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domingo, 17 de mayo de 2009

Del ¿Y yo por qué? al ¿Por qué a mi?



El despertador me arruina el sueño justo cuando estuve a punto de convencer a dos morochas de pechos firmes de que cumplieran mi fantasía, ya no de un coito colectivo si no de cogerme a alguien que no se parezca a mi madre.

Abordo el transporte público y a pesar de ser temprano está a reventar, a reventar de gente fea, sudorosa y con las vestimentas pringosas, al menos el vaho hace menos notorio el pinche frío. Alguien tose y pide disculpas. Alguien estornuda y pide disculpas. Nadie se adjudica la autoría de un pedo agrio que ofende a todos. Un sopor inmenso me agobia en el momento en el que empiezo a inventarle vida privada a cada pasajero. Esta vez no había puta alguna, siempre es más fácil imaginar eso que construirles una trayectoria académica frustrada con expulsión inequívoca del catálogo del Conacyt.

De súbito el vehículo se ha vaciado, al fin queda un asiento al que apuro desde la cola del camión, cojo el pasamanos oxidado con fuerza ya que el accidentado camino me sacude lo suficiente como para darme cuenta que soy un gris empleado de baja estofa. Al llegar a mi objetivo los ojos de una mujer embarazada a quien he podido ganarle el lugar por unas décimas de segundo, me reprocha la falta de educación por no cederle el sitio.

¿Y yo por qué? Que se lo ceda otro, total yo no la embaracé y si de caballerosidad se trata hay que tener cuidado en no cogerse viejas tan feas como esta.

Las miradas se multiplican, los reproches silenciosos también, en la radio dan el reporte de garitas, 300 autos por línea con una espera mínima de seis horas. Me paralizo, trato de fijar la vista hacia la ventana. "Mi ruca forever" cita un graffiti en el vidrio, intento leer el periódico pero el vientre de la mujer se encarama entre las notas policiacas y el resultado final Pumas- Tecos, su circunferencia invade mi espacio vital e imagino una barriga inmensa que quiere sofocarme. Sacudo la mano como si de moscas se trataran, la embarazada no recula. Volteo alrededor y ni un pinche cristiano que le ofrezca el lugar.

¿Qué me ven putos, yo por qué tengo que darle el asiento?

Continúan los desplantes y las agresiones veladas, parece que ella está empeñada en arruinarme el día. Suficiente tengo con que es inicio de mes y debo la renta de hace tres meses. Un estudiante de cabello engomado me reta con la mirada y telepáticamente me dice "Ora cabrón dale el asiento", lo mismo hace un sacerdote de hábitos franciscanos, un vendedor de bolis, un guardia de seguridad, un cornudo irredento, un, un...un, hasta que me levanto y pido la parada.

La embarazada se aferra a mi otrora asiento y con ello se regodea en un triunfo que todos celebran entre dientes. Imagino las intenciones y las sentencias aderezadas con refranes anacrónicos "Tarde o temprano la justicia llega", no soporto que puedan estar en lo correcto y antes de descender del camión les escupo un "Por si no lo saben mugrosos, aquí bajaba", apresuro un brinco frenético que me cala desde el talón hasta el occipucio. Pero sonrío, aunque tenga que caminar las 20 calles de anticipación con las que me bajé.

sábado, 16 de mayo de 2009

Por eso...



viernes, 15 de mayo de 2009

El Ciego



Tenía que decirlo, el silencio le quemaba la lengua, el secreto la consumía y quizás por eso me lo contó. Yo tenía seis años, la edad suficiente para escuchar sin entender las implicaciones de lo que se estaba diciendo. 

- Tu abuelo tiene otra mujer, otros hijos: otra familia. Pero nosotros no debemos juzgarlo, no debemos cuestionarlo; no se supone que debamos entender...

No pudo o no quiso seguir, se arrepintió de haber hablado. Bajó la mirada y siguió picando jitomate. Yo reanudé mi juego con los Playmobil hasta que mis papás pasaron a recogerme. Nunca contamos lo que pasó ese día. 

Revelas un secreto a un niño porque no esperas que lo recuerde. Esperas que la verdad contada se olvide y se pierda entre el montón de juguetes, calcetines, programas de televisión, libros y amigos que abandonan la memoria eventualmente. Sin embargo, yo recordé.

Con el tiempo entendería qué significaba esa otra mujer, esos otros hijos, esa otra familia de la que nadie deseaba hablar. Poco a poco ensamblaría las piezas y todo cobraría un nuevo sentido: las deudas, los bancos, la empresa, las casas, las mudanzas, las llamadas, los silencios: las cartas y papeles que mi papá aún guarda en sus cajones y que yo leí a escondidas. 

Lo supe todo y lo culpé por todo. Renegué de él, lo desprecié y lo convertí en el objeto de mis rencores adolescentes. Lo pensé un hombre egoísta, cobarde e incapaz de amar o de responsabilizarse por lo que nos había provocado. 

Después, ella murió y él se vio forzado a enfrentar sus pecados. El hombre distante que jamás pareció necesitarnos ahora era débil y estaba desesperado: solo. Y aún en su circunstancia no era capaz de pedir ayuda, no era capaz de acercarse. Se limitó a ponerse los audífonos en medio de toda reunión familiar y mover la cabeza de un lado al otro frenéticamente mientras escuchaba el partido. Por lo visto, hay lugares de los que no se puede regresar. 

El odio se convirtió en lástima y con el tiempo todo sentimiento hacia él desapareció. Yo seguí con mi vida y aprendí mejores formas de enfocar la rabia. Él cambió de religión, descubrió que tenía diabetes y perfeccionó sus estrategias de manipulación familiar. Ambos supimos que era mejor pretender no conocernos cuando nos topáramos en la calle.

