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domingo, 14 de junio de 2009

El Club de los Perdedores



Es difícil cuantificar cuantos días o situaciones hemos perdido, al grado de esperar volver al momento exacto, donde tomamos aquella decisión pendeja, irreversible, poco favorecedora, que nos costó una lana, una vieja (o dos), una calificación, el éxito que vemos con celo en otro que aceptó, que hizo; quizá haya miles de situaciones qué recordar. Hagan el ejercicio.

Yo he hecho miles de estupideces. Es más, sigo realizándolas consuetudinariamente. Creo que entre las cosas que menos me preocupan es fracasar. No porque sea muy exitoso, solamente porque ya no llevo la cuenta de mis fracasos, y eso es suficiente para olvidar que la vida me entregue al final una boleta con "puros dieces", como dproponía mi mamá para negociarme algún nuevo juguete a cambio de algo, que sinceramente, madre, no nos beneficiaba a ninguno de los dos.

En el campo de la estupidez, del riesgo, del fracaso, me considero experto. He hecho todo mal alguna vez: caí, reprobé, repetí, fallé. Hoy tengo unos cuantos años fracasando. Sin embargo, ésta capacidad de nulo asombro al fracaso, la comparo con la de otros fracasados consuetudinarios. Hoy por hoy, mi círculo de amistades cercanas se compone de fracasados como yo. Llega uno a una etapa, por ahí de los casi y más de treinta, donde te das cuenta que la gente no busca nada, sino solo está evitando que se la lleve el tren, la verga, el chamuco o su personaje favorito de horror. Su miedo más característico es a fracasar. A perder. A caer.

Y ahí estoy yo. El que aún no tiene planes de casarse, y no tiene una hipoteca (suicidio financiero popularísimo, tema de otro post). Y me río, y los veo como les llega el atardecer, como ven crecer su cuenta de afores, y como empeñan las alhajas para pagar sus compromisos, sus casas, para que a la cuenta de algunas décadas, digan con tono de campesino enorgullecido de spot de "Solidaridad": ésta casita es mía. Snif.

Y ahí se nos va la vida hermanos. Intentando no caer, ni pensarlo en público. Burlándonos de quien se arriesga, de quien pierde. Y sólo les puedo decir que la vida no vuelve. Que no nos dan una segunda vida, por trabajar sesenta horas semanales, y que, seguramente, su cuenta de Afores se la van a transear unos culeros de cuello blanco. Y esa casa a la que abonan mensualmente, la están pagando tres veces, y beneficiando a un financiero que anda en sandalias en las bahamas, viviendo la vida que le financían con su mojigatez, y con su miedo clasemediero.

No me importa. Seguiré el fracaso sonoro del cual hago gala, a pervertirme en las entrañas de los miedosos. De los empleados y de los que sacan dieces.

Sólo recuerden. No vuelve.

Negro, vuelve...


¡Yambambó, yambambé!
Repica el congo solongo,
repica el negro bien negro;
congo solongo del Songo
baila yambó sobre un pie.

-Nicolás Guillén, Canto Negro.

El tema de recolectivo: "Negro, vuelve..." fue en sí un problema porque algunos no quisieron aceptar las ramificaciones literarias de la frase y decidieron que era un chiste autorreferente. Los lectores no le van a entender, decían. Algo que me pareció curioso y me sacó una enorme carcajada. De ahí la opinión se dividió, entre que podía ser un tema excelente para ficcionar, a otros que no podían separar la referencia de un Canibal -al que le decíamos negro en los correos masivos-, que simplemente se fue diciendo: "Ya me voy, ahí nos vemos". A mi se me ocurrió el tema, y aunque dije-. No se preocupen, lo escogí por el Canibal que se fue -preferí callarme la verdadera historia.

Un día, cuando salí a fumar a mi reja de costumbre, esa compañera que me escucha cuando hablo en voz alta todos mis problemas y enfermedades, escuché claramente a la vecina. Eran las tres o cuatro de la mañana. Ella gritó-. ¡Negro, vuelve... vuelve mi negro!

El negro era un chamaquito de cuatro o cinco años, que de vez en cuando salía con sus palomas para tronar en el estacionamiento, para que sonaran las alarmas vecinas. Cuando me quedaba las tardes en casa, podía verlo al cabrón, correteando perros y molestando a los demás chamaquillos. Tenía una sonrisa por demás maligna...

-¡Ven para acá, negro! -era común escuchar a su madre gritarle al niño, para que este no se fuera papaloteando... planeando la siguiente travesura-. ¡TSCH! ¡Que vengas para acá!

Nunca entendí porque le decía negro al niño. La mujer tenía una tez apiñonada, y su hijo era tan blanco como la leche. Tal vez por los ojos y el cabello casi obsidianas, que hacían un contraste muy fuerte con su piel blanca. Todos lo mirábamos con curiosidad, supongo por el mote que le puso su madre y por tradición y fuerza de escucharlo varias veces al día, se le quedó-. Negro -seguro sus amigos, los niños más cercanos, conocen el secreto tan codiciado por todos los espectadores ocasionales como yo. ¿Por qué chingados le dicen negro?

Bueno, le decían.

Escuché a su madre llorando esa noche-. Negro, vuelve... -su llanto haciendo ecos por las paredes de mi edificio. Prendí otro cigarro. La verdad, nunca conocí al chamaco. No tuve el agrado que me hiciera una maldad de las que acostumbraba. ¿O que te saquen la lengua cuenta como maldad? Un día como tantos, me le quedé mirando mientras me preguntaba: ¿Por qué te llaman negro? y la respuesta natural del cabroncito fue sacarme la lengua-. Ya vuelve, mi negro... -A la mitad del cigarro, me surgió otra duda... ¿habrá muerto, se habrá escapado, se lo habrán llevado, quién se lo llevó? Lo mismo que si el negro siguiera aquí, con vida, frente a mi... ante cualquier duda que tenga de su pinche vida, él simplemente respondería sacando la lengua.

Volver.



Me cuenta un familiar que en la prepa tenía una maestra que vestía de manera ridícula/atrevida para la época, como si no le importara nada, luciendo carnes (ya en decadencia) como si fuera una quinceañera bien dada.En cierta ocasión se pusieron a platicar amenamente, fuera de clases y ya en confianza le preguntó el porqué de tales extravagancias. La mujer no se lo tomó a mal, al contrario, y le contó que ella, en su época, nunca tuvo oportunidad de vestir así y ahora que podía pues no dejaba pasar la oportunidad. Sí, sabía que para muchos quedaba como una loca pero no parecía importarle, total, la vida es muy corta como para dejar de hacer lo que quieres por el qué dirán.

