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domingo, 7 de diciembre de 2008

Una disculpa de antemano pero...




JAJAJAJAJAJAJA. A ver si después de esta pendejadota no me corren de Recolectivo. Lo peor es que yo sí me reí.

Y sí, dan más risa mis habilidades de edición de imagen, snif.

sábado, 6 de diciembre de 2008



De niño, experimentando en la cocina con mis amiguitos, me tomé huevos crudos con sal porque me retaron. Recuerdo bien que los echaron a una botella de Jumex de mango vacía, entonces el huevo, al tener el mismo color más o menos que el jugo de mango- provoco en mí una sensación que no he podido olvidar nunca. Siento un profundo rechazo fisiológico hacia el jugo de mango, porque me marcó para siempre ese momento.

Asimismo, por una inyección durante mi infancia de religión concentrada, en la forma de escuelas católicas privadas y la asistencia forzosa a las (sacristías? cómo se llaman esas madres unción de enfermos, primera comunión, confirmación?), y la inexplicable transición familiar al cristianismo sin denominación de misas de tres horas con un pastor ex-cholo, siento un profundo rechazo fisiológico hacia las instituciones religiosas.

Este es un tema el cual odio pero que a la vez dispara mis endorfinas del placer ENORME que me da gritar de él y saber que estoy en lo correcto.

Este es un tema tan complejo que siento ahorita como cuando quieres limpiar tu cuarto y es un cagadero y no sabes ni por donde empezar y mejor te vas a ver la tele un rato, o te bañas, o le hablas a tu mama para ver como ha estado.

En breve, la religión ha sido contra lo que mas me he rebelado en toda mi vida, por muchas razones, las cuales todas son . Considero que el fervor que tienen las masas nace de una combinación de miedo, ignorancia y poca confianza en uno mismo.

Mucho tiempo confesé ser ateo ante la decepción e incredulidad de mis padres, y de mis primitos en las reuniones familiares. No me conforme con nomás no ir a misa, o ir a misa y pendejear con morritas en Santa Elena, sino que siempre de hocicón oveja negra.


Les confieso que los tiempos han cambiado y ahora como muchos veteranos de guerra de años de inútilmente discutirlo -algunos de ustedes deben saber a que me refiero- permanezco callado cuando se abre esa discusión.

Permanezco callado porque siempre es la misma, porque tiene mas sentido pelear a golpes contra el Océano Pacifico.

Pero como toda etapa de rebeldía, tiene su fin.


Los católicos se hacen cristianos sin denominación se hacen ateos se hacen agnósticos se hacen deístas.

Agnóstico es no saber si existe Dios o no, pero darse cuenta que nunca vamos a saberlo.

Deísta es aceptar la existencia de Dios y punto. Benjamin Franklin era deísta- y borracho y culeador-.


¿A qué voy con todo este escupidero?


¿Realmente contra que nos hemos rebelado? Hacemos exactamente lo mismo que TODAS las pasadas generaciones. Yo les aseguro que en el siglo XV el joven Tetuac le dijo a su madre azteca, Mixotl:

- Madre, he decidido no ir al sacrificio de Quetzalcoatl a media luna, me iré con mis amigos a jugar con el jaguar que se encontró Xochitl.
Mixotl seguro casi se desmaya y el papá guerrero llegó lleno de sangre esa noche y durante la cena exclamó, golpeando su mazo sobre la mesa- etc.


Yo les aseguro que Tetuac antes de morir por rubéola exclamo:

- ¡Huitzilopochtli! Permíteme cinco lunas mas de vida y te juro que-

Y fue decapitado por un español gordito.

Escribo este post estando pacheca


Y mientras preparaba el monchis me acordé de Ibargüengoitia, que decía que la fórmula para lograr unos hijos "ejemplares" como de comercial de Corn Flakes ps había que ser acá bien rockeros y anarcopunks y poner reglas como traer el pelo de colores y desayunar caguamas vestidos con ropa de cuero y estoperoles y ya no me acuerdo qué más cosas pero esa era básicamente la idea. Entonces, por psicología inversa, los hijos se rebelarían y se covertirían en exitosos "jóvenes de porvenir" con dieces en la escuela y traje de tres piezas y tacón discreto y boda en Teques y bueno-esa-es-la-idea.

