Mostrando entradas con la etiqueta Nets. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nets. Mostrar todas las entradas

lunes, 12 de octubre de 2009

Oferta


Aunque rara vez estoy buscando comprar algo, me gusta leer los avisos de ocasión del periódico. Este tipo de anuncios son como el twitter de la publicidad pues en pocas palabras el vendedor debe atrapar a sus clientes haciendo uso de lugares comunes comprimidos.

Por ejemplo, si queremos anunciar nuestro automóvil -por más jodido que éste esté- debemos poner: "Único Dueño", "De Cochera", "Jamás Chocado", "Llantas Nuevas" o exageraciones como "Impecable" y "Nuevecito". Si el carro en cuestión es un Tsuru o un Atos es aconsejable incluir en las características lo siguiente "Jamás fue Ecotaxi".

Más interesantes son los anuncios personales, en los que se anuncian desde salas de masaje, investigadores privados y fiestas swingers. Las salas de masaje enganchan a sus clientes calientes incluyendo características que tienen que ver con la lozanía de las prostitutas que habrán de dar el final feliz. En ese caso funcionan palabras como "Colegialas", "Niñas Fresas", "Tiernitas", o "Chicas sin Experiencia".

La gente que se ofrece por mera calentura también lo hace haciendo uso del complicado arte de vender pulpa en pocas palabras: "Viuda conservada busca diversión con joven entre 25 y 35 años. Sin compromisos". También están las urgidas que no quieren aparentarlo: "Morena simpática busca amistad con fines serios". En el caso de los prostitutos es adecuado no ignorar en el anuncio el tamaño del pene ya sea en centímetros o en pulgadas según la clientela que se quiera atraer.

Alguna vez viví en Barcelona y allá no se andan con rodeos. En las páginas de un diario catalán leí un anuncio que decía "Sexo Gratis". Se trataba de la publicidad de una "agencia" que ofrecía a sus clientes sexo con personas no dedicadas a la prostitución. Es decir, el cliente le pagaba a la agencia para que ésta le consiguiera gente "común y corriente" con la cual ensabanarse.

Gracias a mi afición por leer anuncios clasificados me gustó el tema de esta semana en Recolectivo "Se Vende País", pues ¿cómo podríamos vender a México en pocas palabras y que los clientes realmente se engancharan por comprarlo? La verdad lo he pensado toda la semana pues el país entero está como para regalarlo, rematarlo o rifarlo.

Primero pensé en hacer un anuncio enumerando las maravillas del país: Playas, comida, montañas, cirugías plásticas con mano de obra barata, bosques, selvas, historia, pirámides, etc, pero lo anterior no se me hizo lo suficientemente atractivo como para atraer a mis compradores.

Luego me vino un argumento que convencería hasta al comprador más escéptico, una oferta ideal que no tendría espacio para el titubeo: ¿Qué tal si vendemos a México sin mexicanos? Es decir, que al comprador le garantizamos que una vez firmado el contrato de compra-venta todos los habitantes de este hermoso país que no valoramos ni hacemos crecer saldríamos a chingar a nuestra madre.

De perdido los japoneses, que se la andan pelando por aumentar sus hectáreas, nos ponen en el escritorio una buena oferta, ¿a poco no?

lunes, 5 de octubre de 2009

Sin remitente


Mis manos nunca le han hecho sobrado caso a las órdenes que avienta mi cerebro, pero esta deficiencia tuvo su época de oro cuando fui puberto enamorado.

Aquella tarde le hice una carta anónima a Mayela -la niña más bonita del Colegio Mexicano que vivía en la casa más bonita de la Colonia-, y también le compré una bolsa de Lunetas para que ella leyera mis versos comiendo chocolates. Gran combinación, pensé.

Mi propósito era pegar el recado a la bolsa de chocolates con un diurex y lanzarlos al jardín de su casa, pero mis manos jamás pudieron desprender la orilla de la cinta por más que veía el borde y le tallaba con mis uñas mordiscadas. Así dio inicio el círculo vicioso: Mientras más intentaba, más me sudaban los dedos, más húmedo se ponía el diurex, y menos podía.

