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lunes, 19 de octubre de 2009

¿A quién vender?



Ojalá todo se redujera a vender la patria. En el mundo de los mortales (y de los que leen éste blog), vender la patria es algo tan lejano como el acto elastiquisimo (sic) de chuparnos el pito. Por más que el acto mercantil fuere tan sofisticado como privatizar, desmembrar o aniquilar para-estatales y dependencias, eficientes o no, ó fuere un acto vulgar como hacer un fraude electoral, vender el sesenta por ciento del territorio nacional, y ni siquiera cobrarlo bien.

La verdadera historia es que ningún mercachifle ha sido capaz de vender la patria, para bien o para mal. Y creo que en el evento de tener que tirar un poco de lastre, a cambio de algo (lo que sea), hay muchas más cosas qué vender:

Correligionarios del Yunque y demás asociaciones puritanas : En éste país debemos, por risible que suene, satanizar desde la base a la religión. Somos un país de drogadictos y narcotraficantes, qué más da. Hay que injuriar los símbolos eclesiásticos, y desmembrar la estructura violenta del Yunque en nuestro país.

Sinaloa: Éste es un caso más complejo que el anterior. Pero hay que advertir que Sinaloa y toda la cultura sinaloense gira a través de la aspiración a ser mafioso y decadente. Cáncer que al parecer se ha recrudecido en otros estados como Chihuahua. Lo complicado en éste caso, es que no se está teniendo una solución concreta, ya que se está garantizando la insolvencia moral venidera del estado y sus habitantes a través de la poca participación preventiva en éste aspecto. Un estado donde los niños pequeños quieren ser narcotraficantes de grandes, implica problemas graves a posteriori.

Falsa Izquierda : Esto incluye a casi todo el PRD actual. Un partido político de poca monta, que ha cambiado de ser una opción política viable, no por su organización o diligencia, sino por la poca viabilidad de los demás partidos. Tuvo un par de ocasiones históricas desperdiciadas, y hoy por hoy, funge, y fungirá de no haber cambios sustanciales, como la comparsa política del nuevo siglo, bloqueando a la verdadera izquierda a quien le urge, cual olla de presión sin salida, regular la presión interna que en éste país crece cada día.

Pienso que de éstas tres entidades deberíamos deshacernos lo antes posible. Pueden desmembrar, y sacar de cauce los verdaderos sueños de éste país. Los sueños tuyos y míos, amigo progresista, modernista y nacionalista a la vez.

Yo aún intento desde mi trinchera defender mi patria. Desde ésta esquina verdaderamente revolcada, tan cerca de negarme a hacerlo e irme a vivir a Chula Vista; tan cerca de la mediocridad per se de mi generación perdida, sin empleo y sin mayor misión colectiva que coger como conejos y embriagar como cosacos. Yo aún pienso que hay que tomar riendas en la medida de cada una, pero en la proporción de todos.

domingo, 18 de octubre de 2009

Instrucciones Precisas (1/5)


El abuelo de Rod, le heredó un libro titulado "Instrucciones Precisas". Nunca hubo una verdadera sintonía con el abuelo. Era un hombre arisco que no escatimaba en palabras para callarlo cuando hacía mucho ruido y constantemente criticaba su forma de vestir. No sólo pasaba con él, pasaba con toda la familia (su hermana, sus muchos primos, sus muchos tíos, su madre, su padre, el repartidor de la pizza, el que entregaba los periódicos, y su carpintero, que más bien fue su amigo y confidente en los últimos días) y se hizo más molesto conforme pasaron los años.

Antes el abuelo era una molestia pasajera, cuando lo iban a visitar a él, y a la abuela, él nada más hacía un breve ruido y un gesto con la mano, y bajaba a su sótano que, algún día de muchas copas, llamó su base de operaciones y luego de una estruendosa carcajada, y un encender de mejillas, prendió un cigarro y se recargó en su asiento como si fuera uno de los hombres más poderosos del mundo.

El abuelo, cuando era joven, viajaba por todo el mundo por su trabajo. A veces llevaba consigo a la abuela.

Rod miró el libro, tan sobrio como el mismo abuelo. Le dio vueltas, lo recorrió rápidamente con la mirada. No parecía interesante. El texto inundaba las páginas y no parecía haber respiros entre un párrafo y otro. No tenía un índice. "Un libro perfecto para no buscar nada, sólo empezar y conservar la breve esperanza de que algún día lo vas a terminar", pensó Rod. Sin embargo, las páginas estaban numeradas. La tipografía era la misma que la de una Olivetti. Se preguntó si su abuelo habría pasado las incontables noches en el sótano, escribiendo sus "Instrucciones Precisas", como una broma cruel para el nieto.

Los otros arreglos del testamento, dijo el abogado, serán arreglados en privado con cada uno de ustedes. Pero en palabras de Rodrigo Jirón, todos recibirán lo que merecen. La familia entera se encogió de hombros. Ya lo esperaban. Si acaso, sólo deseaban que alguien les indicara lo que se haría lo casa y esperaban que, al menos, la hubiera dejado a nombre de la abuela, una persona más sensata y cálida, que tendría que escoger entre los hijos para rifarla.

La mayoría miró con curiosidad el libro que se le había entregado a Rod... después de todo, se llamaba "Instrucciones Precisas", pero cuando este explicó durante la ceremonia que el libro era una broma cruel de su abuelo, después de convencerse que así era, sus familiares asintieron entre envidiosos, confundidos y cansados. Era de esperarse que ese hombre no hiciera una exhibición pública de afecto y si lo había hecho, era una simple molestia, un juego. Maldito abuelo.

El libro permaneció cerrado durante tres meses, encerrado en el escritorio de Rod, en un cajón al que nunca prestaba atención.

Lo abrió un día que se acordó de él. Tuvo un recuerdo agradable, uno de un puñado de porquería y sintió un acceso de consciencia. Probablemente era una guía de vida, pensó, algo que me puede ayudar en decirme quien soy, quien fui, a dónde iré. O una pista de por qué su abuelo se convirtió en el hombre arisco que era, un burlón de la familia y la vida en general, un déspota. Cuando abrió la primera página y vio la dedicatoria: "A Rod. El único granuja que supo decirme cuánto me odiaba", hizo su primera mueca y avanzó a la siguiente página. Tal vez esto era un error.

