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domingo, 8 de marzo de 2009

Así las olvidamos. Inevitablemente.


- Estamos hasta el huevo, carnal - me dijiste extrañado, pretendiendo que todo fuera causa de una intoxicación de fresas al oporto únicamente -

Pero entonces sonaba una gran mezcla de Justice, y preferí no contestarte. Me sobraban neuronas suficientes como para una sola decisión: una cuba más, o noquearte y confiscarte esa prodigiosa caspa diabólica para echarla por el escusado y salvarnos a ambos de un paro cardiaco. Preferí la cuba.

Sentía pocas cosas, entre ellas escalofríos, y tener la mirada ausente, como sí tuviera el coeficiente intelectual de un Cocker Spaniel. Bailábamos con torpeza, y con exaltación, mezclados. Lo más inverosímli es que intentábamos ligar así, maltrechos de espíritu y de rock, vejados por olvidar al par de malandras revoltosas que nos sumieron en éste Guadalupe Reyes a mitad de año. Y es que para uno, siempre tiene que tomar un tono disidente el olvido, de pisoteo de restricciones personales, de reencuentro con tu malandro interior.

Salimos con un par de güeras sensiblemente sabrosas, pero de cualquier manera yo no confiaba mucho en mi vista, y sospechaba que eran un par de acapulqueñas morenísimas, oxigenadas y cadenciosas. No sé qué les dijimos, ni que nos dijeron ellas a nosotros, pero sólo recuerdo acomodar el retrovisor, y que me hicieras una seña como de "ya chingamos", que observé con recelo y admiración.

Caímos a un congal de peor reputación y mejor horario. Tú parecías haber despertado de nuevo, y yo entraba en una embriaguez de doble sentido. Y así, campantes, de ojos desinflados, intentábamos asumir a las aborígenes reconquistadas, como bellezas exóticas.

La clave aquí era perder más neuronas al mando, o caer bajo el ventajoso poder telepático de tu ex, recordándote lo sucio, libidinoso y urgido que pareces pagándole la cuenta a las de apariencia Daddy Yankera. Pero ya te vale madre, en una selección azarosa entre una y otra, terminas con la más simpática, y cancelas cualquier rastro de estribos, para acomodarle unos acercamientos corpóreos de corte clásico a las costeñas, y ...

Suena el teléfono, desesperadamente. Repica hasta que por fin contestas.

- Creí que te había pasado algo - te dice ella, en voz dulce, y asustada-
- No, no estaba dormido mi amor - le contestas con un rugido seco y aguardientoso -

Ves al techo y haces un recuento. Te pellizcas una mano, y mueves uno que otro miembro. Aún con las lagañas acaparando tu campo visual, ves hacia la ventana para comprobar que ya son más de las 3 PM. Regresas a la seguridad preciosa y acogedora de tu vieja, que además se fascina de escucharte ronco y adormilado. Confirmas un sueño malparido, al fin, y te regocijas de que todo fuera completamente un olvido, que puedes olvidar.

Olvido.



Lo he olvidado, dice el tema. Honestamente, en cuanto vi el título, no se me ocurrió mini-ficción alguna. El olvido, es una herramienta esencial para continuar cuerdos después de aquellos eventos dolorosos que hacen de pilares en nuestro caracter. No se puede menospreciar el olvido y su efecto poderoso en los trucos que nos inventamos para engañarnos a nosotros mismos. El olvido también sirve para las cositas más banales: Olvido el libro que leí, olvido la película que miré, olvido las canciones que escuché.

El olvido, permite la acumulación en la fuerza de los recuerdos... como los olores que de repente captan nuestra atención, y nos transportan a la niñez, a un momento que después se agranda como una novela y una pequeña sensación de nirvana se apodera de nosotros. El olvido, nos degenera a una condición inevitable de humanos débiles que no tienen la fuerza para tener en perspectiva todos sus recuerdos. Por otra parte, el recuerdo nos regenera y nos transforma en pequeños dioses, que repentinamente tienen una visión de todo lo que es su vida hasta el momento. El recuerdo entre más potente, más nos hace creer en una omnisciencia y un comprendimiento casi místico.

