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domingo, 2 de mayo de 2010

"Culo de Gato".




Esta noche pensaba en "Culo de Gato". Así le llamo a uno de los primeros personajes que me encontré en internet hace ya varios años. No tengo la foto a la mano, y la verdad, no fue un descuido el perderla... Quise alejarme lo más posible de ese recuerdo. La foto no es tan turbia, no es un 2girls1cup, tampoco es un goatsee. Hablo de los primeros años del internet, y me parece que "Culo de gato" fue uno de sus primeros valientes. Recuerden que valentía no siempre es un sinónimo de genialidad o trascendencia. "Culo de Gato" era un hombre como muchos de nosotros, en sus cincuenta, calvo y demasiado blanco. A veces, pienso en él como un ministro, un pastor, un cura. Otras veces es un profesor, o un intendente aburrido. Tal vez alemán, porque los alemanes están locos. O polaco, o ruso. Jamás lo sabré. Dos tercios de su cara se veían en la foto. Se alcanzaba a notar que el hombre está sonriendo por las arrugas de su frente y lo poco que se veía de la comisura de sus labios. Tenía las cejas maquilladas para formar arcos prominentes y coquetos, la punta de la nariz estaba de un rosa más intenso que su piel pálida, se había pintado al menos tres bigotes y algunas rayas más, cual Garfield hecho humano. El hombre estaba desnudo. Hacía una curva muy curiosa con su cuerpo que escondía su espalda, pero dejaba ver su cintura y su culo levantado. A pesar de que el culo estaba en segundo plano y mal enfocado, se podía ver una cola larga y levantada. Una cola negra, esponjosa como la de un gato persa, que sobresalía como una flor dentro de un fondo caótico y brutal. Desde entonces, navego internet pensando que me lo puedo encontrar de un momento a otro. No es un pensamiento reconfortante. No lo es. Es curioso como un grupo de ideas ridículas pueden alterar significativamente un comportamiento.

domingo, 11 de abril de 2010

¿Mal humor?





Sólo la molestia del calor. Se nota la primavera cuando vemos las piernas a donde quiera que vayamos. Es el momento de los shorts y las faldas, de las blusas frescas, los escotes prolongados. ¿Y el hombre? Balbuceando nada más, a veces mira el futbol, a veces juega con su pesetrés, pero la mayoría balbucea sutilmente cuando las ve. Las mujeres, reaccionando con el polen, florean sus movimientos y las hormonas juegan las trampas de la coquetería. Los hombres se atontan, las mujeres se avispan, las relaciones surgen y se proponen. No es molestia, para nada. Sólo el calor que se encierra en la habitación, que fumar no sabe tan delicioso a no ser que esté lloviendo, que el café caliente por las noches parece salir sobrando.

domingo, 4 de abril de 2010

Pelos, pelos.




Ya tenía un cuento pensado, pero no puedo quitarme la imagen de la cabeza. El árbol con el cigarrote expresando su necesidad por pelos, pelos. Si tuviera a un juez enfrente, le diría: "Pelos, pelos". ¿Matola, violola, destazola y orinola la cortina? Pelos, pelos. Si repitiera el momento cuando me casé en el civil, le diría al juez: "Pelos, pelos". ¿Acep-pelos-ta-pe-usted-lospelos-a-esta-pelos-muje-los-esp-elos? Si mi mujer me preguntara, ¿eso qué quiere decir? Pues pelos, pelos, mi amor, quiero pelos. Igual y me va bien.

domingo, 14 de marzo de 2010

Mario, duda.


Yo sé que Mario lo duda. Se mira al espejo, se limpia el rostro con una crema, unta un poco de labial en una servilleta y se lo pasa por las mejillas. Ahora, Mario tiene chapitas. Voltea ligeramente para un lado, voltea ligeramente para el otro, sonríe y tiene, un poco, de vergüenza. Toma otra servilleta y se quita el maquillaje. Ya sabes como tu padre tarda en el baño, que bueno que te bañaste primero, dicen afuera. Mario duda, pero continúa. Labial bermellón en la servilleta, repite el proceso, sonríe y esta vez, traga saliva. Le gusta. Le gusta demasiado. Ahora aplica la máscara de pestañas. Negras, bien negras, y un poco de sombra azul alrededor de sus ojos. Tarda más que yo ese hombre, dicen afuera, quien sabe que tanto hará. Tres cuartos derecho y tres cuartos izquierdo. Se toma una foto con su cámara digital. Mira la foto y se mira en el espejo, hace varias expresiones, Mario duda... sí, tal vez necesita un poco más de sombra. Aplica, acercándose mucho al espejo. Un lápiz ayuda a delinear sus cejas. ¿Cuántos años habían pasado con esas dudas en el espejo? Recordó una vieja canción y se movió a su ritmo: "Los muchachos del barrio le llamaban loca". Tarareó. Cada vez más fuerte. Tan fuerte como el maquillaje que se había aplicado. No señor, no lo estoy... lo estuve una vez. La canción le daba valor, las sombras azules y el labial bermellón, la máscara facial que humectaba sus poros. Respirando fuerte, abrió la puerta del baño e imaginó lo primero que le diría a su familia.

-No lo soy. Sólo me gusta maquillarme.

lunes, 1 de marzo de 2010

Puedes tachar si así lo deseas.


El problema de las banderas es que, tan pronto existen, te ofrecen algo que traicionar.

La bandera es como la religión también. Tan pronto naces, te dan una nacionalidad y una bandera (junto con otros símbolos patrios). No puedes escogerla. No en el momento que llenan tu acta en el registro, al menos. Miles de agentes burocráticos llenan miles de actas, tecleando rápidamente sobre la línea blanca definida como "nacionalidad".

Si más adelante hicieras el trabajo de abandonarla, en algún momento sabes que fuiste. Ves la bandera y piensas: "La traicioné" o bien, "Nunca significó gran cosa para mi". Hiciste la tarea de irte, sin prestarle tanta atención, y te viene el sentimiento romántico: "Ahora que estoy lejos... mi bandera significa algo".

"Nunca la llevé a las espaldas, en mis manos, o la alcé para ondearla".

Igual que muchos, me gusta pensar que no poseo ninguna afiliación. Que soy un agente libre. Soy el hombre de mi propia bandera y esta bandera es ninguna, un símbolo irresoluto, indefinible, inexistente.

Mentiroso.

"Mis banderas son mis gustos musicales, los autores que me definieron, la familia que me formó y estoy formando, lo que sé que no soy, el águila y la serpiente -sobre un nopal- de mi nación". Es un argumento simplón, pero válido y efectivo. Aún cuando no lo quieres, esa primera bandera que un aburrido agente burocrático, y un juez, y los testigos, te dieron a unos días de nacido esta ahí. Te pertenece. Vives alrededor de ella. Vives negándola, haciéndola mierda, cagando sobre ella, recortándola con tijeras o con tinta, pero ahí estás, como una pequeña luna orbitando alrededor de su tela. Es la verdad.

Eres un ciudadano del mundo, pero sabes de donde vienes y cómo hiciste un cagadero para huir de ella. No es que la adoración sea una mejor opción. A lo largo de la vida escuchas explicaciones -explicaciones tan variadas- de qué significa la bandera, cómo y por qué surgió y cuáles son tus deberes respecto a esta. Tal vez, se convierta en un pensamiento a segundo o tercer plano. Basándote en esos primeros criterios escoges banderas que te gusten y definan. Esas otras banderas que pueden acomodarse como un árbol organizacional, debajo de la primera. Un collage hecho con pegamento y revistas rotas sobre una cartulina rotulada: "Esto soy", y se va modificando a lo largo de los años para incluir líneas y raíces más complejas.

La bandera inicial simplemente observa. Esos distintos significados que has escuchado a lo largo de los años, la mitifican. En cierto modo... creer en una bandera puede ser tan absurdo o vital como creer en dios.

domingo, 14 de febrero de 2010

La mujer que se despedía de nadie en los autobuses.


Después te acostumbras. Mi primer autobús, fue uno con dirección a Tampico. 14 horas, metido en un sillón, donde al menos ocho me dediqué a ver la oscuridad, las refinerías, los campos abiertos, las paredes rocosas. Otros sentidos registran el autobús en sí: los ronquidos, los olores del sopor y el sueño, la música bajita del conductor. Es interesante después como el conductor se detiene algunas veces para tomarse un café, platicar con otros conductores, hacer el cambio. Le da un giro. Luego de ese primer autobús, no pensaba que mi vida se regiría eventualmente a ir a la estación, comprar el boleto, y esperar una cantidad variable de tiempo, antes de ver a la mujer que sería mi esposa o regresar a las responsabilidades de la ciudad que era la mía.

La ruta que conozco de memoria, es la de Chilangoland - Puebla. También conozco sus variantes: la más común es la de central Tapo, las otras salen de la central norte y del sur. Alguna vez pensé en investigar las otras terminales, aquellas que están en Neza o Cárcel, sólo para cambiar un poco la rutina. Sin embargo, se quedó como un proyecto personal y después de seis o siete años de viajes (casi todos los fines de semana), no lo concreté. Viajé en los tres tipos de autobuses: guajolotero, "primera" y ejecutivo. Conocí las mañas de los taxistas de las centrales, y como evitar que te cobraran lo que quisieran. Platiqué muy pocas veces con algunos compañeros de viaje, a otros los ignoré con el ipod, y en contadas ocasiones, el asiento a mi lado quedaba vacío, así que alzaba las piernas y trataba de dormir.

La primera experiencia, me hizo pensar que era una de esas personas que jamás duermen en los autobuses... eventualmente descubrí que es posible. Sólo se necesita práctica.

Esos viajes, me trajeron a otros autobuses: una vez al año, procuraba viajar a Guadalajara para ver a los amigos que todavía me esperan allá. Traté de hacer esta una sana costumbre. Varios años estuve metido en autobuses de Taxco (ida y vuelta) para comprar plata. Hay varios autobuses más que me llevaron a Villahermosa (y uno de ellos, ahí, me llevó a Ciudad del Carmen). Viajé, también, a otros ayuntamientos pequeños... una vez para ver a una vieja amiga, otra vez, sólo porque deseaba perderme un poco... ya que después de tantas estaciones y autobuses, se te quita ese pequeño miedo de salir de casa, y tan sólo quieres ver otras cosas, que te prepara la rutina de otro lado.