"Se vende país", decía la primera línea, en la primera página, "Busca en cualquier periódico un anuncio que tenga esto en negritas, haz la llamada y di la clave tan pronto te respondan el teléfono: -Truhán-. Vamos, hazlo ahora".

Rod sonrió interesado, bajó al comedor de su casa y buscó en el periódico abandonado por su padre la sección de anuncios. Hojeó rápidamente entre los de masajistas, profesores, coches usados, etcétera-etcétera, hasta que... curiosamente, encontró el mensaje que buscaba. Se vende país, y un número de teléfono. Ninguna descripción interesante. ¿En qué me estoy metiendo?, se preguntó Rod, si su abuelo había preparado esto y quien sabe con qué intenciones. Sacó su celular, marcó el número y cuando escuchó que respondieron, dijo-. Truhán.

-Vaya, pensamos que tardarías más tiempo en llamar.

La voz era de una mujer que se escuchaba... linda.

-Mi abuelo y sus jueguitos.

-Sí, lo conocí a tu abuelo. Un hombre muy inteligente. Bien, en unos minutos recibirás la llamada del presidente de tu país reconociéndote como el nuevo dueño.

-¿Cómo?

-Felipe Calderón te llamará por teléfono y te dará control absoluto del país. Nuestra organización dará los recursos, Felipe Calderón será uno de tus mensajeros y puedes hacer lo que quieras.

-¿Cómo? -preguntó de nuevo Rod-. Espera, tengo dudas.

-Y yo puedo resolver algunas.

-¿Estás diciendo que tengo control absoluto de mi país? ¿Por qué?

-Porque así lo quiso tu abuelo.

-¿O sea que el país era de mi abuelo?

-Sí.

-¿Cómo lo hizo?

-No lo sé, yo sólo soy una empleada que está a tus órdenes.

-Y Felipe Calderón tiene que hacer lo que yo diga.

-Entre otros.

-¿Yo le pago a Felipe Calderón?

-No. Y no le pagaba tu abuelo. Me pagas a mí. Bueno, tu abuelo me pagó el suelo de los próximos treinta años, más prestaciones. Así que no te preocupes.

-¿Cómo es eso posible?

-Soy una empleada nada más.

-¿Cómo te llamas?

-Dime Lisa.

-Esta bien, Dimelisa.

El silencio en la línea le hizo saber a Rod que su chiste no había funcionado.

-No te creo. El país no es mío.

-¿No te dejó tu abuelo una especie de libro?

-Sí. ¿Cómo lo sabes?

-Me dijo que te lo mencionara en caso que no lo creyeras. También me pidió que te recordara leer el libro si necesitas más instrucciones. Otra cosa, prende tu televisión en cualquier canal nacional.

-Está bien -Rod no obedeció.

-Ahora, pídeme que Calderón de un mensaje a la nación.

-Quiero que Calderón de un mensaje a la nación.

-¿Acerca de qué?

Rod lo pensó bien. No se decidía entre un mensaje estúpido, como pedir que Calderón saludara a su madre, o bien, podía pedir un cambio definitivo en el rumbo del país y ahí vería si realmente le pertenecía. Tamborileó los dedos. El silencio al otro lado del teléfono no le ayudaba a decidir lo que debía hacer. Miró el periódico, por si encontraba algún anuncio interesante que sirviera de apoyo y terminó deteniéndose en la sección deportiva, revisando los números. ¿Podía hacer algo respecto a los deportes? Entre los papeles en la mesa, vio el recibo de Luz y Fuerza. Frunció el ceño.

-Quiero que Calderón de el anuncio que va a deshacer Luz y Fuerza.

-Muy bien. ¿Estás viendo la televisión?

-Sí -respondió Rod, se levantó a prender el televisor y cambió de canal.

Dos minutos después, Calderón interrumpió transmisiones para dar varios avisos. Uno de ellos involucraba la desaparición de Luz y Fuerza.

-No me chingues. ¿De verdad? ¿Y ahora qué va a pasar? -Le preguntó Rod a Lisa.

-No lo sé. Yo sólo soy una empleada. Afortunadamente no pertenezco al SME.

-Hey, hey, pero Calderón dio varios avisos y yo sólo quería lo de Luz y Fuerza.

-Tu abuelo permitía cierta autonomía en el país, pero puedes revisar el libro que te dejó y básicamente, puedes hacer lo que quieras.

Rod colgó el teléfono, repentinamente sintió un vértigo al saberse dueño de todo un país. ¿Qué clase de poder tenía su abuelo para que pudiera hacer algo así? Sintió el poder como un golpe duro de asimilar, tomó asiento como si estuviera cayéndose en un abismo y pensó en el libro... ese libro, que contenía instrucciones precisas. Los deseos más banales hasta los más complejos pasaron por su cabeza como una procesión de imágenes. Puedo hacer lo que quiera, pensó. Puedo hacer lo que quiera y nadie va a detenerme. Acabo de hacer una estupidez que modificó a todo el país, sólo para ver si podía, y nadie me detuvo.

Durante varios días, leyó las noticias con atención, sopesando los resultados de su pequeña proeza y como la gente empezaba a hablar de ello. Los columnistas de toda la nación, los políticos involucrados, los dirigentes del SME, daban cada uno sus discursos basados en un deseo estúpido que tuvo. Sí, estúpido, pero propenso a cambiar el rumbo de una porción de la nación. Recordó a su abuelo, recordó su sonrisa maligna y su pose, cuando se recargaba en su asiento y prendía un cigarro sintiéndose el hombre más poderoso del mundo. No abrió el libro en ese tiempo, y tampoco habló otra vez con Lisa.

Todavía estaba un poco mareado.

viernes, 16 de octubre de 2009

AQUÍ EMPIEZA LA PATRIA



(Contry sales…But who´s buying?)


I

Vendepatrias es el insulto favorito de la izquierda y del nacionalismo revolucionario. Vendepatrias fueron, según ellos, Miramón y Mejía; Don Porfirio, Santa Anna e Iturbide; Acción Nacional en pleno y en general, todo aquel que insinúe hacer rentable a Pemex y tocar con el pétalo de una rosa a sus sacrosantos sindicatos. Ellos suelen olvidar que para vender patrias bien vendidas (en abonos chiquitos de elektra) nadie como Benito Juárez y su tratado McLane- Ocampo, que de no haber sido por la Guerra de Secesión gabacha nos hubiera acabado por transformar en un Puerto Rico o un Panamá. ¿Qué dijeron? ¿Otro aburridísimo post de Historia? No; hoy cambiaré el remedio contra el insomnio y no daré rienda suelta a mi pasión por desenmascarar los mitos nacionales. Mejor lean “Juárez y los Estados Unidos” de mi bienamado maestro José Fuentes Mares. Por lo que a mi respecta, les contaré un poco del lugar donde empieza la patria. Por favor, marquen 664.