Hay una película de William Hurt que se llama “Second Best”. Es sobre un hombre llamado Graham Holt que nunca fue popular ni nada, más bien fue del tipo aburrido y medio ñoño. Ahora es un adulto maduro y solitario que se hace cargo de la oficina postal de una pequeña villa inglesa. Un buen día se entera de que en el orfanatorio local están promoviendo las adopciones. Después de un breve examen de concienca decide adoptar un niño. La trabajadora social está desconcertada: una de las primeras políticas del instituto es conceder la adopción solamente a parejas. Pero él lo explica muy bien: es estable, tiene un buen hogar y ya sabe que muy seguramente nunca tendrá pareja por lo que tiene sentido seguir adelante con su vida. Graham cuenta una anécdota con la que siempre me he identificado mucho. Que, durante sus últimos años de escuela, su madre lo enviaba religiosamente cada fin de semana a la ciudad para que asisitiera a bares y clubes nocturnos con la esperanza de que conociera a una mujer. Él siempre se quedó apartado en una esquina hasta que, con el paso de los años, su madre aceptó que la época de él había pasado y dejó de insistir. De ahí la película sigue mucho con el tema de lo que se puede dejar pasar (y quizá dar por perdido) y lo que no, tal vez por eso me llegó de una manera especial.

Verán, en mi vida creo que he sido como las personas de estas anécdotas. Nunca vi los Caballeros del Zodiaco o la serie esa de Gokú, jamás salí a la calle a jugar con mis amigos (de hecho nunca me junté con más de una o dos personas, si acaso y eso en los primeros años de la primaria), empecé a escuchar música hace apenas unos cinco años. Este tal vez sea un caso muy especial pues me costó trabajo darme cuenta que nadie te puede decir qué escuchar y qué no y sospecho que ese es uno de los aspectos por el que se dice que se insiste tanto en que la música es una forma de expresión y es típico el adolescente que pone la grabadora a todo volumen. Bueno, antes del iPod, cuando todavía se usaban las grabadoras. Nunca jugué futbol, jamás hice un viaje loco con mis amigos a la playa o algo por el estilo. No tuve un círculo de conocidos que siquiera se vistieran remotamente similar a mí, quizá el detalle que me ha afectado más notablemente porque ahora, dicen, no tengo gusto para vestir. No empecé a salir de noche a “socializar” hasta mediados de la universidad. Creo que sobra decir todo lo demás que no he vivido.

Yo me identifico más con Graham Holt que con la maestra aquella que vivía su primavera a destiempo. Es quizá difícil de entender a primera vista que no se trata de un darse por vencido o lamentarse, sencillamente aceptar la realidad. Si, ya sé, no he vivido, mi infancia-adolescencia debe haber sido un infierno y me voy a morir de viejo y sin haber amado. Que echando a perder se aprende y nadie experimenta en cabeza ajena. Pero realmente en muchos sentidos no me imagino a alguien lamentándose por eso, la vida de cada quien va por distintos caminos. Y vamos, no le veo mucho caso a tratar de “recuperar el tiempo perdido” porque ¿qué se supone que haga? ¿que empieze a ir a antros a mis veintimuchos? ¿que me haga amigo de los adolescentes de la cuadra y salgamos a experimentar con sustancias? (jojo, seguramente terminaría en la cárcel por perversión de menores) No quiero quitarle la validez a esas ideas, digo, nunca es tarde para ser un rebelde sin causa por imitación, mucho menos cuando finalmente se te empieza a quitar lo tonto y llegas a la tan ansiada edad adulta, cuando ya tienes aunque sea un poquito de noción de las cosas y de sus consecuencias y sobre todo cuentas con los recursos (no necesariamente económicos) para hacer de tu vida lo que te venga en gana y quizá hasta salirte con la tuya. Pero veo a excompañeros y amigos que a esta edad se están casando, muchas veces por causa de un embarazo, conocidos que eran la fiesta en persona y ahora, antes de los 30, ya tienen sus achaques: gastritis, cosas del riñon, rodillas con problemas que solo le harán mas difícil la vejez... y es extraño. En este momento de la vida en que a ellos parece que se les cierran las opciones, que comienzan a tener motivos para cansarse de las rutinas que antes les parecian tan cool, a no “aguantar lo mismo que antes”, yo me siento muy bien. Muy tranquilo y fresco, con mucha curiosidad y mucho entusiasmo por la vida. Pero sobre todo con una inmensa libertad.

No digo que lo que me ha tocado a mí sea mejor o peor que otra cosa ni que no haya sido un tonto, tampoco diré que no hubo momentos de frustración y a lo mejor hasta algo de envidia en ocasiones. Pero cuando me preguntan ¿no estaría chidísimo volver a tener 17? ¿A poco no fue la prepa la mejor época de la vida? Pues sí, tal vez sí. Pero ¿quisiera de verdad volver y hacer las cosas de otra manera? No, definitivamente. Porque para mi lo mejor de la vida lo estoy viviendo ahora.




Kurazaybo

sábado, 13 de junio de 2009



Nombre: Luz Divina Chávez Chávez.
Edad: 23 años.
Estado civil: casada.
Ocupación: Coordinadora de recepción Radisson Hotel, Leicester Square, Londres.
Idiomas: Español, inglés, francés y checo.
Otros datos importantes: Alta, morena, sentimental, valiente, BailarinA.


Pedí con toda la absurda fe y pasión que ocurriera algo asombroso el día de mi cumpleaños: que un tío muriera (ya por favor), dinero, o un acto insospechado que podría cambiar lo que he sido.

Pero, el jueves 11 de junio, ella volvió. Ya nadie regresa para siempre, eso lo sé. Vuelve hermosa, en un vestido púrpura, sus largas piernas descubiertas, sus pechos firmes y muy grandes haciéndose ver como valerosos motivos. Y yo casi me muero, tanto gusto, el estremecimiento, la vida que es cabrona pero pinche el que no se atreva. Luz Divina Chávez Chávez, mi amiga entrañable, la mujer del mundo, la chica de los milagros. Sólo las personas brillantes descienden bajo y se elevan muy alto. La hacen tanto de ángeles y de diablos.