Si hubiera llevado un registro de todas las horas que pasé en una terminal... tal vez me llevaría una sorpresa, y terminaría por preguntarme qué aprendí de ese lugar especial: El lugar donde esperas la transición de un lugar a otro, que bien, hasta podría ser un espacio místico donde dejas parte de ti para aceptar otras cosas.

Cada vez que pienso en la terminal, pienso en una mujer en especial. Recientemente la vi en uno de los pocos viajes que he hecho, y que probablemente, ya no vuelva a hacer. La mujer que corta los boletos de la mañana y desea a los pasajeros un buen viaje. Sonríe cuando puede. Otras veces sólo permanece seria. Las primeras veces, me pareció que tenía un brillo en la mirada y que sonreía más de lo habitual. Aquella vez, la noté más apagada de lo usual y eso me transportó a mis últimos años de viaje (Chilangoland, Puebla) e hice memoria. Sí, los últimos viajes la noté gastada, simplemente no había pensado en ella. La observé durante varios minutos, con sus manos inquietas y sus ojos decolorados.

Luego se me ocurrió: Tal vez pensaba que si subiera a uno de esos camiones... su vida podría cambiar. Tal vez pensaba en robarse uno de los boletos, e irse a cualquier otro lugar. ¿No sueña con eso, todo aquel que visita las estaciones (y los aeropuertos)? Son dos cosas: irse a otro lugar, no regresar y ver que pasa (la aventura de mi vida papá); la otra es mirar a los que esperan e inventar historias para matar el tedio. Perdí eso con tantos viajes y cuando la vi, me sorprendí maquinando los posibles caminos que la llevaron a ese cambio drástico. ¿Y si sólo fuera la edad? La edad, en el mismo lugar, la misma gente, la misma sonrisa, los mismos boletos, el mismo corte, los mismos horarios.

Sí. De repente no sabes cuánto dejas abandonado en las estaciones... pero todo lo que te llevas, bien vale la pena.

domingo, 7 de febrero de 2010

¿Qué pachó mi cuate?


Sesenta y nueve. The sixty nine. Los números representan cabecitas gozosas y puercas, mamando miembros. Leí con pasividad los textos que acompañan el tema de esta semana. El intento de darle la vuelta, la negación al tema o el revire ingenioso. "Es que yo no escribo eso... yo... lo practico" y me los imagino sonriendo como pequeños diablillos que tuvieron, alguna vez (y quizá ayer), una verga o una vagina en la boca. "Eso no tiene valor... hay que arrancarle algo más al sesenta y nueve, aparte de las cabecitas gozosas y puercas, mamando miembros", pensarán otros más. Los otros, aquellos que ya afianzaron una personalidad cachondísima en la red, hacen exactamente lo que se espera de ellos, o todo lo contrario. "The sixty nine, ¿a poco no los engañé puercos?"

El tema de esta semana, en realidad, me pareció la verdadera catafixia.

domingo, 24 de enero de 2010

Par de pendejos.


Pateo tu cuerpo, la pistola floja en mi mano. Un débil quejido responde a la patada, a la situación en general. Enciendo un cigarrillo. Cuando era niño, jamás me imaginé que tendría una pistola en mis manos y tu cuerpo respondiendo al torturador que durante años escondí a vista de todos. Tantas personas esperaban todo de mi, yo esperaba todo de mi, pero aquí estamos. Escupes sangre. Balbuceas. Nada se te entiende y fumo silenciosamente, mientras tomo en cuenta todos esas ramificaciones de un futuro negado. Un paraíso perdido. Dejas de balbucear y comienzas a murmurar. Todos esperaban todo de mi. Yo esperaba todo de mi. Pongo mi bota sobre tu mano extendida y aplasto. Te quejas sin fuerzas, sin ganas. Ambos compartimos eso. Sin ganas de terminar al muerto, sin ganas de luchar por la vida. No me quito el cigarro de los labios, se consume, cae la ceniza, ceniza caliente que humea tu sangre, sssss como el de una serpiente, nos portamos como animales. Todos esperaban todo de ti.

-No es tan terrible -te digo y respondes-. Aquí podemos estar, otro ratito, haciéndonos pendejos.

domingo, 17 de enero de 2010

Con el puño cerrado como un tambor.


Estaba dos bancas más adelante, con su vestido veraniego y ceñido. La figura se le marcaba. ¿Cuántos había cumplido? ¿Diecisiete? Cada domingo la miraba, con el cabello un poco más largo, el escote un poco más descubierto, las manos un poco menos torpes. Mientras tanto, el hombre al frente declamaba apasionadamente acerca de la fidelidad y el amor, el respeto mutuo entre las parejas, para evitar las huestes infernales, los demonios que nos pueden perseguir en los sueños. "¡No hagan caso de los súcubos, hombres! ¡No se acerquen a los íncubos, mujeres! ¡Hicieron un compromiso que va más allá de todas las cosas del hombre!". Su sermón, cada domingo, incluía unas cuantas líneas acerca de la infidelidad. Siempre del infierno.

Algunos sabíamos que la mujer del padre se fue con el mecánico. No lo hablábamos en voz alta, sino como un discurso breve y discreto, con la intimidad de los amigos o la pareja. De oído en oído transmitíamos la noticia, temiendo que los súcubos o los íncubos pudieran escucharnos. Las críticas siempre iban a la mujer del padre que se fue con el mecánico. Mi mujer decía que ella no podía esperar tener un mejor hombre y que el mecánico sólo la haría sufrir.

Podía registrar que la muchacha había crecido un poco más cada domingo. Sus tetas un poco más gordas, sus labios un poco más rechonchos, sus muslos un poco más torneados. El vestido le quedaba más chico. La sonrisa cada vez más grande. A mi alrededor, las personas abandonaban un pedazo de su corazón en el rito divino. La chica, dos bancas adelante de mi, movía suavemente las caderas. ¿O era el efecto de las velas? ¿Era el efecto de la música? ¿Era el súcubo sentado en mi hombro? Los domingos la miraba salir del recinto y todavía jugaba con los niños, y sin embargo, un breve manchón de maquillaje oscurecía sus labios.

La empujaba contra la banca y mis manos levantaban su vestido, hacían a un lado sus calzones. Sus labios manchados, apenas abiertos, expulsaban las protestas y un leve humo del calor que hacía adentro. En el oro nuestro reflejo se multiplicaba al infinito. Su vestido empapado de sudor y semillas. Mis ojos eran humo, un efecto hipnótico y relajante. El miembro tomando los restos de su infancia, tragándomelos con cada empujón. Su maquillaje me pinta un poco los dedos, que la callan y regresan sus protestas al vientre.

Me despierta el rezo. "Por mi culpa, mi culpa, mi gran culpa". Mi mujer me toma de la mano y me aprieta. Más tarde, estoy frente al padre y me ofrece la hostia. -¿Nos veremos más tarde para platicar, Señor Gobernador? -me pregunta en voz baja. Asiento y sonrío. La chica ya esta en su lugar, en sus ojos se refleja el Jesucristo de Oro. Me sonríe, le sonrío de vuelta. Me acerco a los oídos de mi mujer y le hago una pregunta.

-Sí -responde ella-. Ya tiene edad para trabajar.

lunes, 4 de enero de 2010

Todos quieren... Todos quieren...


Aristócratas, esa palabra que se atora con la t y en labios envidiosos, sisea las eses que tiene. Es una palabra vieja, una que se hunde más y más conforme pasa el tiempo. Ahora se utiliza como una burla, con un dejo de sarcasmo, es una palabra que gradualmente se convierte en una referencia obscura. "Nuevos aristócratas"... ¿a qué se refiere? ¿A las familias influyentes de nuestro pueblo? ¿A las figuras populares que alzan rapidamente en influencia, por los millones que ganan en su concierto? ¿O al aplauso de las habilidades de una persona, que, sin saberlo, la época le exige entretenernos como un bufón hasta que nos hartemos de él y acabemos de masticarlo con los dientes?

Mientras tanto, el Príncipe Carlos se quita la pelusa del ombligo, y se ríe de las nimiedades de nuestros pensamientos, nuestra retórica falsa que apenas le toca la punta de un pelo en el pubis.

-Perdón monines -dice-, yo sí tengo cosas que hacer.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Tumba prestada.


No me imagino cavando mi propia tumba. Es ridículo. Todos vamos a morir. Wordsworth nos lo enseñó, y tan lo aprendí, que siempre que recuerdo la inmortalidad se presenta el autor inglés con su tratado sobre la inmortalidad. Sin embargo... cavar mi tumba...

No pienso en la muerte como algo que me persigue, algo que está esperándome. Si pasa, estoy seguro que pasará y ya. Sin grandes aspavientos. Has muerto. No se necesita más. Pasemos a la siguiente cosa. La muerte sólo es importante para aquellos que te sobreviven, y tuviste la fortuna de tocarlos. ¿Qué otra cosa? Eventualmente, te superarán, te digerirán, te transformarán en una serie de parábolas, recuerdos, guiños. ¿Y luego qué?

Como no imagino mi muerte, tomo prestadas sus tumbas. Leo los periódicos, buscando los obituarios más agradables y me pregunto, en ocasiones, si las palabras para mi serán de esa forma. Inevitablemente leo los obituarios más simples, más tristes, y como un enigma, me pregunto cuántas palabras o sucesos esconden detrás de sus palabras. El morboso intento de pensar en aquellos hijos, nietos, hermanos, primos, que sí conocieron a esa persona y tienen motivos para llorarle de veras.

Cuando termino ese rito... es lo mismo. El nacimiento es un depósito de esperanzas y gozo. La muerte es la culminación: el verdadero triunfo o fracaso, el contraste, las esperanzas rotas, el final de todos los caminos que elegimos para alejarnos de las falsas expectativas. No he cumplido nada. Préstame una tumba. Tranquilo moriré en vidas ajenas.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Instrucciones Precisas (Final).


Bue, después de un rato, este es el final de la serie "Instrucciones Precisas". Cerré los comentarios en las entradas anteriores para dejarlos abiertos al final. Si no has leído la serie, puedes encontrarla en un sólo post en el Árbol. Gracias por leer.

