 de abril de 2010

Soñando.






Tengo veintisiete años y no tengo casa, ni marido, ni hijos, ni dinero, ni trabajo (espero que esto último cambie pronto, como dice mi yo interior: en esas ando). Lo único que tengo son sueños. Estoy en la etapita incómoda de un principio. No la padre donde las ilusiones te ayudan a nada más ver lo bonito... sino en esos principios donde la realidad te golpea la cara constatemente y te hace tambalear.

Este principio tengo que sobrellevarlo y lo hago con más tenacidad de la que dispongo. Ni es mi idioma, ni son mis amigos, y todo es tan espantosamente desconocido (y lleno de momentos embarazosos que dentro de unos años se convertirán en algo gracioso -espero-) que me cansa y me asusta. Lo que me mantiene constante son mis sueños. Los sueños que construyo, los sueños que me han llevado por el camino difícil desde hace ocho años. No me doy baños de grandeza: me han ayudado mucho... he tenido amigos y gente que me ama que cada pasito lo han hecho más fácil. Y aún así de pronto me suelto chillando en los rincones de la nada, aún así me siento desvalida a ratos. No me he acostumbrado.

Algunas veces veo a las personas que todo se les da de la nada (léase buena suerte, palancas, dinero, relaciones)... y me pregunto si mis ganas de hacer las cosas a mi modo no es lo que me tiene batallando tanto. Probablemente lo sea. Pero aún así, no cambiaría mi idealismo por una existencia zombie llena de clichés, por una telenovela predecible chafa.

Mi evangelio son mis sueños. Absurdos, tontos, cansados, ñoños, mágicos, lentos, inconstantes. ¿Lo más incoherente? Los cambio muy seguido.

Pero me sigue gustando más así.

lunes, 12 de abril de 2010

Línea de apoyo moral.




Debería hacer una línea de apoyo moral. Es padre que todos cuentan conmigo cuando algo se les desmadra en sus vidas. Tengo el don de que casi siempre le atino a lo que está pasando con los datos que me dan, y que -aunque me encanta el chisme- soy discreta y me hago tonta cuando el problema explota. Yo creo que doy buenos consejos porque me siguen preguntando que pienso. A veces no opino nada porque -sobretodo entre mujeres- en ocasiones no quieres una solución sino empatía y alguien que te diga que entiende cómo te sientes.

Pero en ocasiones te topas con cosas que te afectan indirectamente. Cosas en las que no existe una respuesta correcta... y que si existe no está en tus manos. Situaciones que te bloquean y te consumen. Y tu sentido común te advierte que lo mejor es no meterse. Que no importa lo que hagas no puedes resolver nada y que de cualquier manera todos van a salir lastimados. Inclusive tú.

Hay situaciones en las que uno no debe asomarse.

lunes, 5 de abril de 2010

cansada.






Me molesta y me entristece que las personas que le sacan la vuelta a los caminos fáciles, que se esfuerzan y se superan se queden estancadas en un mar de pretextos alrededor. De alguna manera terminan dependiendo de las firmas y los sellos y las decisiones de cabecitas huecas que se embarraron en el lodo por un poco de poder. Y usan ese poder para chingar a los demás una y otra vez.

Me cae gorda la gente pendeja. No la ignorante (porque hay personas que aunque no sepan los nombrecitos científicos de las cosas tienen sentido común para entenderlas) sino la pendeja. La gente pendeja es aferrada. Le muestras su error y se amachan más. Si pudieran, cambiarían las cosas que no se pueden cambiar (como que el carbono tiene cuatro enlaces, y la gravedad es una fuerza real) antes de admitir que se equivocaron. Y hay muchos pendejitos con poder.

Estoy harta de las personas que quieren que lo que SU religión dice que SU Dios piensa sea ley para los demás. Un Dios debería ser una fuerza unificadora del mundo. En lugar de concentrarse en cosas que nos afectan a todos (cómo el manejo de recursos, que somos demasiados, que nos hacemos daño entre nosotros, que hay pedacitos de tierra de gente que muere por obesidad y pedacitos de tierra de gente que muere de hambre) se enfocan a juzgar qué hace cada quién con su cuerpo, con su mente, con su corazón. Yo sí creo en Dios, no como un señor barbón sentado viendo el mundo en una telesota. Sino más bien como una fuerza abstracta. Si me equivoco y existe el señor barbón perfecto, creo que le caería gordísimo ver como la humanidad nomás no avanza tomándolo como pretexto.

