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domingo, 19 de abril de 2009

A mi edad.


"A tu edad" precede muy-aburridos discursos, donde los mayores instruyen a los que consideran mas pequeños. Cuando leí que el tema era "A tu edad", me imaginé al viejito sin dientes moviendo la quijada como vaca todavía con el bonche de pasto en la boca.

Tal vez por eso es de las frases preferidas cuando alecciono a mi hermano: "A tu edad, los celulares eran enormes y caros. El más pequeño era una chingaderita llamada Startac" y de ahí, lo más fácil es guiarse por las facilidades tecnológicas que nos ha hecho más huevones para hacerle entender, pues, que no sea huevón... mientras que uno, en su interior, guarda su propia pereza disfrazada con otros métodos y otros ocios. "A tu edad, usaba una pentium algún-número y esperaba horas a que arrancara la máquina, ah, y usaba windows 98".

Después, ¿por qué no? Siguen también las agudas observaciones sociales (falsas e ilusorias) que nadie más que nosotros mismos y nuestro círculo generacional parecen notar: "No había tantos emos, es más, creo que ni los había. Se les llamaba distinto... creo que se les llamaba panistas", "A tu edad, tenía que soportar un sistema de gobierno cuasi dictatorial con el PRI, no no no... siempre, era el único que ganaba, fue un trauma reconocer la posibilidad que había otros partidos para la presidencia de la República", "A tu edad, bailaba RAP y era lo chingón, ¡mira mis pasos!".

"A tu edad", es una medición de inteligencia y buen gusto. Es una comparación menos cruel, para hacernos creer que envejecer no es tan malo. Cuando los hermanos terminan, empiezan los sobrinos y luego los nietos, luego los pobres cuarenta y tantos chamacos en una aula, que lo miran a uno con malicia, los niños solitarios en el camión o en el metro que lo confunden a uno con un pedófilo por hablarle azarosamente, los jovencitos rebeldes que le pusieron la piedra enfrente al bastón para el viejito cascarrabias. Las víctimas se vuelven escasas, el tiempo sigue pasando... sí, a tu edad, lamentablemente, es más fácil escribir este tipo de chingaderas y un pobre abuelito en Youtube, espera gozoso que las oigas.

No tengo Edad

DOMINGO, 19 DE ABRIL DE 2009



La edad es injusta, estúpida, y olvidable. Es un estándar precario de elementos, que trata de categorizar nuestras capacidades, madurez, habilidades, experiencias, en un simple numerito que ofende, o beneficia; que vende o simplemente pasa de moda; que da y quita en simples términos.

Ésta cultura que rinde culto a la juventud, donde se va desde cuadros como la bulimia hasta la recién publicitada vigorexia, elimina por completo ser por todo lo demás, menos la edad. Somos, a pesar de la edad, a pesar de que las nalgas nos cuelguen con celulitis.

Veo, con lástima que el reloj nos rebasa a todos. Que las viejas se estresan porque los años les pasan sin tener su primer hijo, y más comúnmente, que se les pasan los días sin encontrar un cabrón lo suficientemente old-school para que se haga cargo del gasto, la leche y la luz y provea de los espermas necesarios para hacerla felizmente señora. Que los profesionistas se estresen y hasta desgreñen por un puesto u otro, y su consiguiente esquema de pago, de ser gerentes a los treinta, de ser directivos a los cuarenta, de tener una maestría aquí y una allá antes de los treinta y más. Desde niños, ser el burro que tiene trece años en sexto de primaria es motivo de burla, de pena; es el tema que evadimos comentar en el pastel de la abuelita.

Y así pasamos evadiendo, un "a tu edad yo..." , que te escupe de frente un ruco entrometido, quizá hasta nuestro propio padre. No sabes sí quiere sustentar que fue muy chingón, o solamente chingar. Y a quién le importa la edad a final de cuentas, a quien le importa hacer o no hacer a tal o cual edad. La edad no es nada. Y yo, justamente acepto dignamente, que a mi edad, a mi edad... no he hecho nada. Y que precisamente para no entrar al juego de cualquier canoso mentiroso, tampoco me interesa hacer lo que a su edad estén haciendo otros: manteniendo sus trabajos de yuppies, estudiando sus maestrías sobrevaloradas, comprando hipotecas impagables, casándose con mujeres hiper-urgidas y queriendo huir del reloj hundiéndose en el juego de la edad, y de la pena.

A la verga.

Yo no tengo edad.

viernes, 17 de abril de 2009

Suicidarse a los 29.



La edad, tu edad, mi edad. Esclavos somos de esa puerca patrona. En plan rimbombante, puedo afirmar que estoy por cumplir seis años de tiempo extra en la existencia. Sucede que mi ambicioso y concienzudo plan de vida contemplaba morir a los 29 años o antes. Hay varios millones de tipos, de esos que presumen tener visión de futuro, cuya labor es engordar las finanzas de las compañías de seguros, tipejos que a los 25 yacen trazando su plan de vuelo para la edad adulta y la vejez, con la certeza de que al llegar a los 60 habrán pagado la hipoteca de sus casas y la universidad privada de sus hijos.

Hay otra horda de tipejos, mucho más numerosa que la primera por cierto, a los que simplemente les vale reverenda madre lo que pase el día de mañana. Personajes para los que ese sustantivo abstracto llamado futuro forma parte de la literatura de ficción, pues la prioridad absoluta para ellos es, en el mejor de los casos, resolver el presente inmediato asegurando la tortilla del día. Pues bien, en mi adolescencia yo podía presumir ser un joven con visión de futuro, con total certeza de lo que acarrearían para mí los días venideros; resulta que yo, al igual que las latas de atún, tenía fecha de caducidad y acaso hasta me hubiera hecho un tatuaje en letras pequeñas donde se leyera: “consumase antes de los 29 años”.