Rod recargó el mentón sobre su mano, en la otra, apenas sostenía el libro del abuelo. Un tanto más débil, o más cansado, y podría caerse. Pero eso no estaba destinado a pasar. Todo el camino que había recorrido, haría que sostuviera ese libro con fuerza y en ningún universo, ninguna variante posible, donde Rod existía y estaba sentado en ese trono, era posible que lo dejara caer. No era exactamente un trono, era un asiento de comando. Alguien se acercó entre las sombras que había a sus espaldas, una mano oscura se posó en su hombro y lo apretó, no se sabía si era para reconfortarlo o empujarlo a seguir el camino. Rod sonrió. Frente a él, la Tierra se sostenía y continuaba girando orgullosa. Estaba a 960 kilómetros. La atmósfera de la Tierra... hace unos días la había abandonado.

-o-o-

Años antes, Rod despertó en medio de un lote baldío, dentro de un jeep. La noche anterior recibió una noticia de Lisa: "Piedra y Mano de Oro ya estan en nuestro territorio". Cuando despertó y recordó eso, sonrió satisfecho, buscó una moneda en su bolsillo y echó un volado. La moneda decidió que el primero en morir sería Mano de Oro. Antes de sacar el teléfono satelital y comunicarse con Lisa, ya había un grupo de guerrilleros con la instrucción de llevarlo. Dejó el jeep, se metió a una de las camionetas de los guerrilleros, y ansioso, movió esa moneda entre sus dedos, durante las dieciseis horas que duró el viaje.

-o-o-

-¿Qué crees que esto signifique? -preguntó Rod, mirando a la Tierra. Se levantó del asiento de comando y caminó por una larga sala, que no tenía nada más que el asiento, ventanas que demostraban la inmensidad del espacio y un mueble que sostenía un libro. Caminó a ese mueble, dejó "Instrucciones Precisas" del abuelo y después levantó el otro. La portada contenía símbolos aparentemente incomprensibles-. ¿Sabías qué este libro se llama "Instrucciones Precisas", como el de mi abuelo?

-Rod... esto es mucho para mi -dijo Lisa-. Esto es... mucho. ¿Por qué me trajiste aquí?

-Te sigo necesitando, ¿por qué más si no?

-Rod... esto me sobrepasa.

-Eres el único ser humano sobre la tierra que puede estar conmigo en este momento, y si esto te sobrepasa, imagina si arrastro a alguien más aquí. Te necesito Lisa.

Lisa se acercó a Rod y cuando miraba los símbolos de la portada, había algo en su mente que se anulaba. No podía verlo durante mucho tiempo sin sentir que su cordura podía destruirse. Apartó la mirada del libro y miró la Tierra, a través de la ventana. Eso es algo que conocía. De lejos, pero lo conocía. Estuvo en esa nave espacial durante dos semanas junto a Rod. En ese tiempo, él se quedó observando la portada de ese libro como lo haría un obseso. La nave, por dentro, simplemente se reacomodaba a los deseos o necesidades de sus habitantes. Ofrecía habitaciones que eran cómodas para Lisa: salas, cocinas, jardines. Lisa, aún cuando podía avanzar de cuarto en cuarto y encontrarse con la sala de la abuela, el jardín donde pasó su niñez o su habitación de su primer departamento como mujer independiente, no podía quitarse de la cabeza que era una intrusa. Estaba en la casa de un dios, y no quería estar ahí para que este apareciera, la excomulgara y la mandara derechito al infierno.

Pero la nave sabía. Presentía la ansiedad mental de Lisa, y la relajaba. Continuamente la analizaba para tenerla contenta y bajar su guardia. Ambas sabían que era cuestión de tiempo antes que se acostumbrara y perdiera su realidad humana. Lisa pasó varios días en la cocina, mirando como Rod lo hacía con el libro, uno de los cuchillos para picar verduras.

-o-o-

El encuentro entre Rod (Homúnculo Junior) y Mano de Oro, se dio en Ciudad del Carmen. El libro del abuelo, decía que si dos Dueños se encontraban, se anularían los poderes y tendrían que luchar entre ellos a mano limpia. La gente alrededor no podrían entrar al círculo de batalla, si no querían ser despedazados por los rayos "divinos".

Mano de Oro era un hombre grande, robusto, de unos cuarenta años, pelo corto y rapado como militar. Rod lo interrumpió en el momento que trataba de hacer negociaciones con el grupo guerrillero más fuerte para que este tomara control del territorio y anexarlo a Guatemala. También se encontraban diplomáticos, escoltas, y un pequeño ejército. Rod los vigiló unos días antes de dar la orden de entrada. Llevaba un grupo pequeño, sólo para detener aquello que no podía ver, lo demás lo manejó tronando los dedos y despedazando a la gente alrededor de Mano de Oro. Esta pequeña guerra duró un par de horas, hasta que ambos hombres quedaron frente a frente.

Rod tuvo miedo cuando Mano de Oro se acercó y su sombra pareció envolverlo. Tenía un rostro duro y serio. Sus manos eran grandes, y se veían fuertes, como para destruir el cráneo de un niño con un poco de presión.

-¿Dónde está Homúnculo?

-Murió. Soy el nuevo Dueño.

-Ah, ya veo -dijo Mano de Oro, despectivamente. Su voz grave no ayudaba a que Rod recuperara la confianza. Un círculo de luz delimitó el espacio de la pelea. Mano de Oro volteó a su alrededor para reconocer la presencia del círculo.

-Hace años que no peleo con otro Dueño. Hace muchos años. Homúnculo era como tú, no tenía un físico para pelear. Por eso todo lo hacía aquí -dijo el Dueño, y señaló su sien-. Eres como él. Delgado, débil, ansioso, cínico... crees que lo mereces, crees que puedes llegar con esa sonrisa y tu mente mal educada a donde quieras. Te voy a enseñar niño.

-¿Conociste a mi abuelo? ¿Peleaste con él?

-Hace muchos años, nos vimos en la frontera para hacer negocios. Debieras saber que las peleas entre Dueños sólo permiten un ganador. Debo reconocerlo: Tienes el valor para pelear. Pero no eres inteligente... eso a tu abuelo le sobraba. Era un hombre muy inteligente. Aquí se terminará esto.

Rod leyó el libro antes de pelear y sabía las reglas. Tenía que matar a Mano de Oro o sacarlo del círculo. También sabía de las negociaciones. Si gastaba el tiempo en charlar y preguntar, era para darle una imagen a Mano de Oro. Si todo salía bien, esa imagen le permitiría ganar la pelea. Pero ahora que estaba ahí... Mano de Oro extendió ambos brazos y se acercó a Rod, en pasos lentos y calmados. No había más tiempo para charlas, ni para juegos elocuentes. Rod apenas podía verle los ojos sin sentir temor. Ese hombre lo trituraría. Fue un estúpido al creer que podía ganarle a otro Dueño, alguien que tenía años planeando, entrenando su cuerpo, controlando las vidas de millones de personas.

Rod lo esquivó por la derecha, pero sintió que lo tomaban del brazo y le doblaban el cuerpo. Escuchó el sonido de sus huesos y coyunturas. Se arrodilló y Mano de Oro le puso el pie sobre la espalda, para mantenerlo doblegado.

-Pobrecito guerrero -dijo Mano de Oro, y Rod tragó tierra.

-o-o-

-El libro me responde. Estos símbolos son un código, sólo si los observas puedes descifrarlos. Requiere mucho tiempo traducir el lenguaje de quien lo haya escrito. Fueron semanas observando la portada para descubrirlo. Por un momento pensé que me volvería loco...

-He tenido la misma sensación, Rod -dijo Lisa-. Sólo que no tengo la voluntad para ... verlo. No puedo. Se borra si lo intento. No puedo verlo... Rod... ¿no tienes todo ya? ¿No tienes todo lo que un hombre puede desear? Regresemos Rod. Terminemos aquí el camino... vámonos al juego que ya conocemos, por favor. La nave... la nave me quiere aquí, hace lo posible por arrastrarme a esto y yo siento que debo negarme, que todavía puedo decir no.

Rod abrió el segundo libro, Instrucciones Precisas, en una página al azar. Descubrió con agrado que ya reconocía algunas palabras, pero tenía que seguir mirándolo. Lisa se pasó una mano por la cara y se mordió el labio inferior. Hizo lo mejor que podía hacer... servir a Rod, seguirlo en el juego, demostrarle que podía estar a su altura. Iba a una cocina y hacía un café, preparaba un pan con mermelada, le dejaba un chocolate caliente, o tomaba asiento y se ponía a leer cualquier libro en el mundo para dejarlo solo. Podía ver cualquier programa televisivo que deseara o escuchar cualquier album musical que se le antojara en cualquiera de las habitaciones. La nave lo anticipaba, como ella lo hizo con Rod en algún momento.

Empezó a llevar el cuchillo consigo. Quería estar protegida, en caso de que alguna cosa monstruosa se les apareciera. Caminaba los pasillos y cuando apenas se acostumbraba a su oscuridad, y pensaba que algo terrible se le aparecería al final, las luces se encendían y sus temores se veían disipados como si fuesen algo ridículo. De cualquier manera, todavía tenía el cuchillo en las manos. Parecía que la nave confabulaba con todo para hacerle entender que su arma era una protección necia. Caminó a la habitación donde Rod estaba leyendo el libro y se recargó en una de las paredes, sólo para observarlo. Empuñaba el cuchillo con fuerza. Entendió, gradualmente, que ese cuchillo era la decisión más importante de su vida.

-o-o-

Rod sacó un pequeño espejo de su bolsillo con su mano libre y aprovechando la luz del círculo, cegó por un momento a Mano de Oro. Jaló su brazo prisionero, se arrastró con el cuerpo adolorido y trató de levantarse. Cuando ya estaba más o menos en pie, vio que Mano de Oro se frotaba la cara y empezaba a reírse como un perro. En un sólo ataque Rod sentía que ya estaba perdido, y su risa, su maldita risa no ofrecía ningún apoyo.

-No es tan importante, ¿sabes? Tenerlo todo. No lo es -dijo Mano de Oro-. La verdad es que estoy cansado muchacho. No puedes ganar esta batalla, y estoy aquí porque necesito saber que pretendes. Hiciste algo para traernos a dos Dueños a tu territorio. No te costó mucho trabajo. Eres igual de inteligente que tu abuelo.

