Mostrando entradas con la etiqueta sueños de pueblo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sueños de pueblo. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de mayo de 2009

Y mira al cielo...



Mientras observo la cantidad absurda de coches y escucho atentamente, como mi piel se hace vieja cada segundo de tráfico, añoro la lejanía de la ciudad y los kilómetros de lote baldío que pueden extenderse al infinito. Mi abuela venía de un pueblo. Ella, callada y adusta como era, a veces rompía su silencio para platicar de los árboles, los chapulines, los riachuelos de su lugar de origen. Platicaba de como mataba a los conejos, de cuánto costaban las tortillas y de su padre que deseaba tener un niño, en vez de una niña. -Cuando muera, me gustaría ser un perro, no... mejor perro no, un árbol, para que nadie me esté chingando.

No rompía el sueño para decirle que los perros se chingan a los árboles.

Sin embargo, prefería imaginarme ese árbol enorme, en medio de un cerro, su sombra extendiéndose al sol de medio día. Es una imagen que a veces recuerdo, mientras los microbuses tocan sus cornetitas desesperadas y los taxistas se mientan la madre los unos a los otros. En el metro cierro los ojos, y miro a esos conejos escaparse en los matorrales, mientras una niña espera a que estos se atonten unos minutos y espera docilmente a que se apendejen, para que les pueda tronar el pescuezo. Una vida de pueblo no caería mal, pienso de vez en cuándo, mientras escucho al vecino platicar y carcajearse mientras toma, que ya está ahorrando para abrir su narcotiendita.

viernes, 8 de mayo de 2009

Chihuahua



Cuando estoy en el D.F. alguien sabe que soy de Chihuahua y me pregunta ¿Qué haces aquí?, respiro y pienso antes de contestar que qué lejos estoy del pueblo donde he nacido. Un estadote en donde deben pasar cuatro horas para salir de él. Un lugar que me gusta y que me duele al mismo tiempo, más últimamente. La ciudad donde vivía era (es) de una tranquilidad que raya al aburrimiento. En donde si tu plan de vida no se sale de lo establecido, puedes vivir sin mayor problema.

En donde si tienes la descabellada idea de hacer y vivir de alguna actividad artística es más difícil que en el resto del país, por algo José Vasconcelos decía que "la cultura termina donde empieza la carne asada"
En donde si eres monero y tienes la "genial" y "divertidísima" idea de hacer chistes sobre los intelectuales y los bautizas como "Intelectuales Chafitas", los susodichos locales se ponen el saco, se indignan y te acusan de mercenario de oscuros intereses. En donde el 80% de las exposiciones de pintura que hay son de señoras ricachonas que dibujan floreros. En donde están las estatuas más feas y absurdas de todo el mundo. En donde sólo hay dos periódicos. En donde las autoridades juegan a hacer eventos y festivales culturales que son amenizados por gente que sale en la televisión. En donde por la cercanía a Estados Unidos hay un tipo de obsesión por ser como ellos. En donde el narcotráfico se ha establecido y ha destruido la quietud de la gente.
La gente de Chihuahua que decimos "troca" en vez de "camioneta", "soda" en vez de "refresco", "puchar" en vez de "empujar", "moyote" en vez de "mosco" y "cheve" en vez de "chela".

Tal vez haya quien piensa que reniego de mi tierra. No es así, me gusta ser y decir que soy de Chihuahua. Me gusta añorar los espacios abiertos de mi ciudad, me gusta acordarme del cielo chihuahuense de las 7 de la tarde, me gusta pensar que puedes andar por la calle y no toparte con alguien en 2 cuadras, me gusta que me pregunten por Juan Gabriel, Tin Tan y Siquieiros, me gusta recordar que en donde nací el clima es norteño y atrabancado: cuando hace frío te congelas y cae nieve, y cuando hace calor el sol literalmente te quema y rostiza. Me gusta cuando me he regresado en camión del D.F. y a las 16 horas de camino comienzan a subirse los sombrerudos güeros de rancho que hablan golpeado a vender asaderos y tortillas de harina, cuando eso sucede siento que ya llegué.