Esta semana me enteré que mi abuelo se está quedando ciego, un revés terrible para alguien cuya principal actividad fue negarse frente al televisor en estado vegetal por cuarenta años. La verdad, es que yo temo a la ceguera y no puedo imaginar cómo relacionarme con el mundo en completa oscuridad. 

Quizás por eso intento ahora encontrar una manera de acercarme a mi abuelo. Intento convencerme que al final hay una posibilidad de relacionarme con él. Me repito que podría haber una manera de perdonar, de dejar todo atrás y de rescatarnos, cuando en verdad no hay nada que perdonar y mucho menos algo por rescatar. No creo en el destino, pero algo me dice que las cosas son lo que deben ser. 

Por años mentí y dije que aquel secreto revelado en la infancia había alterado mi percepción y mi relación con mi abuelo. La verdad es que nunca existió tal relación. Él siempre fue el hombre que me saludaba desde su cama con un billete de veinte pesos para que fuera a comprar algo y lo dejara en paz, viendo su película. Yo siempre fui el niño que subía a saludarlo sólo para recibir esos veinte pesos e ir a comprar cartitas para coleccionar en alguno de mis álbumes. 

Los dos estamos ciegos, y quizás así estemos mejor. 

La universalidad de la puta y el pordiosero.



Los pordioseros y las putas son los seres más universales y absolutos que ha parido la historia humana. No hay época, lugar o cultura en donde no hayan estado representados. Supervivientes de esplendores y decadencias, prófugos de catástrofes bélicas y económicas, su mirada está siempre ahí, a lado del camino, para recordarnos lo mucho o poco de puta y pordiosero que hay en cada uno de nosotros.

Sí, piénsalo y te darás cuenta: los pordioseros y las putas son los seres más eternos de la humanidad.

En todos los siglos, en todas las lenguas y en todos los continentes el pordiosero y la puta desempeñan sin alteraciones su rol en el libreto. El rostro del pordiosero es atemporal. Sobrevive cual roca de mar al paso de los milenios. La mano extendida, la mirada de chantaje sentimental, la humillación perpetua buscando extraer gotas de lástima de un alma estéril. La mirada de la puta, en busca de capturar en su red ese destello de lujuria que irremediablemente saltará a la superficie, el cuerpo buscando disfrazarse de umbral a los edenes del deseo. Vamos a Babilonia tres mil años atrás, vamos al Imperio Romano, vamos a Tijuana, a París o a La Habana: el pordiosero y la puta son omnipresentes. Están ahí, desempeñando un papel milenario, como si el suyo fuera un reflejo innato, un movimiento animal inconsciente, mecánico, como la respiración y la lactancia.

Putas y pordioseros del mundo, hermanados en un alma, conscientes de que existirán sobre el planeta hasta el último día de la humanidad.

Ojo, al hablar de putería no pienso únicamente en gordas sifilíticas desdentadas que visten faldas de colegiala en la calle Coahuila ni en las formas sofisticadas de negocios sexuales para ejecutivos. Después de todo, aquel que trabaja para una empresa casi siempre se prostituye.

En la relación empresa – empleado, este último está condenado a ser la ramera, pero de putería hablaremos en otra ocasión.

Lo que me ocupa en este momento es la pordioserez que me rodea y me sale al paso en cada rincón, cada vez con mayor frecuencia. Vayas a donde vayas en esta ciudad, encontrarás un adicto que te hablará de Dios antes de pedirte una moneda. Estos seres cambiaron la heroína por una droga mucho peor: Cristo. En la mayoría de los casos, son adictos a ambas. El crucificado y los opiáceos se llevan de maravilla. Pero si bien el tecato cristianizado es la forma más frecuente de pordioserez en Tijuana, la verdad es que este personaje enfrenta una agresiva competencia, pues todo mundo hace hasta lo imposible para sacarte una moneda.

Para ser honesto, me intrigan más las formas de pordioserez ataviadas con el disfraz de lo políticamente correcto: donativos para iglesias de dioses ignotos, cooperaciones para organismos filantrópicos expertos en chantajes, apoyos para fundaciones internacionales de apoyo ancianos de cuatro ojos y tres cabezas, alcancías para graduaciones burguesas de octavo de kínder, redondeos en supermercados que les vienen de maravilla en su declaración de impuestos. Si diera un peso a todo aquel que me lo pide, llegaría a fin de mes con las alforjas vacías. Claro, también hay pordioseros de corbata fina que rondan siniestros ministerios mendigando un contrato de obra pública y también limosneros de frases bonitas que salen a la calle a mendigar mi voto; candidatos a diputados creo que les dicen.

El caso es que todo el mundo me pide algo y yo estoy francamente hasta la madre. Es por ello que he puesto en marcha una estrategia, misma que hasta ahora me ha dado buenos resultados. Cuando alguien se te acerca a pedirte una moneda, el 99% de las veces le dices: “ahorita no traigo”. Esa es la respuesta universal más trillada y sólo da lugar a que el pordiosero en cuestión insista. Es por ello que ahora, cada que alguien me viene a pedir una moneda para su iglesia, su fundación, su escuela, su causa perdida o su cura de heroína, yo simplemente le respondo con una pregunta: ¿Y yo por qué?


jueves, 14 de mayo de 2009

La Pregunta

No preguntes, ¿y yo por qué? Pregunta: ¿Y por qué no?



Estoy viéndola... estoy viendo una puta chapata que estaba buscando hace unas horas para hacer mi casting y no usar uno de los tripiés viejos, y feos, que tenemos por ahí.

Cada vez que tenemos la campaña de Julito Regalado, me pregunto... ¿Y yo por qué?

