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domingo, 15 de febrero de 2009

Mentiras piadosas



No soy celosa. Nunca. Ni en mis vidas pasadas lo fui. Soy de esas super mujeres a las que nada les afecta, a las que no puedes lastimar. Y con mi muy pendejo estandarte, y mi estúpida idea de "conocer todo de él" le preguntaba - efectivamente - todo, quería fechas, nombres, lugares y temperatura ambiente. Por supuesto, le contaba también, a detalle, para que no quedara duda, digo, para qué hacerlo perder el tiempo descrifrando el mapa que otros ya habían dibujado por él, ¿cierto?. No era importante, porque él en sí no lo era.

Hasta que lo fue. Pero para ese momento, ya tenía mis almohadas llenas de fantasmas sentados de cazuelita cada que me miraba, cada que sonaba su teléfono, cada que me contaba cualquier anécdota anterior al día en que me besó por primera vez.

Obviamente, me empecé a volver loca. Todo me podía, buscaba pelea hasta en la manera en que cortaba los jitomates, se lavaba los dientes, o encendía los cigarros.

Entonces llegó el día de "la silla", cuando me platicó de la chingada silla que estaba pocamadre para coger, y de dónde la tenía, y de que teníamos que ir por ella para ponerla en su depa. Sentí que me ardía el cuerpo, que la vista se me nublaba y por dos segundos estuve segura de poder matarlo. Pero en lugar de eso le solté un año de reproches, le dije que era un imbécil, que no necesitaba saber tanto de él, que lo odiaba, y que por favor, si era tan amable, se tirara a un barranco, o ya de jodido se cayera en una coladera.

- No mames, tú preguntaste...

Malditas Perras.



Cuando funcionó la primera vez, acordamos hacerlo como una costumbre. Un agradable rito. Era una prueba infalible. Mi amigo Ian, lograba que cualquiera de mis novias fuera infiel. Descubrir la mentira era dulce -al principio-. El sistema era el siguiente: primero, Ian se encontraba con ellas mientras yo me inventaba un viaje de trabajo. Generalmente terminaba en casa de mis padres, y salía con mis primos a algún bar, mientras Ian me mandaba mensajes de cómo transcurría el encuentro y cómo le estaba yendo. Se las encontraba en el súper, en su trabajo, en algún café, algo que fuera común en su rutina o bien, alguna sugerencia mía que hubiera funcionado.

A Vania, por ejemplo, le sugerí que fuera a tomar un café y buscara mi revista en algún kiosko. Tania, en cambio, estaba trabajando como gerente de una tienda departamental en ese momento en particular. Rezeta, la brasileña, trabajaba como mesera en un cafecito del centro. Y Gabriela, bueno, Gabriela siempre tenía la odiosa costumbre de hacer el supermercado las noches de viernes. Una costumbre que jamás pude erradicar por el bien de salir a bailar, cenar algo, ir al cine o cualquier otra idiotez. Invariablemente, con cada una de ellas, Ian se presentaba elegante, alto y bronceado como era. Se le cayó el pañuelo señorita, ¿quiere que le ayude con esas cajas, señorita?, Debe estar ya cansada trabajando a estas horas, señorita. Era de esos hombres que habían encontrado las respuestas a los enigmas, y podían encerrarse durante varias horas en el baño para esculpirse así mismos y convertirse en una obra de arte. Generalmente le hacía burla, porque parecía de portada de novela rosa el cabrón y él sólo se reía.

-No hace daño arreglarse -y se reía, con su voz grave y varonil. Tenía los ojos de un lobo inocente, si es que eso existe. Dependiendo a la chica que se presentara, desarrollaba sus gestos y sus gustos. Aunque la presentación, era siempre la misma-. Hola, me llamo Ian -Sin duda, un hombre versatil y carismático, decían nuestras amigas en común, ¿por qué no puedes ser más cómo él? Preguntaban en burla. Yo solía encogerme de hombros con la pregunta. Finalmente, Ian y yo solíamos acostarnos con las mismas mujeres... las amiguitas incluidas. Acostarse con un hombre como Ian, es algo que toda mujer tiene en su lista de "cosas por hacer". Sin embargo, acostarse con un hombre como yo, es... algo que cualquier mujer haría con un poco de sentido común, necesidad y tiempo invertido.

