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domingo, 22 de febrero de 2009

Variante de una ruleta rusa.



Como yo, Alma nunca bebió demasiado. Una cerveza, dos, un tequila de vez en cuándo. Salía con su marido y él se tomaba la mitad de la botella, cinco de la cubeta, no tenía reservas. Él, honestamente, se divertía mucho. Cuando bebía, podía decirle a su mujer todas las palabras cariñosas que se guardaba a temor de ser cursi, o menos hombre, o de esos exagerados mamones que no le dan a sus mujeres espacio.

Ella lo odiaba por eso.

Tan lo odiaba desde hace unos meses, que se acostaba con otros. Uno que pudiera mangonearla agusto, que le pudiera jalar el cabello mientras se la cogía en cuatro, que le pudiera morder los hombros sin temor a que la descubrieran, que le pudiera nalguear y dejar las nalgas adoloridas, y bien cogidas. Si bebiera como él, pensaba Alma, entonces haría lo que hago con los otros en la cama, y no podría esconder ningún secreto.

Mientras tanto, él seguía tomando a su ritmo normal, se iba al baño a despojar la bebida para seguir bebiéndola, más tarde ella manejaba, lo ayudaba a subir, lo desnudaba y lo arropaba. Ella lo miraba mientras dormía y su rostro se iluminaba por la ventana. Secretos que se guardan en el corazón, por ejemplo, sus amantes. O que había matado a su abuelo en defensa propia, hacía algunos años, cuando intentó violarla. Alma le tenía respeto al alcohol, tenía respeto a sus poderes. El alcohol incluso, reveló al verdadero abuelo. -Hay cosas -dice Alma, sin sospechar que rompió una cuarta pared-, que son mejor no disfrutarlas nunca.

Alma sonrió. Nunca desconfíes de una buena sonrisa, decía Dostoievski. La sonrisa de Alma no era buena. La noche que estuvo verdaderamente harta de todos los secretos que había guardado, su rostro estuvo a punto de partirse a la mitad.

Mientras su esposo dormía, se levantó y sobre el buró puso tres cosas: un cuchillo de cocina, una carta de amor y un diario donde confesaba su otra vida sexual. Beber poco siempre le daba verdades a medias. Una chela, podía provocar un fugaz momento de honestidad donde amaba a su marido, deseaba dejarlo o deseaba matarlo igual a su abuelo. -Tanto odio, tantos los días, no puede ser del todo verdadero -suspiró. Buscó una botella de tequila y un caballito. El primer shot sirvió para empujar a la determinación y mientras su marido dormía, plácidamente, roncando su borrachera... ella lo miró una vez más, y después miró los tres objetos sobre el mueble, repasándolos muy lentamente.

-Creo que ya es hora... veremos cual de las tres es la original, mi corazón.

De veritititas que nomás me tome una, hic



Dado el tema de esta semana me permitiré tomar prestada de un amigo la anécdota que vivió tras una borrachera.

Eran sus años mozos, él no tenía mucho tiempo de haber comenzado a tomar, y a pesar de no gustar de los antros, el grupo de amigos y amigas había desarrollado la costumbre de asistir todos los viernes a un lugar nuevo llamado La Chabela (también culpable del noventa por ciento de los gustos musicales culposos de éste cabrón).

El lugar abría en teoría a las 6:30 de la tarde, y cerraba a las 3:00 am. La promoción de dos por uno en botellas nacionales aplicaba hasta las 7:00 pm, por lo que toda la bola de borrachos adolescentes se reunía afuera de mi casa la casa de este cabrón que era la más céntrica desde las 6:15 de la tarde para partir en caravana hacia el dichoso antro.

Siguiendo éste plan religiosamente, todos los viernes a las 7:50 pm ya había cuatro pomos de bacacho en la mesa (todos éramos estudiantes, nomás para Bacardi Blanco alcanzaba, puag). El plan de mi camarada era muy sencillo: pisteaba como loco al llegar, por ahí de las 11:00 pm bajaba el ritmo y a las 3:00 am que nos corrían ya andaba en condiciones perfectas para manejar, pues su madre le prestaba el carro. Y así se la llevo muchas, muchas ocasiones.

El problema llegó cuando, en la peda, empezó a perder la noción del tiempo, entonces en una ocasión salió cayéndose de borracho, y como ni se despidió o de quien lo hizo estaba igual o peor, se fue solo.

Y así éste cabrón, haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantenerse entre las dos líneas blancas que tanto se movían, en la carretera México – Querétaro, iba manejando cuando sintió una tremenda necesidad fisiológica, y no una fácil de contener. Vomitó un poquito mientras manejaba a más de 100 km por hora, sin perder de vista el camino. Casi no mancho el volante ni su pantalón.

Siguiendo sus impulsos, obedeciendo a la naturaleza, se orilló en la gasolinera que está justo antes de la barbacoa de Don Cuco (ahí va mi desayuno gratis Don Cuco), orilló el carro y en el camellón que separa el local de la lateral de la carretera comenzó a vomitar como poseído. Después de unos dos o tres minutos de expulsar el diablo de su cuerpo, mi camarada se limpió la boca, cerró la puerta –en ese orden- y justo cuando iba a encender el automóvil, logró notar gracias a su superdesarrollada visión periférica que un vehículo con unas sospechosas luces roja y azul sobre su toldo se orillaba a su lado, tapándole la salida.

Este cabrón, de la manera más serena y madura pensó: -ya me chingué-. Continuando con un siempre inteligente: -actúa normal.

Desde el interior del vehículo adyacente (quihubo) lo iluminaron con una luz bastante molesta. Mi camarada, como todo cabrón hubiera hecho normalmente, sonrió y saludó con la mano.