Mano de Oro dejó caer su mano y miró gravemente a Rod.

-Quiero saber qué pasa si soy el único.

-Es imposible. No puedes ganar el mío. Ve como estás arrastrándote, como tienes el brazo molido, ¿y quieres seguir peleando? Te ofrezco algo: Dejemos de luchar, dame el territorio, delimita aquí la frontera y todo regresará a la normalidad.

-No entiendes... es imposible regresar. Quiero saber a dónde estamos yendo y por qué. Necesito saber qué somos, o quienes somos. Necesito saber ¿qué estamos jugando?

Mano de Oro se acercó a Rod, y aún cuando este intentó luchar, lo levantó del cuello de manera muy sencilla, con un sólo brazo. Después, lo dejó caer contra el piso y volvió a carcajearse. Rod sentía que estaba a punto de desmayarse cuando escuchó la risa del hombre otra vez.

-Pídelo. Dí que me darás esta parte del territorio. Dilo ahora.

-No puedo... necesito llegar al final.

-Entonces te permitiré llegar al final, muchacho. Estoy cansado, todos los otros Dueños estamos cansados, igual que tu viejo. Llevamos en esto más de cinco décadas, y nuestros padres o abuelos antes que nosotros. Sin embargo, no llegarás sin sufrimiento. No puedes llegar si no te duelen los huesos, o te rompemos la boca, te partimos un brazo o te cortamos los huevos. ¿Entiendes?

Rod se sentó en el piso, sorprendido miraba a Mano de Oro.

-Todos los dueños pactamos un acuerdo, porque igual que tú... necesitamos saber en qué estamos y la única manera de hacerlo, de lograr que alguien conozca la verdad, es si llegas allá. Pero no puedes llegar sin antes sufrir un poco. Tenemos un papel que jugar.

-No entiendo... -dijo Rod.

Mano de Oro sonrió, caminó a Rod, lo levantó y lo desempolvó. Después le dio un puñetazo en el rostro que lo aventó unos cuantos metros más. Rod levantó la cabeza, y con los ojos entrecerrados, la boca llena de tierra y el brazo definitivamente roto, miró como Mano de Oro caminó fuera del círculo y la luz se lo tragó. Rod se desmayó. Cuando despertó, por primera vez conoció el rostro de Lisa, quien esperaba a que Rod despertara en el hospital de pemex, en Ciudad del Carmen.

-o-o-

Lisa recordó que todos los otros dueños cumplieron su promesa a través de los años, después de diversas guerras y Rod abusaba de su inteligencia, de su cuerpo, de su necesidad por saber para atraerlos a él, y a su sed de conocimiento. Piedra dijo que no deseaba que ningún descendiente suyo tuviera poder. Los otros tres, Grumos, Sangre Artificial y Cerebro Estático (como se hacían llamar) daban excusas similares. Eran igual de viejos que Mano de Oro, o que Homúnculo (entre los cuarenta y sesenta años). Cedieron sus territorios no sin antes maltratar a Rod, exigirle el sacrificio del cuerpo, de la mente, de mancillar su espíritu. Lisa estuvo ahí, y era Lisa quien empezó a derramar lágrimas por esas personas que aún cuando lo tenían todo, no deseaban nada ya. Llevaban tantos años en el juego que lograron ponerse de acuerdo para salir del atolladero, el enorme empate que cambiaba ligeramente con los años, sin ofrecer respuestas a los enigmas.

¿Quién y por qué?

Con la muerte de Cerebro Estático, el dueño de Asia y un pedazo de África... Rod se convirtió automáticamente en el dueño del mundo. Lisa todavía recuerda la llamada que hizo Rod, donde gritaba extasiado que lo había conseguido, que era hora de buscar respuestas reales y en la mitad de sus balbuceos, se cortó la comunicación. Rod había desaparecido del planeta. Durante meses lo esperó y mientras tanto, ella... ella y su liderazgo, con un puñado de personas, las asistentes de los otros Dueños, mantenían el mundo como la humanidad lo conocía. Sólo México estaba jodido más allá de todo reconocimiento, pensaba Lisa, ¿pero cuándo México no está jodido? No fue difícil instaurar un nuevo gobierno y solicitar ayuda humanitaria. Tampoco lo fue pagarle a los grupos de guerrillas para que cesaran actividades y destruir los otros pocos, que aún deseaban una anarquía, la revolución total. No fue fácil sentar las bases de un nuevo inicio, ya lo demás dependía de... pues, ¿quién?

En esos meses, Lisa entendió el sacrificio de los Dueños. Pretendían que Rod comprendiera que su camino no sólo llevaba la sangre de los inferiores, sino de los iguales. Que esa sangre podía ser su sangre. El sacrificio era un recordatorio para que Rod buscara la verdad, lo que había detrás del espejo, las reglas de un juego extraño y cruel. Rod se comunicó con Lisa eventualmente-. Mañana cuando despiertes, ya no estarás en la Tierra.

-¿A qué te refieres que ya no estaré en la Tierra?

-Eso que te estoy diciendo, muñeca. Deja instrucciones a tus asistentes. Te necesito conmigo.

Al día siguiente, Lisa despertó en su habitación, pero las ventanas enseñaban una imagen de la Tierra, flotando. Estaba a 960 kilómetros de su verdadero departamento.

-o-o-

Lisa no entendía que estaba buscando Rod. No era lo mismo el coqueteo a través del teléfono y asistirlo en algo que conocía, a estar encerrada en una nave donde su jefe sólo despertaba de su sopor, de esa observación aguda, para musitar una serie de barbaridades e incoherencias. El cuchillo estaba ahí para recordar el sacrificio que Rod estaba ignorando. ¿La nave lo impediría? No lo sabía, porque la nave parecía estar llevando a que Lisa lo hiciera. Lisa, clávale el cuchillo. Lisa, ve las caricaturas y después, puedes matar a Rod. Lisa, sigue leyendo Madame Bovary, y después, puedes meterle el cuchillo a Rod por la oreja y empujarlo. Al fin que no está aquí... el Rod que conociste ya tiene tiempo que se fue.

Y a la vez se negaba. No podía creer que habían ganado el juego sólo para llegar a una nave espacial que contenía un libro y se adaptaba para ser lo mismo que en la Tierra. No podía permitir que la desesperación la llevara a cometer un acto cuya justicia era dudosa, porque no existía ninguna autoridad que le dijera si eso estaba bien, o estaba mal. Mientras Rod pasaba sus noches leyendo el nuevo Instrucciones Precisas, ella simplemente lo miraba y trataba de entender que debía hacer. Ahhh, pero esa respuesta... esa respuesta era tan borrosa como la portada del libro que no comprendía.

-Lisa... ya entiendo algunas cosas, acércate a escuchar.

Lisa se acercó a Rod, y le puso una mano en el hombro. En la otra empuñaba el cuchillo.

-Te lo voy a explicar una vez, Lisa... porque esto es difícil. Muy difícil. Tengo que elegir a diez Dueños para que manejen la Tierra.

-¿Qué?

-Cállate y escúchame mujer. Es el inicio apenas. El libro detalla la cantidad de recursos naturales, la capacidad intelectual de sus habitantes, el ritmo evolutivo... es un manual completo. Detalla muchas otras cosas más, pero necesitaría leerlo más tiempo. Lisa... llevamos muchos años sin una persona aquí, que nos esté dirigiendo. ¿Sabías eso? Por eso se entregaron... porque necesitaban un dirigente. Su sacrificio... Dios... esto aún no termina... tenemos tanto por hacer. Ya lo sospechaba, este es el segundo nivel... hay muchos más... debe haberlos. ¿Cuántos planetas y galaxias? ¿Cuántos universos? ¿Y si llegamos al final, quién nos espera ahí?

Rod se echó a llorar. Entre sus lloriqueos, balbuceó-: No puedo hacerlo solo... de verdad te necesito... si pienso llegar al final te necesito...

Lisa en ese instante miró la eternidad y en esa eternidad, miró su respuesta. No podía llorar como Rod. No en ese momento crucial, como otros tantos, donde él la había necesitado. Era sólo un niño después de todo. Ya habían pasado años, pero seguía siendo un niño.

-Espera cariño... ya veremos como lo resuelvo. Tranquilo. Necesitas descansar, y yo también debo hacerlo -dijo Lisa-. Hemos tenido unos días terribles, ¿sabes? Tengo un cuchillo en mis manos, y con eso pensaba...

-Tienes que hacerlo -chilló Rod-, si quieres que nos detengamos, debes hacerlo... No puedo con más, no hoy, ya no más... Te lo he estado pidiendo a través de la nave. Lo he estado sugiriendo... Es mi culpa. Necesito que lo hagas, pero no lo has hecho... te has resistido... no puedo dejar de leerlo, no puedo dejar de saber más y llegar... desearlo, desear el siguiente...

-¿Qué? ¿Matarte? Sí. Tal vez deba hacerlo, pero soy una empleada cariño. Sólo eso. Dame órdenes concretas. No me dejes las decisiones horribles.

-Lisa... no me voy a detener.

-Sé que no. Yo tampoco lo haré, no lo haré hasta que... nos acabemos mutuamente. Tú tratando de llegar al final, y yo resolverlo todo para que estés ahí. Dame instrucciones, las instrucciones precisas... y juntos llegaremos al final de todo esto.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Instrucciones Precisas (4/5)



La Tierra de Nadie es señalada como el cuerpo de una vil enfermedad y su hedor es como el respiro del cáncer... La Tierra de Nadie bajo la nieve, es como el rostro de la luna: caótico, lleno de cráteres, inhabitable, terrible, la casa de la locura - Wilfred Owen.

En teoría, la Tierra de Nadie es cuando un pedazo de Tierra se queda sin gobierno y la nación se sumerge a la anarquía. Ese momento, es cuando otros países tratan de tomar la tierra, sin embargo... los habitantes que se han quedado sin nación, sin creencias, sin héroes... pelean por obtener el control y la violencia sube cada día. Rod empezó obligando la guerra entre varios grupos de narcotraficantes, y permitiendo la entrada de guerrillas de otros países. Ordenó a uno de estos grupos que estallara una bomba en Los Pinos, otro en el Congreso de la Unión, y varias bombas pequeñas en diversas plazas y parques del país. Todo en un espacio de una semana. La última actuación del Presidente de la nación, como tal, fue aparecer en la televisión y dar un soporífero discurso acerca de los terribles actos, las pobres víctimas, y finalmente, declarar a México como: "Tierra de Nadie", un lugar anárquico, sin gobierno, y cuyo destino estaba a manos de Dios.

