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Estos son los ejercicios en Recolectivo
Ejercicio 38: Refranero Popular
Ejercicio 33: Inocentes esperanzas
Ejercicio 31: Sueños de pueblo
Ejercicio 30: Héroes sin calle
Ejercicio 26: Egolatria Desinteresada
Ejercicio 25: Señales del Apocalipsis
Ejercicio 23: Miedo a los niños
Ejercicio 18: Otra forma de morir
Ejercicio 17: 27 de enero, 2059
Ejercicio 13: Recuento de daños
Ejercicio 12: Un toque de mota
Ejercicio 9: Rebelde sin causa
Ejercicio 7: Obsesiones infantiles
Ejercicio 6: Si tuviera una maquina del tiempo...
Ejercicio 4: Asústame panteón.
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sábado, 16 de enero de 2010
Colmillo.
Siempre fué un gran problema convivir con Santiago. No, no se trata de que no lo quisiera o lo apreciara, pero de verdad que era difícil tener que compartir con él el cuarto. Si de pronto empezaba a sonar aquel disco que le trajo el tío Tato de Tijuana, ya sabía que no podría entrar, por más que le tocara la puerta o lo amenazara. "Cuatro años no son muchos años" - decía mi papá - "como para que se tengan tanta tirria, cabrones". San estaba en plena adolescencia a sus 16 años y yo, un poco celoso por que a él ya no le traían los reyes magos juguetes, sino cosas ya de muchacho, quería que se me respetara por igual, claro, había mil y un detalles que solamente ocurrían en mi cabeza, como que mi hermano agarraba una rebanada más grande de concha de vainilla, o que siempre se iba en el asiento del copiloto cuando íbamos los domingos a batear un rato al deportivo.
Claro, había asuntos que a mi no se me decían, al fin chamaco, pero que yo quería saber y entender, como cuando el vecino culichi embarazó a mi prima Toña y Santiago fué, muy gandalla, a apedrearle su coche. O bien, que no me regañara mi mamá por ponerme una pinche playera vieja que era de mi hermano, y que hace meses que no se ponía. Se calmaron un poco las aguas cuando casi lo mato sin querer... me acuerdo, estaba San trepado en un mango, a unos siete metros del piso, sacándome la lengua y presumiéndome su destreza. Le pedí que me aventara uno maduro, entonces el muy cabrón agarró y se talló el mango en los huevos antes de aventármelo. A mi edad, cualquier cosa que tenga que ver con huevos ajenos es altamente repulsivo y por eso agarré la resortera, y disimulando le grité "¡hermanito, agarra esa piedra!... y con tan mala pata y buena puntería, le atiné justo en la sien derecha y empezaron los gritos de mi mamá y sua amigas de ver como mi hermano se hacía como de chicle pegado a la rama del árbol, amenazando con desmayarse y caer desde aquellas alturas. Me asusté mucho, pero en el fondo, algo se carcajeaba al descubrir que podía lastimarlo, como él a mi lo había hecho tantas veces jugando a las luchitas, al fucho y hasta yendo a tirar la basura.
Con el tiempo, se le olvidó a San la alcancía que le abrí en la cabeza, pero no se le olvidaba aventarme el zapato cuando en las noches empezaba yo a roncar, o bajarle al baño cuando estaba yo bañándome, mucho menos se le olvidaba ponerme apodos. Había yo cumplido ya 14 años y estaba perdidamente enamorado de Indira, la hija de la maestra Vicky, amiga de mi mamá y enemiga de los chamacos babosos que le mandaban cartitas a su hija. Pero las cosas pasan, y en un partido de fútbol que jugábamos contra el Bolívar, me tocó aventarme tremendo gol de la victoria y sentí que era capaz de anotarle al mismísimo Pablo Larios, de hacer una chilena o de hablarle a Indira del amor y cosas bonitas... al final del partido, me le acerqué y ella, con sus mejillas siempre coloraditas, me sonreía mientras yo le hablaba y entonces, ocurrió. Santiago y sus amigos llegaron sin que me diera cuenta y de certero jalón, me bajó el short hasta los tobillos. Indira gritó y se fué corriendo. Si, el short se llevó de pasada mi trusa. ¡Maldito Santiago!
Fueron nueve días de disculpas entre risas, de adularme burlonamente y de contarle a todo mundo su hazaña, mientras que yo buscaba miles de maneras de vengarme, además de echarle cloro a su loción, escupir en la pizza y puner puñitos de cal en sus tenis, disimulándola con el talco. Y pasó un viernes de tardeada. Yo estaba echando a Koopa por enésima ocasión a la lava ardiente cuando entró San, hablando raro y caminando como ninja con polio. se tumbó en la cama y empezó a roncar. Ahí estaba la oportunidad. Le aventé una bota, pues un tenis se me hacía demasiado suave, pero no se movió ni un poco. Entonces empecé a practicar maneras de humillarlo, de sobajarlo a poco menos que un gusano asqueroso, me sobé la mollera del chile y luego le dibujé un bigote imaginario con los dedos, le pegué una hoja de cuaderno en la espalda, "soy putote", decía, pero poco a poco me fuí decepcionando de mi instinto de maldad, pues nada de lo que hacía perduraría al menos hasta que lo vieran sus amigos o los compañeros de la escuela y en ese entonces no había celulares con el buti de megapixeles para subir las fotos a la red... "¡piensa, chingadamadre!, ¡piensa!"
Y en la calle, escuché el claxon del fairmont de mi papá. Si el se daba cuenta de que Santiago dormia la mona, se acababa la diversión y empezaba el sermón, ¡carajo!... pero de pronto, una idea me llegó milagrosamente, entonces, agarré y desde donde estaba me saqué el pito de la pijama y empecé a orinarme en la botella de refresco que tenía, para luego, vaciarla cuidadosamente sobre mi hermano, a manera de meada propia, lo arropé y me acosté con el corazón latiéndome como un loco. Mi papá no lo vio entonces, pero fué mejor así, pues cuando abrí los ojos, vi a San sentado en la orilla de la cama, con la mirada perdida y ya cambiado de la ropa mojada. Me dijo, disimulando que no pasaba nada, que al menos no había perdido su dinero en la borrachera, mostrándome su cartera húmeda... de haber sabido que traía lana, a lo mejor se la habría robado... pero nada habría podido superar aquella venganza.
Mi mamá se extrañó de encontrar en el tendedero el pantalón de Santiago, pero lo que desató el regaño fué su calzón en el cesto de los papeles. Ya no me reía tanto al ver los castigos y el regaño que le puso mi papá, sin embargo, desde aquel día, ya no me trató San con la misma dureza o crueldad, sin embargo... lo bueno no dura mucho y una tarde, que vinieron de visita mis primos, se esmeró en contar las bromas que me hacía y todos se reían mirándome, yo, ya sabía qué hacer, incuso entibié el frasquito en el horno para que no sintiera. Amaneceres desconcertados, sábanas con un mapamundi de manchas y un deterioro notable en el carácter de mi hermano... yo, en cambio, cada vez agarré más confianza. Doctores, remedios caseros... mis papás estaban también pensando a dónde llevarlo para que se curara... no puedo mentir, a mi a veces me daba pena o lástima, pero ya echado a rodar, el plan no podía simplemente cortarse... tal vez en uno o dos meses San "se cure"... la culpa es de mi papá, porque desde que nos mudamos, agarró el cuarto del pasillo de "estudio", sabiendo que tenía dos hijos. Bueno, eso pienso.
Claro, había asuntos que a mi no se me decían, al fin chamaco, pero que yo quería saber y entender, como cuando el vecino culichi embarazó a mi prima Toña y Santiago fué, muy gandalla, a apedrearle su coche. O bien, que no me regañara mi mamá por ponerme una pinche playera vieja que era de mi hermano, y que hace meses que no se ponía. Se calmaron un poco las aguas cuando casi lo mato sin querer... me acuerdo, estaba San trepado en un mango, a unos siete metros del piso, sacándome la lengua y presumiéndome su destreza. Le pedí que me aventara uno maduro, entonces el muy cabrón agarró y se talló el mango en los huevos antes de aventármelo. A mi edad, cualquier cosa que tenga que ver con huevos ajenos es altamente repulsivo y por eso agarré la resortera, y disimulando le grité "¡hermanito, agarra esa piedra!... y con tan mala pata y buena puntería, le atiné justo en la sien derecha y empezaron los gritos de mi mamá y sua amigas de ver como mi hermano se hacía como de chicle pegado a la rama del árbol, amenazando con desmayarse y caer desde aquellas alturas. Me asusté mucho, pero en el fondo, algo se carcajeaba al descubrir que podía lastimarlo, como él a mi lo había hecho tantas veces jugando a las luchitas, al fucho y hasta yendo a tirar la basura.
Con el tiempo, se le olvidó a San la alcancía que le abrí en la cabeza, pero no se le olvidaba aventarme el zapato cuando en las noches empezaba yo a roncar, o bajarle al baño cuando estaba yo bañándome, mucho menos se le olvidaba ponerme apodos. Había yo cumplido ya 14 años y estaba perdidamente enamorado de Indira, la hija de la maestra Vicky, amiga de mi mamá y enemiga de los chamacos babosos que le mandaban cartitas a su hija. Pero las cosas pasan, y en un partido de fútbol que jugábamos contra el Bolívar, me tocó aventarme tremendo gol de la victoria y sentí que era capaz de anotarle al mismísimo Pablo Larios, de hacer una chilena o de hablarle a Indira del amor y cosas bonitas... al final del partido, me le acerqué y ella, con sus mejillas siempre coloraditas, me sonreía mientras yo le hablaba y entonces, ocurrió. Santiago y sus amigos llegaron sin que me diera cuenta y de certero jalón, me bajó el short hasta los tobillos. Indira gritó y se fué corriendo. Si, el short se llevó de pasada mi trusa. ¡Maldito Santiago!
Fueron nueve días de disculpas entre risas, de adularme burlonamente y de contarle a todo mundo su hazaña, mientras que yo buscaba miles de maneras de vengarme, además de echarle cloro a su loción, escupir en la pizza y puner puñitos de cal en sus tenis, disimulándola con el talco. Y pasó un viernes de tardeada. Yo estaba echando a Koopa por enésima ocasión a la lava ardiente cuando entró San, hablando raro y caminando como ninja con polio. se tumbó en la cama y empezó a roncar. Ahí estaba la oportunidad. Le aventé una bota, pues un tenis se me hacía demasiado suave, pero no se movió ni un poco. Entonces empecé a practicar maneras de humillarlo, de sobajarlo a poco menos que un gusano asqueroso, me sobé la mollera del chile y luego le dibujé un bigote imaginario con los dedos, le pegué una hoja de cuaderno en la espalda, "soy putote", decía, pero poco a poco me fuí decepcionando de mi instinto de maldad, pues nada de lo que hacía perduraría al menos hasta que lo vieran sus amigos o los compañeros de la escuela y en ese entonces no había celulares con el buti de megapixeles para subir las fotos a la red... "¡piensa, chingadamadre!, ¡piensa!"
Y en la calle, escuché el claxon del fairmont de mi papá. Si el se daba cuenta de que Santiago dormia la mona, se acababa la diversión y empezaba el sermón, ¡carajo!... pero de pronto, una idea me llegó milagrosamente, entonces, agarré y desde donde estaba me saqué el pito de la pijama y empecé a orinarme en la botella de refresco que tenía, para luego, vaciarla cuidadosamente sobre mi hermano, a manera de meada propia, lo arropé y me acosté con el corazón latiéndome como un loco. Mi papá no lo vio entonces, pero fué mejor así, pues cuando abrí los ojos, vi a San sentado en la orilla de la cama, con la mirada perdida y ya cambiado de la ropa mojada. Me dijo, disimulando que no pasaba nada, que al menos no había perdido su dinero en la borrachera, mostrándome su cartera húmeda... de haber sabido que traía lana, a lo mejor se la habría robado... pero nada habría podido superar aquella venganza.
Mi mamá se extrañó de encontrar en el tendedero el pantalón de Santiago, pero lo que desató el regaño fué su calzón en el cesto de los papeles. Ya no me reía tanto al ver los castigos y el regaño que le puso mi papá, sin embargo, desde aquel día, ya no me trató San con la misma dureza o crueldad, sin embargo... lo bueno no dura mucho y una tarde, que vinieron de visita mis primos, se esmeró en contar las bromas que me hacía y todos se reían mirándome, yo, ya sabía qué hacer, incuso entibié el frasquito en el horno para que no sintiera. Amaneceres desconcertados, sábanas con un mapamundi de manchas y un deterioro notable en el carácter de mi hermano... yo, en cambio, cada vez agarré más confianza. Doctores, remedios caseros... mis papás estaban también pensando a dónde llevarlo para que se curara... no puedo mentir, a mi a veces me daba pena o lástima, pero ya echado a rodar, el plan no podía simplemente cortarse... tal vez en uno o dos meses San "se cure"... la culpa es de mi papá, porque desde que nos mudamos, agarró el cuarto del pasillo de "estudio", sabiendo que tenía dos hijos. Bueno, eso pienso.
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Julio C324r,
Los culpables
sábado, 19 de diciembre de 2009
Palomitas.
No me acuerdo de dónde saqué la idea de que Luis Enrique podría ser un experto en temas de sexo, de verdad que no. Aquellas tardes satelucas en vacaciones de invierno, dejábamos un rato las patinetas y nos sentábamos en el estacionamiento a platicar. Era entonces presa de sueños confusos, estrenando sensaciones y pensando en la exactitud anatómica de mi musa. No había visto jamás una vagina, con o sin pelos, mucho menos sabía si en verdad se veían como la que le soñaba a Aída, porque en las revistas que se amontonaban en “La + 9Cita”, peluquería de mi tío José, las muchachas enseñaban, en el punto más atrevido del amontonadero de imágenes, una mata de pelos hirsutos, negros y tupidos. En mis sueños, Aída tenía un agujerito con repulgo alrededor, que se contraía y parecía tener vida propia, ¿quién sabe?, a lo mejor, debajo de aquella selva negra tenía La Princesa Yamal uno igual de mordelón.
Quique nunca pudo darme una respuesta que me dejara cien por ciento satisfecho. “El secreto es aprender a controlar tus sueños” – decía, muy seguro de sí mismo. “Ajá, pendejo, si” – pensaba, pero no quería burlarme de sus teorías, así que le rebatía de manera sutil. Le decía que es prácticamente imposible, por ejemplo, correr como sabes que corres cuando en el sueño va detrás de ti un tigre encabronadísimo, que se te hacen las piernas como de atole y casi te cagas, pero el puto tigre viene a todo tren, y para que te de tiempo sudar más y mearte entero, no te alcanza. Así mero pasaba con el agujerito de Aída, después del “desparamiento” tan difícil de superar, le acomodaba mi bichola en la entrada y a la hora de entrar, se cerraba y abría como trampa de Super Mario. “Trata de besarla, acaríciala, no la obedezcas y simplemente se la metas” – me dijo aquel día Quique y fue la última vez que hablamos mis sueños con Aída.
Pero como venganza del hoyo aquel, esa noche la soñé de nuevo. Se levantaba la falda de cuadritos y ya sin calzones ni pelos chinísimos, me enseñaba el boquete y ahí iba yo de pendejo, con el chile a media asta, a querer vencer la peculiar entrada, que se abría y se cerraba como jareta de mochila. Ella me miraba… yo, fuera del sueño, nunca le había visto a Aída esa mirada, de hecho, era medio pendeja, pero en el sueño tenía el fuego del mismísimo infierno refulgiendo en la mirada… ¡me la tenía que coger! Y ahí me tienes, de nuevo haciéndole la lucha, y para no variar despertaba con aquella punzada abajo del ombligo. Otro calzón casi nuevo que iba a parar como relleno de la pata de la cama… ¡que lavarlos ni que nada!
Entonces, como para convencerme de que estaba perdido, soñé brevemente que en el pastito que crecía en la base de los muros de la calle, encontraba monedas y más monedas, ya no me cabían en los bolsillos y pensé que lo mejor era ponerlas bajo la almohada. Si. Pude reflexionar con la cabeza fría en medio de la euforia de las monedas… por un segundo me sentí triunfador, porque podría decirle a Aída que dejara de mascar con el agujero aunque fuera un poquito como para que pudiera meterle mi ansioso miembro viril, pero… desperté y en chinga levanté la almohada. No, no tenía control de los sueños.
Entonces, vino una tardeada por el día del estudiante y yo, con una cerveza caliente de nervios en la mano, me le arrimé a la dueña de ese agujero malsano y hambriento. Un par de chistes y ya estábamos platicando… y tras hacer más suertes verbales que un charro con su reata, llegué al punto en que le dije más o menos que soñaba con ella. La cara de sorpresa y rubor inicial, se volvió agria cuando llegué al punto del agujero –pendejo- y justo cuando me iba a despedir para irme de nuevo al rincón con los cuates a criticar a los demás, me dijo - “la que hace esas cosas es Mónica, no yo”… bingo.
Moni, prima de Aída, efectivamente era menos intimidante, más jaladora y pude pensar por ello, que podría, por fin, conocer la verdad escondida dentro del matorral de pelos. Me fui en friega a sacarle plática y en menos de media hora, ya estábamos entrados en la charla también. Ustedes saben, no miento, pero de que se le mete a uno algo de este tono entre ceja, oreja y jefa, no hay pena que resista. Y efectivamente, nos citamos en su casa para que le enseñara mi disco de videos inéditos de Pearl Jam. Y efectivamente, ya me bullía la jalea de perla por que fuera sábado. Ya ni me acuerdo como fue que entré, me tomé dos vasos de chesco y me atasqué de palomitas de queso. Nos miramos. Pinche Mónica, me cae que si estaba como para comérsela, pero yo ya no quería comida, sino despejar mis interrogantes, así que le agarré una chichi. Esperé el madrazo… nada. Ella sonrió e hizo un giro gracioso con los ojos… ¡A huevo!
“¿Ya te han hecho esto antes?” – recuerdo que me dijo, mientras la miraba atónito hincada frente a mi. “No” – respondí, ronquísimo de nervios y con el culo apretado para que se me viera más tieso el chile. “¿Y esto”? – preguntó, con tonito putezco y la lengua de fuera. “¡No no no no no no, que la chingada!, ¡nunca de los nuncas, ni eso, ni lo otro ni nada, pendeja!” – hubiera querido responderle, pero en cambio, se me acogotó un débil e infantil “no”. Se sacó el short, se acomodó encima y con su mano, me guió… entonces, de plano, la tumbé en el sillón le abrí las piernas con rudeza y arrimé mi cara hasta su no-tan-pachón-agujero.
Y ya saben lo que vi, creo. Lo vi, quise ponerle un dedo adentro, cerciorarme de que no iba a triturarme el pájaro como una Pica-Lica Moulinex… entonces, Moni, jadeando ligeramente, dijo las palabras que jamás he de olvidar “¿Qué?... ¿quieres darle un besito?”… imagino que lo que dijo e hizo, fue con la mejor de las intenciones, por poner algo de sabor a nuestro encuentro, o simplemente porque también ella quería, pero… agarró mi cara firmemente. Yo, pendejo y atónito calculándole el dedazo, no lo vi venir… en vez de mi dedo más gordo, fue mi nariz la que fue a parar a aquel agujero. No mentiré. En aquella tarde de sábado, yo no estaba listo para iniciarme en el sexo oral y Moni, no aprobó para nada la vomerofilia. Fue verdaderamente mala idea atarragarme las palomitas y la coca… Si.
Le rogué, y no saben cuánto, finalmente, pudo más el bochorno que el miedo al agujero mordelón y lo hice. Empujé, y seguí empujando hasta que llegó la punzada y se me trababa la quijada. Moni me besó, yo me fui a casa corriendo.
Aída estuvo de nuevo mirándome fijamente. Yo, ya con el desparamiento superado, me le acerqué, retador. Abrió sus piernas y yo miré el fuego en sus ojos… “No tengo miedo” – le decía, confiado. Ya sabía yo lo que estaba escondido y podía manejarlo… me ponía en medio de sus piernas y entonces, desperté. Jamás volví a soñar con el agujero, ni con Aída. Ahora, sueño con Moni y la vomitada aquella, solo que estamos ambos dos desnudos en la plaza central. Extraño mucho al agujero.
Quique nunca pudo darme una respuesta que me dejara cien por ciento satisfecho. “El secreto es aprender a controlar tus sueños” – decía, muy seguro de sí mismo. “Ajá, pendejo, si” – pensaba, pero no quería burlarme de sus teorías, así que le rebatía de manera sutil. Le decía que es prácticamente imposible, por ejemplo, correr como sabes que corres cuando en el sueño va detrás de ti un tigre encabronadísimo, que se te hacen las piernas como de atole y casi te cagas, pero el puto tigre viene a todo tren, y para que te de tiempo sudar más y mearte entero, no te alcanza. Así mero pasaba con el agujerito de Aída, después del “desparamiento” tan difícil de superar, le acomodaba mi bichola en la entrada y a la hora de entrar, se cerraba y abría como trampa de Super Mario. “Trata de besarla, acaríciala, no la obedezcas y simplemente se la metas” – me dijo aquel día Quique y fue la última vez que hablamos mis sueños con Aída.
Pero como venganza del hoyo aquel, esa noche la soñé de nuevo. Se levantaba la falda de cuadritos y ya sin calzones ni pelos chinísimos, me enseñaba el boquete y ahí iba yo de pendejo, con el chile a media asta, a querer vencer la peculiar entrada, que se abría y se cerraba como jareta de mochila. Ella me miraba… yo, fuera del sueño, nunca le había visto a Aída esa mirada, de hecho, era medio pendeja, pero en el sueño tenía el fuego del mismísimo infierno refulgiendo en la mirada… ¡me la tenía que coger! Y ahí me tienes, de nuevo haciéndole la lucha, y para no variar despertaba con aquella punzada abajo del ombligo. Otro calzón casi nuevo que iba a parar como relleno de la pata de la cama… ¡que lavarlos ni que nada!
Entonces, como para convencerme de que estaba perdido, soñé brevemente que en el pastito que crecía en la base de los muros de la calle, encontraba monedas y más monedas, ya no me cabían en los bolsillos y pensé que lo mejor era ponerlas bajo la almohada. Si. Pude reflexionar con la cabeza fría en medio de la euforia de las monedas… por un segundo me sentí triunfador, porque podría decirle a Aída que dejara de mascar con el agujero aunque fuera un poquito como para que pudiera meterle mi ansioso miembro viril, pero… desperté y en chinga levanté la almohada. No, no tenía control de los sueños.
Entonces, vino una tardeada por el día del estudiante y yo, con una cerveza caliente de nervios en la mano, me le arrimé a la dueña de ese agujero malsano y hambriento. Un par de chistes y ya estábamos platicando… y tras hacer más suertes verbales que un charro con su reata, llegué al punto en que le dije más o menos que soñaba con ella. La cara de sorpresa y rubor inicial, se volvió agria cuando llegué al punto del agujero –pendejo- y justo cuando me iba a despedir para irme de nuevo al rincón con los cuates a criticar a los demás, me dijo - “la que hace esas cosas es Mónica, no yo”… bingo.
Moni, prima de Aída, efectivamente era menos intimidante, más jaladora y pude pensar por ello, que podría, por fin, conocer la verdad escondida dentro del matorral de pelos. Me fui en friega a sacarle plática y en menos de media hora, ya estábamos entrados en la charla también. Ustedes saben, no miento, pero de que se le mete a uno algo de este tono entre ceja, oreja y jefa, no hay pena que resista. Y efectivamente, nos citamos en su casa para que le enseñara mi disco de videos inéditos de Pearl Jam. Y efectivamente, ya me bullía la jalea de perla por que fuera sábado. Ya ni me acuerdo como fue que entré, me tomé dos vasos de chesco y me atasqué de palomitas de queso. Nos miramos. Pinche Mónica, me cae que si estaba como para comérsela, pero yo ya no quería comida, sino despejar mis interrogantes, así que le agarré una chichi. Esperé el madrazo… nada. Ella sonrió e hizo un giro gracioso con los ojos… ¡A huevo!
“¿Ya te han hecho esto antes?” – recuerdo que me dijo, mientras la miraba atónito hincada frente a mi. “No” – respondí, ronquísimo de nervios y con el culo apretado para que se me viera más tieso el chile. “¿Y esto”? – preguntó, con tonito putezco y la lengua de fuera. “¡No no no no no no, que la chingada!, ¡nunca de los nuncas, ni eso, ni lo otro ni nada, pendeja!” – hubiera querido responderle, pero en cambio, se me acogotó un débil e infantil “no”. Se sacó el short, se acomodó encima y con su mano, me guió… entonces, de plano, la tumbé en el sillón le abrí las piernas con rudeza y arrimé mi cara hasta su no-tan-pachón-agujero.
Y ya saben lo que vi, creo. Lo vi, quise ponerle un dedo adentro, cerciorarme de que no iba a triturarme el pájaro como una Pica-Lica Moulinex… entonces, Moni, jadeando ligeramente, dijo las palabras que jamás he de olvidar “¿Qué?... ¿quieres darle un besito?”… imagino que lo que dijo e hizo, fue con la mejor de las intenciones, por poner algo de sabor a nuestro encuentro, o simplemente porque también ella quería, pero… agarró mi cara firmemente. Yo, pendejo y atónito calculándole el dedazo, no lo vi venir… en vez de mi dedo más gordo, fue mi nariz la que fue a parar a aquel agujero. No mentiré. En aquella tarde de sábado, yo no estaba listo para iniciarme en el sexo oral y Moni, no aprobó para nada la vomerofilia. Fue verdaderamente mala idea atarragarme las palomitas y la coca… Si.
Le rogué, y no saben cuánto, finalmente, pudo más el bochorno que el miedo al agujero mordelón y lo hice. Empujé, y seguí empujando hasta que llegó la punzada y se me trababa la quijada. Moni me besó, yo me fui a casa corriendo.
Aída estuvo de nuevo mirándome fijamente. Yo, ya con el desparamiento superado, me le acerqué, retador. Abrió sus piernas y yo miré el fuego en sus ojos… “No tengo miedo” – le decía, confiado. Ya sabía yo lo que estaba escondido y podía manejarlo… me ponía en medio de sus piernas y entonces, desperté. Jamás volví a soñar con el agujero, ni con Aída. Ahora, sueño con Moni y la vomitada aquella, solo que estamos ambos dos desnudos en la plaza central. Extraño mucho al agujero.
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Julio C324r,
Sueño Húmedo
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Ansiedad