(me fui a hacer un café y me lo tomé y comí edamame y jugué con los gatitos y leí un pedazo de artículo de revista y muchas cosas que se hacen en la pachequez y ya vine)

No sé mucho de rebeldía. A la escuela y sus "autoridades" siempre me las pasé por los huevos, pero no porque fuera re-bel-de, sino que por puro sentido común no podía seguir órdenes de esas vacas analfabetas y católicas hasta la ubre. En mi casa nunca hubo nada contra qué rebelarse, o sea que hubiera sido una verdadera rebelde sin causa y ps eso es taaaaaan de las décadas anteriores a los ochenta.

Pero entonces me pregunto, ¿para qué darle motivos a los hijos para que se "rebelen"? Me cae tan gorda la gente que fue "normal" en su "juventud" y que, con muy buenos motivos, fiesteó hasta la madrugada y se embriagó cada fin de semana y fumó hash y telarañas con nuez moscada y mandó a la verga a sus profes calvos e incompetetes, y aunque ahora de "adultos" no les vaya nada mal (a los ex jóvenes, no a los profes calvos) ps igual le exigen a los hijos que lleguen a la madianoche como Cenicienta y que no se emborrachen y que no fumen mota y que no falten a clases... nomás pa que lleguen a las 4 AM y beban guacardí y pachequeen y falten a clases y luego se peleen y se avienten tenedores y pinzas de ropa y diccionarios. ¿En qué momento se les borrará el cassette (jaja, la expresión toda ochentera) de cómo pensaron y de lo bien que se la pasaron y de todo lo que aprendieron?

¿Será que este es el post más forever que he escrito en mi carrera bloguística? Sssss nomamesquébuenaestaba la motaaaa goooei. ¿Será que voy a ser una forever y que terminaré afuera del metro San Cosme vendiendo separadores hechos a mano con dibujos del Ché y de unos hongos hechos con Pincelín y Prismacolor, intentando rebelarme contra el sissss-teeeee-maaaaah, ahora sí sin causa?

Ya me voy a dormir porque eso es lo que se hace en estos casos.

viernes, 5 de diciembre de 2008

La Historia Del Guerrillero


¿Mi nombre? No puedo recordarlo. El dolor es muy intenso como para tratar de recordar justo en este momento. Me sofoco, me asfixio, y las heridas sangran profundamente. Mi carne grita, pero sólo yo la oigo. Me pierdo, cayendo lentamente en los brazos de la insensibilidad que me da el morir.

Creo que es mejor comenzar por el inicio, en esta hora del final.

Mi nacimiento fue muy esperado por mucha gente. Esperaban que yo siguiera los pasos de mis ancestros… Ellos, que lucharon sin tregua contra la opresión hasta que ya no pudieron luchar más. Esperaban que, al nacer yo y aceptar mi "misión", su vida mejoraría y tendrían un momento de alegría, de regocijo, pues yo era alguien prometedor. Creo que esa esperanza de tantas personas es la que me ha puesto en esta situación tan agonizante.

¿Qué puedo decir? Yo nací en la miseria, en la pobreza extrema. Mis compañeros de juego fueron el lodo de los charcos y el viento entre los árboles.

Yo nací, sólo.

Mi nacimiento no fue fácil. Un censo, algo relacionado con los impuestos… ¿qué se yo? Nunca quisieron decírmelo. Mi madre y su esposo tuvieron que viajar a la provincia, al lejano pueblo de mi padrastro. Nunca supe a ciencia cierta la razón. ¿Para pedir dinero? ¿Para censarse en otro lugar y pagar menos? No lo sé. Ella, la mujer estaba esperándome, me cuenta que su esposo me odiaba, porque yo lo hacía ver como un poco hombre.