Rod se carcajeó... Dios.

La práctica, no le permitió carcajearse tanto. Aún cuando tenía control de ciertos grupos. Nacían nuevos cada día, y no podía darse el tiempo para presentarse y controlarlos. Primero la Ciudad de México, después otras ciudades como Juárez, San Luis Potosí, Michoacán y Morelia sucumbieron al desastre. No había hogar que estuviera seguro. Rod ladraba órdenes por el teléfono, constantemente, para que otros estados cayeran en la misma situación. Lisa no durmió varios días, así como Rod no se despegó del teléfono. Después cayeron Querétaro, Aguascalientes, Tampico y Monterrey. Pronto en todas las casas, era necesario que alguien tuviera un arma. Dejaron de funcionar las televisoras, y las telecomunicaciones. Rod se había previsto usando un teléfono satelital para hablar con Lisa.

-Rod, necesito dormir... no seas así -dijo Lisa, un día, ya muy cansada.

-Pues querías trabajar, ¿no? Ahora te chingas. Atención, todo debe ser preciso. Si no puedes, dime para que uno de tus reemplazos tome tu lugar en lo que descansas, porque te necesito despierta.

-No te preocupes Rod. Haré lo mejor.

-No espero menos.

Rod apenas dormía. Usaba su poder para saltar entre varios grupos que tomaban zonas de la ciudad, de cada estado, de donde fuera. No viajaba solo, siempre traía un grupo de escoltas. Pasaron varios días, varios meses, de carreteras, jeeps, camiones. De esconderse en haciendas, en ranchos secuestrados, en varios departamentos, en casas de interés social. No dejaba el libro, tenía la concentración en un punto fijo: Necesitaba seguir, necesitaba dar más órdenes, necesitaba destruír al país.

El caos, obviamente, lo llevó al extremo en el uso de su poder del rayo. Trataron de traicionarlo varias veces. Homúnculo Junior, tronó mucho los dedos en ese tiempo, aún cuando el poder se activaba automáticamente cuando alguien intentaba matarlo. Sin embargo, Rod descubrió una limitación en su poder cuando cuatro personas trataron de hacerlo a la vez. Los rayos, al parecer, eran controlados por alguien que, como él, disfrutaba los accidentes. No siempre se activaban de inmediato. Un par de veces, sintió que de verdad iba a perder la vida.

-Lisa... ¿Ya?

-No, aún no hay respuesta Rod. Otra vez tengo que mudarme de locación. Es peligroso.

-Está bien. No tardes en comunicarte como la vez pasada, por favor.

-Sí, Rod. Lo prometo.

Rod era un chamaco. Había medido consecuencias, y había planeado que habría problemas en ejercer el poder. Pero una cosa era la teoría que se formó en su cabecita, y otra muy distinta la práctica, que lo obligaba a mantenerse despierto durante días, corrió como nunca, comió muy mal como para ser un dios y muchas veces tenía que jugar con los recursos para obtener favores. Aún cuando todavía tenía el poder, aún cuando el país le pertenecía, las variables eran demasiado caóticas y disparatadas para tenerlas en su cabeza. Soñaba con su abuelo en las noches, riéndose de él, constantemente, mientras se le escapaba el humo del cigarro por las fosas nasales, por los espacios entre los dientes. UN CHINGO DE SUERTE, se decía así mismo, antes de dormir y al despertar, TENGO UN CHINGO DE SUERTE.

Quedarse sin Lisa era un problema. Ella era quien le daba la noción de seguridad. Si pedía un helicoptero, ella podía mandárselo. Si necesitaba una puta, Lisa también se la conseguía. Tardaba, por la bonita situación en que se habían metido, pero lo conseguía. Ella era el enlace para controlar a los grupos. Hubo situaciones donde se quedó sin el apoyo de sus grupos de confianza, y tenía que recurrir a Lisa para presentarse al grupo local como de dueño absoluto de México. Hacerlo a la mala, era entrar a la base y matar gente, hasta que ellos se rindieran ante él como lo que era. Lisa también era necesaria para que Rod mantuviera la cordura, para hablar con alguien que entendiera lo que estaba pasando, ella era el receptor de sus pensamientos en voz alta y le permitía pensar con claridad. Cuando ella se tenía que mudar de locación... podía pasar mucho tiempo, y el único consuelo que tenía, era el libro viejo del abuelo que le ayudaba a seguir estudiando posibilidades, números, situaciones. El libro lo mantenía fresco para que no perdiera el sentido de su empresa... y también lo enloquecía.

Lo que más valoraba de Lisa, eran sus chistecitos. Su voz dulzona, su coquetería innata. Rod tenía que repetirse que no había tiempo para enamorarse y lo que necesitaba, era encontrar la raíz del juego.

-Hey Rod... es Lisa de nuevo. Ya tengo un lugar de nuevo. Espero que este dure más que el anterior.

-Menos mal -dijo Rod, tenía los ojos enrojecidos. Pensaba colgarle el teléfono y dormir.

-Tengo noticias.

-¿Buenas?

-Creo que sí. Piedra y Mano de Oro ya entraron a México. Al parecer, se pusieron de acuerdo.

Rod contaba con eso. Piedra estaba en los países del norte que eran suyos. Mano de Oro estaba en los países sur. Se habían puesto de acuerdo para que no tratara de matar a los dos al mismo tiempo. No sabía como enfrentarlos aún, pero ya había hecho la primera parte que era meterlos en el territorio. Lo que seguía, si no se equivocaba, es que ellos tratarían de anexar los territorios, poco a poco. La ventaja que Rod tenía, la única ventaja, es que el país todavía era suyo. Hasta que no hubiera una enciclopedia de leyes que le quitaran los terrenos, estaba en condiciones de pelear.

-Ah que caray, muy buenas noticias... yo que deseaba dormir esta noche. A trabajar, Lisa... a trabajar. Tenemos que encontrar a estos dos cabrones.

-¿Rod?

-¿Qué?

-Vete a dormir un rato, yo me encargo.

Rod sonrió, colgó el teléfono y terminó durmiendo en el asiento trasero de una vieja camioneta, en medio de la nada.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Instrucciones Precisas (3/5)


-No soy tu payaso -respondió el Presidente a la orden.

-Claro que lo eres -le dijo Rod, jugando con el libro del abuelo en las manos, recorriendo las páginas sin buscar en nada particular. Ya llevaba años estudiándolo. En ese tiempo, había dejado que las cosas corrieran de modo normal, pidiendo pequeñas cosas, algo de dinero y estudiando el libro. Sobre todo el estudio. Lisa había resultado una valiosa aliada y cuando Rod empezó a "jugar de manera inteligente", ella respondió mucho mejor de lo que él creía capaz.

Sabía que no había ser humano en el país que pudiera tocarlo. Mucho menos matarlo. Y aún si alguno de ellos lo intentaba, bastaba con tronar los dedos para que un rayo del cielo cayera y destruyera al hombre que intentara desafiarlo.

También sabía, conforme leyó el libro, que formaba parte de un juego cuyos alcances no reconocía aún, y sólo podía adivinar conforme a la práctica. Restaba descubrir todo lo que la intuición no podía responder: Exactamente, ¿qué era Rod? Porque no pensaba que fuera un humano común y corriente, sin embargo, tampoco podía ser un dios. Un dios no tendría como límite territorial uno o varios países. Si era un extraterrestre, su cuerpo hacía todo lo posible por esconderlo. Si había un juego de por medio, debía haber un árbitro, debía haber espectadores, debía haber una serie de reglas que nadie se había molestado en enseñarle aún. Necesitaba saber por qué.

Así que decidió hacer lo único que pensó podría darle respuestas: Ganarse los otros territorios.

Si lograba conquistar los otros territorios, entonces... alguien tendría que bajar del cielo, o aparecer de algún infierno, y felicitarlo. ¿No eran así los juegos? ¿Los deportes... humanos? Juegos divinales, cuyo premio es la verdad al final del camino. Sonreía cada vez que agregaba "humanos" a sus pensamientos. Poco a poco, Rod pensaba en sí mismo como una especie de ser omnipotente, aún cuando distaba mucho de serlo.

-No puedo hacer eso... habrá consecuencias... internacionalmente hablando.

-Puedo tronar los dedos hasta que venga un presidente que obedezca. Si obedeces, y no rechistas una vez más, serás bien recompensado.

El silencio que siguió a sus padres después de recibir el libro se solucionó unos días después, cuando Rod descubrió que estaban intentando matarlo. Lo estaban envenenando, primero con dosis pequeñas, hasta que llegaron a utilizar dosis ridículas y que ya no se molestaban en esconder. Para Rod aún es un misterio que el veneno no funcionara en su cuerpo.

Un día, su padre no soportó más y trató de acuchillarlo. Instantáneamente, un rayo cayó del cielo y lo evaporó. No sólo eso: el cuchillo tocó a Rod y no pasó nada. Negó por completo la acción de su padre. Su madre rompió en lágrimas, mientras que Rod llamó a Lisa para que hiciera los arreglos. Esperaba que algo así sucediera y entendió todas aquellas miradas recelosas, envidiosas, que se posaron sobre él en el funeral. Había reglas naturales que lo protegían, o tal vez, reglas de azar. Su abuelo no explicaba esto en el libro, sólo pequeñas cositas... por ejemplo: No intentes nada estúpido, al final eres humano. Su madre simplemente, le susurró que era una aberración y él prefirió abandonar la casa al día siguiente.

Preparó una cuenta de banco y una casa de retiro para su madre. Era lo menos que podía hacer.

Sabía que esta inmunidad sobrenatural lo abandonaría tan pronto él entrara en territorio ajeno. Eso, al menos, estaba explicado en el libro y de ahí supuso que la regla hacía tan difícil que "los otros" tomaran el territorio. La red de comunicación, en su caso, Lisa, avisaría tan pronto el oponente entrara en el país y viceversa. Lisa tenía la obligación de comunicar al asistente del dueño de otro país si Rod entraba en este. El entrar al país de otro, era pedir la muerte y regalar el juego. Pero había una oportunidad.