Así me gusta: Olvidar tonterías. Olvidar pequeños olores, rostros olvidables, escenarios comunes y vanos, cigarrillos consumidos. Son las pequeñas cosas las supuestas productoras de grandes desastres... olvidarlas, y recordarlas, simplemente confirma nuestra situación humana.

sábado, 7 de marzo de 2009

Olvidarte...



viernes, 6 de marzo de 2009

Misión kamikaze


No entiendo esa obsesión de las personas por olvidar tan rápido como puedan, como si tuvieran una granada en las manos y estuvieran encerradas en un refrigerador sellado con cemento.

A la mayoría, en cuanto terminan una relación (significativa, obviamente) les urge con U de Úrgememil olvidar a la otra persona, y se vuelve un asunto no sólo personalísimo per se, sino una misión, una especie de cruzada sentimental en donde no vuelvas sin la cabeza del recuerdo clavada en una estaca.

Tontos.

Invertir tanto tiempo olvidando es contraproducente, porque se vuelve el propósito primordial en lugar de ser la consecuencia lógica del paso del tiempo. Muchas veces, como amiga no ayudas, porque el consejo inmediato cuando ves a la otra pendeja llorar como si los pantalones de mezclilla blancos se hubieran vuelto a poner de moda, es decirle: "Ya olvídalo, no vale la pena" ¿Olvídalo? Güey no manches, ¡no se me había ocurrido! Wow, que idea tan revolucionaria, en realidad, estoy aquí como la gris caricatura de mi sombra sacando el alma a través de mis lacrimales nada más porque no se me había ocurrido eso, gracias, gracias por guiarme hacia la luz.

Piensas tanto en que sacarlo de tu cabeza que comienzas a recordar lo bueno, y ahí sí alguien por favor tráigame una caja de kleenex que voy a hacer una cuerda de papel para colgarme del foco del baño. Te enfocas más en olvidarlo que en su momento recordar que le molestaba que dejaras tu ropa interior lavada en la llave de la regadera. Puedes odiarlo, superarlo, extrañarlo, hasta llegar a la sana indiferencia, pero no existe tal cosa como una goma para reducir a basuritas de borrado su recuerdo. Al final, estamos llenos de ellos, para bien, para mal, y sobre todo para futuras referencias de lo que quieres y de lo que definitivamente no. Olvidar no es más que una fantasía adolescente.

No pensar en eso todos los días llega solo, vas pasándola, y de repente una noche a punto de dormir te das cuenta de que nada te lo recordó, no hubo un solo motivo de flagelación emocional. Se siente chistoso, como quitarte una piedrita del zapato con la que ya te habías acostumbrado a caminar. Supongo que eso aplica para todos los recuerdos, todas las personas que por alguna razón importan y que por otra (seguramente tristísima) dejaron de hacerlo.

Anécdota escolar



En las aulas de las escuelas los alumnos siempre hacen las mismas simplezas para combatir el aburrimiento cuando el maestro está ausente. Una de ellas es:



Aventar el borrador.



En un momento de gallardía y rebeldía extrema, un alumno cualquiera se levanta de su pupitre, toma el borrador del pizarrón, regresa a su pupitre, piensa en Rocky Balboa, y haciendo un esfuerzo sobrehumano con su escuálido brazo, lanza el borrador contra el pizarrón provocando un ruido estruendoso.



Se escuchan risas.



Uno a uno sus compañeros cometen la misma estupidez, se ríen como unos locos, se asoman por la puerta y por las ventanas para asegurarse de que el maestro no viene en camino, y si viene en camino alguien grita “¡Ahí viene!”, y todos se sientan y se ponen serios y hacen como que escriben o como que leen.



Pero siempre hay un frijol en el arroz.



Nunca olvidaré aquél día en que todos corrimos a sentarnos y ponernos serios y hacer como que escribíamos o como que leíamos -por obvias razones- excepto él. Un chico, el chico, el muchacho sentado al fondo del aula, lanza el borrador con todas sus fuerzas contra el pizarrón cuando el director entra por la puerta.



Estupefacción absoluta.



Nadie comprende qué sucedió, en qué momento la señal no fue clara, o por qué el chico actuó de una manera tan insensata. El director, inmutable y frío como un muerto, reuniendo toda la seriedad del universo, se postra en frente de nosotros y dirigiéndose hacia el autor de dicha desfachatez, pregunta:



¿Por qué lo aventaste?



Y entonces viene ese momento hermoso que guardo en mi memoria con ímpetu y adoración: el chico, gordito y pecoso, nervioso hasta la médula y rojo como un tomate, hace una negativa con la cabeza y dice la excusa más idiota e inverosímil jamás expresada por un individuo en toda la historia de la humanidad:




Se me cayó.