Mis paisanos son una sarta de hipócritas. Esperan cosas que nadie en su sano juicio esperaría. Les agrada entretenerse bebiendo, mitigando su dolor, y llegar a casa a golpear a sus esposas. Todos son machos, pero lloran cuando mueren sus bestias de carga. Les agrada dilapidar sus vidas pero odian que los vean besando a sus hijos, porque mis paisanos piensan que eso es ser homosexual.

Mi madre tenía un embarazo muy adelantado y cuando llegamos al pueblo empezaron los dolores de parto. Ella gritaba, pero nadie la quiso ayudar… quizá porque, o estaban muy cansados, o no deseaban darle su ayuda a una desconocida, pero estoy tentado a pensar que en realidad fue porque no había ni un solo médico en el pueblo. Siendo provincia, tuvo que parirme en condiciones insalubres y no le dio septicemia por haber tenido buenos anticuerpos. Su esposo, en cambio, era dichosamente feliz. Dijo que si realmente llegaba a ser quien decía que yo sería, soportaría esa prueba. Si no, moriría y por fin ya lograría tener hijos propios para callar las voces que lo ridiculizaban. Para felicidad de mi madre, no morí. Crecí, gané fuerza y gané algunos conocimientos.

Tomé conciencia del mundo que me rodeaba, de la podredumbre en la que vine a vivir.

De niño, eres niño y eres feliz, pues no necesitas muchas cosas.

Gané muchas alegrías. Mis salidas a campo abierto, a recoger bayas silvestres, jugar a "escondidas" en el taller de mi padrastro, cuidar a mis hermanos cuando mi madre se ausentaba o como cuando celebramos mi cumpleaños con una tarta de frutas, las cuales mi madre había robado en un momento de descuido del tendero…

Está bien: la realidad es muy diferente. La realidad es que crecí muy amargado. La realidad es que yo tuve mucho más tristezas que alegrías. ¿Por qué yo no tenía los costosos juguetes de los vecinos? ¿Por qué ellos iban a la escuela y yo no? ¿Por qué en sus casas había agua, mientras que yo tenía que ir a acarrearla a un pozo infecto que estaba a más de tres kilómetros de distancia de mi casa? Recoger leña, evitar animales ponzoñosos, que mi frente literalmente se derritiera bajo el sol abrasador, los días buenos, tener dolores de estómago por hambre… Los malos, ni recordarlos. Perra vida.

Mi padrastro siempre me contestaba, áspero y fastidiado de mí, un "Aquí nos tocó vivir".

Éramos muy pobres, y para ayudar a mi ahora creciente familia (el esposo de mi madre empezó a tener hijos a lo bruto, como todo buen macho) tuve que granjearme como aprendiz de carpintería. Ya fuera haciendo mesas de ébano para el exitoso hombre de negocios, que nos miraba con asco a mis hermanos y a mi trabajando y que, después de mucho regateo, daba dinero bueno, pero insuficiente; o sillas de bebés para la familia con más tristezas que nosotros, que nos pagaba con lágrimas, sollozos, agradecimiento y la poca comida que les sobraba, me di cuenta de las grandes diferencias entre esos dos mundos irreconciliables.

Los ricos trataban como basura a los pobres, y los pobres solo tenían consigo su miseria y su dolor. Los ricos comían hasta saciarse, y los pobres sólo podíamos hundir en el suelo las uñas y apretar los dientes. Los ricos daban fiestas, banquetes, zalamería y vicios. Nosotros solo teníamos suelo para compartir con más gente. Y a veces, ni siquiera eso: los recaudadores de impuestos, feroces ápices de la explotación, protegidos por una ley diseñada en contra de nosotros, se llevaban "legalmente" muebles, casas, recuerdos valiosos y, a veces, vidas consigo. Los pobres sólo podían soportarlo con tristeza. Sólo podían tolerarlo, como una bestia de carga tolera los golpes de su patrón.

Pero yo no.

Yo no.