II


“Aquí Empieza la Patria”, se lee en el escudo de nuestra querida Tijuana. Aquí empieza hoy (mañana quién sabe) aquí ha empezado y aquí… empezó a empezar en 1848, cuando el tratado Guadalupe-Hidalgo nos mutiló ese vasto Norte vacío, deshabitado e improductivo. Entonces no había Tía Juana, ni calle Olvera, ni putas en la Coahuila. No había línea, ni migras, ni base naval. Faltaban pocos años para que Occidente empezara a masturbarse con el sueño californiano y los primeros mineros maricones llegaran a San Francisco a darse por culo mientras se agachaban a recoger metales preciosos. Si aquí empieza la Patria, lo coherente es pensar que aquí empezamos a venderla (o a comprarla) o a ofrecerla al mejor postor o más bien dicho al postor, porque hablar del mejor significa que hay varios en la puja y a mí me late que hoy en día no hay ningún comprador en la lista. Nuestros primeros 16 kilómetros de mexicano litoral (o 103 si es que te quieres seguir derechito a Ensenada) están en venta o en renta o en usufructo o en remate judicial. La fiebre inmobiliaria parió condominios de lujo con dinero virtual. Hasta Donald Trump le entró con gusto al fraudecito. Si el mismísimo Donald te está vendiendo un Infonavit playero, seguro no piensa estafarte.

La foto del multimillonario sigue ahí, sonriendo petulante desde un anuncio espectacular, aunque la estafa se ha consumado. Cada centímetro de vista al Pacífico era vendido a precio de oro, pero el oro era plástico muerto, respaldado por la firma de bancos saqueados. Nuestra Scenic Road se transformó en el bulevar de la masturbación interrumpida, en el hogar favorito de los fantasmas, habitantes de obras negras, moles vacías de ladrillo sin pintar donde no hay ya ni un albañil contemplando las Islas Coronado.

El Oasis Resort era el templo kitch de la gloria arellanesca ochentera. Alguna vez, antes de que a sus lacayos les diera por cortar dedos, colgar víctimas de los puentes y secuestrar abarroteros y subgerentes de salario mínimo, nuestros narcos tenían sueños de grandeza empresarial. En vez de malgastar el plomo de sus cuernos de chivo, invertían en solemnes lavanderías. El Oasis fue su Casablanca fronteriza, donde tuvieron sus blancas noches de Humpherys Boggart sinaloenseses, entre tragos de Buchanas 18 y caspa del Diablo. El sueño se acabó. El Oasis fue demolido el año pasado. En su lugar hay una torre gigantesca cuya construcción fue interrumpida. También hay muchos letreros que dicen “Sale” y uno que otro espectro al que no le han avisado que es tiempo de mudanza.


III

A la gente de otras partes le impresiona mucho el asunto del muro fronterizo. “Ay, vivir junto a un muro debe ser…taan contracooltural”. Como David Bowie y Nina Hägen en el Berlín de los 70. Llueven metáforas y comparaciones. La de Tijuana-Berlín es la más socorrida y machacada. Franja de Gaza, Cortina de Hierro, abismal cicatriz entre el tercer y el primer mundo, completan la azotada faena También los activistas pro-migrantes suelen quejarse de vez en cuando. Si quieren que sea honesto, yo con frecuencia me olvido del muro. A diario paso frente a él para ir al trabajo y regresar a casa, pero ni siquiera volteo a verlo, pues voy más pendiente de no atropellar un tecato (por la Avenida Internacional se te atraviesan decenas de heroinómanos como ratones en fuga ante las redundantes redadas policiales) Los helicópteros continúan ahí, revoloteando como zancudos insatisfechos mientras los agentes de la Border duermen la mona en sus jeeps. El muro sigue su avance. No le hace que el imperio sea gobernado por un negrito bailarín que es premio Nóbel de la Paz. Si tomamos en cuenta que el papá de este negrito sufrió las de Caín para salir de Kenia y hoy vemos a su presidencial hijito bailando “Amor a la Mexicana” mientras el orbe lo reconoce como el paladín de la paz, entonces lo coherente sería pensar que este cucurumbé no es un tipo de esos que andan por ahí construyendo muros y militarizando fronteras. Pero el muro de nuestro Nóbel de la Paz sigue adelante. Por fortuna, al viejo muro hay quien le saca provecho. A principios de los 90, nuestros vecinos decidieron aprovechar las plataformas metálicas que colocaron en la arena iraquí como pista de aterrizaje de sus aviones. Todas esas toneladas de chatarra desechadas de la Guerra del Golfo Pérsico, fueron transformadas en una simbólica barda que afea un poco más el paisaje fronterizo. Comparado con el súper muro de acero y piedra que empezó a construir el texano idiota y continúa construyendo cucurumbé, la barda de latón oxidado parece una pieza de arte instalación con chatarra. Pero como les he dicho, aquí en Tijuana le estamos sacando provecho a esa primera barda. Resulta que de unas semanas para acá, alguien reparó en que a la barda metálica le faltaban pedazos. Sí, créalo usted o no, la barda fronteriza estaba siendo despedazada. ¿Una protesta contra el imperialismo yanqui? ¿Un performance contracooltural? ¿Una toma de material para una exposición mamona tipo “Tijuana Tercera Nación” en Madrid? No señores, nada de eso. Sucede que los heroinómanos que infestan la zona, suelen financiar sus dosis vendiendo metal en las recicladoras. Si roban cables de teléfono y tapas de alcantarilla… ¿Por qué no habían de robar un muro fronterizo? Las plataformas de aterrizaje del golfo pérsico se han transformado en mil dosis de chiva adulterada.