-Pido protección, y necesito saber si la conclusión de esto involucra que yo pierda mi puesto. En ese caso, me gustaría que me remuneraras... mucho, de ser posible.

-Lo haré. Te daré una fortuna que no te la gastarás en esta vida.

-Obviamente, ya tengo mucho dinero... pero... quiero saber si cuento con el suficiente para protegerme... después de esto, será imposible que mi vida no peligre. No importa cuanto dinero tenga.

-Claro que tu vida peligrará, pero no te preocupes... Te cuidaré bien -dijo Rod, prendió un cigarro, de la forma que hacía el abuelo y fumó. Alzó las piernas en un escritorio, la oficina estaba a oscuras, a través de la ventana, se podía ver la noche. La torre latinoamericana sobresalía entre algunos edificios. Fue cuando entendió, que muy dentro de sí, siempre aspiró al caos.

-Esta bien. Entonces seguiré el curso de acción. Buenas noches, mi familia me espera para cenar. Tal vez sea nuestra última cena tranquila.

-Provechito -dijo Rod, y colgó el teléfono. Se fumó el cigarro en silencio. Pensó en llamar al Presidente y pedirle que le contara un chiste, sólo para demostrar que sí era su payaso, pero contuvo las ganas. Quedaba todavía mucho por planear. El inicio, exigía rendir el país temporalmente y no tendría influencia sobre nadie, más que algunos grupos muy reducidos. El control de estos grupos sería vital como un escudo, y para mantener el flujo de información activo. Sólo podría depender de su ... supuesta inmortalidad, para que no lo mataran en medio del caos.

Vivir de otra forma sería aburrido, pensó Rod, aún a tiempo de negarlo todo y con el poder que le dieron, esta parecía la única forma de no aburrirse. No aburrirse, era la idea central. Eso, y buscar respuestas, pensó otra voz en su cabeza. Encontrar respuestas que posiblemente su abuelo, ni siquiera se había molestado en buscar y por eso no estaban escritas. Era muy probable que eso estuviera buscando él cuando le cedió el control, alguien que tuviera el valor de hacerlo.

Levantó el teléfono, llamó a Lisa y le dio la instrucción-: Es hora de empezar Lisa. Hagamos que México sea Tierra de Nadie.

-...está bien Rod... por si acaso, fue un placer trabajar contigo.

domingo, 25 de octubre de 2009

Instrucciones Precisas (2/5)


Rod pasó varias noches leyendo, dormía por el día y desayunaba en la tarde. A veces, olvidaba dormir o desayunar. Su familia lo dejó en paz, en su habitación, sin preguntarle si le pasaba algo o si necesitaba compañía. El libro del abuelo lo explicaba: "Tan pronto tengas posesión del país, la familia lo entenderá y ellos te dejarán solo". Intentó hablar con ellos del tema, y que le informaran un poco más del abuelo, pero su padre o su madre lo detenían diciéndole, a veces con amargura, a veces con cansancio, incluso... pensó que con envidia, que "era la voluntad de su abuelo y nada se puede hacer".

Habló con Lisa por teléfono, pero era inútil, ella sólo pedía instrucciones o carcajeándose le respondía: "Si tú no sabes, menos yo".

Lo único que podía hacer era dedicarse al libro, y leer, tratar de desentrañar entre toda la maraña de letras, las pretensiones y el origen de una decisión tan absurda. El libro no decía nada de valor, al menos, no las respuestas que Rod estaba buscando. Tenía capítulos enteros que describían como mejorar la economía a diez, veinte y cincuenta años (asumiendo que Rod viviera todo ese tiempo), de como provocar el colapso económico, de como arruinarlo económicamente, de como cambiarlo a una dictadura completa, instrucciones para modificar los libros de historia y convencer a sus habitantes que esa era la verdadera historia. El manejo de las fuerzas gubernamentales y los mercenarios, o guerrillas del narco. Traía un sinfín de cosas, que Rod no habría creído de no haber destruído la LyFC.

Un chamaco destruyéndola... habría dicho el abuelo, y se habría carcajeado en su cara.

Había un capítulo que Rod encontró muy interesante. Lo llamaba "Tierra de nadie", y describí como convertir el país en escombros. Al final, el abuelo explicaba que el país todavía sería suyo y no habría forma de quitárselo, hasta que llegara el momento donde tuviera que elegir a un heredero. Luego de leer ese capítulo en particular, la ansiedad de Rod se convirtió en un raro estado de consciencia, donde miraba a través de la ventana, mientras tomaba la cerveza y pensaba que era imposible que un sólo hombre tuviera un poder absoluto. ¿Quién le daba el poder? Definitivamente, formaba parte de una jerarquía, era un engrane de un instrumento desconocido.

Sabiendo que no lograría mucho, llamó a Lisa por teléfono y le preguntó quién era el jefe del abuelo. Ella le respondió que no tenía esa información, pero que al menos si sabía quien era su jefe y se volvió a reír, con su voz infantil.

-Escucha Rod, si quieres un consuelo... sé que tu situación es un poco estresante. ¿Por qué no te diviertes? El país es tuyo, haz lo que quieras, vete a pasear donde gustes, nada y nadie te va a tocar, eres el hombre más protegido del país, y podrías dejarme dormir de vez en cuando... eres buen chico, tengo la confianza de darte un consejo porque conocí a tu abuelo y el hombre ni aceptaba consejos, y me habría terminado si insistía mucho con esas ideas. Y no hablemos de que te acabo de mandar a dormir...

-¿Terminarte?

-Mandarme a matar.

-Ah, ya... ¿Y no tendría que mandarte a matar, pues, a través de ti?

-Así es.

-Y tú simplemente podrías escapar, sin obedecer la orden.

Lisa rió-. No, no puedo. Lo más honorable de mi parte sería obedecer la orden. Después de todo, firmé un contrato y lo leí muchas veces, para saber en lo que me estaba metiendo. Además, sé que tengo tres reemplazos. En el momento que yo intentara algo, alguna de ellas se comunicaría contigo para entrar en acción inmediatamente.

-¿Sabes quienes son estos reemplazos?

-No importa si lo sé o no. Puedo investigarlo para ti, si quieres.

-Si supieras quienes son estos tres reemplazos, puedes mandarlas a matar y escapar. ¿No?

-Mis tres reemplazos están escuchando las conversaciones, tienen acceso a la bitácora de sucesos y están igual de preparadas que yo. Es imposible que yo las pueda tocar. El único que decide que hacer, eres tú.

-Verga. Son mamadas... pinche viejo puto de mierda. No explica nada el cabrón y sólo me empujó ...

-De verdad Rod, deberías dormir, o dame algo que hacer. Me estoy aburriendo. ¿Por qué no haces lo mismo que tu abuelo? Instrucciones muy pequeñas y disfruta lo que tienes.

-Pero... ¿por qué lo tengo? Es lo que no entiendo. Debo de tener límites, supongo...

-Sí, el país por ejemplo.

-Así es... ¿qué?

-Tus instrucciones se limitan a México, nada más. No puedes pedir nada en Estados Unidos, Canadá, o cualquier otro lugar. Entiendo que hay otros dueños como tú. Por esa razón, tu abuelo viajaba sólo en ocasiones.

-¿Un dueño por país?

-No lo sé. Deberías de terminar ese libro que te dio. Leerlo entero. Al fin que te has comprado todo el tiempo de México... ¿Sabes?

-¿Tienes permiso para comunicarte con dueños de otros países?

-Sí. No lo he hecho, pero tengo autorización. ¿Por qué? No lo sé tampoco. Vamos, sé un chico bueno y dame una orden.

-Dame dinero...

-¿Cuánto quieres?

-Trescientos pesos.

-Mantenerme despierta desde las tres de la mañana por trescientos pesos... En México se dice: chingas a tu madre. Pero soy una dama, y no digo esas cosas.

-¿Trescientos mil pesos?

-Ligeramente mejor. ¿Es todo?

-Sí.

-Buenas noches. O más bien, buenos días.

-Días -dijo Rod, y colgó el teléfono. Regresó al libro buscando información más detallada. Al menos, ahora sabía que había personas como él que podían controlar otros países. Registró el libro con rapidez y encontró una lista de seis personas más y qué "países" les pertenecían. No había nombres, sólo seudónimos. Lo curioso es que todas estas personas tenían más de un país... a veces, el continente entero, mientras que el abuelo (Homúnculo, según el seudónimo), sólo tenía México.

-Hijo de puta... y yo que estaba creyendo que era un chingón... ¿Y sólo tiene México? -Rod gradualmente entendió que formaba parte de un juego.

domingo, 18 de octubre de 2009

Instrucciones Precisas (1/5)


El abuelo de Rod, le heredó un libro titulado "Instrucciones Precisas". Nunca hubo una verdadera sintonía con el abuelo. Era un hombre arisco que no escatimaba en palabras para callarlo cuando hacía mucho ruido y constantemente criticaba su forma de vestir. No sólo pasaba con él, pasaba con toda la familia (su hermana, sus muchos primos, sus muchos tíos, su madre, su padre, el repartidor de la pizza, el que entregaba los periódicos, y su carpintero, que más bien fue su amigo y confidente en los últimos días) y se hizo más molesto conforme pasaron los años.

Antes el abuelo era una molestia pasajera, cuando lo iban a visitar a él, y a la abuela, él nada más hacía un breve ruido y un gesto con la mano, y bajaba a su sótano que, algún día de muchas copas, llamó su base de operaciones y luego de una estruendosa carcajada, y un encender de mejillas, prendió un cigarro y se recargó en su asiento como si fuera uno de los hombres más poderosos del mundo.

El abuelo, cuando era joven, viajaba por todo el mundo por su trabajo. A veces llevaba consigo a la abuela.

Rod miró el libro, tan sobrio como el mismo abuelo. Le dio vueltas, lo recorrió rápidamente con la mirada. No parecía interesante. El texto inundaba las páginas y no parecía haber respiros entre un párrafo y otro. No tenía un índice. "Un libro perfecto para no buscar nada, sólo empezar y conservar la breve esperanza de que algún día lo vas a terminar", pensó Rod. Sin embargo, las páginas estaban numeradas. La tipografía era la misma que la de una Olivetti. Se preguntó si su abuelo habría pasado las incontables noches en el sótano, escribiendo sus "Instrucciones Precisas", como una broma cruel para el nieto.