Así que cuando estoy en el D.F. y alguien me pregunta qué hago ahí, después de respirar hondo, le respondo cualquier cosa.

Ciudad travesti.



Monterrey no es en esencia culta, cosmopolita, refinada y mucho menos bohemia. Ni modo, no nació así.

Pero Monterrey es un travesti aferrado a mirar en el espejo la imagen de lo que no es. Acaso, como diría la Agrado, uno es auténtico en la medida que se parece a lo que quiso ser.

El travesti no nació con su par de tetas y tenía una verga estorbosa. De niño lo vestían con ropa de hombre y lo educaron para ser macho. Por supuesto, no sabía cómo aplicarse cosméticos ni podía caminar en tacones. Pero un día decidió que quería ser mujer y tras años de esfuerzos, el travesti se miró al espejo y se enamoró de su imagen.

Monterrey, bronca, mojigata, provinciana e ignorante, se dio cuenta un día que eso de ser sacramentalmente inculta podía remediarse con sus millones de pesos.

Monterrey, al igual que el travesti, comenzó a maquillarse y construyó Marco, el Museo de Historia, trajo el Fórum. Se miró al espejo y cayó seducida ante su imagen. Soy insoportablemente culta. Soy más cosmopolita que el planeta Tierra.

Al ver al travesti, los hombres afirman: “está más buena que muchas morras y si me encuentra con cinco cheves capaz que hasta me lo cojo”.
Pues bien, yo contemplo a esta urbe travestida y a veces hasta pienso que parece la mera verdad, que en un descuido hasta me la cogería. Pero por más derroche en depilaciones y maquillaje, el travesti es hombre y algunas mañanas de cruda lo traiciona esa barba mal rasurada, de la misma forma que a esta ciudad la traicionan sus malos gustos, su irremediable vocación de nueva rica. Después de todo: ¿Qué chingados puedes esperar de una sociedad que hace de Julio Galán su máxima deidad artística?




PD- Monterrey tan atiborrada de destinos, de mil caminos de la vida (que en efecto, no son como imaginaba) Monterrey y la historia de mil y un primos e infinitos tíos, compadres, agregados y similares a los que vi por última vez tras el humo de una carne asada en los años ochenta. Las tías que hace 20 años te dijeron “qué grande estás, ya no crezcas, yo te cargaba de bebito ¿A poco ya entraste a la secundaria? ¿Y no me digas que ya tienes novia?” Y el primo que se casó, la prima que parió el mocoso número 141 y los compañeros de la primaria que nunca te pierden la pista aunque jamás hayas acudido a una reunión de ex alumnos: ¿supiste qué fue de ese pinche loco que se largó a Tijuana? Y los divorcios tan políticamente incorrectos todavía, los fracasos siempre disimulados. Las familias regiomontanas son artistas a la hora de maquillar la pobreza, de conjurar el temido “dicen le fue mal”, “quebró el negocio” y la siempre anhelada envidia del vecino, la casa en la Isla, la catoliquísima boda inmortalizada en el Sierra Madre y los que eran caguengues a los que yo cargaba a principios de los noventa hoy son petulantes terrores de la calle y dentro de siete o diez años estarán celebrando las mismas bodas católicamente convenientes y estarán bautizando güercos triplemente insoportables y la mía será la historia del pariente cada vez más lejano, el inadaptado ese que se autoexilió a Tijuana (¿dónde queda esa chingadera?) y el rosario de triunfos, fracasos rezado cada vez con más devoción, implorando la protección del dios estatus, inventando exorcismos contra el demonio de la miseria siempre al acecho.

jueves, 7 de mayo de 2009

Capital del mundo,sí, algún día...


Vivo en un pueblo wannabe, uno de esos lugares que se niegan a ser pueblos chicos, o en este caso, pueblotes, pero no se animan a ser ciudad, y que sin embargo se las dan de gran metrópoli. O sea, es muy wannabe.