IV


En Tijuana la Línea es un concepto tripartita. Concepto Uno: La Línea es la frontera, la cicatriz, la raya que nos divide del Imperio. La terrible Línea Divisoria (aquí no hay Río Bravo señores foráneos)

Concepto Dos: La Línea es la omnipresente fila de carros. “¿Hay mucha Línea en San Ysidro? ¿Cuánto hiciste de Línea en Otay?” La Línea son 800 carros y tres horas. Concepto Tres: La Línea es una zona de Tijuana. Cualquier camión o taxi en que tomes en el Centro “te lleva a la Línea”. La Línea está pintada como una ruta. “Centro-Línea-Palacio- Central Camionera”. ¿Dónde tienes tu negocio? “En la Línea” La Línea es ante todo un ecosistema donde sobreviven traperos, casacambistas ambulantes, limosneros blancos de siniestros ministerios y vendedores de bartsimpsons ataviados con zarape. Un ecosistema de carnívoros que se comen unos a otros y se parten el alma por ganarte un lugar. Si quieres entender la metafísica del tijuanense, te recomiendo que vayas a la Línea. Nada define tan bien el espíritu de esta ciudad. La Línea es lo único que puede unir a 10 mil tijuanenses por una misma causa. Siguiendo la ruta de “La Autopista del Sur” de Cortázar, en la Línea se hay creado un sociedad postapocalíptica. La vida es un eterno aguardar dentro de un carro para cruzar una frontera. La línea ha dejado de ser un medio para convertirse en un fin sí mismo. Tres horas después, cuándo el calor te ha hecho olvidar qué carajos estás haciendo ahí y a dónde ibas, te topas con el rostro de un filipino o de un pocho o de un red neck que te exige tu visa y trata de encontrar en tu mirada al narcoterrorista antiyanqui pollero que todos llevamos dentro. Si tu mirada delata la presencia de ese personaje oculto en las profundidades de tu alma, irás al infierno de la segunda revisión. Si el migra no descubre en tu rostro la perniciosa sombra del antiyanquismo y no te encuentra un parecido con Osama Bin Laden o Enedina Arellano, entonces te devolverá tu visa sin siquiera volverte a ver, señal de que puedes pasar. Se vende país ¿Cuál país es el que se vende? Una vez en el Imperio, te darás cuenta que más de la mitad de los carros que están estacionados afuera de Plaza Bonita en Chula Vista, tienen Placas de Baja California. Medio Tijuana está ahí. Del Mall de las Américas de San Ysidro mejor ni hablar. Ahí más bien te reto a que encuentres a un estadounidense de origen. Toda la calle Broadway en Chula Vista yace poblada por restaurantes tijuaneros. Taquitos de pescado, cahuamanta y camarón, cabecita de res y birria de chivo. ¿A qué has venido? No lo sabes exactamente. Supones que algo ibas a comprar. Aún después del fin del mundo, siempre hay algo que comprar. Tu tarjeta hace mucho que excedió su límite y se regodea deslizando una y otra vez sus números rojos. Planchas plástico en el outlet, en el duty free, en el Petco Park donde los Padres consuman la derrota número 2 mil 500 y el mall será tu día de campo, tu pick nick recesivo en el país que siempre tiene algo que venderte.

V

Interrumpo este post de golpe (a Dios gracias Daniel, que de aburrimiento ya has matado a varios) Una emergencia me sacó de la jugada. Hoy es 16 de octubre y hoy cumplo once años de haber llegado a Tijuana. Lo confieso: Yo quiero a esta ciudad. De verdad la quiero un chingo. Sí, es cierto, me hace encabronar, me hace hacer corajes y algunas veces he jurado que ya me voy al carajo, pero hay adicciones de las que no es posible zafarse. No hay clínica que me rehabilite de Tijuana.

San Diego puede parecer bonito, pero es aburrido y anorgásmico. San Diego es el equivalente a una novia guapa que coge muy mal o que simplemente no coge nunca. Tijuana, en cambio, es la novia fea que te da el cogidón de tu vida y que te acaba por resultar la más buena, la más apetecible y de la que acabas perdidamente enamorado, adicto, enculado. No me pregunten por qué, pero yo quiero a esta ciudad. Si me la venden, la compro, pero no hace falta. Ella ya me ha adoptado. Soy yo quien la ha venido el alma.


Los que sobreviven


Todo el que me conoce y todo el que se entera quién soy termina por preguntarme qué memoria guardo de aquel día. No puedo evitar la decepción de mis entrevistadores cuando respondo que el único recuerdo que tengo es la Cabbage Patch que mi papá me regaló cuando íbamos en el carro, camino al restaurante. La muñeca era morena, de ojos cafés, cabello castaño muy, muy rizado y las clásicas enormes mejillas rosadas; su etiqueta de nacimiento decía que se llamaba Joy Killian. Cuando abrí el regalo lo único que pude pensar fue que Joy - había decidido ignorar el Killian - no tenía el vestido rosa, los ojos azul cielo y el cabello rubio de Mackenzie Ruth, la cabbage de Sara, mi amiga del colegio.

Mi padre me preguntó si me había gustado la muñeca y sin siquiera esperar a que respondiera su pregunta - sus años como presidente lo habían acostumbrado a recibir una sola respuesta que, sobra decir, jamás era negativa - me dijo que fuera buena niña, me sentara a su lado callada y jugara con Joy hasta el final de la comida. Recuerdo pensar que Sara se burlaría de mi muñeca, de su overol con flores, sus enormes rizos y su nariz tan ancha. Y eso es todo. No guardo algo más en mi memoria sobre aquel histórico día.

Hay quienes dicen que es una lástima, pues soy la única sobreviviente que estuvo aquella reunión. Hay quienes incluso se molestan con mis recuerdos infantiles y vanos; consideran que es un desperdicio para la Historia que yo esté hablando de muñecas y riñas con compañeras del colegio. Olvidan que sólo era una niña y que - a diferencia de los demás en aquella mesa - no tenía idea alguna de lo que se estaba negociando entre carpaccio y botellas de tequila. Además, si recordara algo no desearía compartirlo, no veo razón para hacerlo: todos sabemos lo que sucedió aquel día, todos imaginamos cómo se negoció y pactó la venta del país y todos estamos conscientes de lo que pasó después de eso. ¿Especificar qué platillo ordenó cada uno de los comensales haría la diferencia?

