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domingo, 9 de noviembre de 2008

¿Cómo se llamó la obra?




Primer acto:


Mulder va a salir con una vieja con la que ha estado fajando. Hay buenas chances de coger por primera vez ese día así que toma un condón y lo guarda en la bolsa de su pantalón, junto a su cartera –no dentro de ella porque ha escuchado que se rompen-.


Segundo acto:

Pasan a abastecerse de alcohol a un supermercado.


Tercer acto:

Al sacar la cartera para pagar, el condón cae al piso, frente a la vieja, Mulder, la cajera, el empacador y la clienta siguiente en la fila.


Adivinaron: Ya valió verga.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Cometín


Chícharo miró petrificado la calle que da al parque.

-¡Ya valió verga! –exclamó antes de salir huyendo.

Cometín venía bajando con su padre de la mano. Cometín venía llorando; su padre, emputadísimo.

-¡Ora sí van a ver, hijos de la chingada! –vociferó el ruco.

Minutos antes habíamos tirado a Cometín en un charco de lodo que hicimos a cubetazos dentro de una construcción. El joto se fue corriendo, berreando, con la ropa mojada y negra, escupiendo barro y tallándose los ojos con las manos todas puercas.
No nos gustaba que el Cometín se juntara con nosotros porque estaba bien morrillo, estaba bien pendejo para la bicicleta y aventaba las piedras como las niñas: que levantan la mano quién-sabe-cómo, y eso en los hombres se ve bien maricón.
Le decíamos “Cometín” porque se parecía al hijo de los Supersónicos, así: todo gordillo y chaparrillo. Luego se lo cambiamos por “Puñetín”, cuando supimos que el apodo de Cometín le gustaba y lo portaba con orgullo.
Ese día decidimos aventarlo al charco para ver si así dejaba de buscarnos.

El Takechi, Lucho y Gabino hicieron lo que Chícharo: corrieron despavoridos. En su huída, gritaron: “¡Pinche rajón!”, “¡Pinche ruco Supersónico!”, “¡pinche Cometín putín”.

Yo no corrí. No por hacerme el valiente, sino porque como quiera, si corría, el Cometín sabía dónde vivía, podía ir de chismoso con mis padres y al llegar a casa me esperaría un castigo de –mínimo- una semana; cintarazos incluídos.
Entonces me quedé ahí sentado, controlando el terror que me hacía sudar las manos, temblar las rodillas y apretar la cagada que se me quería asomar por el fundillo.

Esperaba que el papá de Cometín me volteara la geta de una patada o me pusiera de pie de un tirón de orejas.
Contario a todas las muertes y torturas que imaginé, el padre de Cometín se portó sereno al verme sentado, inmóvil, con los ojos perdidos en la banqueta gris. De reojo alcancé a ver que a Cometín le escurrían lágrimas que se abrían paso entre en lodo seco de sus mejillas y sollozaba con mucho sentimiento.

-¿Es mucho pedirles que traten bien a mi hijo? ¿Realmente les resulta difícil ser su amigo? Él no les ha hecho nada, no sean cabrones con él. Sólo quiere ser miembro de su “palomilla”, ¿es mucho pedirles?

Después de mi padre, era a la segunda persona que escuchaba decir esa palabra: “Palomilla”
Me quedé mudo, mirando al piso. Las rodillas no paraban de temblarme. Sentí una pena enorme por Cometín, que no me quitaba su triste mirada -peor que la de un perro sarnoso- de encima.

De pronto, escuché un grito:

-¡Córrele, pendejo!

El Gabino se había robado el coche de su madre y venía con los demás niños de la cuadra montados en el cápasete.

-Ya valió verga –pensé, antes de correr lo más rápido que pude.

Una lluvia de proyectiles blancos cubrió a Cometín y su padre. Un huevo le pegó en la nuca, otro en la espalda, otro en la quijada y un último en la palma de la mano, cuando trató de cubrirse inútilmente. Dos más cayeron en la banqueta y alcanzaron a manchar los tenis enlodados de Cometín.

-¡Nos pela la verga, pinche ruco! –gritaron desde el coche y aceleraron.

Yo corrí y corrí y corrí hasta que me faltó el aire, y no pude borrar la imagen de Cometín con lágrimas recorriéndole el rostro enlodado, sollozando, porque lo único que quería era formar parte de nuestra “palomilla”.

La bestia



Desde el techo de la casa adjunta pegué un par de brincos para ver si podía ver su ventana. A duras penas vi unos diez centímetros del margen y escuché una sirena. Lejana.

Me escupí en las manos y con un brinco cogí la pared de la orilla. Caí hacia atrás en dolor y fragmentitos de vidrio quebrados se enterraban en mis manos determinados y enojados.

Debía haber otra forma de verla.

Mi camisa en tres dobleces fungió de colchón crudo y la coloqué en la orilla. Al brincar los cristales penetraron mi piel pero ejerciendo un esfuerzo sobrehumano y casi partiendo mi lengua en dos aguanté el dolor y lancé mi cuerpo sobre la barda, una larga herida razgada brotando sangre de mi pierna como resultado.

Sin ruido y tapando mi boca me acerqué a su ventana. La luz seguía prendida.

Poco a poco, centímetro por latido de corazón me acerqué con la velocidad de una placa continental, hasta que la orilla de mi ojo logró verla.

Ella peinaba su larga cabellera negra frente al espejo.

Torcí mi cuello y abrí la boca lo más que pude hasta que sentí que mi quijada se dislocaba. Deslicé mi lengua sobre el vidrio frío y casi pude probarla.

Bella, pensé.




La bestia alada se colocó en mis hombros y no pude detenerla. De mi pecho tomé el arma pegada con cinta eléctrica y la arranqué.

No pude despedirme. Susurré que no había otra forma. Le dije entre aliento que la amaba más que cualquier sociedad pudiera entender. Nuestro amor era imposible de detener, grandioso y vasto como un maremoto y ardiente como una tormenta de cenizas.

La vi por última vez con un ojo cerrado, alineando mi cuerpo, y presioné el gatillo

cuatro. Cinco veces hasta que la ventana se desplomó entera, respingando en mi cara y la sangre escurrió sobre mi rostro como las cortinas del acto final.




Estuve con ella en sus últimos momentos. Flotaba como un ángel en mis brazos y su respiración delicada intentaba formar palabras.

Sus ojos enormes buscaban los míos en un pavor fuera de si.

La arrullé contra mi pecho. Le dije que la amaba. Le dije que mundos nacían y morían sin habitar en ellos un amor tan grande como el nuestro. Le prometí nunca mentirle. Le dije que todo iba a estar bien, y dije la verdad.

Hicimos el amor tan fuertemente que la alfombra quemó mis rodillas, pero no me importó.




Las sirenas esta vez las escuché cerca, muy cerca. La puerta retumbaba con voces ajenas y pronto un estruendo de madera me dijo que habían entrado a la casa.

Acaricié su cabello, delicado y negro, y besé su frente con cuidado para no despertarla.

Las paredes vibraban, el cuarto se llenó de humo blanco y los disparos lo penetraban creando espirales.


En un fragmento de espejo en el suelo encontré a la bestia. Su imagen vibraba con cada temblor de las paredes.

La bestia estiró una sonrisa de oreja a oreja.

Estiró una sonrisa hasta el infinito.

viernes, 7 de noviembre de 2008

La Casta.


Con la lengua me sentí dos dientes flojos y al moverlos un poco más fuerte, probé la sangre. Por más que me retorcía, no conseguía mover las piernas, ni los brazos, y me esforcé demasiado en querer ver a donde estaba, pero la bolsa de tela nomás no filtraba un rayo de luz… me desmayé de nuevo.

Habría sido la tercera o cuarta vez que me daba cuenta que no estaba muerto a causa de las voces, el frío del piso y el dolor en mi cuerpo. Supe entonces que me golpearon después de subirme a la camioneta, ¡hijos de puta!... agudicé el oído a ver si me enteraba de algo más, pues mi historia se congeló en el momento en que aventé a Silvia de regreso al restaurante y sentí el impresionante golpe en la cabeza para irme derecho al piso, de rodillas, mientras aquella cosa me cubrió la cabeza, luego, otro golpe, no tan fuerte como el primero, o al menos eso sentí, tal vez estaba ya desvaneciéndome… escuché los gritos de horror de Silvia y del valet parking, como de niña también, al momento que tronaron varios disparos… después, heme aquí.