Esa idea de morir antes de los 30 me parecía el colmo de lo… ¿cómo carajos llamarlo? ¿Romántico suena muy cursi? ¿Heroico tal vez? Y no, nunca he admirado a James Dean, ni a Kurt Cobain ni a ningún pendejo por el estilo. Digo, Joy Division aguanta, pero de ahí a querer imitar a Ian Curtis…y sí, también leí El Joven Werther, pero tampoco fui vulnerable al contagio que llevó al suicidio a tantos alemancitos enamoradizos en el Siglo XVIII. No, nada de eso. Lo que sí tenía demasiado claro es que no quería ser viejo y la sola idea de tener más de 30 años me asqueaba al extremo. No era que quisiera cometer un suicidio ritual o que fuera a fijar una fecha para inmolarme mientras escuchaba Canción para mi Muerte, Suicide Solution o Excuse Me While I Kill MY Self. Ni madres. Sin embargo, seguro estaba de que 30 velitas no apagaba.

En tiempos más anarcos me daba por afirmar que planearía un atentado contra un presidente, o ya de perdis contra un gobernador, y que una vez logrado mi cometido, me pegaría un plomazo con la bala restante o me tragaría una pastilla de cianuro como intentó hacer sin éxito, Gabrilo Princip, luego de descabechase al archiduque Francisco Fernando en Sarajevo. Cuando empecé a chapotear en los fangos del periodismo, me imaginé una y mil veces como corresponsal de guerra que perecía en el frente correteando la noticia. No era que estuviera deprimido u odiara la existencia, pero tenía muy claro que de los 30 no pasaba. Me imaginaban también muerto en un accidente o como una víctima más de la violencia fronteriza. Pero un día cumplí 30, 31, 32 y …la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido o cuyo sentido se renueva cada mañana.

Al momento de escribir esto, estoy a punto de pronunciar la frase inicial de la Divina Comedia, “al llegar a la mitad del camino de nuestra vida”, que según los estudiosos de Dante son los 35 años. Estoy ya en los terruños de la “línea de sombra “ de Conrad y ¿saben qué?..., Experimento algo parecido a eso que llaman felicidad o emoción por vivir. Viene entonces la pregunta ¿Por qué carajos estoy vivo? Pues sencillamente porque sí, porque estoy contento de estarlo. Y ojo, no se me confundan: no tuve ninguna revelación divina, ni se me apareció un ángel cuando yo estaba con la pistola en la sien, ni me hice cristiano o budista ni encontré el sentido de la vida en un libro de Paulo Cohelo ni me hice abstemio o devorador de chatarra orgánica, practicante de yoga o alguna de esas pendejadas que les da por hacer a los adultos que juegan a quererse a sí mismos.

Sigo estando seguro, con mayor convicción que en la adolescencia, de que Dios no existe ni existirá. Sigo bebiendo y deseo poder beber un buen vino el último día de mi vida (en el momento en que escribo esto disfruto un whiskocho mientras escucho un disco de Kreator). Como me llevo de cachete y nalgada con mi consejera La Muerte, no me asusta mucho la idea de morir esta noche, pero eso no me ha asustado nunca. Lo que es noticia de ocho columnas, es que ya no me asusta la idea de vivir 70 años. Amo a mi esposa más que en mi primer día de matrimonio, me emociona contemplar el mar cada mañana y caminar por la playa en las tardes.

Se que en el mundo hay mil y un ciudades que aún no he visitado y que me emocionaré cuando camine por primera vez por sus calles, como me emocioné hace un par de semanas caminando por Shanghai bajo la lluvia o navegando a la media noche por el Río de Nanjing. Me falta visitar Estambul, Río de Janeiro, San Petersburgo y jamás llenaré de Buenos Aires o Praga. Cada libro no leído me contempla desde la librería como una promesa de viaje a otro mundo y se que al menos de cada diez, uno será muy chingón y pedirá inmediata relectura. El domingo pasado un amigo me dio a probar un vino que sabía a sangre de dioses (¿a qué chingados sabe la sangre de los dioses Daniel?), los poquitos goles que anotan mis Tigres los grito con euforia y soy capaz de slamear como chamaco en una tocada metalera.

Y por cierto, todavía deseo ser corresponsal de guerra, pero lo de morir en el frente ya no es prioridad, si bien tampoco me aterra. Cae la tarde, la música suena (¿o retumba?) puedo morir esta noche o aguantar hasta el 2050. A tú edad, a mi edad, al minuto uno, al noventa o en tiempo de compensación. Por lo pronto, Mefistófeles está ahí con la pluma en la mano esperando a que le firme el pacto y Dorian Gray vino a recomendarme al pintor de su retrato. Les dije que vuelvan mañana. Ahí a la vuelta compa.


jueves, 16 de abril de 2009

El abuelo del señor Nalgabruta


Pasaron 2 días de 48 horas, en los que el señor Nalgabruta recolectó gusanos de maguey y reprogramó al bot. Al terminar dijo:

- Escucha bot. Tu tarea será reconstruir la cápsula. Como caímos en medio del desierto y no en una tienda de refacciones tendrás que arreglártelas con los propios materiales de la cápsula. No interesa que esta no sea capaz de regresar a la Luna. Lo que es imperativo es que salgas del agujero en el que estás metido y te puedas mover. El medio de locomoción lo dejo a tu elección. Mientras tanto yo iré al sur hacia esa señal de radio que detectaste antes de estrellarnos. Llevo un transmisor que a su vez emite una señal que sólo alguien muy bruto podría confundir. Así me encontrarás. ¿Entendíste?

