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sábado, 29 de noviembre de 2008

Contrataque



"Fuck me"

Creo que son pocas las veces que uno oye eso en la vida, y no dicho como "puta madre, se me olvidaron las llaves", sino una mujer jadeante desnuda diciéndote que te calles y se la metas.

Se me acababan las opciones, me preguntaba si traía un condón en la guantera, me preguntaba cómo llegaba a mi casa y me preguntaba si se llamaba Kelly o Tiffany.

Pero alas, hermanos míos. La batalla había sido dura y el camino largo hasta ese sofá oscuro. Un poderoso zumbido enmudecía todo ruido y por mi sangre fluía como torrentes submarinas el imperdonable e indiferente alcohol, ese remolino anticiclónico que me hundía en esos profundos mares cual cerote en el retrete.

"Just fuck me, just fuck me"

Volteé hacia abajo.

Un escalofrío me estremeció de pies a cabeza, mientras que con horror vi una escena que solo ven veteranos de las peores guerras en la humanidad- un hermano caído. Un hermano siendo consumido por una llamarada de un bombardeo de napalm, un compañero marinero hundiéndose en un mar salado mientras tu flotas en un pedazo de submarino.

Mi pito estaba aguado.

Para su crédito- semiflácido.


NO MAMES.


Usé otras técnicas, todas las técnicas digitales, orales, todo lo que se me ocurrió, algunas inmencionables.

Le dije que me preocupaba porque no tenía condón. Le dije que era demasiado rápido, que no sabía con quien se había metido. Ella juró no haber tenido sexo en meses.

Finalmente en algún punto se quedó dormida.


En la oscuridad observé el techo detenidamente, mientras un repetitivo ruido hueco de un abanico girando era el único sonido que penetraba ese espeso silencio de derrota.

Maldije a los dioses de religiones ya devoradas por las cenizas del tiempo, y maldije el momento que consumí esos shots de Jaegermeister.

La oscuridad consoló mi desgracia y pronto también fui arrullado por el abrazo de la madrugada.







A la mañana siguiente fui despertado por una melodía conocida. Un poderoso estruendo de trompetas de guerra, acompañadas por un retumbante eco de tambores.

Al principio no supe de donde provino semejante poder, pero no hubo más que levantar la cobija.


Se encontraba mi amigo y fiel compañero esperando, viendo el horizonte atentamente.

El fumaba un cigarro sentado a un lado de su rifle, mientras sus ojos se perdían en el enorme horizonte- esos ojos que delataban haber sobrevivido confrontaciones épicas así como derrotas devastadoras. Esa mirada de determinación y valentía, esa postura elegante y poderosa.

"Lo siento amigo," me confesó, una lágrima delineando su mejilla "perdimos la batalla, pero no la guerra".


Lleno de emoción y admiración por mi fiel amigo, lo abracé fuertemente. El, digno y solemne, se paró y se puso su casco, colocando su rifle en posición de combate.

Ella despertó y vió mis ojos, centroides negros de ira, y supo.

Hermanos, los eventos del contrataque de esa mañana fueron registrados en los pergaminos de Ares.


Oh, peleamos. Peleamos con furia.



Peleamos juntos. Por honor. Por justicia.

Mi fiel amigo descargó cartucho y pegó carcajadas en la jungla, y el enemigo tembló. Y tembló.

jueves, 27 de noviembre de 2008

TAXI!



Mi amigo Rodrigo es de esas personas intensas que te agarran por periodos largos en los que no hacen nada sin separarse de ti, y luego sin aviso ni catalista aparente desaparecen meses. Para luego de la nada volver a hablarte como si lo hubieras visto ayer y comenzar otro periodo de inseparabilidad.

Fue precisamente después de unos dos o tres meses de no oir de Rodrigo que estaba yo acostado cavilando temas importantes como si el singular de “tenis” es “teni”, cuando sonó mi celular desde el interior de la bolsa de mi pantalón; la repentina vibración provocando que primero considerara un caso extremo de gas.

— ¿Bueno?
— ¡Que pedo, pinchi gañan!
— Rodrigo. Quihubo, güey.
— Que pedo, no mames que te desperté.
— No, estaba aquí nomás eh.. haciendo tarea. ¿Que pedo?
— No mames güey, me vas a amar, neta que soy tu mejor pinche amigo.
— No es sobre otro negocio de multinivel, ¿verdad?
— No mamón, te voy a presentar a un viejonon.

Aquí mi sentido cuate-aracnido lanzó una fuerte alarma. Rodrigo siempre se ha creído un galán, de esos que aseguran que la cajera moría por él porque le sonrió al cobrarle. Tenía, también, un gusto tan abismal por las mujeres, que otro de mis cuates aseguraba que era gay enclosetado que compensaba saliendo con mujeres hombrunas.
Su última novia tenia más bigotes que yo.

— ... ehhh.. ¿de donde o que?
— Es amiga de una vieja que me ando queriendo ligar. Las dos son gimnastas, cabron.

Gimnastas. De golpe me pegaron años de mitos y leyendas sobre la flexibilidad de estas atletas. Flexibilidad que, obviamente, me intrigo lo suficiente como para olvidarme de pedirle más detalles a Rodrigo.

Me dijo que necesitaba que saliera con él, la vieja que se estaba ligando, y su amiga, también gimnasta.

— Hazme el paro, ¿no? Anda de necia que le presente un amigo a su amiga y que salgamos los cuatro.
— Y pensaste en mí.
— A huevouu. A poco no soy tu mejor amigo?

Quedó en pasar por mi y alcanzar en un bar a las gimnastas, que cada vez se ponían más atractivas en mi ojo mental, el Kama Sutra entero pasando por mi cabeza (y el monitor de mi computadora).

