
Para ser sincera, nunca he sabido bien cómo hablar de mi rancho, ni qué rescatar de él. Bueno sí, tiene dos cosas muy buenas: la comida y sus mujeres. Fuera de ahí, creo que mi rancho es de las cosas más deprimentes que me ha tocado ver. Ay sí, soy una exagerada, por qué comparar mi pueblo con las cosas más tristes, cuando hay miles de lugares en el mundo donde toda la población pasa hambre, donde en vez de ver a un leon en la tele, lo tienes junto a ti mientras lavas la ropa en el río puramente contaminado del lugar, y ni es tan feo además. ¿Y qué? Sigo pensando que es feo, aburrido, triste, y siempre me da como alegria saber que ya no vivo ahí.
Remontémonos al momentito en que nací. En primer lugar, ya tenía el estigma marcado de mi padre: hombre conocido de una familia reconocida en un lugar que nadie debería disponerse a conocer. Comencé a leer antes de saber leer, y sin embargo, en mi pueblo sólo hay una biblioteca: pequeña, demacrada, donde nadie se para mas que para hacer tareas. Hay tres preparatorias, y desde que tengo memoria ha sido así. No hay cine. No hay cafés. No hay bares, pero hay algunas cantinas de mala muerte donde encuentras viejas celulosas y bien correteadas. Las verdaderas zorras están afuera: en las escuelas, en las aceras, en las taquerías, en los salones de belleza, ¿ya entendieron mi punto? mi pueblo tiene muchas mujeres así.
Sinónimo de honor: casarte con un narco y que te compre una casota. Usar uñas acrílicas enormes con brillitos y demás colguijes. Zapatos de tacon. Pelo hasta la cintura, alaciado como si fueran las babas del diablo, teñido de wero o de un negro saca corchos. Las mujeres/chicas/pubertas tienen muy fijo su futuro y metas. Esto es, que un hombre con dinero las pele, y que se las lleve y un dia, tal vez, taaaal vez, se case con ellas. Por eso si se dan una vuelta por mi pueblo podrán encontrar muchas camionetas con hombres de distintas edades esperando a las muchachitas en las secundarias y preparatorias. Claro, para mantener tan alta población de esa calidad, se necesitan dos cosas: tiendas de ropa y estéticas. Mi pueblo vomita salones de belleza y tienditas de ropa, como si las hubieran sembrado.
Ahora bien, tan apreciables mujeres sólo pueden ser merecedoras de un gran hombre. Trabajador, vivaracho, varonil, suspicaz. Por fortuna, todo eso te lo puedes ahorrar si tienes una buena pistola y una camionetita para asombrar a los suegros, y a la criaturita en cuestión, y a la familia, y al pueblo en general. Suena como telenovela, pero en mi rancho entran niños con armas a las escuelas, y nadie se da cuenta. Ya que lo notan, el niño amenaza a todos y menciona el nombre de su papá o de donde es. Todos se hacen los de la vista gorda, y las clases continúan. En las secundarias ya hay gatos que trabajan para narcos, aunque sea de los más bajos puestos. Sin embargo, ya por eso se creen dueños del mundo y extorcionan a quien se les pegue la gana. A los alumnos, a los profesores, ¿no me entediste? ¿quieres un plomazo entre los ojos?
Y en cuanto a héroes, tambien ahí tienen muy delimitado quienes son: los que usan sombrero, andan seguidos de guaruras, botas de piel de avestruz y que se las bailan todas. Realmente el nar-co es un modelo a seguir: los aman. Estoy segura de que algún dia les harán una celebración tipo Spiderman en la tercera película. El día que murió uno de los cabezales, hace ya muchos años, el pueblo entero estaba en duelo. Decían que era una gran persona, que les dolía mucho la pérdida, le compusieron su corrido para no perder la costumbre, todo el pueblo, o la gran mayoría, andaba de luto y fue al entierro. Hubo banda, los féretros eran de oro, tocó la banda El Recodo, dicen, y fue una gran fiesta.
Obviamente allá todos saben lo que hace cada quien. Muchas veces sabes con quien meterte, pero a veces no. ¿La brillante solución? pintarles el pelo a todos los que trabajan en eso, según el rango. Los cabezales mandaron que todos sus trabajadores, desde los gatos, se tiñeran el pelo del color respectivo al rango que manejaban. Eso no es todo, no nada más ellos se lo pintaban, sino sus mujeres e hijos también, para poderlos identificar. El día que eso comenzó, todas las estéticas estaban ocupadas. Se dice que entraron por montones exclusivamente para que se les pintara el pelo a la marabunta de personas que iban llegando.
Hubo un tiempo en que la gente intelectual, los sabios, los trabajadores, los honestos, eran gratificados y alabados por el vulgo. Tenían en un pedestal al señor escritor, todas querían ser la esposa del pintor, todos querían besar al músico y que les dedicara una canción, admiraban al escultor y hasta los bailarines tenían su séquito de fans. Nah, ya no. Seguro hay lugares hoy en día donde las cosas aún son así, pero en mi pueblito no. Cuando pensé de niña, que si pintaba un cuadro bonito, o escribía un lindo cuento, podría llegar a ser reconocida y admirada (yo varias veces lo pensé, cuando era niña) eso se fue desmoronando al pasar el tiempo, y realmente no me importó. Jamás alguien como yo, o como tú, o como alguien más, podrá ser alabado mientras no les asegures a todos vives en una casa donde cada órgano tuyo puede dormir en una habitación distinta, donde tus zapatos de cocodrilo en peligro de extinción cuestan más que mi casa entera, y donde no eres encantadora, risueña y te sientas en la pierna de un señor bigotón.
No odio mi pueblo, ni lo desprecio; simplemente no me agrada. Además, es inspiración de textos que de pronto tengo que escribir, como éste. ¿Ya ven?