Por ejemplo, muchos comercios siguen cerrando de 14:00 a 16:00.

Eso es de pueblo, ¿a poco no?

Algo que siempre se me ha hecho muy curioso es que abren algún lugar nuevo, desde una plaza hasta un jodido Walt-mart... y ahí verás a media ciudad extasiada, y no hablemos de los antros, para entrar al "de moda" tienes que sobreponerte al impacto inicial de llegar al lugar y ver un hormiguero de alaciados, tacones y nexteles que no te permiten ni siquiera ver la entrada, y aplicar la de "¡Fabrizio Fabrizio somos dos!", obviamente "conocer" al mentado Fabrizio, y esperar a que aplique o no su NRDA.

Ah, porque OBVIAMENTE toooooooooooooodo el mundo se conoce, no puedes hacer "nada malo" porque de seguro mañana lo va a saber toda la Uni porque... bueno, pues porque todo el mundo se conoce. Todos son primos de alguien, hermanos de alguien, hijos de alguien. Todos son "algo de alguien". Cosas de pueblo chico. Insisto, sólo en los pueblos todos se conocen, y se saben la vida de todos, y las intimidades de todos, y cuánto ganas y con quién te juntas y qué coche traes y a qué te dedicas y con quién te acuestas.

Y si no lo saben, se lo inventan.

Cuánto tienes cuánto vales, you know? Si tienes negocio propio, o si eres asalariado, o si te dedicas a la política, y bueno, OBVIAMENTE eres panista, ¿no? Y tus hijos son compañeros de clases de los hijos de los que fueron tus compañeros de clases, y van a sus reuniones de ex alumnos de la prepa (que daría lo mismo si fuera del kinder, de todos modos siempre fuiste a la escuela con las MISMAS personas), y sales en el periódico cada domingo al lado de la Nena de Sepaquién, y eres amigo de Equis porque su papá es dueño de tal, y novia de Equisdos que acaba de regresar de Inglaterra (se fue a aprender inglés, you know?), vas a misa todos los domingos, como si fuera social parade, para saliendo externar tu indignación porque como es posible que esa golfa rompe hogares se pare en la Casa del Señor, y si eres mujer, OBVIAMENTE debutaste en el cotillón.

Sí, "debutaste"... dios.

(Es que si no debutas, después ¿cómo vas a ser señora camioneta?)

Tenía una compañera en la universidad que era celebridad local, nuestra propia Paris Hilton, guapísima, descerebrada, y famosa por nada en particular, más que ser hija de gente "conocida". Un día alguien la mencionó en una conversación, y un compañero salió con un "Ah si, ¿sabías que es la puta más cara del PRI?" No era mi amiga, pero me caía bien, y siempre me ha desconcertado que la gente afirme, como si les constara. No me parece justo. A veces las personas dan por algo por hecho y sueltan comentarios a la ligera por verse importantes, por decir "yo sé algo de esa persona que tú no", como si importara, como si ellos importaran.

Muy wannabe, ¿ven?

No me malentiendan. A mi, este pueblote con ganas de ser ciudad, me gusta, la relativa tranquilidad, la cercanía con otras ciudades, el clima, tener todas las facilidades sin la inseguridad ni el estres que suele implicar una ciudad realmente grande, vamos, me haría viejita aquí. Cuando alguien lo critica es inevitable brincar.

Me gusta mi pueblo, aunque la gente (no toda) no tanto.

Los sueños popotleños del señor Nalgabruta



Lovecraft capturó al señor Nalgabruta y lo torturó mediante el sencillo recurso de negarle el agua.

El señor Nalgabruta sufrió los estragos de la sed. Olvidó su fortuna, olvidó la construcción de la cámara de éstasis en la Luna, olvidó el desastroso error de fechas del sistema operativo de su bot que lo despertó 100 millones de años más tarde, olvidó su búsqueda por la humanidad -de la cual Lovecraft se autoproclamaba destructor-. Y olvidó cómo se llamaba.