Al llegar al dichoso bar, Rodrigo, vestido con una camisa de un alarmantemente chillante color rosa, exclamó hacia el interior.

— ¡Eugenia!

De una mesa en el centro del obscuro establecimiento, voltearon dos mujeres prominentemente escotadas, una de ella sonrió y levantó la mano, saludando a Rodrigo.

Mientras nos acercábamos a la mesa, zig-zagueando entre la muchedumbre, no pude evitar notar algo... raro... sobre nuestras esperantes. Pero el lugar estaba lleno de humo de cigarro y generaba un efecto de penumbra que sin pensarlo dos veces taché como culpable del efecto.

Nos sentamos y pedimos una jarra de cerveza, Rodrigo instantáneamente tomando el control total de la conversación. Las gimnastas no eran de mal ver, precisamente, pero seguían causándome una incomodidad que aun terminándose la tercera jarra de obscura no había entendido del todo.

Y luego la amiga de Eugenia, Clarisa, levantó su vaso de cerveza para terminarselo. Y entonces lo que me habia estado incomodando se hizo aparente como la luz.

En cuanto se fueron ellas al baño, Rodrigo volteó y me dijo:

— ¿Que pedo? Están bien buenas, no? Clarisa es bien zorra, me dicen. Suertudote.
— Ehh... güey. ¿No has notado algo raro?
— ¿De que o que?
— Pues... no se te hace que Eugenia y Clarisa están como... pues bien mamadas?
— Pues son gimnastas, güey, es normal, se la pasan entrenando, obvio desarrollan todos los músculos que existen.
— No mames, las gimnastas que veo en la tele son delgaditas y chiquitas. ¡Esta pinche vieja casi rompe su sweater con el puto triceps levantando su vaso de chela!
— Nah, no mames güey, no es pa tanto. Cállate que ahi vienen.

Durante el resto de la noche no pude evitar mirar la aparente musculatura de las dos “gimnastas”, aunque el efecto de la cerveza normalmente hubiera hecho que se fueran poniendo más atractivas, en este caso solo me hacia ser mas atrevido al mirarlas.

Y entonces noté, entre la nube de humo y la obscuridad, sus enormes nueces de Adán, moviéndose rítmicamente de arriba a abajo mientras le daban fondo a su tarro de cerveza... de un litro.

De repente me dió un ataque de nauseas al voltear hacia abajo y notar que tenían pies del tamaño de una trajinera.

“nomamesnomamesnomamesnomames no mameeeeees”, vociferé para dentro, buscando llamarle la atención a Rodrigo, que comenzaba a hacerle cariños en el brazo a Eugenia. Al ver que no iba a agrandar el espacio entre ellos en ningún momento cercano, tuve que hacer lo primero que se me ocurrió. Le pegue a mi tarro con la mano, volteandolo sobre la mesa y empapando las piernas de Clarisa.

— ¡Ay güey, no mames! ¡Perdón!

Clarisa me volteó a ver con una cara de furia que por alguna extraña razón que no quise analizar, me recordó a Robin Williams. Ya que Eugenia acompañó al baño a Clarisa a secarse, le agarré el hombro a Rodrigo y con los dientes apretados le dije:

— Eres un pendeeejo, estas viejas no están mamadas por ser gimnastas, están mamadas porque son hombreeees. ¡Y hombres que se la pasan en el GIMNASIO!
— ¿Que? ¿De que hablas?
— ¡Cabrón! ¡Despierta! Estas pinches viejas tienen PITO!

Rodrigo pestañeó unos segundos.

— ¿Te cae?
— Siiii, pendejo. ¡Vámonos!
— Pero si están bien buenas, güey.
— ..... que?
— Pos si.. osea, chance si tienen una espalda mas ancha que la mesa, pero pos besan rico..¿no?
— ....
— Equis güey, no hay pedo, la neta dudo que sean güeyes, y si sí, seguro ya se hicieron la jarocha.
— Rodrigo...
— ¿Que?
— ¡PENE!
— Ya, no la hagas a la mamada, si sí tiene pito no le quito los calzones al fajar y ya.

Me le quedé viendo un par de segundos y me paré, sacando dinero de mi cartera y dejándolo sobre la mesa.

— Me despides de las mamadas, pinche enfermo dañado.

Y salí a paso redoblado, gritando por un taxi con la voz quebrándoseme.

...



(Anécdota 98.6% verídica)

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Grandes mamadas de ayer y hoy



¿Mamadas? Oh sí, he hecho miles en mi vida, desde esas de índole sexual hasta esas de ¡No pinches mames chingues!

MAMADA No. 1.

La vez que le saque azúcar a mi tía, al hacerle una broma bastante pesada. Ella todas las tardes nos hacía a mi hermano y a mi tomar agua de betabel (eww) yo odiaba el agua de betabel (odiaba porque ya no la odio) y una tarde se me prendió el foco y decidí que ya era suficiente de tomar agua de betabel y tire mi vaso derramando todo su contenido rojo al piso; “oh parece sangre”, pensé. Y aquí viene la mamada del asunto, agarre mi mochila de la primaria, la cual contenía los mil y un libros de texto gratuitos de la SEP y la tire al suelo haciendo un sonido seco, inmediatamente me enrede en la hamaca de modo que mi cuerpo quedara mitad colgando y mi cabeza en medio del agua de betabel. Emití un gemido de dolor y mi tía voló de la cocina a la sala, al verme así obviamente pensó que me había partido la choya en cuatro, grito, lloro y se medio murió, yo nomás me reí como loca.

