Capitulo 1 Jan Nórvak abrió los ojos y vio los rayos del sol que atravesaban la ventana; las persianas automáticas se habían levantado. Cerró de nuevo los ojos y rápidamente hizo un breve resumen mental de sus más antiguos recuerdos. Al parecer todo estaba en orden. Se levanto y se dio una ducha. Mientras los chorros de agua tibia sacudían su cuerpo, pensaba en los pendientes de ese día. Nada fuera de lo normal, la rutina diaria no parecía sufrir ningún cambio. Dejó que la corriente de aire caliente secara su cuerpo, que después de cinco décadas aun conservada un buen tono, claro que sus músculos ya no eran los mismos de su época en la universidad, pero se dijo a si mismo que había amigos suyos con los que el tiempo no había sido tan amable.
Se vistió rápidamente y salio del bloque de apartamentos. Tomó una de las aceras móviles que se dirigían hacia la zona de comedores más cercana y se bajó en una intersección que lo llevo directamente a un pequeño establecimiento en el que desayunaba regularmente. Encontró un lugar vacío y tecleo su orden en el panel de la mesa, su orden apareció al cabo de unos segundos. Mientras masticaba lentamente, pensó en Sara. De ella sólo conservaba un pequeño retrato en uno de sus cajones; en el se veía a una mujer delgada, alta, con cabello castaño y facciones delicadas. Él no la recordaba así, la imagen que tenía de ella era la de una mujer triste, apagada y de hombros caídos que se alejaba por un pasillo que se dirigía a un transbordador hacia Fobos.
El desayuno le supo mal y lo dejo sin terminar. Salio del establecimiento y tomó una de las aceras centrales que viajaban a mayor velocidad. Se apeo de nuevo en el bloque de oficinas al que estaba asignado. Entró a su cubículo y se sentó cansadamente en su silla. Últimamente se sentía más agotado, pero sabia que no era un malestar físico. La sensación de pérdida, de vacío, se acrecentaba más día con día. Molesto, trató de apartarla de su mente con pobres resultados. El pequeño ordenador que ocupaba la parte central de su escritorio le indicó que tenía un mensaje urgente. Curioso, presionó un botón.
El rostro regordete de Tobías Hófer apareció en la pantalla.
Jan no recordaba cuándo conoció a Tobías, pero sabía que de eso hacía muchos años (el solo hecho de no recordarlo obviaba tal cosa), y también sabía que era su mejor amigo. Tobías era extraño, aun para la época, con el cabello ensortijado recogido en una coleta detrás de su cabeza, los ojos pequeños pero llenos de vivacidad y sobre todo, una inteligencia fuera de lo normal. Tobías siempre estaba enfrascado en varios, diversos y extraños proyectos.
—Hola Jan, no te encontré en tu apartamento, seguramente vienes en camino y no quise llamarte por hiperonda, así que en cuanto veas este mensaje, comunícate conmigo —dijo la mofletuda cara de Tobías. —Tengo algo urgente que quizás te interese, tiene que ver con el ARNEs.
Al oír esto, Jan se sobresalto. Sabía que Tobías estaba metido en cosas un tanto complicadas y no siempre demasiado ortodoxas, pero meterse con el ARNEs era algo completamente diferente. ARNEs no era más que la abreviatura para Administrador de Recursos Neuronales, el artilugio que había venido a revolucionar el mundo. Fue en la segunda mitad del siglo XXI que la ciencia logró por fin desarrollar la nanotecnología que permitiría intervenir directamente las sinapsis neuronales. Al principio se intentaba curar algunas enfermedades que involucraban el deterioro de dichas conexiones, pero pronto fue obvio que el proceso podría ampliarse a más campos. Fue así como se desarrollo el ARNEs, que no eran más que una serie de microcircuitos que se implantaban en la raíz misma del hipotálamo, ayudando, procesando y sobre todo, administrando el flujo de información que recibía y manejaba el cerebro.