Otra pregunta que me formulan constantemente - ya cuando creen haber ganado más confianza de mi parte - es si guardo o no rencor a mi padre por haber vendido nuestro país, nuestro México. Inmediatamente respondo que no, que si a alguien resiento es a quienes lo mataron y nunca dudo en agregar que ellos y yo nunca compartimos un país. Mi México no era para nada parecido a su México, la única similitud que compartían nuestros países era el territorio, y quizás ni eso. Había rincones de la nación que yo jamás conocí y a los que jamás me habría sido permitido dirigirme; imagino que ellos también se movían en fronteras diferentes, en realidades muy distintas.

Mi México no cambió mucho después de la venta. Mi papá dejó de ser presidente de un día a otro y pasó a ser un subordinado más... A las pocas semanas, a manos de un par de idealistas inconformes, mi padre fue asesinado. Esos fueron realmente los único cambios que experimenté. Por lo demás, mi estilo de vida no varió en mucho: una mudanza a otra ciudad, más seguridad a mi alrededor, más clases en inglés dentro de mi colegio de monjas... Por lo demás, mi México seguía siendo igual, no lo extraño pues realmente nunca lo perdí.

En cuanto al otro México, ese que se describe en los libros de historia actuales y aquel más idealizado que se pinta en los panfletos separatistas que cada día circulan menos, no veo porqué alguien lo extrañaría. ¿Para qué querría alguien volver a ese país? ¿Es por aquello que llaman orgullo nacional? ¿Y de qué sirve llamarse mexicano si no tienes qué comer? ¿Si tu país vivía sitiado por la pobreza, el caos, el hambre, el crimen y la corrupción podrías gritar con orgullo "¡Viva México!"?

A veces, quienes están más preparados, me responden que es mucho más que una cuestión de nacionalismo, que es un asunto de soberanía, autodeterminación e independencia; que al haber vendido el país mi padre deshonró la lucha de todos aquellos que hace 220 - ó 120 - años lucharon para que este país fuese independiente y para que sus habitantes decidieran cómo gobernarlo. No puedo evitar reírme ante tal planteamiento. Mi madre era la mujer más cercana al último presidente de la nación, la que lo escuchaba casi todas las noches desde su almohada; nadie mejor que ella podría contar la frustración de mi padre al darse cuenta que el país de ensueño que muchos se han construido no se podía gobernar. México nunca fue soberano, jamás tuvo la capacidad - o quizás la voluntad - de tomar sus propias decisiones, siempre se sometió a los deseos de alguien más: algún vecino más poderoso, algún empresario multimillonario, algún narcotraficante con más armas que el ejército. La autodeterminación en aquel país siempre fue una broma de muy mal gusto.

Y no. Por supuesto que no apoyo las revueltas separatistas que mis auto-proclamados compatriotas arman buscando una nueva independencia. Rechazo esas supuestas amenazas de guerra organizadas por los antiguos empresarios corruptos, militares sin funciones y líderes del crimen organizado que ya no pueden operar en este nuevo país como desean y vuelven a poner el discurso nacionalista al servicio de sus propósitos, como hace 220 - ó 120 - años. Tampoco respaldo a las ignorantes clases bajas que obedecen a sus nuevos caudillos creyendo, otra vez, que los criollos y los indígenas luchan por la misma causa. Y no me enorgullecería llamarme mexicana de nuevo, simplemente porque no me enorgullece pertenecer a un país de pobres, a un país de ilegales, a un país de eternas promesas, esperanzas y desilusiones. No me interesa ser parte de una nación de fracasos.

Eventualmente todo el que me conoce y todo el que se entera de quién soy termina por ofenderse y escandalizarse con mis declaraciones. Eventualmente todos dejan de preguntarme sobre mi padre, sobre mi país, sobre aquel día y sobre estos días. Eventualmente todos se marchan, seguramente a decir a sus conocidos que María Calderón es una traidora, igual que su padre.

jueves, 15 de octubre de 2009

El remate



Se me complicaba el tema de esta semana.
Podría verlo metafóricamente, pero a la hora en que me meto a postear, las metáforas no las manejo del todo. Después de darle algunas vueltas, caí en la cuenta de que, por mi oficio, es sobre este tema de lo que más he dibujado.
Básicamente soy cartonista político, de eso vivo. Y en el fondo, muchos de los cartones que hago, trata sobre esto: la venta-traspaso-renta-liquidación-remate de éste país.

No tengo ánimos de echar un rollo sobre el mal gobierno y lo mal que nos va. Finalmente, se supone que lo que hago es humor sobre esto y si me pongo a echar rollo, se me va a quitar el poco humor que me queda ahorita.
Por eso mejor, dejo unos cartones y tiras ya publicados que explicarían de alguna manera lo que quisiera decir:

miércoles, 14 de octubre de 2009

Compro país



El tema de esta semana me hace mucho ruido. Aunque siempre he sido una ridícula cursi orgullosísima de ser mexicana, supongo que el hecho de llevar un tiempo viviendo fuera del país hace que a uno se le alebreste el ínfimo porcentaje azteca que lleva en la sangre.

El alebreste es mayúsculo en los últimos meses. Trabajo en un lugar que parece representación de la OEA: hay tres boricuas, un tico, tres argentinos (que hacen ruido como por siete), un nicaragüense, una cubana, dos uruguayos, una venezolana salerosa, algunos salvadoreños, varios etcéteras, y desde luego, algunos mexicanos.

Cuando uno circula entre una fauna tal, adquiere una perspectiva más amplia sobre lo que es la identidad nacional. Nos divertimos comparando cómo se dicen las cosas en un país y en otro; unos nos reímos para nuestros adentros de las pequeñas “tragedias” de los otros, y al mismo tiempo nos damos cuenta de la magnitud de nuestras carencias y de las cosas que no tienen solución. En este contexto, pocas cosas me calan tanto como que se refieran a México con desdén como “tu país”.

La culpa la tiene la tele. Y los diarios. Y la agencia AP. La culpa la tienen todos los que nos machacan hasta el cansancio los pedos, las grandes broncas que envuelven a mi gente, a mi tierra y a mi escasa en unos lugares y abundante en otros agua. Ciudad Juárez y Tijuana son mención cotidiana en esta redacción (por si alguien aún no lo sabe, yo trabajo en un periódico). Contamos descabezados, baleados, ahorcados, ensabanados y entambados; esperamos a alguna hora de la tarde para sumar los del día y así hacer una sola nota. De boca en boca pasan las historias de corruptos y sobornados y cínicos y culeros y vendepatrias.