Las cosas no podían ser siempre lo mismo.

Una fiesta de año nuevo, y todos sabemos la tombola que pueden ser esas fiestas, Ian y yo nos pusimos bastante borrachos. Él más que yo... tanto que no recuerda nada. Lo llevé a su casa, y llevándolo hombro con hombro, lo metí a su departamento y lo desvestí. Lo miré un rato en la cama, y no sé porque estúpida razón, me puse a pensar que tal vez, su potente herramienta viril, era la causa de que mis mujeres accedieran tan fácilmente a llevárselas a la cama. Claro. Todas mis mujeres tenían vista de rayos equis. Me senté en la silla, observándole por un buen rato, acostadito como un angel bronceado en la cama, y fueron tantos los pensamientos que no decidía que hacer, desde pensar que la tenía chiquita, hasta pensar que era una espada flamígera de justicia. El problema, es que Ián después de acostarse con alguna de mis mujeres, bueno, les descubríamos la verdad... que fue a propósito, y nos burlábamos de ellas. Ninguna me podía dar razón después del porque su infidelidad. Y mucho menos, de cuál era la diferencia primordial entre él y yo, hablando de medición fálica.

Me acerqué y le bajé los pantalones, los calzones y ... no les miento, perdón, no puedo mentirles, pero... les aseguro que vi el pene más hermoso que había visto en la vida. Y como se hace con todas las cosas hermosas... me acerqué, y lo besé.

-o-o-

Unos meses después del incidente, del cual Ian sabe nada, seguimos con nuestro acuerdo. Él se acuesta con mis mujeres para comprobar su fidelidad. Él me dice, inocente y tierno-. La que no te engañe, con esa te casas, ¿verdad manito? -Yo le sonrío un poco triste en respuesta y miro a un lado. Comprendí muchas cosas ese año nuevo, vaya que las comprendí. Cada vez que me manda los mensajes, cuando ya está logrando convencer a una de ellas, yo sólo puedo pensar y pensar, sin quitarme ese ruido espantoso de la cabeza...

-Malditas perras.

Celos inusuales



¿Celos inusuales? Ja, pinche tema. Al empezar la semana no imaginé que significaría tanto en estos momentos, al escribir mi relato. No indagaré en detalles, tengo novia, podría no tenerla dentro de veinticuatro horas, celos inusuales, ja, bidireccionales.

He dedicado alrededor de dos horas a este tema, he desarrollado tres relatos diferentes en mi cabeza. No tengo ganas de escribir ninguno. Momento difícil y relacionado con el tema. Pinche vida llena de ironías. Ya he dicho que si Dios existe ha de estar allá arriba señalándonos con el dedo y cagado de la risa. No lo culpo, haría lo mismo en su lugar.

La noche y la madrugada del día de hoy serán definitivas. Ya veremos que pasa.

Por ahora, no tengo ganas de escribir…

sábado, 14 de febrero de 2009

Feliz día del amor y la amistad



Siempre les he tenido un particular desprecio a los vagabundos. Voy por la calle manejando, llegando de trabajo cansado con la camisa desabrochada y remangada y los veo esperándome bajo una rampa en la sombra con algún letrero que indique alguna desgracia personal. Está tan gastado que me da coraje la creatividad y el esmero que le ponen al puto letrero, y me pregunto qué tantos días de sus vidas han desperdiciado teniendo dos brazos y dos piernas. Algunas veces pienso "He ahí un cabrón que tomó malas decisiones en su vida."