El uso más importante que se descubrió para tal administración fue uno que sorprendió a todos. El cerebro procesa información en diferentes áreas, algunas más especializadas que otras, lo que el ARNEs logro, fue ordenar y sobre todo, economizar el área total que el cerebro utilizaba para todas sus funciones. Pronto fue obvio que había mucha materia gris sin un uso específico, así que la investigación se avocó en esa dirección. Se pretendía encontrar como utilizar toda esa maquinaria que de pronto se encontraba sin nada que hacer. Fue así que el ARNEs se perfeccionó y se convirtió en algo que, de explicarlo detalladamente, se necesitarían varios volúmenes. Lo que la gente promedio sabía era que al final, parte de su capacidad cerebral podía utilizarse para procesar más información, información que no tenía que pasar por los canales sensoriales habituales.
Se creo una red de información que, mediante el uso de una frecuencia especial de hiperonda, enviaba datos al ARNEs implantado en el cerebro de una persona, éste la procesaba utilizando los recursos neuronales disponibles gracias a su administración y la enviaba de regreso. La persona no se enteraba de la información que recibía el ARNEs, así como tampoco del proceso que llevaban acabo sus neuronas con ella ni como la enviaba de regreso, simplemente, era una terminal de procesamiento de datos. Esto al principio no fue problema, e incluso la gente lo tomo sin demasiados aspavientos. Se pensaba que si uno no se enteraba que hacía normalmente su cerebro, la diferencia entre saber un poco más o un poco menos de ello no era importante. Sobre todo por los beneficios que esto trajo al mundo, que de pronto se encontró con millones de procesadores increíblemente potentes a su disposición. El progreso en la ciencia se disparo a una velocidad increíble, los datos podían ser procesados a una velocidad vertiginosa con solo reunir en una habitación a un par de docenas de personas mientras estas sencillamente leían, comían o dormían.
El mundo se automatizo, el proceso para desarrollar las matemáticas que permitieron estabilizar la fusión nuclear se logró por fin. Todo aquello fue cosa de un par de meses. Con energía abundante, el mundo cambió como no lo había hecho en cientos de años, desde la última revolución industrial.
El gobierno mundial decretó como obligación y derecho de todo ser viviente la implantación de un ARNEs desde el momento mismo de su nacimiento. Incluso los animales más grandes aportaron sus capacidades neuronales para el procesamiento de información secundaria. Fue así como cada ser humano se encontró con un ARNEs propio, y esto, lejos de las pesadillas infantiles de mediados del siglo XX sobre la dominación de las máquinas sobre el Hombre, logro que el Hombre mismo dominara por fin y completamente su entorno. Ninguna máquina con una tosca inteligencia artificial fue necesaria ya. El Hombre y su cerebro era todo lo que el mundo necesitaba.
Una sola familia podía controlar sus propias habitaciones. Por ejemplo, las viviendas estaban conectadas todas ellas a la red central, pero las necesidades de su entorno así como todos sus procesos se llevaban a cabo utilizando los recursos neuronales de sus propios habitantes. El grado de perfeccionamiento en la utilización de dichos recursos permitió que un niño de dos meses sostuviera el solo su medio ambiente inmediato. La conquista del espacio no se hizo esperar, la Luna, Marte, las lunas de Júpiter e incluso Plutón fueron rápidamente colonizados. Cada grupo colonizador llevaba consigo mismo todo lo necesario: sus cerebros.
Claro que no todo fue tan sencillo, había problemas, y algunos un poco graves. Cuando los viajes Tierra-Luna eran cosa de todos los días, sucedió algo que puso en alerta a los científicos. En un viaje de rutina de un transbordador hacia la Luna, un demente se suicido volándose la cabeza con un maser de fabricación casera que logro introducir a la nave, pero al hacerlo, voló también una compuerta, haciendo desaparecer a mas de la mitad de los pasajeros con él. En esos tiempos la navegación de los transbordadores ya estaba completamente automatizada. El computador central, utilizando los ARNEses de los pasajeros, llevaba a cabo su función perfectamente, pero en esa ocasión, la pérdida súbita de la mitad de la capacidad operativa hizo que el computador central colapsara. Los técnicos encargados lograron ponerla en funcionamiento de nuevo, pero a un precio muy alto; el computador central recargo todo el flujo de procesamiento en los ARNEses restantes. El trasbordador logro llegar al espaciopuerto de la Luna, pero a bordo no quedaron más que pasajeros catatónico, en estado vegetal. La sobrecarga y la exigencia a sus cerebros fue demasiada. Desde entonces, se tomaron medidas que marcaban un límite máximo a la necesidad de procesamiento de información y el número de pasajeros mínimo.