A veces yo hablo de México, del que yo conozco y amo y es mío; alguno arquea la ceja y sé que en silencio se pregunta si no es la distancia lo que me hace idealizar. Pero miren, no lo es. Yo sé lo que es vivir en un país en el que todos los días alguien te ve la cara, en el que chingas o te chingan, en el que el gobierno es una mierda y el que no tranza no avanza. Yo sé lo que es vivir con la esperanza colgada de un hilo que se rompe a la menor provocación. Nací, crecí y soy de la Ciudad de México, y caminé sus calles primero y los caminos que llevan al norte y al sur después. Sé a qué huele el aire cargado de miseria de la mixteca oaxaqueña lo mismo que reconozco el aroma a mall de una universidad privada en Monterrey. Todos tenemos nuestras historias, nuestras estampas de este país, nuestras fotos mentales, nuestros claroscuros.

Pero, ¿cómo explicarles que eso, que lo que se oye hoy, y ayer, y hace un mes, no es mi México? ¿Cómo explicar que México no es un gobierno, ni una administración, ni tres partidos, ni una Corte, ni dos ciudades? Ni siquiera un territorio; ¿sabrán que aquí, en la ciudad californiana donde vivo, hay un pedazote de México que nadie nos puede arrancar? ¿Se habrán dado cuenta de que sí, que siempre hay seis, siete ciudades en las noticias, pero que siete ciudades no hacen un país? ¿Sabrán que un país es su historia, y –trilladamente, sí, pero no por eso menos cierto-, su gente? ¿Amarán con el alma, como amo yo, al país al que pertenecen?

No lo sé. Lo que sí se es que si alguien quisiera comprar mi país no habría dinero que le alcanzara. Que lo que vale realmente, lo que a veces ya nadie quiere ver, no hay cifra que lo tase. Que la soberbia de creer que nuestro momento es determinante –la corrupción, los sobornos, los vendidos, el sueldito que se va a la mierda- no nos deja ver que todo esto, lo que nos agobia y nos asfixia, es sólo otro pedacitito de la historia que construye a una gran nación. Qué puedes sentir que se cae a pedazos, pero que aún así, mañana seguirá ahí.

Nadie, nadie de ustedes, si es honesto, podría decir que sus malos recuerdos de México superan a los buenos. Por eso, cada que alguien dice “tu país” levanto la cara con orgullo; les hablo de la universidad pública que me formó, del sabor a pastor, a piña, cilantro y cebolla; les hablo de los hombres bocina del metro y de la lluvia en Zinacantán; de piropos y mentadas y albures, del águila en el nopal y del puma azul y oro; les brindo mi compasión por no ser de mi país y les aseguro que si un día de veras estuviera en venta, yo lo compraba sin regatear.

Todos salimos ganando.



Para principios del 2110, los Estados Unidos de Norteamérica preparaban la primera misión para colonizar la Luna. México, por su parte, celebraba el Tricentenario de la Independencia y el Primer Centenario de la Neo Revolución (Dicha revolución fue la mas pacifica de la historia; también fue la mas ignorada, porque sólo se llevo a cabo por medio de Internet entre unos cuantos que vociferaban muchas cosas. El mexicano promedio que salía a trabajar todos los días no se dio por enterado y las cosas siguieron como siempre). Estos dos hechos sin relación aparente fueron la base del mejor negocio que se haya dado en la historia de dos naciones.

Los norteamericanos necesitaban enormes recursos materiales y muchísima mano de obra para la construcción de la primera ciudad Selenita; los mexicanos, teniendo una enorme oferta de desempleados y siendo que la mayoría de sus recursos naturales ya eran explotados por transnacionales norteamericanas, hizo lo más lógico y sensato: le vendió el país a los Estados Unidos.

El trato, después de muchos regateos, quedó así: México cedía completamente la totalidad de su territorio y Estados Unidos se comprometía a emplear en la construcción lunar a cualquier mexicano que así lo deseara y al resto le daría hogar en territorio norteamericano y nacionalidad inmediata. Ni que decir que México se vació en dos semanas, con excepción de unos cuantos nacionalistas que se negaron a marcharse.

Cientos de trailers espaciales (con sus respectivos chóferes bigototes espaciales) empezaron a salir diariamente de todas partes del antiguo territorio nacional con destino a la Luna. En sus remolques llevaban cualquier cosa que pudiera ser talada, perforada, excavada o drenada del suelo de lo que fue México.

Los norteamericanos (ya contando a los ex-mexicanos) estaban tan entretenidos mirando hacia la Luna mientras se construía la primera ciudad Selenita que cuando voltearon de nuevo hacia abajo, notaron que en donde alguna vez había estado México ahora sólo había, desde Chihuahua hasta Yucatán, un enorme hoyo.

En un oportunísimo movimiento (que hasta la fecha se debate si los norteamericanos habían planeado desde un principio o si simplemente aprovecharon la oportunidad cuando esta se presentó) los gringos, muy discretamente, patearon las orillas del agujero, provocando que estas se vinieran abajo, con lo cual el océano Pacifico y el Atlántico inundaron inmediatamente el hoyo. De esta manera, Los Estados Unidos de Norteamérica (que para entonces ya habían anexado a Canadá, lo cual, como era de esperarse, no le importó a nadie) por fin lograron convertirse en un continente aislado, sin fronteras que cuidar de inmigrantes ilegales.

Queda claro el porque fue un gran negocio para los norteamericanos; pero los mexicanos también quedaron muy satisfechos: los que quisieron vivir el sueño americano lo lograron (aunque en realidad lo único que hicieron fue sobrepoblar más California y Chicago) y los que encontraron un trabajo en la Luna pueden decir, con mucha razón y orgullo, que la primer ciudad Selenita se logro gracias al esfuerzo (y minerales, agua, madera, energéticos, etc, etc, etc) de los mexicanos.

Incluso los que se negaron a irse del país están contentos, ya que en lo que ahora es el Mar de México, han empezado a construir Nueva Tenochtitlán tal como lo hicieron los mexicas hace cientos de años: sobre chinampas.


martes, 13 de octubre de 2009

354, 737 pesos con 80 centavos



Creo que no hay peor enfermedad que el patriotismo y el nacionalismo. No me importa reflexionar sobre el chauvinismo de otras patrias; cada país debe tener sus mentiras y verdades para lograr el punto de ebullición en la sangre y pregonar sus orgullos nacionales. Tampoco hay mucho que reflexionar respecto al hervor mexicano: generalmente es producto de alguna inconciencia y atavismo, reforzado con la esperanza sempiterna de que este país tiene destino manifiesto.