La noche en que velaron a Miguel Arrollo se dejó venir gente de todo el estado. Algunos, porque verdaderamente apreciaron a aquel señor. Otros, porque tenían el morbo metido de venir a ver que pasara algo sobrenatural. Miguel Palomitas, como era conocido en su infancia por su cruda pobreza y su eterno apetito, murió sin que nadie supiera explicar el porqué. Apareció tirado en la encrucijada a Trapiche Viejo, con la chaquetilla perforada por dos balas a la altura del corazón, saliendo por la espalda del infeliz, pero sin huella alguna de orificio, bala o sangre en el pellejo. Quienes lo encontraron, a falta de sangre, lo dieron por ebrio y le quitaron las cadenas de oro florentino que portaba con orgullo, llevándose en la maniobra el escapulario que, decían, lo resguardaba de una mala muerte.
¿Mala muerte? – Interrumpió entonces Alfredo, con gesto burlón – “ni que hubiera muerte buena, pendejo”. Santiago, haciendo oídos sordos a la leperada, continuó charlando con los demás, arrimados en torno a la botella de mezcal. Sabino Cuervo, fue quien empezó la charla de nuevo. El, al igual que muchos en la región, había escuchado la historia de cómo es que Miguel Palomitas se convirtió en El Señor Miguel Arrollo, acaudalado terrateniente, pero de sombrío aspecto. De entre el amasijo de versiones, chismes y comentarios, Alfredo pudo entender lo simple de la brujería que se decía, le dio a ese hombre una vida de ensueño.

Sin embargo, para Alfredo, eso de andar con un huevo bajo el brazo era una idea poco menos que pendeja, aunque… ¿y que si funcionaba? La cosa era conseguir ese huevo, puesto en noche de luna nueva y bautizado luego en el panteón con la tierra de una tumba, empollarlo en el sobaco era lo de menos, pensó. Y así le hizo. Vendió la montura que ganara echando suertes en Coaquimixco, compró nueve gallinas, gordas y nerviosas y se echó a esperar que pusieran todos esos huevos que le prometió el ranchero que pondrían. Señaló con anticipación las lunas en su calendario de cartón y se paseó como no queriendo por el panteón viejo, echando ojo a las tumbas más viejas y descuidadas… y un jueves que la luna estaba a punto, entró Alfredo al solar, echando gritos y chiflidos hasta que escuchó en el lebrillo el sonido del esperado huevo, golpeando el fondo. Ahí mismo emprendió la carrera y no se detuvo hasta que estuvo frente al montón de tierra que escogió.
Sin saber qué hacer entonces, se sintió como si hubiera llegado a la orilla del mar para solo darse cuenta que no sabía nadar… se sentó en un macetón roto y sobaba el huevo nerviosamente, pensando… hasta que se le apareció aquel sujeto, salido de la nada, a romperle el meditabundo silencio. Si no fuera porque él mismo cargó el cajón de encino hasta el hoyo, podría jurar que la voz del desconocido era la de Miguel Palomitas en su juventud, incluso caminaba con la cadera un poco chueca, justo como el difunto… apenas cruzaron palabra, pues Alfredo, pese a sentir que se le iban las criadillas al gaznate, medio escuchó, medio miró y se dio cuenta, que el bautizo del huevo era algo serio. Se ensalivó el pulgar y lo metió en la tierra húmeda de sereno… mientras intentaba hilar algunas súplicas, trazó con el lodito una cruz en el cascarón, todavía tibio y tan solo terminar de hablar, se escuchó un quejido dantesco y terrible, mientras, bajo la tierra, se sintió un golpe seco en el hueco del ataúd… Alfredo supo entonces que algo ahí había salido bien.
Y así, pues, desde aquella noche, siempre había algún ruidito inusual persiguiendo a Alfredo, alguna cosita en la habitación se movía, alguna tacita sonaba como campanita, algún trapo reptaba, despacito. Hasta los más recios de sus amigos sentían pesado el ambiente a su alrededor y empezaron a darle la vuelta. De cualquier manera, él ya andaba de nana del huevo y ya no iba a los toros, ni a ponerle un tostón a los gallos, mucho menos a bailar con las muchachas del Cotompinto a son de la pianola. Por las noches, sueños de extraña felicidad le acometían los sesos. Se veía a sí mismo besando a hermosas mujeres, o bailando en un salón enorme, con una soltura para él desconocida, riendo y compartiendo deliciosos manjares. Despertaba en su chinantli, bañado en sudor, palpaba que el huevo estuviera en su lugar y se volvía a dormir.
Evitaba a toda costa preguntas sobre su extraño cambio de hábitos, pero tenía de alguna manera que averiguar el tiempo restante de incubación, así que fue a ver a Sabino al ingenio, pretextando la miel de caña, hasta se compró unos bolillos de vapor. Caminó hasta allá, sudando y chapaleando con sus viejos huaraches de correa, pues renunció a montar en el burro, no fuera a caerse y se arruinara su fortuna. Del lado de la barranca, estaba Sabino Cuervo, pelando unas excelentes orquetas de guayabo. Se sorprendió de ver llegar al sudoroso y sonriente Alfredo hasta allá. Solo una vez había sucedido, y era porque le debía un dinero de una tirada de cubilete. Se sentaron, comieron bolillo con miel, rieron y hasta que se acabó el veinte de pan, es que se aventó Alfredo a preguntarle a Sabino todo lo que sabía de el encantamiento del huevo.
--- Sabino escuchó con su acostumbrado temperamento achaparrado, hasta que llegó Alfredo al punto de la cruz de tierra en el huevo aquel. Sabino se santiguó y entre molesto y espantado, preguntó si es que el impío Alfredo notó que la cruz de tierra de panteón ya no se borró del cascarón… al notar la cara de sorpresa de Alfredo, Sabino hizo una seña rápida para que no lo sacara de su sobaco para corroborar la marca. No lo sacó de muchas dudas lo hablado, pues tras aquella confesión, Sabino ya no dijo gran cosa, acaso que, de aquel huevo empollado en sus humores, habría de partir un diablo que sería el encargado de complacerle sus deseos, pero que también, en cualquier momento, sería ese mismo ente quien se encargaría de arrastrar su alma hasta el séptimo círculo del infierno.

