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domingo, 15 de marzo de 2009

Broma pesada.



Los niños, son una representación de lo salvaje que somos todos nosotros. Los niños no tienen educación, no tienen memorias, ni experiencia, ni miedos tan elaborados. Los niños, presiento, a veces ven sus alrededores como símbolos de cosas muy básicas. El árbol (sin importar si es olmo, secuoya o pino), representa naturaleza. El perro representa amigo. Los otros niños representan amigos o enemigos. Por eso no me enojo, estoy seguro que voy a poder salir de esta. Si tuviera un machete, sería más sencillo. Debo admitirlo, mis primeros minutos con los chamacos sólo pensaba en hacerlos pedacitos con un machete.

-Sabemos exactamente lo que esta pensando, profesor Olaez.

Hice una breve mueca. La verdad no podía verlos muy bien, porque tenía los lentes empañados de sudor y manchados de sangre. Veinticinco niños contra un sustituto que no tenía otra cosa para ganarse unos pesos, que tomar estas horas. Mis manos estaban firmemente atadas con agujetas y maskin' tape en los respaldos de la silla. Mis piernas se encontraban igual de fijas contra las patas de la silla. Mi espalda incluso, estaba bien amarrada. Mis músculos estaban entumidos. Tal vez, llevaba unos cuarenta minutos o una hora amarrado aquí. Tosí, y escupí uno de los dientes.

-Creo que empezamos con el píe izquierdo niños. Soy un símbolo de enemistad para ustedes, porque no me han permitido...

-En el momento que tocó a uno de nosotros, nos tocó a todos -dijo una pequeña voz por ahí. No la reconocí, y no me interesaba hacerlo. ¿Qué podían hacer los chamacos, si no es que tenerme atado?

-Les digo que empezamos con el píe izquierdo.

-¿Con su píe izquierdo? ¡Bueno! -dijo uno de los niños un tanto ansioso. Estaba a un metro, a mi derecha. Escuché como se acercó, y las manchas se movían constantemente frente a mi, como una turba incesante y expectativa. Algo grande iba a suceder.

Fue cuando olí que mi pié izquierdo empezaba a quemarse, y escuché el tronido de las llamas, que si me había pasado de lanza.

It's a Small World After All





Me mantengo alejado de ellos, por lo general. Y es que en realidad los odio.



Hay que observar sus aversiones, sus escándalos y sus caricaturas. Su obsesión por los juguetes, los dulces. Sus cadenas de entretenimiento: Nickelodeon, Cartoon Network, bueno, y una más aborrecible: Disney.

Todo comenzó porque tengo una novia, que le dan ataques de retraso mental al visitar Disneylandia. Yo Disneylandia lo disfruté en mis años mozos, seguramente como se debe disfrutar, siendo un niño torpe y con cara de bondad y con el retraso mental pertinente de la edad. Ya pasados los trece años, les aseguro, va adquiriendo cada vez un tono más pesimista las visitas al parque, y tus padres se dan cuenta que has perdido toda la inocencia, cuando te tuercen clavando la mirada en los pechos de Blanca Nieves, o sabroseándote mentalmente a la Sirenita.



La primera vez que fuimos en tórrido noviazgo todo sucedió normal. Pero me dije ensimismado, ésta vieja está re loca. Así son, chicas, las primeras impresiones fundamentales de una relación en orden de importancia: Está buena, sí y no; Cuánto Cuesta, sí y no; Está Loca, sí y no; Cuanto Sexo Tendré, demasiado, poco, nada; le sigo o me aguanto, sigo, dumping Pero ya me estoy desviando del tema infantil. En resumidas cuentas, yo la veía conmovida y hasta idiotizada con la sarta de embaucadores del imperio: Mickey y su icónica imagen plasmada hasta en el papel de baño, Pato Donald el gangoso rehabilitado de AA, Pinocho el cocainómano jugador, Cenicienta la putita caza fortunas, Campanita la teibolera, y Blanca Nieves la insaciable. Ella gritabacon tono aguardientoso : ¡Mickeyyy no mameessss, con madreee! , y se tomaba fotos en cada pinche mono, banca, árbol y baño. Yo, decía no mames, pues qué pedo con tanta alucinación, sí es un pinche de parque de diversiones setentero. Como ella es regia, donde no hay nada qué hacer, me dije a mí mismo, no mames, pues seguro es que allá su única diversión son los juegos de los Tigres, Intocable, y sus idas y venidas a antros fufurufos donde todos se conocen , y pues ha de ser toda una experiencia.

Me entretuve en el rango de lo aceptable, primero porque llevaba años sin ir, y segundo porque me pasaba haciendo cuentas de las ganancias del Kid's Business. Sólo algo me incomodaba, más que pagar veinte dólares por una hamburguesa y una coca, más que pagar por entrar setenta dólares, y más que ponerme el gorrito que me regaló mi vieja con orejas durante todo el día: los pinches niños.

Para empezar todos gritan a la vez. Cuál es el pinche pedo con gritar malditos enanos. Jaloneando a las respectivas jefas en la cola de las hamburguesas sobre-preciadas, corriendo entre las piernas de la gente, manoseando los contenedores de mayonesa y de catsup. En las tiendas de souvenirs, no dejan comprar, se prueba todas las cosas, y seguro uno que otro maldito mexicano malandrón hasta se las roba.