Su cerebro tortuoso y manirroto, no obstante, no aguardó quieto por algo tan nimio como falta de agua. Empezó a alucinar. El señor Nalgabruta pronto se vió transladado a un sitio en el que vivió en su juventud, antes de hacer su fortuna. Era la colonia Popotla en la ciudad de México.

Cuando el joven Nalgabruta fue a vivir a la ciudad de México lo hizo en la casa de la tía Concha, que era una parienta de su madre. La tía Concha vivía en un edificio de departamentos vetusto de una colonia aún más vetusta. El rasgo más notable de esa colonia era un pedazo de carbón al que la delegación rendía culto mediante una jardinera que los vecinos rellenaban de basura. Ese pedazo de carbón, otrora, había sido un ahuehuete inmenso al que se le atribuía protagonismo histórico: dicen que a su pie había había chillado Hernán Cortés cuando los aztecas se cansaron de corretearlo.

Al arribar el joven Nalgabruta a casa de la tía Concha, en la colonia vivían veinte veces más personas que en los sueños más alocados de los que la planearon. Las dos verdulerías y cinco tienditas de la colonia no bastaban para que los vecinos no se murieran de hambre, por lo que las autoridades se llevaron el pedazo de carbón que había sido el Árbol de la Noche Triste a un museo y dieron permiso para que ahí se construyera un supermercado que vendía a precios exhorbitantes la comida. En el trayecto al museo, se perdió el pedazo de carbón.

Las casonas de la colonia sólo conservaban sus fachadas originales; sus rellenos habían sido depredados por genios de la construcción y de los bienes raíces. Las antiguas casonas se habían convertido en edificios de departamentos donde vivían decenas de familias. Esos departamentos se construían con cascajo por lo que a sus habitantes les era posible saber qué estaban discutiendo los vecinos de junto o qué estaban preparando para comer los de abajo.

Además del árbol histórico carbonizado, la colonia tenía otros sitios de interés. Había, por ejemplo, un gran edificio rodeado de jardines y de una pista para correr. Era el Antiguo Colegio Militar. El señor Nalgabruta sólo lo conoció por fotografías porque cuando llegó a vivir con la tía Concha, el edificio estaba abandonado y en ruinas debido a los disturbios sociales del 2050. La gente, ignorante y supersticiosa, decía que allí se aparecían los soldados que la ciudadanía sodomizó y cuyas almas no encontraban reposo.

Una colonia vecina de la Popotla se llamaba Casco de Santo Tomás. Una plática recurrente de la tía Concha consistía en contar la cantidad de novios que había tenido cuando había ido a estudiar en el campus del IPN, cuarenta años antes. Al joven Nalgabruta le gustaba entretenerse recordando las historias de su tía mientras caminaba por el páramo en el que se había convertido el Poli. También le gustaba acordarse cuando, siendo niño, vió por televisión a un reportero desquiciado que llorando había dado la nota de que un estudiante detonó una minibomba atómíca que dejó aplanadas siete cuadras a la redonda. Lo que nadie supo explicar fue cómo hizo un estudiante de un campus donde nomás enseñaban medicina y contabilidad para fabricar y detonar un arma atómica que casi no dejara radiación.

El lugar favorito del joven Nalgabruta en las cercanías era uno que desde el siglo XX llamaban Plan Sexenal. Los vecinos más añejos de la Popotla contaban, a babeos por sus encías desdentadas, que ahí hubieron alberca olímpica, gimnasio, pista de atletismo, campo de futbol, canchas de basketball y hasta pista hípica. La destrucción de la minibomba atómica del Poli no alcanzó a afectar el área enorme que ocupaba el Plan Sexenal. Se había convertido en un erial por otras razones: durante la hambruna de 2060, los vecinos asaltaron el Plan Sexenal para usar a los inquilinos de los establos como sustento. Las autoridades delegacionales se lamentaron tanto del hecho que decidieron abandonar el subsidio al Plan Sexenal. Al joven Nalgabruta le gustaba imaginarse a los vecinos hambrientos preparando una barbacoa de caballo a mitad del campo de futbol.