Alfredo se mostró incrédulo, irreverente y hasta guasón ante aquel terrible castigo a su ambición, pero sintió que su alma se sobrecogía al notar que, la orqueta de guayabo que estaba jugando en las manos durante la charla estaba chamuscada en sus orillas y lo más inquietante: que al retirarse del ingenio, notó que las huellas que dejaran sus pies en el terregal, estaban ahí, claramente impresas en el camino, como si el suelo quedara marcado en donde él pusiera los pies.
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Julio C324r,
Mis Demonios
domingo, 4 de octubre de 2009
Textículos.

Cuando un coche, por muy chingón, caro y potente que sea, rebasa el límite de sus posibilidades, emite alguna serie de ruidos que no consigo describir. El asfalto cruje de manera que los huevos se encogen y el viento apenas permite escuchar las canciones que estallan y acorrientan el ambiente dentro... la arrolladora, quesque, pinches pendejadas. En mi cabeza estaba la recién escuchada "All nightmare long" y trataba de revivirla para adecuar el momento lleno de adrenalina que sería pasar debajo del paso a desnivel del centro a esa velocidad, con el motor bramando y la libido de Ana desatada, cantando a grito pelado y ocasionalmente manoseándonos con ansiedad. Se trataba solamente de conseguir más cerveza para todos y para mi, unos camel.
Pasamos por el túnel pavimentado en un parpadeo, sorprendido por la luz de las lámparas tratando de poner mis dedos entre las piernas de ella, quien abrió las piernas y cerró los ojos, Luisa, la copiloto nos cabuleó y el chofer, quien seguramente daría cuenta de las ganas de Luisa, David, volteó a ver porqué los comentarios. Una fracción de segundo y nuestro bólido se salió de control. Rechinaron dramáticamente las llantas, volantazos desesperados y la inmediata desaparición de la erección que traía, junto con la borrachera, me dijeron que estábamos tentando demasiado a la suerte. Sin embargo, David estaba eufórico cuando llegamos a comprar. Necio en volver a tomar vuelo y cruzar el túnel, me hizo encabronar y terminamos en jaloneos y mentadas de madre.
Ana no quiso bajarse conmigo. Se me olvidó lo mucho que me atraían sus piernas gruesas y lechosas, sus labios de un rojo natural y el desenfado con que siempre se comportaba una vez que el alcohol le hacía efecto. Si, olvidé que le tenía preparada una salvaje sesión de sexo, una mañana de abrazos y besos y una día entero de atenciones post-coito, simplemente no me subí, pese a los comentarios hirientes de Luisa, empeñada en picarme el orgullo. David me pintó cremas y yo, con perfecta dicción, le dije, despacito, para que no fuera a confundir alguna palabra "ve-te a la ver-ga, pu-ti-to". Las llantas giraron violentamente en su sitio, dejando un olor que, suponía yo, era similar al olor que despediría el condón al ser violentamente tallado en el movimiento dentro-fuera que le aplicaría a Ana. Y se fueron, mientras la horrenda canción aquella se repetía en el estéreo.
Regresé, compré otro pack de cervezas para irme a casa y de paso, un paquete de burritos de microondas sabor plástico con caca y una coca cola grande. Allá, en casa, intenté olvidar que se me sebó el tiro. Intenté no puñetearme con las sensaciones que me dejaron las manos de Ana en la piel, fertilizadas con todo el repertorio de proezas que pensaba ensayarle encima. Puse música en el estéreo, con los audífonos enormes a buen volumen y me me puse a escribir. En aquel entonces me tocaba hacerlo los jueves. Escribí y sucedió que fué un buen ejercicio para desprenderme del coraje, la tiricia y la calentura. Escribí, leí aquello y me quedé dormido en el sillón, mirando a la calle.
El sol salió cruelmente temprano, jodiéndome el sueño aquel en que podía oler el jugo de los calzones de mi amante. Me quité los pantalones, la playera y los tenis para tumbarme en la cama, con los oídos zumbando de tanto ruido inducido. Es extraño. Con los audífonos puestos me desconecté de todo, pero al quitármelos, un ruidito característico del motorola jodón me dijo que habían pasado cosas en las últimas 4 horas. Tomé el teléfono para checar, y ya no pude dormir.
Los primeros mensajes eran de Ana, queriendo convencerme de que la esperara despierto, que ella también quería vulcanizarme el condón puesto y luego nueve llamadas perdidas de su número. Enseguida, otras dos llamadas, una, de la casa de David y una más del celular de mi querido amigo Cheke. Mis compinches si lograron pasar el túnel sin perder el control, no sé, algunas veces más, pero al querer escapar del aviso al 066, despedazaron su coche contra el tras de un camión sobre la vía rápida que sale hacia Acapulco. Que pinche horror.

Y entonces, han sido días de recordar. El niño que dejó huerfanito Ana ya cumplió tres añitos. Fui a dejarle algunas flores y a ustedes, a compartirles lo increíble que es que ya haya pasado un año. Un año en que me bajé del coche y me senté a escribir. Un año en que dos de mis aficiones me salvaron la vida: Ser culero y escribir.
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Aniversario,
Julio C324r
lunes, 7 de septiembre de 2009
Acentos

Su nombre es Eliseo. Es el muchacho que todas las madres quisieran tener. En la escuela, un alumno ejemplar, aquel que es bueno en lo académico, dueño de la simpatía de los profesores y compañeros. Tiene habilidades, toca el acordeón y por si fuera poco, tiene un físico como de habitante de la villa asolada por el Grinch, vaya... menudo y simpático. Eliseo estaba ya por salir de la Técnica 9 cuado llegué yo. Expulsado de la José de San Martín, la Moctezuma y la San Martín de nuevo. Yo solo quería salir ya de la secundaria y para mi mala pata, Óscar, mi secuaz, amigo y seguidor en todos mis desmanes acababa de llegar a la secu tres días antes que yo. Gracias a las quejas de la mamá de "la móscar", fué llevado inmediatamente al grupo de Eliseo y yo, ya desprovisto de estigmas, me quedé en el grupo de ganadería.
Con mis compañeros, el éxito fué casi inmediato. Ser un renegado tiene su encanto para la banda, ser atento y cordial atrae a las compañeras y hacer bien las tareas, participando en clase, puede engañarlos a todos. Más o menos fueron quince días para empezar a cambiar el rumbo de mi vida escolar. Fué cuando me llamó el Director a firmar unos papeles que decían que estaba yo muy jodido y que me responsabilizaba de mantener un promedio que me sonaba inalcanzable, pero ¡que diablos! ¡En la pinche vida había tenido yo una beca! Y ahí empecé a ganarme cierto prestigio. Jugaba al basket y hacía mis entradas en triple emulando al Magic, a Barkley... con Jordan me metía poco, aunque terminaba los partidos con una buena cota de puntos en mi cuenta personal. Llevaba el uniforme limpio, claro, en la medida de lo posible, porque para mi "limpio" significaba no dibujarle svásticas o calaveras aprovechando la cuadrícula del pantalón, o no llevar la camisa, recién rescatada de la mochila, arrugada como chicharrón y con botones perdidos.
Me di cuenta de que no sería fácil borrar de un plumazo todo mi pasado, pues Óscar, se había encargado de contarle a sus compañeros de apicultura muchas de nuestras correrías, coregrafió muy bien sus charlas en las que nos peleábamos con los del barrio de El Tecolote, que nos brincábamos la reja para escapar a robar melones al INI, que una vez me rajé la ingle con el alambre de púas, que Nancy "la marranita" habría sido mi novia tres meses, mismos en los que apenas le dirigí la palabra y me cortó con una carta escrita en papel de estraza. Vaya... muchos de los detalles que ahora me daban pena eran ya del dominio popular, pero ni hablar, ese al que describía Óscar era yo.
Pero un buen día, a mediados del año escolar, llegó nuestro Maestro Asesor y repartió tres hojas fotocopiadas y engrapadas a cada uno. Una era una lectura de diez posibles y el resto, ejercicios de ortografía, gramática y demás yerbas. Con toda la naturalidad del mundo, pues no le vi problema alguno, terminé y entregué, pues ya me andaba por salirme a comer gorditas de chicharrón del otro lado de la carretera, en´ca "el guayabo" Debo haberlo hecho rápido, pues el maestro, sorprendido, se puso a calificarme ahí mismo a falta de otro menester. Hasta donde me atacaba una de chicharrón con guacamole llegó Ramón a contarme el éxito obtenido en esa prueba, y me ego se elevó cuando me dijo que el Maestro les mostró de lejitos mis hojas absolutamente llenas de palomitas, poniéndome de ejemplo con los demás. No sabría más de ese ejercicio hasta tiempo después, yo mientras, seguí esmerado en entrarle a la selección de basket.
Teníamos clase con "el armadillo" cuando llegó mi Maestra de español a sacarme del salón. Empecé a pensar en todo lo realizado durante los últimos siete días, ¿ahora, por que me van a castigar?... pero no, llegamos frente a donde estaban los dos mejores de cada grupo, de los tres grados, echándose una amistosa batalla de lectura y redacción. En lectura, según los tres Maestros, fuí derrotado por Blanquita, muchacha harto fea y gorda, como tortuga ninja sin cáscara, pero quesque leer era su gracia. En la escritura es que resulté tener los mismos aciertos que Eliseo, mi némesis natural, y lo recuerdo, con gesto déspota saludándome y diciendo algo como "vamos a desempatar, pues" Blanquita, con todo y que era fea como cucharada de mocos en ayunas, fué al salón, triste de quedar en cuarto lugar de cuatro lectores, a decir que estaba yo en aquella competencia por ser el mejor. Madres. Todos mis compañeros se salieron de la clase inútil de el Profe Armando y estaban pegados a los vidrios, apoyándome. Ahí supe que no estaba perdido, que podría tener alguna esperanza de no terminar despachando medios kilos de tortillas o cargando dos garrafones a la vez cuesta arriba en la colonia El Calvario.
Y tras una andanada de cien palabras, las cuales teníamos que apuntar en una hojita, resultamos empatados de nuevo. Vamos, otra vez: retórico - caléndula - cívico - artrítico - rústico - homínido - dentífrico - y así, otras cincuenta palabras que escribíamos como si el certamen fuese de velocidad y de pavoneo. Muy orondos, entregamos ambos el papel y llegó la calificación: Empate.
¿Otras cincuenta? - me dijo aquel figurín, con cara de superioridad. "Échame doscientas y una prima" - le respondí, burlón. Las razones de mi mala leche se debían a que ya estaban sus compañeras también echándole porras afuera del salón... ¡ah!, y que sus primas estaban bien sabrosas.
Raquítico (tu pájaro) - monóxido (suena a macaco cagado) - híbrido (Eliseo, mitad machín y mitad vedette) - iba yo completando entre dientes las palabras de tan fáciles que se me hacían. Eliseo ya sudaba levemente y me miraba con risa nerviosa cada que paraba de escribir. Ambulancia (necesitarás una) - atavío (si, de campeón) - y así. Cincuenta palabras que se fueron en chinga. Maestros risueños calificando de nuevo. ¿Eliseo? - Se levantó mi maestra favorita, la nalgona: cuarenta y nueve aciertos, dijo, triunfante. Mi asesor se puso de pie, incrédulo. Cincuenta. ¿Cincuenta? - Preguntó la de la abundante región nalgatoria con cara de sorpresa. Si, señores: Cincuenta.
Y empezó la gritería. Eliseo puso una cara de macaco comiendo salsa búfalo que a la fecha no se me olvida. Mis compañeros, bien a toda madre, entraron a felicitarme y yo, con cara de "no hay pedo, a diario le gano a un tipo de éstos, y luego voy a nadar con tiburones y apago fogatas con el culo" A la distancia, me parece una escena de esas de película en que el héroe, ya bien dado a la chingada derrota al enemigo con una magistral serie de patadas voladoras.
Lo que no supe, sino hasta algunos años más tarde, es que mi Maestra favorita, la culona, estuvo haciendo trampa, al calificar a Eliseo ayudándole con acentos, puesto que desde el principio le gané, pero la dirección de la Técnica se aferró a que él nos representara en el Estatal de Ortografía y Gramática, pero no, fuí yo, con todo y trampas que no hacen sino aumentar mi triunfo. Por cierto, le gané porque escribió "ambulancia" con acento: ambulancía. ¡Ah! y dos meses después, durante el homenaje, me entregarían ambos premios, el de primer lugar de la escuela, y el estatal. No he visto a Eliseo desde hace años.
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A Que No Sabías,
Julio C324r
lunes, 31 de agosto de 2009
Volver A Empezar
"Ahí tienes. ¡Yo no sé que es lo que le ves a esa pendeja!" - me dijo Cecilia, haciendo ese giro con los ojos que me dice que algo le molesta realmente. "Ay, negra" - respondí, acabándola de chingar - "¿cómo que qué le veo?" Verdaderamente, uno parece que no aprende. O tal vez es que aprendemos demasiado bien, pues en aquella noche de sábado yo, leyendo la actitud, el tono de voz y los movimientos de Cecilia, sabía que se avecinaba algo gordo. Sin embargo, yo solo me fuí dejando guiar a donde sea que llegáramos con nuestro mutuo desdén. Estábamos sentados, con sendas cervezas enfrente, escuchando canciones choteadísimas en voz de un trovador de medio pelo, pero tratando de echar los muros abajo, de desnudarnos en las intenciones y arrancarnos una sincera confesión... pero resulta que ambos somos muy duros de pelar.
La mesera en cuestión tenía un "no se que"... los caballeros que me lean me entenderán. Pelo negro y ondulado, espalda curvada deliciosamente hasta rematar en un par de nalgas hermosas y antojables, lunarcito en la boca, ojos grandes, penetrantes y unas piernas macizas y torneadas, justamente resaltadas por la minifalda y los tacones. Apenas estaba en la segunda cerveza, pero con tal de volver a oler su perfume, la llamé con el brazo, atragantándome por terminar la que tenía en la mano. Obviamente, ese detalle no escapó al radar de mala leche que Cecilia tenía activado a todo vapor. En la mesa de la esquina, cuatro tipos con aspecto de oficinista aplaudían cualquier cosa que dijera el aporreacuerdas, cosa curiosa, si no fuera por la camisa amarrada con agujeta, la greñita y la barba de náufrago, el trovador también parecería oficinista -pensé. Cecilia, sabedora de sus encantos y haciendo la cara de zorra habrienta número 6, paseaba la boca de la botella en sus labios, como no queriendo y aquellos tipos se codeaban y cuchicheaban con malicia. "Mira, la vieja de ese pendejo te está echando el calzón" - seguramente habrán dicho entre ellos, óiganme, si yo también tengo mis ratos de "Mucho Macho Muchacho".