Después, al siguiente año, no cambié de vieja. Y quiso regresar al mundo mágico de Disney. Ya con el dólar a trece. Fuimos. Yo iba visiblemente crudo, y además desvelado, con ganas de embriagarme en algún bar de muñecos y orinar enfrente de todas las familias en el laguito ése donde pasan barcos al estilo Nueva Orleans. Me hubiera gustado además traer puesta una "wifebeater" para agravar el acontecimiento, y sacudírmela sobre el cono de helado con orejas de algún nenito.

Todavía ni llegas a la Meca de los niños capitalistas, y ya te van recordando sufridamente que vas para allá que vuelas. Veinte millas (Oh my god!) antes en el "freeway", ya te van anunciado que vas a la tierra de los querubines consumistas sin escrúpulos. La calle se llama Disney Way, háganme el puto favor. La fila de diciembre es sensiblemente más fastidiosa que la de los otros meses, esto porque las escuelas dejan salir a los infantes de sus mazmorras, y porque hay el dichoso desfile navideño. El desfile navideño.

Y ahí estoy a las ocho de la noche, comiéndome un churro mal hecho de 39 pesos. Mi vieja a huevo quiere ver el desmadre, y que se ilumine la casa de Disney. Además quiere ver otros tres shows más. Ya hay poca luz, así que los niños corren como plagas por todos lados, hay desorden, unos güeyes uniformados con unas linternas medio arrean a todos, y hasta encordonan manchas humanas, para permitir el paso. Jefas gritando, niños perdidos, y eso sí, papás con cara de ya vámonos a la verga de éste pinche lugar maldito. Yo hice un cálculo azaroso a capella y conté unos quince mil cabrones, de los cuales ocho mil eran incómodos nenitos, esto con una desviación estándar de +/- .5 . Además, ponen una canciocita diabólica que repiten como cuarenta mil veces, (¿qué no conocerán el shuffle?), que dice más o menos así:

It's a world of laughter,
A world of tears.
It's a world of hopes,
And a world of fears.
There's so much that we share,
That it's time we're aware,
It's a small world after all.

Chorus:
It's a small world after all.
It's a small world after all.
It's a small world after all.
It's a small, small world.

There is just one moon,
And one golden sun.
And a smile means,
Friendship to every one.
Though the mountains divide,
And the oceans are wide,
It's a small world after all.

Chorus:
It's a small world after all.
It's a small world after all.
It's a small world after all.
It's a small, small world.

(Y pueden escucharla aquí)

Después de tres horas de ésta rola, ya te quieres cortar las venas con las llaves de tu casa, para que lleguen los primeros auxilios y puedas escapar. Mi molestia era evidente, y ella nada más hacía jetas de : "cálmate puto" , y después de sentirme gratificado por la violencia del gesto no infantil, la veo convertirse inmediatamente en una niña de seis años de nuevo:

- ¡Ay Mickey otra vez mi amoor! - Tómame una fotooo

El genio de la lámpara físico-culturista, Alicia la del país de los enervantes, de todos tengo fotos. Hasta en una pendeja tacita de las que dan vueltas. No las voy a publicar porque me da pena.

Salí hasta la madre, eso si después de ver desfilar a todos los mamarrachos perversos. Los demás niños seguían despiertos y haciéndola de pedo todavía en la salida, en el camión que conecta a los diferentes puntos del estacionamiento.

Odio a los niños. Y a Disneylandia.

sábado, 14 de marzo de 2009

Pow pow



Oscarito se rehusaba a jugar con los demás niños. Jugaban muy rudo y su pequeña estatura no le favorecía. Los niños no lo querían en su equipo, y a las niñas se les hacía curiosito y lo pintaban como princesita, y eso a él le chocaba.

Oscarito permanecía al margen, deseoso de irse a su casa con sus amigos los Legos, pero ya sabía que si bajaba a quejarse con los papás mientras tomaban, le hacían pow pow. El pow pow eran nalgadas, aunque más humillantes que dolorosas. Oscarito especialmente recordó una vez que le hicieron pow pow mientras las niñas se reían quedito desde el balcón.

"Oscarito, te toca ser el lobo", dijo uno de los niños más grandes. "No quiero", dijo apenas audible Oscarito.


Fue ahí que, mientras los papás tomaban abajo, los niños decidieron matar a Oscarito.


"¡Hay que jugar a los almohadazos!" propuso el niño más grande.

Tomaron sus almohadas, duras almohadas de cojines cuadrados del sillón, almohadas con funda negra del cuarto de papá y mamá y cobijas gruesas del armario polvoso. Rieron mientras todos golpeaban con almohadazos a Oscarito, en un acuerdo que no necesitó de palabras. Oscarito tropezó y se abalanzaron sobre él, brincando niños encima de niñas y cobijas. Risas y más risas, hasta que uno de los niños dijo "Quítense, no puedo respirar".

Uno por uno se fueron quitando, unos todavía riendo y otros jadeando con los cachetes rosados. Al pararse todos, permaneció un bultito en silencio cubierto por una cobija.

Uno de los más grandes golpeó al pequeño bulto despacito con una almohada sin recibir respuesta.


"¿Oscarito?"

Al quitar la cobija, el cuerpo inerte de Oscarito yacía con los ojos cerrados, su boca abierta.

"¡Se murió! Se murió el Oscarito!" bajó corriendo una de las niñas con los papás.

Aullidos de mamás y gritos y jaloneos violentos mientras los papás ebrios subieron las escaleras como estampida. Vasos quebraron y alguien se tropezó con una silla. Una mamá sollozó casi ahogándose, mientras otras mamás no permitieron que subiera.

