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domingo, 31 de mayo de 2009

El más maravilloso aparato para realizar sueños idiotas



Hey usted, señor, señora, muzuelo, niño, niña, acérquese, le traigo el invento más increíble para hacer sus sueños realidad.

Empresas Ayjavadrim International pone a su disposición el aparato con el que tendrá la oportunidad de realizar su deseo más oculto y profundo. Nada es imposible para el más maravilloso producto de nuestra empresa. Hoy el mundo estará a sus pies, Ayjavadrim International le regala el más grande de los secretos para materializar sus sueños. Nunca había estado usted tan cerca de evitar que todo lo sólido se desvanezca en el aire.

Deje de imaginarlo, hoy tiene la facilidad, el alcance y la bendición de que sus sueños dejen de ser una simple ilusión, una forma de escapar a su miserable vida, hoy, grábeselo bien, hoy usted podrá comenzar una nueva vida, tal y como lo soñó desde el primer día que adquirió conciencia.

Ayjavadrim international le ofrece, sin costo alguno, sí lo oyó bien, sin costo alguno, totalmente gratis el aparato que le hará dejar de soñar para empezar a vivir.

Lo único que tiene que hacer es descargar el siguiente archivo y seguir las instrucciones que estarán enseguida. DESCARGA ARCHIVO PINCHE AQUÍ

¿Está usted listo para disfrutar de los beneficios que le otorga el más fantástico y prodigioso aparato de la empresa Ayjavadrim International? Si es así, manos a la obra.

Tome su increíble aparato único de Ayjavadrim International, colóquelo sobre una superficie lisa, no tema hágalo, no importa si está en su casa, trabajo, baño o parque. Hágalo.

Doble el asombroso aparato por la mitad en su lado más angosto. Posteriormente sujete una de las puntas que no están dobladas y llévela hacia el extremo doblado de manera que quede un triángulo isósceles, repita la operación del otro lado simétrico.

Luego doble nuevamente el extraordinario aparato de nuestra empresa Ayjavadrim International desde la punta del triángulo más alejada a la arista del ángulo que sobresale del magnífico aparato de Ayjavadrim International.

Repita la operación del otro lado simétrico y repita el paso anterior otra dos veces más. Al concluir estas instrucciones usted está a sólo dos pasos de hacer realidad sus sueños.

A continuación escriba su sueño más secreto y profundo en uno de los costados del maravilloso aparato Ayjavadrim International, sea específico, no escatime en detalles, es decir si usted sueña con hacerse rico defina que es "hacerse rico".

Por último, arroje con todas sus fuerzas y anhelos el aparato para realizar sueños idiotas de la empresa Ayjavadrim International, si el aparato en lugar de materializar su sueño, se incrusta en el culo de la persona más cercana a usted o en su defecto en el culo propio. repita nuevamente las instrucciones de este increíble, espléndido y más más más maraviloso aparato para realizar sueños idiotas de la empresa Ayjavadrim.

Sueños Idiotas

DOMINGO, 31 DE MAYO DE 2009



Me dieron ganas de escribir, hoy que perdí el sueño. Siempre pierdo el sueño en hoteles, más cuando de antemano sé que debo dormir menos de mi cuota normal: 8 horas. Ojalá fuera de paso, pero es un triste City Express. Entre que soñaba y que daba vueltas en la cama, en ese estado entrañablemente soporífero, donde sientes el sueño recorrerte despacio por todo el cuerpo, dejándote disfrutar una languidez envidiable, tuve que ponerme a pensar, desgraciadamente. Luego prendí la computadora, y ando tratando de armar éste post a base de muchos sueños, de ésta noche y de muchas, quizá de años.

¿Se han puesto a pensar qué están completamente solos?. No sé exactamente en qué momento empecé a estarlo. Pero hoy definitivamente lo estoy. Quizá la única diferencia entre ser niños y adultos, es que comprendemos como engañarnos, como olvidar preguntar, cómo conformarnos, cómo discernir entre sueño y realidad.

Mi primer sueño idiota fue aquella niña de cara perfecta, que conocí a los 8, o 9. Creo que se llamaba Denisse. No estoy seguro, pero todavía recuerdo sus delicados caireles negros casi azulados, que peinaba con un listón rojo precioso. Si la veo pasar algún día por la calle, no nos recordaríamos mutuamente. Ella menos a mí. El día que encontré los huevos, tan escasos a esa edad de enviarle unos chocolates a través de un amigo, no estuvo en su salón. Luego pasaron muchos días y tampoco estuvo. Le terminé regalando los chocolates a mi amigo. Se había ido. Se fue el amor de mi niñez. Me dejó con mis chocolates y toda mi debutante ilusión, pensando, aventado a mi suerte en el escalofrío tijuanense de sus recreos de viento frío con sol, pensando qué había podido suceder. Definitivamente busqué ayuda, no podía acabar así. Pero cualquier adulto respetable me daba explicaciones mediocres: ya vendrán otras, así pasa, hay miles de niñas. Aplastar los sueños.

Me enamoré de muchas niñas, que con los años desarrollaban características infames: senos, curvaturas perfectas y juveniles, cinturas heterogéneas, piernas sedosísimas bajo faldas cuadriculadas, tacones, maquillaje. Uf. Cada año qué pasaba se ponían mejor y más deseables. Les pude llamar ninfas entonces. Con algunas hubo cosas rescatables, con otras simplemente cosas. A pesar de que todo estaba tan devaluado para mis años post-pubertos, seguía soñando con sus nuevos cuerpos, quizá con penetrarlas o perpetrarles los combos más indecentes que el intercambio de películas porno me había podido presentar. Venirme en su boca quizá, como un negro lo hacía con una trigueña en un video que vi más de cincuenta veces, mismo que estaba grabado en una computadora, en la clase de informática de secundaria. Pero siempre soñé con Denisse, con caminarla por algún paraíso terrenal, con reírnos columpiándonos en alguna jungla tropical. Y con amarla, y tocar sus caireles negros, con que me diera un beso con sus ojos abiertos, tan grandes.

La vida te enseña a llorar por sueños que se deshacen. Porque los hombres también lloramos, ¿saben?. Uno ya no llora por las ninfas, sino por las Denisse que crees encontrarte, enajenarte y hacer eternas. Que se van, o simplemente les dices adiós porque no son quien pensabas. Porque prefieres jugar a cazar curvaturas perfectas y juveniles, en lugar de invertirle más aspavientos a quien definitivamente no te hace sentir más y más solo. Y te vuelves por periodos cortísimos un Serge Gainsbourg local, bohemio y ebrio, enamorando incautas para sentirte un poco más digno, para evitar pensar en tu sueño, y dejar de delatar tu falta de huevos, pero eres irremediablemente un soñador en huelga.