Trancurrió el tiempo y el señor Nalgabruta emigró. Vivió en varias ciudades del orbe pero siembre le gustaba acordarse de la colonia Popotla de la Ciudad de México. Era un lugar horrible, hacinado y escenario de desgracias y desastres. Y por eso a él le gustaba.

Los recuerdos alucinatorios del señor Nalgabruta fueron interrumpidos por Lovecraft que lo sacó de su encierro y le mostró una vasija con agua.

- Antes de que tomes agua me vas a platicar cómo hacer para extraer los cronotones que tu cámara de estasis guardó durante millones de años.

El señor Nalgabruta arrastró las palabras.

- No los puedes usar. Nadie puede.

- Cierto, yo no puedo. Pero Yog Sothoth sí puede.

miércoles, 6 de mayo de 2009

GTA: Sinaloa




Para ser sincera, nunca he sabido bien cómo hablar de mi rancho, ni qué rescatar de él. Bueno sí, tiene dos cosas muy buenas: la comida y sus mujeres. Fuera de ahí, creo que mi rancho es de las cosas más deprimentes que me ha tocado ver. Ay sí, soy una exagerada, por qué comparar mi pueblo con las cosas más tristes, cuando hay miles de lugares en el mundo donde toda la población pasa hambre, donde en vez de ver a un leon en la tele, lo tienes junto a ti mientras lavas la ropa en el río puramente contaminado del lugar, y ni es tan feo además. ¿Y qué? Sigo pensando que es feo, aburrido, triste, y siempre me da como alegria saber que ya no vivo ahí.

Remontémonos al momentito en que nací. En primer lugar, ya tenía el estigma marcado de mi padre: hombre conocido de una familia reconocida en un lugar que nadie debería disponerse a conocer. Comencé a leer antes de saber leer, y sin embargo, en mi pueblo sólo hay una biblioteca: pequeña, demacrada, donde nadie se para mas que para hacer tareas. Hay tres preparatorias, y desde que tengo memoria ha sido así. No hay cine. No hay cafés. No hay bares, pero hay algunas cantinas de mala muerte donde encuentras viejas celulosas y bien correteadas. Las verdaderas zorras están afuera: en las escuelas, en las aceras, en las taquerías, en los salones de belleza, ¿ya entendieron mi punto? mi pueblo tiene muchas mujeres así.

Sinónimo de honor: casarte con un narco y que te compre una casota. Usar uñas acrílicas enormes con brillitos y demás colguijes. Zapatos de tacon. Pelo hasta la cintura, alaciado como si fueran las babas del diablo, teñido de wero o de un negro saca corchos. Las mujeres/chicas/pubertas tienen muy fijo su futuro y metas. Esto es, que un hombre con dinero las pele, y que se las lleve y un dia, tal vez, taaaal vez, se case con ellas. Por eso si se dan una vuelta por mi pueblo podrán encontrar muchas camionetas con hombres de distintas edades esperando a las muchachitas en las secundarias y preparatorias. Claro, para mantener tan alta población de esa calidad, se necesitan dos cosas: tiendas de ropa y estéticas. Mi pueblo vomita salones de belleza y tienditas de ropa, como si las hubieran sembrado.

Ahora bien, tan apreciables mujeres sólo pueden ser merecedoras de un gran hombre. Trabajador, vivaracho, varonil, suspicaz. Por fortuna, todo eso te lo puedes ahorrar si tienes una buena pistola y una camionetita para asombrar a los suegros, y a la criaturita en cuestión, y a la familia, y al pueblo en general. Suena como telenovela, pero en mi rancho entran niños con armas a las escuelas, y nadie se da cuenta. Ya que lo notan, el niño amenaza a todos y menciona el nombre de su papá o de donde es. Todos se hacen los de la vista gorda, y las clases continúan. En las secundarias ya hay gatos que trabajan para narcos, aunque sea de los más bajos puestos. Sin embargo, ya por eso se creen dueños del mundo y extorcionan a quien se les pegue la gana. A los alumnos, a los profesores, ¿no me entediste? ¿quieres un plomazo entre los ojos?