Empecé a forcejear de nuevo. Era como el capullo de alguna bestia no-humana, pues en ese momento supe que tan pronto me soltara, iba a vender muy cara la derrota. Seguramente, por las voces, los taconeos pesados y el resuello de mis captores, eran sujetos expertos en todo aquello que tiene que ver con hacer que te cagues de miedo, bola de cabrones… recordé aquellas notas en que aparecen los pobres pendejos torturados hasta la muerte… no, ¡por dios que no!... yo, aunque me siento muy pinche chingón, no aguantaría aquellas torturas, no iban a rayarme brazos y piernas con bisturíes, ni a arrancarme las uñas, mucho menos a ponerme alambre recocido alrededor del cuello para cercenarme la cabeza con la torsión… ¡primero me destazan a balazos, pinches perros!

Habré sollozado muy fuerte, pues aquel tipo que a cada vuelta que daba me soltaba una patada con sus botas en las costillas, se me arrimó –“¿ón tá bebéeeee?” – me dijo con burla y yo paré mi llanto para reanudar mi desesperado intento por ponerme en igualdad de condiciones, y doscientas trece veces, en mi cabeza, me ví arrancándole la nariz de una mordida, o destrozándole el cuello, pero nada. Mis dientes seguían doliéndome. Una patada y un escupitajo, y hasta luego, fiambre. Afuera, más o menos a unos tres metros, escuchaba el motor de un auto grande apagarse y varias voces. Si, era yo, le confirmaron al que era el líder, y entonces, en calidad de bulto fino, fui a parar a una banca sin respaldo. Preguntas.

Si, confirmé. Era yo el de las fotos, el de las notas, el de los comentarios ácidos y burlones, el cabrón que cobraba tan poco por entrarle a aquel juego, ni siquiera con el poder necesario para andar armado, o vigilado, pero que ya estaba convirtiéndome en la piedrita del zapato. Seguramente sería mi muerte el escarmiento para todos los cuates. Valió verga. Me encantaría poder contar lo que ahí atado escuché, pero de verdad que no me acuerdo de todo, solamente los escuchaba riendo ante comentarios increíblemente mordaces y crueles, que si se hubieran traído a Silvia la estarían templando y rellenándola de leche, que si no aguantaba yo otros dos días de madrazos es porque era un pobre pendejo, cosas peores… ya no atinaba a medirles los putazos con el oído como al principio, no veía que se fuese a dar la oportunidad… esperé a que se hartaran de regodearse en su propio veneno, a ver si podía negociar, pero tras un ratito de calma, otros golpes, otra vez la sensación de estar sin entrañas y de nuevo quedé en la obscuridad, increíblemente asustado, desesperanzado y triste.

Pues como no canté gran cosa, ni tenía cosa alguna más valiosa que mi necedad, recibí un baño de agua helada, una andanada de madrazos y muchos insultos mordaces. Me arrastraron hasta la parte de atrás de la casa y me quitaron la mayor parte de mis ataduras, la capucha y los zapatos. Pude ver un enorme campo, árboles, la casa que está sin duda lejos como para hacerle al héroe… vale verga, total… ¿qué hay que perder?... y le suelto tremendo patadón en las bolas al hijoputa que me estuvo chingando ahí adentro, en mi mente, suena el sonido del cabrón hombre nuclear y emprendo una fenomenal carrera hacia la libertad. Error. No avancé ni cuatro metros.

Dos tipos me alcanzaron como perros y pues… derechito al piso. Mientras escucho el amartillar de las armas en mi nuca y grito como un loco “¡no, por diosito santo!” –Error – “¡puto el que me mate!”… y se sueltan en carcajadas aquella caterva de hijos de la chingada… “¡Órale, muñeco, mátalo, pinche puto!” y risas de nuevo, entonces, ya un poco harto, el que la hace de jefe me amarra un pié mientras me encañona y me empieza a arrastrar hacia la camioneta… cien maneras de morir me pasan por la cabeza cuando lo miro atar el otro extremo a la defensa… y bueno, le hubiera rogado otro rato, pero entonces, ¡oh, milagro de la casualidad y la suerte!, suena mi celular en el pantalón… ¿Por qué no me lo quitaron junto con lo demás?... esa pregunta ya me la hizo el chingo de veces el MP, y la respuesta será siempre la misma: Yo qué putas voy a saber.

Pienso que Silvia le ha dado el número a un cabrón tipo Mario Almada y me van a rescatar él, Valentín Trujillo y Álvaro Zermeño, de menos… luego, sé que aunque eso pudiera ser posible, ¿cómo responder a la llamada?... ¿cómo darles mi ubicación en clave, si no sé dónde estoy?... el tipo se alisa los bigotes y con sorna me dice “¿No va a contestar el señor?”… en chinga hago circo, maroma y teatro para contestar… no. No es Silvia, ni el Fiscal de hierro, ni el ejecutor, ni la puta madre. Una voz serena, pero recia me dice “Pásame al hijo de la verga de azul”… me cago en la puta. El tipo se me queda mirando con cara de desconcierto al verme hecho un pendejo también… “es para usted” – le digo, sintiendo un escalofrío… -a ver si deveras, pendejo - me dice mirando rápidamente a sus compinches… le extiendo el teléfono. “No seas idiota… a ver, el altavoz… ¡hey!, ¿qué chingados quieres?”… la voz de aquel lado suena terriblemente tranquila. “¿Que pues, pedazo de mierda?” – contesta.

El bigotón abre los ojos como si hubiera visto al diablo. “¿Ya te volviste hombrecito?” – se burla la voz aquella. “Mira, vamos hablando al chile, Ortiz, si dejas ir al cabrón ese, a lo mejor te dejo que te vayas con vida, y tus novios también”… tras unos segundos de desconcierto, uno de los tipos, confundido, pregunta – “Que pedo, Yegua, ¿¡Qué chingados pasa!?”- así que aquel tipo es Isaías Ortiz, “la Yegua”, el más sanguinario de quien se tenga noticias en el estado… estoy muerto, ¡Puta madre! Ortiz, sintiéndose dueño de la situación, le grita al teléfono – “chinga tu madre” - y entonces, el preguntón, se queda sin cabeza. Una bala con certero tino, de grueso calibre y disparada desde el bosquecillo da de lleno en su cara y los pedazos saltan como si de una sandía se tratase, salpicándome con su relleno.

Los nervios, la baba aquella que me cayó en la cara y el horror me hacen vomitar instantáneamente. Los sujetos que me custodian empiezan a irse para atrás, dejándome solamente con Ortiz, en medio de aquella negociación. La Yegua agarra su cañón y me lo pone en la cara. “¡Otra mamada de esas, y éste pendejo se muere!”… cierro los ojos. “Anda, ten huevos y mátalo. Dos segundos después, se mueren todos”… yo, medio idiota, le digo –“¿no podría ser dos segundos antes de que me chingue?”… Ortiz me suelta un megaputazo con la cacha y me rompe la nariz… al suelo de nuevo. Y un silbido tétrico sale de la espesura y el jeep parqueado al frente se deshace en una bola de fuego. Una risa que hace que se nos encojan las bolas a los dos sale del teléfono todo embarrado de porquerías - “No hables ni hagas chingaderas, Yegua”… si, efectivamente estamos rodeados de gente invisible y con muchas agallas. “¿Estás bien, cabrón?” – pregunta aquella voz. Los dos asentimos en chinga. “Tú no, pinche Ortiz”… si, seguro. “Asiente con la cabeza” – remata. Lo hago con torpeza. Mi cara es una costra gigante. Siguiendo las instrucciones y tragando clavos, el sujeto me desata y hasta intenta hacer que me pare derechito. De vez en vez, balas destruyen objetos que nos rodean, acicateándolo. “Dale las llaves de la camioneta”… quiere repelar, pero ya sus ojos son unos charcos, más cuando una bala se incrusta a escasos centímetros de sus pies.