Un papá encerró a las niñas histéricas en un cuarto con una mamá, mientras los niños alrededor de Oscarito lloraron como niñas y uno se orinó.

"¡Perdón, perdón, perdón!" sollozó el niño más grande, el orinado.

Un papá se arrodilló frente a Oscarito, su cara desfigurada del dolor. Su aliento alcohólico y su camisa olorosa a cigarro se acercaron con pavor al cuerpo del niño. Sus ojos brillaron y un moco se escurrió por su nariz.

"Mijito.." susurró el papá.



"¡Taraaaaaaan!" de pronto gritó Oscarito, rojo por haberse aguantado la respiración.

A Oscarito nunca lo habían abrazado así. "'Uy, me vas a sacar las tripas!" se quejó Oscarito.




El papá lo cargó y la mamá no dejó de besarlo, mientras lo llevaron a casa a jugar con sus Legos.

Oscarito sonrió al ver que antes de cerrarse la puerta de la casa, los papás a los niños les hicieron pow pow, aunque pareció más doloroso que humillante.

Los niños aterran más que Chuky


Hace un par de semanas la esposa embarazada de un amigo sufrió amenaza de aborto. Cosa irónica en una sociedad que se reproduce a lo pendejo, donde las amenazas telefónicas, de secuestro, extorsión y muerte son las que están más de moda.
Mi compa, el futuro padre, quedó desempleado. El poco dinero que recibió de indemnización lo utilizó para pagar cosas que aún debía de su boda, cuatro años atrás.
El fin de semana nos juntamos a beber y platicar. Pasadas las seis cervezas, le pregunté:

-¿Y no te da miedo, güey?
-¿Miedo de qué, güey?
-De que vas a tener un hijo y no tienes trabajo.
-No, güey… las cosas como quiera salen; todo se da. Por un hijo uno hace hasta lo imposible –respondió con mucha seguridad.

No sé a ustedes, pero a mí nunca me han tranquilizado este tipo de frases optimistas.

Pasaron otras seis cervezas y mi compa seguía hablando de sus planes y de cómo se prepararía para la llegada de su hijo. Yo sólo escuchaba y fingía estar atento, diciéndole a todo que sí, que tenía razón, que todo saldría bien; pero, en el fondo, me aterraba pensar que fuera yo quien estuviera en sus zapatos.

Hace un par de días sucedió algo similar en el negocio de la familia. La esposa del encargado está embarazada por tercera ocasión y tuvo una amenaza de aborto (¿será acaso una señal del mundo para que se dejen de reproducir a lo pendejo?).

El encargado se la pasó preocupadísimo esos días, pidiendo permisos para ir al seguro social, para llegar tarde, para salir temprano, para ir a casa de su suegra, para ir por sus otros dos hijos a clases, etc.
En un principio no comprendí si su mortificación era por tener un tercer hijo no planeado (dice que el dispositivo intrauterino falló) o por el riesgo a perderlo.

Y es que, analizando las cosas como son y dejando a un lado frases como “los hijos siempre son una bendición”: ni a él ni a mí nos beneficia esta situación. A él no le beneficia porque sus gastos se elevarán, su espacio se reducirá, la presión se duplicará y tendrá que trabajar doble... o triple. A mi no me conviene porque de seguro me pedirá un aumento de sueldo y, a como están las cosas, es imposible, así trabaje 24 horas extras al día.

Ayer, el encargado llegó muy temprano, con una sonrisa de alivio.

-Ya se arregló todo, ya está bien mi vieja –dijo.
-Qué bueno, me da mucho gusto…
-Mi niño nace en octubre.

Quise preguntarle lo mismo que a mi amigo: que si no le daba miedo, pero me limité a “felicitarlo”.

-Ahora sí: a echarle el doble de ganas, no hay de otra –dijo agitando los puños y con cierto brillo en la mirada.

Su absurdo optimismo me deprimió y arruinó el resto de la tarde.
Pensé que, irónicamente, mi cobardía y mi mayor temor -tener niños- es lo que me hace vivir tan tranquilo, sin andar diciendo frases o adoptando actitudes disfrazadas de positivismo como único recurso.

jueves, 12 de marzo de 2009

Odio a los niños



No a todos. Sólo a algunos. ´

Mi relación con los niños ha tenido sus altibajos. Cuando tenía unos 8, 10 años amaba con A de Amor a los infantes, pero así bien cañón. Tenía complejo de nana y me encantaba andar cuidado niños más pequeños, y llevarlos a los columpios, a la resbaladilla, jugar a la comidita, y sus etcs., para beneplácito de las amigas desobligadas de mi madre. Suelo decir, medio en broma, medio en serio, que yo me acabé la paciencia (en general) antes de los 12.

Todavía me gustan, creo que son brillantes, sobre todo cuando no cometes el error de tratarlos como si tuvieran el cerebro de una esponja. Hablar con un niño, pero hablar en serio, sin payasadas, muchas veces resulta esclarecedor, divertido, y en el cien por ciento de los casos, sorprendente. Lo que me molesta son los niños maleducados que te encuentras en las plazas, en el super, en el cine, y que ni "con permiso" saben decir. Pero eso no es culpa de ellos, sino de sus flojos y condescendientes padres, incapaces de enseñar dos ápices de educación porque hoy juegan las Chivas. No toda la gente debería de tener hijos, es como todo en la vida, el simple hecho de poder no significa que de hecho debas de.