Yo me pongo a pensar que debe haber algún motivo por el cual hayan terminado así. Que hayan escogido su veneno, sea cual sea, y se hayan hundido en él.

Yo me imagino que alguna vez tuvieron un gran amor. ¿No todos lo tenemos alguna vez? Cualquier estúpido de la calle te puede contar horas de alguna tragedia de amor, y me da un chingo de risa saber que tan poco interesante son la mayoría de las historias. Tanto esmero que le meten a ahogar sus fantasmas en un bar -o en la calle. Tanto llanto y amargura les causa recordar el pasado. Solo para ver crecer sus miedos y que sus recuerdos se congelen en bloques que terminan cargando el resto de sus vidas.

Yo me imagino a algún vagabundo embruteciéndose y llegando a su casa, pero se empieza a tocar y no encuentra las llaves. Golpea la puerta fuertemente, su dignidad por los suelos y su control saliéndose del eje. "¿Cuántas veces le he dicho a esa pendeja que no me cierre con seguro?" pensaría el desgraciado, solo para que finalmente le abra su mujer, al lado de otro hombre. En un momento de lucidez me imagino que el borracho se da cuenta que su mujer lo dejó hace años y se volvió a casar.

¿Qué? ¿Pensaba que lo iban a esperar para siempre?


Mi vida me parece más comedia que tragedia. Si tuviera que morir ahorita de un balazo por la ventana, podría decir que he tomado riesgos y eso me da gusto.

Pero me han mandado a la verga muchas veces.

Mientras he ahogado mis "penas" en bares, lo único que cambia son mis arrugas y mi cambio de ropa. Pero las razones siguen siendo las mismas.

Inestable.
Destructivo.
Chantajista.
Manipulador.
Alcohólico.

He reido con mis amigos tras rondas en el ruido ensordecedor de la música las conversaciones de extraños, jurando no voltear atrás y vivir la vida que es nomás una.

Me he sentido como rey mientras trago y devoro lo que pasa por mi camino, y luego tiro los cadáveres de alguna vez grandes amores, a un lado de la carretera como basura.

He visto fotos en internet, de los buitres que han llegado a comer de mis sobras.

Aburridos, insípidos. Una copia de una copia de una copia, desabridos. Comunes. Unos animales regidos por reglas.



Ordenados. Trabajadores, profesionales. Correctos. Responsables.

Leales.

Estables.


Mejores que yo.


Siempre les he tenido un particular desprecio a los vagabundos porque han desperdiciado sus vidas. Han tirado grandes amores a la basura, han optado por ingerir veneno, han sido reemplazados por mejores hombres y se han quedado solos.

Por una canción de Daniela Romo


Sonaba en la radio "Celos", de Daniela Romo. “Celos de tu boca cuando besas a otra chica tengo celos… celos…”. Mis amigos de la secu y yo le cambiábamos la letra por: “Pedos en tu cola cuando tienes mucha caca tienes pedos… ¡pedos!”, y gritábamos esto último.

A principios de septiembre, la maestra Dina (así se llamaba a pesar de su bondad y belleza) nos pidió de favor a Toño a Caco a Buda y a mí que sacrificáramos la hora del recreo para quedarnos a decorar el salón con motivos propios del día de la independencia. La cuestión era que ella tendría una junta en dirección que se alargaría hasta la hora de salida, por lo que le sería imposible hacerlo.
Todos aceptamos sin remilgar.

A cambio del favor, la maestra Dina prometió darnos cinco décimas sobre la calificación que sacáramos en el examen mensual y un punto si nos quedábamos después de la salida a pulir detalles y dejar todo listo para el lunes, día de la asamblea.
Yo habría aceptado incluso sin ambas ofertas.

Sonó la campana y los alumnos de la institución salieron al receso. Entre mis compas y yo pegamos rostros de Hidalgo y Morelos, escudos nacionales y banderas desteñidas en la pared del recinto educativo. También recortamos tiritas de papel de colores que entrelazábamos a manera de eslabón, formando cadenas. Nos veíamos divinas las cuatro haciendo manualidades, snif.