Por supuesto me emociona mucho el himno nacional. Sus estrofas atronadoras, sus estribillos bélicos y las imagenes que reverbera: hombres que se baten, emulsiones de sangre y sudor y el quebranto de cañones sobre monumentos, historias y heroicismos. La textura de sus sonidos y el temperamento de sus hostias y redobles inspiran a quien se diga mexicano para ir a partirle la madre a cualquiera.

Pero el sonidero, la juramentalidad y ropaje de la institución nacional difiere tantísimo de la realidad, que cuando comparé la solemnidad de los actos nacionales - fechas y santoral incluidos - con la presencia inevitable de la miseria y del engaño, tenía apenas ocho o nueve años y me prometí que jamás me dejaría timar por mi propio país. Para colmo, en ese año, Carlos Salinas de Gortari ganó la presidencia a través de un fraude modernísimo que se legitimó a los pocos meses con actos protagónicos orquestrados con un tacto tan impecable que los panistas actuales envidiarían.

Además, la migración enriqueció mi ánimo tránsfuga: De vivir mi infancia en la frontera sur del país, Quintana Roo, terminé viviendo en Tijuana, donde ser mexicano es más bien un asunto de folklor de calendario que de discursos, mocedades y creencias, y donde hablar inglés, gastar en dólares y cruzar diariamente a San Diego son habitualidades inevitables, ralentizadas apenas por la paridad cambiaria y el número de automóviles enfilados en la garita de San Ysidro.

A quien jodidos puede importarle una patria tarifaria, de iva impositivo y palacios desconocidos, cuando vives en una ciudad cimentada en la fuga y el sueño americano, y que además se jacta de emborrachar y emborracharse con su vecino anglosajón. En lo personal me resulta imposible padecer amor por este país, y táchenme de apátrida, traidor o vividor. No puedo sentir el ánimo nacional sin recurrir a cuestionamientos y desazones. Y no es que le retire mis profundos agradecimientos a esta patria suave y batallada, pero sucede que también le tengo muchísimos reproches. Vaya, si le digo que la amo, necesariamente debo confesarle lo mucho que me ha hecho encabronar.

Me encabrona sobremanera la situación actual, por ejemplo. La inexistencia tácita de izquierda y derecha, porque ambas direcciones son lo mismo: vicios reaccionarios cimentados en la fe irreductible de la Revolución de 1910, la Constitución de 1917 y los progresos de bucolismo industrializado del milagro mexicano. Ninguna propone un cambio, una renovación que fondee la mierda y sus muertitos históricos, una transformación que le diga a esta vieja puta llamada patria que ya no es otra cosa que una mujer con muchos hijos, una mujer maltratada, vejada, malcogida y medio neurótica, y que es hora de asumir responsabilidad de sus actos y cambiar su forma de vida.

Me encabronan los atavismos, las idiosincracias de la clase media, las aspiraciones de la clase baja (a la que no me atrevería a confundir con los pobres, pues la pobreza es clase aparte en México), y la sordina de marquesina de las clases privilegiadas. Todos confabulados, por accidente y rutina, para mantener al burro en una noria que ya no exprime agua de los fondos y sueños nacionales.

Miro a mis padres, a su generación, a los nacidos en los cincuentas, a los que fueron timados por el auge petrolero, por el neoliberalismo y la tecnocracia, y descubro que, robados y esquilmados, se preparan para jubilarse. Descubro, además, que también ostentan todavía el poder, y que, para variar, todos los que nacimos en los 70´s para adelante estamos indumentariamente jodidos y perjudicados.

Para nosotros ya se acabó el petroleo, se acabaron las jubilaciones a los cincuenta y pocos, se terminaron las casas de cien metros cuadrados con patio, ya no basta con tener una licenciatura ni sus posgrados, se acabó la era de las instituciones que todo repartían, que todo aliviaban, el IMSS, el Infonavit, el envidiable trabajo burocrático, los sindicatos sempiternos e inamovibles, las jornadas de ocho horas, los descansos de dos días a la semana, las vacaciones de diez días al año, los dos viajes anuales a las playas en boga, la seguridad laboral, la inmovilidad y seguridad de un sistema social cimentado en el déficit. Se acabó. Se terminó la economía mixta y la democracia social y la armonía de clases, junto con el reparto agrario y la responsabilidad fiscal. Todo eso se acabó. El campo esta jodido, el petroleo se acabó y todos trabajamos para Slim, directa o indirectamente.

Si me preguntan, hace veinte años que vendimos al país. Lo peor es que la gran mayoría se quedaron sin su parte. Lo que hacemos y harán las generaciones venideras es sostener un teatro donde siempre actuarán los mismos, y donde además es muy mal visto abandonar la función. Yo digo que es buen momento de reconsiderar el rumbo del país y dejarnos de todos los discursos con los que nos hemos cobijado por simple comodidad histórica y romanticismo inveterado.

Eso, o vayamos considerando otra posibilidad: si dividimos el territorio nacional en partes iguales entre todos sus habitantes, nos toca a cada uno la primorosa cantidad de 17, 736.89 metros cuadrados. Una cifra que, en manos de un buen especulador, rinde lo suficiente como para poner una tiendita decimonónica o pagarse una juerga definitiva en tu congal o lupanar favorito. Vaya, si fuera posible vender cada metro cuadrado a veinte pesos - dolar y medio o un euro si el comprador es gringo o europeo - sacariamos la nada despreciable suma de 354, 737 pesos con 80 centavos.

Por favor, considérenlo.

(shameless promotion: vaya, descarguen y escuchen el podcast de mi gran amigo Arturo: Sustancia. Música, musiquita, musicota).

lunes, 12 de octubre de 2009

Se vende Patria



Transitar por la avenida PATRIA de Guadalajara es recorrer en 20 minutos (o una hora, depende del tráfico) el modus vivendi de los tapatíos clasemedieros hacia los ricachones-caga-lana. Conforme vamos avanzando hacia Puerta de Hierro, los Sorianas y KFC van cambiando por Wendy's, una corrupta universidad particular y agencias de carros europeos y caros. El tour termina en una plaza antara-polanco-wannabe en la que únicamente hay cines VIP, con sirvientes incluidos. (Ya saben, cualquier mexicano se puede dar el lujo de gastar 115 pesos por persona -más palomitas- en una película). En contraste, la avenida REVOLUCIÓN alberga a los puteríos, las tiendas de ropa de $115 por pieza y a la universidad de gobierno.

