miércoles, 27 de mayo de 2009

Tuvimos un papá pirata.



A mí me producía risa, a veces envidia, ver cómo los padres de mis amigos parecían tener profesiones "normales". Los niños de mi cuadra y los de mi salón se arremolinaban en los recreos, con las bocas empapadas de jugos y pedazos de dulces atascados en las muelas mientras decían "Mi papá es doctor!", "¿Ah sí? Pues mi papá es bombero", "Mi papà es carpintero y me deja hacer sillitas con él". Martinsito Díaz siempre nos molestaba con que su padre era político ("Mi papá gana más dinero que el de ustedes"), pero entonces solía decir Luis Flores: "Qué tonto eres; mi papá es policía y se va a llevar al tuyo", "¿Por qué?", "Por rata", ya a eso le seguía un enfermizo "Maestraaaaaaaaaaaaaaaa"

Me daba envidia, porque no podía decir exactamente lo que mi padre era. No me hubiera costado trabajo afirmar: "Mi papá es pintor; tiene un taller en su casa y hace pinturas", pero eso no era lo que me preocupaba. En realidad, era su otra dentidad aquello que siempre me remordía por las noches. Yo jamás le dije a nadie, pero es obvio que los demás se daban cuenta, porque mi papá no ponía afán siquiera en ocultar. Así como les digo, es verdad: Mi papá era un pirata.

No, no tenía un barco, ni el sombrerito. Tampoco tenía una pata de palo, aunque él jurara que sí. Ojalá fuera de esa manera, pero mi padre se creía, muy por dentro suyo, un verdadero corsario. Era de imaginarse; desde que lo recuerdo, cuando tenía yo cuatro años, él ya hablaba con acento de irlandés, y el potente "Yiarf!". Nunca supimos la causa de ello, pero mi mamá solía decir que mi padre siempre tuvo esa espinita de poder ser pirata, desde que eran novios, y así se había casado con él. ¿Les da risa? ¿No me creen? Debieron de habernos acompañado a los viajes familiares, o incluso a cada salida, cuando él nos llevaba a una tienda, a la escuela, a un museo, a pasear por los parques.

Yendo en el carro, todo apuntaba a que volvería a suceder aquello que siempre rogábamos porque no ocurriera. Tal vez era cuestión de suerte; ¿Cómo no serlo? pero el caso es que, la mayoría de las veces que salíamos de viaje, había un desafortunado coche varado en la orilla de la carretera, que rogaba por auxilio e incluso un poco de atención. Para cuando mi padre comenzó a hacer esto, mi madre ya había muerto; ya de pequeños hubimos de acostumbrarnos a su ausencia, a la idea descarnada de que el único lazo paterno que teníamos con alguien, correspondía a una persona que hablaba chistoso, que a veces caminaba cojeando y que después tuvo la hermosísima idea de conseguirse un perico. Mi padre tenía, como ya dije, un loro común y corriente, al que le gustaba enseñar palabras como "A la plancha!", "Marinero!", "Sirena!", "Maldita ballena!!" pero con el tiempo el animal se volvió viejo y gordo; más gordo que viejo, y ya le daba pereza decir tantas cosas, incluso se olvidaba de la existencia de mi padre.


Pero como iba diciendo, en aquellos casos donde encontrabamos, durante nuestros viajes familiares, a un coche varado, mi padre ràpidamente detenía el carro y salía de él. No, no esperen que mi padre intetara hacer la buena obra del día: Cuando lo detenía, era señal de que hablaría con nosotros sobre un tremendo plan para poder abordar el otro automóvil: Nos miraba por el espejo de enfrente, con una mirada incendiada de energía, y de lo más acusadora. Se ponía un parchesito que sacaba de la guantera, y entonces decía entusiasmado "Muy bien, corsarios: Está ante nosotros un nuevo navío solo, indefenso, y nosotros vamos a ir por él!".


No importaba cuánto intentáramos detenerlo; porque al final, el relato proseguía (siempre) en una escena con mi padre hablando raro, cojeando, e intentando "negociar" con las personas del otro coche, que para entonces ya se volteaban a ver, extrañadas, y hacían muecas de incomprensión. Algunos inocentes sólo creían que estaba jugando, y le seguían el juego. Pero ciertamente era embarazoso estar ahí plantados un buen rato, con un hombre que intentaba decirles cómo habían perdido su objeto más preciado y cómo debían obedecer a su nuevo Capitán. Ya al final lográbamos convencerlo ,todo el tiempo, de que nuestro Capitán debía ser misericordioso, y permitir que el barco siguiera su camino; porque ciertamente ya tenía una gran acumulación de tesoros, y deíba darles una oportunidad. El hombre carraspeaba, volteaba a su alrededor. Y terminaba por acceder, resultando todo un alivio que decidiera no continuar con su teatrito, y se retiraba sin decir nada, sin disculparse, hacia nuestro coche, con el paso de quien ha perdido una pierna, pero el espíritu muy en alto, por ser tan benévolo bucanero.


Ya dije lo que sucedía generalmente; entonces me creerán cuando les comento que mis hermanos se hartaron pronto de eso. Así es; para cuando ellos ya tenían 13 y 12 años respectivamente, yo era la única que seguía soportando sus desventuras. Ellos ya estaban hartos; no le contestaban, lo ignoraban. Cuando él hablaba y hacía un nuevo plan, sólo se miraban entre ellos, y se ponían sus audífonos, para no tenerlo que escuchar. Y yo observaba con la mirada clavada, a un hombre con destellos de luz espolvoreada en sus ojos, y un alma de niño tardío que parecía brotar por cada una de sus venas. Yo siempre le seguí el juego; le di una oportunidad.