En uno de los pocos silencios que hubo, el Buda preguntó si habíamos visto la película de “Cuenta Conmigo”. Todos respondimos que sí, que a huevo, que estaba chingona. Recordamos la escena donde los protagonistas se ponían a cantar sobre las vías del tren; entonces, hicimos lo mismo.

Cantamos “Huevos con aceite”, de Twisted Sister, “Te conocí en un congal”, de las Flans y, obviamente, “Celos”, de la Romo.

“Pedos en tu cola cuando tienes mucha caca tienes pedos... ¡pedos!...”

En eso, el Buda subió el tono de voz y levantó la mano en señal de que nos calláramos y escucháramos la mamada que se le acababa de ocurrir:

“Mecos en su boca cuando me besa la pinga le echo mecos… ¡mecos!… Me cojo a la profe Diiina, si se la enseño se empiiina, le echo mecos ¡le echo mecos!”

Ja ja ja ja ja. Todos nos cagamos de la risa… menos la maestra Dina, que estaba bajo el marco de la puerta del salón. Había olvidado su bolso en el respaldo de la silla.

-¿Qué fue éso, Rafael? –preguntó sorprendida, dirigiéndose a Buda, quien sólo agachó la cabeza, coloradísimo.

-¿Me permiten tantito?, tengo que hablar con su compañero –dijo haciendo un ademán que indicaba que abandonáramos el lugar.

Salimos y la maestra Dina cerró la puerta con seguro. El Caco y Toño no aguantaron y echaron a reír en el pasillo. Lo primero que hicieron fue correr a contarles a todos lo que había sucedido.
Todo el segundo grado imaginaba la pedorriza que le estaban poniendo al Buda. “Mínimo lo van a expulsar”, dijo Toño.

Yo me limité a mirar la puerta del salón de clases. Unos celos absurdos e incontenibles se apoderaron de mí al imaginar a Buda y a mi maestra preferida cogiendo.

“Ay, Buda, me encantó la canción que me compusiste de los mecos… ven, chiquito, hazla realidad”, y se sacaba las chichis y se las daba a probar a Buda en mi mente.

Desde ese día, siempre le tuve celos al Buda.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Estos celos me hacen daño me enloquecen!!!!



Celos, celos, celos, celos…

Siempre he dicho y he navegado con bandera de “no-celosa”, siempre, cuando me preguntan ¿y tú eres celosa? Sin hesitar un segundo respondo con un rotundo y contundente NO, siempre alegando mi madurez emocional y resguardándome bajo el típico “los celos no son otra cosa que inseguridad y falta de autoestima” (esto lo digo con una cara de seriedad y convencimiento tal que hasta un Oscar habrían de darme, carajo).

Pero, oh sí, hay un pero: claro que soy celosa, claro que me pongo color berenjena y se me retuercen las tripas de tan sólo pensar que mi peor es nada podría andar de pedo y a la vez de coscolino en alguna cantina de por ahí sin mi presencia; sabiendo que hay un montón de cuerpos ardientes y curvilineos a los alrededores que no dudarían un jodido segundo en tirarle el calzón mientras el canta alguna canción de José José y piensan que romántico y apasionado es, para luego elucubrar el acto sexual y pasar a consumarlo en cuanto él se despiste. Pinches viejas zorras por eso nadie se casa con ustedes.

(Claro, si mi peor es nada me llegara a fallar, la culpa sería de alguna zorra, y es que seguro, cuando lo encuentre él será un pan de Dios, sería incapaz de hacerlo por sí mismo, la culpa sería del alcohol y la zorra parada (remitirse a la canción de Amandititita por favor))

Pero bueno, hablando de celos inusuales, bah nunca los he tenido, nunca en mis 23 años, he espiado a algún novio, salvo esa vez que abrí un correo electrónico alterno y lo agregue y platique con él y le coquetee para ver que tan zorro era (maldito dijiste que eras soltero).