Mi madre era idealista, optimista y, sobre todo, era una guerrillera. Su esposo, a regañadientes, pertenecía tibiamente a ella, porque era un hipócrita conformista que huía de la confrontación (¿Recuerdan cómo nací? Eso también encaja en el viaje). La gente de la guerrilla amaba a los niños pequeños, y mucho más a los bebés, porque ellos eran los más moldeables. Sin embargo, cuando tenía dos años el gobierno detectó a esos "indeseables" que querían una "revolución".

¿Su crimen? Tratar de conseguir mejores condiciones de vida.

El gobierno actuó rápido contra ellos, masacraron a sus hijos, y a los padres que los defendieron.

¿Nosotros?

Huimos, como siempre lo hemos hecho…

Pero yo dejé de huir. Me uní a la guerrilla cuando era joven.

Tendría acaso 15 años cuando mi primo-hermano mayor, "Juanito", me habló de ella. Sus leyes, sus métodos, su ideología… pero sobre todo, me habló de nuestra familia. En el pasado habían sido grandes terratenientes, gobernantes justos, líderes carismáticos, dirigentes rígidos, brillantes militares. Pero habían conspirado contra ellos en su apogeo y un día, después de mucha sangre y vidas, los derrocaron. Ahora, marginados del resto del mundo, parias entre los demás rostros, escoria social que al gobierno no le importaba, nosotros seguíamos en secreto peleando contra ese gobierno usurpador, espurio e ilegítimo, que con su caricatura de legalidad vendía esclavitud y pobreza a todos nosotros: el pueblo, los gobernados, la masa social.

Nosotros éramos la guerrilla. Ese degradado brazo armado, que hacía temblar al gobierno.

Tenía 30 años cuando asumí el mando. El mando absoluto. Y dejé la guerrilla subversiva, que no nos dio resultado, y la convertí en guerrilla ideológica… La convertí en algo muchísimo más peligroso…

Salimos al mundo exterior, sin ocultarnos de nada o nadie, voceando en las calles, concientizando a la población. Yo sabía al menos leer y escribir por haber estudiado en un monasterio perteneciente a nuestro movimiento (fachada de civilidad y buena ciudadanía), y tenía un gran poder de palabra y convencimiento para atraer a las personas que nos rodeaban. Nunca me vieron sonreír, pero si me vieron llorar. Ellos, mi gente, necesitaban ser despertados. Ellos, mi gente, necesitaban saber que debían pelear por ser libres. Ellos, mi gente, debían saber que la respuesta ERAN ellos, no un líder que los sacara mágicamente de sus problemas. Su trabajo, su fuerza, su esperanza, su determinación, su atrevimiento… Por tres años y medio, diariamente, les di el mensaje directo y sin hipocresías: "EL CAMBIO NACE EN USTEDES". Yo ERA como ellos, pues yo también era un viento de cambio.

Ellos… ¡Ja! Ellos nunca entendieron el mensaje.

Escogí a nueve de mis seguidores más fieles y a dos de mis propios hermanos para repartir nuestro mensaje en todo el territorio nacional. Nuestra resistencia era pacífica (ironía de esta vida), y nunca incitamos a la violencia… actuamos dentro del marco de las leyes y no hubo quejas de nosotros, y sí muchos elogios. En el fondo, todo mi propio odio y amargura sirvió sólo para que estuviera al nivel de las personas a quienes les prestaba más atención (madres solteras, prostitutas, alcohólicos, golpeadores, drogadictos… gente de la peor escoria social). Poder saber lo que ellos sentían, saber qué es estar igual o peor de lo que yo estuve en mi ahora lejana infancia era mi carta de triunfo. No fueron pocos los que me pidieron una revolución, una guerra civil abierta. No quería una lucha radical, pues el gobierno tenía armas, dinero, crueldad y represión para repartir. Además, tenía a muchos infiltrados.

Escogí a un infiltrado como una de tantas "mano derecha". Yo sabía que él era un traidor, pero el refrán es cierto: "Mantén a tus amigos cerca, y a tus enemigos aún más cerca". Lo seguía, lo espiaba, sabía que información le daba al gobierno de nuestras actividades, pues yo mismo se la decía de frente… y para que no sospechara, le confié muchos secretos. ¿Que cuántas personas en el movimiento? "Muchas". ¿Cuánta simpatía nos tenían? "Pues la suficiente, ¿o tú que crees?". ¿Cuándo regló por primera vez mi hermana más bonita? "Bueno, no es tu asunto, pero aún así te lo diré…".