Pero ustedes y yo sabemos que las posibilidades de Cecilia de salirse con el ego hasta las nubes son infinitamente superiores a que me haga caso Yolanda. ¿No les dije que le saqué su nombre en aquella tercera vuelta?... pues así fué. "Es molesto estar de naco agitando el brazo" - recuerdo que le dije, argumentando, y si hubiera ido solo, ella seguramente me habría dado su número "en caso que quiera otro trago y no puedas verme ni agitando el brazo, ni diciendo tu nombre" - Cecilia me arrancó los huevos en su mente, seguramente, yo pude adivinarlo cuando empezó a doblar la servilleta con meticulosidad. Y yo, un poco apenado por haber llegado así de lejos con mi necedad, le sonreí. ¿Otra cerveza, negrita?... "Chinga tu madre", dijo sin palabras cuando me dirigió una mueca y empezó a despellejar la etiqueta de su cerveza.
Afortunadamente, el tipo se bajó del "escenario", no sin antes echarse uno de esos típicos discursos que pretenden ser simpáticos y ocurrentes. "Recuerden ponerse borrachos, es por apoyar al fondo de los niños pobres... mis hijos", algo así dijo y se fué, caminando como me imagino que camina Borola Burrón, para que se le moviera su pelambrera mantecosa de manera sensual. Cecilia lo iba mirando y aquel más se meneaba, crecido en su ego. A lo lejos, Yolanda me miraba mientras esperaba el cambio. Verdaderamente que no saldría perdiendo en el cambio, y a decir verdad, se me estaba antojando mucho probar. De repente, Ceci se levantó y dijo algo que no entendí. Fué a una mesa de la entrada y besó a una de sus amigas, la típica que le pasa lista a todos los pitos del lugar, vi que estrechaba la mano de unos tipos y acto seguido, ya estaban bailando en la pista. Ella pasaba la uña de su dedo pulgar por el dorso de su muslo al hacer pasos atrevidos de baile, señal de que estaba poniendo toda la carne al asador. Esa negrita verdaderamente sabe como mover su cuerpo. Sabe que uno no puede quitar la vista de encima de sus caderas y las mueve con salero. Sin embargo, ella no sabía que Yolanda, desde allá, la miraba también y asentía ligeramente, como aceptando un reto. Yo levanté mi cerveza y ese mujerón levantó su tequila. De lejos, leímos nuestros labios: "¡Salud!"
Se me acercó uno de los tipos aquellos. "No, no me molesta, de verdad" - respondí cuando, ebrio pendejo, me vino a preguntar si me molestaría en que bailara con Ceci, y de paso, a pagarme el siguiente trago. Bienvenido. Sabía que la cerveza viene acompañada y me preparé. Yolanda, para mi sorpresa, me trajo, ahora sí, un papelito con su número y ni tardo ni perezoso, fuí al baño a mandarle un mensaje atrevido. Respondió rápidamente. Afuera, Cecilia estaba convertida en la reina de la noche y el trovador empezaba su cacería.
Salí a "mover el coche". Besé a Yolanda con verdadera ansiedad y ella se entregó a mi abrazo. Solamente nos palpamos y supe que aquella noche prometía delicias indescriptibles. Al regresar, ¡oh, sorpresa! El trovador ya estaba sentado en la mesa, charlando animadamente con Ceci. Resulta que ella y el tipo ya habían tenido que ver - ¡doble sorpresa! - y estaban poniéndose al día. No pude poner atención a su charla, por más que me acicatearan los celos, pues los labios de Yolanda me latían todavía en la boca. Asentía y respondía con monosílabos, miraba a la barra, la veía caminando e imaginaba mil maneras de sacarla de ahí para llevarla a cualquier parte en que pudiésemos repetir el beso sin censura alguna. Ceci interpretaba mis escuetas respuestas como un ataque de celos, y se esmeraba en ser más encantadora con aquel seboso.
Quise llevarme a Cecilia a su casa, volver por Yolanda, y yo sé que se oye tremendamente ojete, pero no podía esperar por las promesas implícitas en los guiños de aquel mujerón. Cecilia, sin embargo, me dijo que no, que quería esperar a la segunda tanda de canciones destruídas en "versión trova", quise insistir, pero entonces ella me la soltó completa: "Vete si quieres, Toño me va a dejar a la casa" - Y me salí. Desde afuera, le propuse mil cosas a Yolanda por teléfono, pero ella no saldría sino hasta que el bar cerrara, como siempre, de lunes a domingo. Yo me recosté en el coche. Desde aquella esquina y metido entre dos camiones, podía mirar y hasta mis oídos llegaban aquellas canciones "dame una cita, vamos al parque" - ¡vamos a la verga, pues que! Dormité y fumé, hasta que, al cambiar la música, vi a Cecilia subiendo al coche del "artista" alegremente. Se me hizo un nudo en las tripas. Acto seguido, se asomó Yolanda y me invitó a volver a entrar. Le hice señas "aquí te espero".

Y esperé y ella llegó, y tras ella las caricias, y con ellas la pasión y todos juntos terminamos en su departamento, queriendo comernos a puños. De Cecilia, ni me acordé, sino hasta la mañana siguiente que vi el alud de mensajes y llamadas perdidas. ¿Pues que habrá pasado?... un par de disculpas rápidas, muchas promesas y vámonos, de vuelta a la realidad. Cecilia lloró y me estuvo abrazando fuerte. Resulta que el trovador se volvió testigo de Jehová y se la pasó sermoneándola para que dejara de vivir en el pecado y ya se animara a formalizar conmigo. Lo sigo pensando hasta hoy muy seriamente. Yo podría acostumbrarme a ella, a su desdén juguetón, a sus besos calientes y hasta a su horrenda manera de hacer la sopa, pero tengo el sabor de Yolanda en la boca, en las manos siento su sudor y mi vientre sigue palpitando a su ritmo... consuelo a Ceci. Y trato de llevarme las cosas tranquilas. Quiero volver a meterme entre las piernas de aquella morena antes de cualquier desición, pero ella no puede hoy. ¿Y el jueves? -le pregunto. "Es que hoy regresa mi esposo", dice. Si tuviera huevos suficientes, dejaría a Ceci, que continúe con su vida, no la merezco y si aposté y perdí es mi asunto. En la noche, llega a casa con comida china, y me presume que me trae un regalito bajo el vestido. Si, ya lo sé, me faltan huevos.
La mesera en cuestión tenía un "no se que"... los caballeros que me lean me entenderán. Pelo negro y ondulado, espalda curvada deliciosamente hasta rematar en un par de nalgas hermosas y antojables, lunarcito en la boca, ojos grandes, penetrantes y unas piernas macizas y torneadas, justamente resaltadas por la minifalda y los tacones. Apenas estaba en la segunda cerveza, pero con tal de volver a oler su perfume, la llamé con el brazo, atragantándome por terminar la que tenía en la mano. Obviamente, ese detalle no escapó al radar de mala leche que Cecilia tenía activado a todo vapor. En la mesa de la esquina, cuatro tipos con aspecto de oficinista aplaudían cualquier cosa que dijera el aporreacuerdas, cosa curiosa, si no fuera por la camisa amarrada con agujeta, la greñita y la barba de náufrago, el trovador también parecería oficinista -pensé. Cecilia, sabedora de sus encantos y haciendo la cara de zorra habrienta número 6, paseaba la boca de la botella en sus labios, como no queriendo y aquellos tipos se codeaban y cuchicheaban con malicia. "Mira, la vieja de ese pendejo te está echando el calzón" - seguramente habrán dicho entre ellos, óiganme, si yo también tengo mis ratos de "Mucho Macho Muchacho".