La primera vez que trabajé esa campaña, hace muchos muchos años... recuerdo ese momento tan especial, donde después de haber dormido tan sólo tres horas y estar en el set para presentar a los modelos que tendrían que filmar mañana... había trescientas personas en el foro. Esas trescientas personas (...jo, pensé en ESPARTA), eran una mixtura entre actores, modelos, personal de staff, personal de alimentación, creativos, producción, dirección y clientes.

Nos encontrábamos la directora de casting, y yo, el editor... detrás de la mesa de los clientes. El director (Martínez Solares Junior, si no me equivoco... he trabajado tantas de esas campañas que no recuerdo exactamente donde pasó qué y cuándo), empezó la toma número indeterminado. Uno de tantos jingles empezó a sonar a todo volumen, mientras los extras empezaban su coreografía, una hermosa actriz se paró frente a cámara y...

El cliente alzó sus manos, pidió que pararan la toma y dijo-. Ya sé que es lo que falta en el set y por qué se siente tan solo (sí, mis clientes también tienen momentos poéticos)... Un bebé. Diganle a casting que nos traiga un bebé.

¿Y yo por qué? Recuerdo, que aventé uno de mis suspiros que enervan y emputan a mi jefe. No es un suspiro, yo le llamo así porque me gusta la palabra, es más bien... resoplar, como lo hacen las vacas cuando sienten que no pueden digerir las toneladas de hierba que llenan sus tres estómagos y se les escapan entre los dientes. Yo... resoplé. La directora de casting me miró, como diciendo, “te lo dije cabrón, te dije que iba a pasar algo”.

Unas llamadas telefónicas después, conseguimos un bebé. La filmación estuvo parada dos horas en lo que ese bebé llegaba al set. El bebé, cuya cabeza estaba rodeada por un halo de luz, terminó en las manos de una extra. Siguió el curso de la toma número indeterminada y por fin, llegamos al motivo por el que estábamos la directora de casting y yo.

Teníamos un cassette VHS en las manos donde había una serie de hombres. Lo que pedían en el personaje, era un hombre ejecutivo de muy buen ver, un cuarentón con sus canitas que pareciera se forraba de lana. El truco de ese comercial en especial -de los treinta y tantos que caracterizan a la campaña-, es que presentábamos al supuesto dueño de “la comer” y el dueño de “la comer”, tenía un texto con Julio.

De no tener un texto, uno se saca a un refugiado argentino, venezolano, cubano o brasileño... todos esos están guapos. Presentas veinte. No tienes pedos. Y de todas maneras, ya los habíamos presentado aquella vez. Presentamos una cantidad de personas envidiable, presentamos actores de renombre que pedían presupuestos de su talla, presentamos verdaderos dueños de empresa y gente de vida... “cómoda”, digamoslo así, que nomás por salir en la tele nos cumplieron el capricho de venir a nuestras instalaciones y grabarlos. En nuestras manos, después de sesenta personas, teníamos a nuestras últimas y desesperadas cinco opciones.

Mi cajetilla ya no tiene cigarritos. Sigo esperando una conversión. La puta chapata sigue ahí.

Entregamos el V.H.S. Se supone debían elegir entre cinco personas para confirmar a uno y filmar con él mañana en la mañana. Yo estaba ahí porque creía que eran ficciones exageradas y absurdas que inventaban los directores de casting y de los asistentes que habían ido a las filmaciones.

No les creía. Simplemente, no. En ese entonces, mi trabajo era estar aplastado en una computadora, sorber coca cola, atragantarme de café, fumar como chacuaco y capturar videos, recortarlos, pasarlos a un V.H.S. No hacer preguntas. Sobre todo, no hacer preguntas. Porque entre más preguntas hacía de por qué debía hacer un recorte aquí, y por qué debía poner a esta persona, y por qué tenía que bla bla bla, recibía respuestas que se salían de esta tierra, del sentido común de los seres humanos comunes y corrientes. Cada una de esas campañas se graban en mi memoria con los sinsentidos y los tiempos caóticos que las caracterizan.

Después de lo del bebé, me sentí profundamente receptivo a cualquier cosa. Creo que adquirí el adjetivo “Open Mind (To Absurdity)”.

A huevo. ¿Yo por qué les iba a hacer caso a un puñado de pendejos que sí salían a respirar aire, qué si se oreaban y qué no tenían las nalgas forma de silla que mi trabajo había formado con tanta diligencia?

Dos cigarrillos. Esto es una putada.

Opción número 1, la pasaron en fast forward. Opción número 2, la pasaron en fast forward. Opción número 3, la pasaron en fast forward. Opción número 4, a ver... esperen, ese tiene algo, nah, los engañé. Opción número 5.

Los clientes callaron, y miraron con una atención casi religiosa, a la opción número cinco.

Casi me deshago mi agnosticismo cuando los vi. Josefa, la directora, volteó a mirarme con cara de “ya chingamos”. Yo resoplé, bonito. Tal vez suspiré, no como usualmente hago. Esto es lo que buscamos, dijo alguno. Esto nos da la talla, digo otro. Adelántalo a la actuación, por favor. Alguien con el control de nuestras vidas lo adelantó a la actuación y... el silencio se convirtió en aprobación, en adoración, en carcajadas, en un mundo mejor. Este cabrón lo hace super bien.

-Señor, ¿ya lo confirmo entonces? -preguntó la directora de casting. Josefa. No digo su nombre para que no se busque en google. No crean que por mala onda. Ya que estamos a estas alturas, y la directora de casting ya es un personaje, en cierto grado. Supongamos que se llama así. Espero que no se busque en Google nada más... porque si no, me va a llamar por teléfono, me va a cagotear porque escribí su nombre y de aquella situación vergonzosa, donde nos besamos y...