Y ahí estaba yo, manejando, hecho un títere de alambre… temblando y con dolores tremendos… no pude traerme el teléfono. “Es que ahí tengo fotos de mi viej…” y la voz: “No mames. Anda y lárgate”. Nunca voy a olvidar la cara de Ortiz cuando me trepé y empecé a alejarme.

Llevaba seis días de doctor y de lástima por parte de mis compañeros. Murmuraciones, bromas culeras y ausencia de tranquilidad eran la tónica. A dondequiera miraba con miedo, con recelo… Silvia se negaba con facilidad a salir conmigo o ir a verme. Entiendo los porqués. Una mañana, como a las once y cuarto, estando en redacción a punto de tomarme unas pastillas, y sonó la línea de reporteros. Era la voz, preguntando por mi… “¿Verdad que no puedes caminar tranquilo?... ¿a poco no es morir un poco todos los días saber que tu vida no vale nada?”… yo solamente asentía con quejidos… “En la esquina de Galeana con Zapata estará una crossfox amarilla, van por ti. No preguntes y vente” – y no, me aterraba la idea, pero entonces… “si no vienes, entenderé. Pero jamás vivirás tranquilo”.

Y bajé. Efectivamente, ahí estaba la camioneta. Ni pregunté ni falta que hizo. El tipo que manejaba me dijo que era preferible no saber a dónde exactamente nos dirigíamos. Le creí y fingí dormir. Cuarenta y algo minutos más tarde, llegamos a la finca aquella. Entré con cuidado y sin hacer mucho ruido. Ahí estaba el dueño de la voz. Un señor de poco más de cincuenta años, de presencia imponente y bigote montaraz. No charlamos mucho, al fin que ni quería.

Me llevó a una troje de adobes y ahí, hincados y atados, los cuatro sujetos restantes de aquel día de pesadilla, atados con alambre recocido y con cinta industrial en los ojos, quejándose, tremendamente maltratados… me sentí desmayar… no estaba listo para aquello. El señor hizo un gesto y nos quedamos a solas. Me tendió una pistola enorme y pesada. “Bueno, aquí se acaba todo”… lo miré… “si, nunca jamás vivirás tranquilo… pero eso está ahora en tus manos”.

Aquellos tipos estaban deshechos. Me pareció más humano darles muerte que dejarlos ahí. Seguramente aquel señor los mataría como a unas chinches hambrientas de sangre, pero el hecho es que ahí estaba yo, apuntando, tembloroso, a la cabeza del primero de la fila, mientras el tipo acudía a cuanto santo del cielo se le ocurría, a la santidad de mi madre y hasta a mis hijos… ¡Chingada madre!...

Luego me enteré, por un folder que se me entregó vía mensajero, que aquel señor era nada más y nada menos que Refugio Almeida. Almeida… igual que yo hasta los seis años que se casó mi madre y me cambió el apellido. Refugio Almeida, el más nombrado en aquellos años de desaparecidos y de narcotráfico próspero, el guardaespaldas del gobernador, el desaparecido. Mi padre. Aquel que solamente conocí en una foto amarilla, cuando me sostenía siendo yo un bebé… ¡Ah, me ganó la emoción!... se preguntarán cómo acabó aquello, ¿verdad?... pues bien: Me sobraron tres balas del cargador.

Atrapado en el acto


Te cruzan muchas cosas por la cabeza cuando estas con los pantalones en las rodillas, mientras tu suegro abre la puerta del estudio y observa lleno de rabia como su virginal hija deshonra el nombre de la familia arriba del escritorio en doggy style…

La noche transcurría como de costumbre, estás sumergido en el habitual zapping nocturno a la televisión, pero lo más interesante que has encontrado hasta el momento es escuchar como en ocasiones al cambiar de canal, se forman frases simpáticas con el audio entre canales…

Para lavar mejor la ropa…click… las colegialas del amor, marca ahora…

La epidemia de diarrea… click… el rico aroma que envuelve tu hogar…

Tu celular suena, claro que también vibra, tiene juegos y emepetres, pero ahorita en este momento, suena…

Es tu novia, lo que te extraña es que te llame a esta hora de la noche, son casi las 11 y hace tres horas la dejaste en su casa, piensas que las mujeres no se cansan de hablar nunca mientras e avientas el control remoto al sillón contiguo, donde el gato lanza un chirriador maullido al recibirlo en la cabeza, chin…

-¡Miguel ¿qué le haces al gato?…!

-Nada….

El teléfono suena por tercera ocasión, al fin lo contestas pero en la pantalla una escena sexosa captura tu atención, en ella hay una rubia que se quita el sostén, despacio, despacio, está a punto de mostrar los senos cuando el ruido proveniente del auricular te recuerda que en el teléfono hay una llamada esperándote… joder.

- ¡Bueno, ¿bueno?….! ¿estás ahí?...

- Sí, bueno, ¿qué paso?

- Ay, ¿Qué crees?, que mis papas se fueron a ver a mi tía, me metí a bañar y cuando salí, me estaba secando el pelo y se me fundieron los fusibles…

- Pues cámbialos…

- Es que no sé como… ven, ayúdame, por fas...

- Ahí voy…

- Gracias amor…

Mientras te pones una sudadera para salir el gato te mira y sisea algo que muy probablemente en el lenguaje gatuno sea el equivalente a un chinga a tu madre, el gato planea una venganza terrible y lo sabes, así que bajas las escaleras de dos en dos, y para sentirte más intrépido te robas unos fusibles de la caja de herramientas que se encuentra debajo, en el umbral de la puerta revisas que traigas llaves, antes de salir le informas cariñosamente a tus padres que no se preocupen…

- ¡Ahorita vengoooooo!

Tres cuadras después.

Ding dong

La puerta se abre y se te corta la respiración, tu novia te abre en bata, con el cabello mojado, probablemente no hay nada debajo de la delgada tela y el agua que le escurre por el cabello, se muerde el labio coquetamente cuando ve la cara de pendejo que acabas de poner, pero no puedes ocultarlo, sonríes cuando pasas junto a ella pero en este momento has dejado oficialmente de pensar, aquí las hormonas llamando, hemos tomado el control, ríndase…

Te lleva tomado de la mano hasta el fondo de la casa, en el patio trasero esta el switch principal, esta es la primera vez que entras, después de tres semanas de noviazgo jamás pensaste que tu primera vez en su casa iba a ser algo parecido, pero no pones detalles en la decoración, ni siquiera criticas las horribles figuras de porcelana que adornan algunos estantes y que en otras circunstancias habrían sido el blanco de una sisañosa carrilla, el compas de las caderas y la bata te tienen por completo hipnotizado, parece que a final de cuentas dios existe y escucho tus ruegos esta noche, ¡tómala por culo Nietzche!.

Cambias los fusibles, desafiando a la poderosa electricidad, la luz regresa por todas las habitaciones de la casa, tu novia sonríe y te pregunta…

- ¿Cuánto le debo señor?...

- Pues unos 300 pesos…

- Hijoles, no tengo tanto dinero…

- Si quiere nos arreglamos de otra forma…

Besos, besos, besos, en lucha, con fuerza, uno contra el otro, contra las paredes, la puerta del cuarto contiguo se abre y la levantas, ella te abraza con las piernas y en menos de lo que te das cuenta están rendidos al instinto, en el fondo de la habitación un escritorio te grita con fuerza: por aquí, aquí…

Diez minutos después la puerta que se azota, rompiendo el encanto, revela a un caballero bastante encabronado, cuya mirada clava todo el contenido asesino en tu persona, piensas muchas cosas, se te escapa una risita nerviosa incluso, buscas las palabras adecuadas pero ¿Qué puedes decir en un momento como ese?...

· ¡Ciérrale pinche pervertido!

· ¿Qué no le enseñaron a tocar?

· ¿Me permite un segundo?, ya voy a acabar…

Te cruzan muchas cosas por la cabeza, tu vida pasa en segundos frente a tus ojos, pero tres palabras se imponen, tres palabras que las gobiernan a todas…

Ya

Valió

Verga

Tu suegro se lanza contra ti, tres pasos (o intentos por que los pantalones en los tobillos hacen más difícil la maniobra) hacia atrás y por alguna extraña razón se detiene, contempla tu pene que lo señala como dedo acusador, lo que solo acrecentó más su ira, me cae de madres que puedes ver como eleva su ki, está a punto de alcanzar el nivel sayan 4 y tú estás a punto de convertirte en eunuco.