- Sí, señor – dijo el bot.

El señor Nalgabruta que no tenía mucha confianza en la IA del bot pensaba que esa era la última conversación que tendría, máxime que la Tierra se había convertido en un páramo desértico, habitado sólo por gusanos y plantas. Se equivocaba.

Al principio no le fue mal. Comenzaba a caminar al atardecer y según sus cálculos avanzaba 70 kms en la noche antes de que el sol lo obligara a buscar refugio. Cuando no hallaba hacía un túnel en algún promontorio cercano con su cañón sónico y ahí pasaba las horas más calurosas del día que eran 29 en esa época del año. Cuando atardecía salía de su refugio, comía sus gusanos de maguey, bebía de su cantimplora y reanudaba la caminata. El señor Nalgabruta que sabía muchas cosas pero que en neurología era un asno no se daba cuenta que aunque llevara comida y agua y un paso moderado estaba en la antesala de tener un episodio psicótico debido a al transtorno que padecía su ciclo circadiano que intentaba sincronizarse a los días de 48 horas. Alguien que hubiera despertado en Paris y hubiera volado a México le podría haber contado del jet-lag y de lo que provocaba el insomnio prolongado.

Al cabo del quinto día, el señor Nalgabruta comenzó a tener alucinaciones.

Despertó de su larguísima siesta como siempre y salió. Se estaba quedando sin agua y usó su cañon sónico para aflorar un manantial subterráneo que detectó en la víspera. Estaba en esa operación cuando se le apareció su abuelo.

El señor Nalgabruta no creía en fantasmas ni en las idioteces que pregonaban sus contemporáneos hace 100 millones de años sobre la existencia de entidades como el alma o el más allá. Pero eso no lo hizo sorprenderse menos.

La aparición de su abuelo habló.

- Yo a tu edad ya me había cogido a más de cien viejas – dijo.

El señor Nalgabruta reflexionó al respecto. Mientras estuvo vivo su abuelo siempre respondió a cualquier logro, pequeño o grande, del señor Nalgabruta con esa frase.

- Ahora ya no hay ni viejas ni humanidad. Así que no puedo hacer nada al respecto ¿no es cierto? - contestó el señor Nalgabruta dándose cuenta que estaba platicando con un producto de su mente transtornada.

Cuando el señor Nalgabruta terminó de llenar la cantimplora su abuelo ya no estaba ahí. Decidió aumentar al doble su ración de gusanos de maguey esperando que tuvieran el litio suficiente para ahorrarle más apariciones de su abuelo, un señor a quien nunca pudo complacer.

Faltaban más de 400 kms para llegar a la fuente de la señal de radio que emitía la música que había escuchado antes de estrellarse. Debido a la alucinación reciente el señor Nalgabruta se preguntó si lo que él pensaba que era música no sería en realidad una pareidolia auditiva. Sólo había una forma de averiguarlo.

Continuó avanzando. Dos días más tarde, durante la caminata, su abuelo se apareció otra vez para decirle:

- A tu edad me había yo cogido a más de cien viejas.

El señor Nalgabruta esta vez no se alarmó. Reviró.

- Bah. Me hubieras impresionado más si te las hubieras cogido al mismo tiempo, abuelo.

Su abuelo volvió a donde solía estar. A las circunvoluciones cerebrales del señor Nalgabruta.

Pasaron otros cinco días. El señor Nalgabruta estaba muy cansado de caminar y de mal dormir y de pasar en vigilia tantas horas seguidas. Se preguntaba si se colapsaría antes de que su ciclo circadiano se ajustara al día terrestre.

En ese lapso su abuelo se le siguió apareciendo esporádicamente para informarle que a su edad ya se había cogido a 100 viejas. A la decima aparición el señor Nalgabruta ya no le importaba si eran 100, 1000 o 10,000 las mujeres que su abuelo se había cogido. A la décimo quinta aparición dejó de angustiarle que su abuelo, el único en su familia cuyo respeto había alguna vez buscado, sólo se pitorreara de él y de sus esfuerzos. Luego ya no tuvo más alucinaciones.

Después de pasar casi quince días caminando en ese desierto que le parecía interminable, siguiendo la fuente de radio que había detectado antes de estrellarse, encontró lo que buscaba. Amanecía.

Era una antena, como las que usaban las antiguas emisoras de radio. Alta, delgada y de metal rojo. El único indicio que había visto de que en la Tierra había existido una civilización...

¿porqué está de pie? ¿quién ha evitado que la corrosión no la tumbe?

Cuando pensó eso el señor Nalgabruta notó que no estaba solo. A sus pies veía una larga sombra. Alguien estaba detrás de él. Creyó que sería otra vez su abuelo.

La alucinación de mi abuelo nunca hizo una sombra...

Con los huevos encogidos del susto se dió media vuelta.

Ante él estaba un hombre no más alto que el mismo señor Nalgabruta. Tan arrugado que apenas si podía distinguir sus ojos diminutos a mitad de su cara. Lo envolvían unos trapos de color caqui y llevaba la cabeza rapada. Al señor Nalgabruta le recordó a los maestros budistas que estuvieron muy de moda un tiempo antes de irse a la Luna.

El desconocido habló contestando la pregunta muda del señor Nalgabruta.

- Me llamo Lovecraft. Soy el último... o eso pensaba. Yo ocasioné la extinción de la humanidad.