Pero ustedes y yo sabemos que las posibilidades de Cecilia de salirse con el ego hasta las nubes son infinitamente superiores a que me haga caso Yolanda. ¿No les dije que le saqué su nombre en aquella tercera vuelta?... pues así fué. "Es molesto estar de naco agitando el brazo" - recuerdo que le dije, argumentando, y si hubiera ido solo, ella seguramente me habría dado su número "en caso que quiera otro trago y no puedas verme ni agitando el brazo, ni diciendo tu nombre" - Cecilia me arrancó los huevos en su mente, seguramente, yo pude adivinarlo cuando empezó a doblar la servilleta con meticulosidad. Y yo, un poco apenado por haber llegado así de lejos con mi necedad, le sonreí. ¿Otra cerveza, negrita?... "Chinga tu madre", dijo sin palabras cuando me dirigió una mueca y empezó a despellejar la etiqueta de su cerveza.
Afortunadamente, el tipo se bajó del "escenario", no sin antes echarse uno de esos típicos discursos que pretenden ser simpáticos y ocurrentes. "Recuerden ponerse borrachos, es por apoyar al fondo de los niños pobres... mis hijos", algo así dijo y se fué, caminando como me imagino que camina Borola Burrón, para que se le moviera su pelambrera mantecosa de manera sensual. Cecilia lo iba mirando y aquel más se meneaba, crecido en su ego. A lo lejos, Yolanda me miraba mientras esperaba el cambio. Verdaderamente que no saldría perdiendo en el cambio, y a decir verdad, se me estaba antojando mucho probar. De repente, Ceci se levantó y dijo algo que no entendí. Fué a una mesa de la entrada y besó a una de sus amigas, la típica que le pasa lista a todos los pitos del lugar, vi que estrechaba la mano de unos tipos y acto seguido, ya estaban bailando en la pista. Ella pasaba la uña de su dedo pulgar por el dorso de su muslo al hacer pasos atrevidos de baile, señal de que estaba poniendo toda la carne al asador. Esa negrita verdaderamente sabe como mover su cuerpo. Sabe que uno no puede quitar la vista de encima de sus caderas y las mueve con salero. Sin embargo, ella no sabía que Yolanda, desde allá, la miraba también y asentía ligeramente, como aceptando un reto. Yo levanté mi cerveza y ese mujerón levantó su tequila. De lejos, leímos nuestros labios: "¡Salud!"
Se me acercó uno de los tipos aquellos. "No, no me molesta, de verdad" - respondí cuando, ebrio pendejo, me vino a preguntar si me molestaría en que bailara con Ceci, y de paso, a pagarme el siguiente trago. Bienvenido. Sabía que la cerveza viene acompañada y me preparé. Yolanda, para mi sorpresa, me trajo, ahora sí, un papelito con su número y ni tardo ni perezoso, fuí al baño a mandarle un mensaje atrevido. Respondió rápidamente. Afuera, Cecilia estaba convertida en la reina de la noche y el trovador empezaba su cacería.
Salí a "mover el coche". Besé a Yolanda con verdadera ansiedad y ella se entregó a mi abrazo. Solamente nos palpamos y supe que aquella noche prometía delicias indescriptibles. Al regresar, ¡oh, sorpresa! El trovador ya estaba sentado en la mesa, charlando animadamente con Ceci. Resulta que ella y el tipo ya habían tenido que ver - ¡doble sorpresa! - y estaban poniéndose al día. No pude poner atención a su charla, por más que me acicatearan los celos, pues los labios de Yolanda me latían todavía en la boca. Asentía y respondía con monosílabos, miraba a la barra, la veía caminando e imaginaba mil maneras de sacarla de ahí para llevarla a cualquier parte en que pudiésemos repetir el beso sin censura alguna. Ceci interpretaba mis escuetas respuestas como un ataque de celos, y se esmeraba en ser más encantadora con aquel seboso.
Quise llevarme a Cecilia a su casa, volver por Yolanda, y yo sé que se oye tremendamente ojete, pero no podía esperar por las promesas implícitas en los guiños de aquel mujerón. Cecilia, sin embargo, me dijo que no, que quería esperar a la segunda tanda de canciones destruídas en "versión trova", quise insistir, pero entonces ella me la soltó completa: "Vete si quieres, Toño me va a dejar a la casa" - Y me salí. Desde afuera, le propuse mil cosas a Yolanda por teléfono, pero ella no saldría sino hasta que el bar cerrara, como siempre, de lunes a domingo. Yo me recosté en el coche. Desde aquella esquina y metido entre dos camiones, podía mirar y hasta mis oídos llegaban aquellas canciones "dame una cita, vamos al parque" - ¡vamos a la verga, pues que! Dormité y fumé, hasta que, al cambiar la música, vi a Cecilia subiendo al coche del "artista" alegremente. Se me hizo un nudo en las tripas. Acto seguido, se asomó Yolanda y me invitó a volver a entrar. Le hice señas "aquí te espero".
Y esperé y ella llegó, y tras ella las caricias, y con ellas la pasión y todos juntos terminamos en su departamento, queriendo comernos a puños. De Cecilia, ni me acordé, sino hasta la mañana siguiente que vi el alud de mensajes y llamadas perdidas. ¿Pues que habrá pasado?... un par de disculpas rápidas, muchas promesas y vámonos, de vuelta a la realidad. Cecilia lloró y me estuvo abrazando fuerte. Resulta que el trovador se volvió testigo de Jehová y se la pasó sermoneándola para que dejara de vivir en el pecado y ya se animara a formalizar conmigo. Lo sigo pensando hasta hoy muy seriamente. Yo podría acostumbrarme a ella, a su desdén juguetón, a sus besos calientes y hasta a su horrenda manera de hacer la sopa, pero tengo el sabor de Yolanda en la boca, en las manos siento su sudor y mi vientre sigue palpitando a su ritmo... consuelo a Ceci. Y trato de llevarme las cosas tranquilas. Quiero volver a meterme entre las piernas de aquella morena antes de cualquier desición, pero ella no puede hoy. ¿Y el jueves? -le pregunto. "Es que hoy regresa mi esposo", dice. Si tuviera huevos suficientes, dejaría a Ceci, que continúe con su vida, no la merezco y si aposté y perdí es mi asunto. En la noche, llega a casa con comida china, y me presume que me trae un regalito bajo el vestido. Si, ya lo sé, me faltan huevos.
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Fin De Temporada,
Julio C324r
lunes, 17 de agosto de 2009
La Rifa
"Anda, pues" - Le contesté sin levantar la mirada de mi revista - "ya vete". Y se fué. Aquella noche estuve soñando con que iba en carretera, de noche, y había un loco delante mío, sacando una especie de lupa que proyectaba imágenes en las paredes del cerro usando los faros de mi coche. A ambos lados del camino había un río que serpenteaba, lleno de peces de colores y cada cuanto, había una especie de banquetas que esquivar. La visión me permanecía en la cabeza cuando me levanté, hambriento, a buscar algo. Arrimé el sillón a la ventana y enfocaba la mirada a los anuncios luminosos del centro, como si fuese a verla ahí, meneando las caderas, abrazada de Adrián, pensando en mi, haciendo planes mañosos en que miraría las pequeñas cuarteaduras del yeso que parecen ser dos danzantes prehispánicos, mientras que él la posee y ella llora por descubrir que aquel que embate no soy yo.
Entiendo. Mi ego se ha hipertrofiado. Tal vez por eso me costó tanto trabajo arrancarla de los brazos de aquel tipo y meterla en mi cama ya tantas veces. A lo mejor estaba muy bien equipado y ella solo venía a buscar variedad, a ayudarme a redactar, a convidarme de sus jugos. Si, eso debe ser. "Olvidemos el asunto" - mascullé, y me volví a meter a la cama. Maldita sea. ¿Por qué dejar tantas huellas en mi espacio?... no había reparado en la invasión hormiga de la que fuí objeto hasta entonces. El beso pintado en el espejo, el sobrecito de te negro, el estúpido peluche de la rana que vibra y pelos y pelos enredados en mi barba, en mis cobijas y en mis dedos. "Ojalá quede pelona" - Reí.
Cuando uno queda así, con el corazón sacudido, solo y sin sueño, pasan cosas. Recordé como fué que me esmeré en meterme entre sus piernas aquella vez. Partimos la rosca de reyes en el trabajo y ahí estaba, mi flamante sucesora con su equipo de noveles figuras. Ella empezó su derrota: He escuchado mucho de tí y ya quería conocerte. Lo demás, el tequila, la sobada de pantorrillas, ligera y erótica, las canciones desmadrosas y los malos chistes actuados... salimos juntos por vez primera y la llevé hasta mi colchón. De ahí pa´l real, todo fué una copia de la primera noche. El error fué no preguntar para tantear el terreno. Me enteré de la existencia del novio ya tarde, una vez que estábamos desnudos, riendo y entró la llamada. Ahí pasó. Van dos días desde entonces y todo se desmoronó tan rápido que no puedo evitar asomarme a la calle, esperando verte, deseando que yo esté mirando por la ventana para bajar a abrirte y comernos a besos en el pasillo. Pero nada. A recordarte y pintar escenas en mi cabeza, en que le dices toda la verdad a el tipo aquel y vienes, con tu mochila llena de cosas lindas, a dormir conmigo... la pregunta es... ¿te abriría la puerta?
Yo sé que es mi culpa. Que esta puerca tendencia a meterme en donde no me llaman siempre termina por hacerme llorar, pero hay cierto encanto en poseer algo que no es de uno, como dicen los sabios desde el principio de los tiempos "sabe más sabroso el tamal ajeno que el casero" Y yo, en una lucha infructuosa por dormirme de una buena vez, disfruto pensando en las combinaciones que logramos hacer en la cama. Pienso en que, de volver esta noche, iba a ensayar variantes de mis evoluciones en ella, con la finalidad de destruir a mi rival en su cabeza y en su corazón. Pero ya empieza a amanecer y no pasó nada. Ni esperó, ni me asomé... nada.
Por la mañana, ya más lloroso y reconociendo lo horrendo de mi papel, me preparé a terminar mi trabajo. Al lado de la computadora quedó el teléfono, sin batería. Al conectarlo me di cuenta. Ella estuvo abajo en más de una ocasión, llamando, enviando mensajes... en uno de ellos, dice, tal cual: "no quiero precipitarme, no he decidido irme con el, quiero estar contigo, te amo" Y yo, restablecido, guardo el teléfono y pienso, mientras me estiro contra el marco de la puerta "Largo de aquí, zorra".
Si, algo está mal con mi ego.
Entiendo. Mi ego se ha hipertrofiado. Tal vez por eso me costó tanto trabajo arrancarla de los brazos de aquel tipo y meterla en mi cama ya tantas veces. A lo mejor estaba muy bien equipado y ella solo venía a buscar variedad, a ayudarme a redactar, a convidarme de sus jugos. Si, eso debe ser. "Olvidemos el asunto" - mascullé, y me volví a meter a la cama. Maldita sea. ¿Por qué dejar tantas huellas en mi espacio?... no había reparado en la invasión hormiga de la que fuí objeto hasta entonces. El beso pintado en el espejo, el sobrecito de te negro, el estúpido peluche de la rana que vibra y pelos y pelos enredados en mi barba, en mis cobijas y en mis dedos. "Ojalá quede pelona" - Reí.
Cuando uno queda así, con el corazón sacudido, solo y sin sueño, pasan cosas. Recordé como fué que me esmeré en meterme entre sus piernas aquella vez. Partimos la rosca de reyes en el trabajo y ahí estaba, mi flamante sucesora con su equipo de noveles figuras. Ella empezó su derrota: He escuchado mucho de tí y ya quería conocerte. Lo demás, el tequila, la sobada de pantorrillas, ligera y erótica, las canciones desmadrosas y los malos chistes actuados... salimos juntos por vez primera y la llevé hasta mi colchón. De ahí pa´l real, todo fué una copia de la primera noche. El error fué no preguntar para tantear el terreno. Me enteré de la existencia del novio ya tarde, una vez que estábamos desnudos, riendo y entró la llamada. Ahí pasó. Van dos días desde entonces y todo se desmoronó tan rápido que no puedo evitar asomarme a la calle, esperando verte, deseando que yo esté mirando por la ventana para bajar a abrirte y comernos a besos en el pasillo. Pero nada. A recordarte y pintar escenas en mi cabeza, en que le dices toda la verdad a el tipo aquel y vienes, con tu mochila llena de cosas lindas, a dormir conmigo... la pregunta es... ¿te abriría la puerta?
Yo sé que es mi culpa. Que esta puerca tendencia a meterme en donde no me llaman siempre termina por hacerme llorar, pero hay cierto encanto en poseer algo que no es de uno, como dicen los sabios desde el principio de los tiempos "sabe más sabroso el tamal ajeno que el casero" Y yo, en una lucha infructuosa por dormirme de una buena vez, disfruto pensando en las combinaciones que logramos hacer en la cama. Pienso en que, de volver esta noche, iba a ensayar variantes de mis evoluciones en ella, con la finalidad de destruir a mi rival en su cabeza y en su corazón. Pero ya empieza a amanecer y no pasó nada. Ni esperó, ni me asomé... nada.
Por la mañana, ya más lloroso y reconociendo lo horrendo de mi papel, me preparé a terminar mi trabajo. Al lado de la computadora quedó el teléfono, sin batería. Al conectarlo me di cuenta. Ella estuvo abajo en más de una ocasión, llamando, enviando mensajes... en uno de ellos, dice, tal cual: "no quiero precipitarme, no he decidido irme con el, quiero estar contigo, te amo" Y yo, restablecido, guardo el teléfono y pienso, mientras me estiro contra el marco de la puerta "Largo de aquí, zorra".
Si, algo está mal con mi ego.
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Julio C324r,
Tres son multitud
lunes, 20 de julio de 2009
El Equilibrio
Es curioso. Me ha dado por pensar últimamente que me conozco al menos al grado de poder responder esta simpleza. Pero no es así. "Di tu última voluntad, pendejo" - me gritó el Señor Torres antes de intentar darme un buen par de tiros. Quién iba a pensar que un certero golpe con una barra de metal superaría una precisa y engrasada Smith & Wesson. Que caray. La cosa es que me dejó pensando. Uno nunca sabe desde dónde comienzan a tejerse las hebras del destino, ¿verdad, cariño?
Parece que fué ayer que me enamoré de tus rizos en la secundaria. Parece tan poco tiempo que no puedo olvidar tus burlas, tu actitud tan grosera conmigo... que yo recuerde, nunca te hice nada que ameritara tu tirria, sin embargo, te padecí tres años ¡tres malditos años! Me heriste. Me heriste mucho y no podría siquiera pensar en las noches sin recordarte. Tu primo me golpeó tantas veces... solo, acompañado, contigo mirando... si salgo de esta, lo buscaré también. Ustedes son una asquerosa jauría... y yo, soy su veneno. Sin embargo, dicen que la vida se encarga de ir acomodando las caprichosas piezas de nuestro destino y mírate... mírame a mi, ilusa. ¿Pensaste que tus piernas se iban a quedar igual de blancas y duras?... Déjame adivinar... ¿quince? ¿O acaso serán más de veinte los tipos a quienes te empujaste antes de acabar aquí, despachando latas? ¿Eh?
Regresé aquí, me gradué con honores, solamente quería trabajar, pero no, tenía que encontrarte y seguir siendo el blanco de tus viciosas opiniones, de toda esa mala leche que seguramente acumulaste de cien en cien pesos con ebrios que ahorraron para poseerte, cerda. ¿Que soy maricón? ¿No decías eso, acompañado de tu risa estridente y castrante? Entérate, no te cogí porque me das asco, pero mira. ¡Mira bien lo que podrías comerte! La miel no se hizo para el hocico del burro, me decías... que ironía, ¿verdad? Ahora, la miel soy yo, animal.
Tu mala actitud le costó la vida al borracho ese que tienes de empleado, si, ¡tú lo mataste al mandarlo a fastidiarme! Yo no sé que ganabas con eso, pero ahora si, entiendo lo que te has ganado, mamacita. Tu papá, pobrecito... siempre me agradó, pero no debió sacar su pistola sin cerciorarse que estuviera cargada. ¿Ves? El destino. ¿Quién habría dicho que aquí te encontraría de cajera? ¿No ibas a ser cirujana, diputada, astronauta, puta? Unos chicles. Eso, solamente. Unos chicles sin mirada de desprecio, sin tono hiriente, te habrían salvado al vida, pero no. ¡Cómo dejar de ser una perra, si así naciste! Ahora, mientras tu papá se estremece y se sacude como pez fuera del agua, pienso... ¿cuál podría ser mi última voluntad? A ver... déjame lo veo en perspectiva... podría ser que me recibieras mi primer carta de amor, torpemente escrita, sin sacarle fotocopias y humillarme el lunes de homenaje. O podría ser que el día de la despedida de clases no me escupieras en la cara, que me sangraba de la patada que me diera el imbécil de Joaquín... tal vez sea no morir, simplemente. Quedarme a cuidar a mi mamá como era mi primer deseo, conocer a alguien, enamorarme, tener hijos... pero no, tú apareciste y ahora mi deseo es que alguien antes que yo te hubiera matado. Como fuera, con su coche, apretándote el cuello, de una puñalada certera... muerta habrías estado mejor. !A ver, niégalo!
Ahora que escucho el ruido afuera, que adivino que ya vienen por mi, me río. Me río de ti, de la vida. Veo las luces parpadeantes a través de el cancel de la entrada. No van a disparar, lo sé. Querrán tenerme perfectamente centrado antes de jalar el gatillo. Irónicamente, te debo estos últimos minutos, así que, por favor, continúa moviéndote. Veo que ya has aflojado la cinta, pero no es suficiente para que desates las manos y no lo será. Yo ya no tengo retorno. ¿Quieres que me escape y me vaya? Imposible, ya me asomé y estoy atrapado. ¿Quieres que caiga muerto? Estamos de acuerdo. Yo no soy carne de presidio, no lo soportaría. El encierro, los abusos, la falta de luz, de esperanza... no, jamás.
Mi última voluntad... carajo. ¿Cuál podría ser? Que hubiera tenido más balas en el despacho tu padre. Que no hallaran el cadáver del borracho ese al lado de la ventana, que no entrara nadie mientras te estaba atando a la silla, podría ser también, pero ya no hay nada que hacer con eso. Estamos así, sin remedio. ¿Los escuchas?... que me entregue, que salga con las manos en alto. No, eso no pasará. Creen que no los veo, reflejados en el pinball, agazapados al lado del cancel. Es más, escucho casi las pisadas de los dos que vienen por la azotea. ¡Yo no quiero morir!... es más, ¡ni siquiera quiero haber entrado aquí! ¡Escucha!... ya rompieron el candado de la puerta del callejón... Desearía que me dieras un beso antes de que me maten. Desearía que te disculparas conmigo de todo, que me miraras con sinceridad... pero ya es tarde, demasiado tarde. Nadie se ha dado cuenta que ya te maté hace rato, afortunadamente. La mancha de sangre solo es visible desde éste lado... no puedo cargarte como escudo... ¡veo sombras!... al menos guardé al final la bala más brillosa. Al menos en eso quiero salir como el distinguido. Morir con ella... ¡Ahí vienen! ¡Perdóname, mamá, yo no soy malo, tú lo sabes, yo no soy así!... ¡Ya los vi! ¡No me agarrarán vivo, cerdos!
Parece que fué ayer que me enamoré de tus rizos en la secundaria. Parece tan poco tiempo que no puedo olvidar tus burlas, tu actitud tan grosera conmigo... que yo recuerde, nunca te hice nada que ameritara tu tirria, sin embargo, te padecí tres años ¡tres malditos años! Me heriste. Me heriste mucho y no podría siquiera pensar en las noches sin recordarte. Tu primo me golpeó tantas veces... solo, acompañado, contigo mirando... si salgo de esta, lo buscaré también. Ustedes son una asquerosa jauría... y yo, soy su veneno. Sin embargo, dicen que la vida se encarga de ir acomodando las caprichosas piezas de nuestro destino y mírate... mírame a mi, ilusa. ¿Pensaste que tus piernas se iban a quedar igual de blancas y duras?... Déjame adivinar... ¿quince? ¿O acaso serán más de veinte los tipos a quienes te empujaste antes de acabar aquí, despachando latas? ¿Eh?
Regresé aquí, me gradué con honores, solamente quería trabajar, pero no, tenía que encontrarte y seguir siendo el blanco de tus viciosas opiniones, de toda esa mala leche que seguramente acumulaste de cien en cien pesos con ebrios que ahorraron para poseerte, cerda. ¿Que soy maricón? ¿No decías eso, acompañado de tu risa estridente y castrante? Entérate, no te cogí porque me das asco, pero mira. ¡Mira bien lo que podrías comerte! La miel no se hizo para el hocico del burro, me decías... que ironía, ¿verdad? Ahora, la miel soy yo, animal.
Tu mala actitud le costó la vida al borracho ese que tienes de empleado, si, ¡tú lo mataste al mandarlo a fastidiarme! Yo no sé que ganabas con eso, pero ahora si, entiendo lo que te has ganado, mamacita. Tu papá, pobrecito... siempre me agradó, pero no debió sacar su pistola sin cerciorarse que estuviera cargada. ¿Ves? El destino. ¿Quién habría dicho que aquí te encontraría de cajera? ¿No ibas a ser cirujana, diputada, astronauta, puta? Unos chicles. Eso, solamente. Unos chicles sin mirada de desprecio, sin tono hiriente, te habrían salvado al vida, pero no. ¡Cómo dejar de ser una perra, si así naciste! Ahora, mientras tu papá se estremece y se sacude como pez fuera del agua, pienso... ¿cuál podría ser mi última voluntad? A ver... déjame lo veo en perspectiva... podría ser que me recibieras mi primer carta de amor, torpemente escrita, sin sacarle fotocopias y humillarme el lunes de homenaje. O podría ser que el día de la despedida de clases no me escupieras en la cara, que me sangraba de la patada que me diera el imbécil de Joaquín... tal vez sea no morir, simplemente. Quedarme a cuidar a mi mamá como era mi primer deseo, conocer a alguien, enamorarme, tener hijos... pero no, tú apareciste y ahora mi deseo es que alguien antes que yo te hubiera matado. Como fuera, con su coche, apretándote el cuello, de una puñalada certera... muerta habrías estado mejor. !A ver, niégalo!
Ahora que escucho el ruido afuera, que adivino que ya vienen por mi, me río. Me río de ti, de la vida. Veo las luces parpadeantes a través de el cancel de la entrada. No van a disparar, lo sé. Querrán tenerme perfectamente centrado antes de jalar el gatillo. Irónicamente, te debo estos últimos minutos, así que, por favor, continúa moviéndote. Veo que ya has aflojado la cinta, pero no es suficiente para que desates las manos y no lo será. Yo ya no tengo retorno. ¿Quieres que me escape y me vaya? Imposible, ya me asomé y estoy atrapado. ¿Quieres que caiga muerto? Estamos de acuerdo. Yo no soy carne de presidio, no lo soportaría. El encierro, los abusos, la falta de luz, de esperanza... no, jamás.
Mi última voluntad... carajo. ¿Cuál podría ser? Que hubiera tenido más balas en el despacho tu padre. Que no hallaran el cadáver del borracho ese al lado de la ventana, que no entrara nadie mientras te estaba atando a la silla, podría ser también, pero ya no hay nada que hacer con eso. Estamos así, sin remedio. ¿Los escuchas?... que me entregue, que salga con las manos en alto. No, eso no pasará. Creen que no los veo, reflejados en el pinball, agazapados al lado del cancel. Es más, escucho casi las pisadas de los dos que vienen por la azotea. ¡Yo no quiero morir!... es más, ¡ni siquiera quiero haber entrado aquí! ¡Escucha!... ya rompieron el candado de la puerta del callejón... Desearía que me dieras un beso antes de que me maten. Desearía que te disculparas conmigo de todo, que me miraras con sinceridad... pero ya es tarde, demasiado tarde. Nadie se ha dado cuenta que ya te maté hace rato, afortunadamente. La mancha de sangre solo es visible desde éste lado... no puedo cargarte como escudo... ¡veo sombras!... al menos guardé al final la bala más brillosa. Al menos en eso quiero salir como el distinguido. Morir con ella... ¡Ahí vienen! ¡Perdóname, mamá, yo no soy malo, tú lo sabes, yo no soy así!... ¡Ya los vi! ¡No me agarrarán vivo, cerdos!
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Julio C324r,
Mi Ultima Voluntad
domingo, 12 de julio de 2009
Una Mortal Dosis De Realidad.
Estaba enamorado. Si, eso es lo que pasó. Fuí sin querer a su escuela y sin querer caminamos juntos, hablando de mil cosas y sin querer nos besamos al llegar a su puerta... y me regresé todo el camino flotando, sonriendo como mono de peluche y sintiendo un extraño hormigueo en las bolas. Se me olvidó que hacía apenas unos veinte minutos Pancho "El chupa" me había sentenciado a una madriza por ir con su novia, muy sonrientes, por la calle. Ella lo mandó mucho a la chingada, pero aquel que acepta que la novia encontró a alguien que le gusta más, es de putos. Los hombres bien hombres amenazamos al susodicho y nos reímos en su cara... más si vamos acompañados por otros tres tipos igual de ebrios que nosotros. Pero me valió. ¡Oh, mamá, ella me ha besado!
Así empecé a saber lo que era llamar a la hora convenida, a capotear las preguntas culeras de su mastodontezco hermano y de su madre, más agria que leche cortada en ayunas. Ella era una flor entre espinas, si, y yo era el afortunado que me picaba con ella cada día, al salir de clases. Nos besamos caminando, sentados, frente a sus amigas, frente a mis carnales... nos besamos cada que podíamos y aquello parecía ser un cuento divino. Al menos para mí, ahora provisto de muchos argumentos sensoriales para cuando se me antojara puñeteármela... que era bastante seguido. Y pronto, empezamos con las complicidades más pesadas. Íbamos a mi casa a escuchar el disco de 4 Non Blondes, y agarrando de camuflaje los berridos de la cantante, fué que puse mi boca entre sus piernas. "Ajá, pendejo, ya estás aquí... ¿y ahora que?" - recuerdo que pensé. Ella estaba prácticamente bufando de caliente y yo chupé y chupé hasta que me hice acreedor de la divina retribución, con tal apremio y susto de debutante en aquellas lides, que me tardé hasta la octava rola para tenerla completamente desnuda y tendida en la cama. ¡Cuas!
Cool Spot, Street Figter II (el primerito para Snes) y Final Fight Guy fueron los primeros videojuegos que vendí para comprarle cosas bonitas. Ella si tenía lana, me compró un reloj, una chamarra, una enorme grabadora con CD... reímos sabiendo la connotación de aquel aparato y recuerdo que se me escaldó el pito de tan tremenda erección rozando la mezclilla, pues me aficioné a andar "a ráiz"... ah, y compramos aquellas tres joyas: "August and everything after", "Hints, allegations and things left unsaid" y uno de Marta Sánchez. Si, la neta que chafió mi ánimo metalero, pero al son de "arena y sol... el mar azul, contigo yooooo, conmigo túuuuuu" fué que empecé a forjar mi gusto por el doggy, por el sexo oral, por aquel sentimiento cachondo de dominar, estando arriba y dándole con todo y cada uno de los nervios de mi cuerpo a punto de convertirse en espinas y amenazando reventarme en mil pedazos... más o menos como Spawn.
Los amores, para que sean eternos, deben de ser imposibles, recuerdo que leí por algún lado. Y eso mismo pasó. Ella, enviciada y contagiada de mi reencabronada calentura, empezó a irme a despertar casi todos los días a las seis y media de la mañana. Con su uniforme y sus calcetitas, sus libros y sus donitas para el pelo, que iban a parar al tapete inmediatamente, mientras que bajo las sábanas, sus gruesas y blancas piernas se apartaban para que nos saciáramos... pero siempre hay un "pero"... no supuse que aquellos gemidos y empellones estaban tomando el lugar de las matemáticas y demás yerbas.
Un lunes fué que se le prohibió la entrada a la escuela, hasta que viniera su mamá a firmar su boleta. Ese lunes lloró ella como una magdalena, sabiendo el tremendo castigo que le esperaba, y yo también lloré, presintiendo el final de las cosas. En aquel trance, una vez que llegó el jueves y yo sin saber de ella, fuí a vender el nintendo de una vez y en el brazo derecho, me hice tatuar uno de mis primeros trabajos: Un corazón oldskool con la típica cintita roñosa y la palabra LOVE. Lo porté con tanto orgullo, con tanta pasión, que es increíble que mi historia de amor se halla malogrado, a fin de cuentas. La vi haciéndose chiquita. Cada vez con menos pretextos para vernos, cada vez con menos tiempo libre, quedándonos huérfanos de detalles lindos... ella se fué de mi lado un lunes, y de mi corazón en un mes, cuando, al quererme dejar una cartita explicando sus razones, la encaré y le hice confesar que ya tenía un mejor pretendiente y que a ella le gustaría conocerlo.
Fin. Me fuí a mi casa, y cuando más estaba tirado en la cama, haciendo pucheros como gorila comiendo chamoy, me dí cuenta de algo: Realmente no quería llorar. Puse en nuestra grabadora la canción de "Shine" y me puse a cantar, muy contento. No sabía que iban a pasar todavía muchos meses para volver a tener otra mujer en mi cama. A la fecha, no puedo evitar pensar en lo que pudo haber sido de nuestra historia si en aquel Domingo por la tarde en que ella me propuso fugarnos con sus ahorros a comenzar una vida juntos le hubiera dicho lo que mi corazón me gritaba: "Si".
Así empecé a saber lo que era llamar a la hora convenida, a capotear las preguntas culeras de su mastodontezco hermano y de su madre, más agria que leche cortada en ayunas. Ella era una flor entre espinas, si, y yo era el afortunado que me picaba con ella cada día, al salir de clases. Nos besamos caminando, sentados, frente a sus amigas, frente a mis carnales... nos besamos cada que podíamos y aquello parecía ser un cuento divino. Al menos para mí, ahora provisto de muchos argumentos sensoriales para cuando se me antojara puñeteármela... que era bastante seguido. Y pronto, empezamos con las complicidades más pesadas. Íbamos a mi casa a escuchar el disco de 4 Non Blondes, y agarrando de camuflaje los berridos de la cantante, fué que puse mi boca entre sus piernas. "Ajá, pendejo, ya estás aquí... ¿y ahora que?" - recuerdo que pensé. Ella estaba prácticamente bufando de caliente y yo chupé y chupé hasta que me hice acreedor de la divina retribución, con tal apremio y susto de debutante en aquellas lides, que me tardé hasta la octava rola para tenerla completamente desnuda y tendida en la cama. ¡Cuas!
Cool Spot, Street Figter II (el primerito para Snes) y Final Fight Guy fueron los primeros videojuegos que vendí para comprarle cosas bonitas. Ella si tenía lana, me compró un reloj, una chamarra, una enorme grabadora con CD... reímos sabiendo la connotación de aquel aparato y recuerdo que se me escaldó el pito de tan tremenda erección rozando la mezclilla, pues me aficioné a andar "a ráiz"... ah, y compramos aquellas tres joyas: "August and everything after", "Hints, allegations and things left unsaid" y uno de Marta Sánchez. Si, la neta que chafió mi ánimo metalero, pero al son de "arena y sol... el mar azul, contigo yooooo, conmigo túuuuuu" fué que empecé a forjar mi gusto por el doggy, por el sexo oral, por aquel sentimiento cachondo de dominar, estando arriba y dándole con todo y cada uno de los nervios de mi cuerpo a punto de convertirse en espinas y amenazando reventarme en mil pedazos... más o menos como Spawn.
Los amores, para que sean eternos, deben de ser imposibles, recuerdo que leí por algún lado. Y eso mismo pasó. Ella, enviciada y contagiada de mi reencabronada calentura, empezó a irme a despertar casi todos los días a las seis y media de la mañana. Con su uniforme y sus calcetitas, sus libros y sus donitas para el pelo, que iban a parar al tapete inmediatamente, mientras que bajo las sábanas, sus gruesas y blancas piernas se apartaban para que nos saciáramos... pero siempre hay un "pero"... no supuse que aquellos gemidos y empellones estaban tomando el lugar de las matemáticas y demás yerbas.
Un lunes fué que se le prohibió la entrada a la escuela, hasta que viniera su mamá a firmar su boleta. Ese lunes lloró ella como una magdalena, sabiendo el tremendo castigo que le esperaba, y yo también lloré, presintiendo el final de las cosas. En aquel trance, una vez que llegó el jueves y yo sin saber de ella, fuí a vender el nintendo de una vez y en el brazo derecho, me hice tatuar uno de mis primeros trabajos: Un corazón oldskool con la típica cintita roñosa y la palabra LOVE. Lo porté con tanto orgullo, con tanta pasión, que es increíble que mi historia de amor se halla malogrado, a fin de cuentas. La vi haciéndose chiquita. Cada vez con menos pretextos para vernos, cada vez con menos tiempo libre, quedándonos huérfanos de detalles lindos... ella se fué de mi lado un lunes, y de mi corazón en un mes, cuando, al quererme dejar una cartita explicando sus razones, la encaré y le hice confesar que ya tenía un mejor pretendiente y que a ella le gustaría conocerlo.
Fin. Me fuí a mi casa, y cuando más estaba tirado en la cama, haciendo pucheros como gorila comiendo chamoy, me dí cuenta de algo: Realmente no quería llorar. Puse en nuestra grabadora la canción de "Shine" y me puse a cantar, muy contento. No sabía que iban a pasar todavía muchos meses para volver a tener otra mujer en mi cama. A la fecha, no puedo evitar pensar en lo que pudo haber sido de nuestra historia si en aquel Domingo por la tarde en que ella me propuso fugarnos con sus ahorros a comenzar una vida juntos le hubiera dicho lo que mi corazón me gritaba: "Si".
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Julio C324r,
Lo que pudo haber sido
lunes, 15 de junio de 2009
La Última Cruzada.