Me siento fastidiada de tanto cobarde, de tantas personas que destruyen con palabras, golpes y decisiones y se esconden. Que son capaces de desmadrar algo que no puede defenderse porque se sienten amenazados por su belleza, por sus capacidades, por su valor. Pero que cuando se enfrentan a alguien o a algo de frente, agachan la cabeza y siguen de largo almacenando más odio y asco para desquitarse cuando encuentren algo débil que lastimar.

Me desesperan los cínicos y pesimistas que lo único hacen es esparcir su mala vibra. (sí, como yo ahorita). Me gusta la gente que lucha de a poquito y propone. Que no se rinde, que cada cosa que no le parece la discute. Que puede ver su error en pruebas, que si le demuestras que no tiene razón lo acepta y lo entiende. Me gusta la gente que tiene el suficiente sentido común para mejorarse a sí misma y hacer mejor su alrededor. Que evoluciona.

lunes, 29 de marzo de 2010

Dos palabras.





Dos palabras, esas dos palabras pueden salvarme de una muerte tortuosa. Camino torpemente por las cuerdas en mis pies. Pero no tengo miedo… camino con la frente en alto y sé que eso asusta más a mis guardias. Detestan no ver el miedo en tus ojos, de pie frente a todos percibo curiosidad, asco, miedo, pero sobretodo rencor, mucho rencor.

Y allí están sus ojos entre la multitud. Mirándome.

“… invocadora de demonios, ha pactado con ellos entregar las almas cristianas de la comunidad…”

Lamentablemente no me sorprende que me entregara. Me entristece pero no me sorprende, quizás los rumores tengan algo de razón y soy mucho más anciana que lo que mi piel muestra.

“… ha lastimado a la comunidad al pervertir a jóvenes cristianas y ayudarlas a asesinar a sus no nacidos hijos…”

Lo miro fijamente y le sonrío. Estoy nerviosa pero trato de terminar todo esto con dignidad. Se que les hacen a las acusadas que niegan las historias que inventan improvisadamente mientras las arrestan. Los gritos y las piedras que me golpean me impiden escuchar completamente la lista de los cargos… aunque no importa mucho ya.

“… promoviendo el uso de infusiones para seducir a hombres de bien, pervirtiendo sus almas inmortales como ofrenda a sus dioses paganos…”

“… Dios dijo: a los hechiceros no los dejarán con vida…”


El ruido se desvanece poco a poco cuando el juez se dispone a darme la palabra. Todos lo respetan lo suficiente como para saber cuándo guardar silencio. Mis nervios se incrementan pero trato de no quebrarme. Sus ojos me dicen que está seguro de lo que hace, confiado en ser un servidor divino.


─ ¿Niega usted estas acusaciones en contra de Dios?
─ No, señor.

lunes, 22 de marzo de 2010

Conclusión.




La primera casa de asistencia de la que me corrieron no fue pesadilla anunciada, sino todo lo contrario. A los tres meses yo me había adaptado perfectamente y ellos se habían adaptado muy bien a mí. Me invitaban a sus reuniones familiares, a misa, a fiestas. La señora de la casa me trataba como si fuera su sobrina. Una pariente lejana que se había instalado bien. Las dos hijas que vivían en la casa me procuraban mucho, acampábamos en el jardín… nos contábamos secretos. En aquél entonces yo tenía un carácter muy bonito: era tímida tontolona, igual de ñoña pero más disciplinada y buena gente tirándole a pendeja.

En fin, por una razón que no viene al caso (porque da como para una telenovela chistosa de veinte capítulos) yo andaba quedando con el sobrino de la señora, que como ni vivía en la ciudad ni se aparecía seguido para visitarme (cómo yo suponía que lo haría) pues en un principio no había afectado para nada la interacción con su familia aunque todo mundo sabía que había algo… hasta ese día.

Resulta que susodicho –quién descubrí de a poquito era increíblemente antisocial- nos invitó a salir a su prima y a mí. Cosa rara porque sus visitas se resumían a leer y mirarme y escucharme (porque yo batallaba horrores para hacerlo platicar). Llegamos a un lugar donde empezamos a jugar billar. El pidió una cerveza, su prima un refresco y yo agua. Lo vi como más animado (yo pensé que porque siempre ganaba) y así estuvimos un rato los tres todos felices a risa y risa. Después de un rato nos invitó a comer allí mismo (¡hamburguesas!), el siguió cerveceando y los tres platicando.

Pues regresamos (recuerdo que nos pidieron regresar antes de las 5 p.m.) y allí empezó la dimensión desconocida. Yo vi a susodicho pasar de relajado-contento a asustado conforme llegábamos a la casa. Y afuera nos estaba esperando toda la familia seeeeeeeria seeeeeeeeria y la mamá de él hecha un energúmeno.