Antes de sacar a mi doña interna, me estaba acordando que cuando estudié la primaria, estaba de moda (no sé si aún siga) una práctica dictatorial, y supongo que a muchos grados poco didáctica (si no es que con cero utilidad), que se llamaba elegir al "Jefe de Grupo", así como tribu de entes silvestres que necesita que uno de sus iguales le recuerde el status quo. Tenía una mejor amiga que era también totally teacher's pet, y siempre éramos la jefa y la subjefa de grupo, o viceversa.

Entre tus "responsabilidades" estaba fungir como carcelero cuando la maestra salía a la Dirección, o a una junta (que supongo es sinónimo de voyafumarmeuncigarroantesdecometerinfanticidio) y te ponían a apuntar a los que se portaban mal (o sea, en la cárcel por menos te meten un navajazo, afortunadamente en mis tiempos los niños iban a la escuela con borradores y tijeras de punta chatita) como la más vulgar de las delatoras. En mi salón había un Carlitos (siempre hay uno ¿no?) que era la encarnación del demonio puesto en crack. Obviamente siempre traía atrás de mi a Carlitos (jajaja me acuerdo perfecto que además de apuntarlo le iba poniendo rayitas) rogándome "Por favor bórrame" "Es que no te puedo borrar" "Aaaay no seas mala ondaaa por favor ándale ándale bórramebórramebórramebórramebórramebórramebórramebórrame" "Bueno, si te sientas y te callas te quito una rayita" ¡Suplícame gusano! Ah, el poder, dictadora wannabe.

Su mejor amigo, Gustavito (que además de eso cubría el papel de patiño/guardaespaldas) era el encargado oficial de cuidar la puerta. "Ahí viene la maestra, ahí viene" Complejo de vigía, tenía el pinche Gustavito. Llegaba la Maestra y yo le pasaba la hojita con los delicuentes juveniles, que no recuerdo que les hacían, supongo que los dejaban sin recreo, o los ponían a hacer planas en cursiva, o alguna pendejada similar, después de todo, no le vas a ir a contar a las monjas cómo castigar cristianos. Sí, yo era esa niña que odiabas, ¿y?

Por eso, ahora los Carlitos del mundo me cobran las rayitas que no les borré.

Mi abuela



Mi abuela es una señora a la que le gusta hacer caridades. A veces mete mi ropa favorita y la de mi papá en una caja de cartón y me hace acompañarla a dejársela a los monjes de la iglesia a donde suele ir a misa. Creo que mi abuela piensa que repitiendo muchas veces eso se va a ir al cielo cuando se muera.

Además de regalar nuestra ropa a mi abuela también le gusta dar asilo a perros callejeros. Al principio me daba risa ver a mi papá tirarse de los cabellos cuando regresaba de su trabajo y veía en el jardín a cinco perros nuevos.

Me dejó de dar risa el día que mi abuela me puso a limpiar la caca de los perros.

Un día mi abuela llevó a la casa a una perra muy gorda. "Está preñada" me dijo. Como no sabía que quería decir eso busqué en el diccionario de mi papá y me dí cuenta que la perra nueva tenía perritos dentro de su panza.

Decidí sacarlos.

Esperé a que todos se fueran a dormir y fuí a la cocina. Busqué el cuchillo más afilado que teníamos. Luego fuí al cuarto donde mi papá guarda sus herramientas.

Mi hermano me había contado que en la escuela habían abierto a un conejo. Habían usado cloroformo para que no se fuera a despertar mientras lo abrian. Mi papá no tenía cloroformo pero si tenía un martillo.

Con el cuchillo y el martillo en las manos fuí al cuarto de la abuela. Ahí dormía la perra preñada. Mi abuela es la única en la casa que cierra con llave la puerta de su cuarto pero yo conozco el truco para abrirla sin hacer ruido. Abrí y entré caminando muy lento.

Mi abuela dormía en su cama y la perra preñada dormía encima de unas sábanas -¡mis sábanas de Batman que me regalaron en mi cumpleaños!- al lado de la cama de mi abuela.

La panza de la perra se inflaba y desinflaba ritmicamente por su respiración. No como la de mi abuela que respiraba tan lento que a veces pensaba yo que ya se había muerto.

Apreté fuerte el mango del martillo y lo descargué en la cabeza de la perra.

Se oyó un crack muy quedito. Mi abuela murmuró algo y se movió pero no se despertó.

Metí el cuchillo en la panza de la perra. No era tan afilado como pensaba y me costó trabajo cortar. Tuve que usar las dos manos. Primero salieron las tripas. Apestaban tanto que me dio miedo que la abuela se despertara.

Luego salieron los perritos. Conté seis. Uno movió un poco las patas y luego ya no. Eran muy chiquitos. Parecían ratones y tenían los ojos cerrados.

Mientras los miraba, la abuela se tiró un pedo. Creo que fue eso lo que la despertó.

Cuando abrió los ojos me miró. Luego miró el cuchillo y el martillo que estaban en el suelo. Al final miró a la perra.

Se puso a gritar y despertó a todos en la casa. Gritaba aún más fuerte que la vez que me descubrió debajo de su cama intentando prender una fogata.

Santo remedio



miércoles, 11 de marzo de 2009

Crónica de guerra



Sí, todo comenzó una tormentosa tarde del '74, mientras mis hombres y yo aguardábamos en trincheras por allá en Vietnam...