/ Tuve tres pasteles y terminaron embarrados en todos ///
La dulzura, cuando se necesita precipitadamente, no se puede consumir con cuchara, hay que saquearla. / Almendras / Chocolate / Limón /

Antes de verla, mis amigos me secuestraron: me pusieron una cinta en la boca, y me colocaron una manta encima. Me trajeron dando vueltas en un coche durante una hora. Querían meterme a la cajuela, pero una amiga advirtió que iba a ser peligroso, así que los periódicos amarillistas se perdieron del encabezado: “Anduvieron de ingeniosos y por festejarla de más, le dieron cranck” pase a la página 12)

Estaba contentísima, porque las sorpresas son prodigiosas, el día que me enamore así de: ESELAMORDEMIVIDA será de alguien que me este asombrando cada hora, hasta que deje de ser obviamente el amor de mi vida, porque eso no existe.

Y entonces, llegué al lugar elegido por ellos, me descubrieron y la vi. Era todo lo que pude haber esperado en una noche de cumpleaños. Ella estaba lejos y ahora está cerca, la puedo abrazar y puedo hacer reproches de otras personas y ella me calmará “Sí Miriam, todos son unos idiotas”.

Ya no quiero contarles acerca de Luz, porque van a querer conocerla, toquetearla, soñar que le hacen el amor y yo a su señor esposo lo tengo en alta estima y todas sus vibras enardecidas le van a llegar en alguna de las ceremonias cristianas que asiste, y eso sí que no lo voy a permitir.

Todavía hay un poco de pastel de chocolate, sí gustan una rebanada…

viernes, 12 de junio de 2009

Todos los libres


Algunos me llaman retrógrada fascista. Otros dicen que soy un demente megalomaniaco. Y otros ni siquiera pueden pensar en un peyorativo que aplique a mi circunstancia. A mí la denominaciones me tienen ya sin cuidado: sé que hago bien y no busco la aprobación de una sociedad ciega por convicción que ensalza valores, recita himnos y condena inocentes en completa ignorancia.

Todo comenzó - como en cualquier historia trillada - con una niña. Una niña de trenzas duras, mejillas mugrosas y olor a basura sentada justo frente a la bocina de un Auto-Mac. Su único propósito en la vida era mirar a los clientes de Ronald McDonald con sus enormes ojos café-desprecio-el-capitalismo que recriminaban el simple hecho que tú pudieses saciar tu hambre sin bajar del carro.

- ¿Me compra una hamburguesa?

Bastardita mañosa. ¿Ya no es suficiente con darte para un taco? Ahora quieres toda la cajita feliz con jugeutito y grasas monosaturadas y, si se puede, un McFlurry. Tu crecida ambición ahora confirma mis sospechas: algún día seremos tragados por los pordioseros. ¿Qué te hace pensar que puedo pagarte una hamburguesa? ¿Crees que vengo aquí por mi amor a las carnes de plástico y el aceite? No, estoy aquí porque es el único lugar que me dará la remota sensación de haberme alimentado en menos de quince minutos antes de regresar al trabajo. Y sobre todo, éste es el único lugar de su tipo que acepta tarjeta de crédito, permitiéndome pagar mi hambre de hoy hasta el mes de julio. Así que no, no tengo con qué comprarte una hamburguesa y aunque tuviera no estoy seguro de querer hacerlo: ¿por qué te la daría a ti y no a los otros veinte niños que me han torturado en cada esquina de este viacrucis por la ciudad? ¿Qué te hace creer que eres tan especial? ¿Tu halitosis intolerable? No, niña. No.

Pretendí no escucharla, no verla, porque es lo más sencillo que se puede hacer en esas circunstancias. La cajera tomó mi orden con su voz hipócrita y me pidió que pasara a la ventanilla uno a deslizar mi Mastercard y acabar de vender mi alma. Comí, trabajé y el día pasó como siempre ha de pasar.

En la noche, la niña volvió. Sentí su mal aliento del otro lado de la cama y lamenté tener aún consciencia social. Debo poder hacer algo por ella, pensé. De alguna manera he de ayudarla. Por alguna razón volteé a ver el piso de mi cuarto: una completa asquerosidad. También pase mirada por mis libreros: un desastre total. Revisé mis sábanas: tiesas de mugre. Corrí a mi vestidor: zona de desastre. Lo tengo, grité.

Un arcaico economista dijo alguna vez que no existía la opresión y mucho menos la esclavitud: todo trato era siempre justo ya que las dos partes aceptaban sus condiciones. Nunca estuve muy de acuerdo con el razonamiento, aún ahora me remuerde pensarlo, pero estoy convencido que no tenemos otra opción.

No pude encontrar a esa niña, supongo que algún hombre rico y desesperado compró su hígado en el mercado negro para curar a uno de sus hijos enfermos. Pero la ventaja de un país como éste es que todo pobre es sustituible; llevé a cabo mi plan con el primer infante que intentó venderme chicles frente a un Starbucks.

No fue fácil convencerlo, las estructuras mentales de los pordioseros son sólidas y por lo visto se asimilan desde el útero. Tuve que seguirlo unos cuantos días, cortejarlo, presentarle el lado amable de mi trato. Cuando por fin accedió, tuve que idear un complicado plan para alejarlo de su padre/proxéneta. Conseguirlo fue tarea terriblemente exhaustiva, pero valió mucho la pena.

Ahora mi cama siempre estaba limpia y tendida, mis libreros ordenados, mis pisos pulcros y brillantes y mi vestidor parecía por fin sucursal de Lacoste. Y todo a cambio de un poco de comida y un colchón en mi cuarto de lavado.

Existe un mínimo problema con estas criaturas: se cansan fácilmente. El pequeño no podía encargarse del aseo de mi hogar y al mismo tiempo lavar los carros, cuidar el jardín y limpiar las piscinas; años de desnutrición y maltratos seguían haciéndose presentes en su cuerpo y McDonald's no parecía curarlo. Debo conseguir otro, pensé algún día, otro más joven. Y así lo hice.

Pronto mis familiares y amigos notaron el cambio en mi estilo de vida: todo estaba perfecto y en su lugar: barrido, trapeado, lavado, sacudido, podado y planchado. Y yo no mostraba señal de cansancio ni esfuerzo alguno. Tienes una 'asistente del hogar' ma-ra-vi-llo-sa, decían. Y yo sólo reía.

Todos querían saber mi secreto y con el tiempo yo empecé a contarlo. Algunos se asustaron al principio, pero después de mi explicación lógica entendieron la justicia y la bondad de mis acciones. Una amiga incluso se atrevió a pedirme uno, se lo conseguí como favor.

De alguna manera se empezó a correr la voz por toda la ciudad y comencé a recibir llamadas de desconocidos dispuestos a pagar por tener unodesosniños. Sin querer, empecé a cobrar por mis servicios de enlace y pronto mi idea personal de ayuda al mundo se convirtió en toda una organización underground que rescataba niños de las calles y los llevaba a vivir a las más exclusivas zonas de la ciudad. ¡Toda una corporación con verdadera orientación social! Renuncié a mi trabajo y me dediqué exclusivamente a mi altruismo, los generosos donativos que hacían mis benefactores me lo permitieron.