Pesadilla



Anoche tuve una pesadilla, que curiosamente, se adapta al tema de esta semana (sólo espero que no sea una señal de ninguna parte)
Hela aquí:

miércoles, 15 de abril de 2009

I'm only sleeping



"Sí, sí, ya me levanto", y sí, a levantarse. Entra mi padre dando un portazo en el cuarto, y con los ojos de perro recién nacido volteo a verlo y me pongo la almohada en la cara. "Levántate!" grita, y me lanza un almohadazo. "Si por ti fuera nunca te levantaras! nunca haces nada!!" y se va, imprimiendo las suelas en el piso; y se va.

Las palabras entran de tope a mi oído: "A tu edad yo estaba levantado desde la madrugada!". "Tu tía a tu edad se hacía cargo de los siete hermanos, preparaba la comida, limpiaba la casa" y así se la llevaba, recordándome por qué yo era una escoria haragana. Qué ejemplos mi tía y él... qué bazofia me tocó ser.

Escucho los gritos de los niños que juegan en la acera... hasta un pájaro se arrima por la rama de mi ventana. Comienza a cantar; y yo "aaah, qué bonito" y me zambuto dentro de las sábanas a ver si me encuentro unos 5 minutitos más que le sobren al cuarto y pueda dormir hasta que entre mi padre de nuevo y me grite.

Casi no distingo la habitación con el resto de mi sueño. Comienzo a caer dormida; me despierto.

Me quedo viendo la pared y pienso: Es cierto, ¡qué porquería estoy haciendo con mi vida!. ¿Qué hago en vacaciones? Tragar y dormir. Leer y dibujar. ¿Qué hago en periodo de clases? Leer, dibujar, escuchar música, escribir, quedarme viendo los puntitos del techo boca arriba, y los días se me van como agua: sin sabor, sin poderlos detener. No soy una estudiante modelo y jamás me he esforzado en serlo, aun cuando podría. Mis trabajos los hago siempre horas antes de entrega. Mientras mis compañeros y conocidos se matan agregando más cosas a su curriculo y andan por todos lados, mis aspiraciones se resumen en poder dormir, leer algo que me guste, hacer un garabato y escribir una línea decente que me encante.

A mi edad Kurt Cobain ya era muchísimo más depre que yo, Rimbaud ya había tenido sus experiencias homosexuales y escrito cosas bien fregonas. Lennon ya se había juntado con los otros inglesitos, Bambi ya había visto morir a su madre frente a él y con ello recibió un shock merecedor de escribir algo más trágico que Los hermanos Karamazov. Los niños héroes habían salvado el castillo y hasta con un pedazo de tela enrollado encima.

A mi edad ya eran personas con futuro, ya trazaban su camino a un estrellato que seguramente yo nunca conoceré. Capote ya había publicado en el New York times y seguramente todos los pintores famosos ya estaban embarrados de óleo y temple antes de que cumplieran la segunda década. Hay niños con la mitad de mi edad que tocan fregonsísimo un instrumento, y europeos que hablan el doble de idiomas que yo. Tengo compañeros con un futuro brillante, a quienes buscan personas mayores porque los han dejado con la lengua en el suelo por verlos tan entusiastas, tan emprendedores, tan muévele-muévele.



¿Y yo? Déjenme dormir.



Pues sí, que sean personas productivas, que hagan algo con su vida. Yo sólo quiero dormir, y estar en la cama si se pudiera, por siempre. No quiero comer, no quiero ir a la escuela, ni buscar un trabajo para mantenerme y tragar algo. No me interesa conocer personas, ni bañarme siquiera. Mejor en la cama, y leer. Llega un punto incluso donde escribir ya no es necesario, porque empieza uno a dictar las cosas mentalmente, y con eso basta, la verdad. ¿Que me estoy perdiendo del mundo? ¿Que hay tantas cosas por hacer? Ya lo sé; pero prefiero dormir.

No miento cuando me visualizo en unos cuantos años bastante flaca (sí, más), ojerosa, increiblemente pobre y bien pinche víctima de alucinaciones y delirios. Me veo tirada con la cabeza sobre la mesa de un bar de mala muerte, inconsciente, y con Pau Pau de fresa escurriendo por la mesa y mi pelo. A la edad de todas esas personas célebres, de mis compañeros, yo tengo la lista de metas de un niño de 5 años (sin la parte de ser bombero, do'tor, astronauta y policía)


Bien: les doy permiso a todos para que sean gente ilustre que se volverá famosa, que cosechará triunfos, saberes y experiencias inigualables. ¡Les doy el privilegio de que se rían después y me escupan en la cara!, porque a mi edad ya serán lo que yo y mucho más: personas de envidiar.

Sí, no tengo una banda, ni he escrito obras de literatura. Mucho menos he dibujado algo onírico que despierte pasiones y lolitas; ya sé.





Pero a tu edad, ya sabía quien era y lo que me interesaba ser: nadie.

El amo del mundo.



Desde que tengo uso de razón, mi papá ha usado una frase a modo de puya conmigo. Cuando niño, siempre que me veía sentado sin hacer nada, me decía: “¿Que haces ahí? A tu edad yo era el amo del mundo”. Durante muchos años no supe que responderle, porque a los 10 años es cierto: tu papá es el amo del mundo.

Nunca me “rebelé” porque en mi casa no había contra que rebelarse; cuando empecé a escuchar rock y me dejé el cabello largo, mi papá sólo dijo que me veía mas feo de lo que ya era. La primera vez que llegué ebrio —a los quince— (mi inocente madre creyó que me estaba enfermando) mi papá me dijo que no llegara así a la casa. A los dieciséis, cuando dejé la escuela, sólo me dedicó una mirada muy triste. Un día, cuando ya andaba en mi desmadre hardcore, me advirtió que me iba a sacar de la delegación una sola vez, que después me las arreglara como pudiera.