Si, ya sé que siempre lo digo, pero es verdad: Te Quiero.
Y también sé que tú estás permanentemente analizando mi tono de voz, mis gestos... evidentemente estuvo muy bien dicho ese "Te Quiero", el cual me evitó lidiar con las cintas del corpiño ese que -según tú- te hace una cintura de cortesana fina. Dejé de cuestionarme porqué siempre me llamas en las noches. Dejé de torturarme pensando con quién pasas el resto de los días, de las horas, del lado de la cama que te sobra. En mi cama, en tanto sigas practicando esas evoluciones, tendrás un lugar. Y vamos generalmente paso a paso. Después de los hombros desnudos, sabes que me atraganto de pensar en tus piernas, gordas, macizas... han de ser palabras mejor tejidas, mejor moduladas... oportunas. "Ven, mami"... gesto serio pero juguetón. "Anda, sabes que te he deseado toda la semana"... y ya está, vienes meneando la cadera exageradamente, volteas y bamboleas tu cuerpo... ya imagino humedad entre tus piernas.

Es como ser un moderno y erótico Indiana Jones, moviendo piedras, resolviendo acertijos, salvando trampas. Mi mano comprueba que estás siempre encantada de llegar hasta este punto, en que bastaría un leve empujón para tenderte en la cama, bastaría un gesto tuyo para quedar desnudo y a tu merced... o bien, es un momento ideal para adivinar si quieres ser sometida o avasallar. Muy bien. Aquí vamos.
Es especial a pesar de todo. A pesar de que la razón me dice que ese moretón en tu vientre no fué porque te caíste de la bicicleta, o porque con tus ojos me suplicas silencio cuando tu teléfono suena enmedio de la noche y te escucho mentir flagrantemente. Es curioso... si me tocara comprarte algún regalo y quisiera darte el mismo perfume que usas, creo que jamás podría encontrar esa fragancia... nunca vienes sin perfume, sin olor a alcohol, sin ganas... la combinación es deliciosa. Creo que por eso mis sábanas siguen como hace tres meses y mis almohadas conocen los colores de tus párpados, tus labios y los brillitos que, como una niña traviesa, te esparces en el cuello y los hombros.
Siempre nos quedamos uno sobre el otro. Siento como vas enfriándote hasta quedar de un tibio delicioso... siento que tu respiración se hace normal y en un abrazo vamos quedándonos dormidos... así es que me he preguntado ¿quién es Hugo?... le escribes diestramente mensajes con mentiras mientras que respiro en tu nuca, fingiendo dormir... ¿y Adrián?... huevos. Y más huevos por la mañana. No sabes guisar otra cosa, por lo que veo. El pan queda negro y amargo y la cecina salada. Huevos. Si, con café negro y un cigarrillo. Si bien me va, quieres postre y acercas tus labios a mi vientre tembloroso. Si, gracias.

Llegué a creer que nunca escucharía palabras amorosas de tus labios si no estabas medio borracha. Pensé que solo ardías de noche, en mi cama... pero sería un pendejo, ¿verdad?...
modulando, escogiendo las palabras, te miré perdiendo la sonrisa mientras girabas mis llaves en tus dedos y sostenías esa pequeña maleta. No, copias no. Es mejor la original -dije, queriendo bromear- pero se acabó, y lo hizo como un pedazo de espuma en agua salada. Así comenzamos, en aquella noche de bares y así terminamos, aquella mañana de mudanzas fallidas. Te amo, no me queda duda, pero no me escucharás decirlo gratis. Que me muero por tenerte a diario y conocer la marca de tu desodorante, el número de tus zapatos y el nombre de tu perfume, es verdad. Que tú y yo podemos tener una maravillosa historia juntos, anidar y ser felices, me encantaría... sí.
...pero no.
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Julio C324r,
Si Pero No
lunes, 1 de junio de 2009
Desde el primer día.

¿Cómo es que un locutor de radio cae en un proyecto como Recolectivo?
Creo que la principal razón por la que vine a parar aquí, es la amistad que tengo con Fred. Una tarde, sin más, me planteó la idea y yo, que ya desde endenantes venía escribiendo, me incluí. Viene a ser más o menos como el ansiado desahogo a la vida cotidiana que de pronto me asusta, no me llena, me sorprende, me tira y me hace llorar. Recolectivo es más que el lugar a donde venir a escribir, le tengo cariño, leo a mis cofrades y me gusta mucho lo que hacen. Rara vez opino y es que muchos de ellos ya tienen a quienes les digan lo que ya saben: Son buenos.
No tuvo que ver la radio, pues, ni la Tv, ni las fotos para la prensa, las caricaturas o la mala leche, fué más que nada una idea en la que vine a encajar. Ahora sí que me padecen desde el primer día, con mis historias en las que generalmente alguien acaba mal, aprende una lección o simplemente me permite, a través de su vida chiquita y negra, hacer cosas que querría, reflejar mis días o desahogar uno que otro nudo en la garganta. Y claro, me ha servido para conocer gente chingona a lo largo y ancho de la red, por eso gracias y aunque ahora vengo saliendo de un severo trance personal, no dejaría pasar la oportunidad de volver y escribir en Recolectivo. A mi si me llena, me gusta... es como compartir una caguama un viernes. Un rito, un momento de calma.
No tuvo que ver la radio, pues, ni la Tv, ni las fotos para la prensa, las caricaturas o la mala leche, fué más que nada una idea en la que vine a encajar. Ahora sí que me padecen desde el primer día, con mis historias en las que generalmente alguien acaba mal, aprende una lección o simplemente me permite, a través de su vida chiquita y negra, hacer cosas que querría, reflejar mis días o desahogar uno que otro nudo en la garganta. Y claro, me ha servido para conocer gente chingona a lo largo y ancho de la red, por eso gracias y aunque ahora vengo saliendo de un severo trance personal, no dejaría pasar la oportunidad de volver y escribir en Recolectivo. A mi si me llena, me gusta... es como compartir una caguama un viernes. Un rito, un momento de calma.
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interviú,
Julio C324r
lunes, 20 de abril de 2009
Las Heladas.
"¿Sabes qué es lo que más me caga, cabrón, así, al chile?" - me dijo Luis "Melox" Manrique, con cara de borracho triste. Si, hay estilos y matices en las caras que uno hace ya bajo el influjo del chupe. Ya ni le respondí, sabedor de que de cualquier manera me iba a soplar todo el discurso de clasemierdero insatisfecho. Asentí. "Me caga estar haciendo cuentas para todo, culero" - Decía, eructando de una manera jocosa entre frases. "Hasta para irme a los pinches tacos, para sacar las rondas, para estrenar un jodido pantalón decente... no, me cae que yo no nací pa pobre". Luis no es precisamente proletario. Su padre le levantó la canasta cuando supo que estaba metido hasta el cuello en la mierda. Tenía a su cargo dos autolavados, una vinatería y por si fuera poco, una licencia de taxi en renta y aviaba en el Gobierno del Estado... en Reglamentos, creo. Pero probó un mal día la cocaína y de ahí pa´l real, todo ha venido a menos.
Regina, su mujer, es buena bestia. Es alegre, bailadora, dicharachera, guapa y hasta se sabe chistes colorados. Yo sé que todo empezó con mucho amor, pero de pronto solo es importante para Luis el bebé. "¿Ya saben qué va a ser el heredero del imperio?" - pregunto para ya cambiar el tema de una buena vez, sin embargo, apenas me responde "Melania" - ¿Que? - "Es niña, cabrón... y se va a llamar Melania" - Luis es de esos que tienen ideas medio pendejas. Ayquebonitonombrenomames y demás balbuceos mientras llamo al mesero y aprovecho para ir a mear. Me llama por teléfono el Capi y me recaga porque ya van dos entrenamientos a los que no voy y nuestro insigne equipo Super Cobras va en penúltimo general. "Tranquilo, viejo, ya verás que las Super "Sobras" va a levantar". Se encabrona, pero me pregunta a donde ando bebiendo y queda en venir en un rato. Si, ñero, ajá, cuando gustes.

Llego a la mesa y Melox ya está, para variar, amenazando al mesero. Le pago yo las rondas, pues ese es el problema, cerrar cuenta y empezar otra. Entonces, en vez de quedar bien, me toca escuchar más quejas... hasta que, muy serio, Luis se incorpora y saca su celular. "¡Chingue su madre, el mundo es de los valientes!" - marca torpemente y dice, voz en cuello, una sarta de palabras que pretenden ser mensajes en clave, suena francamente ridículo, pero finjo interés... ¿para que son los amigos? Y ahí anda el cabrón. Grandes zancadas, taconeando hasta la salida, ida y vuelta, poniendo cara de interesante. Yo me voy a poner unas canciones en la rocola. Aprovecho para decir ¡salud! con dos muchachas que están en la barra... a veces es buena idea condescender.
Se sienta en la mesa Luis, con cara de chingón. Ventea a los lados, buscando alguna cara que haga eco de su superioridad con algún gesto, un saludo... nadie. Llego y ya suenan unas perronas, retomamos la charla, pero ahora si, se nota contento Luis y las muchachonas prometieron bailar una pieza despuesito. Me dice, así, como quien dice que es Sagitario, que ya está hecho el tiro: se va a meter de narcotraficante. Me río, un tanto de nervios, un tanto de risa genuina. "¡Pinche Melox, si no soportas ni una descalabrada!" - le digo, intentando aligerar el momento. Se enoja, me dice que ya está harto y que le vendería el alma al mismísimo demonio para ya dejar de estar de cuentachiles, dependiendo de que su papá le devuelva las chambas, de la cuenta del taxista... de la cara de su mujer cuando le dice que hay que ir a una nueva consulta con el ginecólogo... está harto, pero yo no entiendo de qué. Melox es el típico adolescente tardío, según yo. Incluso demuestra su destemplanza haciendo demasiados aspavientos por el triunfo del América, no importando que le ganara a un equipo llanero de las islas Faroe... le apuesto un cartón en el clásico y él, con un dejo de desdén, me dice "¡que sean tres cartones!... ¿O que... no confías en tus borregas?"... si, como no, pendejo, que sean tres, pero sin chillar. Reímos.