MAMADA No. 2

De puberta me pase de mala onda con mi hermano. Yo siempre he velado por su sana alimentación, por lo que entre mi madre y yo, lo hemos convertido en un inútil en la cocina. Al pobre hasta el agua se le quema. El, que es capaz de comerse todo aquello que se le ponga en frente, no discrimina, absolutamente nada a la hora de saciar su voraz apetito. Un buen día, el me hizo una mamada; me asustó horriblemente al mover mi cama en la madrugada simulando un terremoto (para aquellos que conozcan un poco de mi, los temblores son mi más grande miedo en este pinche mundo), yo grite desesperada y no pele el ojo en toda la noche y juré vengarme. Tal venganza consistió en hacerle una crema de zanahoria con un poco (más bien mucho) de metamucil y de plato fuerte carne asada con unos trocitos crocantes de piedras del patio trasero.

MAMADA No. 3

Aquella ocurrida en el 2002 a las 6:00 de la tarde. Punto.

MAMADA No. 4

Cuando intenté irme de pinta, siendo que yo era la ñoñez personificada, oh yisus, fue una gran mamada, pero yo quería ser mala y ser mala para mí era irme de pinta. Tons que decido volverme mala y que me voy de pinta con mis amigos de la prepa. Estábamos todos ya puestos con latas de atún, pan bimbo y mayonesa esperando el ride para irnos a la playa más cercana cuando mi ñoña interior me dijo que regresara a la escuela porque mi padre podría ir a mi salón y verificar que estuviera en el (mi papá trabaja en la prepa donde yo estudiaba), tons que me regreso y les digo a mis compañeros que los alcanzaba en el pueblo polvoriento ese donde uno agarra una camioneta guajolotera para que te lleven a la playa. Regrese al salón y oh sorpresa, mi padre dando un anuncio, acabo el anuncio y me Salí de la prepa, agarré un taxi, ¡TAXI! Para que me llevara al pueblo jodido ese. Ya en el pueblo jodido no encontré a mis amigos y como en ese pueblo pitero no hay señal de celular, pos agarre la siguiente camioneta guajolotera donde me senté al frente entre el conductor libidinoso y un borrachito rabo verde, el tramo de 15 minutos fue eterno, entre preguntas incómodas e incontestables y miradas encueradoras. Llegue a la playa, cruce la laguna en lancha, la cual me cobro un pinche ojo de la cara y encontré a mis amigos ya entradones en estados alterados de la conciencia. Pa mi mala suerte, no alcance a ponerme estúpida y sólo alcance una tapa de pan bimbo con mayonesa. A la hora de haber llegado un pendejo se puso mal y tuvimos que regresarnos. Mi pinche día de pinta fue un asco gaste dinero que no tenia y fui infeliz.

MAMADA No. 5.

Mi hermano estudia ingeniería en telecomunicaciones. Yo soy una ingeniera frustrada, de no ser porque soy una papa para las matemáticas, segurito sería una pinche eminencia. Un día llegó mi hermano con una cajita de madera soldada la cual prendía foquitos y hacia ruidos cada intervalo de tiempo al apretar un botón coqueto. Oh grave error, yo tiendo a desarmar todo aquel aparato que llame mi atención. Mi hermano orgulloso de su cajita me la presumió y me explicó las funciones y las mamadas esas de los circuitos y las resistencias y los voltios y las mil ocho mil cosas que traía su cajita endemoniada. La dejo en la mesa del departamento y se salió con su novia. Mientras tanto, yo me quede haciendo vida social en el Messenger y tratando de desviar mi atención de la cajita esa que me llamaba y me decía “petroooo desármame”, “petrooo ándale ve mi interior”, “petro agarra un desarmador y destrozameeee”. Pinche caja no me dejaba en paz y no tuve más remedio que rendirme ante sus peticiones (ya les había dicho yo que soy bien obediente) tos que sí, que agarro un desarmador y que la desmadro, la abrí, le quite resistencias, le quite cablecitos y el circuito que es bien chido y lo talle en mi cara porque era rasposo. Bueno la mamada es que de la cajita esa, sólo quedaron pedazos de resistencias por aquí y por allá, la tablita esa donde se ponen la llene de plastilina y la aplaste para hacer espagueti de plastilina. Todo un cagadero. Sacié mi curiosidad y metí los restos dentro de la cajita y seguí en mi pedo en el Messenger. En la noche llega mi hermano, toma su cajita y se da cuenta que parece sonaja, la abre y le da el patatús. “Que mamadas hiciste pinche Petronila!, no mames, esta caja es mi trabajo de todo el pinche semestre, porque la desmadraste?? Que te crees!, PINCHE HERMANA YO QUE TÚ ME ENCERRABA HOY CON LLAVE PORQUE SI NO TE VOY A MATAR!!!! (el muy canijo me amenazo de muerte con el desarmador del delito en mano) yo como lo vi bien mal, pos que le obedezco y que me encierro con llave, nomás le pedía permiso para ir al baño.