Con este tipo de medidas todo volvió a ir bien, a veces había pequeños e inevitables incidentes, como que un elevador gravitacional a media capacidad trastabillara un poco en el momento que una persona sufría un ataque cardiaco y moría súbitamente, pero era sólo momentáneo, únicamente durante en tiempo que le tomaba al computador del elevador encontrar un ARNEs cerca (el de alguien que esperara al elevador en el nivel siguiente, por ejemplo) para suplir su repentina perdida de capacidad. El mundo progresó y la humanidad se preguntó como había podido vivir tanto tiempo sin el ARNEs.
Pero había otra secuela del uso cada vez mas extendido del ARNEs, una de la que la gente casi no hablaba y que llego a convertirse en un tabú. Incluso la capacidad neuronal del cerebro humano tiene un límite, y si a esto se le suma la pérdida inevitable y natural de varios miles de neuronas al día, el resultado fue un efecto secundario siniestro: la pérdida de memoria a largo plazo. Esto significaba que el cerebro, al no tener ya mucho espacio disponible para procesar la información de su dueño y a su vez procesar la información que recibía de la red central, se veía en problemas que se traducían en alucinaciones e incluso algunos colapsos. En casos muy graves la persona simplemente se volvía esquizofrénica. Esto se soluciono de una forma sencilla, pero a un enorme costo para el hombre. A medida que el cerebro fuera reduciendo su capacidad de almacenamiento, el ARNEs se encargaría de bloquear el acceso a las áreas que guardaban los recuerdos mas antiguos cortando las sinapsis neuronales. Los recuerdos no desaparecían, pero ya no se podía recurrir a ellos. Quedaban aislados y restringidos definitivamente. Con esto se lograba que la capacidad de procesamiento del cerebro se mantuviera en equilibrio, uno no muy estable, pero era una solución. Y así la gente perdía el último Paraíso: sus recuerdos.
Las personas, a medida que envejecían, iban perdiendo sus recuerdos más antiguos. Eran pocos lo adultos de más de cuarenta años que recordaban su infancia. El bloqueo era progresivo y sin una pauta fija, ya que cada cerebro es único, por lo mismo, nadie sabía con seguridad qué y cuándo olvidaría que cosa. Al principio hubo grupos que se negaron a tal cosa y abogaron por la desaparición del ARNEs, pero después fue obvio que ni siquiera ellos estaban dispuestos a pagar el precio que esto conllevaría; la disminución y deterioro de su forma de vida. Hubo unos cuantos que prefirieron abandonar los entornos tecnificados y automatizados y se fueron a vivir a los pocos lugares silvestres que aún quedaban, no habiendo en esos lugares ninguna necesidad de utilizar sus ARNEses. Y así vivieron conservando sus recuerdos, atados, en más de un sentido, al pasado.
Fue así que la humanidad acepto silenciosamente el precio impuesto a su avance. Se volvió tabú hablar acerca del pasado. Nadie hablaba abiertamente de lo que ya había olvidado y la gente no preguntaba. Ya no se oían conversaciones del tipo "¿Recuerdas aquel verano en Sudáfrica?" en su lugar se decía de este modo: "Como aquel verano en Sudáfrica" dando por hecho que el otro todavía recordaba, aun cuando no fuera así. Es por eso que cuando Jan, al despertarse, hiciera un recuento rápido de sus recuerdos más antiguos, no fuera más que una acción inútil, ¿Como podía recordar algo que ya había olvidado?
También es la razón por la que el retrato de Sara lo incomodara tanto. Hacía varios años que no sabía nada de ella y de hecho no recordaba gran cosa. Pero sabía, gracias a que hacía mucho tiempo se había prometido que, aún si olvidara cómo había empezado todo, jamás olvidaría lo que ella había significado para él. De esa manera, todos los días reforzaba el recuerdo que había creado, el recuerdo de sus recuerdos. Por eso estaba totalmente convencido de la importancia que Sara había tenido en su vida, tanto como para sentirse abrumado por esa imagen que aún retenía en su memoria; la de ella, sollozante, partiendo hacia otro mundo.
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