O aquella vez maldito desgraciado que me dijiste que te ibas a ir a cenar con tu mamá al VIPS y yo casualmente iba pasando por ahí (obvio) y vi que estabas con los orangutanes de tus amigos y esa tipilla que estaba loca por ti, oh infeliz me mentiste y engañaste, y del coraje con la navaja (que también casualmente traía conmigo) ponche las llantas de tu carro.

Pero no, actos así absurdos absurdos, nunca, oh no, digo, no creo que cuente como celo inusual la ocasión que te deje en el extranjero sin boleto de regreso porque descubrí tu asquerosa infidelidad, no me inundó la locura al imaginarte tocando y besando a otra mujer, a ESA mujer, a MI amiga.

No, la verdad no creo ser celosa, siempre que estoy con alguien, le entrego mi total y rotunda confianza, nunca dudo de su palabra y su amor incondicional. Siempre que sale de noche duermo tranquila sabiendo que mientras el canta a José José estará pensando en mí y en lo mucho que disfrutara cuando regrese a casa y le dé ESE saludo de bienvenida que tanto le gusta.

Pero neta eh, celosa ¿yo?, No, para nada.

El poder de una sonrisa.



Aunque nunca me lo dijo, sé que le costo un par de años convencerse que yo no sentía celos. Y vaya que intentó provocármelos; supongo que era algún deber genético, algo que tenia que probarse a si misma, pero pasado algún tiempo se dio por vencida y fuimos felices.

Era felicidad muy extraña, sobre todo para los demás, que jamás entendieron nuestra relación ni como era posible que durásemos tanto tiempo. Sólo había que vernos juntos; ella, un mujerón impresionante en todos los aspectos; yo, un nerd insignificante en casi todos los aspectos.

Después de un tiempo de salir juntos yo podía adivinar, por su actitud, con cual de los tres juguetes usuales tenia algo en ese momento. Era fácil: cuando después de unos días la veía bronceada y estrenando vestuario, era porque se había conseguido alguno de aquellos viejos gordos que la llevaban de fin de semana a Las Vegas y le compraban lo que se le antojaba. Cuando hablaba sobre lugares de moda y de cómo todo México había estado en la fiesta de la Cuquis Echeverri, era porque andaba presumiendo a algún modelito metrosexual con abdomen duro como piedra. Y algunas veces, cuando a leguas se le notaba lo satisfecha y visitaba al ginecólogo dos veces por mes, era porque le tocaba el turno a alguno de aquellos sementales que le ponían unas cogidas de antología.

A mí todo aquello me tenía sin cuidado, en verdad. Incluso me convenía; con los primeros, yo no tenía que gastar un peso en ella. Los segundos me evitaban el hacer papelones en sociedad y los terceros benditos ellos me libraban de intentar una empresa imposible para mí en la cama; estaba tan hastiada de ser empalada que mi chingaderita y mis cinco minutos eran suficientes. ¿Cómo podía quejarme de aquello?

Claro que no era tan simple; ella no era la golfa interesada que estoy dibujando, no. Era inteligente, inteligentísima y sensible. Estoy seguro que incluso, durante un par de meses, llegó a enamorarse de alguno de los juguetes en turno, o por lo menos eso creía ella. Tratándose de amor, las personas suelen confundirse muy fácilmente: al tener buen sexo creén estar enamoradas y por estar enamoradas creén tener buen sexo.

Por mí, sus tetas, su culo, sus piernas y hasta su corazón podían ser declarados patrimonio de la Humanidad o bienes de la canasta básica; sólo a un pazguato le interesarían esas cosas. Por eso éramos felices, porque yo le daba algo que ninguno de aquellos imbeciles podía darle. Creí que era obvio para todos, pero no era así, por lo menos no hasta aquel día que la encontré, de entre todos los lugares, en un Sanborns tomando café.