MAMADA No. 6

Un día con la rumi y triquis estábamos bien ansiosas por buscar estados alterados de la conciencia y no encontrábamos quien nos proveyera de tan anhelado estado, era tanta nuestra “necesidad” que andábamos guguleando donde conseguir algo que nos pusiera bien estúpidas, conexiones como drogas+toreo+baratas+seguras hacían que nuestras ilusiones se avivaran, después de un rato de infructuosas búsquedas caímos en la cuenta de que lo que estábamos haciendo era una mamada, optamos por pranganear con los conocidos. Nadie acudía a nuestro llamado, pero un rayo de luna (porque era noche) nos iluminó y tomamos un taxi a las 10:30 rumbo al estado de México, cerquita, ahí por satélite. Llegamos y el proveedor se porto re buena onda y tiramos desmadre y al final tuvimos un antojo horrible de hotcakes. Le pedimos al proveedor un huevo para hacer hotcakes en la casa, pero no tenía, y nos dijo que caminando en línea recta hacía al norte, se encontraba un soriana abierto las 24 hrs. Emprendimos la empresa de la búsqueda del soriana y el huevo. Llegamos al soriana casi vacío y fuimos felices corriendo a nuestro antojo por los pasillos en nuestro carrito cuando de pronto… en un estante… vino, vino tinto, vino blanco. No podíamos creer lo que nuestros ojos veían, creímos por un momento era una alucinación, una mamada de nuestras mentes alteradas, una alucinación colectiva… 4 LITROS DE VINO CALIFORNIA TINTO A 14 PESOS ¡¡¡14 PESOS!!!, 4 LITROS DE VINO BLANCO CALIFORNIA A 12 PESOS ¡¡¡12 PESOS!!!, no pinches mames chingues dijimos a coro, tenemos que llevarlos a la casa y beber calimochos. Y así fue, a las 12 de la noche compramos 12 litros de vino y coca-colas y papas adobadas, y chile tajín, y unas jícamas cortadas. El pedo fue subir semejantes compras al cuarto piso del edificio, pero fuimos harto felices. Y no, no compramos el huevo para los hotcakes.







P.D. Pinche Luis, mi post hubiera sido un hit si me hubieras dejado subir ese videito tuyo cantando y baiando cual mariposa monarca.

Pinche Juan.


Pasé parte de mi infancia y adolescencia viviendo en la calle Primavera, en el barrio de San Sebastián. No era un barrio bravo, pero poco le faltaba. Había dos conjuntos departamentales, varias privadas, andadores y vecindades. La fauna del lugar estaba compuesta por vándalos que podrían haber sido miembros de Los Panchitos hasta burguesitos venidos a menos (estos últimos, mientras no se portaran mamones, eran bien aceptados).

A los edificios llegó a vivir una familia extrañísima, de caricatura. El papá era un tipo alto y flaco que jamás, jamás se quitaba unos Ray Ban oscuros, de gota. Nunca, en todos los años que vivió ahí, lo vimos sin los lentes, así fueran las 9 de la noche. Siempre vestía de negro y tenia un bigote largo y fino, curvado en las puntas, le decíamos, obviamente, el Villano Reventón. La mamá usaba vestidos hampones, suecos de madera y lo juro una flor en el cabello. Doña Flor su también obvio sobrenombre salía por las tardes a dar vueltas por el barrio en una bicicleta rosa con canastilla al frente. Tenían un hijo, Andrés, de unos nueve años. Como es de esperarse, el pobre niño era blanco de burlas salvajes. A mi siempre me dio un poco de lastima y nunca me burle de él. Y también tenían una hija: Amaranta.

Amaranta, como su nombre lo indica, era putísima. Tendría unos dieciocho años, era caballona y medio fea. A los dos meses ya se la habían fajado todos los grandes del barrio. Cuando la rolaron a las filas menores –o sea, mis amigos y yo, que andábamos por los dieciséis años- el Migue fue el primero en hacerla su “novia”. Se sentaban en las jardineras de los edificios a platicar con todos nosotros. Cuando el Migue se acercaba a darle un beso, los demás aprovechábamos y le metíamos mano por todos lados; mientras uno le apretaba las chichis, otro le agarraba las nalgas y uno mas le metía la mano entre las piernas. Ella nomás daba manotazos y se reía. Todos éramos felices.

Hasta que el Juan metió su cuchara.

Juan era de esos adolescentes sobredesarrollados. A los diecisiete años ya media mas de 1.80 y tenia cuerpo de cargador de la merced. Era desmadroso y burlón, pero sobre todo, tenia un pito enorme.

Ninguno de la bola era puto, claro, pero hasta el más machito de nosotros tenía que aceptar que el Juan, literalmente, se pasaba de verga. Al cabrón le encantaba andar en pants y a la menor provocación, a media calle, sacarse la reata y menearla como trompa de elefante. Su joda favorita era “El Rehilete”: con una mano se retorcía el pito lo más que podía y luego lo soltaba; la chingadera esa realmente daba vueltas como aspa de helicóptero.

Una noche iba yo saliendo de mi casa hacia la calle para vagar con los demás cuando vi que el Juan corría por el estacionamiento hacia los edificios del fondo, que estaban deshabitados. Cuando me vio, cambio de dirección y corrió hacia mí, gritando.

¡Cabrón, vente, vamos a cogernos a Amaranta!

Ninguno de los mocosos se había cogido a Amaranta aún; no habíamos pasado de un faje o de una lamida de chichis. Así que no muy emocionado corrí con él hacia el último edificio, el H.

En el camino, aun trotando, me iba contando que había quedado de verse con Amaranta en la jardinera del edificio, que ni siquiera tenía alumbrado público. Ahí me emocione un poco más, porque algunos departamentos vacíos se podían abrir y en una de esas, en verdad se nos hacia realidad el palo.

Cuando llegamos, Amaranta estaba sentada en la jardinera de la entrada del edificio. Cuando me vió, se rió y dijo “Pinche jarioso”. Sin mucho preámbulo, el Juan empezó a fajársela y yo a meterle mano por los huecos que dejaba libre aquél.

De pronto vi que el Juan se bajo los pants y se sacó la madre aquella. Ahí me hice a un lado; no me iba a arriesgar a estar cerca de ese cabrón así; un paso en falso y el cogido podía ser yo. Juan volteo a verme y dijo: “Mira güey, así se hace” y en ese momento sentó a Amaranta en la jardinera y sin proponerle matrimonio, le metió el arnero ese en la boca.