Ya no tienes alternativa, corres y te quitas a puntapiés los zapatos y dejas atrás el pantalón, tu novia en un acto heroico se interpone entre el futuro asesino y tu corres y atraviesas la sala que como era de esperarse está llena de gente, pero no te detienes, te miran azorados mientras al pasar entre ellos solo atinas a decir…

- Con permiso, buenas noches…

Y ahí empieza la carrera más angustiante de tu vida, tres cuadras corriendo desnudo de la cintura para abajo, ni siquiera las filosas piedras del asfalto son capaces de detenerte, flash se quedo pendejo a lado tuyo, afortunadamente no se te atravesó una patrulla en el camino, o hubieras tenido que fingir que escapabas del vampiro fronterizo que intentaba violarte.

En casa al fin, no traes llaves, pooooota madre… ni modo de tocar, mientras escalas hacia la ventana entiendes a la perfección lo que significa el concepto de aire polaco.

Al fin en la recamara, con las rodillas raspadas y el corazón a punto de abrirte literalmente un boquete en el pecho, te tumbas en la cama exhausto a contemplar el techo y descansar un poco, hoy vivirás, por casa de tu novia es mejor no volver a aparecer, cierras los ojos, cuando de la nada un dolor punzante te atraviesa en el área de los testículos, gritas y te incorporas para saber cuál es la causa, aterrado observas como el gato te clava las uñas, sin piedad, profieres un estruendoso chirrido, mientras piensas, ya valió verga, ora sí.

Zero.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Entre la Locura y Certeza, ya valió verga...



Estoy esperando que caiga la noche, sé que nos salvará, pues cuando todo está oscuro, respiramos fuera de la realidad, como en un lugar lóbrego y tranquilo.

Hay una estrella en el cielo que, junto al brillo de la luna, guía mi camino. Escucho ese sonido en la calma, sé que vendrás con tus pasos firmes a darme la fe y así dejaré de apretar mis manos nerviosamente, el miedo se esfumará por completo.

Cuando comencé a olvidar, el mundo pareció teñirse de ocre. Era como si los ángeles descendieran e inundaran la habitación final con un dulce sabor en el aire. Desperté de nuevo y, para mi sorpresa, con los ojos entreabiertos las cosas parecían mejores que antes.

Las palabras se tornan violentas, irrumpen con estruendo en este pequeño mundo. Me resultan dolorosas, me atraviesan. Mi dulce amigo, las balas no te harán daño. Ni siquiera los insultos, tampoco te dañarán como a mí las blasfemias lanzadas a mi Dios. Tus ojos optimistas resultaron un paraíso para alguien como yo. Seguí el camino del inocente, aunque sé con certeza que al decir inocente, debería decir ingenuo. Miénteme con convicción, hazme creer que hay algo cierto en esta parodia.

Sé que dijeron que eras inverosímil, que no podría seguirte concibiendo, mucho menos hacerte permanecer en el mundo. Yo muté, muté al mundo, lo hice apto a ti, le di nuevo color, lo moldeé. El precio incluyó habitaciones blancas y mangas largas atadas a mi dorso. Desaprobaciones, burlas y calumnias. Un par de vidas y muchas lagrimas.

Puede que mis crímenes parezcan atroces ahora mismo pero, ¿Cuál señor debería seguir entonces? Lo hice por amor, por fidelidad. El precio por mi libertad fue considerable, una vida a cambio de otra, la tuya. Una vida que no comprendieron jamás, te juzgaron sin verte, te culparon sin escucharte, te ignoraron y, a pesar de que siempre estás a mi lado, fui yo quien dio la cara por los ambos. No te reprocho, lo agradezco, sé que son tus pruebas, siempre supe que con ellas encontraría redención al final del túnel, a lado tuyo y con los demás elegidos. Los Ángeles del edén.
.
En esta silla, estoy sentada por última vez frente a los espectadores, símbolo de un precio que no vislumbré antes, te veo ataviado, pensativo, tan transparente como siempre. Jamás comprenderé por qué sólo yo podía verte, me resultaste siempre tan real. Aún no me resigno a negar tu liturgia.

Se ha hecho tarde y el verdugo está preparando su golpe final. Siempre fui templada al dolor. Me consuela saber que, por lo menos esta vez, seremos homogéneos, esta última vez, volverás a verme sonreír, así como cuando te vi nacer desde el centro de mi cabeza, esa mañana de albores nuevos.

Urgencia.


De repente me gustaba como sonaba. Al principio se escuchaba bonito, lindo, romántico y hasta tantito cursi, pero pasando los dos años y medio el asunto olía a podrido, desde lejos.
Yo, una vieja cualquiera, graduada de cualquier escuelucha publica, trabajando en cualquier despacho contable, esperando cualquier viejo, con cualquier facha, para tener cualquier desliz con un poco de romanticismo y muchita calentura, pero de cualquier manera me cansaba de esperar.

Y en las reuniones, mis amigas no hacían más que recordarme. Y si, yo les decía que esperaba al Señor Perfecto para que me desvirgara como en las novelitas de las revistas, pero haciendo honor a la verdad sólo necesitaba un espécimen con un poco de testosterona y la energía de un corsario para que así...

Pero la paciencia se me agotaba, los marcadores no me llenaban, las zanahorias se me quebraban y mis ganas se renovaban. Eso era lo que apestaba. La urgencia de mi deseo era pestilente.Y por supuesto, sólo había un lugar donde podía pensar en todo eso sin culparme: el micro.
Manos sudadas sobre los tubos, uñas negras a donde miraras, uno que otro par de huarachitos, el siempre melodioso Radio Gallito. Que más puede uno pedir.Iba yo como alejada de cualquier realidad, analizando mi situación lastimosamente...y toma, que aparece.

Un ruco cuarentón, bolsa de chedraui, botas lodosas, y una pinche mirada orgullosa terrible, te digo, era el Amo del Cerro ese cabrón cacique. Y yo estudiando su ruidosa anatomía, su panza abundante, su calva prematura, su piel roja por el sol, dos que tres cadenas enredadas en dos que tres pelos en pecho...

Qué asco ese pedazo de hombre.

Ya tenía que bajarme, y me daba pesar el tener que abandonar esa caja de inframundo, además el olor a bagre se paseaba por mi nariz complacido, y ya había empezado a tomarle el ritmo a las rancheras, pero había algo más...Me daba miedito pasar junto al Rey del Rancho, seguía mirando mi blusa, averiguando dentro de ella cómo mis amigas se balanceaban gustosas al compás irresistible de los baches. Además yo hubiera aguantado aquella inspección, siempre que viniera de unas retinas presentables, pero ese cacique tenia ojillos pitañosos, legañosos, mugrosos.

Me paré, alerta. Di unos pisotones necesarios, avancé temerosa hacia atrás, unas cuantas risitas para socializar, y ya no pude más porque un aliento putrefacto se posó sobre mi nuca. Olía a pozole. Me recuperé de aquel atentado, y miré hacia atrás, indignada, crucé miradas con ese pinche ganadero, y hubo algo en ella que me estremeció. Me hice como que aquí no paso nada, serenidad, tranquilidad Diosito.

El micro avanzaba muy rápido, y yo tenía que bajarme. Ya. Pero no me hacía caso. Y yo con ese aborigen mirándome como un filete jugoso. Lo que vino después apenas si puedo contarlo con precisión: soltó sus preciados artículos de chedraui, y metió su mano gorda y prieta en mi falda. Así de fácil.

Asco. Asco. Asco. Asco. Asco. Asco. Asco.

Me quedé como congelada, mientras sentía su manota moviéndose allá donde es privado. El corazón me latía de prisa, las manos me sudaban, la sangre se me fue a los pies, quería orinar. Y llorar.

Dos segundos más, el camión se paró.
Sentí mis calzones de nuevo en su lugar, y bajé los escalones todavía con el corazón acelerado, miré hacia atrás, y el salvaje me sonrió. Una sonrisa ancha, amarilla.No supe ni por qué, pero le devolví la sonrisa, tímida.