Pero sus deseos se extinguieron, no sé exactamente qué día, y desde entonces, nada de parche, nada de caminar cojeando. El loro lo regaló, porque de cualquier forma ya estaba en sus últimas. Y nunca volvió a hablar con acento tropical. Y me alegré de ello, cuando ocurrió, pero fui una tonta; ya no tenía a mi padre conmigo, y nadie lo hacía. Cada quien en su mundo, mis hermanos estaban felices de que hubiera acabado su etapa como corsario. Mi espíritu, en cambio, se desmoronaba cada que veía a mi padre, frente a un lienzo, con la cara en blanco y la pintura también. Se le corrió el amor por las cosas, casi tanto como la vida de mi madre. Y sólo entonces desee que volvieran sus días de juegos y ocurrencias, pero eso jamás sucedió.


Veo a mi padre hoy en día, como quien ve a una estatua vieja, desgastada, perdiendo cada vez con mayor intensidad sus líneas. A veces todavía vamos por nieve en el coche, o salimos de viaje. Entonces se me viene la ilusión, de que veamos un carro en la orilla, y que él detenga el nuestro. Mi corazón hace Stop en esos momentos, e imagino que me mira por el espejo, que desliza y tantea su mano por la guantera, y que de su boca se asoma un pequeño colmillo, en vísperas de una temprana sonrisa... pero no pasa nada. En esos momentos, no sé quien es más iluso: Si él, por haber tenido aquella etapa ridícula de pirata, o yo, por desear y esperar, que un día vuelva.




Generalmente pienso que lo era él, por desconectarse de la realidad. Pero al notar todo lo que ha pasado, me doy cuenta de que, indudablemente, yo lo soy más.

23 comentarios:

Anónimo5 dijo...

por un momento pense en el comercial de intro de los cines: tenemos un papá pidata¡¡¡¡ jaja


asi es se vuelven viejos y todo se les quedo atras

Rox dijo...

ME encantó! de lo mejor que te he leido :)

Yo tenía un papa payaso. Bueno tengo. Y quizá no tan excéntrico pero también los viajes eran divertidisimos.

vientos

c-berto dijo...

por lo general tus escritos me dan flojera, solo leo unas cuentas lineas y cierro la ventana, pero este me atrapo desde un principio y me pareció bastante bueno, sigue asi ;)

·DaViD· dijo...

que buen escrito.
FELICIDADES

Guffo Caballero dijo...

Ahora entiendo tantas cosas, snif.

Chingón escrito.

- B.tO - dijo...

Por eso te me irás a Xalapa: be-llí-si-mo.


Mi papá soñaba con ser militar, no fue ni la mitad de divertido el asunto.

Y como ya dijo Guffo: ahora entiendo tantas, tantas cosas...

Lenna dijo...

Me encantó este texto, lleno de nostalgia.

Pelo dijo...

Soy fans jarcor del papá de Dudeduda.

Kyuuketsuki dijo...

Dudeduda: Como ya te había comentado, soy bien fans de tu papá porque parece hippie. Y ahora porque es pintor. En mi caso no fue mi papá quien tuvo una etapa payasa: fue mi mamá. Y tsssss, agárrense que ya llegó de nuevo...

Ojalá algún día tuviera deseos de ser un pirata otra vez

Kyuutz

Mr. Ñets dijo...

A su madre!, no pude despegar la mirada de la lectura con todo y un telefonazo que no pelé.

Chingado, muy bueno.

Saludos, Dudita.

Ric dijo...

Grandioso

Foquilla dijo...

Yiargh!
Que bonito :B

El Belo dijo...

Coincidentemente hoy es el cumpleaños de mi papá. 71 años para ser exactos. Siempre tuve una relación padrísima con él. Hasta la fecha es un gran consejero pero sobre todo mi mejor amigo. Puedo hablar con él de todo y a su edad sus consejos me han ayudado mucho.
Perdón por extenderme pero es que tu post me gustó muchísimo y removió sentimientos. Gracias.
Saludos.

Bruxcat dijo...

¿Y si le regalas un nuevo parche? ¿o una bandera pirata para la antena del coche?

Karen dijo...

¡Simplemente excelente!

Anónimo dijo...

jajajaajajaja yo siempre quise ser pirata de nino, hacer asaltos a otros barcos y tomar ron, creci y queria ser hippie tocar sitar y fumar mota. ahora soy los dos y soy bienfelix

Bruxcat dijo...

¡A huevo! ¡Tienes que intentar lo de la banderita!

(y gracias por responder)

LaMaga dijo...

Me encantó.

(Aunque me pareció tristísimo).

Kózmica dijo...

Muy lindo tu texto, me has hecho casi estar en la lágrima. Deberíamos apoyar a nuestros padres con sus locuras, al menos los que sí lo han sido alguna vez.

Mi papá también hacía cada cosa que en su momento me daba pena, ahora me siento orgullosa de contarlas.

Saludos!

Tumeromole dijo...

Soy fans jarcor de dudeduda.

Lo que sea que pueda decir, ya lo sabes. Este post es una chulada, mi capitán.

Israel V.R. dijo...

we, snif, we, snif, te quiero un chingo we

«danito» dijo...

escribes retebonito de tu papá mai dir duda.

re-te-bonito!

Miguel Angel S2 dijo...

Que bonito!!

Totalmente Nostálgico...

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