Pobre Amaranta.

Aquella como podía respiraba entre embate y embate. Parecía que el Juan quería lobotomizarla y sacarle los pecados por la nuca. Yo no sabía que hacer; no me decidía a acercarme y meterle mano, no con maquinaria pesada trabajando cerca. Juan estaba cagado de risa, me volteaba a ver y decía:

Órale cabrón, chíngatela.
Pues quítate pendejo.
Oh, tu aguanta, deja le doy unos vergazos…

Y diciendo y haciendo, entre carcajadas, se lo sacaba de la boca y le daba, literalmente, de vergazos en la cara.

Plaf Plaf Plaf Plaf

Yo me reía nervioso, pero el Juan estaba como poseído, se reía mas fuerte y gritaba: “¡No mames! ¡Mira! JAJAJA! ¡Mira!”. Amaranta le decía que se callara y que ya se la metiera. Yo también lo apuraba, pero el Juan no hacia caso y seguía riéndose mientras blandía y paseaba la chingadera esa por toda la cara de Amaranta.

En ese momento, la luz de una ventana del segundo piso se encendió. Los tres volteamos asustados y vimos a una señora asomarse mientras gritaba:

¿¿Qué están haciendo??

Era una pregunta retórica, porque aunque yo estaba parado sin hacer nada, Juan tenia los pants a media nalga y, con el pito parado, le apuntaba a un ojo de Amaranta, que se bajaba la blusa para cubrirse las chichis. Yo salí disparado con el Juan detrás de mí subiéndose los pants. Nunca volteamos a ver a Amaranta. Aún corriendo, el Juan seguía riéndose. Entre jadeos yo le reclamaba.

No chingues pinche Juan, son mamadas.
¿Qué güey? Jajaja
¡Te dije que te apuraras cabrón! Por tus pinches gritos ya nos la pelamos.
No hay pedo, luego la sacamos otra vez.

Pero nunca la sacamos otra vez. La señora, a base de gritos, detuvo a Amaranta y luego la llevo a su casa. No tengo idea de que le contó al Villano Reventón y a Doña Flor, pero al otro día mandaron a Amaranta a vivir con una tía a no se que pueblo.

En realidad, aunque le reclamé durante mucho tiempo (y él seguía riéndose al recordarlo) en cierta manera, me sentí aliviado; no tenia muchas ganas de sacar mi chingaderita frente al Juan. A los dieciséis años, la autoestima es algo muy delicado.

martes, 25 de noviembre de 2008

Ejercicio 8: Esas son mamadas.


Comencé penetrándola. Su piel estaba en guardia, sus caderas obedientes buscaban la métrica de mi sexo, el sudor perlaba su cuerpo. Su rostro perdido en un rictus de placer dejaba escapar esporádicos gemidos. Sus generosos senos bailoteaban al ritmo de mis furiosas estocadas. Pequeñas pecas rojas regadas sin concierto alguno sobre hombros y pecho condimentaban aquél exquisito cuerpo. Sus ojos verdes gargajo me miraban impíamente mientras se entregaban a la más lenta agonía.

Después de un rato, ella empezó a follarme: yo debajo y ella arriba. Su cuerpo ardía. Noté una sonrisa a medias mientras sus ojos relampagueaban. Aumento la velocidad de su movimiento.
Sentí una estocada de placer y un escalofrío subió por mi espina dorsal. De súbito, el dolor acudió a mis extrañas. Le dije que parara, y rió a carcajadas, sus ojos centellearon y acentuó aquel contoneo. No dejó de reír, y vi en su mirada el deleite sobre mi suplicio.

¿Quién eres?— pregunte.
Soy Lucifer, hijo de puta— contestó.

Ése era yo, en medio de la noche bañado en sudor, con la verga bien parada y cogido por un súcubo; la hija de puta ni siquiera me dejo su teléfono. Esas son mamadas. De eso hace unos días. La muy ramera no ha regresado.



1. Me gusta mucho buscar la realidad en la ficticia pornografía. El otro día vi un clip en que dos jovencitas se la mamaban por turnos a un mismo afortunado fulano. En medio de los ensalivados vaivenes a una de las dos actrices se le soltó el fleco entrometiéndose en el mameluco. La otra compañera se percató y con la mano que no acariciaba los testículos del bigotón le reacomodó el mechón inoportuno a su compañera, detrás de la oreja. Tal momento de sensualidad y afecto me despegó cualquier ímpetu masturbatorio y en cambio yo sonreía imaginando así de a rápido que de alguna forma eran compañeras de habitación y se cuidaban las gripes y los salarios, se deseaban buenos días y buenas noches. Las imaginé recostadas en una misma toalla frente al sol que pega en Miami con un mismo juego de audífonos uniéndoles las orejas.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Gloria


No podía sacarse la visión divina de los ojos. Estaba comprando manzanas. Artemio solamente había ido por su caja de cigarrillos y entonces la topó desde su tersa espalda. Un olor a perfume delicioso llegó hasta su corazón en aquella mañana de diciembre y ya no pudo apartarse del impacto combinado del pelo cayendo deliciosamente en la piel y aquel olor, altamente recordable. Estuvo dándose de vueltas, como eligiendo más cosas solamente para verla darse la vuelta y conocer más de aquella extraña... pero ella estaba muy animada platicando con la señora de la tienda. -¿Buscaba algo más, joven? –le preguntó el señor que siempre estaba en una silla de alambre tomando el sol afuera del local, solícito. –Unos cigarros, por favor- balbuceó, -en un momentito- dijo aquel anciano, -ahorita le despachan- Artemio se sonrió para sus adentros, pues ni obtuvo su pedido, y el anciano lo puso en evidencia de que solo estaba ahí para cerciorarse que aquella parte trasera debía tener un frente todavía más espectacular, y además le había dicho “joven”.

