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lunes, 25 de mayo de 2009

Embaucadores: los profetas de las esperanzas inocentes.


Las esperanzas, ni las más incipientes, llegan de forma tácita. Hay que ser embaucado por ellas, por su frágil inocencia que nos enamora, que nos conecta con esa parte emocional, que nos motiva a tomar las decisiones más torpes y fulminantes.

El agente de transmisión es, siempre e irremediablemente un embaucador. Finísimo individuo, que desdibuja fríamente las asperezas de la esperanza, para mostrarnos qué tan lisa puede ser.

Las putas. No es necesario visitar la zona roja, para encontrarlas. Por lo general hay de diferentes precios y gustos. Su verdadero trabajo, como malamente los medios, el clero, y las asociaciones asustadizas proclaman, no es dar sexo-servicio. Nunca. Su servicio es claramente más extenso y profundo. Una verdadera puta reivindica. No sólo es una mama-falos experimentada, no, no, no. Deslizar por debajo de sus medias oscuras que paran hasta media pierna en un coquetísimo liguero, un par de billetes, y cerrar un clamoroso negocio que asocia fluidos corporales compartidos y manoseos compungidos, da esperanza a un viejo rabo verde, foguea a un adolescente amateur y redime a un panista casado y malcogido. Las más brillantes quizá hagan parecer el precio, un mero requisito que no debe siquiera mencionarse. Aquellos clientes más tacaños quizá osen regatearles a éstas musas fantásticas la partida que les abrirá el paraíso de sus conchas cálidas, situación nunca recomendable, ya que compromete la calidad del ínfimo clímax deseado.

Los eclesiásticos. Mamarrachos sagrados. Su comportamiento suele ser semejante al de las pandilllas debido a que se dividen los territorios por medio de legiones, solicitan donaciones obligatorias, juzgan y absuelven comportamientos irregulares de sus agremiados. Su labor principal es a todas luces propagar la palabra del "Señor", mismo que nadie conoció, sin embargo según comenta, todos tenemos en nuestro corazón (what!?). Tienen toda clase de parafernalia para adjudicar presencia y encono en su club de fans: camisetas, veladoras, estampillas intercambiables, colguijos, y un libro que lleva como dos mil años en el top de ventas mundial. Dan reuniones semanales en sus diferentes sucursales, en las cuales hay un conductor estrella que utiliza un vestuario muy sobrio, y da una charla repartiendo esperanza a través de historias sumamente pachecas, muchas extraídas del libro de cuentos que hicieron unos "bloggueros" rudimentarios africanos. Se lleva a cabo un protocolo bastante conocido por sus asiduos asistentes, donde se paran y se sientan rítmicamente en momentos específicos, y repiten mantras complicadísimos completamente coordinados.Al final hay un ambigú gratuito con ostias (sin cajeta) y vino, que reparte personalmente el conductor. Dan esperanzas inocentes, astrales y del más allá (uy, uy uy), siempre y cuando uno mantenga vigente su membresía, a través del pago puntual de una corta anual llamada "diezmo", el acatamiento estricto de sus reglas omnipresentes, y la veneración contínua de sus super-héroes máximos: una "vírgen" llamada María que se reproduce sin coger, un mago barbón muy vintage que te duplica la despensa entre otros trucos documentados, y un conductor internacional muy viejo que tiene una especie de sucursal matriz en Europa, que da conciertos multitudinarios constantemente. Éste último al parecer no hace trucos mágicos cómo el barbón que comentaba anteriormente.

Los Vendedores. Gremio excepcional al cual pertenezco desde hace muchos años. Aquí el embaucador es completamente obvio. Quiere embaucarte y ostenta su posición agraviante bajo títulos de exposición de riesgo controlado: asesor comercial, agente, amigo o hasta hermano. Gozan de malísima fama, debido al gran déficit de reputación que le producen los agremiados menos sofisticados, o temporales. Por lo general la ética es muy personal, en el caso de estos roedores. La sensación de ser abusado es inminente, pero depende de la calidad del agente, para, en un proceso muy parecido al de la puta, reducir todo a un gran trato entre amigos, donde lo adquirido parece tomar dimensiones ultra-emocionales y satisfactorias. En los niveles más exclusivos y de alto nivel, suelen emplearse especímenes muy experimentados y atractivos, para llevar la experiencia a un grado de mayor confianza y poco riesgo. Estos últimos dan la apariencia de no necesitar las ganancias resultado de sus negocios, y además parece que al aparecerse te están dando una oportunidad ínfima.

Los Líderes Políticos. Carecen de mucha preparación. Protegen intereses de gremios compactos y numerosos, dependiendo la tendencia. En la Francia de hace muchos años, se definieron dos bandos de embauque: izquierda y derecha, debido a que en el Senado, se armaron dos clicas mutuamente indigeribles, mismas que agarraron canchas diferentes cada que se armaba la legislada del país Galo. Los de la izquierda protegían a los jodidos de la vieja Francia, los miserables, los obreros, los artistas malpagados, los vendedores de espadas, las putas y algunos chiapanecos que ya estaban habitando por allá, muy jodidos también. Los de la derecha, protegían los intereses de la burguesía, de los nobles, los bonitos, y los que comían tres o más veces al día y cagaban fresas. Así, estos bombones, embaucaban a la población con campañas políticas, repartiendo esperanzas sobradas, a los dos bandos, independiente de a quien beneficiarían en última instancia: a ellos mismos. En México hay varios bandos, una dupla histórica represiva y últimamente mocha, y unos idealistas motorolos desorganizados con un líder de pronunciación chistosita. Las esperanzas más inocentes en México: "Prepárense para la riqueza", "Ya llegamos al primer mundo" y "Sí votan por mí, derogaré la tenencia".

domingo, 24 de mayo de 2009

Como alma anoréxica



Siempre he pensado que acostarte con alguien esperando que con eso sienta algo por ti es de muy mal gusto. Mercadotecnia del feeling, ¿sabes? Yo te abro las piernas a cambio de amor. Iack. Brrr. Ew.

Aunque si he de confesarme, que sea contigo, ahora mismo y aquí mismo. Cuando digo siempre, más bien quiero decir de varios años para acá. Bueno, una no nace sabiéndolo todo, a la mera lo intuyes, alcanzas a medio vislumbrarlo, pero saberlo de cierto no, ¿para qué naces si no es para que te pasen cosas? Muchas, muchas.

La primera vez que me enamoré, pero que me enamoré de veras (con los nervios, y los dientes, y hasta con las puntas del cabello), terminamos por equis situación que no viene al caso contarte, en el momento yo en mi cabeza estúpida estaba convencida de que era lo mejor. Entonces hice lo más inteligente que pude haber hecho en mi jodida vida: comencé a andar con él de free. Brillante ¿no? Sí, yo sé, no me aplaudas, no es necesario.

Todo el tiempo estuve convencida de que él lo entendería. En cualquier momento, una mañana rumbo al trabajo caería en la cuenta de que yo era la mujer de su vida, de que me estaba dejando ir, de que podía hacerlo infinitamente feliz. Realmente convencida, como que el pasto es verde, como que el pastel engorda, como dogma de fe.

Sobra decir que fue el año y medio más atormentado de mi vida. Era maniática, obsesiva, y casi casi stalker profesional. Lloraba todo el tiempo, a todas horas, y si siempre he sido ojerosa, en aquél entonces parecía semiaparición, espíritu a medias. Convencida, eso sí, convencidísima de que él volvería, de que se daría cuenta, de que ok, sí está bien güey, pero algún día lo va a entender.

La verdad es que lloraba de tanto sentir.

Obviamente, me cansé. Me cansé de tratar retenerlo, de tratar de anticiparlo, de intentar entenderlo. Me cansé de jugar, me cansé de perder, me cansé de esperar... y es que cuando comienzas a esperar algo, ese, corazón, es el principo del fin. Siendo brutalmente sincera conmigo, tenía la esperanza de convencerlo con mi cuerpo y con mis ganas de adorarlo, ¿vulgar, cierto? No es necesario que me juzgues, eso lo hago solita, y bastante bien.

Y ya, esto es lo que te quería contar. Ahora cierra bien los ojos, mientras recorro con la lengua tus huesitos de la espalda... sólo espera, poquitito, un momento. Por favor.

La mamada de Esperanza.


Mientras estaba en el foro, cuando era más joven y no estaba casado (COF COF COF), tenía la esperanza de que todos mis castings fueran de nenas en bikini -brasileñas, venezolanas, mexicanas y colombianas por igual-, y no sólo eso, sino que algún día dijeran una barrabasada como: "¿No te gustaría un masaje?"