Creo que subconscientemente entendí que confiaba en mí y esperaba que no hiciera una estupidez. Era la única explicación que encontraba para que no me pusiera una madriza como hacían los papas de algunos de mis amigos. Durante todos esos años, con sus inevitables roces, siempre nos llevamos muy bien y cada que podía me aplicaba aquello del amo del mundo.

Conforme fui creciendo conocí más cosas de mi papá y entendí un poco su actitud. Mi mamá me contó las cosas que sabia de él, de su juventud. De cómo a los dieciocho años, cuando murió mi abuelo, se fue de la casa; agarró un camión y se fue a vivir a Guadalajara. De cómo regreso poco después endurecido; de sus peleas campales, sus borracheras en las azoteas y de cómo corría de las patrullas por los baldíos de la colonia. Me contó de cómo consiguió un trabajo en la SCT inventariando vias del ferrocarril. Recorrió todo el centro y el sureste del país montado en un cabús o en una plataforma de tren. Ver los álbumes de fotos de mi papá es como ver un comercial setentero de Bacardí, Carta Blanca y cigarros Raleigh, todo junto. Tiene cientos de fotos en la selva, en el desierto, en tiendas de campaña, montado a caballo o en burro; en ruinas mayas, en cascadas y riachuelos; siempre jugando dominó en mesas de lamina con un pomo a un lado. En casi todas las fotos sale rodeado de amigos y sonriendo. Aún ahora, cada año, se reúne con un par de ellos.

Creo que por eso nunca intentó detenerme. Hace años mi mama me contó que cuando yo andaba en mi época más densa, ella le pregunto porque no intentaba meterme en cintura. Mi papá le dijo que a mi edad él había hecho lo mismo y que no podían hacer nada para evitarlo, sólo esperar que fuera lo suficientemente inteligente para salir bien librado.

Y me gusta pensar que así fue; que a pesar de que hice un montón de pendejadas, tomé malas decisiones, me metí en problemas estúpidos y peligrosos e hice cosas de las que no me enorgullezco —pero de las cuales tampoco me avergüenzo; se llama vivir, simplemente— siempre fui un poco más inteligente que mis circunstancias y al final, sí, salí magullado y con un muchas cicatrices, pero la libré. Puedo ver a los ojos a mis padres sin ningún tipo de culpa ni reproche y sé que ellos están orgullosos de mí.

Hace un par de años —cuando ya hacía mucho tiempo que había hecho cosas que muchos sólo han visto en películas— visitaba el hogar. Yo estaba recostado viendo televisión en el sillón favorito de mi papa, que salio de la cocina y al verme desparramado, dijo “¿Qué haces ahí? A tu edad yo era el amo del mundo”. Le respondí: “Lo soy papá, lo soy”. Se rió y se sentó junto a mí.






martes, 14 de abril de 2009

Caminatas sobre la Gran Via Madrileña



Es cierto lo que plantean muchas canciones: crecer y envejecer torna todo aburrido. No es que el proceso en sí sea soporifero. En realidad es divertido hacerse viejo. El resultado es lo que aburre. Yo me divertí creciendo pero, de verdad, que enfado es estar viejo.

Tengo un enorme vientre. También 39 años. El ombligo está saltado, y a veces creo que podría drenar mi abdomen para volver a verme el pene, que nunca ha sido chico. En realidad extraño contemplar mis testículos. Recuerdo que una chica me platicó como hizo sentir mal a un amante describiendole la enormidad de mis huevos y lo esplendoroso que era mi pene. Eso fue hace quince años, y tenía barriga pero era cervecera o sexy. Ahora da asco, estoy seguro.

Hace cuatro meses, salí de mi departamento - vivo a dos cuadras de estación Bilbao - y me topé con la mujer más hermosa que había visto. De carne y hueso, a menos de cinco metros de mi; no me refiero a las top models ni actrices. La chiquilla vestía unos pantalones spandex, botas felpudas, camisola de manga larga, y el cabello picado, en puntas, con un mechón decolorado en la nuca y otro azul. Muy punky, si, pero además de la sorpresa, no sentí reflejo sanguineo en mi verga.

Sus nalgas eran abruptas y erguidas, como si pudieran dar un discurso sobre el anarcosindicalismo, y yo volviera a tener 20 y fuera de nuevo punk de la movida catalán. Sus tetas cabían en las manos de cualquiera que también pudiera tomar una cerveza y cantar Oi Punk. Chiquilla, ¿que haces vestida así? En mis tiempos solo las cabroncitas y las locas drogadictas que le calentaban los huesos a La Polla o a la pandilla de Eskorbuto se vestían así.

Hubiera querido decirle: El tiempo es una avellana, nena. Escucha conmigo las risas de miles de roedores que roen por dentro las columnas atemporales del pasado, hasta que ellos mismos, con sus orejas y colas escurridizas, se convierten en los cimientos internos de mocedades perdidas. Adentro hay un minutero engusanado, nena; si pegas oreja, escucharás la matrioska mas escondida, victima de una violación eterna, gritando con aullidos que suenan como segundero.

Ahora creo que nunca acabaré de comprender la incongruencia. Jamás cambiamos. Y si enfrentamos esa anacronía con el devenir, nos volvemos anticuados, absurdos, frustrados. Todo lo que nos rodea carece de sentido. Nos hacemos tantísimas preguntas pero somos el eje de las manijas de un reloj. Ese punto enmedio que va a ningún lado y que gira sobre si mismo. Hay luminosidad, nenita; hay penumbra, cosita. El sitio es el mismo: todo gira alrededor de nosotros por que así lo hemos dispuesto.