En realidad no era el 74, sino el 2005... y yo no estaba en Vietnam, sino en Sinaloa. Mucho menos estaba acompañada de mis hombrrres; estaba sola... sola. Por alguna extraña razón, dentro del sistema educativo nacional, a los prepos el país les pide que realicen servicio social antes de graduarse, y a mí me pareció sencillo hacerlo en una escuela de idiomas sabatina para niños. La verda' es que hasta ahí iba bien la cosa, porque yo no hacía más que cuidar la puerta en los recesos para que los pequeños animales no se salieran y no demandaran a la escuela porque estos resultaban atropellados/secuestrados/violados/llevados a alguna iglesia local, pero nunca pensé que eso traería feas, muy feas consecuencias. Así es, ellos me timaron; jugaron bien feo con mi mente y me hicieron creer que era sólo un servicio social. Pues no, no lo era: ese dia perdí mi inocencia.


Así es, ese día dejé de creer que los niños podían ser inocentes y amigos de los animalitos del bosque.


Todo iba bien, me dijo el director: "Cuida la puerta que conecta el jardin con el pasillo principal para que los niños no hagan desastre durante el recreo". "Si señor director, todo muy bien señor director". Y unas horas después ya me tenían cuidando una reja con la misma diversión que Moby ve un pedazo de carne. El receso comenzó y todo iba bien: los niños compraban en la cooperativa dentro del jardín, otros jugaban, otros presumían sus pinches juguetes costosos y los había quienes sólo se quedaban del otro lado de la reja y me miraban raro (...). Pensé: Vale, no hay problema, así son los niños.

La única condición era que, si un niño pedía permiso para tomar agua, debías dejarlo entrar y vigilarlo hasta que regresara al jardín. Jiji, yo lo estaba haciendo per-fec-ta-men-te, estoy segura de que si existiera un premio para "Muchacha de 17 años que cuida la puerta para que los niños no entren y hagan desastre y se reproduzcan y ensucien el piso durante los recesos" yo lo hubiera ganado; de hecho, estoy segura de que fantaseé con ello durante unos segundos, y por eso nada más, desprendí mi atención de la reja. Para cuando volví de mi Lapsus pendejus, tenía a una marabunta de niños pegados a la reja como zombies mientras gritaban "Aguaaaa, aguaaaa" y ya, les dije que se metieran en pares.

Todo iba bien; veía acercarse el premio de Muchacha de 17 años que cuida la puerta para que los niños no entren y hagan desastre y se reproduzcan y ensucien el piso durante los recesos... y entonces sentí una manita en mi mano. Voltee y estaba del otro lado una niña que me decía "Maestra, Martín no volvió" (¿Maestra? Maese! estos niños que no respetan; si por mí fuera los tendría en el patio incados sobre los ladrillos y oliendo chiles oreados bajo el sol...).


En fin, como no lo vi adentro, un niño me dijo "Yo vi que se fue a la bodega" y ahí me tienen rastreando a la pequeña criatura, con la imagen de los chiles quemándose más utópica que nunca. Abrí la puerta de la bodega y ahi estaba. Le dije: Hey tú, ya te encontré. Pero al parecer ese no había sido el punto, porque en eso ya podía escuchar una bomba de pasos y gritos que invadían ehm... adentro. Y ya, salí con el niño jalado del brazo y para entonces ya estaban todos los demás adentro saltando, tumbando cosas, gritando, ensuciando el hermoso piso de no-mármol. ¿Así que ese era el plan? Those rat bastards, me tenían rodeada, jaloneandome de los brazos, y yo vuelta loca, mientras por azares del destino estaba parada donde hasta al final del pasillo daba la oficina del director, y por la ventana él me miraba sentado en el escritorio con cara de "Vas a ver cuando te agarreeee" mezclada con una de mucha, mucha weba que decía "Y ni pienses que te voy a ayudar".

El lugar se volvio un caos; comencé a tomar a los niños en trios mientras los empujaba para que regresaran al jardin. Los jalaba, los volvía a empujar, comencé a decirles cosas que sus castitos oídos no debían escuchar, y seguí agarrándolos. En una de esa tomé bien pinche molesta a uno mientras le decía: "Salteeeee" y el niño nada mas me vio casi llorando y contestó "Yo no estudio aquí!" (...luego me di cuenta de que era el hijo de la que atendía la cooperativa). Y ni sé cómo me las arreglé pero al final logré sacarlos a todos de nuevo... eso sí, el pasillo quedó hecho un reverendo desmadre y cuando volteé a la ventanilla del direc, él seguía con sus jueguitos en la compu...



No, no estaba en Vietnam, ni era el '74, y me faltaron muchos hombres ob-via-men-te... pero ni la matanza del Tlatelolco fue tan sangrienta como ese mugre día:





Hay niños que NO son regalitos del señor.

I Don't Want To Grow Up











Uno de los insultos más comunes que recibo es “Infantil”. Lo cual, sobre todo, me intriga, porque no encuentro algo ofensivo al ser infantil, al contrario.

Conozco a muchas personas a las que no les gustan los niños, eso es normal hasta cierto punto (supongo), pero he conocido a unas cuantas que le tienen miedo a los niños, o mejor dicho, a lo que representan.