Artemio tenía treinta y siete años y algunos meses cuando llegó a aquella tienda de abarrotes... y frutería, claro está. La noche anterior estuvo hasta tarde trabajando en un amplificador que no daba feedback y una guitarra hermosa y cara que no emitía sonido alguno. Él había soñado con tener guitarras entre sus brazos y arrancarles notas que hicieran saltar a una multitud entera, con interpretar himnos y ser recordado para toda la vida en el “rock n´Roll Hall Of Fame”... -sueña a lo grande, que puedes llegar- fueron las pocas palabras que guardó en la memoria de Gloria, antes de que tomara sus cosas y se fuera para ser cajera de supermercado en otra ciudad. Artemio carece de muchas cosas. Una mujer que lo soporte y le crea que será -tarde o temprano- un músico de altos vuelos, un verdadero talento que lo haga destacar del resto de hueseros más doctos y con repertorios más amplios que abundan en la ciudad –pinche rock de ahora, puras mamadas, pura distorsión- se justificaba a sí mismo, quien solo sabía ejecutar solos y adornos de heavy metal, y lo más importante, se había granjeado un nombre acorde a una estrella. Por eso Artemio era mejor conocido como “El Vampiro”.

Huelga decir que se esmeró en hallar una imagen acorde a su nombre de batalla elegido en base a “carisma” de KISS. Pasaba horas escuchando aquel disco cuando adolescente, que su tío Mincho siempre se burlaba –“¿todavía no traspasa la aguja esa mierda?”. El pelo estaba cayéndosele a puños, y desde que se enteró que ya no era el mismo joven con la chispa ardiendo en sus ojos, empezó a ponerse un paliacate en la cabeza. Lentes oscuros, pantalones hechos jirones y chamarra de cuero... el Vampiro estaba listo para hacer historia... de alguna manera.

En la tienda la mujer pagó sus manzanas y se dirigió a la puerta, mientras, Artemio estaba embebido mirándose reflejado en un refrigerador enorme... reaccionó, no iba a permitir que ella se fuera sin conocerle la cara, así que, acudiendo a una suerte monumental, reparó que había dejado sobre el mostrador el estuche con los lentes, lo tomó, olvidando sus cigarros y su imagen decadente para salir tras ella. Cuando Amanda sintió la persecución y el tronar de las botas tejanas del vampiro, volteó de golpe, encontrándose así con una visión que no olvidaría. Lejos de tender la mano y recibir el estuche, gritó y arrojó al piso la bolsa de fruta, el monedero y las llaves del coche, Artemio se desconcertó al grado que no atinó a cubrirse la cara cuando ella lo arañó, en un acto reflejo, tirándole los lentes oscuros, descubriendo sus grandes ojeras y sus ojos verdes. En la calle se formó la confusión. Los transeúntes se detenían a mirar en que acabaría aquel asalto, el señor de la silla se cayó al intentar incorporarse y Artemio no atinaba a articular palabra... –Había olvidado sus lentes- dijo con una voz a punto de quebrarse. Efectivamente Amanda era una mujer hermosa, a sus treinta años, conservando una belleza compartida en partes iguales con la naturaleza y las bondades del maquillaje, las cremas y el tinte. Pero de nada sirvió. El gesto de miedo y asco en su cara daba al traste con la visión que había hechizado al vampiro.

El dejó caer al piso el estuche y amargamente se dio la vuelta para volver a la tienda, con la cola entre las patas, por sus cigarros. –Y una caguama- agregó al pedido. El Vampiro regresó a su habitación sintiendo que un nudo en su garganta lo asesinaba. Se desayunó un cigarro y su cerveza mientras veía por la ventana. Qué grande es la ciudad y qué cruel, que pequeña la vida y que grandes los sueños... pensaba. Agarró apresuradamente su mochila y se fue a seguir con la faena del día. Ahí estaban esperándolo sus dos pacientes, el ampli y la guitarra. Se dedicó a sacar el sonido donde simplemente no lo había y a cada paso se detenía a acomodarse el pañuelo y bajar las manos para sentir aquellos arañazos en su cara... bruscamente enciende la radio y de pronto suena una voz que se le hace familiar, casi siente que está en familia cuando anuncia “Frecuencia total... sólo éxitos”... y de pronto suena “Black Magic Woman”... y Santana va y viene por los trastes, deslizándose por las notas y los acordes, arrancando una muestra más de la grandeza del rock a su guitarra. Artemio sabe perfectamente en que parte de la guitarra salen esos tonos y mueve los dedos sobre la guitarra muda que tiene en sus brazos... pero nada suena. Se siente extrañamente invadido por una nostalgia espantosa y fría. Manda al diablo la guitarra y mejor se va derecho a comprar más y más cervezas... y cigarros.