Estaba en Julio.

-¿Confirmo, señor? -preguntó Josefa de nuevo.

-Sí, confírmalo para mañana.

-Ese güey incluso se parece al dueño de Gigante -dijo alguien.

Se acabaron las risas, los aplausos y los chistoretes.

-A ver, regresa su video. Quiero verlo otra vez.

-Sí... esta igualito al dueño de Gigante (pausa cultural: Gigante, ahora Soriana, era... tal vez, la competencia más grande de Comercial Mexicana. Hasta que Wal-Mart se comió las pastillas mágicas y como pacman, se tragó los Aurrerá).

La directora de Casting me volteó a ver, preguntándome con su expresión lo siguiente-. ¿A ver, gordo cabrón, ahora ya me crees que todas las chuladas que te pido son porque de verdad pasan cosas así, o todavía sigues creyendo que quiero cogerte por el culo cuando llego contigo y te pido una edición de más gente que cité para que nuestros clientes, por fin, encuentren a esa maravillosa persona que tienen en la cabeza, en su cabeza solamente, y que expresan a través de ideas vagas y contradictorias, creyendo que de esa forma dan un retrato preciso de un personaje que sólo puede existir en sus sueños más íntimos, privados, casi cerrados con llave, y sólo algunos cuantos guardan la llave de ese corazón que a nosotros, meros empleados, no nos pertenece y jamás nos pertenecerá, a menos que estemos dispuestos a recorrer la Estigia, a pagarle a Caronte dos monedas de plata, para llegar al infierno y con Virgilio tomándonos de la mano, con toda su sabiduría, nos guíe en ese mar de llanto y lágrimas que nos aguarda a todos en el final, si es que los cielos no nos abren las puertas y Beatriz, la dulce Beatriz, no extiende su mano para jalarnos a las nubes de algodón, y podamos correr con ella desnuda, y los corderitos, y tú, y yo, y nos besamos?

Resoplé, que mamada.

-Señor -preguntó Josefa-. ¿Usted cree que la población general lo reconozca como el dueño de Gigante?

-Lo siento, de verdad, sé que han hecho un buen trabajo y le han echado ganitas, pero necesitamos más opciones. -Me queda un cigarro para terminar la anécdota-. No quiero que el dueño de Gigante crea que lo estamos ridiculizando.

Se me salió una carcajada incómoda, que ignoraron porque era un simple estúpido que estaba pasando por ahí.

-Lo queremos para mañana... a las ocho de la mañana, ¿se podrá?

No. El bebé no había sido suficiente. Muchas campañas después, miro esa chapata, y espero a que se haga el render de unos videos para hacer un DVD. ¿VHS? Pronto, sólo quedarán en los mercados sobre rueda y algunos tianguis donde venden ATARIS y cartuchos de FAMICOM. Mañana habrá un segundo día de casting. El casting no es lo divertido. Lo divertido, son las juntas... y después de las juntas, las filmaciones. ¿Cuántas historias fascinantes, que carcomen el higado y matan el pancreas, se esconderán como elfos traviesos, detrás de los días futuros? Ah... no lo sé. No importa. ¿Y yo por qué? Sí, muchas campañas después, creo, que he aprendido a no refugiarme en un mundo feliz y llorar.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Yo ní sé.




Entrevistador: Bien, podemos comenzar. A ver, ¿Qué lo impulsò a ser blogger?
Blogger: Creo que el ocio y las ganas de escribir. Y que alguien leyera lo que escribo, no sé. Algo así.

E: ¿Fue difícil hacerse de su séquito de lectores/ fans?
B: ¿Difícil? ¿Por qué? No. Pues uno escribe y los lectores son quienes deciden si quedarse o irse. No es de si es fácil o no, la verdad.

E: Pero una norma se debe cumplir, no? Digo, por algo los blogstars tienen sus seguidores.
B: Es que no sé, todos tienen cosas en común y otras distintas. A algunos los aman por ser mamones, por criticar todo, por contar cosas divertidas, por salirse de "lo normal". Otros simplemente escriben ridiculeces, no sé. No creo que un blogstar piense siempre sobre si lo que va a escribir dejará muchos comentarios o no. Pero hay otros que sí lo hacen, la verdad.

E: ¿Tú por qué crees tener seguidores?
B: No sé; me han dicho que por mi manera de contar las cosas. Eso es algo que sí nos distingue; supongo que todos tenemos un estilo muy particular, y eso engancha, para bien o para mal.

E: Pero también tienes haters
B: Pues claro que los tengo; un blogstar no podría serlo sin fans y sin haters también. Los más perros son los anonimos, que curiosamente, casi siempre son los haters.

E: ¿Te molesta entonces, tenerlos?
B: Es que es bien divertido. La gente muchas veces se clava con lo que uno escribe, y por unos parrafitos que ponemos a la semana, ya creen que nos conocen y que nos las saben todas. La verdad pocas veces es asi, por no decir nunca. Desde el momento en que nosotros elegimos qué escribir, muy bien podemos estar adoptando una posición falsa de lo que realmente somos. Pero resulta, eso sí.

E: Bueno, pero es que se Blogstar tiene sus ventajas.
B: ¿Tú crees? Pues sí, ponle que tus palabras llegan a muchas personas que de otra forma no lo haría, y además conoces personas. Hasta de cierta forma te haces de "un nombre", aunque sólo sea por internet. Muchos se lo toman en serio y se sienten famosos y la gran madre por ser leído, amado y odiado por lectores, pero la verdad es que ser blogstar tampoco es como que trascienda mucho en tu vida, sólo en casos muy especiales.