Caminé dos cuadras...

Ya valió verga, pensé. Me gustó.

Bertha


miércoles, 5 de noviembre de 2008

Sweet sixteen



Erase una vez una chamaca de 16 años que aprovechando que sus padres y hermano estaban fuera de la ciudad metió a su novio a la casa (cuando no le tenían permitido pasar más allá del patio de adoquín).

Pero ¿por que esta chamaca de 16 años metió a su novio a la casa si ella es bien obediente?

¡Pues por pinche calenturienta!

Y es que a los dulces 16, las chamacas traen la hormona al mil y ella quería probar las delicias de ser tocada y sentir la excitación al transgredir las reglas del hogar y hacer cosas sucias y puercas en el sillón de la sala.

Pero pues al parecer la cosa iba a valer verga por que el novio se hizo del rogar y profería cosas como:

“ay no, es que hay que respetar y esta es tu casa y no”
“Pero yo no quiero faltarte el respeto así”
“Y si nos ven, ay no que vergüenza”
“así no deben de ser las cosas, no, no, yo quiero que sea especial”
“PINCHE MARIQUITA” pensó la chamaca calenturienta
“Que no entiendes que QUIERO, que quiero ya, y tú vida de mi vida, osito de chocolate quiero que seas el primero y quiero que sea aquí en MI casa, en este sillón”


El chamaco pos después de ver tan decidida a la chamaca calenturienta pos no tuvo más remedio que acceder ante el contundente:

“O lo hacemos o te violo o digo que eres joto”

Pero más que miedo o compromiso, al oír esa frase el novio se prendió como un motor turbo y se le fue encima a la chamaca calenturienta y pos ahí los tienen haciendo malabares y desfiguros y tratándose de arreglar porque, pos no sabían que pedo.

Ya entraditos y más acomodados y a punto de culminar el ritual, la chamaca calenturienta escucha abrirse el portón de su casa y por la ventana logra divisar la encorvada silueta de su abuela paterna, esa abuela conservadora que se la vive dándose golpes de pecho, esa abuela que si no hace nada en los próximos 5 segundos, la enviará directito a arder a las llamas del averno, y le dirá pecadora, depravada y no dudará ni un solo instante en acusarla con los padres y reprobar en ellos la educación que le han brindado y shalalá.

“¡YA VALIO VERGA, MI ABUELA, PARATE, CORRELE ESCÓNDETE BAJO LAS ESCALERAS!”


La chamaca calenturienta apenas y tuvo tiempo de subir la mitad de las escaleras semi encuerada antes de que su abuela abriera la puerta de entrada. Corrió inmediatamente a ponerse una toalla y fingir que su falta de ropa se debía a que estaba a punto de meterse a bañar.

Oh pero no contaba con que el destino es macabro y unos bóxers a cuadros verde chíngame las pupilas habían quedado a la vista.

“chamaca que haces vestida así, ahí viene tu tío y no debe verte así, ¿Por qué estas vestida así?
“uy abue es que ya me iba meter a bañar y pues, la oí y salí a saludarla”
Entra el tío, el más joven de todos y lleno de buena ondez.
“Reina te va a dar un aire, ¿acaso esa es la nueva moda, andar semi encuerada en la casa?
“ya le dije hijo, quesque se iba a meter a bañar… voy por el nacimiento, esperame”


La abuela toma dirección hacía las escaleras y la chamaca calenturienta piensa:

“YA VALI PURITITA VERGA”

En eso el tío grita:

“mamá, antes de eso me puedes traer agua en lo que yo saco el nacimiento, te hace mal agacharte”

La abuela accede y se dirige a la cocina

“¿Dónde está?
“¿Dónde está quien? Responde la chamaca ingenuamente
“No hagas como que la virgen te habla, ya vi los bóxers y a ti semi encuerada”
“Ay tiíto, está bajo la escalera =s”
“No mames, ya valiste verga… mi mamá viene por el nacimiento” (si precisamente está bajo la escalera)
“NOOooooo, tienes que ayudarme a sacarlo sin que mi abue se dé cuenta”


Y en menos de lo que canta un gallo la chamaca calenturienta y el tío buena onda se las ingeniaron para sacar a la abuela al patio trasero con la excusa de enseñarle una teja que según ellos dos tenía la imagen de la virgen de Guadalupe.

El tío fue a darle los bóxers al novio de la chamaca y lo sacó de la casa, la chamaca calenturienta aún en toalla acompañó a la abuela a sacar el nacimiento de la escalera y la abuela dijo.

“mira nomás a la virgen María, toda pura, bella e inmaculada… hasta se parece a ti mijita”

El tío suelta una risa burlona y la chamaca calenturienta dice:

“Así es abuela, virgen y sin mácula, pero no si hubiera llegado 15 minutos después”
“¿Por qué?, ¿Acaso no te ibas a bañar?”
“O si, pero por supuesto que después me iba a meter a bañar”…


Y si, ese fue el primero de miles de intentos que valieron verga para dejar de ser virgen

Está en nuestros genes.


Pedro e Itzel eran una de esas parejas que están hechas el uno para el otro, perfectas. De esas que a menos que uno los aprecie mucho, dan asco de lo bien que se ven juntos. Los defectos de uno se complementaban con las virtudes del otro. Como en todas las historias de amor, soñaban con una boda en su futuro.

Pero también, como en todas las historias de la vida real, algo —no importa qué— pasó y el noviazgo junto con los planes de boda se fueron por el caño ayudadas por el Drano® de las palabras: “Yo contigo no me caso”.

Pedro, como todo hombre que se precie de serlo, se tiro a la mierda. Un día, al grito de “Quiero ponerme hasta mi puta madre” tomó una botella en sus manos y no la soltó hasta que, efectivamente, se puso hasta su puta madre. Y en un momento así, ¿Qué es lo único que puede hacer un hombre? Sólo una cosa: obedecer las instrucciones que están profundamente grabadas en el ADN masculino después de millones de años de evolución. Eso hizo Pedro: tomo el Shadow que su papa le había regalado y se largó al pueblo en donde vivían los papas de Itzel —a los que ella iba a visitar los fines de semana— con la firme y alcoholizada intención de arreglar las cosas

El que se atreva a juzgarlo no es un hombre de verdad.

Creo que no tengo que decir que Itzel no se impresionó en lo mas mínimo con sus nobles intenciones, de hecho, Pedro se las arreglo para cancelar aún más la boda. En otros tiempos hubiera sido un héroe, desgraciadamente, en estos tiempos sólo era un pobre cabrón que se caía de borracho en un pueblo polvoso del México colonial.

Como es natural, buscó consuelo en unos cuantos amigos que tenía en aquel pueblucho. Ellos, solidarios con su desgracia, siguieron alimentando su ebriedad hasta el punto en que a Pedro se le ocurrió la única otra cosa genial que podía hacer: regresar a su casa.

Sus amigos, como todos los buenos amigos, lo alentaron y le desearon buen viaje. Pedro se puso tras el volante aquella madrugada y se dirigió a lontananza.

¿Tengo que contarlo? Bien, bien. Al final de cuentas, el hecho de que Pedro se quedara dormido mientras manejaba de madrugada por una solitaria carretera estatal no sorprende a nadie. Pero eso no es lo interesante —por llamarlo de alguna manera—. No.

Cuando Pedro abrió los ojos (después de cabecear y soñar durante algunos segundos con vestidos de novia) hizo lo normal: se asusto y dio un volantazo.

El Shadow patino de costado y luego dio dos vueltas de campana. Pedro, perdido de borracho y a punto de matarse, se aferro al volante y mientras daba vueltas por el aire, solo atinaba a gritar: “¡AY AMASITA!”

Cuando el auto dejo de girar se detuvo sobre las ruedas, Pedro, después de unos segundos de inconsciencia, reaccionó y se sacudió los vidrios de encima. Luego intentó salirse, pero las puertas estaban completamente trabadas. Tuvo que patear la puerta del pasajero hasta que casi arrancó la cerradura.