Lo hice nuestro recaudador y tesorero oficial (y después de hacerlo, en mi cuarto me reí como un niño de él a sus espaldas, pues yo odiaba a los recaudadores) y estoy seguro que sacaba buena parte para quedársela. No lo culpo, quizá su infancia también fue difícil. Yo me hacía de la vista gorda, pues sabía que él era una sabandija más en este mundo, un hombre sin escrúpulos o lealtad.

Y un hombre así no puede resistir mucho tiempo las tentaciones.

Me entregó a la semana en que, llegando a la Ciudad Capital como uno más de tantos provincianos, fui recibido por una infinidad de gente que conocía nuestro movimiento y estaba unido hasta los huesos a él. El gobierno, asustado, me invitó amablemente a compartir una charla con ellos, y cuando me negué por enésima vez (al saber de sus "charlas"), me arrestaron por "conspiración", "sedición", "terrorismo"… basado en las pruebas (falsas todas ellas) de aquel tesorero que nos vendió por tan poco. ¿Qué pasó con él? Bueno, traicionó al movimiento para lograr ser el líder supremo… y ni siquiera era una buena ambición, pues de adelanto le dieron 30 salarios mínimos. Me enteré que cuando confirmó que el gobierno lo asesinaría también, pues ya no les servía de nada, decidió acrecentar su cobardía y suicidarse.

Un juicio ilegal… una pantomima de "defensa de la soberanía y aplicación ejemplar de la ley"… testigos comprados… tortura… sentencia de muerte… combinado perfectamente con la humillación pública.

Eso es en lo que acabó la esperanza de miles.

Eso es lo que gané al final.

Gané estos clavos en manos y pies, los 40 latigazos en mi espalda desnuda, morir en una agonía inimaginable, desangrándome lentamente, exhibido públicamente en esta cruz, coronado con espinas y un infame cartel encima de mi cabeza, que se mofa abiertamente de mí y de mis ideales…

Y el mundo, aún después de tanto tiempo, sigue sin comprender el mensaje…



Zeta.

jueves, 4 de diciembre de 2008

El Látigo



Pocos días he sacado tanto a mi rebelde interno como el día que encontré un látigo.

Mwuahaha, Santas Pop-Tarts, encontré un látigo!

Déjenme les digo que hay un buen de cosas latigueables en este mundo, especialmente si uno sale con la mera intención de latiguear todo lo que se te pinche cruce. Coches, Ardillas, Gatos, Vecinos.

Así me encontraba yo, cantando "tan tan tan tan-TAAAN tantan TAN!!" invocando el famoso tema de Indiana Jones y latigueando el pinche látigo como si fuera lo ultimo que fuera a hacer en el mundo; y si para algo soy bueno es para tomar un látigo e instantáneamente ser un pistola usándolo.

WAH-PAH! WAH-PAHPAH! PAH PAH! hacia el látigo mientras corría por mi calle latigueando como loco, divirtiéndome como solo un hombre con un látigo puede divertirse, haciendo correr en pánico a transeuntes y mascotas por igual...cuando de repenté: POW!

Me latigueé la entrepierna.

No me pregunten como le hace uno para latiguearse solo en los testículos, los elementos físicos del asunto siguen confundiéndome, aún siendo estudiante de ingeniería. Lo que sí­ sé perfectamente es que un güey que recibe un madrazo en los testículos de un pinche látigo se derrumba como saco de patatas.

Entonces me quedé ahí tirado enfrente de mi casa, como hace todo hombre que recibe un masivo impacto a la bragadura, de repente todas las fuerzas y ganas de vivir se esfuman de uno, dejando una cáscara humana vacía y débil.

Entonces fue que una pinche AVISPA SUPERDESARROLLADA empezó a zumbarme por todas partes. Si hay algo que logra que un güey se levante en chinga después de haber recibido un latigazo en las pelotas es una estúpida avispa del tamaño de una pinche zanahoria.