Inmediatamente se bajaron del vehículo dos hombres vestidos de azul. Uno se quedó ahí junto a su carro, el otro se acercó a la puerta del vehículo de éste pobre cabrón, que obviamente, y para devolver la cortesía, se bajó de su carro.

-Identificación joven- dijo el oficial plantándose frente a nuestro bienaventurado compañero.
-¿Cómo no oficial?- respondió el joven mientras sacaba de su cartera su licencia de conducir y la extendía al policía.

Por supuesto que mi amigo –como me confesaría años después- ya sentía que se lo había cargado la meritita verga, estaba pensando en llamar al resto de lo borrachos para juntar lana y “pagar la multa” para que no le recogieran el vehículo. Ya se veía llamando a sus padres, de madrugada, desde la delegación.

-¿Cómo viene? – preguntó el representante de la autoridad alumbrando con la chingada lamparita de nuevo la cara del protagonista de esta historia.
-Mire oficial, la verdad venía bien mal, pero ahorita que ya vomité- seálando hacia el suelo y luego su pantalón- ya me siento mejor, gracias.

El policía alumbró la identificación, la cara del joven alcoholizado, la identificación de nuevo y la extiende al sorprendido borrachales mientras dice: -Váyase con cuidado.

Este suertudo hombre, mientras seguía pensando –actúa normal- tomó su identificación, la guardó en su cartera, abrió la puerta de su vehículo y sólo atinó a decir: -¡Gracias!

Sin acelerarse mucho ni actuar de manera desenfrenada salió de la gasolinera luego de que los policías movieron la patrulla, se incorporó a la carretera y recorrió tranquilamente el resto del camino a su casa. Así, sin mordida, ni regaño, ni nada.

Después mi cuate hizo un cagadero al llegar a su casa y despertó a toda su familia, pero eso ya es otra historia.

Moraleja: decir la verdad es bueno.

Me cae que si encontrara a esos polis (y los reconociera, cosa difícil dada la situación), les invitaba una peda. Digo, mi amigo, mi amigo.

sábado, 21 de febrero de 2009

Tira Borracha


Puedes engañar a todos menos a ti mismo



"Tú te quedaste en la etapa oral Freudiana." Sentencié.

La mujer del picadiente al principio se sintió expuesta, y finalmente lo quitó de su boca en un exagerado ademán de independencia, y lo aventó hacia atrás. Un pendejo a su lado comentó que el picadiente le pudo haber caído a alguien en el ojo.

"¿Y?", me respondió después de recuperase del movimiento torpe y sin estilo. Qué mujer tan estúpida, simple. Qué común. Me puse a la de gente del piso de abajo.

Hay una delicia inexplicable en sentirse tan solo en un lugar tan público. La música que ahoga toda voz. Las luces anónimas que iluminan brevemente a la oscuridad.

Ella contó alguna anécdota aburrida de un viaje a un volcán donde cabalgó. Sus ojos me voltearon a ver brevemente y en una milésima de segundo capté que buscaba mi aceptación. Su perro babeó a un lado, asintió con la cabeza como estúpido y tragó cada palabra que ella expulsó de sus vulgares labios como la más pura verdad.

Un ardor en mi pecho.

Me excusé para ir al baño.

Empujándome entre la multitud con los brazos colgando como títere, navegué el antro de escotes y máscaras.


Tiré una meada de media gana en el mingitorio y me fui a recargar frente al espejo.

Las bolsas negras bajo mis ojos delataron días de abuso ... dos carboncitos hundidos en mi cara insípida.

De pronto, cada célula de mi cuerpo rechazó a cada otra. Vomité un arco de expulsión poderosa, el ahogo reciclado en mi garganta volviendo a entrar a mi estómago y pulmones mientras batallé para respirar.

"Salud" rió un bromista.

Después de una breve conmonción me recargué en el lavabo y extendí mi mano para detener a aquellos buenos samaritanos que se aglomeraron a un lado.

En la mesa nadie notó mi retraso y era hora de irse. Ella hablaba de su viaje a Europa. Decidí perderme en la multitud.





Me despertó el frío y no reconocí el cuarto. Alguien se estaba bañando.

Saqué mi celular de mi pantalon sobre el buró para ver la hora.

Le había marcado treinta y siete veces entre las tres y siete de la madrugada a la más aburrida del antro, a esa estúpida que no se podía callar.

¿A quién quería engañar, si moría por ella? Mi insolencia y mi orgullo en mi contra, no pude besarla esa noche, ni lo logré nunca después.


La regadera se apagó y se abrió la cortina de un baño.

El sol entró por una persiana caída y un dolor conocido se empezó a manifestar en mi cabeza.

jueves, 19 de febrero de 2009

Tomar a solas



Despertar empapado en el vómito propio, y no en el ajeno, es una experiencia maravillosa que la gente feliz y de buenas costumbres no se permite nunca. Levantarse del piso con punzadas en el cuerpo, sin nadie al lado, sin nadie arriba, sin nadie abajo, con los pantalones sin desabrochar. Cuánta poesía hay en esas mañanas. Cuánta belleza melancólica baña esos despertares. Cuánta exquisita tragedia inundándolo todo. Cuánta hermosa soledad.

Mi historia, como todas las historias, empezó una noche cualquiera. Sentado en una acera esperaba al amor de mi vida fumándome un cigarrillo. Heme ahí, enamorado, invocándola con mis pensamientos y con mis labios agrietados, a sabiendas de que nunca iba a llegar, porque me había abandonado. La esperaba pero al mismo tiempo no esperaba nada. La sentía en mis brazos, pero estaba solo. La amaba, pero no me pertenecía.

Caminé llorando como un loco, como el poco hombre que soy. Dibujé su rostro en las hojas de los árboles, en las alcantarillas, en las migajas, en los botes de basura , en las ventanas de los autos, en las estrellas con su luminosidad insoportable, en mí mismo. ¿Qué sería de mí? ¿Qué podía hacer para mitigar el dolor atroz me atormentaba? Mi mundo se caía a pedazos. Todo era pesadumbre.