Me vuelve loco hallarme con belleza nueva y renovada. Nada pertenece a un solo tiempo, a un único momento o era.

Hace unos días, me hallé con un jovenazo de 21 años que me platicó, sentados en una barra ubicada entre Gran Via y estación Sol, que la camella cabrona que me ligué una semana antes le había descrito el sexo que tuvimos. Me dijo que eras tierno, dijo el niñato; me dijo que eras un hombre lindo y atento, que se toma su tiempo - prosiguió -, pero me dijo que la única forma de coger con cuarentones es estando arriba; tu panza era imposible de sortear.

Los dos reimos. Acabamos la cerveza, las tapas, un poco de fiambres, y volvimos a su casa. Lo asesiné mientras contemplaba, desde su ventana, las luminarias que caían debilmente sobre el Mercado de Fuencarral. Lo derribé de una sola puñalada en la espalda y supuse que, como excusa, hay cosas que definitivamente jamás cambiarán. Me congratulo de eso; es lo único que he podido entender del amodorrado paso del tiempo.

RelativiEDAD



En mi calendario personal la edad nunca me ha cuadrado. Toda la vida me la he pasado sintiendo que tengo más o menos años, y actuando como tal. Por eso la frase esa, “a tu edad”, me cae en la punta de los ovarios.

Creo que todo empezó cuando me dio por leer bien chavita. A los tres años no aceptaban a las niñas en el kinder, así que mi mamá me entrenó en el saludable arte de mentir: cuando estés en la casa tienes tres años, pero en la escuela tienes cuatro. Por supuesto, el día que la directora nos entrevistó y preguntó “cuántos años tienes”, la respuesta fue: “¿Dónde, en la casa o en la escuela?”.

Los años siguientes me han traído puras incongruencias, y por una u otra cosa yo siempre estoy haciendo algo que no debería de hacer a mi edad. A los diez años jugaba bote pateado con los niños, cuando las niñas jugaban con las barbies. A los catorce ya estaba jugando con los niños de dieciocho, pero ahora no se lo contaba a nadie para que no me jodieran con lo de la edad. Antes de los veinte estaba pariendo un chamaco y trabajando, cuando las “niñas” de mi edad entraban a la universidad; y entré a la universidad cuando las otras empezaron a trabajar. 

Tuve mi época rojilla-jipi cuando según mi edad tendría que haber empezado a ponerme “traje sastre”, y me empecé a involucrar en la política bien cabrón cuando las de mi edad compraban toneladas de pañales. Me casé cuando todas tenían un novio o dos; me divorcié cuando todas salían de la escuela, y me fui a vivir en amasiato cuando las demás planeaban su boda. Hoy estoy pidiendo de regalo una bicicleta, cuando a mi edad lo normal es desear con fruición una camionetota-útero para llenarla de chamaquitos y bolsas de Wal-Mart.

En el arreglo personal no me ha ido mejor. A los quince me gustaba ponerme un chingo de delineador negro (eran los ochenta, tengan piedad), y ahora me peino de colitas (porque si te recoges el pelo atrás de la cabeza te estorba para manejar; es mejor a los lados). Ninguna de las dos, dicen, acorde con mi edad. Nunca me he podido sentir cómoda con tacones a la Carrie Bradshaw, a pesar de que la norma ordena que a mi edad una se convierta en femme fatale. Mis amigas siempre van muy peinadas y cubiertas de maquillaje; yo respeto el libre albedrío de mi pelo, el muy cabrón, y odio la idea de embadurnarme una plasta color carne sobre el cutis; por eso en las fotos se me ven las marquitas de acné, los poros abiertos y el brillo facial, y siempre soy la única que sale con greñas de loca. A mi edad, qué barbaridad.

Porque a mi edad ya debería de traer el pelo más corto; porque a mi edad ya debería de ponerme kilos de maquillaje; porque a mi edad ya no puedo andar con el cutis nomás así (pero los que me conocen saben que huevos, que todavía le cuelga para que me salgan arrugas). Porque hago mucho ruido, hablo a gritos, bromeo, albureo y miento madres todo el tiempo, porque me pitorreo de la gente que gana más que yo; porque grito “arriba los Pumas” aunque luego me vean feo, y porque no me da roña si me siento en la banqueta a comerme unos mangos. Y sí, todo eso estaba bien hace quince años, pero cuando estás en la segunda mitad de la treintena, viva dios, eso se ve muy mal.

No; nomás no encajo. Yo a mi edad debería de hablar con voz modulada, dejar de comprar muñecos en las tiendas de cómics, ser más fan de Robert Redford y menos de Tim Burton, hacerme manicure para dejar de traer las manos como niña de primaria. Debería dejar de ser una reportera que anda metiendo los zapatos al lodo todo el tiempo y ceder a la tentación de aplastarme en una silla de editora ocho horas al día; porque todo indica que, a mi edad, uno debe tener las nalgas planas.

A estas alturas no me queda más que esperar otros diez años; tal vez entonces me sienta con ánimo de hacer lo que cualquier treintona tardía debería de estar haciendo. La bronca es que para entonces, el traje de cuarentona segurito me va a apretar.