El masaje, obviamente, es otra forma más diplomática para rogar por una mamada. La mamada, ya he escrito de ella en otras ocasiones, es la esperanza más inocente que tenemos todos los hombres desde que llegamos a la pubertad y vemos nuestro primer videíto prohíbido. Desde entonces, como un disco rayado, aún en los momentos más inconscientes, vemos la figura de las mujeres, platicamos con ellas, descubrimos sus atributos intelectuales y entre todo eso, un pensamiento fugaz frena todo interés racional: "Ojalá me diera una mamada".

Y después de eso, nos preguntamos, ¿lo sabrá? ¿Sabrá que una mamada me podría salvar la vida el día de hoy? ¿Que me quitaría el estrés y me haría un día mierda, menos mierda? ¿Se dará cuenta que en su boquita de corazón, no sólo esconde los besos más dulces, sino el forro más perfecto para este coso que se esconde debajo de mis pantalones, gruñendo como un minitoy -o un rottweiler, hoy no es día de medición fálica- en espera de ese regalo carnoso? Claro que se dan cuenta, pero si hombres y mujeres habláramos el idioma de las mamadas en nuestra vida diaria, bueno... no existiría la civilización, ni los políticos, ni cualquier otra profesión que se precie de otra cosa que no sea el sexo...

Por eso existo yo, resignado, viviendo normalmente como cualquier otro, tras la cámara, viendo mujeres hermosas cubiertas de ropas diminutas, y mientras les explico la rutina y bailo con ellas detrás de cámara, sin querer queriendo mirándoles las tetas brincar y compartiendo ese odioso cliché de que la mujer únicamente bella es la mujer esquelética-operada y de rostro casi perfecto. No puedo andar por la calle pidiendo mamadas -GRÁTIS-, no existe una campaña para eso. Lo único que puedo aspirar es a un montón de chamacas y sus playeritas entalladas, con dulces esperanzas regalando abrazos para que este sea un mundo mejor.

También eso me parece una mamada.

La otra.



La otra siempre será la OTRA. Es mejor en la cama, es más divertida, es más perspicaz, pero, su estigma de ser la amante se graba hasta en su sangre y no hay escapatoria. Y sí, yo ahora soy la otra y el papel me cae como ni mandado a hacer, porque las personas esperan que una mujer que se pinta el cabello rojo sea una puta.

El idilio comenzó unas de esas noches en las que la expectativa de diversión era nula. Pero lo descubrí y la clavé la mirada, esperando que posteriormente él me clavara a mí, porque sabía que era músico y son la especie que me enloquece. Aunque traía encima a una tipa chicle-lonjadesparramada-angelface, nos bastaron tres minutos para descubrir que debíamos huir del lugar a toda prisa.

-¿Cuántos nombres tienes? (¿Quién demonios pregunta eso antes de coger?) Algo muy intenso e ilógico dentro de mí, me empujó a formular tan cosa.

-No me lo vas a creer, tengo tres.

-¡No me lo vas a creer tú a mí, yo también!

A partir de ahí, supe que los ímpetus se multiplicarían al triple. Lo que no previne, fue el augurio de que con tal cantidad de nombres, una situación telenovelesca tendría que envolvernos.

Tour de moteles, hacer el amor a la intemperie con vista al mar, pintarme los labios color cereza y marcar mis labios en todo su cuerpo, enviarle fotos con lencería sexy para ponerlo caliente, Zacatecas, música, ganas de matarlo, ganas de que nunca se vaya, deseo…todo esto ocurrió en menos de dos meses. Pero, en este periodo, yo no me sentía la OTRA, hasta que, me enteré/ lo hice confesar, que había regresado con su novia, una mujer que es maestra de yoga, cosa que aumentó mi rating de maldad al 90%, ya que no es lo mismo ser la querida del novio de una ruín abogada, o una diseñadora pachecona ¡No! La novia da clases de yoga, la denomine “Señorita Mantras” y no lo podrán creer, él tuvo que regresar con ella porque se quedó sin casa, le tiene que dar asilo en su depa…

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¡Hagámosle un Teletón y así, comprarle una casa al lado de la pradera!



La más cándida esperanza que puede tener cualquier amante, es que él termine con la mujer oficial y se entregue ante ella, cabalmente, como en cualquier novela de la barra estelar de Televisa. Pero, la única que se alberga en mí, es que los pisos de los estudios de yoga son a veces tan resbalosos, que cualquier persona podría partirse la cabeza.


Manejo de variables


A los cinco años de edad, me di cuenta que era demasiado grande para regresar al vientre de mi madre, de ahí pa’l real todo anhelo quedó supeditado a las leyes de lo posible y lo factible.

Nena, usted no será reina de belleza pero si le estudia mucho, chance y se gane una beca para estudiar en otro país donde la consideren exótica. A ver si con el tiempo se le compone el ojo chueco. A ver si con esta pomada se le hace la nariz respingadita. A ver si con el tiempo le crecen la tetas. A ver si con el tiempo conoce a alguien que la quiera por sus sentimientos.

Mis deseos de ser Nadia Comaneci se fueron al carajo en el momento en que mi madre, temiendo que pudiera lastimarme o en su defecto romperme el himen y no tener sello de garantía en mi noche de bodas, decidió no inscribirme en gimnasia ni en alguna otra disciplina. Ahora entiendo que evitarme la penosa escena de mí en leotardo dando brinquitos ridículos y una descalcificación inducida sirvió para años más tarde darme cuenta que la flexibilidad con la que abría las piernas era innata, sobra decir que casarme me produce alergia y que la primera vez que cogí ninguno de los presentes reclamó la ausencia de sangrado.

La suerte no existe, el destino menos, de ahí la importancia de fijarse a ambos lados de la calle antes de cruzar. Aunque algunas veces, las menos, ocurre que el chingadazo no proviene de las direcciones conocidas, es decir, en un plano cartesiano x/y resulta de pronto que hay “z” y en breve un jet con todo y secretario de gobernación te cae en la cabeza. Siempre cabe la posibilidad de que se te escape un punto cardinal.

Llevo más de diez años trabajando en un periódico local, en diciembre se hizo el recorte de personal más grande que haya experimentado la empresa a lo largo de sus 120 años de posicionarse como el diario más “vendido”. Con paciencia esperé estar dentro de la lista de lo corridos y con ello aprovechar la jugosa liquidación en menesteres más placenteros que buscar señoritas semidesnudas de 1750 pixeles mínimo para rellenar las páginas centrales. Todos fueron desfilando por la guillotina, hasta los que resueltamente consideraba intocables, todos, menos yo y otros cinco incautos de una plantilla de 37. ―revisa bien la lista Rubí― le dije a la de recursos humanos ―¿estás segura que no estoy en el recorte?― Y heme aquí, cinco meses después sigo haciendo el trabajo de 5 con el mismo pinche sueldo unitario.

No hay esperanza inocente, todas son premeditadas y por lo mismo se convierten en un discurso meramente político. Esperar que suceda lo contrario a la lógica es tan ocioso como creer en los milagros, en el cohecho divino; luego entonces la Guadalupana es más corrupta que Elba Esther. “Por favor, que no me vaya a caer la policía con todo esta coca”. “Por favor, que esta vez sí gane las elecciones”. “Por favor, que este vestido S contenga mi cuerpo L”. “Por favor que me atiendan rápido esta apendicitis en el Seguro”. Hasta en la ruleta rusa se tiene la certeza de que algún momento, si se recorre todo el carrete el chingadazo que te vuele los sesos será inminente.

En las Ciencias Sociales, al realizar muestreos y triangulación de datos existe un término para definir un resultado inesperado, raro y accidental a esto le llamamos serendipia. Sin embargo, las variables siempre son conocidas, lo que te saca de quicio es la descabellada combinación de las mismas.

Es por eso que no entiendo cómo después de tanto autoconvencimiento en mis fabulaciones y decidida convicción en desdecir el destino. En negarme la explicación fácil y desconfiar de los eventos afortunados, considere un hecho inexorable que tú y yo, tantas veces habiéndonos desplazado en líneas paralelas, al fin hubiésemos coincidido.

sábado, 23 de mayo de 2009

Algún día quiero tener...




Algún día...

viernes, 22 de mayo de 2009

¿Lo siento? ¿Te quiero?


El sábado pasado, llené un formulario más grande que cualquier solicitud de admisión a la universidad y quedé suscrito al maravilloso servicio del Oráculo Ching, ¡directo a tu correo! Desde entonces, tengo el privilegio de recibir cada mañana un pedazo de sabiduría mística oriental extraída algorítmicamente del milenario I-Ching. 