E: ¿En la tuya lo ha hecho?
B: Pues es que yo ya llevo tiempo escribiendo. La única diferencia es que primero te leen pocos y después ten leen muchos y le toman demasiada importancia a lo que tienes que decir.

E: ¿Te enoja que te odien?
B: No sé si me odian, y en todo caso, no. Las personas que te escriben mierda al parecer están ardidos. Pero no sé con qué cara volverían a comentarte que tu post apesta y no vales madre, si un dia decides pasar por su blog y le dices que a ti te gusta lo que ellos escriben. Si eso pasa, lo más seguro es que se calmen; sólo quieren reconocimiento, y eso es bien pinche triste: pero aquí todos queremos algo de atención.

E: ¿Crees que cambie en la vida de alguien si tiene un hater?
B: Yo qué sé... es que tú tienes tu vida: vas al trabajo o a la escuela, tienes una familia, deberes, gustos, y a un fulano que te lee se le viene la fabulosa idea de odiarte porque llegó a la lúcida conclusión de que le caga lo que tú escribes. Entonces, mientras tú a esa personita ni la haces en el mundo, ésta se toma la molestia de ser anonimo, de dejarte comentarios, de leerte, de seguirte, de poner atencion en los detalles para marcártelos. Hasta te dedica un poco de tiempo para recordar debe pasar a tu blog y pensar en donde tirará mierda esta vez.

E: Entonces es algo triste, no crees?
B: Es triste por todos lados. Uno, porque ahí va y escribe en el blog cuando podría estar haciendo algo más productivo. Y el otro por andar al pendiente del blogger, aunque eso es más sanguijuela todavía.

E: Qué piensas sobre los que te odian y dejan esos comentarios?
B: Honestamente, que son unos imbéciles; por tomarse tan en serio lo que un mandril con computadora escribe, y porque si no les caigo bien, es que son unos idiotas. La verdad, soy una gran persona, encantandor, y no tengo por qué caer mal. A quien yo le frustre es porque no tienen mucha materia en el cerebro y no saben reconocer lo genial que soy.

E: Eso es un ego muy grande.
B: Es ego de Blogstar. Y los lectores son los que se encargan de dar esa etiqueta, no uno. Ellos son los que aprueban todo o lo rechazan; son los que se toman nuestras palabras en serio o bien, aprenden a ser más ligeros y pasar el rato nada más. La gente odia a muchos que se dicen "mamones" porque según ellos, lo son. Pero creo que muchos simplemente son ellos mismos, y es la gente, con su complejo de inferioridad muy bien escondido, los que solos se sienten a la defensiva, porque según la otra persona los ataca o hace sentir mal.

E: ¿Entonces no es culpa del blogger?
B: Pues claro que no; uno nada más escribe. ¿Qué culpa tenemos nosotros de que las otras personas estén conscientes de su inferioridad? Nosotros sólo escribimos, ellos son los que solitos nos dan vida, porque sólo hacemos algo que hacen millones de personas. La gran diferencia es que, en algún punto, lo estamos haciendo bien. Si no fuera así, no tendríamos ni la etiqueta puesta.

E: ¿Hacemos una pausa? Sirve que hablamos sobre algo fuera de tema.
B: Sale, está bien. ¿Te has fijado cómo está el cielo últimamente? Es azul.

La opción lógica.



Walt Lehmann, primer oficial, dejó de teclear y levantó la vista de la consola de navegación hacia los dos hombres que lo miraban aprehensivamente.

  —Caballeros, estamos jodidos —dijo.

Los dos hombres se quedaron callados por un momento, congelados. Un segundo después, uno de ellos, el más alto, habló apresuradamente.

  — ¿Estas seguro? —preguntó Desmond Johanneson, segundo oficial de comunicaciones.

  —No, no estoy seguro Johanneson. La Agencia decidió ahorrar dinero en capacitación y escogió al primer idiota que se presentó para que navegara el cacharro más costoso en la historia de la humanidad —respondió Lehmann furioso. —Por supuesto que estoy seguro —remató bufando.

Ignorando el fúrico estallido de Lehmann, el otro hombre, pequeño y de rasgos enérgicos, dijo:

  —Dame un resumen de los daños.

  —Es simple —respondió suspirando Lehmann. —Durante los pocos minutos que falló la pantalla deflectora, el viento solar fundió completamente muchos sistemas de navegación, pero más importante, quemó las conexiones exteriores entre las velas solares y el reciclador de oxigeno.

El Capitán Tetsuo Nakamura meditó un momento.

  — ¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó a Lehmann.

  —A menos que nuestros pulmones evolucionen y podamos respirar dióxido de carbono, nos quedan dos horas, algo menos si Desmond sigue hiperventilando —respondió dirigiendo una mirada de reproche a Johanneson.

  —Oh, lo siento mucho Lehmann, pero saber que uno va a morir asfixiado flotando alrededor de una maldita bola de gas más caliente que el infierno no es precisamente un buen motivo para relajarse —respondió molesto Johanneson.

  —No tiene porque ser así —dijo Lehmann bajando la mirada y jugueteando nerviosamente con los broches de su mono de trabajo.

  — ¿Tienes alguna idea? —preguntó Nakamura. —Habla, no es momento para que desarrolles el tacto que nunca has tenido.

  —Bien capitán; podemos puentear las conexiones manualmente, no es muy difícil y sería una reparación temporal, pero nos daría el tiempo necesario para alejarnos del Sol y acercarnos a la orbita de Mercurio, hasta el alcance de la base.

  — ¿Y entonces qué hacemos aquí hablando de ello en lugar de estar haciéndolo? —preguntó impaciente Johanneson.

  —Bueno —siguió Lehmann, —el problema es la conexión: tendría que hacerse en donde ocurrió el daño, sobre —titubeó—, sobre el casco de la nave.