Regresé a casa y las vi a ellas, a las botellas, tan amigables, tan perfectas. Me miraban con sus inexistentes ojos como atravesándolo todo y yo no puse resistencia. Bebí hasta que ya no bebía, hasta que beber era un acto involuntario, inconsciente, insufrible. Lo olvidé todo, y me olvidé de mí. Me paré frente al espejo y vi el estúpido reflejo de mí mismo con la boca ensangrentada y con el corazón al descubierto.

Qué sublimidad desnudar nuestra alma frente a nosotros mismos y frente a nadie más. Qué magnificencia decir la verdad sin que nadie más la escuche. Qué claridad de luna revolcarnos con nuestra propia sombra, derramándonos, dándolo todo, atreviéndonos a confesar. Qué hermoso es despertar empapado en el vómito propio, y no en el ajeno, un domingo por la mañana.

Tres momentos de la historia de la ciencia que nunca fueron y una minificción



Si esa frase de Plinio el Viejo que dice que en el vino está encerrada la verdad -como genio dispuesto a revelarse al que vacíe la botella- tuviera fundamento histórico, yo creo que muchos de los misterios del Universo se hubieran develado gracias al expedito recurso de ponerse una peda.

La biografía de Darwin tendría un párrafo como el que sigue:
Después de que un tifón casi hunde al Beagle, el capitán Fitzroy y Darwin se echaron unos alipuces para reponerse del susto. Cuando Darwin ya había tumbado debajo de la mesa a Fitzroy, salió a mear sobre la borda. Mientras alimentaba con su agüita amarilla a los peces tuvo una idea: "ya sé qué nombre ponerle a lo que provoca que haya tanto bicho raro por todos lados: selección natural. Lástima que aún no hayan inventado el Premio Nobel porque de seguro me lo daban, jejeje". A continuación Darwin se fue de cabeza por la borda y tuvo que ser rescatado.
La formulación de la física newtoniana habría sido así:
Llegó Halley (Edmund, no el cometa) a la casa de Newton cargando unas botellas. Se las bebieron y así fue como Halley convenció a Newton de escribir los Principia Mathematica. Newton que era un gran bromista dijo "Los voy a escribir en latín para que nadie les entienda". Halley entre hipos estuvo de acuerdo. Antes de que la guarapeta se le bajara, a Newton le pareció muy buena idea poner una G mayúscula al lado de una de sus ecuaciones y dijo "A esta la llamaré constante de la gravitación universal porque así se me da la gana". Luego le tiró una manzana en la cabeza a Halley.
Y las reflexiones relativistas de Einstein serían conversación de borrachos de cantina a la hora de ir al baño:
En este excusado que ves aquí encontraron a Einstein abrazado. Mientras contemplaba las interioridades del excusado, entre guácara y guácara decía "asómense a ver nada más qué espacio tan curvo... uaaac..."
Pero no es así. In vino veritas no es una receta para hallar la verdad. Es una advertencia de que chupando pueden quedar expuestas características de la personalidad que los que no saben beber harían mejor en mantener ocultas.

A continuación va una minificción para ilustrar esto que digo:
Se sentaron 13 a la mesa. El mal augurio se disipó cuando empezaron a comer y a beber. El líder pronunció discursos. Unos tan memorables que gente que ni estaba ahí ni había nacido los registró para la posteridad en la Biblia. El anfitrión, próspero, había puesto a disposición abundante vino. El líder presentía que esta era su última cena así que bebió abundantemente.

"Alguien de los de aquí me va a traicionar" dijo. Los demás ponderaron sus palabras. Se dieron cuenta que era una necedad y siguieron bebiendo.

El líder, ya muy pedo, se levantó, dio tres pasos y se volvió a sentar, en las rodillas de uno de sus discípulos.

- ¿Qué tal si me das un beso ahora? - dijo.

El discípulo reflexionó: "Tolero que el jefe sea hippie, tolero que sea joto. Lo que sí me está costando trabajo tolerar es que se me siente en las rodillas. Me están dando ganas de chacharearlo por 30 monedas."

El díscipulo también muy pedo, en lugar de contestar lo que estaba pensando dijo:

- No, maestro, porque me dan cosquillas tus barbas.

El líder se buscó a otro discípulo más dispuesto. Ese Pedro quizá sirviera...

Kabeza aparece como No conectado y es posible que no conteste



Tuvieron que pasar varios meses para que surgiera la oportunidad de volver a salir con alguien. No porque no hubiera con quién, sino que con el tiempo me he hecho más exigente y sangrón.
Pero con ella era diferente. Angélica sí llenaba mis expectativas o al menos eso parecía, creía. Pues el único "pero" era que no la conocía en persona. Platiqué con ella por el messenger y nos entendimos bien, vivíamos en la misma ciudad, los dos estábamos solos, así que no vimos ningún problema en citarnos para conocernos.

Quedamos de vernos en "El Centenario" céntrica cantina de la ciudad. Llegué primero, no pasaron ni 5 minutos cuando ella ya estaba ahí. No mentía la foto de su perfil del messenger. Era muy guapa y con una sonrisa que me dejaba la cara como el más idiota de los emoticones.
Cuando tomamos asiento mi cabeza elucubraba más de lo normal en esas situaciones. Pedimos una cerveza y comenzamos a platicar de no me acuerdo qué cosas.
Cuando ella iba a la mitad de su cerveza, yo ya pedía la tercera.
Y así con la exaltación y exitación de estar con alguien como ella, imaginándome mil cosas al tiempo que ella reía mientras ponía su mano en mi hombro como cuidando de no caer al estarse riendo de no sé qué bobadas que yo le decía, yo seguí pidiendo y tomando cervezas, embelesado.