Y en cuanto a héroes, tambien ahí tienen muy delimitado quienes son: los que usan sombrero, andan seguidos de guaruras, botas de piel de avestruz y que se las bailan todas. Realmente el nar-co es un modelo a seguir: los aman. Estoy segura de que algún dia les harán una celebración tipo Spiderman en la tercera película. El día que murió uno de los cabezales, hace ya muchos años, el pueblo entero estaba en duelo. Decían que era una gran persona, que les dolía mucho la pérdida, le compusieron su corrido para no perder la costumbre, todo el pueblo, o la gran mayoría, andaba de luto y fue al entierro. Hubo banda, los féretros eran de oro, tocó la banda El Recodo, dicen, y fue una gran fiesta.

Obviamente allá todos saben lo que hace cada quien. Muchas veces sabes con quien meterte, pero a veces no. ¿La brillante solución? pintarles el pelo a todos los que trabajan en eso, según el rango. Los cabezales mandaron que todos sus trabajadores, desde los gatos, se tiñeran el pelo del color respectivo al rango que manejaban. Eso no es todo, no nada más ellos se lo pintaban, sino sus mujeres e hijos también, para poderlos identificar. El día que eso comenzó, todas las estéticas estaban ocupadas. Se dice que entraron por montones exclusivamente para que se les pintara el pelo a la marabunta de personas que iban llegando.


Hubo un tiempo en que la gente intelectual, los sabios, los trabajadores, los honestos, eran gratificados y alabados por el vulgo. Tenían en un pedestal al señor escritor, todas querían ser la esposa del pintor, todos querían besar al músico y que les dedicara una canción, admiraban al escultor y hasta los bailarines tenían su séquito de fans. Nah, ya no. Seguro hay lugares hoy en día donde las cosas aún son así, pero en mi pueblito no. Cuando pensé de niña, que si pintaba un cuadro bonito, o escribía un lindo cuento, podría llegar a ser reconocida y admirada (yo varias veces lo pensé, cuando era niña) eso se fue desmoronando al pasar el tiempo, y realmente no me importó. Jamás alguien como yo, o como tú, o como alguien más, podrá ser alabado mientras no les asegures a todos vives en una casa donde cada órgano tuyo puede dormir en una habitación distinta, donde tus zapatos de cocodrilo en peligro de extinción cuestan más que mi casa entera, y donde no eres encantadora, risueña y te sientas en la pierna de un señor bigotón.




No odio mi pueblo, ni lo desprecio; simplemente no me agrada. Además, es inspiración de textos que de pronto tengo que escribir, como éste. ¿Ya ven?

Apología de mi pueblo.



Llegué a Querétaro hace casi veinte años. La mayoría de las calles estaban empedradas. Sólo el centro histórico y algunas colonias residenciales tenían adoquín. Había sólo dos centros comerciales y un par de salas de cines. Frente al Jardín Zenea (la plaza principal) había un local que vendía “pan de ayer” en donde uno podía comprar, por la mitad de precio, gansitos duros y chocorroles aplastados que ya habían cumplido con su tiempo de exhibición en los anaqueles de las tienditas. En La Plaza de la Constitución (donde esta la estatua de la Corregidora) la mayoría de los locales vendían sombreros, botas y aparejos para monturas.

Llegué a vivir a un complejo de edificios (en la calle Primavera, barrio de San Sebastian) que estaban recién construidos, por lo tanto, estaban llenos de fuereños. A los doce años, todos los amigos que tenía venían de diferentes puntos de la republica. El único niño queretano que vivía ahí nos veía feo a los demás.