Por lo regular, cuando me han llamado “infantil” ha sido al adoptar actitudes -valga la redundancia- infantiles, y es aquí en donde se pone interesante al asunto ¿Cómo se comportan los niños? Básicamente, con un total desprecio de las normas que rigen el mundo de los adultos, que en su mayor caso son normas idiotas, hipócritas y destinadas únicamente a evitar confrontamiento abiertos, pero que promueven el ataque velado.

Me explico (espero): Un niño, al ver a una mujer gorda, dice sencillamente “mira, una gorda” Si un niño se acerca y tu aliento hiede, dirá “te apesta la boca”. Eso es lo que a mucha gente no le gusta de los niños: que son brutalmente sinceros y sin una pizca de corrección política. Bueno, mis amigos son mis amigos por eso: porque saben que de mi no van a escuchar lo que quieren oír. Mis poquísimos amigos me aprecian, sobre todo, por lo brutal que puedo ser al decir las cosas como son.

Se dice que los niños son crueles (y es cierto; todos hemos visto a un grupo de niños burlándose de otro), pero esa mentada crueldad no es mas que la verdad dicha sin tapujos ni medias tintas. Eso incomoda a muchos adultos, que al crecer (o “madurar” lo que sea que eso signifique), silencian a ese niño que algún día fueron y simplemente pierden la capacidad de decir las cosas como son.

Entiendo que es necesario cierto tacto o corrección al relacionarnos con los demás, pero esto casi siempre es llevado demasiado lejos, logrando que vivamos en un mundo en donde la hipocresía es el aceite que lubrica los engranes de la sociedad.

En lo personal, jamás he dejado que ese niño que fui desaparezca; al contrario, todo el tiempo esta gritándome al oído lo que piensa del mundo y la mayoría de las veces le presto atención. Mucha.

Nunca he confiado en los adultos que tratan a los niños como si fueran retrasados mentales; no son tontos, al contrario. Me parece tristísimo cuando un adulto, acorralado ante la brutal honestidad y curiosidad de un niño, lo calla con un: “No sabes lo que dices, cuando seas grande lo entenderás” No, él lo entiende perfectamente ahora, entiende que eres un tonto.

Por eso prefiero tratar a los niños como adultos y a los adultos como tontos, me parece lo más justo.


martes, 10 de marzo de 2009

Miedo a los niños



-Puta madre.

La chingadera se pintó de azul. Después de orinar todo el suelo tratando de atinarle al palito de plástico para que se llenara bien de pipí; después de los sesenta segundos durante los cuales se dedicó a contar los azulejos rotos del piso; después de revisarse la panza para ver si se veía algo diferente y de abrocharse las agujetas de los tenis por enésima vez, volteó a ver el resultado. 

-No mames. No mames, no mames, no mames.

Ni siquiera tenía idea de cómo se lo iba a decir. Uta, pero de veras que qué pendeja: si ya sabía en qué semana estaban, si ya sabía que ese güey se venía durísimo y que aparte nunca la sacaba a tiempo; si ya sabía que las cosas jodidas siempre le pasaban a ella… chale, me cae que qué pendeja, repitió. Sacó el celular y le tomó una foto al palito lleno de meados azules antes de tirarlo a la basura.

*****

-Ya te he dicho que no quiero que juegues con los niños, me da miedo que te pase algo.

Otra vez, carajo. Qué ganas de molestar las de su madre, y qué maldito el miedo que le tenía a los niños. Qué ganas de tenerla siempre jugando con niñitas pendejas vistiendo y desvistiendo Barbies de imitación, cuando lo bueno estaba del otro lado del patio: los niños jugando policías y ladrones, o coleadas. Así sí estaba chido.

Se acordaba particularmente de uno de ellos: Beto, le decían el chocorrol. El Beto era siempre el de hasta adelante cuando jugaban coleadas en patines; y cuando la dejaban jugar a ella, siempre la mandaban hasta atrás y acababa embarrada en el suelo. Entonces el Beto venía y con el pretexto de ver si se había roto algo, le tocaba las piernas. Y ella empezaba a entender el miedo de su mamá, pero porque sentía bien rico. 

Muchos niños más llegarían; muchos rozones de piernas y pues también de lo demás, y el miedo empezó a desaparecer. Hasta ahora.

*****

-Güey no mames.
-Eso mismo dije yo. Lo hice dos veces, las dos veces salió azul.
-¿Y qué vamos a hacer?
-Pues ya habíamos dicho, ¿no?
-Pues sí.
-¿Y qué te late que sea?
-¿Y de qué sirve pensar en eso ahorita?
-Pues no sé, pero desde que empezaste a sospechar a mí me late como que es niño.
-Un niño. Uta. Un niño; me cae que qué pinche miedo.

Fotos Tamaño Infantil



Me fuí en el recorte de diciembre. El diario local donde trabajaba debía elegir entre el personal con mayores prestaciones o continuar con las prerrogativas gerenciales, que incluyen colegios privados para los hijos y 300 mil pesos mensuales para el director general. La crisis de los medios escritos es solo para los empleados; los dueños siempre tendrán magnates a quienes malvenderle sus principios éticos: pero me estoy desviando del tema.

Acabé trabajando en un estudio fotográfico, de los pocos que han sobrevivido a la digitalización, y el único que realmente se mantiene próspero. El dueño es padre de una fotógrafa artística muy pretenciosa y de una músico, talento local y orgullo de la familia. Ahora soy el más mediocre de mis hermanos: tomo y edito imágenes, mejoro la resolución y preparo videos, lo mismo que en el periódico, pero sin el glamour propio del gremio. No importa, ya no tengo pretenciones.