Debí saberlo. Debí imaginar que en algún momento el rumor llegaría a los oídos de un moralista tergiversador que se encargaría de tirar mis años de trabajo al suelo. La historia se filtró a los medios, la sociedad se indignó con las madres indígenas que lloraban por alguno de los once hijos que parieron y que antes de perder ni siquiera recordaban. El gobierno expresó su repudio, aunque muchos de los funcionarios en el poder tenían a más de uno de mis niños escondido en el ático. La policia comenzó a investigar una supuesta red de esclavitud infantil.

Todos cubrieron sus huellas y se aseguraron que las investigaciones llegaran directamente a mí. Me apresaron e interrogaron, admití todos los cargos aunque no me declaré culpable: no lo era. Entonces comenzaron a insultarme, a gritarme y escupirme en la cara: a condenarme para limpiar su consciencia.

Ahora soy un retrógrada fascista que va contra todas las bases y valores que erigieron esta nación. Los más benévolos me llaman un demente megalomaniaco, un sociopata que no sabe distinguir el bien del mal. Los demás no saben cómo llamarme y sólo piden mi cabeza a gritos.

Ahora quieren que muera para que todos ellos puedan olvidar. Olvidar que esta nación - y este mundo - se erigió precisamente sobre la opresión y el abuso. Olvidar que ninguno de ellos sabe ya distinguir qué está bien y qué está mal. Olvidar que la costumbre los ha cegado y entumecido. Olvidar que ellos también son parte de este juego. Olvidar que quizás también son esclavos.

Olvidar todo y mañana volver a la normalidad, sabiendo que el traidor ha muerto y que ahora pueden dormir con la certeza de vivir en una nación libre.

¿Libre? Podría morir riendo.

Trolley de Media Noche



City Collage is Next. Vuelves a Tijuana a bordo del trolley de media noche, el último de la jornada, el que tomaste a las 23:54 en la estación Fifth Av. del Centro de San Diego. Retorno, eterno y maldito retorno. La desolación y la ruina humana son pasajeros habituales en el tren de madrugada e irremediablemente vuelves a preguntarte cómo carajos se llamaba aquel pintor americano de la Gran Depresión. ¿Cuál pintor? Sí, ese que era adicto a dibujar lúgubres centrales camioneras y cafés contagiados de tristeza. ¿Cómo se llamaba? Es inútil, has olvidado el nombre del artista, pero tienes presentes un par de cuadros suyos: el de la mujer solitaria de la cafetería y el de un herrumbroso bar de estación de tren. En fin, cómo se llame es lo de menos. Imaginas que si ese pintor viviera (porque supones que ha muerto) y se le hubiera ocurrido viajar a media noche en el trolley sandieguino, habría creado el non plus ultra de la melancolía.

Barrio Logan is next-La siguiente estación Barrio Logan. El trolley es bilingüe, aunque fuera de la bocina nadie emite sonido alguno. El silencio es el pasajero omnipresente. A tú lado sólo hay paisanos molidos, esclavos del mundo moderno que aceptan trabajar 16 horas por el mismo sueldo, pues saben que frente a ellos hay una fila de 600 desempleados dispuestos a ocupar su puesto en el galeote por menos dinero. Los paisas cabecean o de plano roncan tirando baba. Van rumbo a Tijuana, a tratar de dormir unas cuatro horas en sus casas antes de volver con su visa de turista a hacer fila frente a la garita a las 6:00 de la mañana, para decirle al migra que por enésima vez se les ocurrió ir de compras al amanecer. Aquí no hay piedra ni montaña; el Sísifo tijuanense es un tipo que todos los días ve salir el Sol haciendo fila para cruzar una frontera. Harbor Side is Next.

Valdría la pena preguntarte ¿Qué chingados estás haciendo en el trolley a la media noche? Hasta la pregunta es necia. La única razón que justifica tu presencia en ese vagón, es que vuelves de una tocada metalera. No es más que otra tocada más, el mismo viejo rock and roll, diría Alex Lora. ¿A quién fuiste a escuchar? Quesque a Kreator y a Exodus ¿O era Testament? El caso es que vuelves, una y otra vez, como el venado vuelve a su mismo abrevadero. ¿Cuántos kilómetros has recorrido en 20 años sólo para headbanguear tu cada vez más desquiciado craneo? De la Arena López Mateos de Tlalnepantla al Factores Mutuos de Monterrey para terminar en el House of Blues de San Diego. A tus 16 años, durante el trienio en que fuiste chilango, emprendías peregrinajes aún mayores. De tu casa en Huxquilucan hasta el Toreo de Cuatro Caminos y de ahí en azul combi hasta el centro de Tlane. Nadie puede creerte que los domingos en la arena las tocadas eran matiné y resulta absurdo pensar que viste al Carcass del Symphonies of Sickness y al Obituary del Cause of Death a las 12:00 del medio día. Vaya, al mismísimo Chuck Shulinder y Death, acompañados de Sadus los fuiste a ver en horario dominical matutino.

La siguiente estación Pacific Fleet. Nada más ritual y repetitivo que tu asistencia a tocadas en el House of Blues. Sueles viajar en trolley, pues odias manejar del otro lado. La única vez que llevaste carro fue con Yngwie Malmsteen y tu pavor a la policía californiana y sus multas de 5 mil dólares con trabajos forzados incluidos, te obligó a mantenerte en espantosa sobriedad. Desde hace dos o tres años tu compañero de viaje es, invariablemente, tu amigo Octavio, el único que sí o sí te hace segunda en este vicio de jed banguer.

Un ritual, más estricto que la hora británica del te, marca que no hay metal sin cerveza y la cerveza se toma, sin excepción, en el Rock Bottom y es siempre regatta red. Empezaste a ir a ese bar en 2001 y a la fecha eres parroquiano fiel. A tu amigo lo llevaste por vez primera en febrero de 2007, previo al concierto de Cradle of Filth y gracias a su perseverancia, ha alcanzado el estatus de cliente distinguido. Para el Octa la hora de la cerveza es más importante que el concierto en cuestión y a menudo cuesta trabajo sacarlo de ahí. Cuando las dos horas felices llegan a su fin, emprenden la caminata por las calles del Gaslamp entre coquetos restaurantes con su bella hostess incluida, una siempre sonriente gabachita rodeada comensales yuppies que en chanclas beben una copa de Merlot light, deslactosado y bajísimo en calorías y comen un platillo con certificado de no gordura y declaración de principios contra el colesterol.