Al final me desesperé y lo que hice fue improvisar un sobre con la hoja de la carta y ahí metí las Lunetas. Entonces caminé hasta la casa de Mayela, pasé dos o tres veces enfrente para confirmar mi estatus de sospechoso, y con todas mis fuerzas lancé el "paquete". Ya en el aire, las Lunetas se salieron y agarraron para la izquierda, mientras que el sobre-carta se desvió para la derecha. Los chocolates sí lograron aterrizar en el jardín de Mayela desde donde se escuchaban algunos ladridos, pero el recado cayó en una casa en construcción.

La noche del frustrado lanzamiento, imaginé a los perros de Mayela devorándose las Lunetas y al velador de a lado leyendo mi declaración de amor con cara de qué pedo.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Ni aquí ni allá

A las dos de la tarde desde una bocina cuya presencia nadie ubicaba, la voz de un hombre comenzó a explicar que el sitio en donde estábamos no era un lugar seguro.

-Tomen la llave del cuarto y salgan de la habitación, una persona de seguridad los dirigirá hacia las salidas de emergencia. Esto no es un simulacro-, decía la voz una y otra vez.

En ese momento yo me encontraba en una junta de trabajo. Los allí presentes nos quedamos viendo unos a otros cruzando un gesto de sospecha, como si alguno de nosotros se hubiera echado un pedo y el que se riera primero fuera el responsable del gas. Pero ni pedo hubo, ni risa nos dio, pues aquello sí era una situación de alarma.

Nos pusimos de pie de manera sincronizada igual que una hilera de fichas de dominó que en vez de caer se levantan; agarramos nuestras chivas y salimos al pasillo hasta donde un chaparrito nos hizo señas para que lo siguiéramos.

En el lúgubre escenario de las escaleras de emergencia pensé en mi pasaporte y en mi visa, los cuales estaban refugiados en la caja fuerte de mi cuarto. Pensé en los calamitosos trámites que me habían solicitado para su obtención y en el calamitoso trámite que me costaría reportar su pérdida y tramitar su renovación en caso de que el hotel decidiera incendiarse en el piso siete.

Mi temor desapareció cuando al salir a la calle torcí el pescuezo hacia arriba y noté con alivio que el edifico no estaba en llamas, y que en cambio, la ciudad de Los Ángeles tenía el cielo más azul que he mirado en lo que va del año.

Toda la pelusa fuimos amontonada en un camellón adyacente. Había decenas de huéspedes, meseros, mucamas, los del valet parking muy trajeados, cocineros con sombreros altos, las chicas de la alberca que sirven smoothies en mini short, las de batita del spa y dos ancianas en silla de ruedas que nadie pelaba. Para rematar la escena, debajo de un ancho árbol estaban los jugadores del Inter de Milán -parecían recién bañados- y varias mujeres se acercaron a ellos para pedirles una foto y, de propina, el par de besos que los europeos despachan en cada saludo y despedida.

Hacía un calorón. La ropa era un estorbo para todos. No hubiera sido mala idea convocar a Spencer Tunick para que aprovechando la variedad de anatomías hiciera un fabuloso desnudo (re)colectivo en el corazón de California.

La manzana fue acordonada en menos de cinco minutos, había patrullas, camiones de bomberos y un helicóptero encima de nosotros. Las versiones de lo que sucedía eran tres: incendio, bomba o secuestro, todas ellas en su modalidad de amenaza, pues ninguno de los presentes había visto, olido, escuchado, probado o tocado nada extraño.

Entre el tapiz de espaldas que había frente a mí reconocí a una, la de Fernando, el mesero del bar del hotel. Muchas veces la había visto ir y venir sentado desde la penumbra de la barra. Fernando me ha atendido tantas veces que ya me conoce. Él sabe que a medio día pido los Mahi Mahi Tacos con una botella de agua mineral, y que por las noches me abstengo de los tacos pero le sumo al agua mineral una copa panzona de wisky.