Ahora me sucede algo insoportable: no logro descontextualizar las fotos que edito. Antaño contemplaba muerte, sangrita y desmadre. Policías, detenidos y atropellados; lo más amable eran fotografías políticas de algún diputado regordete captado en plena declaración mientras sacude la papada y crispa los ojos enérgico. Yo no tenía nada que ver con sociales o espectáculo, y ahora en mi trabajo actual me siento humillado, y cada vez que contemplo las jetas de los clientes, en sus quinceaños, sus bodas, graduaciones o aquelarres ridículos, con sus arreglos, su exceso de maquillaje y sus sonrisas forzadas, me entretengo imaginando quienes son, que hacen, que harán.

Esa costumbre resalta la humillación de ser un pinche retratista, o el zoquete malvestido que corre por todo el salón social o patio, cámara en mano, arengando a la gente para que pose, para que sonría. A ver, sonrían, a la una, a las dos, listo. Luego llegar y en la computadora entretenerme viendo las caras de los recién casados, mientras pienso, o me imagino: cómo le gustará a ésta, quién engañara primero, cuánto durarán casados. Tengo 40 años: creo que es normal sentirse así cuando tus diminutas ambiciones profesionales se difuminan en un ataque de risa loca reprimida.

Lo que si, es que hace quince días abrí lo que queda del periódico donde trabajo - para criticar a los pocos fotógrafos que quedan - y me topé con un rostro familiar: Javier Hinojosa, de 20 años, detenido junto con Fulano y Merengano, en una casa de seguridad donde tenían secuestrado a Sutano de tantas, dueño de un lote de autos. Estaba en la mesa, tomando un café. Tranquilamente abrí mi viejo almanaque hasta hallar una foto mediana de un pequeño bebé sentado precariamente mientras sonríe y mira un punto de una esquina superior. El fondo es difuso, y era por aquellos años cuando experimentaba con la velocidad del obturador y el enfoque del lente. El niño y el joven regordete del periódico son el mismo, son Javier Hinojosa. Yo tenía su edad cuando tomé la foto que guardo en el almanaque. El tiempo lo convirtió en un manguera, en un secuestrador, mafioso de carrera truncada.

El fin de semana pasado me tocó trabajar en un quince años, en el salón Mezzanine, el que está por el bulevar Insurgentes. Comprobé lo ignorante o inocente que soy cuando llegaron unos cincuenta soldados y a punta de rifle y gritos comenzaron a arrearnos y separarnos en mujeres y hombres, sin importar edades. Al final, subieron con todos los hombres, incluidos adolescentes y pubertos, y acabamos en el cuartel militar Morelos. Ahí estaban invitados, meseros, músicos, cantineros, los del sonido y el único fotógrafo. Comenzaron a entrevistarnos; no a todos: se detuvieron cuando hallaron al lugarteniente que buscaban. Se lo llevaron a la Ciudad de México junto con dos policías estatales. Luego nos soltaron.

En la banqueta entendí que habiamos estado más de quince horas detenidos. Era de día y los familiares fueron recibiendo a los que soltaron, la mayoría empleados y adolescentes. No había sol, la tarde incipiente era de un azul gris, y pensé en un enorme foco de flash que languidecía en milésimas de segundo frente al cadaver inflado del último perro callejero de Tijuana. Parpadeé y supe que tendría que caminar hasta el bulevar para tomar un camión. Frente mio descubrí a media docena de mujeres compungidas que recibían a ocho adolescentes. En sus semblantes, mientras eran abrazados por sus madres, adiviné el orgullo elocuente y transgresor de dejar la infancia con la primer anécdota interesante de su recién estrenada vida delictiva. Ya podía verlos, presumiendo a todo pulmón en la secundaria la delicia de haber sido interrogados como capos, y probablemente inventando miradas amenazantes y palabras valentonas.

Caminé con pereza y planeé el resto de la tarde. Pasé por el parque de la Torre Aguacaliente, y entre sus jardineras me hallé un árbol de eucalipto. Tomé unos tallos cortos y los amasé en la mano, hasta que mis dedos emulsificaron recuerdos breves y pausados de mi infancia. Recordé cuando caí de una bicicleta bajando un cerro cualquiera de La Gloria y me rompí el brazo izquierdo. Volví a sentir el temor, el espanto de sentir mi brazo entumido y verlo enrojecido y polveado. Nunca será lo mismo ser niño en ésta ciudad, y no son palabras de viejo. Ahora hay que andarse con cuidado con la infancia tijuanense. Ya no sabemos en lo que se convertirán.

lunes, 9 de marzo de 2009

El miedo anda en pañales


Dejaron de darme miedo los niños el día que tuve uno. Ahora les tengo pánico.

Corrijo. El miedo no es a ellos sino al cambio. No me asusta Mateo -mi primogénito, quizá el único que tenga- sino los cambios a los que me ha emparentado desde que nació. Tener un hijo es renunciar a la resistencia al cambio, es encontrarse con la continua alteración de las costumbres. Ahora soy de los que en medio de una reunión agarran esquina para presumir las fotos de su hijo y de los que hablan de cosas que no le interesan ni a los que ya son papás.

-Hay que tallar bien la toallita húmeda en el culo del bebé cuando le cambias el pañal porque si le queda caquita le da comezón y no duerme bien él y no duermes bien tú-.