A decir verdad, sigo sin saber por qué me inscribí a esta variación oriental y ancestral de los horóscopos de Walter Mercado; por alguna razón imaginé que sería divertido descifrar el lenguaje del cosmos pero en realidad las jaladas mentales de la supuesta Tierra Central me resultaron crípticas, pedantes y poco prácticas, como siempre. 

Confieso que no soy una persona espiritual. No profeso ninguna religión, no rezo y no practico Yoga desde aquella vez que me corrieron de la clase por reírme cuando el instructor me ordenó tirarme boca arriba y levantar las piernas para que él pudiera "alinearme los chakras" 

Advierto, no odio a Dios, ni dedico mi vida a negar su existencia. Probablemente existe, pero imagino que está muy ocupado haciendo turismo espacial al lado de Mr. Spock, y yo tengo demasiados problemas humanos y terrenales para estarme preocupando por las fuerzas cósmicas.  

Alguna vez leí en la calcomanía de un carro la frase más sabia que he escuchado: "No tengo nada contra Dios, es su club de fans al que no soporto" ¡Qué cosa más cierta! 

Estoy harto de mis padres que insisten desesperadamente que "debo creer en algo" Lo mismo va por todas esas amistades convertidas al cristianismo después de haber sido violadas brutalmente y llevadas al hospital para conocer a Cristo, Nuestro Señor como efecto de la morfina y que ahora me hablan de hermano y envían mensajes molestos por MSN para decir "Dios te ama" Y detesto con todo mi ser a los amigos New Age/Seudo-metafísicos que se la viven recomendando libros como El Secreto y cosas tan ridículas como el Ho'Oponono

¿Y qué es el Ho'Oponono? Es la última tendencia en técnicas de meditación proveniente de Hawaii. ¿En qué consiste? Básicamente dice que en la película de tu vida tú no eres sólo un simple actor: también eres el director, guionista, editor, stand-in y el tipito que se encarga de servir café en los descansos. Por lo tanto, tienes el poder de crear y modificar todo lo que te suceda en tu set de filmación: tú esocges el género de tu película, tú la escribes, tú haces casting, eliges a tus coestrellas y asignas roles como amigos o villanos y, por supuesto, tú decides si eres feliz o miserable. Entonces, si tú eres el show runner y tomas las decisiones sobre cada suceso relevante en tu vida, también debes responsabilizarte por todo lo que suceda en ella y no culpar a los demás. 

Hasta ahí vamos medianamente bien, pero, ¿cómo tomar responsabilidad por tus autoimpuestas desgracias y tragedias diarias? ¡Sencillísimo! Sólo debes repetir la siguiente fórmula a cualquier amigo, enemigo, familiar, mascota o circunstancia que te aqueje: "Lo siento. Lamento que mi percepción de tus acciones te hagan quedar como el villano de la historia. Te quiero y prometo no volverlo a hacer." Paso siguiente te recitas a ti mismo una oración similar: "Lo siento. Lamento que mi percepción de las cosas me esté causando sufrimiento. Me quiero y prometo no volverlo a hacer." 

¿No ha quedado claro como funciona el asunto? Por eso pedí a mi amiga Elena que ejemplifique el ejercicio aplicándolo a su ex esposo el carnicero: 

Lo siento, amor mío. Lamento que después de nuestra boda haya decidido que comenzaras a emborracharte y golpearme. Me disculpo sinceramente por todas las veces que terminé internada en el hospital, sobre todo aquella en la que caí en coma por siete días. Y te pido perdón por haber provocado con mi mente que tomarás como amante a nuestra hija adolescente y huyeras con ella del país, prometo no volver a hacerlo.

¿Seguimos sin entender? Bien, mi amigo Omar, de Uganda se ha ofrecido a poner otro ejemplo: 

Lo siento, Joseph Kony. Lamento que haya provocado que me raptarás de los brazos de mi madre cuando tenía seis años y me forzaras a ser un niño soldado en tu incomprensible guerra. Me disculpo por odiarte cada vez que me obligabas a tirar por acantilados a los bebés de las tribus que no se unían a tu culto. Y te pido perdón porque me cortaste los labios y la nariz cuando intenté huir de tu ejército.

¿Aún no tiene lógica el Ho'Oponono? Quizás sea porque... ¡es una reverenda pendejada! 

Resulta que además de sufrir por las bajezas de otros, ahora debemos pedirles perdón porque es lo que el cosmos quiere; porque supuestamente es la única manera de sanar y estar en armonía con las fuerzas superiores. No sé a ustedes, pero a mí me sigue sonando mucho mejor hacerme la víctima por un periodo de duelo y después ignorar todo sentimiento relacionado por el resto de mi vida. ¿Qué ha pasado con las formas tradicionales y sanas de enfrentar el dolor como la negación, el alcohol, las drogas, los antidepresivos, la terapia y la pasivo-agresividad? ¡¿Dónde han quedado los valores de esta sociedad?!

¿Acaso es tan dificil entender que hay heridas que nada podrá sanar? ¿Es tan terrible admitir que a veces la vida es injusta sin razón ni propósito alguno? ¿Estoy equivocado al aceptar que soy humano, imperfecto e incorregible en mis tendencias y acciones? ¿Es tan necesario acudir a un Dios e inventarse una eternidad de mitos y prácticas para dar sentido a nuestro existir? ¿Es tan aterrador pensar que esto, el ahora, es todo lo que tenemos? ¿No es eso suficiente, acaso? ¿No somos suficiente? ¿No basta vivir?

Lo siento, pero no creo en la necesidad de buscar un ser superior para validar mi vida. Lo lamento, pero no simpatizo con los trucos de magia de la espiritualidad. Y les pido perdón porque pienso que son débiles y tienen miedo de enfrentar la vida por lo que es. Y no, no los quiero, pero prometo reírme siempre de las esperanzas e ilusiones patéticas que se inventan cada semana.

Cuatro caminos tijuaneros (Odiando a Dios en Tijuana).



Toda esperanza es, por definición, inocente, el non plus ultra de lo iluso. Decir inocente esperanza es caer en un pleonasmo. Pues bien, si me lo permites, voy a contar la triste y absurda historia de esa pendejísima esperanza que te trajo hasta Tijuana.

Tú naciste en algún lugar del Centro o Sur de la República ¿Cuál? No se; Zacatecas, Nayarit, Michoacán, qué importa. Naciste en un lugar llamado miseria y su ubicación es lo de menos. Después de todo, al llegar a Tijuana, aunque vengas de Sonora, siempre vendrás del Sur.

Tu inocente esperanza nació por culpa de ese incierto y mitológico compadre emigrado a tijuaneras tierras que todo árbol genealógico mexicano debe presumir. Puede ser un compadre, o un primo, o un conocido de tu cuñado. Lo importante es que a ese lejano pariente le ha ido bien. ¿Qué es bien? De entrada, tiene carro, máximo símbolo nacional de triunfo y estatus. Tiene tele, antena de Sky y gana una lana (hasta dicen que gana en dólares el condenado). Te dicen que Tijuana es aquí, pero es como estar allá. Se parece al otro lado y mucha gente habla el inglés. Te imaginas el día en que regresarás a tu pueblo arriba de tu trocota, con placa de California y unas bocinas para escuchar corridos toda la noche.

(Si hubieras leído uno de tantos estudios del Colegio de la Frontera Norte, te habrías enterado que bajo los criterios de la Secretaría de Desarrollo Social, en Tijuana no existe oficialmente la pobreza extrema, pues aunque vivas en el borde de un cerro que se desgaja con cada mínima lluvia, en una vivienda de llantas, lámina y cartón, lo más posible es que tengas televisión y hasta tu antenota de Sky colgada con diablitos y aunque sobrevivas con menos de un salario mínimo al mes, es posible que tengas un carrito chocolate que te costó 300 dólares. Pero tú no leíste el estudio del Colef y no te culpo por ello. Yo tampoco lo leí, como tampoco lo leyeron los compañeros, ni los amigos del académico que lo escribió, luego de diez años de arduos estudios pagados por Conacyt. Vaya, con decirte que la abuelita del académico sólo alcanzó a leer el abstract antes de quedarse profundamente dormida.)

En fin, la tentación es muy grande y un día cualquiera abandonas el ejido San Fortunato de las Miserias y emprendes tu camino rumbo al sueño tijuano.

Aquí tu historia puede bifurcar en mil caminos de vida (que no son como imaginabas)
Voy a permitirme andar contigo cuatro de esas posibles veredas tijuaneras. ¿Me acompañan?


Camino Uno: El esclavo

Lo primero que ves al llegar a Tijuana son los cerros como polvorones y el amontonar de casas sobre llantas y chatarra. También te sorprenden las calles atestadas y los trailers que parecen inmóviles.