Había pasado más de media hora desde el desalojo cuando me acerqué a Fernando para saludarlo. Él se tardó un par de segundos en saber quién era yo pues nunca antes me había visto a la luz del sol. Cuando nuestras confianzas se reconocieron me platicó que aquello era una amenaza de bomba y que en los 10 años que llevaba trabajando en ese hotel jamás había visto o padecido algo similar.

Me contó también que su esposa tiene los mismos 10 años pidiéndole que se regresen a Puebla en donde viven sus dos hijos y el resto de la familia. Al parecer, la mujer no se ha adaptado al sueño americano y extraña vivir desgraciada, pero contenta.

-Tengo un nieto al que no conozco que acaba de cumplir un año, si las cosas siguen igual de feas, me regreso a México y se lo cumplo a mi mujer-, me dijo Fernando más preocupado que convencido.

El circo de la amenaza de bomba concluyó en pitos y flautas. Nuestra estancia en la calurosa arboleda se extendió por tres horas pero al final huéspedes y empleados pudimos volver al hotel no sin reservas. Esa noche me quedé pensando en Fernando. Lo imaginé hace diez años huyendo de un país pobre hacia un país rico. Luego lo imaginé en el presente, viviendo en un país rico en oportunidades pero amenazado por el terrorismo y huyendo hacia un país pobre con una oferta más variada de amenazas: narco, violencia, ingobernabilidad, desempleo, epidemias, corrupción, etc.

Fernando no está a salvo en ninguna parte.

Todos somos Fernando.

lunes, 24 de agosto de 2009

Vaga/abundancia


En la caja del Family Center un tipo con el mismo cuerpo y los mismos años de Iggy Pop pagaba un doce de cerveza y una bolsa de papas. Le colgaba una barba tiesa como kleenex con resistol y llevaba unos ojos azules muy brillantes que no parecía fueran desechables. Vestía shorts de mezclilla, traía los piel atascados de mugre y una banderita del estado de Texas se asfixiaba en su axila izquierda.

El barbudo pagó, salió a la calle y desapareció antes que las puertas automáticas me permitieran atinar su rumbo. Seguramente iba y venía a pata, pero no era descartable que se transportara en un jeep o en un Malibú 79, pues ya ven que los países desarrollados son buenos para desarrollar vagabundos fresas que manejan merendando un doce de Coors helado. (En México nuestro único vagabundo fresa salió en Amores Perros, pero de ese personaje no me gusta hablar mucho porque luego, cuando uno se encariña con él hacia el final de la película, decrece su buena chispa cuando se corta la greña, la barba y las uñas).

Pero bueno, viendo al vagabundo cervecero del supersillo de Puerto Aransas me invadió otra vez esa pregunta que me invade seguido: ¿Qué es lo que lleva a un hombre a tomar la decisión de irse a la chingada a vagabundear?

Dicen que algunos vagabundos se hacen gracias a la tragedia. Un día un contador público se entera que toda su familia muere en un viaje a Hermosillo y en vez de estarse fuerte se entrega a la perdición, se habla y se contesta ecuaciones en sincronía y se va convirtiendo en la leyenda de su colonia como Don Ángel, el ex Contador Público que era muy bueno en el softbol, una chulada de pitcher, y que salía siempre en la nota de sociales pero que ahora duerme en las bancas del parque protegiéndose del frío con las páginas de avisos de ocasión. Pobrecillo, el Don Ángel.