Nadie puede creerlo. El silencio es atroz. El director no sabe qué hacer. El mundo, el pasado, y el futuro desaparecen. Sólo existe ese momento, ahí. Después de una pequeña eternidad el director repite la pregunta y recibe a cambio la misma respuesta: el chico no aventó el borrador, se le cayó, y no hay nada más qué decir. Portaba el borrador en su mano derecha y sin querer lo soltó, pero el objeto en vez de caer directamente al suelo, viajó a una velocidad de 80 km/h para luego estrellarse contra el pizarrón.



Punto.



Al parecer él mismo estaba convencido, o trataba de convencerse a sí mismo, de que nunca aventó el borrador, sino que éste se le cayó en un descuido. Supongo que en su mundo así fue. Y está bien.

El director se fue y las clases continuaron su curso normal. El chico del borrador se convirtió en un ícono estudiantil durante una semana para luego volver a ser el alumno gris que era. ¿Su nombre? Lo he olvidado. Quizá nunca lo supe. Pero siempre guardaré en mi memoria ese momento y lo recordaré toda la vida como el chico… el chico.

El chico del borrador.

jueves, 5 de marzo de 2009

Bendito Olvido



Hoy que me levanté tenía una idea muy buena para escribir sobre el olvido. Imaginé a los habitantes de un pueblo pitero al que, por los efluvios malignos del pantano donde viven, se les empieza a olvidar todo. Como epidemia de alzheimer afectando a jóvenes y seniles por igual. Los más despiertos se dan cuenta de que están olvidando hasta como realizar las tareas más elementales para sobrevivir y empiezan a anotar en post-its instrucciones para encontrar el baño y no cagarse en los calzones.

Mientras reflexionaba cómo resolver que el olvido progresivo eventualmente haría que los mentados post-its fueran inútiles pues nadie se iba a acordar de cómo leerlos, mi primer lectora me informó:

"Eso ya lo escribió García Marquez en 100 años de soledad."

Borré las líneas que llevaba. Miré al cielo raso del departamento y hallé otra idea. Comencé a escribirla.

Se trataba de una calamidad (¿una bacteria extraterrestre todopoderosa?) que se comería el papel de todos los libros. Terminando con eso seguiría con los semiconductores de todas las computadoras. El resultado sería que la gente ya no tendría qué leer ni donde aprender. Los únicos que se opondrían a la creciente imbecilidad de la humanidad serían aquellos lectores que conocieran las obras destruidas de memoria. Se organizarían reuniones para divulgar por narración oral las obras. Al cabo de 10 generaciones, el efecto telefono descompuesto, transformaría el acervo de la humanidad en puro balbuceo sin sentido.

"Eso que escribes se parece a una mala mezcla de Farenheit 451 de Bradbury y de Apuntes en una bañera de Lem." anunció mi primer lectora.

Apreté el backspace hasta que volví a ver la página en blanco. Miré a lontananza. Tuve otra idea.

Consistía en volver ciegos a todos los habitantes de una ciudad excepto a una que sería la que les leería las cartas de sus seres queridos y sus libros más caros. El día que esta se muriera la gente empezaría a olvidar...

"Saramago" dijo mi primer lectora.

Vuelta a apretar el backspace. Otra idea.

Humanidad en el futuro. En un esfuerzo para obtener la inmortalidad consiguen introducir en una memoria todas las experiencias de un ser humano. Su personalidad completa. ¿Cuántos bytes se necesitan para guardar a un ser humano? ¿Gigas? no. ¿Teras? Aún corto. ¿Petas? Quizá...

"3001:La odisea final de Clarke" notificó mi primer lectora.

En este punto de mis esfuerzos miré a mi primer lectora y tomé una decisión para mejorar mi producción literaria. Dejé la laptop a un lado y puse mis manos en su cuello.

Ahora le doy a leer mis textos a grupos de la tercera edad que ya no se acuerdan de nada. Siempre me alaban diciendo que es lo más novedoso que jamás hayan leído.


miércoles, 4 de marzo de 2009

Paraíso perdido




Capitulo 1


   
      Jan Nórvak abrió los ojos y vio los rayos del sol que atravesaban la ventana; las persianas automáticas se habían levantado. Cerró de nuevo los ojos y rápidamente hizo un breve resumen mental de sus más antiguos recuerdos. Al parecer todo estaba en orden. Se levanto y se dio una ducha. Mientras los chorros de agua tibia sacudían su cuerpo, pensaba en los pendientes de ese día. Nada fuera de lo normal, la rutina diaria no parecía sufrir ningún cambio. Dejó que la corriente de aire caliente secara su cuerpo, que después de cinco décadas aun conservada un buen tono, claro que sus músculos ya no eran los mismos de su época en la universidad, pero se dijo a si mismo que había amigos suyos con los que el tiempo no había sido tan amable.