Sí, con recorrer esas dos avenidas entiendes el dicho tapatío de ¿vives de independencia pa arriba o pa' abajo?

***

Las pérdidas de territorio nacional son tema y asunto patriótico. El gobierno priísta que nos enseñó a poner dentro del mismo montón a Hidalgo, Allende, Villa y Carranza, nos grabó en la mente que los gringos se habían robado la mitad de nuestro territorio y que Santa Anna era un vendido.

Sin embargo, poco se comenta de las independencia tempranera de Centroamérica, la prometo-no-hacerme-gringa de Texas y por pocos años, la República Independiente de Yucatán. Mucho menos conocido es la pérdida de la Isla de la Pasión -ahora Clipperton-.

Heredada de los españoles, esta isla se encuentra en el pacífico siendo Acapulco el puerto más cercano. Es tan pequeña que se recorre a pie y, a pesar de haberla reconocido constitucionalmente desde 1824, se encontraba deshabitada… hasta que los gringos voltearon a verla, a principios del siglo pasado. Entonces, Díaz mandó gente a habitarla en 1908 y se implementó una logística para mandarles provisiones cada cierto tiempo. La isla alcanzó una población de apenas 100 personas. Sin embargo con la llegada de la Revolución Mexicana y durante el gobierno de Victoriano Huerta, el buque que llevaba las provisiones a los isleñitos fue hundido en la única batalla naval de nuestra guerra civil.

Ninguno de los bandos se acordó de esa islita y de su gente. Sus habitantes se comenzaron a morir de hambre y escorbuto. Desesperados, unos balseritos se lanzaron a Acapulco a avisar que ahí seguían, que la isla aún no se había pegado al continente. Por supuesto, fueron ignorados. La gente se comenzó a volver loca e incluso, el individuo que estaba en el faro -un tal Álvarez- se nombró Rey con derecho a violar y matar. Al final la esposa de uno de los fallecidos mató al presunto rey y fue rescatada con otras 3 mujeres y 7 niños… por los gringos.

El vaticano terminó dándole los derechos de esta isla a los franceses y voila un cacho menos de México por cual preocuparse.

***

La historia de la Isla de la Pasión me encanta: mexicanos que tienen la misión de no hacer perdidizo un mini-territorio son olvidados por las dos fuerzas regentes, quienes estaban más preocupadas por quedarse con el poder. Mientras tanto, un loco se aprovecha para regresar a la barbarie. ¿Le suena a alguien?

Aunque realmente no sé que se quiere salvar. Contrariamente a lo que predican los comerciales del bicentenario, dudo que exista ese orgullo mexicano. El marcado clasismo que critico en los primeros párrafos existe en todo México. Los tapatíos son más cínicos al respecto, eso es todo. Querétaro, orgullosísimo de sus fieros pames y chichimecas, encarcelan a sus indígenas juzgándolos en español cuando aquellos apenas y lo hablan. O los quitan del centro histórico, porque ya saben, se ven feos.

¿En caso de una venta, cuantos realmente se dejarían comprar?

Oferta


Aunque rara vez estoy buscando comprar algo, me gusta leer los avisos de ocasión del periódico. Este tipo de anuncios son como el twitter de la publicidad pues en pocas palabras el vendedor debe atrapar a sus clientes haciendo uso de lugares comunes comprimidos.

Por ejemplo, si queremos anunciar nuestro automóvil -por más jodido que éste esté- debemos poner: "Único Dueño", "De Cochera", "Jamás Chocado", "Llantas Nuevas" o exageraciones como "Impecable" y "Nuevecito". Si el carro en cuestión es un Tsuru o un Atos es aconsejable incluir en las características lo siguiente "Jamás fue Ecotaxi".

Más interesantes son los anuncios personales, en los que se anuncian desde salas de masaje, investigadores privados y fiestas swingers. Las salas de masaje enganchan a sus clientes calientes incluyendo características que tienen que ver con la lozanía de las prostitutas que habrán de dar el final feliz. En ese caso funcionan palabras como "Colegialas", "Niñas Fresas", "Tiernitas", o "Chicas sin Experiencia".

La gente que se ofrece por mera calentura también lo hace haciendo uso del complicado arte de vender pulpa en pocas palabras: "Viuda conservada busca diversión con joven entre 25 y 35 años. Sin compromisos". También están las urgidas que no quieren aparentarlo: "Morena simpática busca amistad con fines serios". En el caso de los prostitutos es adecuado no ignorar en el anuncio el tamaño del pene ya sea en centímetros o en pulgadas según la clientela que se quiera atraer.

Alguna vez viví en Barcelona y allá no se andan con rodeos. En las páginas de un diario catalán leí un anuncio que decía "Sexo Gratis". Se trataba de la publicidad de una "agencia" que ofrecía a sus clientes sexo con personas no dedicadas a la prostitución. Es decir, el cliente le pagaba a la agencia para que ésta le consiguiera gente "común y corriente" con la cual ensabanarse.

Gracias a mi afición por leer anuncios clasificados me gustó el tema de esta semana en Recolectivo "Se Vende País", pues ¿cómo podríamos vender a México en pocas palabras y que los clientes realmente se engancharan por comprarlo? La verdad lo he pensado toda la semana pues el país entero está como para regalarlo, rematarlo o rifarlo.

Primero pensé en hacer un anuncio enumerando las maravillas del país: Playas, comida, montañas, cirugías plásticas con mano de obra barata, bosques, selvas, historia, pirámides, etc, pero lo anterior no se me hizo lo suficientemente atractivo como para atraer a mis compradores.

Luego me vino un argumento que convencería hasta al comprador más escéptico, una oferta ideal que no tendría espacio para el titubeo: ¿Qué tal si vendemos a México sin mexicanos? Es decir, que al comprador le garantizamos que una vez firmado el contrato de compra-venta todos los habitantes de este hermoso país que no valoramos ni hacemos crecer saldríamos a chingar a nuestra madre.

De perdido los japoneses, que se la andan pelando por aumentar sus hectáreas, nos ponen en el escritorio una buena oferta, ¿a poco no?
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