Ahora, un paréntesis:

El papá de Pedro es todo un personaje, digno de un libro completo dedicado solamente a él. Tacaño, avaro y obsesivo con sus pertenencias, le enseño a Pedro el valor de todo lo que no era suyo. Cuando le regalo aquel Shadow, Pedro tenía que mantenerlo impecable. Ridículamente impecable. Alguna vez amenazo con quitárselo durante una semana porque regreso con plastas de lodo en las vestiduras y otra fue casi un mes sólo por encontrar corcholatas de cerveza adentro y un talloncito diminuto en la salpicadera. Y no sólo era eso, también era el hecho de tener que escuchar durante todo ese tiempo una interminable retahíla de reproches sobre la irresponsabilidad, sobre la falta total de respeto por los sacrificios de los demás, sobre el haber defraudado su valiosa confianza, etcétera. Era la tortura mental de saberse el peor hijo del mundo sólo por haber pasado sobre un charco de agua puerca.

Hay algo místico y etéreo sobre la perfecta interacción entre la naturaleza del hombre y la naturaleza del alcohol; por eso no deja de ser fascinante lo que pasó a continuación:

Pedro, tambaleándose sobre vidrios rotos afuera del auto volcado, aprieta los dientes y se dice a si mismo:

Ya.Valio.Verga. Falta que lo haya rayado.

La imagen que siguió ya forma parte del folclor regional.

Ebrio, golpeado, sin vieja, con un futuro negrísimo por delante y parado frente a un auto deshecho en una carretera abandonada a la mitad de la noche, Pedro se echa a llorar.


martes, 4 de noviembre de 2008




1. De los colaboradores de esta página es a Plaqueta a quien mayor aprecio le tengo, lo que no le voy a perdonar lo dijo el martes 2 de septiembre del año en curso:

“…ay ya pinche Houellebecq que te cojan…”

No podría estar menos de acuerdo, me parece que la viruta total de la obra de Michel Houellebecq, como quiera que se pronuncie, es el hartazgo de la cogedera, la definitiva hueva de estar vivo y, por ende, cogiendo. En todo caso lo menciono porque es en las páginas finales de las Partículas Elementales que el autor manda a toda la humanidad a la verga de la forma más encantadora posible y probable. A todos. A la verga todos.

2. Dos circunstancias hacen que la vida del ser humano valga progresivamente pito: que alguien te rompa el corazón y romper el corazón de alguien. Luego de que esas dos se dan, el resto es envejecer y redundar.

3. Estoy obsesionado con el fin del mundo. Desde siempre. Una vez en la secundaria noté que el cielo estaba verde. De miedo. Luego veo mi reloj y marcaba la hora cero con cero con cero, me asusté mucho. Muchísimo.

00:00:00

Era el cronómetro.

No la prometida hora cero, no el final de los tiempos: era el cronómetro. Mi reloj era uno de esos Casio que todos tuvimos de chicos, con calculadora y alarma y luz y, en efecto, cronómetro.

Lo de las manchas verdes jamás me lo expliqué.

4. Valer verga es una expresión simpática que en las sex shops se redimensiona:

- ¿De a cómo esa vergota?

- Llévela llévela, la verga de importación.

- Hoy tenemos descuento en todas las vergas de negro con textura y conejito.

5. El fin del mundo nos pasó de largo. Eso se sabe. Ahora habitamos neciamente una suerte de Apocalipsis chafa. Sólo basta con analizar los mensajes publicitarios para ver que estamos dentro de un panel del Jardín de las Delicias valiendo pero madres y soportando el lento transcurrir de los días. Hasta la imaginaria de Kafka se queda corta ya. Televisa y TvAzteca son fans de transmitir delirios de un mundo ya finiquitado:

En un show dominical un grupo de familias bailan y cantan para ser elegidos y que la desdicha de uno de sus familiares (léase enfermedades terminales y de pobre) sea aliviada. Un artista apoya a dichas familias. El heroísmo es una ausencia: la gente enferma por quien se lucha es mediocre y lo seguirá siendo aún a pesar de que sean sanados sus malestares. A eso súmenle que entre los artistas finalistas uno debe elegir entre el negro, la ex presidiaria o el gay. El jurado calificador lo conforman almas imperfectas y decadentes hasta decir basta.

Luego vemos como un par de cangrejos manejan un jeep (¿wtf?). O como la mediacancha del estadio Azteca se divide en dos y sale una enorme rebanada de pan dominando un balón de soccer (¿uh?). O a un par de mujeres que se la pasan chispa en una estética al lado de un enorme huevo Bachoco (¿qué?).

6. Café Tacvba ya valió vergísima. ¿Qué no escucharon ellos mismos la rola esa de Gracias antes de incluirla en su cd?

Ejercicio 5: Ya valió verga.



Nunca antes me había encontrado cerca de la muerte tampoco de alguna situación que por azares del destino implicara perder la vida. No sé cuántas veces les haya pasado a ustedes. Para mi ha sido una, y con ella, tengo suficiente. Sólo una vez he musitado —Ya valió verga— con el amargo, e inigualable sabor del miedo en la boca. Siempre me había reído y jactado de aquellos que pierden la vida de formas tan estúpidas. Pendejo. Yo estuve a punto de hacerlo de la misma manera...

—La noche es joven y nosotros también— vitoreábamos mientras apurábamos en modalidad reversa las cubas de ron barato; la activación de la gio de cabello oxigenado y tetas embadurnadas de aceite retaba a cualquiera a terminar una botella en menos de diez minutos, sí lo conseguíamos nos ganábamos otra botella igual completamente gratis. —Bravo— anunció la animadora —Aquí tenemos unos valientes—...

Me pregunto: ¿qué macho alfa podría pasar por alto aquél desafío?. Pendejos. Confiados pagamos la promoción y empezamos con aquella demente empresa. Por su puesto fracasamos. Lo único que ganamos fue una turbo peda, aun con un cuarto de botella que no veía su fin. Doce minutos y contando... la concurrencia en principio daba furtivas miradas para burlarse de nuestro estado, después lo empezaron a hacer sin ninguna pena y se burlaban de nuestra inocente credulidad.

Éramos el espectáculo estelar: un puñado de pendejos que apenas podían articular palabras, un montón de neandertales embrutecidos que difícilmente podían llegar al mingitorio sin tropezar con una mesa o chocar con algún asistente de poca o mucha monta. Embaucados, decepcionados y derrotados decidimos irnos huir de aquél circo. Pagamos la cuenta con plástico y escapamos a otro lugar donde no conocieran nuestra estúpida inocencia. Ay de nosotros.

Subimos al automóvil con el ego hecho pedazos. Yo iba en al asiento del copiloto, definitivamente no podía manejar, la cabeza me daba vueltas y las luces de los autos las veía corridas, a duras penas abroche mi cinturón. Otros dos camaradas anexos que ni mi amigo, ni yo conocíamos se habían adueñado de los asientos traseros. A esas alturas de la noche con tal cantidad de alcohol en el torrente y con la única idea de irnos a otro lugar a seguirla nos dejó de importar su identidad. —La noche es joven y nosotros también— era el grito de guerra que exclamábamos para justificar cualquier acto pendejo que nos pasara por nuestra atolondrada cabeza. Mi amigo de pie pesado nos conducía a 180 kilómetros por hora. Jugábamos al Need for Speed en la recta a Cholula (una vía rápida de la ciudad), aquél pendejo iba rebasando por izquierda y por derecha como si de una persecución se tratara. Todos reíamos sin importarnos mucho nuestra seguridad. Recuerdo recordarle que bajara la velocidad porque a 500 metros se encontraba las desviación para salir.

De aquí en adelante no puedo describir bien cómo pasó todo...