Has llegado a tu nuevo hogar, ahí cerca de un lugar que le dicen el Mariano; lámina, cartón, piedra, llantas y zacate quemado, cerro calvo, roñoso, repleto de viviendas que un día brotaron como chancros.

Has llegado a una maquiladora. Tus patrones son de Corea o de Taiwán o de un pinche lugar de esos donde hay amarillos con ojos rasgados. Pagan 700 pesos a la semana, con un premio de puntualidad de 23.50 pesos al mes y un bono por buena actitud de servicio de 19.60.

Intuyes que con eso no te alcanzará para tu trocota del año, pero agarrar jale está fácil. Dicen que te entrevistan y hasta pasas con una psicóloga, pero pura madre, ya estás adentro nada más con haberte acercado. Ni la secundaria te piden, saben que así de rápido te vas y te dicen que no hay problema, mañana empiezas, ¿mañana?, Sí, mañana y a lo mejor no llegas a pasado, aquí nadie dura, ni la mano de obra, ni su fruto.

Salen las teles, los radios, los muebles, la ropa, salen por miles en trailers y se van, quién sabe a dónde, y después vuelves a verlas rematadas en algún mercado de segunda o hasta en los basureros. Con la mano de obra sucede lo mismo. También son muchas manos, también sobran y están en barata aunque duran menos que los aparatos. Pero no importa, nada se pierde, nunca van a faltar, van a desfilar por aquí, venidas de quién sabe dónde y se van a ir y sí, también los vas a ver luego echados en un basurero, no van a salvarse, de eso no hay duda, aunque a lo mejor alguno llega a ser gobernador.

Aquí arriban muchas esperanzas y se acaban por disolver, aquí todo es efímero, desechable y lo peor es que no se recicla, ni siquiera se biodegrada, se queda ahí, contaminando la tierra, chupando sangre como una garrapata, negándose a dejar de existir, depredando cuanto se mueve a su alrededor. Una mañana cualquiera, la maquiladora donde trabajas emigra a Oriente como una golondrina. Dicen que la gripa de los marranos asustó a los chinitos, que la inseguridad los tenía espantados, que ya les habían secuestrado dos gerentes y que la mano de obra mexicana, con sus 700 pesos semanales, les parece muy cara.


Camino Dos: El pollo

Tal vez no necesito aclarar lo que se da por supuesto: Soñaste, alucinaste y te masturbaste una y mil veces pensando en ir a ese mítico paraíso llamado “el otro lado”. Viste la bardota, los migras, el omnipresente helicóptero volando como abejorro y ahí, a lo lejos, la bandera de barras y estrellas.

Soñaste con dólares fáciles, un par de güerotas y claro, tu trocota del año. Pero los polleros son cada vez más caros. Por una visa láser robada donde se ve una cara que más o menos se parece a ti, te cobran mil 200 dólares. Dos mil por pasarte por la garita, escondido abajo del asiento de una troca. Ni pensarlo. Lo único que te alcanza es cruzar por el poblado de La Rumorosa en Tecate o por el desierto en Mexicali, con un pollero que al final te abandonó.

No vamos a hacer de tu martirio un poema épico. Creo que no necesito aclarar que no pasaste. Los motivos pudieron ser diversos: te mordió una víbora, te deshidrataste, te agarró la migra. Pasaste a ser estadística. “5 mil muertes ha costado la Operación Guardián ¿Cuántos más?” grita Claudia Smith en una manifestación. Los políticos declararán que con Obama ahora sí se concretará el acuerdo migratorio, que se tratará a los migrantes mexicanos con toda dignidad, porque ellos hacen trabajos que “ni los negros quieren hacer”.

Pero no te aflijas; tu historia servirá de pretexto a un grupo de artistas conceptúales y contracoolturales que se inspiran en los migrantes para montar sus exposiciones. A lo mejor una fotógrafa alternativa o un videoasta bien alucinado (que por supuesto es homosexual) usan la imagen de tu cadáver para hacer un collage artístico sobre el calvario de los migrantes en la frontera. El collage, que formará parte de una exposición mamona tipo Tercera Nación, será llevado a Madrid en donde la fotógrafa y el videoasta (¿qué chingados es eso?) se emborracharán en Lavapíes o Malasaña, mientras dicen que vivir en Tijuana es como vivir en el Berlín de la Guerra Fría o la Franja de Gaza y se ufanan de que la existencia en esta ciudad es “taaan contracooltural”.


Camino Tres: El encobijado

Decir “te jaló la maña”, es darte mucha importancia. Por supuesto te soñaste como todo un capo, con bota de avestruz y cuerno con cachas de oro, pero de mandadero nunca pasaste. Tu compadre o el tipo aquel que conociste en la barra de La Tropa Bar en la Coahuila, te dijo que te tenía un jale, de a 300 dólares semanales, con pura raza pesada y tú (ni falta que hace aclararlo) de volada aceptaste y ya hasta te imaginabas cantando tu propio corrido compuesto por Explosión Norteña en un restaurante de mariscos.

Tu jale fue de recadero, de oreja, rondando los alrededores de la tiendita, llevando y trayendo globitos de cryko en tu bicicleta, avisando cuando se veía una patrulla desconocida en los alrededores. Si te portabas bien, chance y hasta te ponían de cuidador en una casa de seguridad. Pero tu jale duró poco. El moche con la Municipal no llegó completo una semana y dos días después el Ejército reventó la tiendita. El golpe fue presumido por el grupo de coordinación: “Fue desactivado un nido de narcotraficantes que envenenaban a la juventud con la nociva droga conocida como crystal”.

Te salvaste de la detención, pero no de la furia de tus patrones. Hacía falta buscar chivos expiatorios, señalar al que puso el dedo o al que se le durmió el gallo y no avisó a tiempo sobre la presencia de los soldados y por supuesto, agarraron al más pendejo. No tuviste derecho a morir con tiros de cuerno de chivo, como los grandes capos. Es más, ni una pinche bala quisieron gastar en ti. Te mataron a batazos o asfixiándote con una bolsa. Te envolvieron en una cobija y te tiraron allá por el Bulevar 2000. Nadie te compuso un corrido.

El reportero de guardia de un pasquín policiaco ni siquiera se molestó en ir a tomar la foto de tu cadáver. Ya iban seis muertos en el día y uno más le daba harta hueva. Al final te dedicó dos párrafos en la página ocho: “El cadáver de un individuo del sexo masculino de aspecto antisocial de entre 25 y 30 años de edad, apareció envuelto en una cobija en un terreno baldío de la delegación La Presa. El cuerpo, aún no identificado, presentaba evidentes huellas de tortura”. Un día después, el Procurador declaró que “según las últimas investigaciones del ministerio público, en los últimos días ha estado muriendo mucha gente que no se había muerto antes”.


Historia Cuatro: El tecato

Te ofrecieron chiva y te gustó. En tu pueblo ya le ponías seguido a la mota y nomás llegando a Tijuana te diste tu primer focazo de cryko. Pero la chiva, te dijeron, es otra cosa. La aguja estaba oxidada y adentro de la jeringa parecía que había agua con lodo, pero… ay qué chingón te ponía. Al rato andabas picándote en los camellones de la Avenida Internacional y cuando sentías venir el malillón, te ibas a robar cable de teléfono o tapas de alcantarilla.

Diste dos tres cristalazos a los carros y hasta te atrevías a bajar a morros y viejitos. La Municipal te agarraba cada tercer día y te mandaban a la estancia luego de darte una buena putiza. Ahí en los separos te agarraba la malilla e irremediablemente te zurrabas. Al final te liberaban para no seguir aguantando la pestilencia y tú, ni tardo ni perezoso, te ibas a robar para conseguir los 40 pesos de la próxima cura. Dos o tres veces entraste a centros de rehabilitación y te volviste cristiano, pero la chiva te excitaba más que la palabra de Dios.

Un día te picaste una artería, se te engangrenó la pierna y te la tuvieron que mochar. Claro, también dicen que te atropellaron en la Avenida Internacional cuando huías de una patrulla. La cuestión es que acabaste con muletas, pidiendo limosna, pues ya no podías robar. Lo de ser minusválido y hablar de Cristo te ayudó a despertar cierta compasión.

Te veo pidiendo caridad en las cercanías de la Línea y sólo puedo concluir que al final, sigues teniendo esperanzas. De hecho, tienes una esperanza muy firme, muy concreta y nada más te importa en la vida: conseguir los 40 pesos para pagar tu próxima cura de heroína. Que nadie diga que eres un hombre que no sabe lo que quiere en la vida.