Después, sigues buscando a Denisse. Pero ya tienes un auto, una vida, un empleo, y hasta unas responsabilidades. Quizá hasta ya viajaste un poco por el mundo, y te besuqueaste unas francesas con olor a pastel. Quizá también te las cogiste, o, ¿por qué no?, ahorraste unos Euros y le pagaste a un par de putas en Madrid para que te negaran simultáneamente la existencia de tus sueños. Quizá hasta tienes una relación seria, o dos. Pero todo es lo mismo. Ya las guapas y dulces niñas de la pubertad, sólo están buscando un semental que se quiera casar con ellas, y hacerlas olvidar sus puterías nombrándolas señoras.

Hace unos días, me encontraba con un amigo, que me platicaba de un gran embrollo, pero grande, con su mujer. Y me decía, dulcemente, que la iba a perdonar, porque era el amor de su vida. Porque eran almas gemelas, porque con los años el amor era más que un par de tetas, era platicar hasta el amanecer, sentirse coincidir en temas esencialísimos. Era saber que no podrías encontrar alguien mejor. Y lo más importante, sentirse amado con la misma intensidad con la que amas.

Y me sentí completamente solo. Y entonces pensé tanto en tí Denisse.

sábado, 30 de mayo de 2009

Oh la la!



-¿De dónde es tu apellido?
-Es francés.
-Oh la la ¡Paris! Di algo en francés…
-No sé nada, no conozco. Mi papá era de allá, se murió, nunca lo vi. Tengo una hermana.
-Ahahaha…. ( Rostro apenado)

Fiasco. La verdad es que siempre he querido ser francesa. Entonces soñé que me recibía con flores, invitándome a tomar una copa de vino y a degustar una pastel de frambuesa de repostería muy fina, mientras que sus ojos se postraban en mí, afectuosos, sinceros ¡Que bueno que has venido, SOY TU FAMILIA! Y después me ofrecía una cama: MI CAMA, y me prometía viajes, dinero, éxito, todo lo que me había negado. Y en cambio, al final de cuentas, me trató peor que a un perro con roña. Que idiota, tanto ella, como yo.

*Mi madre no tiene fotos de mi papá, eso es genial…
*Mi tía me dijo que tenía una media hermana: Elisabeth Rascol.
*La madre de una amiga me aconsejó: tú puedes sacar la nacionalidad francesa.
*La embajada me dio una patada en el trasero.
*Mi papá ni la Ouija me contestó, parece que no es un espíritu popular.
*Puse a medio mundo a buscar a la tal Elisabeth en internet y no apareció.
*No la encontramos porque pensamos que tenía 30 y no 48.
*Lloré mucho y atormentaba a mi madre diciéndole que nunca la perdonaría.
*………………………………………Fui una estúpida engreída.
*…………………………………………………Sigo siendo una pinche estúpida engreída.

En octubre pasado visité a mi amiga L. en Londres. Sabía que uno de los objetivos principales del viaje era ir hasta París, conocer a mi hermana y ser feliz para siempre. Todo fue tan sencillo como llegar al hotel, abrir el directorio y buscar su nombre. El ex novio francés de L. le marcó y le cuestionó acerca de su familia: ¿Su padre fue ____________?, ¿Trabajaba en__________? ¡Muy bien! Hablo de parte de su hermana… ¿Qué usted no tiene hermanas? ¡Claro que sí! Su hermana mexicana…Y ella le colgó el teléfono. Yo no me di por vencida; sabía que hace muchos años se enteró de mi existencia y como puberta ardida amenazaba a mi mamá por teléfono.

“Ella ya es grande, ya es madura, ha cambiado” Me convencía imaginando sus brazos abiertos para abrazarme y que me dijera “Hermanita, no conoces a nuestro papá, aquí te tengo 1000 fotografías”. Así que no me importó, tenía su dirección, debía ir en su encuentro.

Absurdamente yo traía mi equipaje en una bolsa de plástico, como de esas que te dan cuando vas de compras. Pensaba en que a Elisabeth le iba a dar mucha risa y ternura, y me llevaría a Chanel en Campos Elíseos para comprarme un bolso color uva de 300 euros y hasta me imaginaba el olor de su perfume: dulce, dulcísimo ¡Hermana me empalagas!

Pero toqué a su puerta y todo el discurso en francés que había ensayado valió para nada, ya que se negó a abrirme. Sabía perfectamente que era yo quien estaba al otro lado: la otra hija de su padre.

Segundo intento para triunfar. “Está nerviosa, seguro está jugando, tal vez invitó a otros familiares y me van a recibir todos cantando la Marsellesa”… Allons enfants de la Patrie, le jour de gloire est arrivé!

Y me gritó:

I will call the police! Get out!

Y realmente me hubiera conformado con ver su rostro, con que me permitiera saber de qué color eran sus ojos, pero, la puerta nunca se abrió. Y en ese momento me sentí como la sabandija más despreciable, porque no merecía ni que le dieran la cara. Lloré mucho y regresé en tren a Londres no despreciándola a ella, sí no a mí por soñar tanto. Hubiera querido que la Torre Eiffel se me cayera encima, que me ocurriera algo terrible, para que en su consciencia siempre existiera la carga irremediable de la hermana lejana que no amparó, que despreció como porquería. “Sí yo le hubiera abierto la puerta aquella noche, Miriam no estaría muerta”. Que cobardía de no querer suicidarme. Que drama, soy una ridiculez, seguro Elisabeth es lo mismo.

De ahora en adelante hablo con mi padre y le pido que me ayude en ciertas cosas ¡Que no sea cabrón! Me debe muchos regalos de cumpleaños, apoyos, consejos, y luego la mezquina de su hija que me trató espantoso… La verdad es que es un fantasma chantajeado, pero quién le manda morirse antes de velar por mí.


¡Sigue soñando, idiota!


viernes, 29 de mayo de 2009

Un puente


Se dice que, dentro de un sueño, aquello que se imagina como una eternidad transcurre realmente en muy pocos segundos. También se dice que toda tu vida pasa frente a tus ojos justo antes de morir. Yo no defendería con certeza alguna de las teorías anteriores: he aceptado que ninguna causa es lo suficientemente buena para luchar por ella.

De cualquier manera, sí puedo afirmar que el cambio en el fluir del tiempo es siempre la primera señal de que estás dejando la realidad. Quizás éste comience a escurrirse de tus manos en una huída legendaria que te hará correr tras de él; sentirás que debes apresurarte, pues una vida no será suficiente para cumplir todo aquello que has prometido. O quizás, de pronto todo se mueva más y más lento, hasta detenerse en el reflejo de una mirada. Tal vez, en algún momento, el tiempo deje de existir: de golpe, sin más.