A veces, pero sólo a veces, Octa y tú paran con los irlandeses del St Patrick a beber una Guiness caminera, antes de llegar al House of Blues en donde irremediablemente está tocando la primera o segunda banda de la noche. Los austriacos Belphegor vomitan su Black Metal ante cuatro almas negras y un adolescente confundido. Bondage Goat Zombie. La cerveza del interior es una carísima New Castle Brown Ale de siete dólares. Tratas de calmarla paseando sorbos en el paladar hasta que sale Exodus. A Lesson in Violence. Has terminado tu cerveza antes de recibir la trashera lección. Kreator sale como a las 22:00. 18 años no son nada. A Mille y su germana pandilla los viste en Tlane en julio del 91, en la gira del Coma of Souls y lo recuerdas como uno de los mejores conciertos que has visto en tu vida. Extreme Agression y juras que condenarás tu espíritu al infierno por toda la eternidad mientras gritas a la gente de la mentira y tu alma yace en coma enarbolando la bandera del odio. La tocada termina, invariablemente, con Tormentor y te marchas a casa. Bayfront Street is Next.

Tlane era el Infierno, Factores Mutuos apestaba a mota y sudor, pero el House of Blues es un lugar políticamente correcto, tan bajo en calorías como San Diego entero. El trolley es lento y adormece hasta al insomnio. Es importante fijarte muy bien que estás tomando la línea azul, la que dice San Ysidro- Tijuana y no la naranja. Ya una vez tomaste la línea equivocada, te quedaste dormido y despertaste en alguna sórdida estación de El Cajón. Un par de veces, en Arch Enemy y Opeth, saliste del concierto después de la media noche y ya no alcanzaste trolley. Los 40 dólares que el taxi te cobró a la frontera aún siguen lacerando tu alma. A diferencia del metro del DF (y de cualquier ciudad del mundo) en el San Diego trolley no hay merolicos ni pordioseros. California los tiene terminantemente prohibidos, pues no quiere que nadie rompa la republicana paz del vagón, aunque nada puede hacer contra los esquizofrénicos y los veteranos de guerra desquiciados que emprenden furiosas discusiones con sus demonios internos. Aquí la gente anglosajona habla y grita sola. La siguiente estación: Palomar Street. A los indocumentados es fácil reconocerlos por sus ojos de ardilla asustada mirando a los cuatro puntos cardinales en busca de la redada border que los arrojará de una patada en el culo al subdesarrollo latinoamericano. Iris Avenue is Next.

No te cansas de repetirlo: San Diego es una bella novia frígida. Sí, estamos de acuerdo, es una modelito, tiene una cara preciosa la condenada que se antoja presumir, pero le corre atole en la sangre a la pobre. A veces, al caminar por el embarcadero Sea Port Village o el Parque Balboa has estado a punto de jurar que en realidad sí estás enamorado de ella, pues es una novia ideal para tomarte la foto, pero a la hora de coger mueres de aburrimiento. San Diego, tan modosita, tan mosca muerta ella, no te calienta ni te apasiona, en cambio Tijuana…sí, ya se, vas a decirlo y no es nada nuevo, pues la comparación es antiquísima. Anda, dilo: Tijuana es una puta que no es bonita, pero te trae enculado y estás, irremediablemente, enamorado de ella. Tijuana tiene cara ruda, pero cuerpo cachondón. No está para presumirse, pero te coge como una diosa.

La siguiente estación Beyer Bulevard. A lo lejos resplandecen las luces que pueblan los infinitos cerros que conforman el cuerpo de tu amada. La Alamira, la Juárez, la Independencia y el asta bandera como símbolo fálico irrumpiendo en la madrugada. Our Next and Last Station San Ysidro-Tijuana International Border. Varias decenas de sombras bajan del tren y cruzan el puente entre la neblina de la 1:00 de la mañana. El chirriar de la puerta metálica giratoria antecede a tu primer paso en la ciudad donde empieza la Patria. Bienvenidos a (verde) XI (blanco casi invisible) CO (rojo desteñido) se lee en el letrero que antecede al semáforo siempre apagado donde un aduanal dormido funge como espantapájaros. Una horda de taxistas camisa amarilla y un par de pordioseras niño en la espalda te reciben con los brazos abiertos. Caminas al estacionamiento donde por 33 jorgehankianos pesos dejaste encargado tu carro. La carretera escénica es un largo hocico de lobo en donde sólo la brisa congelante hace intuir la presencia del mar. Vuelves a casa, vuelvas a tu cama, vuelves y seguirás volviendo mientras narras la historia de lo que fue y lo que pudo haber sido. DSB


jueves, 11 de junio de 2009

Retornos imposibles


Hay varios que viven esperando algún retorno imposible. Estos son algunos de los más rídiculos y los maś esperanzados que me he encontrado:

1. Los cristianos vueltos a nacer. Desde que leyeron en la biblia que Jesús dijo mutatis mutandis "no me esperen sentados que ya regreso antes de que se caduque esta generación" interpretan cualquier desastre natural como señal de que, ahora sí, ya viene Jeśús y está enojado. La esperanza incluye que Jesús, en su infinita sabiduría, los juzgue como sus mejores amigos y les de un palco preferencial desde el cual podrán contemplar los sufrimientos de los que no "recibieron a Jesús en su corazón". No se han dado cuenta de que divertirse con el sufrimiento ajeno no requiere una segunda venida de Jesús. Nomás hay que saber buscar en youtube.

2. Los pierde peso fácil. Hay quienes al envejecer pierden el abdomen. Es un efecto de pasar muchas horas o bien sentados o bien rellenándose de tacos y chelas. Eso que acabo de decir no es lo ridículo; es un proceso natural. Lo que sí es ridículo es que para alcanzar a anudarse las agujetas de los zapatos sin pasar sudores y mareos se compren unas pastillas homeopáticas, cuyos ingredientes han sido diluidos al punto de la inutilidad, esperando que ingiriéndolas su abdomen plano regrese de debajo de los kilos de lonjas en que lo han mantenido sepultado durante años.

3. Los lectores de horóscopos. Cuando alguien lee el horóscopo para hacerse una idea de cómo le va a ir o cuando explica algún aspecto de sus desastrosas relaciones interpersonales diciendo "es que soy tauro", considero que estoy ante un(a) fulano(a) que ante la pérdida de dichos maternos que le brinden alguna seguridad está dispuesto a probar cualquier cosa. Menos a usar su propio cerebro.

Y los más ridículos de todos.