Epílogo: El más iluso de todos

Todos llegan a Tijuana con sus alforjas atiborradas de esperanzas. El problema es que algunas esperanzas son más ilusas que otras. Si eres esclavo de maquila, pollo deportado, malandro barato o tecato, no tienes por qué afligirte, pues siempre hay historias peores que la tuya.

Hay quien llegó aquí con la esperanza de fundar un gran periódico que sería punto de referencia nacional, que sería algo así como el New York Times o el Le Monde de la frontera, que practicaría un periodismo de profundidad, sin compromisos, con énfasis en la investigación y la buena crónica. Tarde comprendió (o acaso jamás quiso entenderlo) que el periodismo es tan o más sucio que la peor politiquería, que todo medio de comunicación (y el suyo tiene mención honorífica) es ante todo un gran prostíbulo de la información y que casi todos sus colegas, algunos más, algunos menos, son rameras del poder.

Sí, él ya sabe todo eso. La vida ha tratado de hacerlo comprender a chingazos y ¿sabes qué es lo peor de todo? Que este tipo es un iluso incurable, un inocente consumado, pues aún alberga esperanzas, no sabe exactamente en qué, pero tiene esperanzas y hasta disfruta la existencia, sonríe, la pasa bien, se levanta alegre cada mañana y si le preguntas, te dirá que la vida valió la pena ser vivida.


jueves, 21 de mayo de 2009

Inocentes esperanzas de bajar los chones



En la historia de intentos por bajarle los chones a una chava, el que sigue ha de ser de los más enternecedores y patéticos que hay.

Cuando estaba yo estudiando para convertirme en ingeniero computito, tuve de compañera, en algunas clases, a una con cuerpo de palmera (mi vocación no atendida de botánico me ha traído grandísimos dolores de cabeza, pero no tanto como mi vocación ignorada de geólogo). Huelga decir que si me fijé en ella es porque me gustaba para bajarle los chones.

Yo, que en ese entonces era muy tímido, en lugar de acercarme a decirle “oye, se me ha ocurrido la magnífica idea de bajarte los chones ¿qué opinas al respecto?”, opté por el camino tortuoso de hacerme su amigo.

Pasaron algunas semanas y cuando estuvo claro que la dueña de los chones que quería yo bajar, no podía aprobar por sí misma la materia de Ecuaciones Diferenciales que llevábamos juntos, sin correr peligro de que le diera una embolia por el esfuerzo al que sometía su cerebro, decidí armar un grupo de estudio de pánico para enfrentar los parciales, y la invité.

- ¿Quienes van? - preguntó.

Yo recité un rosario de los perdidos en la materia y que ya habían quedado en participar en dos o tres sesiones maratónicas y nocturnas de resolución de ecuaciones diferenciales, previas al día examen, con la esperanza de que en el teflón que tenían por memoria se quedaran impresas algunas ecuaciones que sí pudieran resolver (por eso se llamaba estudio de pánico).

- ¿Y dónde se van a juntar? - preguntó.

- En casa de zutanito – respondí. Zutanito vivía a dos cuadras de donde vivía la dueña de los chones que yo quería bajar.

Hizo cara de que me estaba haciendo un favor al aceptar la invitación. Cuando llegó la primera noche de estudio todos los invitados se presentaron. Yo abría el Zill, escogía un problema del temario del examen, lo resolvía y cuando había quedado claro qué hice, los demás escogían otros apenas diferentes y los resolvían. Avanzábamos tanto que al cabo de tres horas, con chelas y pizzas de interludio, todos decían “las ecuaciones diferenciales me la pelan” y se iban muy contentos.

Todos menos la dueña de los chones que yo quería bajar.

- Ash. No entiendo.

Yo le decía que no se preocupara. Que a la otra noche quizá lo hiciera mejor.

Para la segunda noche sólo se presentaron los casos de anumerismo más graves. Yo repetía el mismo método y a veces lograba expresar lo que alguno no entendía de una manera en la que sí pudiera entenderlo. Si no se iban diciendo “las ecuaciones diferenciales me la pelan” decían “creo que puedo pasar este examen.”

Todos menos la dueña de los chones que yo quería bajar.

- Ash. Sigo sin entender - se quejaba.

Para la tercera y última noche (esto ya parece chiste malo) nomás se presentaron dos. Uno que apuesto ya le han de haber diagnosticado imbecilidad clínica, y la dueña de los chones que yo quería bajar. Repetíamos las mismas ecuaciones de las sesiones pasadas y los dejaba confiados de que sí en el examen venían esas, entonces no tendrían problemas en resolverlos.

Al otro día, en el examen, había que resolver ecuaciones imaginadas por un sádico que se creía Euler resucitado, y sólo unos pocos respondíamos el examen sin recurrir a métodos adivinatorios.

La dueña de los chones que yo quería bajar tronó. Y así le ocurrió con cada parcial.

Al llegar al examen final ella debía sacar 10 o tronaba la materia y se despedía de su beca. ¿Y a quién recurrió para pasar el examen?

Adivinaron, a un servidor.

Pronto se hizo evidente que no quería mi ayuda para estudiar, sino para que yo le resolviera el examen. Yo, estaba tan apendejado por mis ganas de bajarle los chones que le dije que sí.

Llegó el día del examen final y ahí estuve yo resolviendo no uno, no dos, sino tres exámenes distintos de ecuaciones diferenciales. El mío, el de la dueña de los chones que yo quería bajar y el del imbécil clínico que me pagó con una HP programable (ahora las venden baratonas en cualquier OfficeMax pero en ese entonces eran rara avis).

Los tres pasamos (nomás que yo tuve un sueño muy raro con Fourier esa noche), terminó el semestre y me fuí a mi casa con una calculadora HP y sientiéndome medio estafado.

A mitad de las vacaciones sonó el teléfono, contesté y era ella. Me invitaba a cenar a su casa.

Me emocioné primero, luego me excité y al final me acicalé e hice acto de presencia en su casa. Sus papás vivían en otra entidad federativa y sus caseros habían salido a ponerse pedos con algún vecino. No sé qué preparó de cenar porque nunca lo probé, en lugar de eso comenzamos a fajar con entusiasmo. Varias veces intenté encuerarla y las mismas veces recibía yo negativas ambiguas, que a otro menos calenturiento que yo le hubieran esfumado todas las ganas. No obstante, después de lo que me parecieron horas, conseguí mi propósito semestral: bajarle los chones.

No aplaudan. Esto no tiene final feliz.

Ya encuerada ella, yo procedí a desvestirme. Estaba en eso cuando la dueña de los chones que ya había yo bajado y que tenía unas ideas católicas y aberrantes, dijo:

- Cásate conmigo.

Esas palabras entraron por mis orejas de 20 años y desencadenaron una reacción que culminó conmigo sosteniendo un pito muy guango ante la perspectiva de tener que casarme a cambio de sexo que, además, dentro de mi cabeza, yo consideraba que tenía muy merecido gracias a Gauss, a Euler, a Fourier y et al.

Hasta la fecha no me atrevo ni a hacerme una puñeta pensando en ella. Temo que me vaya yo a quedar impotente.

¡Otro post sin dibujitos!



Hace unas semanas, en el D.F. alguien me preguntó si no iba a ir al Estadio Azteca.
-¿Al Azteca? ¿Hay concierto o qué?
-No, juega tu equipo contra el América.
-¿Mi equipo?
-Sí, Los Indios ¿qué no eres de Chihuahua?
Entonces entendí que en este país y "gracias" a la televisión uno se convierte automáticamente en parte de una tribu y pertenece sin saberlo a un equipo y negarlo o renegarlo es equivalente a una blasfemia.

Según sé, este equipo es de Ciudad Juárez, una ciudad que está a 4 horas de la mía.
Una ciudad que ha tenido la desdicha de ser escenario de vergüenzas como feminicidios a gran escala. Un tema por demás manoseado de buenas y malas intenciones.
Las infamemente llamadas "Muertas de Juárez" han sido un estigma para esta ciudad con mala fortuna.
Una ciudad que además es ya la más violenta del país, donde el narcotráfico se mueve y manda sin discreción. Donde ya es común oír términos como "ejecuciones", "sicarios", "levantados", "narcomantas", "impunidad", "corrupción" y demás desdichas.
Una ciudad violenta y malquerida.