Pero los cambios de ritmo, están fuera de mí control. Las concepciones de temporalidad que me rigen son poco menos que un capricho ajeno. Más nada de esto importa ya: saltaré de cualquier manera, saltaré porque no hay más qué hacer.

Sólo ahora comprendo lo ridículo de esta situación. Lo triste es que ni siquiera me gustabas al principio. Me gustaba que te gustara. Me gustaba cómo me mirabas: con respeto, con admiración, con todas esas cosas que yo no era capaz de ver en mí. Adoraba ser adorado e idolatrado por alguien con peores complejos de inferioridad que los míos. Me enamoré de tus ojos, de lo que veía en ellos y supongo que en algún momento me enamoré también de ti.

Siempre supe que seríamos algo platónico. Hasta cierto punto, creo haberme asegurado de mantener lo nuestro así: la imposibilidad nos haría trascendentes, lo no consumado nos purificaría. La verdad, temía lo que pasaría si no te mantenía a cierta distancia. La verdad, si te acercabas más de lo planeado no sabría qué hacer. Siempre prefiero la certeza de una frustración a la duda de una realidad.

Pero comenzamos a planear. Comenzamos a soñar una vida entera que sabíamos jamás se lograría. Creamos historias, personas, situaciones, hogares ocultos para resguardar la esperanza. Nos gustó jugar a lo imposible y nos enviciamos en los simulacros e imitaciones. Creo que entonces perdí el sentido del tiempo.

A la noción del tiempo le seguirían los conceptos de distancia, espacio, razón y lógica. Un significaba no y una barrera sólo lograba acercarnos más. La gracia del inconsciente es que lo distorsiona todo y encuentra una forma de transformar la realidad en una ilusión perfecta. Me asumí como un títere y acepté moverme con las pautas de alguien más. ¿De quién? Sigo sin estar seguro.

Eventualmente el sueño te destruye y la falta de objetividad termina por volverte loco: comienzas a querer aquello que ya habías aceptado jamás tener. Y terminas arrinconado al aire libre, con vértigo, con un irremediable impulso de huir. Y saltas. Como único gesto de claridad saltas.

Se dice que, dentro de un sueño, aquello que se imagina como una eternidad transcurre realmente en muy pocos segundos. También se dice que toda tu vida pasa frente a tus ojos justo antes de morir. El problema es que no sé ya si he pasado una eternidad o un segundo cayendo. El problema es que no sé cuál vida veré antes de morir.

Sólo espero no estar pensando en ti cuando el tiempo desaparezca.

Lo que yace en el culo de Ámber Aravena (historia impúdica de una añeja heterónima que no me deja en paz)



Te llamas Ámber. Ámber Aravena. Como referencia cultural me permito citar que eres chilena. Naciste en Temuco en 1970, meses antes del día en que la Unidad Popular, donde militaba tu padre, accediera democráticamente a su efímero poder. Espero disculpes la falta de pudor, pero voy a contar el sueño que marcó tu infancia y acaso tu vida entera.

Tendrías dos años o en todo caso menos de tres, cuando apareció en tus sueños esa imagen espeluznante: un monstruo rojo, dientón, dotado de un hocico enorme. Por lo que pudiste explicar, el monstruo es escamoso y largo como una serpiente, sin embargo, lo más terrorífico de esta insolente bestezuela no es su aspecto, sino su hábitat.

Resulta que el animalejo habita en las profundidades de la taza del baño o más bien dicho, en todas las tazas de baño del mundo y no únicamente en la de tu casa natal. Un sueño por demás inoportuno, sobre todo si tomamos en cuenta que el monstruo se coló a las profundidades de tu subconsciente justo en la época en que estabas aprendiendo a dejar de cagar los pañales. Al parecer, el monstruo gustaba de salir a la superficie cuando alguien se sentaba en la taza y tú no querías poner en riesgo tu colita. La cuestión es que desarrollaste una fobia extrema a los baños y empezaste a retener mierda en tu cuerpo durante días.

Tu padre, un funcionario allendista de Temuco, encontró la solución: te sacó a caminar por uno de los parques de la ciudad y te motivó a que cagaras debajo de un árbol. “Aquí sólo hay tierra, pasto, no hay hoyo alguno y el monstruo no puede esconderse en ninguna parte”, te dijo y entonces sucedió el milagro: cagaste, sacaste toda la mierda que tenías adentro y te liberaste.

Por la época en que relajaste tus entrañas cagando el parque de Temuco, la CIA y los militares consideraron que ya habían sido suficientes delirios socialistas y le dieron una puñalada trapera a Allende. Ardió el Palacio de la Moneda y tú debiste decirle adiós a tu parque, a tu casa y entrar con toda tu familia a la cajuela de un Renault en donde estuviste metida doce o trece horas hasta que cruzaste la frontera rumbo a Argentina.

Después te subiste por primera vez en tu vida a un avión que te llevó rumbo a ese limbo llamado exilio. La buena noticia fue que el monstruo se quedó en Chile. Tal vez por ser color rojo, los militares pinochetistas lo llevaron detenido y lo torturaron hasta matarlo en los sótanos del Estadio Nacional o puede ser también que la bestia se aliara con la dictadura, pero el caso es que te dejó en paz, al menos por un tiempo. Acaso le parecía demasiado contaminada el agua de los baños mexicanos.

En México DF viviste la clásica infancia de hijo de exiliado (apuesto a que conociste a Roberto Boñalo y a Galo Gómez) Años después tu padre se murió de tristeza y alcoholismo y tú seguiste emigrando a limbos cada vez más difusos. El monstruo de la taza del baño volvió a aparecer en tu adolescencia y aunque a fuerza de empatía has aprendido a entenderlo, todavía suele sorprenderte en los más improbables baños del mundo.

Aprovechando que ya estoy entrado, podría contar la historia de tu contrato matrimonial con un hombre que exigía a gritos una enfermera maternal para su niño enfermo de cáncer, al que empezaste a querer en serio cuando su muerte ya estaba a la vuelta de la esquina. Podría contar que el matrimonio se rompió cuando el cáncer se llevó al niño y sin pecar de materialista, sería bueno narrar que tuviste un divorcio provechoso, que compraste una camioneta todo terreno y saliste una mañana de New Port Oregon dispuesta a recorrer kilómetros al Sur sin volver a dar jamás un paso al Norte.