4. Los trekkies. Estos viven esperando que alguien resucite una serie donde elfos de orejas puntiagudas montados en naves espaciales, recitan las bajísimas probabilidades de salir con vida de desastres cósmicos echando por la borda los propulsores warp... esperen un momento ¿todavía no la quitan de cartelera? Voy a chutármela de nuevo.

La gorda cursi está en problemas



Y volver volver volve-e-e-e-e-r


Vuélveme a querer, no necesito una razón, y si te encuentro vuelve conmigo otra vez, porque si tu no vuelves se secarán todos los mares, vuelve que sin ti la vida se me va.

"Vuelve" tiene que ser uno de los verbos/súplicas más clichés en la historia de las canciones clichés del universo, ahí dándose con "Te amo" y "Te juro" y "Te voy a olvidar-a-a" Palabra de honor.

En algún punto, o puntos, todos queremos que "algo", y en el peor de los casos "alguien" vuelva. A veces pasa, como las modas, a veces no, como los ex's que ya tienen quien los apriete (y mejor que tu). O como la juventud, que esa sí ni con botox.

Siempre le dices al baboso ese que tienes como amigo "No vuelvas con esa hija de la chingada" Porque solamente lo ha hecho sufrir, y es que TODOS tropezamos, por lo menos una vez en la vida, con la misma piedra. Son experiencias didácticas. Hay quienes no aprenden, deportistas de alto riesgo, ¿sabes? O miopes. O imbéciles. Cada quien.

Por ejemplo, uno de mis mejores amigos se acaba de casar con la vieja que lo dejó (hecho pedazos, obviamente) hace unos meses. Eso no es únicamente tropezar con la misma piedra, todos tomamos malas decisiones, nada más que hay pendejos a los que les da por formalizarlas.

Aunque como bien dice mi abue, sólo el tiempo lo dirá.

Para ser justos, la culpa de tanta aferración muchas veces la tienen las personas que nos educaron. Como tu papá con su "Órale m'ijo, vuélvase a subir a la bici", o tu mamá que no te permitió dejar las clases de karate "No, querías aprender ¿no? Ahora vuelves a ir, vas a ver que te va a terminar gustando".

(Ojo, la bici que mencionaba tu papá no necesariamente es metáfora de las siguientes cosas a las que te vas a querer montar en la vida).

"Winners never quit" No, nunca. Siempre lo vuelven a intentar. Porque el que persevera alcanza. Y es cierto, sólo que a veces -la mayoría- estamos mal enfocados.

Vas a ver que esta vez sí va a funcionar,
voy a cambiar,
las cosas van a ser diferentes.
Nada más vuelve. Por favor.
Rómpeme el alma,
(pero con ganas, para que no se me vuelva a ocurrir).

Con que no vuelvan los pantalones de mezclilla blancos a la cintura ni las hombreras todo está bien.

miércoles, 10 de junio de 2009

10 yardas de castigo, cargos por asalto y 42 puntos de sutura.



Por razones que no vienen al caso, el tema de esta semana fue un caos. Cuando por fin comencé a pensar que escribir sobre "Vuelve" me vinieron un montón de cosas a la cabeza. Como siempre hago, traté de pensar en un ángulo cientificcioso, algo —guardando los pársecs de distancia— a la Robert Sheckley, sobre el viaje interior de un personaje regresando a los inicios de su personalidad. Pero incluso a mí me cansa lo que se me ocurre sobre el género, así que después opté por una ficción común y corriente; un grito y apología sobre el Eterno Retorno, pero un acertado comentario de Chilangelina me hizo dejarlo a un lado. De ahí salte de una idea a otra sin poder decidirme. Y ayer Manuel, con su post, le acomodo el tiro de gracia a todo lo que se me hubiera podido ocurrir.

Al final, después de darle muchas vueltas al asunto, volví al punto de partida que no mencione allá arriba: yo.

Cuando tengo un tema entre manos, inconscientemente siempre pienso en algo personal. Algo que refleje un poco —o mucho— de mí. Puede ser en una anécdota, un cuento, una farsa o hasta una alegoría incomprensible.

Y con "Vuelve" se me dispara un resorte gastadísimo por el uso: Volver a cometer los mismos errores.

Si yo fuera una persona pesimista (que no lo soy, aunque mi cinismo haga que la línea divisoria sea muy borrosa) diría que mi vida ha sido una repetición constante y consciente de errores. Siempre, cuando me he equivocado, mi primera e instintiva reacción es reagruparme y volver a intentarlo. Eso es normal y hasta deseable; el problema es que yo vuelvo a intentarlo siguiendo los mismos patrones y, literalmente, dirigiéndome con la vista fija hacia la misma piedra en el camino que me enseño que mi destino era rodar y rodar. Sólo que no me enseñó, o no aprendí, o no importa.

Siempre me aproximo a una situación desde el mismo ángulo: Yo. Y tal vez ese sea el problema, que simplemente no estoy capacitado para abordar una situación de la manera correcta; lo que hago es saltarle encima como niño en piñata rota. El problema es que muchas veces la situación es delicada, y lo que hago equivale a correr y taclear a la Madre Teresa de Calcuta mientras abraza a un niño pobre.

Después del desastre, mostrando un optimismo que raya en la ternura, me rasco la cabeza y me digo que la próxima vez seguramente funcionara, y entonces le salto encima a un cocodrilo mientras toma el sol. Así ad nauseam.

Tal vez el problema es que siempre me he considerado una especie de Deus Ex Machina (término que desde hace mucho he bastardizado como nick), en el sentido que pretendo solucionar las cosas sin seguir su propia lógica interna, siendo incoherente con la naturaleza del problema al asumir que todo puede resolverse en función de mí. Sobra explicar como termina eso siempre.

Por eso ahora, después de infinidad de aproximaciones incorrectas, volveré a intentarlo; porque en el fondo sé que en algún momento funcionará, que ahora sí funcionará. Estoy seguro. Vamos despacio para encontrarnos.


¡Mira! ¡Un dinosaurio!


martes, 9 de junio de 2009

Lecciones de Adriano Celentano a la Blogosfera



(Este segundo cuentillo es cortesía de la confusión en la elección de temas. Originalmente el tema era Negro Vuelve, y lo mio fue una alusión y tributo al buen Canibal. Espero lo disfruten)

Quería conocerlo por que me provocaba curiosidad. Me parecía intrigante saber como, a pesar de sus amplísimas cualidades narrativas en su blog, jamás había figurado como blogstar.

El jamás había gozado la audiencia que tuvieron blogueros como Semidios, Huevo o Guffo. Ni siquiera como yo, en mis mejores años del batianismo, aquellas épocas donde las guerras nachonianas, las cruzadas anticulturosas y el escarnio a mansalva eran la boga inevitable, la luminiscencia inmediata al encender el monitor.