      Se vistió rápidamente y salio del bloque de apartamentos. Tomó una de las aceras móviles que se dirigían hacia la zona de comedores más cercana y se bajó en una intersección que lo llevo directamente a un pequeño establecimiento en el que desayunaba regularmente. Encontró un lugar vacío y tecleo su orden en el panel de la mesa, su orden apareció al cabo de unos segundos. Mientras masticaba lentamente, pensó en Sara. De ella sólo conservaba un pequeño retrato en uno de sus cajones; en el se veía a una mujer delgada, alta, con cabello castaño y facciones delicadas. Él no la recordaba así, la imagen que tenía de ella era la de una mujer triste, apagada y de hombros caídos que se alejaba por un pasillo que se dirigía a un transbordador hacia Fobos.

      El desayuno le supo mal y lo dejo sin terminar. Salio del establecimiento y tomó una de las aceras centrales que viajaban a mayor velocidad. Se apeo de nuevo en el bloque de oficinas al que estaba asignado. Entró a su cubículo y se sentó cansadamente en su silla. Últimamente se sentía más agotado, pero sabia que no era un malestar físico. La sensación de pérdida, de vacío, se acrecentaba más día con día. Molesto, trató de apartarla de su mente con pobres resultados. El pequeño ordenador que ocupaba la parte central de su escritorio le indicó que tenía un mensaje urgente. Curioso, presionó un botón.

      El rostro regordete de Tobías Hófer apareció en la pantalla.

      Jan no recordaba cuándo conoció a Tobías, pero sabía que de eso hacía muchos años (el solo hecho de no recordarlo obviaba tal cosa), y también sabía que era su mejor amigo. Tobías era extraño, aun para la época, con el cabello ensortijado recogido en una coleta detrás de su cabeza, los ojos pequeños pero llenos de vivacidad y sobre todo, una inteligencia fuera de lo normal. Tobías siempre estaba enfrascado en varios, diversos y extraños proyectos.

      —Hola Jan, no te encontré en tu apartamento, seguramente vienes en camino y no quise llamarte por hiperonda, así que en cuanto veas este mensaje, comunícate conmigo —dijo la mofletuda cara de Tobías. —Tengo algo urgente que quizás te interese, tiene que ver con el ARNEs.

      Al oír esto, Jan se sobresalto. Sabía que Tobías estaba metido en cosas un tanto complicadas y no siempre demasiado ortodoxas, pero meterse con el ARNEs era algo completamente diferente. ARNEs no era más que la abreviatura para Administrador de Recursos Neuronales, el artilugio que había venido a revolucionar el mundo. Fue en la segunda mitad del siglo XXI que la ciencia logró por fin desarrollar la nanotecnología que permitiría intervenir directamente las sinapsis neuronales. Al principio se intentaba curar algunas enfermedades que involucraban el deterioro de dichas conexiones, pero pronto fue obvio que el proceso podría ampliarse a más campos. Fue así como se desarrollo el ARNEs, que no eran más que una serie de microcircuitos que se implantaban en la raíz misma del hipotálamo, ayudando, procesando y sobre todo, administrando el flujo de información que recibía y manejaba el cerebro.

      El uso más importante que se descubrió para tal administración fue uno que sorprendió a todos. El cerebro procesa información en diferentes áreas, algunas más especializadas que otras, lo que el ARNEs logro, fue ordenar y sobre todo, economizar el área total que el cerebro utilizaba para todas sus funciones. Pronto fue obvio que había mucha materia gris sin un uso específico, así que la investigación se avocó en esa dirección. Se pretendía encontrar como utilizar toda esa maquinaria que de pronto se encontraba sin nada que hacer. Fue así que el ARNEs se perfeccionó y se convirtió en algo que, de explicarlo detalladamente, se necesitarían varios volúmenes. Lo que la gente promedio sabía era que al final, parte de su capacidad cerebral podía utilizarse para procesar más información, información que no tenía que pasar por los canales sensoriales habituales.