Tal vez sería divertido narrar la noche aquella de Navidad en que le diste 17 vueltas completas al Golden Gate, tiempo en el cual bebiste a pico de botella un par de casilleros del Diablo, sin que ningún sanfranciscano policía tuviera a bien detenerte. Sin duda a alguien le interesará saber que desde hace años te condené a vivir en una playa de Baja California Sur donde bebes casilleros, tomas pastillas y contemplas atardeceres.

Tu historia la traigo adentro desde hace años y quiero sacarla, arrojarla al papel, pero siempre me quedo con ella, como tú te quedabas con la mierda atorada. Ya volveré a contar tus andanzas Amber Aravena; por ahora creo que me he excedido contando tus intimidades. Se trataba de contar un sueño estúpido y yo cumplí con narrar que en algunas tazas de los más improbables baños, yace en vigilia un monstruo colorado.

DSB


jueves, 28 de mayo de 2009

La intérprete



En el rosario de fracasos que he ido engarzando a lo largo de mi vida profesional de ingeniero computito, uno de los más notables consistió en hacer un sofgüer que interpretara sueños.

Una dama a la que aquí llamaremos señora Cagalana (en realidad, quien caga la lana es su padre pero por razones de brevedad así la rebauticé) tiene la costumbre de hacer un juego con sus amistades. Ella les pide que le narren un sueño que hayan tenido y usando asociaciones libres y sucesivas de las palabras clave de la narración, la señora Cagalana va desgranando, según ella, los significados del sueño. Las amistades con las que ha jugado coinciden que la interpretación que la señora Cagalana hace de su sueño es de una claridad pristina y otras tonterías.

La señora Cagalana se entusiasma con los resultados y no se pregunta, ni por un momento, que puedan deberse a pura cortesía, los da por válidos y recurre a un pariente suyo que a su vez recurre a mí para hacer un sotgüer que mecanice su proceso interpretativo de los sueños.

No queda claro si este producto es para que la señora Cagalana tenga más lana o si considera que es la herramienta de autoconocimiento que el mundo necesita. Lo que sí queda claro es su compromiso con el proyecto.

Cuando yo me entero de lo que iba el proyecto en lugar de decir:

- Yo no programo mamadas, digo:

- Ah, muy bien. Necesitamos un analizador semántico que barra el texto del sueño del usuario y que luego presente una lista de las palabras clave para que el usuario haga sus asociaciones libres. Todo este proceso hay que iterarlo n veces hasta que el usuario lea un texto que sea significativo para él y tan tan.

La señora Cagalana y su pariente están de acuerdo y pongo manos a la obra.

Al cabo de unas semanas tengo ya un prototipo. Voy a las oficinas de la señora Cagalana a enseñárselo y ella dispone a dos de sus achichintles para probarlo. Los achichintles se sientan frente a la PC y teclean algo que hayan soñado. Al llegar al momento de asociar las palabras, la señora Cagalana, en lugar de mantener el culo en su silla esperando los resultados, se levanta y les indica a los conejillos de indias, qué escribir. Iba yo a abrir la boca para decir que creía que la asociación libre la hacían los propios usuarios pero el pariente de la señora Cagalana me indica que me calle.

Después de varias iteraciones de asociaciones de palabras el programa presenta un texto. La señora Cagalana le pide a los achichintles que lo lean y pregunta si es significativo para ellos o si les proporciona alguna explicación a lo que habían soñado. Los achichintles, entrenados para contestar lo que la señora Cagalana quiere oir de antemano, responden que sí y que nunca habían visto un sofgüer que les permitiera mirar tan claramente en los intríngulis de su psique.

La señora Cagalana se emociona. Dice que el sofgüer está bien pero que tiene "áreas de oportunidad" inexploradas. Me presenta a un psicoanalista que me da a leer a Freud y a Lacan, quienes además de ser pésimos escritores, tienden a fabricarse hechos para explicar sus teorías y no al revés que es lo que haría un científico.

A lo largo de los siguientes meses estuve asistiendo a juntas muy raras. La señora Cagalana tiene arrebatos estéticos y contrata a un diseñador.

- Para quitarle lo cuadrado a tu sofgüer – me explica.

El diseñador tolera durante algunos meses, que la señora Cagalana le diga cosas como que el rosa mexicano en el que habían quedado la junta previa ya no le gusta como fondo del programa. Prefiere un azul eléctrico.

- El azul va a poner al usuario en un estado mental óptimo para la introspección – dice la señora Cagalana.

El diseñador aprovecha una junta para avisar que se va. Yo, obnubilado como estaba por la lana de la señora Cagalana y sus modos magufos, despierto del sueño idiota en el que me había quedado dormido y le doy al proyecto el estatus que debí haberle puesto al principio.

- A la chingada de aqui.

Hasta la fecha la señora Cagalana no ha concretado su sueño de convertirse en la intérprete del mundo onírico de los que navegan por internet. Lo cual me lleva a reflexionar que quizá esta experiencia no deba yo considerarla como un fracaso.

Taíb


Sobre todo polvo



Mi padre llegó, me encerró en un cuarto, comenzaron a salir sonidos de su boca. Yo ya sabía. El amor de mi vida estaba muerto.

A los niños los enseñas a lidiar con la muerte con los gatos, con el pececito dorado. Flushhh y bye, compras un pececito nuevo, y ya. Pero al amor de tu vida no, no puedes ir y comprar otro, como si fueran chicles, o manzanas, o servilletas. Estonoestápasandonoestápasandonoestápasando. Habrían de encontrarse métodos más efectivos.

Todo lo que podía pensar ese día era en por qué él, y por qué no ella. Estoy convencida de que eso me hace una mala persona, desear la muerte de otro en intercambio. Brrrr.

Vamos, ¿de qué se trata? ¿Jugamos volados?

Y así como años antes soñé a mi bisabuela, al poco tiempo lo soñé a él.

¿Se acuerdan de un juego de Bugs Bunny para Nintendo? Sí, yo sé, demasiado retro para ustedes jóvenes generaciones. Cuando soñé a mi bisabuela, la iba persiguiendo saltando sobre los cuadritos de las zanahorias. Nunca la alcancé. En algún punto estaba en la panadería de la esquina de la casa de mi abuela. Yo la veía por un telescopio, se acercaba, me besaba, y me decía adiós.

A él no. Lo único que recuerdo es que lo encontraba entre una multitud, se acercaba a mi, y lo abrazaba. Sentí su cuerpo, lo olí, y su aroma era exactamente el mismo desde mi primer recuerdo, el mismo que acompañó todos los cuentos donde fuimos protagonistas. Sentí sus manos rasposas sobre mi cara, su respiración casi enfisémica, su mirada cansada y el calor de su pecho. Lo sentí tan absolutamente mio como siempre fue. Nunca tuve rival.