También se dice que algunos vagabundos, -fresas o cacos como los nuestros mexicanos-, se hacen gracias a la guerra. Un día al teniente Hamilton le toca asesinar a tres familias de camboyanos porque en la guerra y en el amor todo se vale (tremenda pendejada ésa), y pues allá en el frente se siente muy riata, pero regresa a su país sólo para que le cuelguen una medalla amarrada a un montón de años de culpa y pesadillas. Con el tiempo, el teniente Hamilton deja de contestar el teléfono y se entrega a una borrachera a deshoras que vierte sus aguas en un juzgado de lo familiar con la suya esposa golpeada y con el teniente Hamilton entregando las llaves de su casa, su carro, su asador y su garage. El ex héroe de combate termina mudando el uniforme militar por unos trapos miados balbuceando nombres de niños en camboyano adentro de un vagón.

Habrá más tipos de vagabundos que por ahora se me escapan de las teclas. Seguro ustedes tendrán alguno en mente, así que arránquense en la zona de los comentarios para que juntos lleguemos de perdido a los 30 tipos de vagabundos, ya sea fresas o cakles. (Nomás no se vale incluir al perro que sale en la movie de Disney "La Dama y el Vagabundo").

Termino con una confesión muy chafa y de poca trascendencia: La neta, me cayó muy bien el vagabundo ése que me retó sin darse cuenta en un supersillo texano. Y digo me retó porque lo vi y se me antojó ser como él, sin jorobas existenciales aparentes, tecateando y papeando. De esas veces que a uno le pasa eso por la mente, irse de vagabundo. ¿Les ha pasado?

lunes, 13 de julio de 2009

Venganza cuando te vienes

El cuerpo y la conciencia sólo hacen equipo para vengar nuestros excesos y manías.

Disfrutar de una puñeta es como saborear un duvalín mezclando el sabor chocolate con el de avellana; una jalada es como una melcocha en donde el placer se avienta un tiro con la culpa. El final feliz que supone una masturbación hace relevo con representaciones de arrepentimiento que apenas el tiempo, el sueño profundo, o el tropiezo con otra minifalda, pueden disminuir.

¿Quien de ustedes ha limpiado el semen desperdiciado con un kleenex o con un calcetín pensando que la vida sí es una chulada y no una mariposa negra que va aleteando delitos existenciales? ¿Por qué emerge la sensación de vacío luego de un orgasmo?

En los años 80 nos dijeron que la naturaleza vengaría a Manuela con el nacimiento de un pelo rizado en la palma de nuestra mano que no podríamos rasurar. En ese entonces el cuerpo era nuestro templo, pero no nuestro parque de diversiones portátil. Ukela.

Me pregunto si esa incapacidad de disfrutar el placer sin que aparezca una infracción -real o inventada- no es la mejor venganza de un Dios que está afligido por haber incluido al hombre entre las bestias de su creación.

lunes, 15 de junio de 2009

Tres son multitud

Una vez tuve la gran idea de presentar a un amigo con otro amigo sólo para convertirme en el destino madreativo de ambos. Los dos venían de contextos sociales distintos y de raíces casi opuestas, pero se encontraron perfectamente cuando empezaron a echarme carrilla a mí, al pendejo que los presentó; y así rompieron el hielo y al mismo tiempo que me iban humillando nació entre ellos una amistad que hasta ahora reverdece cada jueves en cualquier billar. Lo peor, -y no tanto-, es que a veces se juntan sin hablarme. Ya no me necesitan.

A este fenómeno social en el que dos nuevos sujetos eliminan al puente que los unió le llamo Regla de Tres Simple, que no tiene nada que ver con la fórmula matemática que aprendimos en los libros de la Sep.

Bueno, pues algo parecido me pasa desde que diosito me envolvió para regalo una molotov en forma de niño y me hizo papá. Sucede que a veces el crío se enchila con su madre, o viceversa, mientras que yo observo tranquilo el debate de poderes edípicos desde la zona VIP de mi casa Geo, hasta que, claro, me colman la paciencia. En el momento en que uno de los dos está a punto de soltar la primera piedra, me toca a mí intervenir, la mayoría de las veces corrigiendo al niño con un ademán al aire parecido al de la nalgada.