Viene el Capi. No le gusta el ambiente, dice, está muy "de mala muerte" y me río. "¿A poco hay buena muerte?" - Digo, y entonces me dice que si, la muerte piadosa, la que llega despacio, la que te lleva sin dolores tremendos y sin sangre de por medio, vaya... no es lo mismo morir despedazado en un coche que simplemente quedarse dormido y no despertar. Vaya, creo que tiene razón. La cosa es que vuelve a sonar el celular de Luis, su mujer lo vuelve a fustigar tantito, el Capi no se quiere quedar, asi que le pido el teléfono a la más nalgona de las chavalas y con mentirillas me dispongo a irme a seguirla a otro lado. La chava queda de acompañarme si le digo a donde voy.
Y ya, es todo lo que me acuerdo. De Rosaura, la nalgona, me acuerdo porque, efectivamente, me acompañó... más o menos quince días me anduvo "acompañando" y me acuerdo del Capi porque no llegamos ni a la liguilla y de tristeza nos pusimos otra peda. Luis desapareció como un mes. Yo no podría decir a donde y con quienes, la cosa es que llegó con un coche americano de esos toscos, ruidosos... y como ya no bebía con jodidos, me dedicaba a criticar sus mamadas, como que agarrara una cerveza del six, le diera un trago y la arrojara. Abría otra y lo mismo... algo quería demostrar. Por mi, que se vaya muchísimo a la verga. En el fondo, querría preguntarle si en verdad era por el cambio de giro su bonanza, pero era más que obvio. Y no, no estoy afirmando nada, solo digo lo que pienso, a mi nada me consta.
Desde que supe los hechos, no hay una sola noche en la que no me gane la impresión y acudan a mis sueños imágenes dantescas. Luis no resistía ni siquiera una descalabrada, yo lo sabía. Podía escucharlo, gritando de una manera desgarradora... lo escuché incluso antes de que su mujer diera a conocer los mensajes dejados en el buzón de voz. Que horrible, que triste. Nació Melania pero ya no la vi crecer. Gina se fué, con el corazón destrozado, de regreso a la costa. Luis tardó once días en encontrar el eterno descanso. Decía la abuela que no se descansa en paz si estás desperdigado, que tienen que llegar tus pedazos al mismo pozo. Si es así, Luis, ojalá y estés ya descansando.

Después de las pesquisas, de las preguntas del ejército, de los ajustes de cuentas que vinieron, se cerró inmediatamente "El descanso de las aves", aquella piquera en la que bebiéramos el día en que decidió dedicarse a ese maldito giro, ni hablar, el Capi tuvo siempre la razón: "Existe la buena muerte"... aquella que se da por piedad... la piedad que no tuvieron con Luis, quien sigue gritando en mis pesadillas, rogando le den muerte en vez de seguir con las horribles torturas. Mala muerte. Y mala suerte: Perdió el América... "sin chillar", había yo dicho. Imposible.
Regina, su mujer, es buena bestia. Es alegre, bailadora, dicharachera, guapa y hasta se sabe chistes colorados. Yo sé que todo empezó con mucho amor, pero de pronto solo es importante para Luis el bebé. "¿Ya saben qué va a ser el heredero del imperio?" - pregunto para ya cambiar el tema de una buena vez, sin embargo, apenas me responde "Melania" - ¿Que? - "Es niña, cabrón... y se va a llamar Melania" - Luis es de esos que tienen ideas medio pendejas. Ayquebonitonombrenomames y demás balbuceos mientras llamo al mesero y aprovecho para ir a mear. Me llama por teléfono el Capi y me recaga porque ya van dos entrenamientos a los que no voy y nuestro insigne equipo Super Cobras va en penúltimo general. "Tranquilo, viejo, ya verás que las Super "Sobras" va a levantar". Se encabrona, pero me pregunta a donde ando bebiendo y queda en venir en un rato. Si, ñero, ajá, cuando gustes.
Llego a la mesa y Melox ya está, para variar, amenazando al mesero. Le pago yo las rondas, pues ese es el problema, cerrar cuenta y empezar otra. Entonces, en vez de quedar bien, me toca escuchar más quejas... hasta que, muy serio, Luis se incorpora y saca su celular. "¡Chingue su madre, el mundo es de los valientes!" - marca torpemente y dice, voz en cuello, una sarta de palabras que pretenden ser mensajes en clave, suena francamente ridículo, pero finjo interés... ¿para que son los amigos? Y ahí anda el cabrón. Grandes zancadas, taconeando hasta la salida, ida y vuelta, poniendo cara de interesante. Yo me voy a poner unas canciones en la rocola. Aprovecho para decir ¡salud! con dos muchachas que están en la barra... a veces es buena idea condescender.
Se sienta en la mesa Luis, con cara de chingón. Ventea a los lados, buscando alguna cara que haga eco de su superioridad con algún gesto, un saludo... nadie. Llego y ya suenan unas perronas, retomamos la charla, pero ahora si, se nota contento Luis y las muchachonas prometieron bailar una pieza despuesito. Me dice, así, como quien dice que es Sagitario, que ya está hecho el tiro: se va a meter de narcotraficante. Me río, un tanto de nervios, un tanto de risa genuina. "¡Pinche Melox, si no soportas ni una descalabrada!" - le digo, intentando aligerar el momento. Se enoja, me dice que ya está harto y que le vendería el alma al mismísimo demonio para ya dejar de estar de cuentachiles, dependiendo de que su papá le devuelva las chambas, de la cuenta del taxista... de la cara de su mujer cuando le dice que hay que ir a una nueva consulta con el ginecólogo... está harto, pero yo no entiendo de qué. Melox es el típico adolescente tardío, según yo. Incluso demuestra su destemplanza haciendo demasiados aspavientos por el triunfo del América, no importando que le ganara a un equipo llanero de las islas Faroe... le apuesto un cartón en el clásico y él, con un dejo de desdén, me dice "¡que sean tres cartones!... ¿O que... no confías en tus borregas?"... si, como no, pendejo, que sean tres, pero sin chillar. Reímos.
Viene el Capi. No le gusta el ambiente, dice, está muy "de mala muerte" y me río. "¿A poco hay buena muerte?" - Digo, y entonces me dice que si, la muerte piadosa, la que llega despacio, la que te lleva sin dolores tremendos y sin sangre de por medio, vaya... no es lo mismo morir despedazado en un coche que simplemente quedarse dormido y no despertar. Vaya, creo que tiene razón. La cosa es que vuelve a sonar el celular de Luis, su mujer lo vuelve a fustigar tantito, el Capi no se quiere quedar, asi que le pido el teléfono a la más nalgona de las chavalas y con mentirillas me dispongo a irme a seguirla a otro lado. La chava queda de acompañarme si le digo a donde voy.
Y ya, es todo lo que me acuerdo. De Rosaura, la nalgona, me acuerdo porque, efectivamente, me acompañó... más o menos quince días me anduvo "acompañando" y me acuerdo del Capi porque no llegamos ni a la liguilla y de tristeza nos pusimos otra peda. Luis desapareció como un mes. Yo no podría decir a donde y con quienes, la cosa es que llegó con un coche americano de esos toscos, ruidosos... y como ya no bebía con jodidos, me dedicaba a criticar sus mamadas, como que agarrara una cerveza del six, le diera un trago y la arrojara. Abría otra y lo mismo... algo quería demostrar. Por mi, que se vaya muchísimo a la verga. En el fondo, querría preguntarle si en verdad era por el cambio de giro su bonanza, pero era más que obvio. Y no, no estoy afirmando nada, solo digo lo que pienso, a mi nada me consta.
Desde que supe los hechos, no hay una sola noche en la que no me gane la impresión y acudan a mis sueños imágenes dantescas. Luis no resistía ni siquiera una descalabrada, yo lo sabía. Podía escucharlo, gritando de una manera desgarradora... lo escuché incluso antes de que su mujer diera a conocer los mensajes dejados en el buzón de voz. Que horrible, que triste. Nació Melania pero ya no la vi crecer. Gina se fué, con el corazón destrozado, de regreso a la costa. Luis tardó once días en encontrar el eterno descanso. Decía la abuela que no se descansa en paz si estás desperdigado, que tienen que llegar tus pedazos al mismo pozo. Si es así, Luis, ojalá y estés ya descansando.
Después de las pesquisas, de las preguntas del ejército, de los ajustes de cuentas que vinieron, se cerró inmediatamente "El descanso de las aves", aquella piquera en la que bebiéramos el día en que decidió dedicarse a ese maldito giro, ni hablar, el Capi tuvo siempre la razón: "Existe la buena muerte"... aquella que se da por piedad... la piedad que no tuvieron con Luis, quien sigue gritando en mis pesadillas, rogando le den muerte en vez de seguir con las horribles torturas. Mala muerte. Y mala suerte: Perdió el América... "sin chillar", había yo dicho. Imposible.
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Julio C324r,
Por Piedad
lunes, 13 de abril de 2009
Prodigiosos.

!A tu edad, ya estaba yo dando clases! - Me dijo con altanería. "A la suya, Benito Juárez ya era Presidente de México" - Reviré, burlón. Aquella tarde se rompió algo entre nosotros. Aquel señor amante de la onda hippie, la trova y la protesta ya había caído ante la vida... yo apenas empezaba.
Desde sus 16 años, empezó a atesorar sus enseñanzas y yo, carente de figuras paternas desde la muerte del abuelo, lo escuchaba atento. Recuerdo el olor a la loción y el agua de colonia, del jabón para afeitar y el cigarrillo liado en las más finas hojas del molquite... lo miraba irse en su coche viejo, volver contento... me contaba cosas mientras le metía mano a su motocicleta enorme, tosca, de color rojo oxidado... me encantaba que la bolsa de las herramientas fuese un pantalón hecho mochila, que las canciones de José de Molina sonaran en su tocadiscos... lo admiraba mucho.
Recuerdo ahora la maestría que uno debe tener para los asuntos del amor. Nadie como él para tomarse el trabajo de aprenderse los versos completos de Pablo Neruda, para escribir minuciosos versos que recetaba completos al oído de las muchachas... "en las noches como ésta la tuve entre mis brazos" - les decía, actuando con vehemencia y picardía los versos "la besé tantas veces bajo el cielo infinito"... y para cuando llegaba a la parte de "Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y éstos sean los últimos versos que yo le escribo" ya estaba amasándoles las carnes por encima del vestido, del pantalón, de la blusa... maestrazo.
No hubo un solo terreno baldío del pueblo que no conociese de sus amores clandestinos. Ningún atrio de iglesia, aún con su sacra paz, que se salvase de ser usado como amatorio. Allá iba él, moviendo su melena, su bigote bien recortado y sus combinados de pantalón y casaca, caminando mientras sus ojos buscaban un par de chichis en los cuales entretenerse. Caray... como pasa el tiempo. Desde Chilapa, yendo por todo el camino hasta Acapulco, pasando por Tierra Colorada, Tixtla... mujeres de todos los sabores caían con él. Recuerdo el coche viejo y los raids a tantas muchachas de ojos risueños, de palabras duras de sacar, de cuerpos generosos... recuerdo las mandadas a traer los refrescos y de como al volver estaban ellas tratando de reabotonarse o de desarremangarse, coloradas, mientras aquel garañón se alisaba los bigotes con una risa de calentura.
Le aparecieron hijos, hijas, mujeres... lástima que le hayan aparecido hasta hace algunos años apenas, cuando dejé de conocerle... ¿será acaso que la vida se lo cobra todo?, pero empezó a querer darme consejos sobre mi melena, sobre los tatuajes y la mota. A querer llevarme a pedir la mano de mi novia cuando yo estaba tan a gusto solamente cogiendo, cuando se le hizo costra en su piel la camisa de cuello almidonado y el pantalón de vestir... cuando llegaron sus dos primeros hijos, reverendos imbéciles, cuando su mujer le tiraba cazuelas y vasos a la cabeza... cuando se le olvidaron los versos y el poema 20 y las arañas y la cuca madre del vecino... se fué consumiendo.