Lo mismo en la secundaria a la que entre, que aunque era “de paga”, básicamente consistía en un refugio de corridos y reprobados de otras escuelas. Ahí también sentí las miradas de rechazo de los locales por ser chilango. En realidad no era gran problema, porque ahí también la mayoría de la población venia de fuera y las cosas se nivelaban.

Los queretanos de esa época eran increíblemente cerrados. No es que fueran prepotentes ni que se sintieran superiores, simplemente no les gustaban todos esos fuereños que empezaban a llenar su ciudad. Su legendaria mocheria era cierta; aún hace algunos años, la gente se cambiaba de banqueta para no cruzarse conmigo cuando me veían venir con una playera que dejaba ver el tatuaje en mi brazo.

Fue hasta hace unos diez años, cuando empezó el boom comercial, que Querétaro comenzó a abrirse un poco mas. Con la llegada de todos los centros comerciales, franquicias e industriales, la actitud de los queretanos empezó a cambiar. Hace bastante tiempo que, en lo personal, aquella actitud pueblerina no la veo más que en las bromas y jodas obligadas con mis amigos nativos. “Pinche chilango de mierda” me dicen, “Cállate y vete a comer garbanza” respondo. Pero hasta ahí llega, no hay mucha más tela de donde cortar, puesto que en su mayoría, la gente que lleva mucho tiempo viviendo aquí, se considera adoptada por Querétaro. En mi caso, me emputa ver cuando un auto chilango tira basura por la ventana o se pasa un alto. Muchas veces me les he emparejado para gritar “No estas en el DF, cabrón”.

Algo tengo que reconocerle a Querétaro: a diferencia de otras ciudades, jamás se ha sentido cosmopolita. Los queretanos aceptamos que somos pueblerinos y, sobre todo, que así estamos bien. Es muy probable que esto se deba a la cercanía con la Ciudad de México (hora y media manejando), porque tenemos lo mejor de los dos mundos: la relativa tranquilidad y maniobrabilidad de provincia y la cercanía con el epicentro cultural del país. Tenemos la gran mayoría de las franquicias para la vida diaria y para eventos o necesidades especiales, un par de horas de viaje lo solucionan (lo mismo que le toma a un chilango trasladarse del norte al sur de su ciudad).

Muchos chilangos recién llegados se quejan de lo aburrido que es Querétaro. Mi respuesta es siempre la misma: “No es aburrido, simplemente, de pronto te encuentras con tres horas libres al día que antes perdías en el trafico. Búscate algo que hacer” Por lo general esta actitud no dura mucho y al poco tiempo se adaptan y adoptan. Claro que existen muchas ratas de ciudad que sencillamente no pueden superar su necesidad de histeria citadina y abandonan este pueblo. El enorme crecimiento que ha tenido Querétaro en los últimos años prueba que son los menos.

Por eso, al pensar en el tema de esta semana, no pude darle un tono sarcástico; aunque creciendo caóticamente por fuera, por dentro seguimos siendo pueblerinos. Y estamos contentos con eso.

Solo tengo una queja de Querétaro: que tiene uno de los porcentajes más altos de mujeres feas por metro cuadrado del país. Y esto ocasiona que las escasas mujeres bonitas se sientan hechas a mano. Por favor tapatíos, manden algo.


martes, 5 de mayo de 2009

Sueños son



El licenciado, el funcionario, el jefe, el que las puede, el que las paga, el que usa traje y corbata.

La virgen, la bonita, la codiciada, la consentida, la que no baila y no se sube a los carros, la que se cotiza y se da a respetar.

La beata, la pura, la que juzga, la que sabe, la que regaña, la que aconseja, la que enciende los cirios y recoge la limosna.

El chicho, el valedor, el de la nave, el que picha, el ligador, el que madrea bien fuerte, el que hace el paro.

La que zurce y borda y cocina; la que peina a los niños, va a las juntas de padres de familia y organiza la kermés.