Un día antes de su muerte lo vi. Y me despedí de él con un beso, un beso nada más, como si fuera un conocido, un compañero de trabajo, un equis en mi vida.

Los sueños son estúpidos porque se sienten reales. Qué pinche broma de mal gusto.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Tuvimos un papá pirata.



A mí me producía risa, a veces envidia, ver cómo los padres de mis amigos parecían tener profesiones "normales". Los niños de mi cuadra y los de mi salón se arremolinaban en los recreos, con las bocas empapadas de jugos y pedazos de dulces atascados en las muelas mientras decían "Mi papá es doctor!", "¿Ah sí? Pues mi papá es bombero", "Mi papà es carpintero y me deja hacer sillitas con él". Martinsito Díaz siempre nos molestaba con que su padre era político ("Mi papá gana más dinero que el de ustedes"), pero entonces solía decir Luis Flores: "Qué tonto eres; mi papá es policía y se va a llevar al tuyo", "¿Por qué?", "Por rata", ya a eso le seguía un enfermizo "Maestraaaaaaaaaaaaaaaa"

Me daba envidia, porque no podía decir exactamente lo que mi padre era. No me hubiera costado trabajo afirmar: "Mi papá es pintor; tiene un taller en su casa y hace pinturas", pero eso no era lo que me preocupaba. En realidad, era su otra dentidad aquello que siempre me remordía por las noches. Yo jamás le dije a nadie, pero es obvio que los demás se daban cuenta, porque mi papá no ponía afán siquiera en ocultar. Así como les digo, es verdad: Mi papá era un pirata.

No, no tenía un barco, ni el sombrerito. Tampoco tenía una pata de palo, aunque él jurara que sí. Ojalá fuera de esa manera, pero mi padre se creía, muy por dentro suyo, un verdadero corsario. Era de imaginarse; desde que lo recuerdo, cuando tenía yo cuatro años, él ya hablaba con acento de irlandés, y el potente "Yiarf!". Nunca supimos la causa de ello, pero mi mamá solía decir que mi padre siempre tuvo esa espinita de poder ser pirata, desde que eran novios, y así se había casado con él. ¿Les da risa? ¿No me creen? Debieron de habernos acompañado a los viajes familiares, o incluso a cada salida, cuando él nos llevaba a una tienda, a la escuela, a un museo, a pasear por los parques.

Yendo en el carro, todo apuntaba a que volvería a suceder aquello que siempre rogábamos porque no ocurriera. Tal vez era cuestión de suerte; ¿Cómo no serlo? pero el caso es que, la mayoría de las veces que salíamos de viaje, había un desafortunado coche varado en la orilla de la carretera, que rogaba por auxilio e incluso un poco de atención. Para cuando mi padre comenzó a hacer esto, mi madre ya había muerto; ya de pequeños hubimos de acostumbrarnos a su ausencia, a la idea descarnada de que el único lazo paterno que teníamos con alguien, correspondía a una persona que hablaba chistoso, que a veces caminaba cojeando y que después tuvo la hermosísima idea de conseguirse un perico. Mi padre tenía, como ya dije, un loro común y corriente, al que le gustaba enseñar palabras como "A la plancha!", "Marinero!", "Sirena!", "Maldita ballena!!" pero con el tiempo el animal se volvió viejo y gordo; más gordo que viejo, y ya le daba pereza decir tantas cosas, incluso se olvidaba de la existencia de mi padre.


Pero como iba diciendo, en aquellos casos donde encontrabamos, durante nuestros viajes familiares, a un coche varado, mi padre ràpidamente detenía el carro y salía de él. No, no esperen que mi padre intetara hacer la buena obra del día: Cuando lo detenía, era señal de que hablaría con nosotros sobre un tremendo plan para poder abordar el otro automóvil: Nos miraba por el espejo de enfrente, con una mirada incendiada de energía, y de lo más acusadora. Se ponía un parchesito que sacaba de la guantera, y entonces decía entusiasmado "Muy bien, corsarios: Está ante nosotros un nuevo navío solo, indefenso, y nosotros vamos a ir por él!".


No importaba cuánto intentáramos detenerlo; porque al final, el relato proseguía (siempre) en una escena con mi padre hablando raro, cojeando, e intentando "negociar" con las personas del otro coche, que para entonces ya se volteaban a ver, extrañadas, y hacían muecas de incomprensión. Algunos inocentes sólo creían que estaba jugando, y le seguían el juego. Pero ciertamente era embarazoso estar ahí plantados un buen rato, con un hombre que intentaba decirles cómo habían perdido su objeto más preciado y cómo debían obedecer a su nuevo Capitán. Ya al final lográbamos convencerlo ,todo el tiempo, de que nuestro Capitán debía ser misericordioso, y permitir que el barco siguiera su camino; porque ciertamente ya tenía una gran acumulación de tesoros, y deíba darles una oportunidad. El hombre carraspeaba, volteaba a su alrededor. Y terminaba por acceder, resultando todo un alivio que decidiera no continuar con su teatrito, y se retiraba sin decir nada, sin disculparse, hacia nuestro coche, con el paso de quien ha perdido una pierna, pero el espíritu muy en alto, por ser tan benévolo bucanero.


Ya dije lo que sucedía generalmente; entonces me creerán cuando les comento que mis hermanos se hartaron pronto de eso. Así es; para cuando ellos ya tenían 13 y 12 años respectivamente, yo era la única que seguía soportando sus desventuras. Ellos ya estaban hartos; no le contestaban, lo ignoraban. Cuando él hablaba y hacía un nuevo plan, sólo se miraban entre ellos, y se ponían sus audífonos, para no tenerlo que escuchar. Y yo observaba con la mirada clavada, a un hombre con destellos de luz espolvoreada en sus ojos, y un alma de niño tardío que parecía brotar por cada una de sus venas. Yo siempre le seguí el juego; le di una oportunidad.

Pero sus deseos se extinguieron, no sé exactamente qué día, y desde entonces, nada de parche, nada de caminar cojeando. El loro lo regaló, porque de cualquier forma ya estaba en sus últimas. Y nunca volvió a hablar con acento tropical. Y me alegré de ello, cuando ocurrió, pero fui una tonta; ya no tenía a mi padre conmigo, y nadie lo hacía. Cada quien en su mundo, mis hermanos estaban felices de que hubiera acabado su etapa como corsario. Mi espíritu, en cambio, se desmoronaba cada que veía a mi padre, frente a un lienzo, con la cara en blanco y la pintura también. Se le corrió el amor por las cosas, casi tanto como la vida de mi madre. Y sólo entonces desee que volvieran sus días de juegos y ocurrencias, pero eso jamás sucedió.