Los otros arreglos del testamento, dijo el abogado, serán arreglados en privado con cada uno de ustedes. Pero en palabras de Rodrigo Jirón, todos recibirán lo que merecen. La familia entera se encogió de hombros. Ya lo esperaban. Si acaso, sólo deseaban que alguien les indicara lo que se haría lo casa y esperaban que, al menos, la hubiera dejado a nombre de la abuela, una persona más sensata y cálida, que tendría que escoger entre los hijos para rifarla.

La mayoría miró con curiosidad el libro que se le había entregado a Rod... después de todo, se llamaba "Instrucciones Precisas", pero cuando este explicó durante la ceremonia que el libro era una broma cruel de su abuelo, después de convencerse que así era, sus familiares asintieron entre envidiosos, confundidos y cansados. Era de esperarse que ese hombre no hiciera una exhibición pública de afecto y si lo había hecho, era una simple molestia, un juego. Maldito abuelo.

El libro permaneció cerrado durante tres meses, encerrado en el escritorio de Rod, en un cajón al que nunca prestaba atención.

Lo abrió un día que se acordó de él. Tuvo un recuerdo agradable, uno de un puñado de porquería y sintió un acceso de consciencia. Probablemente era una guía de vida, pensó, algo que me puede ayudar en decirme quien soy, quien fui, a dónde iré. O una pista de por qué su abuelo se convirtió en el hombre arisco que era, un burlón de la familia y la vida en general, un déspota. Cuando abrió la primera página y vio la dedicatoria: "A Rod. El único granuja que supo decirme cuánto me odiaba", hizo su primera mueca y avanzó a la siguiente página. Tal vez esto era un error.

"Se vende país", decía la primera línea, en la primera página, "Busca en cualquier periódico un anuncio que tenga esto en negritas, haz la llamada y di la clave tan pronto te respondan el teléfono: -Truhán-. Vamos, hazlo ahora".

Rod sonrió interesado, bajó al comedor de su casa y buscó en el periódico abandonado por su padre la sección de anuncios. Hojeó rápidamente entre los de masajistas, profesores, coches usados, etcétera-etcétera, hasta que... curiosamente, encontró el mensaje que buscaba. Se vende país, y un número de teléfono. Ninguna descripción interesante. ¿En qué me estoy metiendo?, se preguntó Rod, si su abuelo había preparado esto y quien sabe con qué intenciones. Sacó su celular, marcó el número y cuando escuchó que respondieron, dijo-. Truhán.

-Vaya, pensamos que tardarías más tiempo en llamar.

La voz era de una mujer que se escuchaba... linda.

-Mi abuelo y sus jueguitos.

-Sí, lo conocí a tu abuelo. Un hombre muy inteligente. Bien, en unos minutos recibirás la llamada del presidente de tu país reconociéndote como el nuevo dueño.

-¿Cómo?

-Felipe Calderón te llamará por teléfono y te dará control absoluto del país. Nuestra organización dará los recursos, Felipe Calderón será uno de tus mensajeros y puedes hacer lo que quieras.

-¿Cómo? -preguntó de nuevo Rod-. Espera, tengo dudas.

-Y yo puedo resolver algunas.

-¿Estás diciendo que tengo control absoluto de mi país? ¿Por qué?

-Porque así lo quiso tu abuelo.

-¿O sea que el país era de mi abuelo?

-Sí.

-¿Cómo lo hizo?

-No lo sé, yo sólo soy una empleada que está a tus órdenes.

-Y Felipe Calderón tiene que hacer lo que yo diga.

-Entre otros.

-¿Yo le pago a Felipe Calderón?

-No. Y no le pagaba tu abuelo. Me pagas a mí. Bueno, tu abuelo me pagó el suelo de los próximos treinta años, más prestaciones. Así que no te preocupes.

-¿Cómo es eso posible?

-Soy una empleada nada más.

-¿Cómo te llamas?

-Dime Lisa.

-Esta bien, Dimelisa.

El silencio en la línea le hizo saber a Rod que su chiste no había funcionado.

-No te creo. El país no es mío.

-¿No te dejó tu abuelo una especie de libro?

-Sí. ¿Cómo lo sabes?

-Me dijo que te lo mencionara en caso que no lo creyeras. También me pidió que te recordara leer el libro si necesitas más instrucciones. Otra cosa, prende tu televisión en cualquier canal nacional.

-Está bien -Rod no obedeció.

-Ahora, pídeme que Calderón de un mensaje a la nación.

-Quiero que Calderón de un mensaje a la nación.

-¿Acerca de qué?

Rod lo pensó bien. No se decidía entre un mensaje estúpido, como pedir que Calderón saludara a su madre, o bien, podía pedir un cambio definitivo en el rumbo del país y ahí vería si realmente le pertenecía. Tamborileó los dedos. El silencio al otro lado del teléfono no le ayudaba a decidir lo que debía hacer. Miró el periódico, por si encontraba algún anuncio interesante que sirviera de apoyo y terminó deteniéndose en la sección deportiva, revisando los números. ¿Podía hacer algo respecto a los deportes? Entre los papeles en la mesa, vio el recibo de Luz y Fuerza. Frunció el ceño.

-Quiero que Calderón de el anuncio que va a deshacer Luz y Fuerza.

-Muy bien. ¿Estás viendo la televisión?

-Sí -respondió Rod, se levantó a prender el televisor y cambió de canal.

Dos minutos después, Calderón interrumpió transmisiones para dar varios avisos. Uno de ellos involucraba la desaparición de Luz y Fuerza.

-No me chingues. ¿De verdad? ¿Y ahora qué va a pasar? -Le preguntó Rod a Lisa.

-No lo sé. Yo sólo soy una empleada. Afortunadamente no pertenezco al SME.

-Hey, hey, pero Calderón dio varios avisos y yo sólo quería lo de Luz y Fuerza.

-Tu abuelo permitía cierta autonomía en el país, pero puedes revisar el libro que te dejó y básicamente, puedes hacer lo que quieras.

Rod colgó el teléfono, repentinamente sintió un vértigo al saberse dueño de todo un país. ¿Qué clase de poder tenía su abuelo para que pudiera hacer algo así? Sintió el poder como un golpe duro de asimilar, tomó asiento como si estuviera cayéndose en un abismo y pensó en el libro... ese libro, que contenía instrucciones precisas. Los deseos más banales hasta los más complejos pasaron por su cabeza como una procesión de imágenes. Puedo hacer lo que quiera, pensó. Puedo hacer lo que quiera y nadie va a detenerme. Acabo de hacer una estupidez que modificó a todo el país, sólo para ver si podía, y nadie me detuvo.

Durante varios días, leyó las noticias con atención, sopesando los resultados de su pequeña proeza y como la gente empezaba a hablar de ello. Los columnistas de toda la nación, los políticos involucrados, los dirigentes del SME, daban cada uno sus discursos basados en un deseo estúpido que tuvo. Sí, estúpido, pero propenso a cambiar el rumbo de una porción de la nación. Recordó a su abuelo, recordó su sonrisa maligna y su pose, cuando se recargaba en su asiento y prendía un cigarro sintiéndose el hombre más poderoso del mundo. No abrió el libro en ese tiempo, y tampoco habló otra vez con Lisa.

Todavía estaba un poco mareado.

domingo, 11 de octubre de 2009


Si tuviera oportunidad de elegir un oficio distinto al puñado de oficios inútiles que ya tengo, sería el anonimato. Pero la maldita educación (Capurro dixit) me obligan a poner mi nombre en las cosas que hago, que produzco o que vomito. El nombre se desvirtúa, porque aún cuando tienes la valentía o la educación para decir: "Sí, yo lo hice", son menos las cosas loables que la porquería.

El anonimato ofrece un nombre global para equivocarse y no sentir las consecuencias. Es la protección de un nombre propio y cuidarlo de manchas. Es como "Alan Smithee", que ha dirigido una cantidad enorme de películas. Anó Nimo. El anónimo es la conjunción de todas las cosas apestosas, asquerosas, mierda de la humanidad, el bastón donde soportamos toda nuestra lujuria, odio, envidia, deseos, esas cosas que de otra forma no nos atreveríamos a decir.

Anónimo es furia y temor. Es el rencor que le tenemos a las personas que tienen la capacidad de usar su nombre. Es el juego secreto para picar los botones de las personas. Es la valentía de acusar a los injustos y pecadores. El poder de uno es el poder de todos. El poder de todos, llega a las manos de uno.

De vez en cuando, anónimo deja mensajes, pequeñas señales que comunican una verdad que debe ser cuidadosamente espulgada de toda la mierda que el mismo anónimo escupe. Aún cuando el anonimato suele estar en las manos de simios delirantes que no conocen otra cosa más que rascarse las gonadas mientras carcajean, hay uno entre todos que sabe. Algo sabe. Ese anónimo único, guarda las esperanzas de la creación. Anónimo, en ocasiones, sacrificando el nombre verdadero lleva en sus manos la verdad y la gloria.

El anonimato no es un oficio tan malo. Cobarde, tal vez, pero no malo. Se requiere valor para usar el nombre, pero tampoco tanto. Es la verdad, y la búsqueda de la verdad, seas anónimo o no, el mejor juego de todos.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Lo único que no miente.



Para mí, el olor a sexo es lo único que evade las mentiras que nos inventamos para no acostarnos los unos con los otros. Varias veces me encontré en situaciones donde una mujer inventaba mentiras para evadir el beso, cuando el olor de su sexo me penetraba en la nariz y sabía que era el momento para tocar el vientre, navegar la mano dentro de sus pantalones y encajarle los dientes en el cuello. Entonces terminaba el diálogo, empezaba un juego sincero y verdadero, donde los dos envueltos en aquel perfume, iniciábamos un acto honesto que exigía una resolución y no más negociaciones verbales, escritas o económicas.

Sin embargo, la primera vez que me hice consciente del olor... no fue agradable.