(Luis: ahí está el texto en primera persona que te había quedado a deber).

lunes, 13 de abril de 2009


Raúl era un niño tres o cuatros años mayor que yo, que vivía una cuadra abajo de casa de mis papás. Lo respetábamos porque él era el pitcher más veloz de la chafísima Liga Pequeña de Beisbol de Colinas de San Jerónimo. Su greñilla en la nuca y su derecha impecable lo colocaban en un lugar privilegiado del suspirómetro entre las niñas de la colonia.

Yo era una nalga con moretones en el diamante, -sobre todo a la hora de batear-, y temblaba cuando me tocaba el turno en el home. En cambio, veía a Raúl parado allá en la lomita muy seguro de sí mismo mientras en las gradas oxidadas se escuchaba el grito de: "¡Póoonchalo, Raúuuul!". Generalmente me ponchaba con tres rápidas rectas, una de ellas a la altura de una piñata.

Sin embargo, pese a la diferencia de edades y de talentos deportivos, Raúl me buscaba mucho. Yo no entendía porqué yo le caía tan bien, pero me gustaba esa lealtad suya. Me enseñó a fumar y a dominar la técnica hostil del "garnuchazo", pero además fue el encargado de arrebatarme la inocencia diciéndome tres verdades: 1. santa clos no existe, 2. los niños no vienen de París y 3. los niños pueden masturbarse. Esta última revelación fue a la que saqué más provecho, debo admitir.

Así de un jalón y sentados arriba del pasamanos del parque, Raúl me quitó la venda de los ojos. Lo peor de todo fue llegar esa noche a mi casa y verle la cara a mis papás. Por un lado sentía que me habían engañado, pero al mismo tiempo me provocaron una ternura rara porque ellos no sabían lo que yo ya sabía de ellos ¡y de la vida!. Obviamente me hice pendejo la siguiente Navidad... y mi mamá seguía preguntándome porqué me tardaba tanto en el baño (¿?).

Aquélla vez Raúl exageró cuando dijo que para "hacer un hijo" los papás tenían que penetrar a las mamás dos horas seguidas. Todos los hombres sabemos que ni la cuarta parte de ese tiempo se requiere para que nuestras mujeres cambien los tampax por las pastillas de ácido fólico. En fin, cuando cumplí 11 o 12 años, Raúl ya iba a quinceaños y poco a poco la diferencia de edades se hizo inaguantable y terminó por distanciarnos definitivamente.

Hace unos meses lo vi de lejos y ambos compartimos un saludo débil de cejas, ése gesto incómodo que usamos cuando no queremos acercarnos a saludar de mano porque en realidad nadie tiene algo que decir. Raúl iba con su esposa y con sus dos hijos, los cuales tienen casi la misma edad en la que nosotros nos hicimos amigos. Por un momento se me antojó acercarme y decirle en voz alta: "Cabrón, ¿ya le dijiste a tus hijos que santa clos no existe, hijo de tu pinche madre?...".

Prodigiosos.



!A tu edad, ya estaba yo dando clases! - Me dijo con altanería. "A la suya, Benito Juárez ya era Presidente de México" - Reviré, burlón. Aquella tarde se rompió algo entre nosotros. Aquel señor amante de la onda hippie, la trova y la protesta ya había caído ante la vida... yo apenas empezaba.

Desde sus 16 años, empezó a atesorar sus enseñanzas y yo, carente de figuras paternas desde la muerte del abuelo, lo escuchaba atento. Recuerdo el olor a la loción y el agua de colonia, del jabón para afeitar y el cigarrillo liado en las más finas hojas del molquite... lo miraba irse en su coche viejo, volver contento... me contaba cosas mientras le metía mano a su motocicleta enorme, tosca, de color rojo oxidado... me encantaba que la bolsa de las herramientas fuese un pantalón hecho mochila, que las canciones de José de Molina sonaran en su tocadiscos... lo admiraba mucho.

Recuerdo ahora la maestría que uno debe tener para los asuntos del amor. Nadie como él para tomarse el trabajo de aprenderse los versos completos de Pablo Neruda, para escribir minuciosos versos que recetaba completos al oído de las muchachas... "en las noches como ésta la tuve entre mis brazos" - les decía, actuando con vehemencia y picardía los versos "la besé tantas veces bajo el cielo infinito"... y para cuando llegaba a la parte de "Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y éstos sean los últimos versos que yo le escribo" ya estaba amasándoles las carnes por encima del vestido, del pantalón, de la blusa... maestrazo.

No hubo un solo terreno baldío del pueblo que no conociese de sus amores clandestinos. Ningún atrio de iglesia, aún con su sacra paz, que se salvase de ser usado como amatorio. Allá iba él, moviendo su melena, su bigote bien recortado y sus combinados de pantalón y casaca, caminando mientras sus ojos buscaban un par de chichis en los cuales entretenerse. Caray... como pasa el tiempo. Desde Chilapa, yendo por todo el camino hasta Acapulco, pasando por Tierra Colorada, Tixtla... mujeres de todos los sabores caían con él. Recuerdo el coche viejo y los raids a tantas muchachas de ojos risueños, de palabras duras de sacar, de cuerpos generosos... recuerdo las mandadas a traer los refrescos y de como al volver estaban ellas tratando de reabotonarse o de desarremangarse, coloradas, mientras aquel garañón se alisaba los bigotes con una risa de calentura.

Le aparecieron hijos, hijas, mujeres... lástima que le hayan aparecido hasta hace algunos años apenas, cuando dejé de conocerle... ¿será acaso que la vida se lo cobra todo?, pero empezó a querer darme consejos sobre mi melena, sobre los tatuajes y la mota. A querer llevarme a pedir la mano de mi novia cuando yo estaba tan a gusto solamente cogiendo, cuando se le hizo costra en su piel la camisa de cuello almidonado y el pantalón de vestir... cuando llegaron sus dos primeros hijos, reverendos imbéciles, cuando su mujer le tiraba cazuelas y vasos a la cabeza... cuando se le olvidaron los versos y el poema 20 y las arañas y la cuca madre del vecino... se fué consumiendo.