Veo a mi padre hoy en día, como quien ve a una estatua vieja, desgastada, perdiendo cada vez con mayor intensidad sus líneas. A veces todavía vamos por nieve en el coche, o salimos de viaje. Entonces se me viene la ilusión, de que veamos un carro en la orilla, y que él detenga el nuestro. Mi corazón hace Stop en esos momentos, e imagino que me mira por el espejo, que desliza y tantea su mano por la guantera, y que de su boca se asoma un pequeño colmillo, en vísperas de una temprana sonrisa... pero no pasa nada. En esos momentos, no sé quien es más iluso: Si él, por haber tenido aquella etapa ridícula de pirata, o yo, por desear y esperar, que un día vuelva.




Generalmente pienso que lo era él, por desconectarse de la realidad. Pero al notar todo lo que ha pasado, me doy cuenta de que, indudablemente, yo lo soy más.

Falso despertar.



Casi siempre comienza en la cocina. A veces en la terraza y pocas ocasiones en el jardín, a mitad de una reunión. Ella está ahí, siempre está ahí. Al principio siento la misma sorpresa, la misma emoción, la angustia y la felicidad contenida. A veces me acerco a ella y cuando me ve, me abraza y me besa como si fuera lo más normal del mundo. Yo actúo de la misma manera; la beso alegremente y le pregunto cualquier cosa. La respuesta no me interesa, sé lo que va a decir –porque es lo que yo deseo que diga-, lo único que quiero es ver sus ojos iluminarse al hablarme. Ver su rostro llenarse de vida, llenarse del reflejo de mi vida, de la vida que le he dado.

Otras veces me mira de lejos y me ignora. Hago lo mismo, torturándome pero saboreando lo que vendrá, sabiendo que dentro de unos momentos me acercare a ella, pondré mis manos sobre su rostro y diré: “Te extrañé”. Sólo eso.

Pero siempre, sea cual sea el contexto, el sentimiento es el mismo: pena. Mí pena, la suya. El dolor de lo que se perdió. No importa cuanto lo desee y cuantas veces lo reviva, siempre el final es el mismo; siempre llega un momento, mientras la abrazo, en que no puedo más, en que no quiero más. Es entonces cuando despierto, cuando decido despertar. Odio ese momento, el momento del falso despertar porque, por unos instantes, por una eternidad, aún puedo sentirla, sentir su amor sobreimpuesto a la realidad, una realidad en la que no tiene lugar.

A las personas les gusta pensar que los peores sueños son las pesadillas, los mundos oníricos horribles, atemorizantes. Es un error; existe un tipo de sueño aún peor: el sueño lúcido, el sueño en donde sabes que estas soñando, cuando estas consciente que todo es producto de tu imaginación; sueños en donde puedes controlar a voluntad lo que sucede. Para mi es la peor forma de soñar, porque pudiendo cumplir alguna fantasía, algún deseo básico, cedo a algo que conscientemente he bloqueado y sacado de mi vida; me dedico a soñar un sueño perdido.

Ninguna pesadilla se compara a la tristeza de un sueño roto, sobre todo si uno decide romperlo una y otra vez.


martes, 26 de mayo de 2009

The Conspiracy of Seeds



Hoy soñé que te hacía el amor.

Pero desperté horrorizado, pensando en amigos, en el pasado, en la grieta de alguna ventana, y en una canción de Circulatory System. Me incorporé de lleno, desde el sillón donde me quedé dormido, y sentí la ausencia de un brazo, y miedo terrible, llano, vacio, un miedo a nada, que es el peor de todos los miedos.

Retomé todos los elementos del universo, como sugiere Proust, y volví al sitio donde pertenezco. Sentí muy poca tristeza, de verdad muy poca, y para distraerme pensé en sueños ajenos, en esas grandes intenciones que me han compartido otros.

Recordé a mi viejo amigo, Robocop, un punk enorme de espaldas anchas y piernas fuertes; bisexual y bizarro, hermético y siniestro. Años después supe que se llamaba Gustavo, pero le deciamos Robocop por que sacaba siempre una botella enorme de un bolsillo pequeño de sus pantalones. Y por que era enorme y fuerte, y tenía algo de rudo en su cabezota áspera y rapada.

Hace muchos años, cuando yo tenía 16, la policía nos detuvo a todos: Al Punga, al Fausto (el punk, no el skater), al Robocop, al Elias, al Halimi, a mi y al Valerio. Nos metieron como animales a la parte trasera de una juanita, y nos insultaron, nos ridiculizaron y patearon un poco. Al Punga le hallaron media onza de marihuana y dos dosis de crystal, y entonces todos pensamos que estabamos jodidos, sin dinero. Decidimos hablarle a Rebeca, Rebequita, de tetas grandilocuentes, de tetas grandes como dos puñetazos en la nariz, y fácil y divertida como una canción de Crass.

Cuando llegó subió con los dos policías al frente y a ambos les hizo sexo oral para que nos soltaran. Un policía estaba verdaderamente entusiasmado, y yo pensé que Rebeca debía ser el amor de alguien en vez de chuparsela a dos policías, y quise enamorarme de ella, sentir un amor profundo, el amor más grande, el suficiente para sofocar mi deseo de vomitar de asco y de tristeza.

Robocop me platicó entonces, con esos ojos de bruto y de asesino simpático, que él siempre había querido ser policía. De punk a policía, me dijo, como los amigos de Alex de la Naranja Mecánica. Y sonrió con media boca, torciendola con deleite.

Hace poco me hallé al buen Arturo - Arturo el imbécil, de cariño - y me dijo que había hallado a Gustavo en el Hospital General donde trabaja como inhaloterapeuta, que es una profesión muy hilarante para alguien que llegué a ver inhalando cocaina y cemento en la adolescencia. Vi al Robocop, me dijo, y lo vi agonizando de Sida ¿De Sida? Le pregunté, y me dijo que sí, que estaba flaco, esquelético, vociferando y gesticulando entre la demencia de algún parásito cerebral.

Luego medité en mi gran amigo Rod. El tranquilo y cerebral Rod. Tú clase de hombre, a decir verdad: académico, de posgrado, aventajado y tranquilo, a veces inmutable. De amores colombianos, como tú.

Dos días antes había platicado con él, por messenger, y me platicó como al fin se graduaría de cierta universidad prestigiosa - su gran sueño y proyecto -, para ir a trabajar a cierta consultora, donde, entre un sueldo de un millón de pesos anuales, había un bono de ingreso de 45 mil dólares, y un pago en efectivo para comprar un buen automovil.