En cuanto la vi sentada, sin maquillaje, con un pantalón de mezclilla y con el cabello recogido, sentí un hueco en el pecho. Luego lo vi a él, un tipo común y corriente, insignificante, justo como yo. Pero cuando la vi reírse, reírse como se reía conmigo y, sobre todo, cuando lo miró como me miraba a mí, fue cuando mi corazón bombeó como nunca lo había hecho y un velo rojo cubrió mis ojos.

Porque era la forma en que lo miraba, con la mirada que me pertenecía. Era la misma forma en que sus ojos brillaban cuando yo le hablaba de arte, de cine, de política, de poesía, de ciencia, de todo. Esa luz en su rostro que sólo yo creaba al hacerla reír, el resplandor que le provocaba al hacerla mía, cuando explotaba en un orgasmo mental. Él le estaba dando lo único que yo podía darle y que era la razón de que ella me perteneciera. No pude soportarlo.

Aún con la mirada roja y la furia desbordándome, camine lentamente hacia ella; en cuanto me vio parado a su lado, los dos los supimos: por fin lo había logrado. Su rostro lo dijo todo. El mío no dijo nada, simplemente tome un cuchillo de la mesa, la sujete del cabello y de un golpe lo hundí en su ojo izquierdo. Luego, con un solo movimiento, gire la mano hacia arriba.

Me dieron cuarenta años y a ella terapia intensiva. Increíblemente sobrevivió por un tiempo; con mi ataque solo logre lobotomizarla. Dicen que durante el poco tiempo que vivió, fue otra completamente. Me pareció justo; acabe con lo que era mío: su mente. Todo lo demás, como siempre dije, me tenía sin cuidado.


martes, 10 de febrero de 2009

Celopatías, Fosas de Concreto y Suicidas Nostálgicos



Tengo la fortuna de haber escuchado historias bizarras y motivos absurdos de celos como para inspirar este post. He oído los razonamientos más peregrinos o peligrosos que pueden inspirar la idea de una persona amada cogiendo con otra. Y mientras no los padezca yo, debo reconocer que son divertidos y patéticos.

Tuve amigos que reprochaban e incomodaban a sus mujeres preguntándoles por los hombres que tuvieron. Querían detalles, deseaban saber si había falos enormes, humedad, eyaculaciones indecentes, besos apasionados, juramentos de amor, y si ella lo había disfrutado más y si cuando cogían pensaba en eso o recordaba alguna ocasión pasada para facilitarse el orgasmo.

Amigos y conocidos que lloraban – e incluso yo, cuando sufría de celos horripilantes – por haber llegado tarde, por no haber sido el primer amor de la mujer que ahora amaban, hombres y hombrecitos que sufrían e hipaban de borrachos mientras contemplaban un envase de cerveza a medio vaciar y decían: esos hijos de puta estuvieron con ella primero que yo.


A unos les dolía ser hermano de leche de tipos que despreciaban, y a otros, como a mi por ejemplo, les calaba profundamente pensar que hubo hombres dentro de la mujer que amaban, que no la merecían, que no la deseaban como ellos, que no pensaban que era la última mujer del mundo, porque de haberla amado tanto, jamás la hubieran perdido, jamás la hubieran dejado ir.


Puedo afirmar categóricamente que los celos son la forma más ridícula y peligrosa de concentrar toda la desgracia del mundo en cualquier de nosotros. Al padecerlos, somos infinitamente desgraciados, y agonizamos para fortalecernos y seguir rumiando, como una serpiente que se devora a sí misma. No terminamos de desmoronarnos, y entonces construimos un pequeño escenario, y recreamos ahí obras de teatro en donde jamás actuamos: apenas espiamos tras bambalinas, o en los fondos penumbrosos de los estrados.