Y yo, ahora lo veo. Tantos años pasaron y el sigue con esa risa pícara, ese bigote espeso y sobado... la diferencia es que ahora, su "novia" es una señora alcohólica, fea y deslucida. A lo mejor la vida se lo cobra a uno todo... yo que tan buenas cosas aprendí de él, ya nunca me pongo todos los piercings, me corté el pelo... y hace medio año que no me pongo una playera negra. Pero no, a mi no me va a pasar. ¡Chingo mi madre!

domingo, 12 de abril de 2009

Recuerdos en celuloide



Ir al cine de niña era un evento de gran importancia, opacado únicamente con ir a ver a Keiko a Reino Aventura o las fiestas de mis primos en Chapultepec. Esto debido a la casi nula producción de películas para chamacos en los ochentas. Ni siquiera de Disney nos pelaba, ya que casi todas sus películas –actuadas, nunca animadas- se iban directo a televisión.

Acaparando este mercado se encontraba el Cine Disney, en Lindavista. Realmente no se si se llamaba “Disney”, pero tenía un castillo –región 4- de Disneylandia a modo de fachada. Y por supuesto, todas las películas clásicas de Disney eran proyectadas. Estamos hablando de tiempos pre-Sirenita, para que el lector se ubique.

En la entrada había un jardín con resbaladillas, subi-bajas, columpios y demás aparatejos que hacen que más de un niño termine desangrado y sus padres gritando. Una vez me les perdí a mis padres en ese miniparque. En realidad ellos creyeron que estaba perdida, pero yo sabía donde estaba y que no se irían sin mi. ¿Para que preocuparme cuando podía lanzarme de una resbaladilla mientras compraban los boletos?

La sala de proyección era realmente grande. Al menos la recuerdo enorme. Por supuesto que yo pasaba apenas del metro de estatura y a esa edad las cosas adquieren magnitud. Las butacas eran muy cómodas, no tenían el desnivel apropiado, por lo que si te tocaba algún papá alto enfrente, no veías nada. Realmente eso no me importaba mucho porque casi siempre caía dormida a los pocos minutos de comenzada la función, como sigue siendo mi sana y cinéfila costumbre.

En ese tiempo aún se acostumbraba el intermedio. Cuando al cácaro se le antojaba ir al baño o hablarle a su novia, cortaba la película y encendía la luz. Entonces era el momento en el que todos los niños corríamos despavoridos por la sala. Los más atrevidos pegaban de gritos y aventaban a los otros niños ante el ¡cuidado hijito! de las preocupadas madres.

Recuerdo haber tenido una gran cantidad adrenalina corriendo por mi cuerpecito, sobre todo porque no sabes el momento en el que el cácaro dejaba de mandilear y ¡saz!, apagaba las luces y continuaba la proyección, quedando incapacitada de encontrar a mis padres sin la valiosa ayuda del canal cinco, al servicio de la comunidad.

Una de mis primas tenía un tío abuelo que no venía siendo nada mío, pero que un día nos invitó todo el día a su trabajo: el cine Ópera. Ignoro el puesto que tenía el Tío Pepe en el cine, pero les dijo a todos los achichincles: “Que estos 5 niños hagan lo que quieran mientras que no se salgan del teatro ni me molesten”.

Fue así como me indigesté de palomitas y ví 3 veces seguidas “la Cenicienta”. Fue también cuando vi mi primera película clasificación “B”. El cine tenía 2 salas y en una de ellas estaba la historia de la sirvienta de pies finos y en la otra una película gringa de “adultos” a la cual el tío Pepe nos amenazó de no entrar. Una vez que nos aseguramos que el tío nos había olvidado, nos escurrimos a verla. Que desperdicio. Además de que estaba en inglés, era de matadas.

A pesar de estas experiencias, las sesiones de cinito que recuerdo con más emoción eran las de mi primo Quique. Mi primo es ahora una eminencia científico-tecnológica. Esos ataques de creatividad los tenía desde chico, cuando improvisaba salas de cine en su casa. Auxiliado con cobijas obscurecía mesas, cajas de cartón, sillones o cualquier espacio en el que cupieran 4 niños apachurrados y una pantalla de proyección. Sí, PROYECCIÓN.

Aunque ya existía el formato beta, no hay como escuchar el traca-traca de la cinta super-8 dando vueltas y el foco alumbrando fuertemente la obscuridad cuando el rollo se termina y gritar ¡AYYYYY!. Y con el plus que mi primo se encargaba de efectos sonoros extra.

Al final de la función veíamos a Chewaka, R2D2 y C3PO en cámara lenta o improvisábamos los diálogos... ¿No me creen?

Producto original coleccionable. No en venta.

Hoy en día los escuincles siempre tienen películas para ver en cines de alta definición, megapantalla, 3D y sordera garantizada. Sus DVDs y BluRay los pueden poner incluso en la camioneta de mamá. Si acaso, lo extraordinario al ir al cine es que el papá se deje estafar con un combo de palomitas, refresco y juguete desechable.

Y no hay que irnos tan lejos. Muy seguramente los pubertos que leen esto y que nacieron en la era del Cinépolis no tienen la menor idea de lo que hablo.

Pero les aseguro que cuando yo veía películas a su edad, me divertía mucho más.
Blogalaxia