La audiencia, los lectores, jamás adivinarán las historias tejidas trás las cuentas en blogger; las reuniones, tertulias y conspiraciones que auspiciamos cada uno de nosotros, y como todo esto que ahora sucede, ha sido producto de un plan maestro.

Como expulsamos a los culturosos, como el batianismo fue la avanzada sangrienta y brutal de crítica, golpes y dramas, para que los comandos especializados del Guffo, Huevo, Semidios, Plaqueta, Salaverga y un largo etcétera tomaran el terreno. Los batianos habiamos sucumbido en honor a glorias más estructuradas y mejor logradas.

Cuando subí el avión hacia Cancún, yo era un veterano simplón de los blogs, sin gloria, y sin absolutamente nada que presumir durante mi trayectoria bloguera. Recuerdo haber abandonado una enorme fiesta que auspició Agustín Fest, donde todos chocaban copas y reian entre bocanadas de tabaco y remesas de cocaina, mujeres y música de Gainsbourg y Fabrizio de André. Bufones, me dije, todos somos unos bufones, unos decadentes de mierda, unos absolutistas autocomplacientes.

Llorando, escapé del departamento ubicado en los linderos del Centro Histórico, y caminé por Arcos de Belén, hasta la estación Salto de Agua, donde vomité de tristeza y coraje. El olor de la calle, el acorde espasmódico de una canción apenas inteligible de Blonde Redhead en mi cabeza y la noche - gran clarividente y oráculo de nosotros los poetas mediocres - me llevaron a una minúscula epifanía, que nunca toqué ni asumí como idea concreta sino hasta llegar a Pantitlán y de ahí al aeropuerto: Debía viajar a Cancún y entender la verdadera esencia de un bloguero.

La esencia contumaz, la esencia ausente de lisonjas, de vanaglorias inexplicables. El ser blogueril, el yo del metatexto en linea. Ser bloguero implica ser patético, y cuando se abandona el patetismo y se asume un yo enaltecido por el calor de los comentarios y los registros de los contadores, hay un defragmentación del autor que lo transforma en hipérbole, en un ícono intangible, todavía más pesado e incómodo que los íconos más lamentables de la literatura.

Quería saber que era un bloguero antes de ser blogstar; mejor aún: un bloguero que pudo ser blogstar pero que, por oscuridades e irreflexiones, jamás lo fue, o al menos no en la proporción que debió serlo.

En el avión pensé en Barthes. Reflexioné que un escritor existe en tanto es inédito, y después, muere, y muere de nuevo, cada vez que su obra es publicada. Luego llegué a la insípida conclusión - poco original y derivada de Barthes en su obra The Pleasure of the Text - de que el único que podía otorgar vida (e imaginemos al dios judio soplando sobre barro) al autor o al texto, pero no a ambos, era el lector. Y debía escoger entre uno u otro; era imperativo.

Volví a llorar, lo reconozco, y pensé en el poeta Mario Santiago Papasquiaro, muriendo en un pavimiento de 1998 después de ser atropellado, pensé en las poetas Cesarea Tinajero, en Concha Urquiza, y al final en el hombre que apuñaló a Beckett, Prudencio, quien en realidad fue un poeta venido a menos y metido de asaltante por el hambre y el anonimato.

Me costó mucho trabajo hallarlo. De hecho, no lo hallé por motu propio, y primero hablé con Huevo, quien deliraba entre la resaca y la risa que le provocó mi viaje, para exigirle que me diera su nombre ¿Cuál es su nombre, grandísimo cabrón? Y en el auricular la risa constreñida, tosijosa, parecía llegar a mis oidos en vaivén, bajando y subiendo por los resortes del cable telefónico. Nosotros acabamos con él, le dije, y colgué, y abordé un taxi del aeropuerto hasta el centro de Cancún que me cobró carísimo.

Bajé en la avenida Kukulcan y aun era de madrugada. Luego me encaminé hasta la calle JoLoPo, y ahí un horrible trasvesti me habló con una mezcla arriesgada de ixil, quiché e inglés, aderezado de español (cuando tenía que hacer enfasis o tropezaba con la pronunciación), y entendí que debía seguirle para presenciar el espectáculo más importante de mi vida, uno lleno de significados, como la cubomanía de Gherasim Luca, hijo de puta - dijo textualmente - y le seguí.

Entramos por un pasillo hacia un rectángulo oscuro, con estrados y gente sentada, humeante. Había yucatecos, chiapanecos, campechanos, y había europeos y asiáticos. Había humo pero nadie fumaba. Esta prohibido fumar, me advirtieron. El lugar estaba muy iluminado: todos nos veiamos las caras, y supe, en los gestos de los otros, que el trasvesti había llenado la sala por cuenta y talento propio. Me senté junto a un hombrecito sonriente, que me preguntó si tenía lapiz y cuaderno. Deberás de tomar apunte, niño, susurró en un tono que invitaba a la borrachera, no a la escritura.

Pronto la iluminación se atenuó y frente a todos aparecieron una docena de hombrecitos que comenzaron a desmontar la pared frontal del rectangulo, revelando una galera enorme y profunda, alta y sólida, alcochonada en todas sus paredes; un cubo acústico y no una celda de manicomio, como primero sospeché. Uno de los hombrecitos llegó y colocó una silla de plástico transparentísimo, apenas perceptible por el brillo languido de las lámparas, y enseguida, de un costado, brotó una grua con un camarógrafo para tomas altas, y tras él, dos cámaras de piso con sus respectivos técnicos. Las luces, entonces, se apagaron totalmente.

Al encenderse el único reflector, ahí estaba. El Negro. Sentado sobre la silla, vestido como dandy del sur. Con las piernas flexionadas, su ropa negra, su mirada a lontananza, y cuando todos pensabamos que era una broma, comenzó a cantar, a cantar con baritono, arrugando el entrecejo, sufriendo mientras las cámaras lo asediaban, como si fueran a caer sobre él.

Yo escapé: intuí un desastre. Imaginé que pronto los yucatecos se levantarían para destrozar las cámaras, mientras que los chiapanecos y campechanos desgarraban las paredes. Los europeos, que suelen ser más iconodulos, asesinaría al Negro. Huí para no participar en ese debacle y asesinato. Corrí mientras imaginaba las risas de Agustín, de Guffo, de todos los blogstars actuales, que reían en un solo tono, con único ritmo, con las mismas nasalidades e hipos.