Error oceánico, porque en ese momento de bestialidad la madre de la criatura y la criatura misma hacen una alianza en contra del violento macho "dominante" de la casa. En lo que dura uno de mis gritos sostenidos, los dos se funden en un abrazo, se perdonan y se vuelven uno, mientras yo me quedo trabado con un alka-seltzer de ira mal manejada espumeando en mi frente y estómago. El patético uso de mi "autoridad" termina cuando casi de rodillas llego hasta en donde madre e hijo tienen montada su isla de la fantasía y les pido que me perdonen tan nefasto y colérico numerito.

¿Me perdonan?, ¿olvidan?, ¿me aceptan entre ellos?, ¿recuperan su confianza en mí?

Sí, pero no.

lunes, 8 de junio de 2009

Pon otra vez esa canción...

Cuando olvido que he sido tímido ante las oportunidades de abandonar esta ciudad, me gusta fantasear con la idea de ser un fugitivo incurable que quiere irse de todos lados.

Hay algo de cierto en esta fantasía de nómada wanna be porque no aguanto estar mucho tiempo en un lugar con la misma gente, sobre todo si es de día. Y peor cuando llega el momento en que no tengo nada que decir y el silencio se vuelve una amenaza incoherente.

Para combatir el miedo a la sobremesa mi cuerpo improvisa un escape en forma de cansancio y por eso me disculpo con los presentes argumentando necesitar una siesta. Me largo a la cama y me relajo, no porque estoy acostado sino porque estoy solo, protegido.

Sospecho que apenas resisto con la gente cuando entre yo y los otros hay bebidas alcohólicas que lubrican nuestra conversación. No fumo, pero me gusta entrar a una casa en la que han estado fumando sólo si me ofrecen una cerveza helada para el asco.

Pocas atmósferas me detonan tanto bienestar como el momento de las primeras copas con amigos al inicio de una noche en la que todavía nadie pacta su regreso a casa. Mi mujer estrenando un vestido violable, las mujeres de mis amigos oliendo rico con el pelo todavía húmedo, el abrazo ruidoso de quienes no tienen miedo a sobar una espalda peluda, el amigo valiente que agenda una canción vieja con la esperanza de alentar los buenos recuerdos sin temor a la rechifla.

En ese rato a lo mejor no digo nada, pero le doy un trago a lo que tengo, beso a la de a lado o me clavo en las memorias de una melodía añeja mientras confirmo, con mentiras y sin, que aunque adoro mi pasado no podría estar mejor en mi presente.

La dicha sin peros vuelve al menos lo que dura una canción. El silencio con la gente ya no me asusta, por un momento no me quiero ir a ningún lado, pospongo las despedidas y alargo la noche hasta donde puedo.



lunes, 1 de junio de 2009

(Casi) Sin miedo

¿Cuál es la diferencia entre escribir para Recolectivo y hacerlo para tu propio blog?

Tu blog es tu casa. Allí te rascas lo rascable porque vas acostumbrando a tus invitados cómo eres, tus mañas. No digo que allá tenga lectores incondicionales, pero hasta ahora la gente que me visita se ha portado cariñosa y amable, y cuando no está de acuerdo con lo que escribo plantea sus puntos de vista contrarios sin rayar en la mentada de carácter personal.

Tampoco sé si ese afecto sea temporal o simulado, pues he aprendido que algunos importantes blogueros fueron criando cuervos sin darse cuenta, siempre pasa, y ahora cualquier cosa que escriben es sujeto a linchamiento verbal.

Uno nunca sabe si darle vida a frankestein nos costará nuestra propia vida, pero de cualquier manera, te amen o te odien, desde tu blog puedes más o menos sondear para dónde van a ir las pedradas o las flores en cada post que publicas.

En Recolectivo es diferente porque uno "hereda" lectores por default. Recolectivo es como un departamento compartido cuyo caos funciona. Tu reto no es caerle bien a los que comparten contigo la casa, sino a sus invitados, a sus lectores, a sus fieles.