Entonces me encontraba corriendo por mi vida, siendo perseguido por la avispa cuando de repente me cayó el veinte: ¿porque estaba corriendo yo de ella si YO era el que tenia el látigo!?

"¡Come látigo, estúpida avispa!" Grité, corriendo tras ella con el látigo, y entonces dí un latigazo especialmente fuerte y le pegué.....a mis pelotas ...otra vez.

Y voy pabajo, como vil saco de patatas.

Y entonces la avispa me picó.

"Que haces??" gritó mi hermano desde la puerta de mi casa.

"Agh", respondí.

"Llevas pinche corriendo y cayéndote los últimos diez minutos", comentó el.

"Nomas han pasado diez minutos?!"

Pasatiempo para re-verdes



¡Diviértete con tus amiguitos de la oficina!

miércoles, 3 de diciembre de 2008

POR PRIMERA VEZ



Así es queridos animalitos de la creación, por primera vez dejaré de ser obediente para volverme una rebelde. Así que hoy no escribo.


Sobres, sale bye.

(Duh, creo que fallé)

Ya sé, mejor me pongo borracha y mañana no voy al trabajo, seh, eso es ser bien rebelde... verdad?, verdaaaaaad??????

¿Rebelde? No, gracias.


Crecí en una familia total y completamente normal. Mi papá era el señor trabajador que llegaba a casa a las 7 de la noche, le daba un beso a mi mamá y luego, mientras dejaba el portafolio, con la mano libre me despeinaba el cabello mientras decía “¿Cómo te fue en la escuela, campeón?” Luego nos sentábamos a cenar y veíamos Reportera del Crimen o Automan. Cuando me iba a la cama, mi mamá me daba el beso de las buenas noches y yo dormía profundamente, como el chamaco pendejo e inocente que era.

Chamaco pendejo e inocente.


En pocas palabras, tuve una infancia feliz.

No tengo nada, absolutamente nada que reclamarle a mis padres. No me dejaron taras, traumas ni cicatrices emocionales, ni una. Al contrario, mucho de lo que soy se lo debo al amoroso y estable hogar en el que crecí.

Cuando entrá a la secundaria, obviamente mis calificaciones bajaron un poco, pero nada de que alarmarse. También me metí en los clásicos problemas, como cuando a los catorce años mi mama me vio con un cigarro en la oreja (le dije aquello de “No es mío, me lo encargo un amigo” y ella hizo como que me creyó) o los reportes por irnos de pinta. Quiero aclarar que las muchas historias cómicas-mágicas-sexomusícales que he contado de mi adolescencia no interferían en mi hogar (muchas de esas anécdotas ocurrían a plena luz del día y entre semana), así que en el fondo, yo seguía siendo un adolescente común y corriente.

Adolescente común y corriente.


Por mi cabeza ni siquiera pasaba la idea de rebelarme, ¿Rebelarme contra que? Mientras le avisara a mis papas, podía hacer casi cualquier cosa; tendría que ser muy pendejo para renegar de mi status quo.

¿Qué chingados pasó entonces?

¿Dije pendejo? ¿Dije que era un adolescente? Uh-hu.

Tenía dieciséis años y entré a primer semestre en la preparatoria J. Guadalupe Velazquez, escuela de monjas metida con calzador en el viejo centro histórico de la ciudad, justo al lado de la oficina de Correos. La madre Herminia dirigía con mano férrea y arrugado himen el destino de dos docenas de preparatorianos imberbes.

Mi desempeño durante el semestre fue normal. La escuela nunca me había dado problemas; yo era de esos tipos cagantes que no necesitaban estudiar. Para los exámenes, retenía lo suficiente en mi memoria y lo demás lo deducía. Sacaba notas altas que se nivelaban con los trabajos no entregados. De nuevo, era un estudiante del montón.

Solo tenía una pequeña particularidad que me diferenciaba del resto y que al final fue la causa de mi caída.