Vence la pena y compra. Regresa y se empina su caguama hasta sentir que su garganta estalla, en la radio está sonando ahora “Stairway To Heaven” y entonces el vampiro se rompe. Salen gruesas lágrimas y bajan por sus nuevas cicatrices y su barba descuidada, hasta que su sabor salado se revuelve con el amargo de la cerveza... se queda quieto, temblando, tratando de rehacerse, él no es ninguna nena... solo que se siente más solo que nunca. Esboza una sonrisa torpe y retoma sus quehaceres. Tan empapado está en el rock que aprendió como hacer sonar aquellos pedazos de metal y madera, se clava en el trabajo mientras que suspira cada que el olor del perfume de Amanda llega hasta su recuerdo, y ya que sale de su ensimismamiento, le da otro largo trago a su cerveza... por sus oídos ya han desfilado los gloriosos ídolos a los cuales había consagrado su vida entera, las canciones que hubiera querido componer... las sensaciones que habría querido provocar. De pronto se levanta y tambalea. La cerveza no es pendeja –piensa- y se ríe de nuevo. Agarra y justo cuando va a seguir en aquella guitarra renacida los mismos acordes que suenan en la radio, entra a su pequeño taller Peluche, Peluche es un muchacho extraño según la apreciación del Vampiro, con sus bermudas aguadas y con bolsas “que solo ese güey sabe para que las quiere”, y una playera del Ché Guevara. Su pelo parece una espiga de diente de león, moviéndose a cada paso que da. -¿se puede?- dice Peluche – “a huevo que se puede, cabrón, mira nomás, pobre guitarra, ¿la traías de matamoscas o que pedo?”... ríen.

Peluche conecta la guitarra en el ampli del vampiro, el otro nomás no queda... le sube a su volumen y le mete saturación hasta que suenan notas rasposas y armoniosas, que le dicen al vampiro que el chavo tiene madera, -pero en una pinche música para locos- recuerda las palabras del tío Samuel. Peluche está entrado haciendo música que al vampiro nomás no le acaba de gustar... de pronto se levanta apresuradamente el Vampiro y le desconecta la guitarra. –“Tocas tan pinche feo, que parece que la pobre lira todavía está descompuesta”- le dice en tono de broma. Entonces Peluche le cede la guitarra y Artemio le pone su pedal y apaga la radio. El mismo Peluche se sorprende de escuchar las maravillas que hace el Vampiro con su Squire. Agarra un tono delicioso y se va tendido sobre la línea de notas y a cada paso embellece su canción con riffs ácidos y virtuosos, con adornos que parecen decir que Artemio no estaba loco cuando dejó la casa, la escuela y la novia para venir a la ciudad a ser una estrella del rock, en la calle se empiezan a juntar los curiosas viendo como el Vampiro se retuerce, se desgrana, se yergue, imponente, sin dejar de ejecutar en un solo momento. -¡Está sacando el requinto con los ojos cerrados!- piensa para sus adentros Peluche, que no puede dejar de ver sus dedos y compararlos con la danza que hacen los del Vampiro, van, suben, estiran y tensan cuerdas en una verdadera sinfonía de un solo hombre, en la acera ya hay una decena de personas que se acercan como moscas, atraídas por la canción desbordada.

Artemio está parado en medio del universo y de pronto nada le importa que nadie esté esperándolo en casa, que Amanda le haya dicho en silencio que su aspecto es feo, que esté cumpliendo años atascado en un sueño, que su pelo esté escaseando... en ese momento Artemio no existe y el Vampiro está usurpando su cuerpo huesudo y ebrio, haciendo válida su existencia en aquel terreno extraño, tierra de nadie y de todos. Con los ojos apretados, el Vampiro va por sus recuerdos. La alegría de haber sacado esa rola la primera vez, la amargura de haberla escuchado mejor ejecutada por un chavo de la mitad de su edad, la última noche entre las piernas de Gloria, sus palabras. El cepillo de dientes que dejó en el baño, con el que limpia ahora sus botas, todo junto, atiborrándole la cabeza y saliendo por sus dedos, la visión de su madre, ya mayor, llorando mientras que él se iba a comerse el mundo sin mirar atrás siquiera para ver que lo bendecía y besaba la cruz... llega el último acorde y de pronto, nada.


El Vampiro está parado mientras que la guitarra agoniza en una última nota, vibrando hasta el infinito. De pronto Peluche se suelta aplaudiendo como un loco, la gente que ya es una docena lo sigue en aquel reconocimiento a su talento. El Vampiro es más que una apariencia, que un seudónimo que le quita la pena, que un sueño de opio. Entonces, extiende la guitarra y se la entrega a Peluche. Bajo sus lentes oscuros, sus ojos están llenos de agua. Traga saliva y hace un monumental esfuerzo para que no se le quiebre la voz –“anda, chamaco, ve y practica cosas que valgan la pena, porque te sabes puras mamadas”- le dice, y Peluche se va, agitando su pelo esponjoso, que le recuerda a Artemio la flor del guaje que tenía en el patio de su casa... cuando tenía casa. La gente se empieza a alejar, todavía embelesada, del tallercito. El Vampiro sale a cerrar y un chaval se le para enfrente y le pregunta el nombre de la rola. “La llamada de Ktulu” - contesta secamente y remata –“ignorante”.

Aquella tarde, Artemio se fue temprano a su cuarto. Pasó por otras cervezas y se quedó embebido oyendo sus viejos discos... ¿cuántos años hace ya que llegó a esa ciudad? ¿Cuantos días que se duerme al lado de un lugar vacío?, ¿cuántas horas que tocó?... y aquella canción todavía le arde en las manos. Dieron las nueve y el Vampiro se dio un baño y se cambió. Sacó su orgullo de su estuche y checó que todo estuviera en orden. Aquel día es jueves y todos los jueves el vampiro toca con su banda en la planta alta del bar “Black House”. Camina con sus botas limpias, no en vano el cepillo de dientes de Gloria, por la calle mojada y va estrellando los espejos que forman los charcos del pavimento a propósito. Aquella noche, en el bar, una espada de luz salió por la garganta del Vampiro, arrobando a su público fiel, aquel que sí conoce las canciones, aquel que sabe cuáles suenan espectaculares con aquella banda de cuarentones y que cada jueves le hace esbozar una sonrisa de a de veras... cuando regresó a casa, ebrio, sudado y cansado... se dejó caer en la cama vacía. Sintió la boca seca. Palpó en sus mejillas la huella de pagar tributo a la belleza de Amanda, con los callos reviviendo en sus dedos que duelen… y está infinita y tristemente solo... Entonces Artemio entendió que solamente los pendejos dejan morir al Rock N´Roll.