Como ciudad que se respete de mantener la moral y buenas costumbres, algunos establecimientos cierran a ciertas horas. Osea que nos corrieron y nos tuvimos que ir a un antrito que está a 3 cuadras de ahí. Oficialmente estaba borracho, salí observando el suelo buscando alguna línea que me guiara para no evidenciar mi ya nula coordinación. No recuerdo si se dio cuenta real de mi estado, sólo tengo vagas imágenes de ella riendo y sosteniéndome del brazo. Yo iba, por muchas razones, casi levitando.
Al arribar al antrillo ese me encontré con muchos conocidos quienes me saludaron mientras abrazaba a quien se dejara. Mi compañera se encontró a unas amigas, me las presentó y yo las besaba y abrazaba como si fueran amigas mías que no había visto en años.
Una de ella nos preguntó qué estábamos tomando, le dije que veníamos llegando y me extendió un vaso. Me dijo -Mira es un (y mencionó el nombre de alguna bebida extraña que sólo los borrachos podrían pronunciar)- le di un trago y le dije: -esto está muy dulce, mejor pídanme una cerveza en lo que voy al baño.

De entre punchis punchis y emos en rehabilitación me fui abriendo paso hasta llegar al WC. Lugar por demás singular, pues el antro este en sus años mozos, era una casa vieja, así que sólo había un retrete y una tina, la cual es ab-usada para orinar. Como soy un caballero me rehuso a depositar mi agua de riñón en un mueble que fue fabricado para darse baños de espuma, mínimo. Un tipo que seguramente también era un caballero estaba usando el retrete para mear, así que en lo que lo esperaba, me recargué en el marco de la puerta, volteé hacia el lavabo y me vi en el espejo. No lo hubiera hecho: Guillermo del Toro se hubiera extasiado al ver mi cara; más pálida de lo normal con tintes verduscos y mis ojos amarillos con las venas rojísimas. Abrí la llave del agua, me eché un poco en la cara y el tipo que ocupaba la taza del baño se fue. Empujé la puerta del baño tratando de cerrarla. Me puse frente al retrete, me desabroché la bragueta, me saqué el paquete y ... ¡CUAZ!
Sentí un golpe a un lado de la frente y en un codo.

No sé cuánto tiempo pasó.
Abrí los ojos y me deslumbró el foco del techo, vi cuatro cabezas que me observaban, sentí unas patadillas en un zapato y escuché murmullos de los que sólo pude distinguir un: "Es el Kabeza, güey, es el Kabeza"
Traté de reincorporarme apoyando los codos en el piso, pero los miados y mugre dejada por zapatos me hicieron resbalar. Los cuatro expectadores se convirtieron en rescatadores y cada uno se repartió una extremidad. De entre mis rescatadores reconocí a un viejo amigo que me levantaba de un brazo y me decía:
-Güey, te vamos a sacar, pero guárdate el pito, que lo traes de fuera.
-Hazme el favor completo cabrón, le dije mientras le guiñaba un ojo.
(Ok, esto no es exacto, es un chascarrillo para romper la tensión)

Y así cuatro personas me sacaban de entre pubertos que bailoteaban y murmullos del gentío: "Es el Kabeza"... "pinche Kabe ya se lo madrearon"... "Ah, no mames, ¿es el de los dibujitos?"...
Ya en la calle, sentado en la banqueta le pregunto a mi amigo rescatador: -¿Qué me pasó güey?
-No sé, entré al baño y ahí estabas tirado.
-Chin, sí, me duele la frente creo que me pegué ahí. Chale, me desmayé.
-Ya le pedí un Red Bull a un mesero para que te alivianes. ¿Andas muy pedo?
-Sí, gacho. Mejor dame un "ride" (aventón)
-Pos ¿con quién vienes?
-No me acuerdo güey, me siento muy mal.
-A ver, deja avisar a mis compas.

Se metió mi amigo al antro de la perdición y pasaron algunos minutos que me parecieron horas. Comencé a sentir cosquilleos en las manos, sentí sudor frío en la frente y sobacos, además de muchas ganas de orinar. Me puse de pie y recargado en la pared me fui derechito a mi casa. Caminando me iba deteniendo en rejas, postes, paredes y árboles. Todo objeto estático me servía para no desfallecer. Al pasar por el Parque Lerdo me detuve en el kiosco puse mi cabeza en una de sus muros e hice lo que iba a hacer antes de azotar en el baño del terror.
Llegué a mi casa, me quité los zapatos y me metí a la cama.

Al otro día, después de la consabida cruda. Me dispuse a hacer mi trabajo diario. Preparé mis papeles y plumas. Encendí la computadora, se abrió el messenger al tiempo que se abría una ventana que gritaba un:
"Angélica dice:
y tú dónde te metiste??????"
Provocando que hiciera lo que todo hombre que se respete debe hacer: Poner el estado "No conectado" en lo que reseteaba mi memoria y se me ocurría qué decir.

miércoles, 18 de febrero de 2009

…al sonoro rugir del cañón.



Lentamente, desde un profundísimo abismo, mi conciencia se arrastra hacia un punto de luz a lo lejos. De fondo, casi imperceptiblemente, se escucha un ligero zumbido. Entre más me acerco a la luz, el zumbido se intensifica. Lucho, quiero regresar a la profundidad, a la oscuridad, pero no puedo evitarlo, sigo avanzando. La luz se hace más y más brillante mientras el zumbido cobra intensidad hasta que ambos son casi insoportables. La luz se convierte en una lanza de fuego que atraviesa mi cerebro y el zumbido asemeja un millón de abejas atrapadas en un megáfono.

Con un esfuerzo indescriptible abro los ojos.