Para ese entonces me estaba dejando crecer el cabello. No mucho, nada fuera del otro mundo, lo traía largo a la mandíbula y ya. Yo era el único de todos mis amigos que usaba el cabello largo y por eso se burlaban constantemente de mí. No me importaba mucho, porque la mayoría de ellos usaban el legendario honguito y dudaba de su calidad moral como jueces estéticos.

Pero regresemos con la Madre Herminia y sus bochornos menopáusicos.

Durante la mayor parte del semestre pude torear sus constantes quejas sobre el largo de mi cabello. Mucho gel y un peine podían disimular fácilmente la greña y salir del paso hasta la siguiente semana. Hacia el final del semestre la cosa se estaba poniendo imposible y después de un regaño particularmente violento de la Madre Herminia, hice lo que hubiera hecho cualquiera en mi lugar: tome la parte superior de mi greña y con una liga me hice una palmerita muy coqueta, luego un amigo tomo una máquina de peluquero y poniéndola en el #1, me rapó lo que sobraba de cráneo.

Me hice un proto mohawk cuando ni siquiera sabía que eso existía.


Mr. Elegancia, siempre presentable para cualquier ocasión.

Así que al otro día tome lo que me quedaba de cabello, hice una especie de chongo y me puse una gorra. Y así, sintiéndome completamente chingón, pase frente a la Madre Herminia exhibiendo mi —casi— impecable corte. La Madre movió la cabeza en señal de aprobación y acto seguido se olvido de mí y siguió arrancándo los pelos de las piernas que atravesaban sus medias blancas.

El truco duró una semana.

Un día, en receso, mientras éramos observados discreta pero atentamente por la Madre Herminia desde el balcón, tuve la mala idea de ponerme a jugar voleibol para lucirme con las viejas gordas, feas y mochas que componían el 92% de la población de la escuela. En una desafortunada jugada, un compañero y yo saltamos bajo la red para bloquear una clavada, pero mi compañero tuvo el bendito tino de meter su mano frente a mi cara y hacia la visera de mi gorra, la cual abandono mi cabeza, ocasionando que, al pisar de nuevo el suelo, tuviera que apartarme el greñero de la cara.

Desde el balcón escuche el virginal grito de la Madre Hermina.

— ¡LUUUUISSSSSS! ¡A LA DIRECCION!

La Madre Herminia desquito cincuenta y tantos años de resequedad vaginal regañándome. Al final me puso un ultimátum: si al día siguiente no llegaba con un corte decente, no me dejaría presentar los finales. Apabullado, dije que sí (frente a la ira del Señor personificada por alguien que jamás se ha rasurado las piernas, ustedes también dirían que sí a todo).

Así que con todo el dolor de mi corazón, fui a la peluquería y salí de ahí luciendo como el Príncipe Valiente, nomás que sin lo príncipe y sin lo valiente, solo con el peinadito de puto.

Al otro día pase frente a la Madre Herminia sin voltearla a ver siquiera, seguro de que por fin dejaría de joder. Error.

— Buenos días Luis, ¿Qué le dije?
— ¿Qué me dijo de que, Madre?
— Sobre el cabello, ¿No le dije que se lo cortara?
— Si Madre, me lo corté…
— No, le dije que se lo cortara como hombre.

Uh.

Yo podría ser un chamaco pendejo que sólo había cogido con locas cuarentonas y con vagabundas, pero no iba a permitir que una monja se metiera con mi masculinidad.

— Madre, mi hombría no tiene nada que ver con el largo de mi cabello —dije—, además, ¿Qué Jesús no lo traía largo también?

Nunca hubiera dicho eso.

La Madre Herminia se puso de todos los colores del espectro electromagnetico: del blanco titanio, pasando por toda la gama de los rojos hasta alcanzar el ultravioleta y un poco de radiación gamma.

— ¡NO BLASFEMES! —gritó.