      Se creo una red de información que, mediante el uso de una frecuencia especial de hiperonda, enviaba datos al ARNEs implantado en el cerebro de una persona, éste la procesaba utilizando los recursos neuronales disponibles gracias a su administración y la enviaba de regreso. La persona no se enteraba de la información que recibía el ARNEs, así como tampoco del proceso que llevaban acabo sus neuronas con ella ni como la enviaba de regreso, simplemente, era una terminal de procesamiento de datos. Esto al principio no fue problema, e incluso la gente lo tomo sin demasiados aspavientos. Se pensaba que si uno no se enteraba que hacía normalmente su cerebro, la diferencia entre saber un poco más o un poco menos de ello no era importante. Sobre todo por los beneficios que esto trajo al mundo, que de pronto se encontró con millones de procesadores increíblemente potentes a su disposición. El progreso en la ciencia se disparo a una velocidad increíble, los datos podían ser procesados a una velocidad vertiginosa con solo reunir en una habitación a un par de docenas de personas mientras estas sencillamente leían, comían o dormían.

      El mundo se automatizo, el proceso para desarrollar las matemáticas que permitieron estabilizar la fusión nuclear se logró por fin. Todo aquello fue cosa de un par de meses. Con energía abundante, el mundo cambió como no lo había hecho en cientos de años, desde la última revolución industrial.

      El gobierno mundial decretó como obligación y derecho de todo ser viviente la implantación de un ARNEs desde el momento mismo de su nacimiento. Incluso los animales más grandes aportaron sus capacidades neuronales para el procesamiento de información secundaria. Fue así como cada ser humano se encontró con un ARNEs propio, y esto, lejos de las pesadillas infantiles de mediados del siglo XX sobre la dominación de las máquinas sobre el Hombre, logro que el Hombre mismo dominara por fin y completamente su entorno. Ninguna máquina con una tosca inteligencia artificial fue necesaria ya. El Hombre y su cerebro era todo lo que el mundo necesitaba.

      Una sola familia podía controlar sus propias habitaciones. Por ejemplo, las viviendas estaban conectadas todas ellas a la red central, pero las necesidades de su entorno así como todos sus procesos se llevaban a cabo utilizando los recursos neuronales de sus propios habitantes. El grado de perfeccionamiento en la utilización de dichos recursos permitió que un niño de dos meses sostuviera el solo su medio ambiente inmediato. La conquista del espacio no se hizo esperar, la Luna, Marte, las lunas de Júpiter e incluso Plutón fueron rápidamente colonizados. Cada grupo colonizador llevaba consigo mismo todo lo necesario: sus cerebros.

      Claro que no todo fue tan sencillo, había problemas, y algunos un poco graves. Cuando los viajes Tierra-Luna eran cosa de todos los días, sucedió algo que puso en alerta a los científicos. En un viaje de rutina de un transbordador hacia la Luna, un demente se suicido volándose la cabeza con un maser de fabricación casera que logro introducir a la nave, pero al hacerlo, voló también una compuerta, haciendo desaparecer a mas de la mitad de los pasajeros con él. En esos tiempos la navegación de los transbordadores ya estaba completamente automatizada. El computador central, utilizando los ARNEses de los pasajeros, llevaba a cabo su función perfectamente, pero en esa ocasión, la pérdida súbita de la mitad de la capacidad operativa hizo que el computador central colapsara. Los técnicos encargados lograron ponerla en funcionamiento de nuevo, pero a un precio muy alto; el computador central recargo todo el flujo de procesamiento en los ARNEses restantes. El trasbordador logro llegar al espaciopuerto de la Luna, pero a bordo no quedaron más que pasajeros catatónico, en estado vegetal. La sobrecarga y la exigencia a sus cerebros fue demasiada. Desde entonces, se tomaron medidas que marcaban un límite máximo a la necesidad de procesamiento de información y el número de pasajeros mínimo.

      Con este tipo de medidas todo volvió a ir bien, a veces había pequeños e inevitables incidentes, como que un elevador gravitacional a media capacidad trastabillara un poco en el momento que una persona sufría un ataque cardiaco y moría súbitamente, pero era sólo momentáneo, únicamente durante en tiempo que le tomaba al computador del elevador encontrar un ARNEs cerca (el de alguien que esperara al elevador en el nivel siguiente, por ejemplo) para suplir su repentina perdida de capacidad. El mundo progresó y la humanidad se preguntó como había podido vivir tanto tiempo sin el ARNEs.