Inmediatamente los cierro de nuevo porque la puta cabeza casi me explota. Lentamente, muy lentamente porque cada movimiento exige que mi corazón bombee más sangre, sangre que también circula por mi cabeza, cabeza que esta a punto de explotar estiro la mano izquierda y apago el despertador. Después de unos momentos, vuelvo a abrir los ojos muy despacio. Sin moverme miro alrededor. Buró familiar, ventana familiar, televisión familiar. Estoy en mi propio cuarto, lo cual, siempre, siempre, es un alivio.

Bajo la mirada. Estoy completamente vestido aunque con los pantalones desabrochados y mi pene, flácido y diminuto, descansa apresado en mi mano derecha. Adivino que es el cadáver de una puñeta fallida. Le doy mi más sentido pésame e intento reír, pero me detengo porque todos los Cañones de Navarone disparan al mismo tiempo dentro de mi cabeza.

Intento recordar por qué tengo una de las crudas más horribles de mi vida. Al principio fallo miserablemente porque ni siquiera recuerdo que día es. Después de exprimir lo que me queda de cerebro, logro recordar una fiesta, cuatro barriles de cerveza y una apuesta que espero haber ganado. Pero eso es todo, lo demás esta en blanco. Como no tengo sangre en las manos ni una costilla rota, supongo que fue una buena noche.

Después de lo que parecen tres horas pero en realidad son solo unos minutos, intento levantarme de la cama. No por gusto, por supuesto que no, pero alguien, mientras dormía, arranco mi lengua y en su lugar puso un pedazo de lija vieja. Una sed inhumana me obliga, después de otra sinfonía de cañonazos que a cada descarga me arrancan pedazos de cerebro (allá van las clases de guitarra; ¿Ves eso otro que salio volando? Ah, eso era mi habilidad para andar en bicicleta. ¡Jo! Adiós viaje a Disney, te voy a extrañar) a levantarme tambaleando, tanto que mejor me quedo sentado en la orilla de la cama hasta que me aseguro que recuerdo como caminar.

Despacio y apoyándome en las paredes, salgo de mi cuarto y me arrastro hasta la cocina. Le ruego al Dios en el que nunca he creído que por favor, por lo que mas quiera, me quede una botella de agua fría. Mis hipócritas plegarias son escuchadas y una hermosa botella de agua helada descansa en la puerta del refrigerador. La abro y con un largo trago consigo hacer mierda lo que me queda de cerebro. ¿Alguna vez han tenido un brain freeze encima del dolor de cabeza de una cruda monumental? Oh Dios, sólo se lo deseo a unos pocos enemigos.

Mientras sostengo mi cabeza con una mano y aprieto las mandíbulas, salgo de la cocina y es entonces cuando lo veo.

Nononononononono…

Ahí, sobre la mesa del comedor, esta mi laptop abierta, prendida.

Nononononononono…

Por un momento los cañonazos en mi cabeza pasan a segundo término, pero en cuanto veo que la pagina abierta es la de mi correo y que un funesto “El mensaje ha sido enviado al destinatario” adorna la pantalla, el dolor, junto con una palidez de muerte, regresa con mas fuerza.

Con torpes manotazos reviso el correo que espero sólo sean tecladazos sin sentido, pero para mi maldita suerte, es completamente legible. Mi cuerpo es un hijo de puta que aun cuando pierde la coordinación gruesa, conserva la fina (he aprendido por las malas que aunque tal vez no pueda mantenerme en pie, aun puedo firmar vouchers perfectamente). En este caso, conservé la suficiente coordinación para escribir palabras coherentes.

Mierda.

Con creciente alarma voy leyendo el correo. Dios mío, fue una de esas noches. Cada frase es acompañada de un cañonazo en crescendo. Leo cosas como “Se que no debería decirlo…”, “Desde que te conocí…”, “…hermoso…”, “…enamorando…“Lo que sea necesario…”, “Esperaré por ti…” y muchas, muchas palabras después, rematando el correo, un rotundo, definitivo y mortal: “Te amo”.

Las manos me tiemblan, no sé si deba a que la cruda moral rápidamente esté alcanzando a la cruda física o a que, simplemente, por décima vez revisé el destinatario del correo.

Porque no es que lo escrito sea mentira, por supuesto que no; todo es verdad, todo es cierto y todo tenia que ser dicho, todo quería ser dicho. El problema es que entre mi increíble pedez y la maldita función autocompletar, en lugar de enviarle el correo a Karina, la fotógrafa que conocí hace un par de meses, se lo envíe a Karla, mi novia a la que se supone amo desde hace un par de años.

Justo en ese momento escucho mi celular sonando en la bolsa del pantalón. Sé, sin lugar a dudas gracias al ringtone personalizado, que es Karla. Lo apago sin mirarlo siquiera. Derrotado, me arrastro lentamente hacia mi cuarto, mientras el hijo de puta de Tchaikovsky dirige entre carcajadas la Obertura 1812 a todo volumen en mi cabeza.

Me derrumbo en mi cama y un último cañonazo me regresa –gracias a Dios- al abismo.






Epílogo.


Dos horas después algo me despierta de nuevo. No son los cañones, que para entonces han reducido su intensidad hasta ser meros morteros. No, es otra cosa. Con una sonrisa adolorida me levanto de nuevo y me tambaleo de regreso a la computadora. Releo el correo, pienso un par de segundos y encogiéndome de hombros mentalmente, corrijo el destinatario y presiono Send. Luego me levanto, camino hacia el refrigerador, lo abro y destapo una cerveza. De nuevo río dolorosamente y le doy un trago.


martes, 17 de febrero de 2009

Out of Step With The World...



Lo malo de acostumbrarse a beber es que acostumbras a todos a verte borracho.

Comencé a beber en la preparatoria y me reía de quienes no lo hacían. Quería que todos me identificaran como el borracho irredento, el borracho estridente, llamativo, el borracho cabrón, gandalla, gorrón, pero con un toque de genialidad, de humor, y me armé de una pinche pose de borracho bukowskiano, aderezado con un poco de Henry Miller y un par extra de libros semejantes. No usaba drogas así que no metí a Ginsberg ni a ningún pinche beat aun cuando adoraba la poesia de Corso.