En un estado en donde los deportes que se llevan la atención es el basquetbol y el beisbol. En Ciudad Juárez, donde la vida no vale nada, hay un equipo de futbol que llegó a la división importante que es la que tiene las transmisiones en televisión y patrocinios importantes. Y jugó y estuvo a punto de perder su permanencia en ésta división e irse a la segunda.
Pero algo pasó y ahora resulta que está peleando por el campeonato y la vida en Ciudad Juárez ha cambiado por unos días. La gente está esperanzada porque un equipo que los representa puede ganar algo y reivindicarlos.
Y eso me parece muy bien.

A mi ni me gusta el futbol y no creo que un equipo local, estatal o nacional me represente o vaya a solucionar mis problemas. Pero entiendo que si tu casa está destrozada no está de más tener la inocente esperanza de que tu primo el deportista vaya a llevarte una efímera alegría.

miércoles, 20 de mayo de 2009

La esperanza muere al último…congelada.



Tenía yo diecisiete años y vivía en los edificios de la calle Primavera. Era viernes por la tarde y desde la ventana de mi cuarto escuché el chiflido característico del Javi para ir a vagar como todos los días. Caminábamos por el estacionamiento del fraccionamiento cuando vimos a Ana y a la Nadadora sentadas dentro del viejo Opel abandonado.

—Y ora ustedes, ¿Qué hacen ahí?
—Mmm... nada. Oye Javi, ¿Está tu hermano?
—No, se fue a quien sabe donde.
—Uyy...

Ana y la Nadadora (que, como su nombre indica, no tenia nada por ningún lado) eran amigas putonas del Ruso, el hermano mayor del Javi. Nosotros nomás las veíamos de lejos con antojo, pero ellas obviamente ni nos volteaban a ver. Sólo salían con el Ruso y su grupo de amigos. Ana estaba riquísima; era bonita, delgada, güerita y de ojo verde. Pero estaba enculadísima con Quique Borracho (que se diferenciaba de Quique Tienda en que, bueno, era borracho y no tenia una tienda), el mejor amigo del Ruso, que nomás le hacia caso cuando andaba pedo (La Nadadora era motivo de burla general desde una vez que el Ruso nos contó que, en una peda en una cabaña, él estaba trague y trague sabritones mientras platicaba, pero luego la Nadadora empezó de caliente con él y fue a fajársela a un cuarto. Después de un rato, ella salió corriendo por toda la cabaña con las manos entre las piernas, gritando "!Ayy mi puchita! !Mi puchita!". El Ruso contaba entre carcajadas que la había dedeado sin lavarse las manos.).

Por eso aquel día que extrañamente se mostraban platicadoras con nosotros no desaprovechamos la oportunidad.

— ¿Por qué? ¿Para qué lo querías?
—No, nada más, es que...
— ¿Qué? ¿Necesitan un aventón a algún lado? —Javi tenia un vocho azul y, nada pendejo, las quería trepar (¿Para que? Misterio. Los razonamientos adolescentes son muy extraños; pero seguramente y de alguna manera, suponían sexo en algún punto).
—Eeeeh...no. Oye, ¿Tu nana está en tu casa, verdad?
—Sí, no se fue con mi tía, ¿Por qué o qué?
—No, pues es que Laura (la Nadadora) se enojó con su mamá y la corrió de la casa. Y pues estamos viendo donde quedarnos hoy, hasta que se le pase el coraje.

En este punto nuestros cerebros adolescentes inmediatamente dejaron de pensar sobre si Dragon Ball Z era mejor que los Caballeros del Zodiaco y comenzaron a funcionar a mil por hora, ¿Que hacer? ¿A donde llevarlas? En casa del Javi estaba su nana, culiche de hueso colorado que nomás nos veía salir a cualquier lado y gritaba "!Hey morros! Nomás que los vea con las pinchis huilas y van a ver, cabrones!" Mis papas habían salido, pero regresaban en la noche, así que también por ese lado estábamos acorralados.

Ellas —en un movimiento que hasta la fecha no entiendo— pensaban quedarse dentro del Opel abandonado (si querían conmovernos o que nos apiadáramos de ellas, era completamente innecesario; en ese momento les hubiéramos dado hasta nuestros pantalones si nos los hubieran pedido), pero me armé de valor y les propuse que fuéramos a mi casa, por lo menos un rato y ya ahí veríamos que hacer. Ellas inmediatamente dijeron que sí y ahí fuimos. Ya en mi casa estuvimos tratando de decidir algo, mientras tanto Javi y yo, con puras miradas, nos pusimos de acuerdo en que pasara lo que pasara, no podíamos dejarlas ir sin nosotros a ningún otro lado. Con esto en mente, no nos quedo de otra más que proponerles que nos subiéramos a la azotea de los edificios y quedarnos ahí. Nos costo muchísimo convencerlas, pero al final aceptaron; entonces saqué dos o tres cobertores y los subimos a la azotea.

Javi le dijo a su nana que iba a quedarse a dormir en mi casa y yo les deje un recado a mis papas diciéndoles que me iba a quedar en la suya. Ya en la azotea nos cagábamos de frío, pero a los dos nos valía madres, nomás por la posibilidad de por lo menos tener un faje con ellas. A mí me gustaba un chingo Ana, pero Javi no quería aventarse con la Nadadora. A señas y miradas universales que cualquier hombre entiende, me decía más o menos esto:

—No mames cabrón, pinche vieja está reculera.
—Ohh güey, no seas ojete y hazme el paro.
—No chingues, además el Ruso ya se la tiene bien cogida, ni modo que remueva el atole de mi carnal.
—Ohquelachingada, no mames, Ana no va a querer contigo por Quique, déjame a mi...

Y así se nos fue media noche.

De pronto Ana se acordó que había dejado su bolsa en mi casa, y ahí voy yo en putiza a sacarla antes de que llegaran mis papas. Entré corriendo y al agarrar en chinga la bolsa, esta se atoro en el brazo del sillón y se me cayó. Cuando recogía todas las chingaderas que traía, vi un sobre con el nombre de un laboratorio. Obviamente lo abrí y lo único que leí en la ojeada que le di fueron las palabras: "Gonadotropina Coriónica Humana" que a mis diecisiete años solo me sonaron a una cosa: Gonorrea.

Sí, ríanse. Ahora sé que sólo es una hormona cuya función es tan común y corriente como un Chevy rojo, pero en ese momento sólo pude hacer una deducción rápida y equivocada, pero muy obvia:


Vieja Golfa—>Análisis clínicos—>Gonadotropina = Gonorrea


Subí en un suspiro a la azotea y como pude jalé a Javi a un lado, y muy discretamente le dije:

— ¡No mames güey!
— ¿Que?
— ¡No nos la podemos coger!
— ¿Por qué?
— ¡Tiene gonorrea!
— ¡No mames!

Le conté lo que había visto. Pensamos furiosamente por un momento y decidimos nomás fajárnoslas (¡Ay ternuritas! Decidíamos algo que estaba a años luz de ser nuestra decisión, ja). Así que ya tranquilos y decididos, regresamos con ellas.

Cuando las viejas empezaron a cansarse de nomás estar sentadas, acomodamos los cobertores y nos acostamos. Primero yo, luego Ana, después Javi y al final la Nadadora. Cada vez hacía más frío, así que estábamos tapados totalmente, cubiertos hasta las cabezas. Un poste a lo lejos apenas y alumbraba algo.

Y empezamos, lentamente, a restregarnos a ellas. Yo a Ana y Javi a la Nadadora. Así como que ay que frío hace sí verdad jeje deja me acomodo ay pérate tantito ora tu que haces jeje espérense cabrones ay que frío nomás tantito uy tengo sueño ay como crees ya esténse en paz y así por el estilo.

Yo estaba pegado como lapa a Ana; ella boca arriba y yo de lado. Respiraba en su oído y muy lenta y delicadamente pasaba mi mano por su cuerpo. Ella se hacia la dormida y no reaccionaba. Yo pensé "Dormida o no, te voy a meter mano" y efectivamente, le metí mano.

Todo hombre que se precie de serlo ha pasado alguna vez horas (o por lo menos así se siente) pegándole unos arrimones a una vieja, con la esperanza de que se deje el mayor tiempo posible sin que nos pegue un madrazo o nos mande a la chingada. Es cansado y frustrante, pero ¡ahhh¡ ¡Cuanta emoción! ¡Cuanta ilusión! Pues esa noche pasé literalmente horas rozándole las tetas, arrimándole la reata y sobándole los muslos.