      Pero había otra secuela del uso cada vez mas extendido del ARNEs, una de la que la gente casi no hablaba y que llego a convertirse en un tabú. Incluso la capacidad neuronal del cerebro humano tiene un límite, y si a esto se le suma la pérdida inevitable y natural de varios miles de neuronas al día, el resultado fue un efecto secundario siniestro: la pérdida de memoria a largo plazo. Esto significaba que el cerebro, al no tener ya mucho espacio disponible para procesar la información de su dueño y a su vez procesar la información que recibía de la red central, se veía en problemas que se traducían en alucinaciones e incluso algunos colapsos. En casos muy graves la persona simplemente se volvía esquizofrénica. Esto se soluciono de una forma sencilla, pero a un enorme costo para el hombre. A medida que el cerebro fuera reduciendo su capacidad de almacenamiento, el ARNEs se encargaría de bloquear el acceso a las áreas que guardaban los recuerdos mas antiguos cortando las sinapsis neuronales. Los recuerdos no desaparecían, pero ya no se podía recurrir a ellos. Quedaban aislados y restringidos definitivamente. Con esto se lograba que la capacidad de procesamiento del cerebro se mantuviera en equilibrio, uno no muy estable, pero era una solución. Y así la gente perdía el último Paraíso: sus recuerdos.

      Las personas, a medida que envejecían, iban perdiendo sus recuerdos más antiguos. Eran pocos lo adultos de más de cuarenta años que recordaban su infancia. El bloqueo era progresivo y sin una pauta fija, ya que cada cerebro es único, por lo mismo, nadie sabía con seguridad qué y cuándo olvidaría que cosa. Al principio hubo grupos que se negaron a tal cosa y abogaron por la desaparición del ARNEs, pero después fue obvio que ni siquiera ellos estaban dispuestos a pagar el precio que esto conllevaría; la disminución y deterioro de su forma de vida. Hubo unos cuantos que prefirieron abandonar los entornos tecnificados y automatizados y se fueron a vivir a los pocos lugares silvestres que aún quedaban, no habiendo en esos lugares ninguna necesidad de utilizar sus ARNEses. Y así vivieron conservando sus recuerdos, atados, en más de un sentido, al pasado.

      Fue así que la humanidad acepto silenciosamente el precio impuesto a su avance. Se volvió tabú hablar acerca del pasado. Nadie hablaba abiertamente de lo que ya había olvidado y la gente no preguntaba. Ya no se oían conversaciones del tipo "¿Recuerdas aquel verano en Sudáfrica?" en su lugar se decía de este modo: "Como aquel verano en Sudáfrica" dando por hecho que el otro todavía recordaba, aun cuando no fuera así. Es por eso que cuando Jan, al despertarse, hiciera un recuento rápido de sus recuerdos más antiguos, no fuera más que una acción inútil, ¿Como podía recordar algo que ya había olvidado?

      También es la razón por la que el retrato de Sara lo incomodara tanto. Hacía varios años que no sabía nada de ella y de hecho no recordaba gran cosa. Pero sabía, gracias a que hacía mucho tiempo se había prometido que, aún si olvidara cómo había empezado todo, jamás olvidaría lo que ella había significado para él. De esa manera, todos los días reforzaba el recuerdo que había creado, el recuerdo de sus recuerdos. Por eso estaba totalmente convencido de la importancia que Sara había tenido en su vida, tanto como para sentirse abrumado por esa imagen que aún retenía en su memoria; la de ella, sollozante, partiendo hacia otro mundo.


[…]

martes, 3 de marzo de 2009

La Inviolabilidad de la Memoria



Te metes en el baño – a bañarte, y hay que aclararlo – y te tallas el cabello, te lavas bien, y el orden de los mosaicos te recuerda cosas.