Y lo logré. Logré que me señalaran como el borracho más pelafustán de la preparatoria, y me inmortalicé la noche que rescaté a la legendaria Nina, a quien apodabamos la Tina Turner por que le cabían litros de alcohol y por que ya borracha se tornaba insoportable: Tina... Turner. Luego de chutarse botella y media de vodka a sus diecisiete años, se metió al baño y se inyectó heroina para probarla por vez primera. La hallé tirada, gorda e inmunda en sus vómitos, y la desnudé y mientras la cacheteaba y le entraba a patadas (tomen nota, las patadas y cachetadas son necesarias en una sobredosis de heroina: eleva los niveles de adrenalina en el cuerpo), la desnudé y la metí a la regadera.

Incluso me la cogí, para que lo oculto. Nadie se enteró de eso. De hecho, ahora pienso que fue eso lo que la terminó de reanimar. Y no me jacto.

Sin embargo, la ignorancia rampante de la bola de imbéciles que estudiaban conmigo, en la única preparatoria federal de Tijuana, impidió que me asociaran con Bukowski o Henry Miller, y cuando entramos a la universidad apenas era reconocido por ser un borracho estridente y vulgar que las mujeres rehuían y los tipos procuraban para reirse a expensas de alguien. No me importó. Digamos que en la universidad me sofistiqué y adopté una borrachera más nihilista, del tipo ruso, y me imaginaba en alguna pinche novela de Dostoyevsky, pero en realidad tenía mucho de Gogol e Isaak E. Babel. A los 20 descubrí a Ciorán y todo se fue al caño. Mi alcoholismo comenzó a atraer a verdaderas quimeras del azotaje: viejas borrachas y putonas que recitaban desde Les Fleurs du Mal, pasando por rollos de Verlaine y Allan Poe y demás mierda simbolista. ¿Quien leía a Mallarme, bola de pretenciosos? Solo yo. Y nunca corregí al pendejo aquel por decir que fue Huysmans y no Moréas el que escribió el manifesto simbolista.

El punto es que así ingresé al difícil mundo de la promiscuidad y el alcohol, y cogí y cogí como loquito, y me sentía tan afectado literariamente, que nunca me di cuenta que la diferencia entre un pinche borracho patibulario y yo era unicamente el rehilete de pendejadas que leía y me chutaba. Pesqué una gonorrea, moluscos contagiosas y seguro contagié varios papilomas, pero en vez de sentirme como un foco de infección me comparaba con algún poeta maldito del modernismo francés. Hay que ver lo que provoca la literatura en este proceso de autoengaño alcoholico.

La gente me catalogó. La gente me identificaba como un borracho, y cuando dejé de putear con tanta mujer y me asenté y mi alcoholismo se convirtió en un hábito solitario, después de pasar por fiestas de excesos para amainar mi parranda en reuniones soporiferas de vinito y ambigú, la única mujer que me toleró se acostumbró a verme borracho, a tratar conmigo en completo estado de ebriedad, a cogerme, montarme y chuparme sumido en borracheras y al borde del vómito.

Fue cuando me transformé en algo que muy pocos logran, señores: Un borracho funcional, un borracho en armonía con su entorno. Vivía de una beca por mis investigaciones en literatura y filología (quién estudia filología hoy en día, dios mio), y no debía despertar temprano ni cumplir horarios. Todos se resignaron a verme borracho, y así deambulaba la mayoría de los días: pedo y tremebundo. Y me dejaron en paz. Tenía treintaiuno cuando de súbito me harté de chupar y para no ingresar a Alcoholicos Anónimos fui a tatuarme en un hombro las letras "sXe" para dejar en claro que me convertía a la doctrina punk del Straight Edge. Incluso comencé a escuchar hardcore punk y guisas parecidas.

Por supuesto todo se vino abajo. No solo me volví aburrido sino que todos se volvieron aburridos también. Aunque intenté evitarlo, un pinche aire de puritanismo me envolvió y la gente comenzó a sentirse amenazada o abrumada de no verme tomar como cosaco. Perdí mi encanto - si es que alguna vez tuve alguno - y mis opiniones se fueron a la chingada: me comenzó a ganar un ánimo de indiferencia y desgano, y me di cuenta que la sobriedad disminuía la importancia de casi todo. Mis ideas, mis fundamentos, mis teorías y hasta mis hermosos prejuicios me resultaban pesados y no me interesaba respaldarlos ni discutirlos ni sostenerlos. Me valía madre el pensamiento. Lo peor, es que mi mujer me había hallado el sabor de cogerme ebrio.

Ya no voy a marear a nadie. ¿Que hago ahora para funcionar? Finjo estar borracho. Es muy sencillo: Imagino que la realidad es ligera, que mis palabras carecen de consecuencias y que la verdad, ese peñasco donde todos se arrojan como mártires, es cualquier cosa que pueda escandalizar a alguien. A la gente le encanta el escandalo, y a eso le llaman verdad.

Je.

Borracho le sacas la verdad



Mi amiga Carolina decía que a los hombres hay que dejarlos beber. “Y ya borracho, le sacas la verdad”, soltaba con tono académico. Pero pues la verdad, la verdad a mí ya me vale madres.

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“Mira nada más. ¿A poco no estaba preciosa?”. O sea que no me estaba viendo a mí. Que por más que yo trataba de sentarme derechita, meter la panza, sacar las tetas y entornar los ojos, el tipo estaba viendo a Silvia Pinal.

Qué poca madre; mira que poner una foto de la Pinal en su mejor momento y completamente encuerada, justo junto a la mesa de cantina donde yo me lo estaba queriendo ligar. Qué falta de respeto.