Recuerdo que en la secundaria, una secundaria de monjas, cometí el error de traducir un cuento erótico y dárselo a uno de mis compañeros. Como todos los cuentos que tienen necesidad de ser leídos y que descubren nuevas perspectivas... fue a parar a la copiadora. La copiadora fue testigo de mi increíble amoralidad en potencia y gustosamente, como un dios inquieto, repartió esta historia de dos hermanos, un chamaco y una chamaca -reflejo de nosotros-, descubriendo sus olores, sus sabores, sus pequeñas ganas de joder como las teníamos todos nosotros gracias a las hormonas. Todos tendrían una copia más tarde durante el receso. Recuerdo que asentí como suelo asentir, en ese gesto de ya-valió-madre y que sería cuestión de tiempo antes que un profesor les quitara unas hojas, preguntara "¿Ohhh, qué leen?"

Hice apuestas personales y silenciosas acerca de quién sería el primero que tomara esas hojas. Jamás me imaginé que la profesora, mi Judas personal, sería la de mecanografía, ya que era una profesora con la que jamás tendría un contacto en toda la secundaria. Una profesora que no me conocía, ni me trataba, ni nada. Y eso que lo intenté, pero cuando me inscribí la monja me explicó-. No niño... la mecanografía es para las niñas, y el dibujo técnico para los niños. No te puedo meter ahí.

El sábado que me mandaron llamar a la oficina de la directora, la madre, intenté la estúpida excusa -claro, me creía muy listo- de que todos teníamos curiosidad. Si mal no recuerdo, la monja me respondió-. No habría estado tan mal si no fuera entre dos hermanos, ¿sabes lo que es el incesto, Agustín?

Miré sorprendido y con los ojos abiertos a la monja. No había forma de discutirlo.

Desde entonces, pasé incontables días en la dirección. A veces con mi madre, otras veces con mi abuela, solo -sobre todo solo-, tragándome mi orgullo y tratando de reorganizar todas las piezas en ese mal movimiento que hice. En todos esos días, negociaba mi no expulsión hablando de valores, de mi familia rota, de cualquier otra cosa que apelara a las personas por "las pobres necesidades". "Pobre de mi", "Pobre de ti", "Pobre de todos", "Soy un ejemplo de la pobreza social", "Soy un ejemplo de la ruptura familiar", "Hágame un ejemplo". La monja terminó dándome una serie de pequeños libros acerca de la moral. Me los leí todos.

Cuando llegué a una parte donde me dijeron que la masturbación era mala y ponían de ejemplo a un niño -caricaturizado- de buen humor (que no se masturba) contra el famélico, esquelético, pobre niño (que sí se masturba)... cerré el libro, y después de una carcajada, pasaron varios años donde me preguntaba si el niño estaba decrépito porque toda su salud se escapaba en el semen expulsado y si eso no sería un atento contra sí mismo, un pecado contra sí mismo. Años más tarde, cuando leía acerca del pecado del onanista, lo seguía con interés como lo tienen los investigadores que sí hacen algo importante.

También, años más tarde, me hice agnóstico. Tal vez no me hice ateo, un verdadero ateo, por esa cuestión de la masturbación y el pecado. Los mecanismos del pecado, de los creyentes, de esa fe curiosa y tal vez, engañosa. Sin embargo, mi agnosticisimo, me da una paz muy breve para que mi espíritu se enfoque en otras cosas.

Recuerdo que la primera visita, ese sábado a las ocho de la mañana donde tenía los ojos entrecerrados por el sueño, pensaba lo mismo que pensé ya siendo adulto-. Ni modo... es hora de un cambio, que me saquen de aquí y a chingar a su madre. Nadie se muere por una expulsión en secundaria -Sin embargo, también pensaba en mi madre y mi abuela. Era un niño, pagaban una colegiatura muy modesta y no era justo, en ningún momento, que yo jugara a ser un hombrecito sin consideraciones de otros. Por eso todas las otras reuniones donde había horas de diálogo, de convencimientos, de arrepentimientos. Horas que pensaba podría aprovechar haciendo otras cosas de provecho -masturbación feliz... podría inventarla- y que me dejaran en paz. No había forma de hacerles entender que mi error se hizo grande por cuestiones de otros chiquillos curiosos y una copiadora. Tampoco había forma de explicarles que esos errores se cometen en pubertad, y son de lo más comunes, ni modo. O explicarles que vivimos en una sociedad cerrada, moralista, demasiado católica -sobre todo a una monja, a la madre- y que eso era la chispa inicial de que mi yo chamaco se hubiera pasado una tarde traduciendo un cuento para compartirlo con sus amigos y quien sabe como, de verdad, quedó en manos de toda la escuela.

La última reunión con la monja... varias semanas después, ella me mandó a llamar.

-Estoy harta de lo inmorales que son -empezó diciéndome, y después los gritos. Me callé. Nada de negociar, nada de pretender, nada. Cállate y que grite, pensé. Gritó, y gritó. Su dirección se llenó de un olor particular, un olor inevitable y que no podía alejar, no tanto como los gritos. Después de todo, cuando alguien te grita puedes registrar todo en el cerebro, después partirlo, sintentizarlo, cambiarlo de posición, y luego reírte de las estupideces que está diciendo. Pero un olor, ¿cómo te escapas de un olor? En algún momento de la discusión, abrió uno de sus cajones cerrados con llave... eso lo recuerdo bien, lo recuerdo tanto como el olor, y sacó una serie de revistas pornográficas, me las puso enfrente.

-Ve con todo lo que tengo que lidiar en esta escuela. Míralo.

Hoy no recuerdo las portadas, en otras ocasiones, recuerdo revistas de lesbianas, en otras ocasiones, recuerdo portadas de homosexuales... muy alejadas a las portadas que acostumbrábamos en la escuela, de mujeres imposibles y desnudas, y en el rostro expresiones desconocidas, añoradas, tan queridas por nosotros...

En algún momento, la monja me dijo-. Vete de aquí.

Muy a mi pesar, en ese momento la monja y yo nos descubrimos el uno al otro... Nos descubrimos, sí... pero todavía no sé que fui yo, y que era ella.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Finito.


Final de temporada. Vamos. Que términos tan distintos el uno del otro. Generalmente me gusta la palabra "Fin", sola... sin más explicaciones. Sin embargo, agregar "temporada", sólo implica que habrá un nuevo comienzo. No sabemos cuando, pero da esa breve esperanza a que el final no es definitivo.

Me gustan los finales definitivos.

Raras veces, soporto los finales de temporada de las series que me gustan -porque vamos, el final de temporada nos lleva al otro aparato idiota: la televisión-, pero puedo entender su existencia. Una historia que avanza, y tiene personajes que crecen constantemente. Durante sus vidas alcanzarán puntos que los rompen, los quiebran, los definen para un futuro. Las mejores series, sabrán conservar estos nuevos atributos que modificaron el universo de los personajes y las pequeñas conexiones que los atan unos a otros.

Como nosotros...

También tenemos nuestras temporadas: altas y bajitas. A veces nos va bien, a veces ganamos mucho dinero, a veces tenemos una novia excepcional, a veces... sí, sólo a veces, tenemos chance de coger diariamente con una nena o un nene agradable, otras veces tenemos la suerte de comer helado de chocolate todos los días, y de repente esto termina. Ella o él se van, hubo una crisis económica, nos ofrecieron un trabajo en otro lado, nos cambiamos de estado o de país, o simplemente, decidimos romper con todo, quebrar el mundo -nuestro mundo-, esperando que el siguiente sea más interesante o diferente, o lo que siempre quisimos con los sueños.

Se acaba la primavera, el otoño, el invierno, el verano... se confunden, toman distintos lugares. A veces, es otoño en nuestro corazón y el calor de primavera no deja de molestar.

Todos esos detalles, terminan con el verdadero final, el final común que compartimos todos, uno al que no le importan nuestros pequeños deseos.

domingo, 30 de agosto de 2009

Vagueando.


Si yo fuera vagabundo, sería una reata en Street Fighter 2, en Final Fight, en Bad Dudes y en otro par de juegos más. ¿No?

¿O nos referimos al sentido romántico del vagabundo? ¿Del pintor ese que va persiguiendo Sandy Bell por toda ehm, Gran Bretaña? En ese caso, sería un cabrón guapísimo, con un morral al hombro, pintando por hogazas de pan y café.

La verdad es que... ser un vagabundo... No me parece nada romántico. Una vez, recuerdo que caminaba para ir a pagar una cuenta de luz. Llevaba más dinero del acostumbrado en las manos. Caminaba sobre patriotismo y me encontré a un viejo vagabundo, de unos 60-70 años. Su olor era característicamente repugnante y se notaba a varios pasos de distancia. Entre los días sin bañar, los orines, la mierda. El señor, asumo, estaba enfermo de algo. Usaba un sombrero de paja ya desgastado y la acostumbrada gabardina hecha jirones de tela.

El hombre se inclinó y tenía una expresión entre dolor y angustia. Noté debajo de él, y se estaba orinando al parecer.

Es una de las imágenes más vívidas que tengo de mi vida adulta. El hombre volteó a mirarme a los ojos. Una de esas imágenes que cuando vas acompañado de alguien, rompen toda conversación y restan la saturación al mundo. Nos volvemos grises, nos volvemos el vagabundo y muy dentro, sabemos que no lo somos. Que tenemos un lugar donde cagar, que tenemos un varo para las chelas, y que por más que hemos dado un par de monedas a otros vagabundos como él, no podemos evitar que estén en nuestras calles, cagándose a plena luz del día.

Y eso me llevó al otro vagabundo que recuerdo... aquel que caminó a la parada de autobús que tomaba cuando salía del trabajo. Un hombre en sus 25-30, moreno... El vagabundo me dijo algunas groserías, se rió de mí, y yo lo miraba nada más, esperando que pasara algo. Caminaba mal, se movía en círculos y la mirada estaba perdida, aún con sus destellos de dios travieso. En el caso de que nos agarraramos a putazos, y a no ser que fuera un cinta negra disfrazado, bueno... quedaría en el suelo. Incluso me sentiría mal después por no darle unas monedas para que se comprara un taco en esa esquina.

Llegó mi camión, me subí para evitar cualquier escena vergonzosa.

-Todos somos -me dijo el vagabundo. No terminó, sólo dijo: "Todos somos".

Todos somos.

Hasta la fecha, me sigo preguntando que quiso decir. Aunque en mi corazón, tengo una respuesta lamentable y muy sencilla: Todos somos como tú. Todos somos como un vagabundo.
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