Ana seguía haciéndose la dormida. Yo me encontraba en ese extraño y nebuloso estado entre el sueño, la vigilia y la calentura. Le metí la mano lentamente debajo de la blusa y me pase lo que restaba de la noche masajeándole las tetas, que hasta la fecha recuerdo como casi perfectas, suaves y firmes. Cabían justo en mi mano y si estiraba el pulgar y el meñique, podía rozar sus pezones. Como ella seguía necia con lo de Morfeo, me animé y bajé de nuevo la mano. Con una lentitud que hubiera envidiado el cabrón del "Corazón Delator" de Poe, le desabroche el botón del pantalón. Con infinita paciencia digna del buitre que le devoraba las entrañas a Prometeo, le baje el cierre. Más lentamente que un burócrata de ventanilla única en viernes de quincena, recorrí con mis dedos la maratónica distancia que había entre las faldas de su Monte de Venus (el único monte que los hombres escalan para después tirarse de cabeza al fondo) hasta la prometida olla de oro al final del arcoiris....

Lector impaciente: — ¡Por dios! ¡Basta ya con las metáforas baratas!

Autor sorprendido: — ¿Te parece?

Lector indignado: — ¡Claro que me parece! ¡Deja ya eso o nos largamos!

Autor conciliando: — Ok, ok, ¿Lo digo con todas sus letras?

Lector despectivo: — ¡Dilo ya!

Autor resignado: —Está bien. Quiero decir que me tardé un chingo desde que le abrí el pantalón hasta que pude meterle un dedo.

Lector satisfecho: — ¡Muy bien!

Aún con el dedo adentro, aquella seguía insistiendo en su ataque de narcolepsia (El cual fue el primer caso de narcolepsia y arritmia conjunta que se haya registrado; ya que su pulso y respiración aumentaron un 85% sin que despertara) Estuve un buen rato así, sobándola muy lentamente y deslizando un dedo lo más profundo que podía (¡Malditos sean los pantalones de mezclilla! ¡Maldito túnel carpiano!) pensando a medias "¿La gonorrea se pegara a los dedos?" y pendejadas por el estilo. Así que de pronto, cuando sentí unos dedos que rozaban mi mano, pensé "A huevo, ya chingué".

Saqué un poco la mano y tome la suya. Sus dedos empezaron a cosquillearme la palma de la mano, y en ese momento, algo llamó mi atención.

Ana, para tener unas tetas tan suaves y tersas, tenía las manos muy rasposas.

Empecé a tentar la mano con creciente alarma y entonces, de pronto, abrí los ojos y saqué la cabeza en chinga de entre las cobijas.

Me topé frente a frente con la jeta de Javi, que había hecho exactamente lo mismo y nos miramos durante un par de segundos con los ojos abiertos como platos. Fue entonces cuando nos dimos cuenta que estábamos haciéndonos cariñitos entre los dos.

Nunca nadie gritó más silenciosamente y agitó tanto las manos sin moverse:

— ¡Hijo de tu puta madre! ¡Suéltame la mano!
— ¡No mames cabrón! ¡No seas puto!
— ¿Que haces metiéndole mano, pendejo? ¡Ahí tienes a la Nadadora!
— ¡Está bien culera!
— ¿Y a mi que chingados? ¡Órale, vete a la verga!
— ¡Nel, hazte tú a la chingada!

Y así estuvimos un rato mentandonos la madre. Para cuando nos metimos de nuevo a las cobijas, obviamente yo ya había perdido las ganas de todo y Ana estaba realmente dormida, así que opté por darle un último y honroso arrimón (a Ana, no a Javi) y me quedé dormido.

Al otro día bajamos desvelados y medio congelados. La Nadadora y Ana regresaron a su casa y Javi y yo nos seguimos mentando la madre el resto del día.

Unos días después, vagando en la calle de nuevo, pasaron en su auto el Ruso y Quique Borracho. Nos vieron y se cagaron de risa, el Ruso nomás nos gritó "¿Que pedo? ¿Hace frío en la azotea?"

Hijas de la chingada.


martes, 19 de mayo de 2009

Inocentes esperanzas



1- Claro que existen los Reyes Magos. Lo que pasa es que vivimos en departamento, no había dónde estacionar a los animales.

2- No es que no viniera el ratón de los dientes, es que cuando se te caen porque te peleaste con otro niño no cuenta. O a lo mejor se cayó el dinero para atrás de la cama, deja veo.

3- No, no, los hijos de papás divorciados se la pasan mejor. ¿Qué no ves que ahora vas a tener dos casas, con dos papás y dos mamás? ¡Y el doble de regalos!

4- Nadie lo va notar. Además las niñas a esta edad no se fijan en que si te salieron barritos o no; lo que importa son tus sentimientos.

5- No, de veras: a los hombres no les gustan las mujeres con tetas grandes.

6- El hecho de que no llame no significa nada. De hecho tal vez no te llamó porque es tímido, pero se ha de estar muriendo de ganas; tú hazte del rogar.

7- Chin, es que he estado bien ocupado. ¡Pero no es por falta de ganas, si todo el tiempo pienso en ti!

8- Te juro que es la primera vez que hago algo como esto.
     8(a)- Y te juro que fue por amor.

9- El tamaño no importa.

10- Las mujeres no cogen sin amor. De hecho, la verga las asusta un poco.

11- Okei, me llevo el talla cinco; al fin que con la nueva dieta me cae que ahora sí bajo.

12- Bueno, pero júrame que lo sacas antes de venirte.

13- Te los pago en la quincena.

14- …y amarte y serte fiel todos los días de mi vida.

15- Otra: (explique) ______________________________________.

Le Temps Retrouvé



Crecer ha implicado desencantos profundos que ya no deseo describir ni explicar. Y más que desencantos, el paso del tiempo ha modificado mi visión de las cosas, y me resulta difícil saber si mi perspectiva está deteriorada, libre o desengañada.

Parte de avanzar por el intrincado devenir supone también hallar el peso de los años en mis contemporáneos, y con ese hallazgo vienen los recuerdos, la remembranza de lo que fueron y la comparación casi siempre atroz y poco favorable con lo que ahora son.

Nadie ha logrado sobrevivir a los años, me digo. Y es verdad. Me encuentro a una infinidad de excompañeros de preparatoria, de secundaria, de universidad, y todos me parecen una lamentable gavilla de desesperados, de ruinas convertidas en instituciones de rutina y pequeñas alegrías y amarguras. Ha sido imposible encontrarme a un hombre que no sea ahora un tipo panzón, alcohólico funcional, empleado o empresario de mediano o poco éxito, e incluso aquellos con un notable curriculum denotan el desgaste incipiente por el que todos habremos de atravesar.

Me encuentro a mujeres, que antaño solían ser jovencitas retozantes y frescas, engreídas, deseosas de enamorar al fulano más popular, al del automóvil lujoso, al rebelde, y no he podido platicar con ninguna a la que el tiempo no le haya pasado la pesada factura de hijos, maridos infieles, relaciones abrasivas, embarazos no deseados, abandonos, desamores, desazones, fracasos y la invariable caída de aquellas carnes gloriosas que paseaban cuando tenían dieciséis o diecisiete años.

Todavía recuerdo a aquella amiga que me gustaba en la secundaria, y que al hallarla veintitrés años después descubrí que detrás de aquella insolencia que la caracterizó durante su adolescencia estaba una mujer con un terrible miedo a la soledad y al rechazo. Recuerdo que después de tomar un café nos metimos a un motel a tener el sexo más triste que se puede tener a los treinta y siete años.

Pensé en Alejandro, aquel viejo amigo de la preparatoria que cuando se emborrachaba me hacía pensar en Hemingway, y como su cabello lacio y rubicundo se cayó, y su cuerpo fornido, sus hombros anchos y su rostro atajado y varonil se fue demacrando a partir de los veinticinco años, cuando el amor de su vida lo abandonó por considerarlo poca cosa, un hombre mediocre que no podía complacer sus gustos y que sin embargo sacrificó sus mejores años para que ella pudiera terminar su licenciatura.

Todos están jodidos, pensé mientras me subía sobre el cuerpo de aquella amiga, y me topaba con carnes más bien flácidas; todos nos hemos hecho viejos e imbéciles, me dije mientras trataba de sentir algo, cualquier emoción, por acostarme con quien fuera la tipa más hermosa de la secundaria donde estudié.

Ni siquiera sentí satisfacción cuando me hallé a Jazmín, afuera del gimnasio lujoso donde asisto. La reconocí por su estatura y su cabello café y voluminoso. Le pregunté si había estudiado la preparatoria en la Lázaro Cárdenas, y me dijo que si, y que me recordaba. Seguía siendo muy guapa, pero ahora sonreía más: era más amable, y por supuesto más accesible. En la escuela hubiera sido remota la posibilidad de aproximarme tanto, y ahora ahí estábamos, como un par de convalecientes de la edad, saliendo de correr y nadar para evitar que la grasa nos termine de joder, platicando naderías sobre el tiempo y sus consecuencias, sobre aquello y lo otro. Estás esperando que el valet traiga tu carro, le pregunté, y me respondió que no, que esperaba a su novio.