Ah, ese viejo Rod, mi estimado Rod. La última vez que lo vi fue en Palacio Nacional, donde trabajaba en el equipo de asesores de un secretario de estado. La has hecho buena, mi Rod, le dije, orgulloso, y recordando aquellos días de surf en Rosarito, la música inagotable en el estereo de su automovil, la conversación cerebral, teórica y siempre inconclusa.

Yo no sueño con ser policía ni consultor, y el rostro de Rebeca se ha difuminado y ya no podré recordarlo, aun cuando me esfuerce. Me gustaría soñarla, como algunas veces he soñado a todos los viejos punks de la avenida Revolución y de la calle Tercera. Soñar que me enamoré de ella, y no recordar solamente sus tetas, sus tetas punks.

No me enamoré de Rebeca por mezquino. Por que soy igual que todos los hombres, incapaces de enamorarnos de lo sucio, de lo inmoral, de lo que nos provoca lástima, tristeza, asco, delirio y segregación. Soñamos que el amor es puro, hermoso, un eco romantico de prefiguraciones generacionales, de fabricaciones, no de prevaricaciones. Tendrás que ocultar todo eso que hiciste, Rebeca, todo lo que felaste, las veces que te tomaron entre tres, y borracha te los cogiste a todos. Quizá enmedio de esa mentira, de esa omisión a tu pasado, hallaste a alguien que te amo como a mi me hubiera gustado amarte.

Soñé que te hacía el amor, vida mía; ojalá algún día sueñe que me enamoro de Rebeca a pesar de sus errores y delitos.

Sueños, idiota


Qué sensación esa, la de estar entre la vigilia y el sueño. Cuando estás tan cansado que quisieras dormir tres días seguidos, pero te la estás pasando tan bien que en verdad quisieras no dormir. Entonces empieza la lucha contra el reloj que avanza sin ritmo, te recorta el tiempo y al mismo tiempo te jode más. Y jodido de veras, si el tren que te espera sale a las seis.

La única noche que estuvimos juntos apagué la luz y me apuré a meterme en la cama. Debí haber sido más caballeroso, pensé: la tipa apenas se había desnudado; ella aún estaba de pie y yo le di un rozón por detrás, se lo acomodé un poquito entre las nalgas, y acto seguido me clavé en las sábanas. Al grano, pues, parecía decirle; pero no. La verdad es que me urgía apagar la luz y meterle mano, pero también quería ganar el lado izquierdo de la cama; porque en casa, con mi mujer, yo duermo del lado derecho.

Cuando era joven lo mío era la transgresión: patearle las bolas al sistema, levantar el puño al aire, usar el conocimiento para recuperar el poder –a saber, recuperarlo de quién y para dárselo a quién carajo. También soñaba con viajar, con conocer, con tirarme a un montón de chicas, con escribir un libro bien bueno y tal vez hacer algo de música alguna vez. Con nunca dejarme atrapar por el sistema, y nunca ser como ellos; no darles gusto, no entrar en la horma, no checar tarjeta en un reloj. 
Así que aquí estaba, en plena vigilia. Porque igual supongo que dormir con otra algo de rebeldía lleva en sí.

Qué buenas tetas tenía la tipa. Aunque lo mío siempre ha sido más el culo: unas buenas nalgas redondas son mi perdición. Pero desde que le vi las tetas quise tocárselas, así que una vez en la cama me di vuelo; a obscuras como estábamos no tengo idea de cómo se veían, pero se sentían aún mejor. De pronto, entre que se lo metía como que no quiere la cosa, y entre que se las amasaba bien sabroso, me di cuenta de que me estaba ganando el sueño.

Es tan raro empezar a soñar cuando en realidad no estás dormido. Las palabras se te quedan en la mente como un eco; se te mezclan como fantasmas con imágenes de ayer. De pronto me soñé volviendo a mis parajes de niño, a mis batallas de joven, a mis varios primeros amores. Mientras ella me lo chupaba yo ya andaba en otro lado. Me soñé recorriendo mis caminos pendientes, brincando de ciudad en ciudad, de país en país, cruzando fronteras; cantando canciones conocidas y bailando con chicas adolescentes de faldas cortas y piernas firmes y ojos candorosos y mirada suave. 

Soñé que lo que he logrado, lo que me hace ser admirable, respetado, realizado, dejaba de ser lo que al mismo tiempo me ata y me está secando el corazón. Que los hijos, el empleo seguro, la posición, la casita de mis sueños, la palmadita de mi jefe en la espalda, el auto y el fin de semana, no eran lo mejor que me podía pasar. Soñé que mi pelo aún era negro, que mi voz aún sonaba fuerte, que mi sonrisa no era gratuita y mi tolerancia era menor. Soñé que decía “sí” con menos frecuencia, que decía “por qué” con más convicción, y que dormía del lado de la cama que me viniera en gana.

Sentí la boca seca; tenía que tomar un tren. Me vestí como pude, sin prender la luz y dándole la espalda. Quise escaparme, llevarme el último pedazo de sueño conmigo; evitar su figura desnuda parada junto a una lamparita infame siendo testigo de mis sueños idiotas. Con sus tetas gloriosas y sus nalgas comunes y su airecillo pedante de libertad, siendo testigo de mis sueños; la muy idiota. Mis pasos resonaron en la escalera dos horas después de que me fui.

lunes, 25 de mayo de 2009

Sorteo TEC


Mira la cocina, su piso de mármol, la cubierta de granito... ¡El refrigerador! Está con madre, pero, ¿cómo le haces para llenar toda la alacena de comida? Lo bueno es que los patrocinadores la tienen ahorita bien surtida con los cereales que me gustan, qué rico, qué detalle.

¿Y ya viste la lavandería? ¡Es más grande que nuestro cuarto, no manches! Y ese centro de lavado está como para cobrar por lavar ajeno a todos los de la cuadra. ¿Cuanto saldrá de luz y de agua en una sola carga? ¿Te imaginas los recibos?

Lo que no me gustó es la fuente que hay en el jardín, está medio charra, no sé, como que yo no la hubiera puesto, le quita espacio al asador y además eso de los peces escupiendo chorros de agua está bien out. Tampoco entiendo porqué la raza echa monedas a la alberca, -iba a decir piscina pero así no hablamos acá-. Si me la gano lo primero que voy a hacer es meterme así en pantalones, chinguesumadre, a recoger las de a peso y las de a cinco para ver cuanto es, se me hace que fácil junto 200 bolas; son varios cartones de cheve, cómo no.

¿Ya viste?, se excedieron en el cuarto de la tele, ¡qué pantallota! ¿Tú crees que voy a querer seguir yendo al cine teniendo esta pantalla en mi casa?, Jajajaja, ¡nombre! Además los sillones que le pusieron alrededor están bien ricos para coger; se me hace que aquí nos la viviríamos todas las tardes, a media luz, sin ruido, eclipsados.