Iba caminando, sudado y con el pelo pegado
en la cara


Recuerdas al gran Grossman, cuando tú y él tenian diecisiete años, y estaba también el coreano y la siempre loca pero vivaracha Keyla. Todos en el patio de la casa de Cash ¿piensas en Cash, ahora? Por supuesto que no: solo aparece Grossman sonriente, sudado y con el cabello ocultando sus ojos pero resaltando su sonrisa. Tú y él juegan a que son maricones, y le dices: ven y sientate en mi pierna, Grossman.

cuando vi a Ernesto Cardenal que venía
en dirección contraria


Ahora te ríes en el baño, por que ninguno de ellos jamás adivinó que tu primera experiencia homoerótica fue con Alejandro, cuando regresaban borrachos de una fiesta a la que lo invitaste, y él te dijo que tenía ganas de coger y tú sabiendo que era homosexual, o que al menos acababa de descubrir que lo era, lo invitaste a pasar a la parte trasera de la casa de tus padres. Ahí te sentaste al suelo, y miraste las estrellas, contemplaste la higuera y soñabas con Iliana, con el olor del eucalipto que crecía junto a su ventana; imaginaste la brevedad de un orgasmo y lo comparaste con el agobiante peso del remordimiento y decidiste que valía la pena. Así dejaste que Alejandro te hiciera sexo oral para después darte por el culo.

y a modo de saludo le dije:
Padre, en el Reino de los Cielos
que es el comunismo,
¿tienen un sitio los homosexuales?
Sí, dijo él.


Los grifos de la regadera, el olor del champú, y el óxido del filtro del drenaje te descubre los días aciagos, a tus quince años, cuando te masturbabas e implorabas la existencia de un poder supremo que, a cambio de tu alma, te ofreciera la carne de una mujer hermosa dispuesta a recibirte, a meterse tus rabos y conminarte a la eyaculación como sucubus sonriente que después te pregunta ¿valió la pena perder tu alma?

¿Y los masturbadotes impenitentes?
¿Los esclavos del sexo?
¿Los bromistas del sexo?
¿Los sadomasoquistas, las putas, los fanáticos
de los enemas
los que ya no pueden más, los que de verdad
ya no pueden más?
Y Cardenal dijo sí.


Te tocas el ombligo, los pezones, observas tus rodillas, el dolor de los callos en tus pies, y la hegemonía del tiempo se revierte, y recuerdas a Merari, y la cúpula encima de su habitación, y ahora sabes que pudiste darle por el culo, que debiste darle por atrás, que debiste humillarla, venir en su cara, salir huyendo, correr, perder los estribos, arrojarte de cabeza por la entrada del metro Salto de Agua. Te bañas y recuerdas todas esas esperanzas de sexo fresco, de sexo renovado, de ser participe de la silenciosa orgia que compone lo que nos rodea, la orgia donde todo mundo coge con todos, siempre y en todas partes.

Y yo levanté la vista
y las nubes parecían
sonrisas de gatos levemente rosadas
y los arboles que pespunteaban la colina
(la colina que hemos de subir)
agitaban las ramas.


El agua caliente amaina y se torna fresca. Contemplas tu pene, lo tomas con tus dedos y recitas tu panegírico favorito: cuanto camino recorrido. Y ya no sientes asco, ya no sientes pena, tampoco gloria, y satisfecho sales de la regadera, te secas, te lavas los dientes, sacudes tu cabello, y sientes que la vida y sus placeres son el rodillo negro y discreto de una maquina de escribir donde has decidido escribir sin colocar ninguna hoja. Todo lo que debas memorizar se halla ahí, cada recuerdo; es más sencillo sonreir.

Los árboles salvajes, como diciendo
algún día, más temprano que tarde, has de venir
a mis brazos gomosos, a mis brazos sarmentosos,
a mis brazos fríos. Una frialdad vegetal
que te erizará los pelos.


Poema en itálicas: Ernesto Cardenal y Yo, de Roberto Bolaño.

Ejercicio 23: Lo he olvidado.

Tiene días que no pongo atención a nada excepto a las escuetas notificaciones del outlook. Me encuentro en una suspensión animada en la que todo parece moverse y seguir su curso natural excepto yo; engarzado en un traje barato y una corbata de poliester que me oprime el cuello repito día con día la misma rutina: sentado en mi oficina sin poder deshacerme del infernal grillete que me aturde los oidos, el agudo pitido del conmutador y las repetitivas canciones de espera. Las sonrisas fingidas, y los saludos obligados. Los regaños de mi superior y las burlas de mis colegas. La comida insabora del comedor, y aquel par de irrepimibles tetas de Vero, la N1 de la oficina de a lado. El nauseabundo olor del baño, y la maquina de frituras y golosinas que me ha estafado un par de ocasiones. Prisionero tras el eterno avance del tiempo hasta mi hora de salida. NBC me vendió la absurda vida en la oficina como la de Dunder Mifflin, jocosa y divertida... era pura mierda.