Cuando llegó, venía manejando un Mercedez Benz clase C de lujo y sentí una sonrisa de estoicismo dentro de mí. Ella se despidió con mucha dulzura, e incluso me dio un beso en la mejilla. Yo alcancé a atisbar el interior del auto y el conductor, su novio, era Enrique, el idiotita más torpe de la escuela, el zoquete y mentecato que jugaba Dungeons and Dragons y que sacaba buenas notas. Era igual de horroroso que antes; nada en él parecía distinto. Cuando le vi, supe que me había reconocido. No conté con que bajaría saludarme, o a platicar conmigo. Eso hizo después de abrirle la portezuela a Jazmín. Quién iba a decirlo, Enrique, le dije. Si, dijo él.

La chica más solicitada de la preparatoria arriba de tu Mercedez, le dije, sin toque de amargura ni envidia: de verdad estaba contento por todo lo que parecía tener. Si, volvió a decirme: y no fue difícil; en realidad aparecí en el momento indicado, cuando todo parecía haberle resultado mal y después de experiencias amargas y desesperanzas muy dolorosas; ya está medio vieja, pero es mejor tarde que nunca ¿no?

Asentí. El me vio con esa mirada cliché de yuppie con éxito y sentí lástima por sus logros de conquista tardía, de carroñero resignado. Creo que seguí asintiendo hasta que subió a su auto para largarse y dejarme ahí, con la nuca rígida y el estómago lleno de ironía. Recordé lo que me dijo un amigo que no he visto en muchos años: Muchos nos hemos tenido que tragar nuestras esperanzas y anhelos, por eso es mejor esperar nada, y así al menos nadie se burlará de ti.

lunes, 18 de mayo de 2009



Estos últimos 6 años de mi vida, he buscado llevarla fuera de los lugares comunes, de lo que debe ser, de las costumbres borregas. Reniego de las recetas de comercial de Kodak, la cursilería y de aquellos que quieren medirme bajo su regla de adulto responsable. Presumo que me encanta la persona que soy, que la inocencia a mi no se me da y que no creo en los nuevos reyes magos que algunos si: una casa, una vejez asegurada, unos hijos/clones.

Este sábado, mi cuerpo confabuló en mi contra y disparado por esos pinches hitos que marca la traslación del planeta, exploté. Buscaba en mi cabeza algún reducto de inocencia, la esperanza de aún tener un punto ciego que me impida ver mi realidad tal cual es.

Horas después mi abuelo moría a unos 200 kilómetros de aquí.

La primera parte de mi infancia la viví en un departamentito que habían construido mis papás en el jardín de la casa de mi abuelo. Soy la primera nieta y por lo tanto, su adoración. Un cuadro mío de casi un metro que cuelga en su habitación es evidencia de esto.

Todos en el velorio ayer me lo decían. Yo lo sabía y lo agradecía.

Sin embargo, fue mi abuelo quien con sus acciones me dio los primeros portazos de realidad. Tendría unos 6 años cuando se enojó mucho conmigo por pegar una calcomanía en su clóset: Era una pareja tomada de la mano y con plumón le escribí “Abuelo y Abuela”. Aún en mi inocencia, noté ese desplante exagerado y fuera de lugar.

Un par de años mas tarde, sacamos a mi abuela de esa casa. Mi mamá me explicaba que desde hacía mucho mis abuelos no estaba juntos, que en ocasiones la gente vive mejor en diferente lugar.

Su pasado tiene tintes obscuros que indican que su forma de ser –osca, fría y quejumbrosa- se gestaba desde entonces. El abuelo que sonreía cuando sus nietas jugaban comenzó a cambiar a un anciano deprimido y enojado. Esto, aunado a la pérdida de inocencia que yo iba desarrollando estableció una gran distancia entre nosotros dos.

Hoy ya no lloro por mi falta de inocencia. Gracias a ella enfrento la muerte de mi abuelo como lo que es. Sin dramas o exageraciones. Al fin y al cabo, él fue de los primeros que, con su forma de ser, me hizo lo que soy.

Nalga mata plumita

El próximo viernes cumplo cinco años de escribir para una revista de espectáculos que aparece todos los domingos en un periódico nacional. No me considero un periodista, tampoco un reportero, pues estas dos vocaciones me quedan grandes. Yo no busco las noticias, no descubro mafias, ni complós farmacéuticos y no abordo a un político para hacerle una entrevista de banqueta. Tampoco me desvelo en el Ministerio Público esperando a que llegue el asesino ni pernocto en la Cruz Verde aguantando a que me faciliten el informe médico de las víctimas.

Periodista y reportero, ésas sí son chambas honorables.

La mía es una tarea más dócil. Escribo acerca de actores, películas, directores, festivales, pero en medio de un ambiente organizado, agendado, con horario y café. Me citan a una rueda de prensa y voy como también van las celebridades pero sin la espada desenvainada pues ellos entienden que esos encuentros con la prensa son para promover la película en la que salen, no para abundar en su vida privada.

Gracias a mi trabajo he viajado como nunca lo hubiera hecho con mi dindero y por gusto, pero sobre todo he conocido gente muy famosa y popular como Tom Hanks, Jennifer Lopez, Peter Jackson, Angelina Jolie, Brad Pitt, Sandra Bullock, Jennifer Aniston y Julia Roberts, entre otros. Mis amigos disfrutran cuando llego de un viaje y les doy pormenores físicos de las estrellas que conocí en persona, y lo que casi siempre quieren saber es que tan culona es una actriz o que tan buen pedo es un actor.

De entre las entrevistas que más me ha gustado realizar está la que hice a Jack Nicholson antes del estreno de Los Infiltrados (The Departed). En aquella ocasión me metieron a un cuarto del Four Seasons de Los Ángeles junto a un colega brasileño y nos dieron apenas 15 minutos con ese monstruo de la actuación. La habitación apestaba a Camel y de hecho había cenizas en el asiento en donde me tocó aplastarme; o sea que el viejo había estado fumando toda la mañana en un hotel en donde no se permite echar humo.

Fueron los 15 minutos más largos-cortos de mi carrera. Nicholson habló tan pausado que apenas logramos hacerle seis preguntas, pero se portó tan amable y respetuoso que parecía un actor novato intentando agradar a la prensa. Nunca se quitó los anteojos oscuros, pero nos apretó la mano al despedirse y nos regaló su emblemática sonrisa de loco.

Dos días después cuando estuve frente a mi computadora me pulí en redactar la corta entrevista y logré hacer un artículo de 6 mil caracteres que leí y releí varias veces. Estaba orgulloso, pleno, feliz. Tenía la aspiración de que los directores del periódico leyeran el artículo y me mandaran felicitar con el editor, o que de perdido algún compañero me enviara un mail para felicitarme por mis cuidados y eficientes renglones... Pero no sucedió ni maíz; nadie recuerda esa entrevista; está olvidada, nunca pasó. A nadie transformó.

La semana pasada se nos complicó el cierre de la revista y los editores debieron cambiar la portada de último momento. Para rescatar la semana me pidieron que hiciera un artículo llegador, ligero, algo que llamara mucho la atención, que el lector pudiera comentar en domingo con su familia o amigos, que fuera una lectura de baño efectiva. Después de no darle tantas vueltas al asunto decidí hacer un Top Ten con los traseros más pachoncitos de Hollywood y en la portada escogimos a la hermosa modelo Gisele Bündchen.

¿Y qué pasó? Bueno, pasó lo que no había pasado antes: Ahora los colegas me felicitan por la elección de traseros que hice y por las fotos que conseguí, además en el elevador gente que no me había hablado jamás ahora me hace comentarios del artículo, algunos otros me regañan porque no puse a Beyoncé en el conteo o me dicen que Shakira no tiene las nalgas tan apetecibles. Lo más intrigante es que he recibido mails de lectoras enojadas porque la revista chafeó o se hizo semiporno, pero también hay mensajes de señoras emocionadas porque por fin sus esposos leyeron algo que no fuera deportes o finanzas gracias a mi nota.

Mientras esto sucede aquí estoy, a punto de celebrar cinco años escribiendo para una revista de espectáculos. Al principio tuve la inocente esperanza de dejar huella en los lectores gracias a mi prosa atinada y a mi correcto -según yo- uso del lenguaje. Pero ni madres, a lo mucho me recordarán porque algún día realicé la "hazaña" de escoger los 10 culos más sabrosos de la tele, el cine y la música.

Nada más por eso y seguramente ni por eso.

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