- ¿TOMASTE VERDAD?
- No mamá.
- ¡HUELES A ALCOHOL!

Entonces una de las primas (que no vivía en la casa) me preguntó bien encabronada:

- ¿Bebió algo?
- Sí… (todavía yo no alcanzaba a captar el escándalo… no lo podía creer).
- ¿Qué se tomó?
- Como tres cervezas creo.

Mientras decía eso miraba cómo la señora encabronadísima metía a su hijito al carro (y lo vi a él con lágrimas en los ojos), a la prima que iba conmigo creo que también le estaban poniendo un cague y por primera vez no me invitaron. Se estaban yendo cuando la prima que no vivía allí me detuvo en mi camino al cuarto y me dijo: “si no nos vas a ayudar con el problema de R. por favor no estorbes”.

No-ma-mes.

Pero por supuesto que me solté chillando… ¡no tenía idea que pedo! ¡Y –según esto- había sido mi culpa! Más tarde llamó el hijo mayor de la señora para preguntar por ellos y yo toda idiota le conté el desmadre, el bien lindo medio me consoló y me dio a entender el quid de todo el pedo.

Susodicho era alcohólico.

Y cómo chingados iba yo a saber… (neta, ¿cómo?).

La mamá del tipo (hermana de la señora de la casa) era una señora intensa-machista. Estaba medio traumada por su divorcio y necesitaba a un hombre para que le diera el visto bueno a sus decisiones. Lo que a mi más me sorprende al recordarlo es que era médico, tenía su consultorio y era dos tres exitosa. Pero por alguna razón bien complicada no podía comprarse una bolsa con su dinero sin preguntarle a su único-hijo-el-mayor “¿Cuál de estas dos me compro mijo?”. Cuando iban de visita casi amarraba al menso del hijo a una pata de la cama (dormían juntos o en la sala o en el mismo cuarto) y me llegó a preguntar que porqué no cerraba la puerta de mi cuarto con seguro (no fuera a violar a su hijo que no me hablaba). La señora era tan pero tan metiche que me regaló un cassette con clases de catecismo porque se apuntó para ser mi madrina de primera comunión.

(De la que me salvé me cae).

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Conozco a una persona que tiene un trabajo fregón, tiene estudios, es responsable, tiene salud. No le pide nada a nadie pues y es considerada la oveja negra en su familia por estar divorciada.

Mi familia es tan disfuncional que nadie es incómodo. Mi madre alguna vez me dijo “creo que tu familia es la prueba que el realismo mágico existe mija” y es cierto. Hay de todo. Los machitos malaonda casi no se juntan porque la mamá a todo mundo ajusticia pero no me son incómodos… mi primo que se escapó dos veces de rehabilitación tiene una plática divertidísima y es muy lindo. Mi tía bipolar me adora, mi tía postiza (que se separó de mi tío) es graciosísima y nos alcahuetea todo. La tía coda también me hace reir mucho, la típica tía chismosita que ya nadie le cree se acopla. Mi bisabuela malhablada, grosera y tradicional nos quería mucho a pesar de llegar con piercings y colores raros de pelo. Mi abuela enviudó jóven y siempre nos cuenta que es lo mejor que le pudo pasar, al parecer mi abuelo era bastante especialito pero mi mamá tiene buenos recuerdos de él. Cada que visito mi tierra hay como tres o cuatro chismes generales (entretenidísimos) que te cuentan en diferentes versiones… pero nadie es más ni menos que nadie. Aunque eso sí, todos chismeamos. Tal vez por eso soy tan feliz siendo tan rara (y viviendo tan lejos, ja).

Conclusión: Es más probable que tu pariente incómodo sea de tu familia política.



lunes, 15 de marzo de 2010

Las horas obtusas.





Personalmente, no puedo conceptualizar horas extras sin imaginar trabajo. Todo ese tiempo invertido: desde desvelarte para ese examen difícil, hasta tener pesadillas la noche antes de una presentación importante.

Pero las horas extras per se tienen su encanto. No todo es trabajo, no siempre sale todo bien o mal, no siempre son cansadas y tediosas. Pueden pasar muchas cosas.

Trabajé-estudié un tiempo en investigación biológica*, y una característica que tiene es que los experimentos suelen ser tardados y en muchas ocasiones hay tiempos muertos, así que por lo menos en ese ambiente las horas extras son lo más común del mundo. Entonces como no estás solo trabajando como ostra sino que están muchos de tus compañeros sin el ojo jodón motivador de los asesores, puedes terminar jugando cartas, dominó (o cualquier otro juego que tengas a la mano), tomar fotos de tus compañeros-profesores en internet para hacer photoshop con los personajes a los que se parecen, hacer una guía de supervivencia zombie y demás entretenimientos ñoños.