Los tres hombres guardaron silencio. Todos comprendían lo que eso significaba. Johanneson fue el primero en hablar.

  — ¿Cuánto tiempo resisten los trajes antes de que, digamos, el pobre idiota dentro se fría bañado en radiación?

  —Ocho minutos máximo. —respondió Lehmann. —Después de eso, bueno, es mejor quitarse el casco. Es una muerte más atractiva.

  — ¿Cuánto tiempo requiere la reparación? Podemos tomar turnos de cinco minutos y hacerlo por partes —dijo Nakamura.

  —Reconectar las terminales y asegurarse de que funcionen tomaría unos diez minutos. Pero es imposible hacerla por partes —dijo Lehmann negando con la cabeza. —El aislante necesario para la reconexión es funcional sólo unos pocos segundos después de exponerse al vacío y todas las conexiones tienen que hacerse en una secuencia específica e inmediata, de lo contrario la corriente fundiría de nuevo los procesadores. Y como cereza del pastel, la zona de la reparación está encajada entre dos pequeños transformadores, así que sólo un hombre puede hacer el trabajo.

  — ¿Algo más? ¿Tiene que hacerse con los ojos vendados o parado en un pie? —preguntó burlonamente Johanneson.

  —No Desmond, hasta un niño podría hacerlo. Tú podrías hacerlo —dijo Lehmann sonriendo.

  —Basta —interrumpió Nakamura. —Esto es muy serio, todos sabemos lo que significa: alguien tiene que salir, hacerlo endemoniadamente rápido y asegurarse de que funcione.

  —En otras palabras —dijo Lehmann, —alguien tiene que jugar al héroe y convertirse en un mártir para salvar a sus compañeros.

  —No se trata de salvar a dos personas, Lehmann —dijo Nakamura. —Se trata de salvar toda la información que hemos recopilado. Saben muy bien cuanto depende de esta investigación; nadie es indispensable más allá del punto en que lo requiera el proyecto. Todos lo sabíamos cuando nos embarcamos en esta expedición. Así que si tenemos que decidir, hagámoslo ya.

Lehmann y Johanneson se miraron largamente. Pese a lo que había dicho el capitán, sabían perfectamente que el elegido seria uno de ellos dos. Nakamura era demasiado importante para sacrificarse. Ahora solo restaba poner las cartas de cada uno sobre la mesa.

  —Alguien tiene que pilotar la nave hasta la orbita de Mercurio —dijo sin entonación Lehmann.

  —Yo puedo hacer eso, la navegación también fue parte de mi programa de entrenamiento —respondió Johanneson.

  —Lo sé, pero entrenaste en simuladores con ambiente controlado, ¿Puedes pilotar la nave con la mitad de los sistemas de navegación funcionales? Incluso yo, que ayudé en su diseño, dudo si podré hacerlo.

Johanneson guardó silencio mientras palidecía. Buscó la mirada de Nakamura, pero la encontró indescifrable. Agitó los brazos en el aire y dijo:

  —Oh, ¡Vamos Capitán! ¡Sabe que podría hacerlo! ¡No soy un completo inútil! —dijo ahogando la voz.

  —Lo sé Johanneson, eres un miembro capaz y valioso, por eso eres parte de la tripulación. Pero no puedo arriesgar el proyecto si existe una opción más viable y segura —se acercó y puso una mano sobre su hombro y dijo— Eres un hombre inteligente y razonable Desmond, sabes que es la única opción y que eres el hombre indicado. No lo estas haciendo por nosotros, lo haces por todo un planeta, tu planeta.

Johanneson abrió la boca para decir algo, se interrumpió, suspiró y dijo:

  —Mierda.

Lehmann y Johanneson estudiaron durante cuarenta minutos los esquemas de reparación. Cuando todo estuvo listo, Johanneson se enfundó en el aparatoso traje que le daría diez minutos de protección antes de cocinarse a la luz del sol. Luego se acercó a la esclusa al vacío por donde saldría de la nave.

  —Bien, ¿Qué se dice en estas ocasiones? ¿Buen viaje? —bromeo resignado Johanneson.

  —Rómpete una pierna —sonrío Lehmann. —Pero sólo después de terminar las conexiones.

  —Suerte y gracias. —dijo Nakamura.

  —Creo que la suerte se me agotó hace tiempo Capitán —dijo Johanneson. —Pero haré mi trabajo.

  —No lo olvidaremos. Me encargare de que nombren algunas docenas de bibliotecas y auditorios en tu honor —sonrío Lehmann.

  — ¿Bibliotecas? Por supuesto que no. Bares, quiero una cadena de bares con mi nombre —dijo riendo Johanneson. —Y una estatua, quiero una maldita estatua.

  —Me encargare de eso Desmond —respondió Nakamura extendiendo la mano.

Johanneson la estrechó firmemente y luego con un movimiento de cabeza se despidió de Lehmann. Avanzó hacia la esclusa y manipuló los controles. Mientras la compuerta cerraba en su sitio, dijo:

  —Hey, Lehmann. Sobre la estatua…

  — ¿Qué?

  —Asegúrate que esté a la sombra.

La compuerta cerró herméticamente y Johanneson salió de la nave. Miró el feroz resplandor del Sol, dolorosamente cegador aún amortiguado por el visor de su casco y dijo:

  —Mierda.



Reuters.

Heroico sacrificio salva a la tripulación de la expedición Icarus.