La de los dieces, la falda tableada, el sándwich de jamón cortado en cuatro sin orillitas; la del cuadro de honor y el limón en el pelo.

El de los goles, el que pasa lista, el abanderado, el que regresa los cambios, el que estrenó bici y domina el Wii.

En este pueblo todos sueñan nomás para sí.

Porque el licenciado sabe que la bonita ya no es virgen. La bonita desprecia la vida de la que zurce. La que zurce sabe que el chicho se tira a la beata. El chicho le rola un toque al de los goles. El de los goles conoce por dentro la falda de la de los dieces. La de los dieces sabe que el traje y corbata de su papá se pagan a plazos. La beata le ha echado el ojo al licenciado.

Y la que zurce y borda y cocina odia que el de los goles le haya dejado estrías en el vientre; le gustaría que un día le chingara un cambio, para tener pretexto y voltearle la jeta de un golpe. El de los goles sabe que la beata se roba las limosnas; aprieta los dientes cuando lo sermonea en el catecismo. La beata sabe que la bonita tiene tetas de diosa: el chicho se lo dijo mientras le metía un dedo. El chicho no le cuenta a nadie -más que a la beata- que le gusta que le peguen en las nalgas cuando se va venir. La bonita le sonríe al licenciado cuando lo ve pasar; de seguir arreglando las corbatas de su papá, mejor arreglaría las de el burocratita ese. El licenciado está hasta la madre de comerse ese sándwich partido en cuatro; qué pendejita le salió la hija. A veces la ayuda a peinarse; entonces le jala el pelo y le pone limón.

Y el licenciado sueña con trabajar un día en Hacienda, pero nunca obtuvo el título de contador. La bonita sueña con casarse de blanco, pero la neta, ni en su primera comunión. La que zurce piensa qué hubiera sido de ella si en su casa no le hubieran dicho que el aborto era pecado. El de los goles quisiera tener una mamá secretaria, que no jodiera todo el día en la casa. La de los dieces quisiera una mamá que la peinara, porque su papá luego es bien brusco. El chicho sueña con irse a San Francisco: le gustaría comprarse un traje de cuero, de esos que dejan las nalgas de fuera. La beata sin dudarlo se iría con él.

El fin de semana, ya se sabe, todos se encuentran; cada quien sueña su sueño, como en cada pueblo, como en cada rincón. “Que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.

lunes, 4 de mayo de 2009

Un día de éstos, óyeme bien...

Ser regio y al mismo tiempo despreciar a Monterrey no es un acto de traición sino de supervivencia.
Los que aquí nacimos resistimos a la ciudad porque nuestro sueño más feroz es poder largarnos de aquí algún día. Somos como el náufrago que pretende salvarse de la deshidratación a bordo de una canoa nomás porque se tiene prometido llegar a tierra firme (chaqueta mental por excelencia). O como el doctor que soporta los insultos del enfermo terminal por obvias razones.
Nuestra meta es aguantar bara hasta que el hartazgo llegue a bandera roja y entonces sí pintarle un dedo al Cerro de la Silla, a la sociedad pretensiosa, pero sobre todo a esa manía de meterse con la vida del prójimo tan usual en el ADN del norestense promedio.
"Un día de éstos me verán ir pero jamás venir", amenaza un regio a sus similares poco antes de enrielarse a sus labores o perezas cotidianas. Los demás lo miran con reservas, pues no hay nada más chocante que ver a uno de los nuestros triunfar en el extranjero, y entiéndase triunfar como ese acto valiente de mutilar el arraigo familiar para establecerse en sociedades en donde lo menos importante es saber cuántos hijos tiene, en qué trabaja, cuándo se casó y cuánto paga de renta nuestro vecino.
Monterrey es un pueblo que se sueña ciudad. Muchos de sus habitantes se toleran con la esperanza de jamás volver a verse uno de estos días. Y sin embargo, se vive bien. O al menos ésta es otra de las fantasías que nos repetimos minutos, días o años previos al despegue.
Blogalaxia