Fue cuando entendí que todos eramos parte de una broma dramática. Una broma mayúscula donde todos se han esforzado en fabricarla con pedazos de sí mismos, una broma donde todos rien mientras otros se despedazan, se fagocitan, se canibalizan a sí mismos. Como la serpiente trás su cola. Como los sueños recurrentes.

¿Quieren saber como se veía el Negro cantando en aquel salón infernal?

Para la musa

Así que ya es martes y yo aquí, con el tema encima y jugando con las letras.

Ya puse cumbias y ya puse de las otras. Lo intenté antes de cenar y también después. Me acordé de esa maldita canción, luego puse la otra; luego busqué unas fotos, luego cerré los ojos, me puse en blanco, luego me fui a negros, después ya no.

Ya sé que no soy yo, que todo el mérito es tuyo. Por eso esta vez hasta te dedico un post, mira: "para la musa", dice ahí arriba. Déjate de mamadas exquisiteces y compadécete de mí.

Ándale, ya vuelve.

lunes, 8 de junio de 2009



Estaba por anochecer y el calor no cesaba. ¿Cómo la gente vive así? ¿Cómo yo viví 10 días así?. Había iniciado esa excursión a Marruecos por mi estúpida obsesión por la película de Casablanca. Que idiota fui al buscar un Humprey Bogart y no averiguar nada más. Si de menos hubiera entrado a weather.com...

Afortunadamente, ya estaba en Ceuta, territorio español. Adiós a la arena irritante, al olor nauseabundo, a los perros callejeros, a la mojigata cerveza sin alcohol. Ahora, en este hotel de Gran Turismo, me sentía por fin en casa. Después de una comida decente, decidí hacerme un cigarro de hachís. La facilidad de conseguirlo, combinado con mis ganas de escapar, hizo los únicos momentos memorables de esta malograda aventura.

Apenas estaba en mi tercer toque cuando del balcón vecino escuché una voz flamenca que cantaba:

Sufro la inmensa pena de tu extravío
Siento un dolor profundo de tu partida
Y yo lloro sin que tu sepas que el llanto mío
tiene lagrimas negras, tiene lagrimas negras como mi vida

Curiosa, me asomé tras esas plantas que dividían nuestros balcones, para encontrarme a un hombre negrísimo. Tan negro que brillaba. Apenas y llevaba una especie de calzones blancos a la rodilla que dejaba en evidencia unos músculos marcados. Su facción era hosca, pero se suavizó al verme espiándolo y, en perfecto español dijo “ven”.

Por supuesto, acepté. -¿Mexicana?- Asentí al mismo tiempo que preguntaba por la canción. –Lágrimas Negras- contestó. No dijo más y seguimos fumando. Tal vez y la tristeza de esos párrafos le hacían callar. Tal vez y es de esos hombres que saben valorar el silencio acompañado de un buen hachís. No lo sabía ni me importaba.

Por fin sopló viento y el mediterráneo se despejó, descubriendo una majestuosa Roca de Gibraltar. Allá, más atrás está mi casa- dijo, como quien no está esperando alguna pregunta o respuesta- ¿Sevilla?- pregunté –Algeciras- contestó sin siquiera mirarme.

Me sentí estúpida, poseedora de una gran conversación idiota. Cómo se me ocurrió decir Sevilla -me recriminaba- es cómo si los extranjeros dijeran “Acapulco” al hablar de playas mexicanas. Ante tal demostración de pendejismo, sólo se me ocurrió largarme de ahí.

Sin embargo, él se interpuso en mi camino y me comenzó a besar con la boca abierta, sin vergüenza y sin preguntar. Sus manos ásperas recorrían mi cuerpo, disparando fuertes sensaciones hacia mi columna, a mi cerebro. No recuerdo bien, pero estoy segura que mi resistencia fue nula cuando la ropa comenzó a caer.

Me mantuvo al borde del orgasmo tanto tiempo que cuando llegó casi me desmayo. Yo era una amante egoísta que sólo se dedicó a gozar. Imposible siquiera tocarlo, ya que necesitaba de todas mis extremidades para poder resistir sus embates. Su control animal era total sobre mí.

Una vez relajada, recorrí con mis manos su cuerpo, intentando memorizarle utilizando las puntas de mis dedos. Mi tacto se detuvo en su nalga derecha, sintiendo una escarificación de la que se leía MG. Le pregunté con los ojos mientras la recorría y me regresó una mirada triste. No dije más y dormí.

Un estruendo me despertó al día siguiente. Estaba en mi habitación, ¿Cómo?, ¿Por qué?. El botones me informó que un pura sangre se había escapado. Un caballo azabache carísimo, un gran semental de la ganadería Manolo Góngora.

“Vuelve Negro” lloraba su dueño. “Vuelve Negro”, lloré yo.

Pon otra vez esa canción...

Cuando olvido que he sido tímido ante las oportunidades de abandonar esta ciudad, me gusta fantasear con la idea de ser un fugitivo incurable que quiere irse de todos lados.

Hay algo de cierto en esta fantasía de nómada wanna be porque no aguanto estar mucho tiempo en un lugar con la misma gente, sobre todo si es de día. Y peor cuando llega el momento en que no tengo nada que decir y el silencio se vuelve una amenaza incoherente.

Para combatir el miedo a la sobremesa mi cuerpo improvisa un escape en forma de cansancio y por eso me disculpo con los presentes argumentando necesitar una siesta. Me largo a la cama y me relajo, no porque estoy acostado sino porque estoy solo, protegido.

Sospecho que apenas resisto con la gente cuando entre yo y los otros hay bebidas alcohólicas que lubrican nuestra conversación. No fumo, pero me gusta entrar a una casa en la que han estado fumando sólo si me ofrecen una cerveza helada para el asco.

Pocas atmósferas me detonan tanto bienestar como el momento de las primeras copas con amigos al inicio de una noche en la que todavía nadie pacta su regreso a casa. Mi mujer estrenando un vestido violable, las mujeres de mis amigos oliendo rico con el pelo todavía húmedo, el abrazo ruidoso de quienes no tienen miedo a sobar una espalda peluda, el amigo valiente que agenda una canción vieja con la esperanza de alentar los buenos recuerdos sin temor a la rechifla.

En ese rato a lo mejor no digo nada, pero le doy un trago a lo que tengo, beso a la de a lado o me clavo en las memorias de una melodía añeja mientras confirmo, con mentiras y sin, que aunque adoro mi pasado no podría estar mejor en mi presente.

La dicha sin peros vuelve al menos lo que dura una canción. El silencio con la gente ya no me asusta, por un momento no me quiero ir a ningún lado, pospongo las despedidas y alargo la noche hasta donde puedo.



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