Pero también –si los ñoños chismosos no se quedaron contigo- te puedes descubrir pisteando en la oficina de equis, besuqueandote con quien no debes, adoptando arañas o palomas que te encuentras (y escondiéndolas en tu oficina como si fueran tus mascotas por semanas) o saliendo a comprar algo porque tienes hambre y terminar en el cine que está cerca de la universidad.

Cuando es temporada de finales, o tienes trabajo urgente, las horas extras se transforman en algo más obtuso, más tipo ley de Murphy. Porque por alguna razón que desconozco todo se descompone en esas fechas (como si el estrés de los estudiantes de medicina y los de postgrado desmadrara los aparatos). Yo he visto el cafecito de maquinita caer lentamente ante mis ojos desesperados, a veces sin azúcar, a veces sin leche, veces sin café, a veces sin vasito.

Lo peor es cuando se va la luz a mitad de un experimento. Generalmente no puedes mandar todo a la chingada tomar tus cosas e irte, tienes que esperar a que vuelva o desmontar el equipo y limpiar el material a oscuras. A veces los muchachos de pregrado andan moviéndole a los encendedores buscando prender los focos en los pasillos donde estudian y te apagan todo. Y, en algunos casos sales, les gritas, les avientas una mochila, prendes todo de vuelta y ya. Pero en otros adiós experimento, y soluciones, y células, y datos, y horas, y mañana mi jefe me va a matar, ash mugres estudiantes, mugres sinodales, quiero a mi mamá y etc.

Independientemente, yo mis horas extras las prefiero en grupo (aunque estemos en distintos cuartos-oficinas-pisos-edificios). Cuando no, te puedes quedar encerrado en un laboratorio en Navidad, toparte al loquito que entró a preguntar si venden mascotas, alucinar que ves al fantasma que se aparece en los pasillos, quedarte dormido hasta el día siguiente, o ver al velador salir corriendo –desnudo- del baño de mujeres.

Snif.

lunes, 8 de marzo de 2010

Supersticiosa.




- ¡Bájate putito!

Me estremecí. No sólo por el grito. También por el tono de su voz, la expresión molesta y lo repentino de la situación. Fue la primera vez que percibí violencia en él.

Llevábamos casi un mes y todo era bonito: la atracción física, los temas en común, el hecho de que me encontrara atractiva y me admirara. Todo esto era nuevo para mí. Ese día en particular caminábamos de la mano fuera de la Universidad y yo estaba platicando algo. Ni siquiera recuerdo qué. No me di cuenta de que pasó una camioneta llena de… ¿trabajadores? ¿albañiles? ¿jóvenes llenos de polvo que miraban por la ventana?. No me di cuenta que me gritaron. No me di cuenta ni qué gritaron. Lo que me despertó de mi burbuja y me hizo voltear fueron esas palabras gritadas hacia la calle:

- ¡Bájate putito!... no seas coyón pendejo, ¡BAJATE!

Atónita, vi que corrió tras del vehículo y que algunas de las personas a bordo también empezaron a gritar cosas pero no pasó a mayores. El chofer no se detuvo.

El incidente duró muy poco pero me sentí sumamente incómoda. De regreso, él caminaba furioso delante de mí. Mientras yo en silencio traté de no pensar –sin éxito- en el susto y en lo mucho que odiaba que me ignorara así. Empecé a divagar porqué no me gustaba la palabra putito, llegué a la conclusión que sonaba a cobarde. Y así me sentía yo, caminando detrás de él sin decir nada y con esa sensación de que existía una parte de él que yo no conocía. Que era capaz de pelearse a golpes con un montón de gente si alguien me decía algo… pero no preguntarme si me sentía bien. De hecho, parecía molesto conmigo.

Obviamente, todo quedó como una anécdota tonta.

Después de cinco años sigo sentándome a llorar en la misma banca, en el mismo parque. Llena de lágrimas quiero escribir una carta larga a mi misma. Quiero enlistar los sucesos tiernos y dolorosos, los plantones, las infidelidades. Quiero entender cómo todo llegó tan lejos, cómo se generó este psicótico juego en el que la violencia que observé ese día dentro de él se volvió en mi contra… Y no puedo dejar de pensar en ese día en particular. No puedo dejar de imaginar que habría sucedido si allí mismo, al hacer caso de mis supersticiosas percepciones, como el putito del camión, hubiera seguido de largo.
Blogalaxia