Antes escribia aquí pero en el momento que firme ése contrato abandone mis aspiraciones de trotamundos, mis tennis y mi libertad. Deje de ser dueño de mi vida, de mi tiempo o de mi creatividad; hasta el papel con el que me limpio el culo paso a ser propiedad de la trasnacional automovilística alemana donde ahora trabajo. Como el juguete arrumbado de un niño, lo he olvidado... olvide que existia esta chingadera. Me olvide de ti, y sobretodo olvide cómo era el tirarme un pedo sin que una docena de pendejos lo escuchen o mejor aun, lo huelan.

A chingar a su madre cuando me llega la quincena se me olvida todo.

Das Ende. (Fin)

Memoria y olvido



A veces juego al olvido. Me pongo a construir mis recuerdos, los que me dirán quién soy cuando dentro de un montón de años no me quede más que la memoria; y para darles forma, siempre ayuda olvidar.

Es que a veces nos confundimos; pensamos que el olvido es la falta de memoria, pero es al revés: la memoria se construye a base de olvidos. Yo me lo imagino así: tomas una hoja de papel blanco y con un lápiz de esos de dibujo al carbón, la llenas toda. Y luego, con una goma, vas borrando aquí y allá hasta darle forma a tu gusto: un rostro, una figura, un gesto, una luz. El carbón es el recuerdo y la goma es el olvido.

Creo que así le hice con el tipo aquél que se paraba debajo de la escalera esperando a que yo saliera. Siempre que lo recuerdo veo su chamarra negra de piel, sus ojitos entrecerrados, el cigarro en los labios, el humo elevándose. Pero supongo que hay cosas que habré borrado; no recuerdo, por ejemplo, qué tipo de zapatos usaba, aunque lo vi quitárselos y ponérselos tantas veces. 

O como con el otro, el que usaba anillos. Nunca me ha gustado que un hombre los use, así que seguramente por eso “borré” sus manos; no las recuerdo aunque me hayan tocado –una sola vez, porque lo de los anillos de veras me cagaba. De lo que me acuerdo es de su boca, y de su voz, cómo no. 

Está aquél que vivía en la casa de junto. Todas las mañanas salía y encendía su vochito rojo de rines cromaditos. El tipo tenía unos ojos lindos y los dientes parejitos, pero no me acuerdo de su cuerpo. La lujuria nunca pasó por aquí y digamos que todo se fue a la goma.

Del cuerpo que sí me acuerdo es del de aquel colombiano; ahí la goma se encargó de su cara, si es que alguna vez la vi. Del regiomontano sé que tenía unos bigototes, pero ni a madres me acuerdo de su voz –que de seguro era horrible; borrón. Tal vez hay otros que se acuerdan de algo mío y yo los borré para siempre. Y sepa dios a estas alturas cuántos “gomazos” me hayan aplicado a mí.

Pero al tratarse de ti, la memoria se ha vuelto extraña. Recuerdo perfecto tus cejas y tus ojos burlones y tu nariz; tus brazos musculosos y tus piernas y entrepiernas, y tus venas saltadas, y tus pies. Recuerdo tu pelo en pecho, tus rodillas chuecas, tu cuello altanero, tu barba partida; el lunar en un muslo, el tatuaje en el brazo, la cicatriz en la espalda, el rictus en la boca, el gemido en la cama, los dedos en mi pelo y tu sudor sobre mí. 

Lo que se me borró fueron las letras, los sonidos, la forma de llamarte. El mantra que te daba sentido se fue como el carbón. Allí quedó sólo un espacio en blanco y tu nombre lo he olvidado.

lunes, 2 de marzo de 2009

Fábulas Telcel


No son las estrellas que se traga porque esas nomás provocan que despliegue su arrastre con más velocidad ni es el huevito que se come y con el que se empacha. Tampoco le hacen daño los hongos que apagan la luz para confundirla ni las tarántulas con las que se alimenta ni los chapulines que merienda.

No, nada exterior tiene que ver; lo que mata a la víbora es el contacto con su propia cola. La víbora choca con su cuerpo y muere, no sabe gozarse a sí misma porque ella es su veneno. Los demás le temen y la serpiente se la cree ignorando que es ella su única amenaza letal. La víbora se mira tan larga y tan poderosa que olvida a su verdugo: ella. La desgraciada se suicida antes de conocerse.

(Es increíble lo que uno aprende jugando Snake con su celular en medio del cague).
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