Prefiero las mordidas


-¡La puta que los parió! ¡Me cago en la leche!- salió Gonzalo gritando de esa sala del aeropuerto internacional de la ciudad de México.

Para él era la segunda noche -y tercer intento- por subirse a aquel avión rumbo a Madrid. De los tres vuelos que he tomado así, él ha sido el único gachupín con el que me he topado en esas circunstancias. La cosa es así: Aeroméxico da como prestación a sus empleados algunos boletos al 20% del precio “regular” pero sólo es posible subirse si hay asiento en el avión. Sin embargo, todos los días a las 6 a.m. había que formarse para hacer lista de espera y no se respetaba antigüedad, es decir, si no te formabas al día siguiente, perdías tu lugar. Por lo tanto, dormir en el aeropuerto era la única opción.

Ese día, un chilango se coló a la fila, sin haber dormido toda la noche, como nosotros. Fue entonces que Gonzalo salió vituperando en su castellano y yo, en perfecto mexicano le contesté: Sí, son mamadas.

Se rió a sonorísimas carcajadas de mi mexicanada. Para los estándares gachupines, la risa y el volumen es normal. Para las 6:25 a.m. chilangos, es un voltea-cabezas automático. Nunca he sido mucho de avergonzarme, principalmente porque soy más bien modosita y no ando llamando de esa manera la atención. Pero Gonzalo se reía como ebrio al que le habían contado chistes de gallegos y me abrazaba de lado, festejando mi expresión.

-¡Joder!, ustedes si que tenéis sentido del humor. MAMADAS JAJAJA!

Salí del aeropuerto lo más rápido que pude y me fui a descansar, dispuesta a olvidar el incidente. A las 5 de la tarde ya estaba yo lista (otra vez) con maletas y la esperanza de subirme por fin, al avión.

-jajaja ¡Tía de las mamadas! Jajaja, ¿como estáis? Jajaja ¡Que maja os veis! Jajaja

Yo sonreía apenas. No quería ser descortés, pero tampoco ser el centro de atención. Afortunadamente, a esa hora el aeropuerto está más que abarrotado, por lo que nadie notó la “excelente” puntada del gachupín.

A las 8pm cerraron el vuelo y ni un pasajero de la famosa lista de espera de cuarta se subió. Gonzalo se acercó a compartir nuestra tragedia.

-Pues nada, otra noche que nos toca dormir aquí- dijo en un tono de voz mucho más conservador
-Ni modo- dije yo, procurando de no soltar algún mexicanismo que le hiciera reírse hasta orinar.
-¡Venga, arriba ese ánimo!, vamos que te invito unas cubatas- me dijo.

El individuo no me simpatizaba, pero bueno, ¿Por que me iba a comenzar a negar al alcohol? Se aproximaba una noche larga y era mejor pasarla alcoholizada.

Lo seguí hasta uno de esos baresitos sobrevaluados que hay en el ACIM Benito Juárez. Me preguntó mi nombre. Yo le dije “Rox” y el me dijo “Rosa”. Bueno, supongo que eso es mejor que “Tía de las mamadas”.

La primera copa paso con una conversación, bastante olvidable. Edad, lugar de nacimiento, lugares que conozco de España y porque voy. Nada interesante. En la segunda copa le pregunté la razón por la que había comprado un boleto con estas características siendo español y ganando en euros.

Se puso muy serio. Aquel hombre sonriente y extrovertido cambió. Como si le hubiera preguntado si estaba seguro de ser el padre de sus hijos.

-Mira, os voy a decir porque se ve que eres maja y de fiar – me dijo mirándome fijamente a los ojos – soy un vampiro y durmiendo en aeropuertos ha sido mi modo de, ya sabes, conocer gente.

Obviamente no le creí, sabía de buena fuente que los vampiros no existen. Aunque ya había salido antes con mentirosos compulsivos, sin duda este era el mas original, por lo que continué con la plática. Me aseguró que no había razón de tener miedo, que hacía mucho que no comía sangre y que nunca lo hacía sin consentimiento. Que en realidad los vampiros son vegetarianos, todo eso de las chupadas en el cuello era hollywoodense, quienes por cierto, les vinieron a dar en la madre con tanto cliché.

Me explicó que un vampiro es todo aquel que chupa la esencia de su víctima, que lo despoja de alguna habilidad y lo deja vacío, seco. De tal modo, los vampiros no sólo maman sangre, también leche materna, saliva, sudor y por supuesto, semen. Esto claro, en el mejor de los casos. Los vampiros modernos se dedican a chupar la inspiración, la creatividad, las ideas brillantes y las usan en su beneficio. Bill Gates, Steve Jobs, Carlos Slim, son ejemplos de ello.

El alcohol y mi debilidad por los acentos extranjeros se me estaban subiendo al cerebro, por lo tanto no me opuse cuando comenzó a besarme el brazo, bajando por el hombro y deteniéndose en mi muñeca, justo donde están las arterias, comenzándola a succionar fuertemente.

Miré mi mano y por supuesto no había marcas de colmillos, sólo una gran mamada. Lejos de dolerme, eso me excitó y le propuse mudar la fiesta a alguno de los hoteles de paso que están ahí cerca del aeropuerto.

Gran error. Me olvidé por completo que esa noche habíaluna llena y mi transformación comenzó. Al pobre mentiroso lo encontraron a la mañana siguiente descuartizado y yo me subí al avión, gracias a que un tal Gonzalo nunca llegó.
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