Aquí la Madre soltó un torrente de penurias por las que mi alma inmortal tendría que pasar para lograr el perdón del Señor y poder entrar en el Reino de los Cielos por los siglos de los siglos Amén. Fue en ese momento, mientras veía a la Madre Herminia escupir la condenación eterna a través de sus dientes postizos que algo se rompió dentro de mí. Hasta la fecha, no sé que fue lo que me orilló hacia el primer, único y autentico acto de rebeldía que he tenido en mi vida. Interrumpiéndola, dije:

— ¿Sabe que, Madre? Usted y su escuela se pueden ir al carajo.

Di la vuelta y me fui.

En mi vida he tomado muchas decisiones extrañas e importantes sobre la marcha, pero creo que esa fue la primera, pero sobre todo, la primera a la que me apegue de verdad. En el camino hacia mi casa, prepare lo que le iba a decir a mi mamá (“Sólo este semestre, regreso el próximo año”, ajá) Obviamente no lo tomo muy bien; mi papá me dedico una mirada exactamente igual a la que (me lo dijo años después) le dedico su mama a él cuando se fue de su casa a los dieciocho años.

Al otro día empecé a buscar trabajo y luego a pagarle renta a mi papá y la comida a mi mamá. Un año después regrese por mis papeles. Entré a la dirección con el cabello suelto llegándome a los hombros.


En el pináculo de mi...no sé


— Madre Herminia, buenas tardes –dije sonriente.
— Luis, buenas, tardes, ¿Qué se le ofrece?
— Vengo por mis papeles, Madre.
— Claro, con mucho gusto –respondió servicial.
— Gracias, que amable.

Como diría Ibargüengoitia, nos despedimos casi de beso, pero cuando la vi de espalda, le menté la madre.

Nunca regrese a estudiar; he trabajado desde los dieciséis años y gracias a ese momento de rebeldía pura, hoy puedo decir, orgulloso, que partiendo de la nada he alcanzado las mas altas cotas de la miseria…

Hey! Un momento…la rebeldía apesta.




Epílogo:



martes, 2 de diciembre de 2008

Ejercicio 9: Rebelde sin causa.


Soy bien rebelde: escribí bien tarde. Sin causa?. Nah, llegó de nuevo mi xbox360.

Fin.

Gamertag: Fred Zimmerman

lunes, 1 de diciembre de 2008

Informe de rebeldía histórica



Debido a que en últimas fechas se ha confundido el término Rebelde, asociándolo con música para idiotas, el siguiente informe ejemplifica cómo desde el inicio de la civilización, existe la necesidad de la juventud por rebelarse contra lo establecido.

Todas las sociedades requieren de costumbres y tradiciones para sustentar las actividades económicas, políticas y sociales. Con esto, la sociedad garantiza el orden necesario e indispensable para continuar en su crecimiento y evolucionar históricamente.

En este mundo occidentalizado, consideramos que los actuales usos y costumbres son los más civilizados y tendemos a catalogar a las pasadas expresiones como barbarismos. Por esta razón, debemos considerar el entorno histórico de cada sociedad, para así, entender su rebeldía.

Caso 1. Aztecas.
Sociedad guerrera por antonomasia. Para 1498, se reportan células rebelde llamadas "Los Jipitzins", quienes predicaban el amor y la paz, y se reunían a vender chacharitas y fumar peyote en el Chopo. La siguiente imagen es una reproducción de una estela azteca.



* ¿Qué chingados quieres decir con que no vas a la guerra?
** Paz, hermano.

Caso 2: Egipcios
Sociedad milenaria creadora de grandes y excelsas pirámides. En coherencia con esta majestuosidad, solían vestirse con grandes lujos. Sin embargo, hacia el 563 A.C. una secta comenzó a utilizar animales vivos como sombreros, predicando una moda y un estilo de vida austera.



*¿De donde putas sacas la "austeridad", Amón?
* ¡¡Mi lagarto!!

Caso 3: Inglaterra s.XVIII
Para continuar con el legado inglés, la tradición más importante era la de tener tantos hijos como fuera posible. Sin embargo, hay evidencias que el príncipe Albert se unió a uno de esos grupos estoicos que predicaban la castidad, el ayuno y el no a todos los placeres carnales.




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