Recuerdo que hace ocho años acudí al escenario de un homicidio en alguna colonia decimonónica de Tijuana. Llegué junto con la policía judicial pero en el lugar ya había un par de reporteros, los de siempre, deambulando café en mano. Los primeros policías en llegar procuraron acordonar el área, y tras ella, enseguida estaba el cuerpo de una mujer tirado en bruces entre bolsas del mandado. Bajo de todo se distinguía apenas la sangre, opacada por el lodo y la oscuridad nocturna. Le habían disparado cuando se acercaba al portón de su casa, apenas sobre la orilla de la calle. La colonia ni siquiera tenía alumbrado público e imaginé que lo último que vio fueron los destellos de la pistola antes de caer entre huevos, pan de barra y latas de atún y salsa de tomate.


Sucedió que el asesino llegó a la casa de la mujer, que no era otra cosa que un cuarto amplio construido con madera usada que incluía la cocina, la recamara y el baño, y se halló al nuevo amante, a otro hombre, un tipo cinco o seis años más joven que la mujer, y sin mediar demasiado le soltó ahí mismo tres tiros en el tórax que lo mataron en pocos minutos; es muy probable entonces que no tuviera intención de matar a la mujer, por que quizá al huir se la encontró afuera, y mientras imaginé el coraje inmenso que debió exacerbarlo, pude imaginarlo también disparando hasta matarla.


Recuerdo haber reconstruido todo lo anterior de una manera tan sencilla que me invadió una apatía inconmovible y decidí caminar alrededor de la cuadra sin motivo aparente, pero con deseos de burlarme de toda la situación y de maldecir un poco contra la ciudad. Cuando llegué a la esquina me hallé que la cuadra era aun más larga de ese lado, así que a la mitad decidí acortar camino por un callejón incipiente, con tapias a medio construir por ambos lados, en lo que parecía la construcción de un vecindario irregular.


En ese momento pensé en mi padre cuando construyó una casa horrorosa que tenia la particularidad de haber sido cimentada sobre una fosa de concreto. La idea de mi padre fue la de tener un piso subterráneo amplio y fresco para crecer y almacenar hongos japoneses; en vez de eso, el lugar se llenó paulatinamente de agua y se convirtió en un estanque que propició mosquitos hasta volver casi inhabitable el lugar. La apatía de mi padre rayó en lo cómico cuando de forma inexplicable un pequeño perro fue a dar al sótano donde tuvo toda una noche para morir ahogado sin que nadie pudiera hacer nada por sacarlo de ahí. Recuerdo que mi padre nos decía para tranquilizarnos que era imposible hacer algo por el perro, que nadie lo metió a morir ahí como estúpido, y que nos olvidáramos de él y de los mosquitos y nos durmiéramos. Probablemente la remembranza tomó sentido mientras caminaba entre el olor dulzón a humedad, cemento fresco y ladrillos, y me acordé de los chillidos intermitentes del animal fundiéndose en una sola nota, como un largo pitido que molesta a nadie.


Cuando me metí entre la obra gris no tardé en hallar al cuerpo del asesino, echado de costado aun con la pistola entre los dedos de la mano derecha y la lengua completamente afuera; uno de sus ojos estaba casi desorbitado y el otro hundido bajo el párpado entreabierto. Por lógica, el hombre había huido hasta llegar ahí donde se dio un tiro en el rostro, en uno de los pómulos, un lugar poco común para darte un tiro.


Avisé por radio de mi hallazgo y esperé la llegada de los muerteros del servicio forense. Mientras llegaban, hallé en la cara del hombre un rictus fortuito de remembranza, como si hubiese muerto en plenos recuerdos, o en el resultado final de un algoritmo íntimo, satisfecho de apagar todas las dudas. Cuando terminaron de recoger el cadáver, me invadió una envidia tan intensa que al evocarla me sonrojo.

lunes, 9 de febrero de 2009

Dulce coctel



Sus constantes infidelidades me llevaron a ese punto. Ya habían sido 3 años de terapias, llantos, recriminaciones, amenazas y perdones. Cada intento por confiar en él terminaba ante un mensaje de texto a media noche, una mirada lujuriosa para otra o una atención de más. Era mi último recurso, compréndame.