Tomamos las desviación a muy alta velocidad, mi amigo perdió el control del auto y no pudo completar la curva, logro esquivar un poste de luz pero fuimos directo contra la banqueta. No perdimos mucha velocidad, la pasamos como un tope sin importancia. Esta desviación es a desnivel, es decir, nosotros bajamos de esta vía rápida a la Calzada Zavaleta otra avenida que pasa por debajo de la primera. Literalmente bajamos por un puente directo a un voladero de al menos 3 metros de alto. (Ubicación) Recuerdo ver a mi amigo ponerse tenso tras el volante, tratando (inútilmente) de obtener de nuevo el control de automóvil. En aquél momento se me bajó el pedo, y me puse alerta. Fue una fracción de segundo que sin embargo me pareció interminable. Siempre había pensando que eso de que pasa tu vida frente a tus ojos eran pendejadas hollywodenses, otra vez me equivoque. Pensé en mi mamá, en cómo me despedí de ella aquella noche. Pensé en cómo sería mi funeral con amigos y familia. Pensé en lo mucho o poco he hecho en mi vida. Y en la forma tan pendeja que iba a morir. Pensé en mi familia y pensé en mis amigos. Pensé en tantas cosas que jamás había pensando. —Ya valió verga— recuerdo decir en voz baja mientras ponía tensos los músculos y cubría mi cabeza con las manos para reducir el impacto...

Bajamos enteros al carril opuesto, un carril de alta velocidad. Mi amigo recobro el control del auto ahora hecho mierda. Era de madrugada lo que explicaba el hecho de que ningún automóvil nos embistiera en el tramo que hicimos en sentido contrario. Luces de frente. Un taxi nos esquivo con trabajos y toco el claxon —Tuuuup tuuuuup— Logramos llegar hasta una calle donde el auto se detuvo por inercia o por necesidad. Baje del auto hecho un piltrafa y un manojo de nervios, me senté en la banqueta con las manos sosteniendo la cabeza. Viendo al suelo, empecé a llorar.

Amable lector, quizá mi manera de contar las cosas sea burda y pendeja, pero te puedo asegurar que era una muerte segura. No entiendo cómo no nos volteamos, ni tampoco entiendo como ningún auto nos embistió de frente. Aquella noche corrí con mucha suerte. Nunca antes me había encontrado cerca de la muerte tampoco de alguna situación que por azares del destino implicara perder la vida. No sé cuántas veces les haya pasado a ustedes. Para mi ha sido una, y con ella, tengo suficiente. Sólo una vez he musitado —Ya valió verga— con el amargo, e inigualable sabor del miedo en la boca.

Hoy, paso seguido donde encontramos al taxi. Me imagino un auto bajando a alta velocidad chocando contra mi y haciendome cagada a la Death Proof, otra vez aquél rancio sabor de miedo la boca. Después, regreso a la realidad, tomo una gran bocanada de aire —Estoy vivo— y esbozo una sonrisa.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Ejercicio 5: Ya valió verga - Falso Profeta


“Beber a codo alzado, hasta ver las armas del malogrado.” Así decía mi bisabuelo Juan cuando brindaba con sus amigos de sombrero de paja al levantar el primer jarro de pulque. Los viejos seguían de largo el choque de vasos en el centro de la mesa, desde la puesta en el llano, hasta el alba en el cerro; pero siempre con el estómago lleno.

Yo en mis tiempos digo: “A whiskys y rones, se alivian los corazones”, o “para todo mal: mezcal” (aunque lo deteste), “si hay de hallarle belleza a nuestra vida, de cerveza una bebida”, “para todos los fracasos: un limón y un tequilazo”, etc; siguiendo esa misma fórmula donde se combina el licor que se consume con la situación del momento; mas siempre, hasta aquél día tan lamentable, empiezo a beber con el estómago lleno.

No recuerdo muy bien por qué no cené nada en aquella ocasión (de hecho no recuerdo muchas cosas de la noche), pero supongo que debió de ser porque salí de mi casa rápidamente ya que mis amigos me estaban esperando.

¡Qué imbécil! ¿Por qué putas mierdas no cené nada en primera instancia sabiendo que iba a beber demasiado? ¡Y mojitos!

Era como ser el primero en desembarcar en Normandía sin un fusil y con un cartel de tiro al blanco pegado en el cuerpo: hagas lo que hagas vas a valer verga. ¡Pero no! Hasta ese entonces seguía con la reacia idea de que la mente domina el cuerpo, cuando en realidad es el cuerpo quien lleva las de ganar, porque ¿cuántas veces se contiene uno las ganas de cagar, o de coger, o de comerse una rebanada de pastel altísima en calorías, por muchos OHMs, jaculatorias de Krishna, afirmaciones psicológicas o flores de loto que uno haga?

Llegamos a un bar de gente intelectualoide, de hippies mugrosos y de personas que no llevan un quinto. Ya sabes: medio acá. El primer mojito me sabe rico; amargo limón y rasposo licor. El segundo igual, sólo que más amargo. El tercero a elixir; mi cuerpo comienza a relajarse, mis ojos se hacen chiquitos y chispean más de lo normal, me desinhibo totalmente y le encuentro ritmo a toda la música. El cuarto, el quinto y el sexto pasan sin complicaciones a través de un sentido del gusto ahora adormecido, entorpecido al igual que mi lengua que trata de expresarse atropelladamente, fallando al articular.

Estoy bastante borracho. Cada vez que voy al baño lo hago sistemáticamente esquivando las mesas. A pesar de que tambaleo, aún tengo el control de mi cuerpo, así es que puedo seguir bebiendo para romper el record grupal.

Me dispongo a beber el séptimo mojito alentado por la algazara del “fondo, fondo, fondo” que no sólo mis compañeros de borrachera me gritan, si no también las mesas vecinas que se unen a la bulla y que pueden predecir mi acabose al ver cómo me enveneno. ¡Glup! De un jalón me lo tomo, me limpio la boca con la mano y volteo a ver a todos retadoramente. He dejado a mis amigos atrás con cinco mojitos cada uno. ¡Ja! ¡Pobres imberbes! ¿Cómo osaron a retarme?, o ¿será que ellos ya pasaron por lo mismo y no piensan subestimar el poder de la bebida de la misma forma en que yo lo hice?

En mi mesa siguen hablando, riendo y fumando. Yo por el contrario comienzo a sentirme en el centro de un carrusel donde las otras mesas, la gente, las risas, las notas musicales y los choques de vasos pasean a mi alrededor. Llego a sentir náuseas leves. He llegado al punto en que uno dice: Aquí le debo de parar, o de lo contrario, voy a despertar sin camisa y abrazando la taza del baño.


Sin embargo me tomo hasta la última gota del octavo mojito, los últimos clavos de mi ataúd.


Ya afuera del lugar comienzan las habladurías, las necedades y las confesiones de borrachos impertinentes. Por alguna razón incomprensible un amigo se está bofeteando la cara. Dice ser un gran boxeador, y que puede resistir mucho y pegar muy fuerte. “Yo aguanto más”, le digo, y refuto lo antedicho por él con un fuertísimo puñetazo directo a mi cara que me hace dar media vuelta e irme de hocico en la bajadita donde está el bar. El vaso que me había robado del lugar sale volando al impactarme en la calle empedrada y mis codos se tiñen de sangre.



Casete borrado.



Llego a mi casa rebotando entre paredes y ventanas. ¡Es la llave roja! Y batallo mucho para meterla en la cerradura. Comienzo a marearme más y más, el piso se mueve y me causa náuseas horribles. Estoy completamente embrutecido. Es como si hubiera dado unas 50 vueltas sobre mi propio eje; todo gira como con Bugs Bunny y me marea más. ¡Qué asco tan insufrible! Mi sangre lleva alcohol a cada rincón de mi cuerpo e impide la sinapsis compleja dejando solamente actuar a las funciones más primitivas del cerebro. Mi instinto me dice que necesito sacarlo todo y enfriar mi cuerpo que bulle y se consume.

¡Corre al puto baño o te mueres!

Ahora sólo soy un animal moribundo luchando por su vida mientras se arrastra en su propia casa, envenenado. Mi cerebro percibe una realidad distorsionada: las escaleras y el camino hacia el baño serpentean en cámara lenta; es un universo deformado en espirales hipnotizantes. Frente al retrete, mi estómago expulsa todo lo que ya no puede conservar. Esta sensación es tan asquerosa como aliviadora. "Vomita hasta la última gota, sólo sigue respirando”, son las únicas palabras que mi cerebro puede razonar. Me desnudo, me meto a la regadera y me baño con un mar de agua helada, el cual no es suficiente para apagar mi magma etílico. Vuelvo a vomitar, una, dos, tres, hasta seis veces, quizá. Después trato de recostarme pero el mundo da vueltas mucho más rápido. ¡Quiero que se detenga, pero no puedo! Sigo teniendo demasiado asco. Insoportable. Vomito nuevamente, regreso a mi cama y se repite el tortuoso frenesí.