Desmond Johanneson nació en Nairobi, Kenia, el 27 de Junio del 2014. Inició sus estudios en el Centro Astronáutico Ndegwa a la edad de catorce años, muy pronto dio muestras de…



martes, 12 de mayo de 2009

Y Ahora Que



Conforme maduro me siento menos comprometido con las generaciones pasadas. Quien sabe si por mi naturaleza de iconoclasta compulsivo o mi tendencia a cioranizar el devenir y concluir que la historia - el pasado, en este caso - nos demuestra que todo gira alrededor de un eje podrido.

Y pienso, por ejemplo, en mis padres y con ellos, pienso en sus expectativas, que son las de toda una generación que, ni modo, me provoca una pena ajena absoluta. Supongo que todos los que nacieron entre 1950 y 1960, deben ser un hato de timados, embaucados, que fincaron esperanzas formales en cambios que sucedieron a nivel mundial pero que nunca permearon dentro del irrisorio destino manifiesto de este país o, más aun, de latinoamerica.

Creo que todos ellos fueron llanamente robados, y más aun, robados más de una vez. Primero los timaron un poco, luego fue un robo inofensivo, luego el robo descarado y ramplón, enseguida el asalto con violencia, y ahora es saqueo a mansalva.

No hablo de dinero, señores. No es robo per se, cariñitos. A las generaciones les robas el tiempo y les quitas las oportunidades. Mis padres y su generación supusieron que el cambio del país devendría cuando ellos estuvieran preparados académicamente, y trabajaran, y así ascenderían a la mítica clase media, estandar del progreso social según los parámetros económicos. Yo ahora creo que a todos ellos se los cogieron, y además les hicieron pagar por ello.

Vaya, palabras más, o menos, me rio de toda esa generación que verdaderamente creyó en éste país.

Bueno, no; en realidad solo me provocan ternura culpable. Como los teletones. Un teletón generacional.

Mi madre, y amigas o amigos de ellos, trabajaron en una dependencia gubernamental casi desde sus inicios, cuando la esperanza de seguridad social que representaba era el paso inicial para el progreso. Hoy mi madre ha tenido que asumir que dicha dependencia acabará privatizada debido a su horrorosa corrupción y, especialmente, ineficiencia y burocracia.

Los proyectos de su generación se tornaron disfuncionales, y básicamente, todo lo que trabajaron fue una pérdida de tiempo lamentable. Todas esas instituciones han terminado siendo un fardo para el presupuesto del estado, y ni siquiera lograron cambiar la vida social o la percepción de la igualdad del mexicano. Incluso el ejido - la tierra para quien la trabaja y todas esas mamadas - hace mucho que se fue a la verga y Zapata y su séquito con ellos, provocandome risa penosa.

Y aclaro: La apuesta no era que todas esas instituciones fueran eternas, pero si que fueran eslabones transitorios hacia el progreso ¡Lo cómico entonces es que llegaron a su final sin haber funcionado jamás! Y no por que fuesen no viables - pues la efectividad de muchas de ellas quedó demostrada en otros paises - sino por la incompetencia y la naturaleza propia de este muladar nacional.

Pero voy al punto, nenes:

Cuando el gobierno y la sociedad me cuestiona, me exige que trabaje, que pague mis impuestos, que colabore, que apoye sus guerras mediáticas, sus gastos en millones de dólares para armar imbéciles, que engorde mi Afore, que me endeude en hipotecas, auto, que consuma y sea feliz, y que para seguir siendo feliz debo seguir trabajando y cuidar ese trabajo, lamiendo botas, sonriendo, esforzandome, siendo un empleado proactivo...

Un patriota, un hijo de México, un nacional orgulloso que celebre los logros democráticos, que perdona los tropezones históricos y pasa de página para seguir creyendo en el estado, en sus partidos, en sus estructuras, en sus leyes, constituciones, tratados y reglamentos

Cuando además la generación de timados, de embaucados me exige que me case, que tenga hijos, que cimente mi vida, que siente cabeza, que tenga mi casa con autos enfrente, jardín incluido, con mi esposa y mi matrimonio estable, con esfuerzo resignado para criar niños, guiar adolescentes y despedir adultos...

No, no siento un atolladero de ira, de rebeldía, de coraje, de pujido anarquista, de temperamento radical, de impulso contestatario, ni me encabrono sobremanera por que intenten comerme el coco, ni me pongo punk ni me dan ganas de ir a protestar a las cumbres internacionales.

Lo único que siento es un instintivo sentimiento de salvaguarda que se racionaliza al comprender la inutilidad de todo y pregunta, hombros alzados: ¿Y yo por qué?

Pues ora sí que, ¿y yo por qué?



Uno de esos días de clavadez en la computadora, me brincó una ventana de messenger: uno de los magos hacedores de Recolectivo me invitaba a sumarme a su congal.

“¿Y yo por qué?”, fue lo primero que pensé. Soy periodista, soy políticadicta, soy bien chorera y soy bien grilla. Y los de Recolectivo la neta es que escriben puras cosas bonitas, pensé yo. Ya varias veces me la habían sentenciado los no-lectores de mi blog: “Pues como que sí escribes chido, pero es que siempre quieres meter política en todo…”.

Así que cuando cayó el recolectivazo decidí verlo con filosofía: hela ahí, mi oportunidad para escribir de otra cosa que no tenga que ver con polaca, para que vean que también tengo alma corazón y vida, y para que vean que los yanquis también lloran. Y decidí que de política nada… hasta hoy.