Las primeras noticias que tuve de la vasopresina acontecieron en el comedor del laboratorio. Y yo, a pesar de ser bióloga y buscar químicos agrícolas, comencé a investigar sobre hormonas animales, su secreción y absorción. Ya había tímidos avances en la investigación de esta hormona y sus usos en humanos, pero por razones “eticas” los investigadores no sabían más. Unos infieles todos, si se me permite asegurar. Sus razones “éticas” son, mejor dicho, egoístas.

Esa noche, sabía de dónde él iba a estar y con quien. No, no es necesario ponerles un detective privado. Los hombres son todos unos idiotas y creen que pueden ocultarnos sus aventuritas. Este idiota en específico se cree el dueño del mundo después de coger. Nadie lo baja de su nube y su altanería. También están las palabras nuevas que comienzan a usar. Y como olvidar los innumerables “si ya te había contado”.

Como siempre, esa noche llegó apestando a vagina, el muy descarado. ¿Demasiado fresa para bañarte en esos hoteles de paso donde llevas a tus putitas?. Pero había tomado mis precauciones: El agua estaba helada y no tenía más que bañarse a esas horas indecentes de llegar. Por supuesto, se resfrió.

Y junto con la penicilina le suministré un virus, que lo hizo mas receptivo a esta maravillosa hormona. Por supuesto, proporcionársela no iba a ser tan sencillo, por lo que comencé con la secreción natural: largas y constantes sesiones de sexo fueron la solución. Para asegurar mis ausencias, ponía camisetas con mi olor en su ropa y coche.

Los rápidos resultados me animaron. Llamadas constantes y atenciones que nunca antes había tenido para mí me sorprendieron. Me decía lo feliz que era a mi lado y teníamos sexo de manera mas tierna, pero a la vez, intensa. También comenzaron sus celos. Nunca antes había sido celoso -o de menos demostrado- por lo que me sentía muy halagada.

Él pensaba que en cualquier momento lo podía abandonar -atormentado por su pasado infiel- y decidió entrar al gimnasio. Mi gran oportunidad llegó cuando comenzó a inyectarse hormonas. Por supuesto, mi dotación de vasopresina iba en tan infatuoso cocktel.

Esa noche lo hicimos durante 5 horas, acompañados de palabras de lujuria y amor. De declaraciones y juramentos eternos. A la mañana siguiente, insistió en llevarme a mi trabajo. Me llevó el almuerzo y me recogió al salir. Y esa se convirtió en su rutina. Yo estaba tan feliz que no me dí cuenta que duplicó las calorías de mi dieta, polarizó los vidrios de mi coche y decoloró mis minifaldas y escotes. Ahora sé que también infectó mis cosméticos, lo que me hizo andar con la cara lavada por más de un mes.

Por supuesto, era extremadamente fiel. Pero la factura estaba apunto de llegar.

El modernísimo celular que me regaló traía configurado el Google Latitude, así que ante cualquier desvío de mi ruta, recibía una llamada amenazadora. Y por supuesto, le hacía un reenvío automático del log de mis llamadas y mensajes. Así como emails, ligas de navegación, búsquedas y cualquier traza de mi historial en internet. Yo no sabía nada de eso, la informática y los hackers son muy lejanos para mí.

En ese momento investigaba con un colega la reproducción de algunas bacterias en el maíz. Sin embargo, él dedujo que la reproducción era con mi colega y sin siquiera pedirme una explicación, lo mató.

Sé que lo que hice está fuera de todo marco legal que muy probablemente se me acuse también de asesinato... Sin embargo Señora Juez, ¿No habría tomado usted la oportunidad?
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