“Dios, nunca vuelvo a tomar así”, dije abrazando el escusado como si fuera mi madre. Una lágrima de arrepentimiento recorrió toda mi cara y cayó en el agua del retrete. ¡La expiación en el más inmundo y deprimente de los escenarios! Tan abajo, tan humillado y tan a la altura de un receptáculo de mierda. Innoble y repugnante imagen de la sombría muerte. Fue allí donde postrado, sucio, patético, despreciable y arrepentido comencé a darle un valor más alto a mi vida al brindarle un poco de consciencia a mis actos futuros.

Aquella noche tuve que dormir sentado, desnudo y con un ventilador apuntando directamente mi persona. Entre gimoteos, hipo, plegarias desesperadas y respiraciones dificultosas, al fin pude quedarme dormido. Había sobrevivido a la más larga y tormentosa noche de mi vida. Noche que por su puesto pude evitar si hubiera seguido los consejos de los viejos: “sal a beber con el estómago lleno”, y no precisamente lleno de alcohol. ¡Pendejo!

De las cosas que pueden pasar en un viernes de quincena cualquiera, a una persona cualquiera


Viernes. Quincena. Cubas con los compañeros de trabajo.

Muchos días como esos habían pasado para Mario durante este año. Sosteniendo su cigarrillo con una mano y un florero en la otra, Mario era dueño del mundo. Sonreía como sonríen los que sostienen un florero con una mano: con un ligero aire primaveral. Y con la inocencia de las primeras lluvias de febrero, no sabía que todo estaba a punto de valer verga.

Debió haberlo vislumbrado cuando, al dar un trago al florero le pareció la margarita mas detestable del mundo. Cuando vio que en realidad eran rosas, comprendió que ya estaba muy borracho. Las rosas siempre le han parecido deliciosas.

-¿Siempre tomas agua de rosas?- le preguntó ella con una sonrisa tan torcida que un hoyuelo de la nariz se le abría de más.
-Siempre.- Aseguró Mario con el convencimiento que viene tras 8 cubas.
-¿Sabes?, tengo rosas recién cortadas en mi casa. ¿Te gustaría un tesito? - le pregunto presurosa
-¿Con una nube de leche descremada? -
-Claro, como debe ser un buen te de rosas- y abrió aún más la fosa nasal izquierda.

Mario, hipnotizado por tan peculiar sonrisa, la siguió hasta el fin del mundo. Cuando el fin del mundo dice MOTEL PARIS.

Ella se adelantó para “ponerse cómoda”, mientras Mario terminaba con la transacción financiera con el encargado. “Ya valió verga”, pensó cuando vio que le faltaban 150 pesos para cubrir el importe de las 3 horas que cuestan en estos tiempos los niditos de amor. El encargado, comprensivo, aceptó que le pagase a la salida.

Como la comodidad verdadera sólo se encuentra cuando se está en pelotas, él se fue quitando la ropa para encontrarla a ella en el esplendor de todas sus colgantes carnes. Cerró los ojos y pensó en Adela Micha. Con la Micha en la cabeza y la otra debajo, se dedicó a hacer a lo que iba.

“Ya valió verga”, pensó Mario cuando la rigidez no era la suficiente para tan acrobática actividad. Culpo a la Micha y culpó al alcohol. Sin embargo, ella ponía ojitos de borrego con estrabismo y emitía gemiditos de ardilla apachurrada. Estaba fingiendo -por supuesto- y Mario se lo agradeció.

El final -de ella, claro- fue rápido y esperado, seguido de los halagos de siempre.
-Esta usted tan hermosa y delicada como un jarrito de tlaquepaque-
-¡Ay licenciado! ¡Que cosas dice!-
-Debe ser el agua de rosas, pero esta usted mas delgada que hace ocho días-
-¡Ay licenciado! Que cosas dice!- Mientras se enfundaba en unos calzones que bien podrían haber cobijado a un recién nacido o dos.

Ya iban saliendo del nidito de amor cuando Mario le dice con voz altamente varonil:
-Estelita, que pena, pero necesito que me preste 150 pesitos, el lunes se los repongo, preciosa.
-¡Ay licenciado! Que cosas dice!-

Y lo dejó en el Motel con la promesa de regresar por él y con los 150 pesos que sacaría de su tarjeta.

“Ya valió verga”, pensó Mario por tercera vez en esa noche, cuando al cabo de 50 minutos, Estelita no llegaba.”Ya valió verga”, volvió a pensar después de 2 horas y ante la mirada ganosa del encargado tuvo que aceptar el intercambio oral que le proponía para salir de ahí. “Si te la chupan sigues siendo hombre”-se convencía a sí mismo- “piensa en Adela Micha con bigotes”. Cuando la transacción terminó, Adela Micha estaría para siempre prohibida como fantasía sexual.

Salió del Motel París, encontrándose a Estelita estacionada. ¿Porque tardó tanto licenciado?. Mario se limitó a hacer un gruñido gangoso.

-¡Ay licenciado! ¡Que cosas dice!- rió ella con una coquetería que rivalizaba con el cortejo de las pingüinas del medio oeste de Alaska. Una vez sin su secretaria, se dirigió a su casa, con la esperanza que la borrachera sea tan fuerte, que olvidara lo que había pasado.

“¡Ya valió verga!” exclamó Mario fuertemente levantando las manos y llevándoselas a la cabeza cuando vio el auto de su suegra estacionado en la entrada de su casa. Intentando evitar la letanía de reproches sobre las horas de llegar y el estado inconveniente en el que venía que seguramente le proporcionaría su mujer y su chingada madre, Mario comenzó a subir el árbol que daba a la habitación de huéspedes.

La mujer salió al oir ruido. Un pájaro emprendió el vuelo. Un foco se encendió y Mario cayó de lo alto. “Ya valió verga” Exclamó la mujer al ver a Mario caer cual costal de papas gallegas. Mientras era llevado al hospital, la mujer y su chingada madre le reprochaban las horas de llegar, el estado inconveniente y la estupidez de subir árboles a esa edad y con esa complexión.

Mario descansaba en la cama del hospital. Por fin su mujer y su chingada madre se habían callado, puesto que se habían dormido. El Doctor entro a la habitación y le dijo la mala noticia:

-Ya lo he confirmado, es SIDA- dijo el Doctor con ecuanimidad
-¿Como es posible?- gritó Mario desencajado- ¡Si el encargado sólo me dio algunas chupaditas! ¿O sería Estelita? ¡Esa gorda caliente, buscona y mentirosa!.
-Esta confirmadísimo, señor.
-¡Pero ni sangre me han sacado!
-¿Que habitación es esta?
-La 4C- contestó la chingada madre
-Ah, entonces solo es un brazo roto, disculpen la confusión-

“Ya valiste verga”, adivinaba Mario el pensamiento de su mujer y su chingada madre.

jueves, 30 de octubre de 2008

Asústame pa.....



Había anunciado desde el día anterior que se inmolaría en protesta por la violación y muerte de una pequeña la semana pasada. Desde las primeras horas de la mañana, la gente comenzó a aglomerarse frente a la plaza pública con un morbo exacerbado. El hombre, petulante, aunque no poco impresionado por la acogida de su lamentable anuncio, fue recibido en medio de una ovación y, sin pensarlo dos veces, se vació encima un galón de gasolina. Pero cuando se disponía a encender el fósforo fatídico, sintió un frío escozor en lo más recóndito de su ser y por primera vez vio el rictus sardónico de la muerte. Quiso arrepentirse e intentó escapar, pero ya era demasiado tarde. La multitud se había abalanzado tras él en un bombardeo de fósforos encendidos y trapos empapados de gas, y él cayó envuelto en llamas mirando con rabia la burla de aquel crepúsculo de rostros desdibujados contra un cielo que, de pronto, se tornó gris, muy gris... infinitamente gris.
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