La cosa es esta: el lector medianamente informado sabrá que la frase tema de la semana, “y yo por qué”, fue inmortalizada por ese jumento llamado Vicente Fox que con ánimo kafkiano algunos mexicanos decidieron convertir en su presidente. En diciembre de 2002 el dueño de TV Azteca se apañó a la mala las instalaciones de transmisión de CNI Canal 40, violando el derecho de concesión otorgado a esta televisora. Cuando un reportero le preguntó a Fox qué iba a hacer al respecto, la respuesta fue el sonoro “¿Y yo por qué?”. Pues porque eres el presidente, pendejo, fue la reacción de quienes tienen tres dedos de frente; porque según el libro ese llamado Constitución Política, el gobierno federal tiene la facultad de otorgar concesiones sobre las frecuencias de radio y televisión del país, y es responsable de vigilar la adecuada operación de ellas. Pero era fin de año, Fox estaba de vacaciones, y pues qué hueva.

Quienes me conocen de algún tiempo saben de la repugnancia que me provocan el rostro, la voz, las botas, el bigote, el nombre, pero sobre todo la espantosa mujer de Vicente Fox. Quienes no me conocen se acaban de enterar. Comprenderá el lector entonces la oleada de náuseas que me provoca que el tipo venga a California: como estoy salada, con más frecuencia de la que quisiera me ha tocado ir a “cubrir” el evento en donde el jumento se pone a rebuznar y yo tengo que dejar a un lado mi repugnancia para intentar ser moderadamente imparcial (“y yo por qué”, por supuesto me he dicho).

Uno de estos encuentros ocurrió hace un año y medio, cuando el fulano vino a Los Ángeles. Y vino con tan mal tino que fue justo un par de días después de que la revista Quién publicara las fotos del fulano en su rancho de Guanajuato, ¿se acuerdan? Su casota, sus jardinzotes, sus carrotes, su fealdad.

En la conferencia de prensa con el fulano otros reporteros le preguntaron sobre la legalidad de las lanas que usó para remodelar su casa; el tipo se encabronó. Yo le pregunté si más allá de lo legal, le parecía moral exhibir ese modo de vida en un país como México; el tipo me lanzó una mirada que todavía me tiene clavada en el piso. Con todo el desdén del mundo me preguntó si yo era la jefa de la moralidad. Como si mi pregunta hubiera sido personal; como si no fuera algo que se estaban preguntando un chingo de mexicanos como yo; pero como fui la última en preguntar, el tipo, obvio, se desquitó conmigo. ¿Y yo por qué?

Decidí recordar la anécdota aquí porque cada vez que alguien dice “y yo por qué”, no puedo evitar pensar en ese pendejo. Pero también porque aunque en este espacio yo sea Chilangelina y nomás, lo periodista no se me quita. Me parece justo reivindicar el derecho que tiene un periodista a preguntar en nombre de la sociedad, y la obligación que tienen los funcionarios públicos de responder. Pienso que cuando los funcionarietes deciden no contestar, o cuando alguien le dice a un periodista que se calle, no está de más emputarse hasta el tuétano y gritar “y yo por qué”; porque yo la neta sí creo que cuando callan a uno de esos nos la están aplicando a todos.


*Masoquistas: el chisme completo de la bonita anécdota se encuentra AQUÍ.

lunes, 11 de mayo de 2009

Y yo porqué y otras máximas irrefutables



Quizá no sea la persona más sabia de este mundo, pero tengo 3 máximas en relación a los hombres que sigo sin chistar ya que invariablemente se cumplen.

Hay un tipo de hombres a los que yo llamo el güey TVyNovela. Estos individuos son los que hacen las preguntas más estúpidas del planeta. Al igual que ese panfleto de tercera, estos tristes hombres no se pueden estar callados y la probabilidad de que algo interesante salga de su boca es de 0.07%. Son los que preguntan ¿Y cuando vas a Guadalajara? ¿Y te gusta tu trabajo? o hacen “atinadísimos” comentarios sobre tu nombre, cómo que tienen una tía que también lo lleva, que coincidencias.

Mis instintos asesinos se agudizan cuando comienzan a repetir lo que han dicho hasta el cansancio en la radio, televisión o internet y lo hacen en un tono de exclusiva. He perdido valiosas neuronas al escucharles chistes gastadísimos del tema como ¿Qué le dijo el DF a la influenza?.

Lo más triste es que para no caer en la cárcel me los termino cogiendo. Tengo el presentimiento que no soy la única, ya que estos tipos TVyNovela son buenos amantes. Esa es la primera máxima.

La segunda es que los hombres que usan camiseta debajo de la camisa tendrán uno (o más) de estos 5 defectos que me chocan en un hombre: mala ortografía, pies apestosos, acento naco, pocos pelos en los tobillos o leen libros del fenómeno ovni. Ya sé, estos defectos son fácilmente identificables, ¿Cual es la necesidad de etiquetar y pre-rechazar? Podría perderme de grandes noches, sexo, conversación y no tener ninguno de estos evidentes defectos. Ya ni les hablo.

NO. No insistan, dije NO. Esta máxima está garantizada.

La tercer máxima es extremadamente personal y no recomiendo que sea aplicada, a menos que compartamos los mismos 3 complejos griegos –que me niego a comentar-.

Sé que el principio del fin de una relación ocurre cuando ante cualquier petición del amado inmóvil mi sincera respuesta es: Y yo porqué.

Por supuesto, esto adquiere mucho sentido cuando ante un Quiero que tengas mis hijos, yo responda con un Y yo porqué. Sin embargo, aplica aunque la petición sea muy sencilla, como alcanzarle el control remoto, traerle agua para que se cure la cruda o pasarle papel de baño para que se limpie.

Y yo porqué es sinónimo de me vales madre, regrésate con tu mamá. Pone al amado inmóvil al nivel de un hermano jodón y la verdad es que mis relaciones familiares son insoportables.

Una vez mencionadas estas tres palabras, comienzo a poner las cosas a mi nombre, hago dieta y marco el calendario, ya que en cuatro meses y cinco días lo voy a abandonar.
Blogalaxia