Y yo, ahora lo veo. Tantos años pasaron y el sigue con esa risa pícara, ese bigote espeso y sobado... la diferencia es que ahora, su "novia" es una señora alcohólica, fea y deslucida. A lo mejor la vida se lo cobra a uno todo... yo que tan buenas cosas aprendí de él, ya nunca me pongo todos los piercings, me corté el pelo... y hace medio año que no me pongo una playera negra. Pero no, a mi no me va a pasar. ¡Chingo mi madre!
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A tu edad,
Julio C324r
lunes, 6 de abril de 2009
Modular
A veces no es lo que uno dice, si no como lo dice. Me doy cuenta que lo que dije en aquella mañana de Lunes no fué lo que la hizo dejar de volver, sino la manera en que la miré para decírselo. Y no es que no la extrañe mucho, es que no estoy acostumbrado a caerme así... y el maldito orgullo me hizo que, una vez que bajaba la escalera de caracol rumbo a la calle, no saliera corriendo a abrazarla, sino que puse música muy fuerte y me puse a hacer aseo. El primer día me funcionó. Para el Miércoles, con amargura empecé a empacar sus cosas.
Entonces, mientras comía cereal en las mañanas y gelatina por las noches, empecé a ensayar las palabras exactas en las que reflejaría mis sentimientos. Intercalaba en "te extraño" y "te amo" palabras de reproche velado, de generosidad sentimental, y es que me interesaba dejarle en claro que estaba yo regalándole una oportunidad más. Suertuda. Pero no. No salí a buscarla y llegó el Viernes. Los Viernes, si mal no estaba, eran los días en que llegó a irse con su "amigo" Adrián desde hacía ya 5 meses... y yo no lo sabía, pues estaba engolosinado jugando a las escondidas, follando con otras y palomeando con los cuates. Eso pasaba y yo, arropado en mi cama, viendo la tv, me la imaginaba bailando, tomándose una cerveza, moviendo el culo al ritmo de una vulgar cumbia, me imaginaba su voz, modulando las palabras para pedir un acostón que, de una vez por todas, me mandara a chingar a mi madre con todo y el tono de magnanimidad que pensaba imprimirle a mi "ya pues, chingado, te quiero".
Estaba ya dormido cuando soñé que aquel Adrián, que nunca conocí, estaba dándole un tremendo cogidón. ¡Putazo! me paré en chinga y me vestí como un dandy, le marqué a su celular, y antes de que timbrase al menos una vez, corté la llamada. No, no tenía moduladas ni afinadas las palabras para que me abriera la puerta, menos aún las piernas... yo no quería charlar, sino llegar y avasallarla sexualmente... darle una de esas que tanto le gustan, que la hacen gemir a muerte y apretarse contra mi cuerpo, pero... no, no era hora.
Me fui, en cambio, a un bar en el que, sabía, ella iba junto con su grupito de amigas. ¡Ah, y el hijo de puta del Adrián!... Si, funcionó la seda y el perfume, la actitud y la mirada... entonces ensayé mi entonación y mi dicción, no fuese a perder el toque. Amanecí el Sábado todavía montando a Jessica. Tan pronto encontré pretexto, la subí a un taxi y adiós... pero no estaba listo para llamar a ese celular de nuevo. Desempaqué sus cosas, las acomodé primorosamente, cepillé su chamarra de cuero, mala idea ponerla junto con su toalla... acomodé las fotos en el espejo y reinstalé su cepillo de dientes en el baño... era cosa de que acomodara bien mis palabras, hacerla venir y al ver el despliegue de lindura, ya no querría irse a escondidas con nadie más. Pero no llamé.
Por la tarde, vino Arlem a verme. Le entregué sus trabajos terminados y el Domingo se fué, una vez que terminé de mitigar la soledad. Pensé en que, si estuviese haciendo una película con mis acciones diarias, no querría que ella la viera. Bueno... que nadie la viera, a decir verdad. Pasé el Domingo inventando historias fantásticas de como salí a hacer unos reportajes, de como me costó esquivar balas y cañones con el fin de sacar una fotografía... pero de nada sirvió porque menudearon las chelas y me quedé dormido temprano.
Empezó otra semana y justo cuando pensé que tenía finalmente mi discurso hecho, se me adelantó la casualidad y me la encontré en el centro de la ciudad. Ella, hermosa y segura de si misma... nada de tristeza, y eso modificó una vez más mi discurso, por lo que me escondí tras unos tipos formados fuera del banco. Se fue. Mi idea se fué también. El Martes vino el Gobernador, hubo rueda de prensa y con los colegas, se hizo la tertulia. Perdí la amistad de Pepe, pues ya al calor de los sones besuquee a su novia. Pepe se fué enojado, apenas dos tres intentos de darme un par de cachetadas marraneras. Su novia se fué conmigo... bueno, su ya-no-tan-novia.
Y llegó el Viernes de nuevo, y Alicia, la ex de Pepe, excitada por a novedad, pasaba la mirada cada que llegaba a acostarse conmigo, me empezó a preguntar por quién era la de la foto, de quien eran los converse rojos chiquitos... preguntas que evité guardando las cosas obvias en un cajón. No me funciona todavía el discurso ideal para hacer que Eréndira vuelva conmigo. La amo, de verdad que no me imagino la vida sin ella, sin su amor tibio, sin sus besos... pero ella cometió el error de querer cobrarse mis gandalladas de igual a igual y ahora... sé que me extraña y yo quiero pedirle perdón, pero no hallo las palabras correctas... mientras que eso pasa, Alicia dice que conoce un hotel con tina. Habrá que seguir ensayando.
Entonces, mientras comía cereal en las mañanas y gelatina por las noches, empecé a ensayar las palabras exactas en las que reflejaría mis sentimientos. Intercalaba en "te extraño" y "te amo" palabras de reproche velado, de generosidad sentimental, y es que me interesaba dejarle en claro que estaba yo regalándole una oportunidad más. Suertuda. Pero no. No salí a buscarla y llegó el Viernes. Los Viernes, si mal no estaba, eran los días en que llegó a irse con su "amigo" Adrián desde hacía ya 5 meses... y yo no lo sabía, pues estaba engolosinado jugando a las escondidas, follando con otras y palomeando con los cuates. Eso pasaba y yo, arropado en mi cama, viendo la tv, me la imaginaba bailando, tomándose una cerveza, moviendo el culo al ritmo de una vulgar cumbia, me imaginaba su voz, modulando las palabras para pedir un acostón que, de una vez por todas, me mandara a chingar a mi madre con todo y el tono de magnanimidad que pensaba imprimirle a mi "ya pues, chingado, te quiero".
Estaba ya dormido cuando soñé que aquel Adrián, que nunca conocí, estaba dándole un tremendo cogidón. ¡Putazo! me paré en chinga y me vestí como un dandy, le marqué a su celular, y antes de que timbrase al menos una vez, corté la llamada. No, no tenía moduladas ni afinadas las palabras para que me abriera la puerta, menos aún las piernas... yo no quería charlar, sino llegar y avasallarla sexualmente... darle una de esas que tanto le gustan, que la hacen gemir a muerte y apretarse contra mi cuerpo, pero... no, no era hora.
Me fui, en cambio, a un bar en el que, sabía, ella iba junto con su grupito de amigas. ¡Ah, y el hijo de puta del Adrián!... Si, funcionó la seda y el perfume, la actitud y la mirada... entonces ensayé mi entonación y mi dicción, no fuese a perder el toque. Amanecí el Sábado todavía montando a Jessica. Tan pronto encontré pretexto, la subí a un taxi y adiós... pero no estaba listo para llamar a ese celular de nuevo. Desempaqué sus cosas, las acomodé primorosamente, cepillé su chamarra de cuero, mala idea ponerla junto con su toalla... acomodé las fotos en el espejo y reinstalé su cepillo de dientes en el baño... era cosa de que acomodara bien mis palabras, hacerla venir y al ver el despliegue de lindura, ya no querría irse a escondidas con nadie más. Pero no llamé.
Por la tarde, vino Arlem a verme. Le entregué sus trabajos terminados y el Domingo se fué, una vez que terminé de mitigar la soledad. Pensé en que, si estuviese haciendo una película con mis acciones diarias, no querría que ella la viera. Bueno... que nadie la viera, a decir verdad. Pasé el Domingo inventando historias fantásticas de como salí a hacer unos reportajes, de como me costó esquivar balas y cañones con el fin de sacar una fotografía... pero de nada sirvió porque menudearon las chelas y me quedé dormido temprano.
Empezó otra semana y justo cuando pensé que tenía finalmente mi discurso hecho, se me adelantó la casualidad y me la encontré en el centro de la ciudad. Ella, hermosa y segura de si misma... nada de tristeza, y eso modificó una vez más mi discurso, por lo que me escondí tras unos tipos formados fuera del banco. Se fue. Mi idea se fué también. El Martes vino el Gobernador, hubo rueda de prensa y con los colegas, se hizo la tertulia. Perdí la amistad de Pepe, pues ya al calor de los sones besuquee a su novia. Pepe se fué enojado, apenas dos tres intentos de darme un par de cachetadas marraneras. Su novia se fué conmigo... bueno, su ya-no-tan-novia.
Y llegó el Viernes de nuevo, y Alicia, la ex de Pepe, excitada por a novedad, pasaba la mirada cada que llegaba a acostarse conmigo, me empezó a preguntar por quién era la de la foto, de quien eran los converse rojos chiquitos... preguntas que evité guardando las cosas obvias en un cajón. No me funciona todavía el discurso ideal para hacer que Eréndira vuelva conmigo. La amo, de verdad que no me imagino la vida sin ella, sin su amor tibio, sin sus besos... pero ella cometió el error de querer cobrarse mis gandalladas de igual a igual y ahora... sé que me extraña y yo quiero pedirle perdón, pero no hallo las palabras correctas... mientras que eso pasa, Alicia dice que conoce un hotel con tina. Habrá que seguir ensayando.
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Julio C324r,
Largos Días
lunes, 9 de marzo de 2009
Nuevo Horizonte: Domingo 8
Yo nunca pensé en tener niños. Me sentía muy bien así, yendo a trabajar, haciéndome de mis centavos y yendo a donde se me pegaba la gana. ¿Bailes?... si, a muchos, con mis amigas, mi hermana Chío y a veces sola. En esos bailes es que conocí al papá de Heriberto. Siete años hace que llegó a mi vida este chiquito.
El tipo nunca volvió pero yo me enamoré de la sensación de abrazar ese cuerpecito chiquito, delicado, carne de mi carne y con mi sonrisa, mi manera de andar… y por eso es que cuando Betito apenas tenía dos años, me aventé a tener la parejita. Y así fue.
Itzel nació más güerita, más parecida a su papá, quien era grandote y chapeado. Pero ni siquiera el pelito chino de Itzel, ni su cara, copia de la de su papá, hizo que él quisiera quedarse tampoco.
Ya con dos niños es más difícil salir a cualquier parte, ni siquiera a trabajar tanto, pero me las iba ingeniando, nunca tuvimos dinero de más, pero tampoco permití que mis niños anduvieran miserables por la vida. ¡Ellos tienen a su madre!
Hace cuatro años, mucha gente fundó la colonia “Nuevo Horizonte”, robamos de entrada los terrenos, luego llegó Invisur y nos sacó dinero, pero nunca tuvimos servicios. Acaso la barranca de “las calaveras” para traer el agua. Pero teníamos ya nuestra casita. Nuestra y de nadie más.
Si, de acuerdo, era una casita muy sencilla, pero ahí empezó Itzel a caminar y a jugar con Betito, a darme todas esas alegrías que ahora me están comiendo el corazón. Así, señor, pasó que me embaracé de Fátima hace tres años… si, llevan los tres mis apellidos: Aquino Cabrera, si.
No importa que no tengan padre, yo le agradezco mucho a Santa Gertrudis que me haya dado a mis angelitos… siempre.
Pero el sábado, ya mis chiquitos tenían harto sueño. Yo me cambié… sí, yo trabajo lavando puestos en el mercado Baltazar Leyva… como siempre, los dejé dormiditos. Todavía me regresé a ver que estuvieran sequecitos, bien arropados, los besé, señor, los besé como los besaba todos los días… y dicen que fue una veladora, dicen que es porque mi casa es muy pobre y que la costera y la lámina de cartón no dejó hacer nada, dicen que se vio el incendio desde la colonia 10 de Abril, que queda en el cerro de enfrente. Pero nadie hizo ya nada.
A las doce los enterramos. Ahora ya sé porqué me fui llorando la noche de anoche… algo adentro me decía que ya no iba a volverlos a ver… y ahora, me quiero morir yo, señor. No voy a poder vivir sin mis chiquitos… no quiero vivir sin ellos.
El tipo nunca volvió pero yo me enamoré de la sensación de abrazar ese cuerpecito chiquito, delicado, carne de mi carne y con mi sonrisa, mi manera de andar… y por eso es que cuando Betito apenas tenía dos años, me aventé a tener la parejita. Y así fue.
Itzel nació más güerita, más parecida a su papá, quien era grandote y chapeado. Pero ni siquiera el pelito chino de Itzel, ni su cara, copia de la de su papá, hizo que él quisiera quedarse tampoco.
Ya con dos niños es más difícil salir a cualquier parte, ni siquiera a trabajar tanto, pero me las iba ingeniando, nunca tuvimos dinero de más, pero tampoco permití que mis niños anduvieran miserables por la vida. ¡Ellos tienen a su madre!
Hace cuatro años, mucha gente fundó la colonia “Nuevo Horizonte”, robamos de entrada los terrenos, luego llegó Invisur y nos sacó dinero, pero nunca tuvimos servicios. Acaso la barranca de “las calaveras” para traer el agua. Pero teníamos ya nuestra casita. Nuestra y de nadie más.
Si, de acuerdo, era una casita muy sencilla, pero ahí empezó Itzel a caminar y a jugar con Betito, a darme todas esas alegrías que ahora me están comiendo el corazón. Así, señor, pasó que me embaracé de Fátima hace tres años… si, llevan los tres mis apellidos: Aquino Cabrera, si.
No importa que no tengan padre, yo le agradezco mucho a Santa Gertrudis que me haya dado a mis angelitos… siempre.
Pero el sábado, ya mis chiquitos tenían harto sueño. Yo me cambié… sí, yo trabajo lavando puestos en el mercado Baltazar Leyva… como siempre, los dejé dormiditos. Todavía me regresé a ver que estuvieran sequecitos, bien arropados, los besé, señor, los besé como los besaba todos los días… y dicen que fue una veladora, dicen que es porque mi casa es muy pobre y que la costera y la lámina de cartón no dejó hacer nada, dicen que se vio el incendio desde la colonia 10 de Abril, que queda en el cerro de enfrente. Pero nadie hizo ya nada.
A las doce los enterramos. Ahora ya sé porqué me fui llorando la noche de anoche… algo adentro me decía que ya no iba a volverlos a ver… y ahora, me quiero morir yo, señor. No voy a poder vivir sin mis chiquitos… no quiero vivir sin ellos.
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Julio C324r,
Miedo a los niños
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Nuestros bloggers no los selecciona el azar, ni un dedo en el cielo, ni un niño de la lotería nacional; nosotros los seleccionamos de acuerdo a su peculiaridad y estilo de escribir. Recolectivo no es un blog abierto a cualquiera pero tendremos invitados.
A continuación nuestra lista de colaboradores:
Srta. Pelo Irritante adolescente con complejo de Peter Pan. De calvita sexy y gracioso caminar. Aspirante a mimo. Ha usado el mismo par de zapatos en los últimos 7 años y sólo se baña los domingos .Dicen que es rara: lo es.
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Freddymatico Zimmerman. Blogger de orejas perfectas y patillas de taquero. Sarcástico engreído de comentarios corrosivos. Egocentrico jactancioso con pretenciones de macho-alfa, de piel sensible y todo poderoso. En constante contacto con su lado femenino.
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Huevo Luis, nada más. Blogger venido a menos. De niño creía que Chinampa era una ciudad, pero ahora ya no está seguro. Lo acusan de ser un montón de cosas, casi todas ciertas. Él es Luis, nada más.
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Salaverga. Sonorense jocoso con ínfulas de mafioso siciliano. La versatilidad y el garbo de un exiliado voluntario, que a vivencias propias, sabe que puede ser más frío el desierto de un país decadente y avaricioso, que el mismo Rio Bravo en los raudales de agosto.
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Mulder. Mediocre heroe del canal 5. Desempleado de final de temporada. Escritor de lo anormal y cazador de lo paranormal. Valiente captor del Chupacabras. Fiel amante de Scully y perseguidor de extraterrestres furtivos.
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NEB. Publicista frustrado prófugo de los yermos publicitarios y desertor de la semiótica. Amante de lo kitsch y buena onda. De repugnante y nauseabundo sentido del humor.
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Yo soy Ella. Costeñita en el exilio. Alcohólica en proceso con la habilidad para permanecer dormida largas horas ininterrumpidas. Con tendencia a caer y accidentarse. Los internets la odian y ella odia el aguacate.
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Caballero. Televiso y comunicólogo. Locutor y productor de obviedades inherentes. El maestro limpio de los blogs,
autentico portavoz del proletariado con tildes de barrio bajo. Burgués desidioso con aspiraciones de Zabludovsky.
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Kabeza. Monero nacido en el desierto y exiliado en el asfalto. Fuma para esconder el bigote y dibuja porque no le queda de otra. Extraña las tortillas de harina, por eso adopto a la Tía Rosa.
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Plaqueta. Como no daba una socializando ni bailando salsa, tuvo que abrir un blog. Se dice que cuando muera encontraremos sobres de Splenda regados entre sus pertenencias. Ama tanto a los hombres que le gustaría ser uno, aunque la idea de ligar con mujeres la asquea (pinches viejas). Abusa de los paréntesis (por ejemplo).
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Guffo. Su mayor temor es ver a Cepillín sin maquillaje y una vez llego hasta el nivel del pretzel en Ms. Pac-Man. Ha tenido una vida provechosa y llena de triunfos, como podrán darse cuenta.
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Changos. Fiel practicante de la ley del mínimo esfuerzo. Inconforme estudiante de ingeniería. Inconforme hijo de familia. Naco, inculto y borrachín. Torpe y descoordinado. Tipo de pocas palabras y aspiraciones. Indispuesto al desarrollo si este implica abandonar la comodidad de la sombrita.
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Rox. Computita manipuladora. Se le vio por última vez con una caja de cartón de leche Lala en el aeropuerto acosando extranjeros. Señas particulares: Pecas en las nalgas y tendencia a morder. Padece de sus facultades mentales.
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Canibal. Chamaco de rancho. Flaco, prieto, panzón y alcohólico. Cuasimisógino. Amante de la crítica a lo wey y del mundo porno. A veces llora en las mañanas, cuando recuerda la muerte violenta de su perro Jicotillo... pero ya lo está superando.
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LaMaga. Monógama rehabilitada. Sobrevivió al ataque de sus propios tacones teiboleros (ya no hay lealtad en este mundo). Fanática de los cuentos (los reales, los ficticios, los propios, los ajenos y sobre todo los que le han regalado a título personal). Le gustan las películas repetidas y los planes malévolos. Las fuerzas superiores la odian.
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Perdidos en acción.
Falso Profeta. Lanchero Escritor enmascarado de alta nobleza. Blogstar de naturaleza sobrevalorada. Proveniente de modesta cuna pero con afanes de opulencia. Porque su sangre, aunque plebeya, también tiñe de rojo.
Falso Profeta. Lanchero Escritor enmascarado de alta nobleza. Blogstar de naturaleza sobrevalorada. Proveniente de modesta cuna pero con afanes de opulencia. Porque su sangre, aunque plebeya, también tiñe de rojo.
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