Con frecuencia me oigo a mí mismo repitiendo frases que juré nunca decir; frases como "Los hijos crecen demasiado rápido", "Cierra la boca cuando salgas porque está haciendo frío", "No andes descalzo", "¿Cómo se dice azul en inglés?" y "No juegues con la comida".

Puedes ser un cabrón sin culpa hasta que eres papá. Ni siquiera el matrimonio te obliga a asistir a tu propio juicio ético. Recuerdo que un amigo se la pasó en el teibol enseñando las fotos de sus gemelitas a una desbrasierada explicando lo mucho que las quería. La bailarina se conmovió y ambos se enredaron en un abrazo sin erotismo escuchando November Rain de fondo. La plática, y no el baile, que le dieron a mi amigo fue de preciso carácter privado.

Treinta y tres años de mi vida fui el más mediocre de los salmones. No nadaba a contracorriente, sino acomodado en el río, a como viniera el agüita con la envidiable chilerencia que tienen los que no se preocupan por el futuro porque no tienen nada qué perder. Algo así como si me muero no hay pedo.

Pero luego la paternidad me expuso a los miedos que creía haber superado en la primara: sangre, vómito, enfermedad, fantasmas, muerte. Ahora pienso en hacer un testamento, en ahorrar, pero no para pagar una carrera en el Tec dentro de 15 años, sino para hacerme un check up médico semestral. Quiero vivir más y mejor, y eso es también un enorme cambio para mí.

Ya he dicho que es patético que los papás pretendamos realizarnos a través de los hijos, pero es cierto que uno quiere una mejor suerte para ellos. La virtud consiste en que ellos no se vean afectados por los miedos de sus papás, porque un miedo mal disparado se hereda en forma de traumas, complejos y prohibiciones estúpidas.

La tarea es ultra marciana: Saberse débil pero sacar fuerzas para proteger a los hijos sin que esa protección los discapacite. Hacer hombres y mujeres sensibles, pero no agachados. Esconder los miedos propios mientras son pequeños, pero luego, mientras van creciendo, aceptarse vulnerable frente a ellos para que sepan desde el principio que los papás somos seres humanos, nada más.

En mi caso, miedo a los niños era/es miedo al cambio. Miedo a hacerme responsable por una chingada vez en la vida. Una chingada vez que dura toda la vida.

Nuevo Horizonte: Domingo 8

Yo nunca pensé en tener niños. Me sentía muy bien así, yendo a trabajar, haciéndome de mis centavos y yendo a donde se me pegaba la gana. ¿Bailes?... si, a muchos, con mis amigas, mi hermana Chío y a veces sola. En esos bailes es que conocí al papá de Heriberto. Siete años hace que llegó a mi vida este chiquito.

El tipo nunca volvió pero yo me enamoré de la sensación de abrazar ese cuerpecito chiquito, delicado, carne de mi carne y con mi sonrisa, mi manera de andar… y por eso es que cuando Betito apenas tenía dos años, me aventé a tener la parejita. Y así fue.

Itzel nació más güerita, más parecida a su papá, quien era grandote y chapeado. Pero ni siquiera el pelito chino de Itzel, ni su cara, copia de la de su papá, hizo que él quisiera quedarse tampoco.

Ya con dos niños es más difícil salir a cualquier parte, ni siquiera a trabajar tanto, pero me las iba ingeniando, nunca tuvimos dinero de más, pero tampoco permití que mis niños anduvieran miserables por la vida. ¡Ellos tienen a su madre!

Hace cuatro años, mucha gente fundó la colonia “Nuevo Horizonte”, robamos de entrada los terrenos, luego llegó Invisur y nos sacó dinero, pero nunca tuvimos servicios. Acaso la barranca de “las calaveras” para traer el agua. Pero teníamos ya nuestra casita. Nuestra y de nadie más.

Si, de acuerdo, era una casita muy sencilla, pero ahí empezó Itzel a caminar y a jugar con Betito, a darme todas esas alegrías que ahora me están comiendo el corazón. Así, señor, pasó que me embaracé de Fátima hace tres años… si, llevan los tres mis apellidos: Aquino Cabrera, si.

No importa que no tengan padre, yo le agradezco mucho a Santa Gertrudis que me haya dado a mis angelitos… siempre.

Pero el sábado, ya mis chiquitos tenían harto sueño. Yo me cambié… sí, yo trabajo lavando puestos en el mercado Baltazar Leyva… como siempre, los dejé dormiditos. Todavía me regresé a ver que estuvieran sequecitos, bien arropados, los besé, señor, los besé como los besaba todos los días… y dicen que fue una veladora, dicen que es porque mi casa es muy pobre y que la costera y la lámina de cartón no dejó hacer nada, dicen que se vio el incendio desde la colonia 10 de Abril, que queda en el cerro de enfrente. Pero nadie hizo ya nada.

A las doce los enterramos. Ahora ya sé porqué me fui llorando la noche de anoche… algo adentro me decía que ya no iba a volverlos a ver… y ahora, me quiero morir yo, señor. No voy a poder vivir sin mis chiquitos… no quiero vivir sin ellos.

Zapatitos



Y tomaron esa pastilla que les compartió su gordo y risueño amigo.
Lúcido y despabilado toda la noche
, les había asegurado.



Pero el LSD trajo del subconsciente, su temor más arraigado.
Y en un ataque de pánico, con el elefante les pisotearon.



Y junto a los zapatitos amanecieron,
niños y juguetes masacrados.
Blogalaxia