Y mira mi amor, ésta sería la habitación de los niños, ¿ya viste el clóset? Órale, ¿cómo le haríamos para llenar los cajones si los pobres siempre anda con las mismas garritas? A lo mejor con el dinero extra que nos dan aprovechamos para ajuarearlos en los outlets que hay cerca de McAllen, ¿verdad?.

Si me la gano, lo primero que hago es una peda de una semana, o un mes, imagínate, un open house chingón, sin horario; les digo en la oficina que me voy de vacaciones y me compro un traje de lino para andar casi en rines por toda la propiedad. Pero juro que nunca seré (tan) mamón, de hecho mi tirada es vender uno de los dos BMW que te regalan y esa lana darla a beneficencia, no sé a donde todavía, pero que alguien también se aliviane gracias a este premio. O podría fundar una asociación, hay que ver.

Creo que también es buena idea que algún sacerdote nos bendiga la casa antes de mudarnos, o de perdido que alguien le haga una limpia. Imagínate toda la gente que la ha visitado, imagínate todas esas vibras que tiene, nunca sabes.

Mmmhhh... no sé, estoy pensando, creo que no renunciaría a mi trabajo, a lo mejor les propongo ser free lance para jalar desde mi casa en trusa larga. ¿Te imaginas la fogata que haría en la terraza con todas mis corbatas? ¿Te imaginas ese fuego azul? Eso sí, me dejaría la barba y la greña, pero ojalá nadie diga que me dio la crisis de la mediana edad, simplemente quiero hacer lo que ahora no puedo, no es que quiera verme de 23 años, en serio.

Pero chin, ha de ser una lanota mantener esta casa... ¡Ya sé!, vendemos todos los muebles que no nos gusten, total son un chorro de salas y antecomedores inútiles. También nos deshacemos de esos espantosos cuadros que hay en la estancia, ésa en donde mero mero entras y hay un candil bien feo y enorme. También lo vendemos.

No había pensado en cuántas sirvientas necesitamos para limpiarla. ¿Unas tres? ¡Ay, cabrón! ¿Y a cuanto nos sale por semana? Se me hace que se me iría mi sueldo en pura chacha. A lo mejor podemos "cancelar" áreas de la casa que nunca vamos a usar como el cuarto de juegos porque ni tu le haces a las cartas ni yo al billar, y nos limitamos a vivir en el cuarto, la cocina, la alberca y la salota de cine. Eso sí, cuando tengamos invitados limpiamos el área social, para que no haya pedo.

Ya me preocupé. Se me hace que no la vamos a hacer con los gastos si es que nos la ganamos. A lo mejor nos conviene vivir aquí nomás unos meses, o semanas. Luego la vendemos y nos compramos otra casa más chica, o nos quedamos en la de ahorita pero la remodelamos bien fregón y lo que nos sobre lo metemos en el banco y vivimos moderados pero holgados de nuestros ahorros hasta que se nos caigan los dientes.

Sí, qué hueva esta casota, además está medio naca, la verdad. Mejor la vendemos, pero antes la desquitamos como si nos hubiera costado construirla. Bueno, ya vámonos, tenemos que ir a comprar croquetas porque la perra no ha comido desde el viernes, pobre, y también hay que poner un tenderete en el cuarto de los niños porque el aire lavado de nuestro cuarto se descompuso oootra vez. ¡Ah!, también hay que llegar a lavar platos y a tender ropa, porque no fue Mary.


Ya voy, pérate, antes de irme quiero ver otra vez esa pantallota de cine. Chingado, ojalá nos la ganemos.

Pastillas para soñar



Dicen que el pobre Roberto murió de sobredosis. Quizá y médicamente tengan razón, pero yo les puedo asegurar que murió por pendejo.

Todo empezó esa noche que soñó que San Judas Tadeo les decía los números del melate. Yo le dije que era imposible que el santo se le apareciera en sueños, ¿Qué le faltaba a él? Nada. Le recomendé que no gastara el poco dinero que ganaba en vano, que se pusiera a trabajar para mí y para sus hijos. Para su familia.

Pero Roberto, tan fervoroso y temeroso de Dios no me hizo caso a mí, si no al santo aparecido. Y con tan mala suerte –para mí- que se sacó 10 mil pesos. Después de gastarse nosecuantos mil en borracheras y ofrendas pa’l santo, por fin me impermeabilizó la casa. Se negó a darme el resto, alegando que era para los "tiempos difíciles". No sabía que ahora se les llamaba así a las putas.

Pasaron pocas noches cuando el santito se le volvió a aparecer en sueños. Le aseguró que grandes cosas estaban por venir y le serían reveladas poco a poco. Roberto no cabía de la alegría y nunca faltó a las oraciones justo antes de dormir, en ese altarcito improvisado.

Cuando pasaron dos semanas y el santo no se aparecía, me echó a la culpa. -Pinche malvibrosa y envidiosa atea, ni quien quiera acercarse cuando estas tú-, me dijo y se fue a dormir con los niños.

Entonces comenzó a soñar un montón de cosas extrañas, como coches sin llanta a toda velocidad en pasto rojo, dinosaurios miniatura en las almohadas, flores asesinas, esqueletos bailando. Al menos, eso era lo que lo atormentaba de día, cuando trataba de encontrar significado a semejantes idioteces.

Ante su desesperación recurrió a uno de esos chamanes de la merced, solicitándole que hiciera una limpia a la casa. Obviamente, el cabroncito no nos dijo nada y sólo nos llevó a Chapultepec. Al regresar, la casa estaba sin electrodomésticos. Por supuesto, el fondo para putas no alcanzó para volver a comprar todo y tuvimos que recurrir a los abonos chiquititos.

Roberto comenzó a dejar de dormir y a padecer insomnio. Stress le dijeron los doctores y le recetaron unas pastillas para dormir. En la primera noche que las tomó, se le apareció el Santo. Ignoro le dijo, pero le agarró una cogedera de quinceañero. Siguió tomándose las pastillas y haciendo cosas raras en el día. Entre otras, compró un burro e intentó internar a nuestra hija de 3 años en un convento. Todo por instrucciones del Santo ese.

Las peleas entre nosotros eran constantes ya que no quería aceptar que, aunque el santo se le apareciera, lo que le pedía eran pendejadas. ¡Acuérdate de los 10mil!, me recriminaba.

Y necio como el burro que compró, se comenzó a hacer adicto a esas pastillas para dormir. Los últimos días también alucinaba y en uno de esos viajes me dijo. “Me voy a morir, no olvides las florecitas diarias a San Judas Tadeo”.

Supongo que en eso, el pinche santo tuvo razón.
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