Antes de escribir para Recolectivo yo era un lector de Recolectivo. Me acuerdo cuando inició este proyecto que su alineación original era casi tan atractiva como la de los primeros Guns N' Roses (Slash, Izzy Stradlin, Duff MaKagan, Steven Adler, y claro, Axl), pero había una tendencia ponzoñosa en la que los seguidores de un autor hacían pedazos los posts de un autor ajeno a sus gustos. Ése era el riesgo: salirse de la zona de confort de tu blog para entrar a una tierra de nadie.

Cuando hubo algunas deserciones y me invitaron a entrarle no pude menos que poner cara de Miss Ñets con lagrimita incrédula y sonrisa de paréntesis pa' abajo. ¿Neta, quieren que yo escriba allí?, pero si soy bien rudamente simple en comparación a _________ (pónganle el nombre que quieran). La pregunta era: ¿Podría yo estar a la altura de quienes admiro?

Acepté la invitación con la actitud reservada de quien acepta una copa de veneno como aperitivo, a sorbitos me fui tragando el miedo de escribir para tanta gente que a veces trae la pistola cargada (sin albur), pero post a post fui venciendo el temor al rechazo y me relajé. Ahora me doy cuenta que más sencillo hubiera sido decir no y muchas gracias a la convocatoria; sí, hubiera sido más fácil, pero habría renunciado a este aprendizaje (¿alguien puede mandar callar a esos violines?).

¿Diferencias? No sé. Creo que ahora escribo tan a gusto aquí a como lo hago en mi blog. Poco a poco se ha disuelto esa intención de agradar a quienes nunca voy a agradar. Estúpida batalla ésa es (terminé hablando como Yoda).

lunes, 25 de mayo de 2009

Sorteo TEC


Mira la cocina, su piso de mármol, la cubierta de granito... ¡El refrigerador! Está con madre, pero, ¿cómo le haces para llenar toda la alacena de comida? Lo bueno es que los patrocinadores la tienen ahorita bien surtida con los cereales que me gustan, qué rico, qué detalle.

¿Y ya viste la lavandería? ¡Es más grande que nuestro cuarto, no manches! Y ese centro de lavado está como para cobrar por lavar ajeno a todos los de la cuadra. ¿Cuanto saldrá de luz y de agua en una sola carga? ¿Te imaginas los recibos?

Lo que no me gustó es la fuente que hay en el jardín, está medio charra, no sé, como que yo no la hubiera puesto, le quita espacio al asador y además eso de los peces escupiendo chorros de agua está bien out. Tampoco entiendo porqué la raza echa monedas a la alberca, -iba a decir piscina pero así no hablamos acá-. Si me la gano lo primero que voy a hacer es meterme así en pantalones, chinguesumadre, a recoger las de a peso y las de a cinco para ver cuanto es, se me hace que fácil junto 200 bolas; son varios cartones de cheve, cómo no.

¿Ya viste?, se excedieron en el cuarto de la tele, ¡qué pantallota! ¿Tú crees que voy a querer seguir yendo al cine teniendo esta pantalla en mi casa?, Jajajaja, ¡nombre! Además los sillones que le pusieron alrededor están bien ricos para coger; se me hace que aquí nos la viviríamos todas las tardes, a media luz, sin ruido, eclipsados.

Y mira mi amor, ésta sería la habitación de los niños, ¿ya viste el clóset? Órale, ¿cómo le haríamos para llenar los cajones si los pobres siempre anda con las mismas garritas? A lo mejor con el dinero extra que nos dan aprovechamos para ajuarearlos en los outlets que hay cerca de McAllen, ¿verdad?.

Si me la gano, lo primero que hago es una peda de una semana, o un mes, imagínate, un open house chingón, sin horario; les digo en la oficina que me voy de vacaciones y me compro un traje de lino para andar casi en rines por toda la propiedad. Pero juro que nunca seré (tan) mamón, de hecho mi tirada es vender uno de los dos BMW que te regalan y esa lana darla a beneficencia, no sé a donde todavía, pero que alguien también se aliviane gracias a este premio. O podría fundar una asociación, hay que ver.