Nos habíamos visto varias veces, con las miradas falsas de quienes nunca se han echado un alcohol juntos, hasta que llegó el momento de la verdad. Entonces el pretexto de la chamba ya estaba gastado, había que sacar algo nuevo.

“¿Qué tienes que hacer? ¿Vamos por una chela?”. Ya chingué, pensé yo; al fin que dicen que borracho... ya sabemos. Momentos más tarde la pinche Silvia Pinal me robaba mis primeros cinco minutos de fama. Cuando me paré al baño, me di cuenta de que ya andaba peda.

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“No es mezcal, es aguardiente”. Pues igual sabía pocamadre. Dizque porque era de Guerrero: dos vasitos, una noche con una lunota y música para ardidos. Me cae que ahora sí le saco la verdad, supongo que me dije.

Me acuerdo que nos subimos a una terraza, que él se puso a dibujarme sombras entre las montañas y que hizo que me imaginara que en lugar de cerros había mar; yo me clavé tanto en su viaje que hasta unos barquitos alcanzaba a ver. Por supuesto mi vaso se hacía cada vez más chiquito, y para mantener el paso me empecé a tomar el de él.

Cuando dejé de imaginar cosas y me dio por pensar, me solté chillando. Y entre lagrimones y más aguardiente, que me da por abrir el corazón. Confesé amores abrazada a un jarrón espantoso; vomité, me caí en una escalera, canté y menté madres. Dos semanas después ya vivíamos juntos.

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Ya pasaron diez años. Ahora cruzamos la frontera para comprar tequila, vamos a un bar que hace su propia chela, él es un maestro con el sacacorchos y yo aún no logro verlo borracho. Sólo dios sabe cuántas veces más me he puesto a chillar de amor; pero a estas alturas, la verdad, la verdad me viene valiendo madres.

lunes, 16 de febrero de 2009

Más respeto a Baco, por favor



Si sólo los borrachos y los niños dicen la verdad, entonces las reuniones etílicas están atascadas de cobardes y suripantas de clóset. Las reuniones etílicas no sólo sirven para ostentar algún record de caguamas ingeridas, subir videos chistocitos a youtube o burlarte de un borrachín que terminó con la cara rayoneada. Existen anécdotas mucho más lamentables que al día siguiente revelan a un ser humano despreciable.

En cuanto el alcohol tapa las neuronas necesarias para acordarte de nombres o lugares, se conectan aquellas que te hacen recordar que puedes morir sólo e incontinente, sin nadie dispuesto a cambiarte los pañales cagados y decides soltar un "te amo", "quiero casarme contigo", "quiero que tengas mis hijos", "nunca me dejes".

Por supuesto, ésto sólo aplica para los hombres. Las mujeres -al menos la mayoría- podemos decir esto sin necesidad de otra droga más que la oxitocina.

Y para la imbécil escuchante de tan vomitiva revelación es una de las mejores noches de su vida. Al día siguiente, la pusilánime sonríe como si el sexo post-confesión-cobarde hubiera sido bueno. Afortunadamente para nosotras, este imbecilismo se quita con la edad los madrazos.

La situación se torna más lastimosa cuando el ebrio en cuestión no sólo revela sus emociones infatuosas, si no que éstas son recibidas por la persona incorrecta. Si ella responde -y lo más seguro es que lo haga- con palabras cortantes e hirientes, comienza una avalancha de declaraciones que se remontan a etapas orales y traumas existenciales que sólo cobrando debieran ser escuchadas. Soltar un "no mames, ¿en serio piensas que quiero ser tu vieja?" es de las mayores equivocaciones que he dicho en mi triste vida. Y no por haberlo lastimado, si no por el moco y drama telenovelero en que mi penitencia se transformó.

Por supuesto, las mujeres no nos quedamos atrás en cuanto a las transformaciones alcohólicas se refiere. Nuestro Mr. Hyde es una coqueta cualquiera, dispuesta a dejarse manosear por desconocidos y que intenta provocarlos utilizando algún cliché metrofloggero.

Te sientes la más sensual de la fiesta, a pesar haber entrado con calzador en esos jeans que ahora resaltan tus lonjas y traer bigote de puberto. Por supuesto, las mujeres estamos locas y enterramos más hondo la verdadera razón. Tras un “estaba ebria”, está el “soy dueña de mi cuerpo y me meto con quien quiero”, “andaba ardida”, “mi autoestima esta baja”. No finjas, te encanta el pito.

Cuando la cruda fisiológica pasa, la cruda moral puede quedarse cual irritante tic-tac de esos relojes viejos. Quizá para los demás un "estaba borracho/a" valga, pero ese tic-tac te dice que eres un cobarde sin huevos o una puta.

Deja de autoparodiarte, acepta que lo que te regresa el espejo cuando te asomas a él después de haber vomitado. El parar tu alcoholismo los fines de semana no te quita lo cobarde o lo golfa. Lo único que lograrás es bajar las visitas a youtube. Cásate o hazte más orificios para tu goce, pero por favor, respeta a Baco.

Trofeo



¿Kenny? – pregunté, con mucho interés. Sus ojos grandes se abrieron, mientras una enorme sonrisa cruzaba su rostro, casi infantil. “Y dime, Kenny… ¿tu estudias algo?” Su boca empezó a moverse, pero ¡qué diablos!, no puse atención a nada que no fuese su cara, sus piernas… de verdad que me quedé encantado por ella. La dejé así, moviendo los labios mientras que yo me apresuraba a terminar mi copa. Ella volteó cortésmente, yo asesiné con los ojos al muchacho que la fue a sacar a bailar. Yo ataqué “¿Cómo?... ¡pero si ya te pedí otra michelada!” Pagué al mesero, abriendo la cartera para que se viera que andaba listo para pasar la noche entera complaciéndola, en caso de que hiciera falta… pero no, nunca me ha hecho falta, y esa noche no iba a ser diferente. Efectivamente, el chavalo se fue y tú hiciste un gracioso gesto con los dedos “adiós, pendejito adiós”.