Creo que también es buena idea que algún sacerdote nos bendiga la casa antes de mudarnos, o de perdido que alguien le haga una limpia. Imagínate toda la gente que la ha visitado, imagínate todas esas vibras que tiene, nunca sabes.

Mmmhhh... no sé, estoy pensando, creo que no renunciaría a mi trabajo, a lo mejor les propongo ser free lance para jalar desde mi casa en trusa larga. ¿Te imaginas la fogata que haría en la terraza con todas mis corbatas? ¿Te imaginas ese fuego azul? Eso sí, me dejaría la barba y la greña, pero ojalá nadie diga que me dio la crisis de la mediana edad, simplemente quiero hacer lo que ahora no puedo, no es que quiera verme de 23 años, en serio.

Pero chin, ha de ser una lanota mantener esta casa... ¡Ya sé!, vendemos todos los muebles que no nos gusten, total son un chorro de salas y antecomedores inútiles. También nos deshacemos de esos espantosos cuadros que hay en la estancia, ésa en donde mero mero entras y hay un candil bien feo y enorme. También lo vendemos.

No había pensado en cuántas sirvientas necesitamos para limpiarla. ¿Unas tres? ¡Ay, cabrón! ¿Y a cuanto nos sale por semana? Se me hace que se me iría mi sueldo en pura chacha. A lo mejor podemos "cancelar" áreas de la casa que nunca vamos a usar como el cuarto de juegos porque ni tu le haces a las cartas ni yo al billar, y nos limitamos a vivir en el cuarto, la cocina, la alberca y la salota de cine. Eso sí, cuando tengamos invitados limpiamos el área social, para que no haya pedo.

Ya me preocupé. Se me hace que no la vamos a hacer con los gastos si es que nos la ganamos. A lo mejor nos conviene vivir aquí nomás unos meses, o semanas. Luego la vendemos y nos compramos otra casa más chica, o nos quedamos en la de ahorita pero la remodelamos bien fregón y lo que nos sobre lo metemos en el banco y vivimos moderados pero holgados de nuestros ahorros hasta que se nos caigan los dientes.

Sí, qué hueva esta casota, además está medio naca, la verdad. Mejor la vendemos, pero antes la desquitamos como si nos hubiera costado construirla. Bueno, ya vámonos, tenemos que ir a comprar croquetas porque la perra no ha comido desde el viernes, pobre, y también hay que poner un tenderete en el cuarto de los niños porque el aire lavado de nuestro cuarto se descompuso oootra vez. ¡Ah!, también hay que llegar a lavar platos y a tender ropa, porque no fue Mary.


Ya voy, pérate, antes de irme quiero ver otra vez esa pantallota de cine. Chingado, ojalá nos la ganemos.

lunes, 18 de mayo de 2009

Nalga mata plumita

El próximo viernes cumplo cinco años de escribir para una revista de espectáculos que aparece todos los domingos en un periódico nacional. No me considero un periodista, tampoco un reportero, pues estas dos vocaciones me quedan grandes. Yo no busco las noticias, no descubro mafias, ni complós farmacéuticos y no abordo a un político para hacerle una entrevista de banqueta. Tampoco me desvelo en el Ministerio Público esperando a que llegue el asesino ni pernocto en la Cruz Verde aguantando a que me faciliten el informe médico de las víctimas.

Periodista y reportero, ésas sí son chambas honorables.

La mía es una tarea más dócil. Escribo acerca de actores, películas, directores, festivales, pero en medio de un ambiente organizado, agendado, con horario y café. Me citan a una rueda de prensa y voy como también van las celebridades pero sin la espada desenvainada pues ellos entienden que esos encuentros con la prensa son para promover la película en la que salen, no para abundar en su vida privada.