Veinte años. Con razón. Veinte años tenía y yo ya la estaba imaginando… desnuda, girando vertiginosamente. Podría casi sentir su piel, tierna, perfumada de su sudor y su vientre joven… yo nunca he sido de los que bailan, pero no me importó. La música a todo tren. Buen pretexto para acercarme a beber su aliento. Me voy enterando que le gusta salir al centro, que le gusta la orquesta que toca ahí seguido, mientras bailan parejas mayores. Después de todo, el encanto de aquella jovencita no es solo lo que veo… es lo que puedo oler, como un perro de presa. Es su habitación con posters, las canciones fresas de su celular, sus calzones rosas con franjitas de colores, sus tenis… el leve roce se sus labios en los míos mientras bailamos y nos acercamos a pedir un momento de descanso… me fui al baño lamiéndome la boca. “¡Mesero!... ¡atiéndeme a esa muñeca, que no le falte su cerveza!” – dije, altanero. ¡No puede ser que se me caiga el negocio!

Y así fue. Pasaron más y más tandas de música. Aproveché la ida al baño y me acicalé, me desabotoné la camisa un poco, me dije a mi mismo miles de frases halagüeñas. Las amigas, que eran mi mayor riesgo, ya eran una molestia. “Yo te llevo” fue mi argumento más socorrido. Y miren que para aguantar las veladas amenazas de las amigas, mi princesa se pintó sola. Que si la escuela, que si sus papás, que si vayan a llamar a la casa y pregunten por ti… ella parecía ceder, pero no se levantó de la mesa. Entonces, ya más entonado y valiente, bailamos. Bailamos porque simplemente quería verla moviéndose, saber que aquellos cincuenta y tantos kilos de apetecible anatomía eran de verdad… y yo iba a saberlo ¡chingo mi madre si no!

Salimos, claro, abrazados. Ella, sin las luces frenéticas y el ruido, luce todavía más chica. Más niña y yo, no pude evitar sentirme excitado de mirar su respiración agitada. Vamos por el coche y en el camino, nos besamos con ansiedad. Ella no es tan buena en los besos, pero nada de eso importa, al contrario… hice planes de todas las caricias que podía estrenar en su cuerpo. Y bueno, a hacer más labor de convencimiento. Ella por momentos se veía asustada por lo atrevido de mis caricias. Me dijo que no quería cometer algo de lo que pudiera arrepentirse, y yo, la callé a besos, la abracé fuerte y proveché para sentir la dureza de sus senos, las espigadas caderas… entonces, me miró. Me besó y sonrió, tierna y torpemente. “Nunca había hecho esto” – dijo, me encendí más. Ella me abrazó de una manera diferente. Sentí su aliento bajando por mi pecho.

Pero no. Aquello, para mí, tenía que ser algo todavía más inolvidable y se lo dije, ella puso una cara de pícara tremenda y sonrió, aproveché: “Dame tus calzones” Ella me miró por un momento, y pensé que ya la había cagado. Ella dijo, conteniendo un eructo “¿aquí?” – “no, bájate del carro y mientras que le das de vueltas al arbolito te los vas quitando”… “Ay, ¡que malo!” y así pasó. Se enrolló la pequeña falda de mezclilla y pude sentirla, temblorosa, mientras se quitaba aquella prenda.

Me metí al estacionamiento del hotel. Ella, nerviosa, se quería cubrir con las manos, fingía que se le caían cosas, vaya… yo, en cambio, solo voltee a ver al encargado y me hizo un cortés ademán. Llegamos, la cargué y la deposité suavemente en la cama. El hecho de saber que estaba así, a mi merced, me encantaba y no esperé más. Levanté sus piernas y enrollé la falda para probarla, hincado en el piso, con la camisa estorbándome, la probé y ella, con una mezcla de excitación y vergüenza, gemía deliciosamente, despacito, prolongado… y eso fue el comienzo solamente. La puse de rodillas también, me puse arriba, la jalé de las caderas, me cabalgó, estallamos de placer… supe entonces que ella no era novata en estas cosas del amor… pero si pude ver que estaba prácticamente virgen, como un manjar mosqueado, solamente. La disfruté, ella gritó y se sacudió… el alcohol hizo su parte y nos quedamos dormidos.

Me vestí corriendo. Me puse la mano en la cara, soplé y si, apestaba a alcohol. ¡Seis y media, putísima madre! Ella, despertó deliciosamente, como una gatita, entre las sábanas. Vió seguramente mi cara de apendejado y empezó a alzar su ropa, me metí al baño, mastiqué papel, incluso, me chupé una toallita perfumada, ¡no chingues!... ella, se vistió en un santiamén, apenas nos miramos a los ojos. En el coche, las preguntas pertinentes nomás, la llevé a casa de la amiga aquella, le marcamos mil veces al celular, nos castigó hasta que por fin, salió a abrir. Entró en la casa y yo, todavía sudando, le hice la típica señal de despedida. Ella sonrió levemente, con pena. Y se fue.

Yo, todavía oloroso a su sexo, al alcohol, al jabón corriente… pensé. ¿Y que si ella se enamora de mi de verdad? – que pendejo… una muchacha como ella no se va así, con cualquier pendejo… seguramente siente algo por mi… por suerte, tengo su número, su correo y hasta su metroflog en una servilleta… ah, Kenny… saco de el bolsillo interior los calzones infantiles, tiernos, femeninos… los miro. Así, con el pulso tembloroso, escribo “Kenny – 22-02-09” y los meto en la guantera. Ahora sí, vamos a ver qué mentira le invento a mi mujer.

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