Gracias a mi trabajo he viajado como nunca lo hubiera hecho con mi dindero y por gusto, pero sobre todo he conocido gente muy famosa y popular como Tom Hanks, Jennifer Lopez, Peter Jackson, Angelina Jolie, Brad Pitt, Sandra Bullock, Jennifer Aniston y Julia Roberts, entre otros. Mis amigos disfrutran cuando llego de un viaje y les doy pormenores físicos de las estrellas que conocí en persona, y lo que casi siempre quieren saber es que tan culona es una actriz o que tan buen pedo es un actor.

De entre las entrevistas que más me ha gustado realizar está la que hice a Jack Nicholson antes del estreno de Los Infiltrados (The Departed). En aquella ocasión me metieron a un cuarto del Four Seasons de Los Ángeles junto a un colega brasileño y nos dieron apenas 15 minutos con ese monstruo de la actuación. La habitación apestaba a Camel y de hecho había cenizas en el asiento en donde me tocó aplastarme; o sea que el viejo había estado fumando toda la mañana en un hotel en donde no se permite echar humo.

Fueron los 15 minutos más largos-cortos de mi carrera. Nicholson habló tan pausado que apenas logramos hacerle seis preguntas, pero se portó tan amable y respetuoso que parecía un actor novato intentando agradar a la prensa. Nunca se quitó los anteojos oscuros, pero nos apretó la mano al despedirse y nos regaló su emblemática sonrisa de loco.

Dos días después cuando estuve frente a mi computadora me pulí en redactar la corta entrevista y logré hacer un artículo de 6 mil caracteres que leí y releí varias veces. Estaba orgulloso, pleno, feliz. Tenía la aspiración de que los directores del periódico leyeran el artículo y me mandaran felicitar con el editor, o que de perdido algún compañero me enviara un mail para felicitarme por mis cuidados y eficientes renglones... Pero no sucedió ni maíz; nadie recuerda esa entrevista; está olvidada, nunca pasó. A nadie transformó.

La semana pasada se nos complicó el cierre de la revista y los editores debieron cambiar la portada de último momento. Para rescatar la semana me pidieron que hiciera un artículo llegador, ligero, algo que llamara mucho la atención, que el lector pudiera comentar en domingo con su familia o amigos, que fuera una lectura de baño efectiva. Después de no darle tantas vueltas al asunto decidí hacer un Top Ten con los traseros más pachoncitos de Hollywood y en la portada escogimos a la hermosa modelo Gisele Bündchen.

¿Y qué pasó? Bueno, pasó lo que no había pasado antes: Ahora los colegas me felicitan por la elección de traseros que hice y por las fotos que conseguí, además en el elevador gente que no me había hablado jamás ahora me hace comentarios del artículo, algunos otros me regañan porque no puse a Beyoncé en el conteo o me dicen que Shakira no tiene las nalgas tan apetecibles. Lo más intrigante es que he recibido mails de lectoras enojadas porque la revista chafeó o se hizo semiporno, pero también hay mensajes de señoras emocionadas porque por fin sus esposos leyeron algo que no fuera deportes o finanzas gracias a mi nota.

Mientras esto sucede aquí estoy, a punto de celebrar cinco años escribiendo para una revista de espectáculos. Al principio tuve la inocente esperanza de dejar huella en los lectores gracias a mi prosa atinada y a mi correcto -según yo- uso del lenguaje. Pero ni madres, a lo mucho me recordarán porque algún día realicé la "hazaña" de escoger los 10 culos más sabrosos de la tele, el cine y la música.

Nada más por eso y seguramente ni por eso.

lunes, 4 de mayo de 2009

Un día de éstos, óyeme bien...

Ser regio y al mismo tiempo despreciar a Monterrey no es un acto de traición sino de supervivencia.
Los que aquí nacimos resistimos a la ciudad porque nuestro sueño más feroz es poder largarnos de aquí algún día. Somos como el náufrago que pretende salvarse de la deshidratación a bordo de una canoa nomás porque se tiene prometido llegar a tierra firme (chaqueta mental por excelencia). O como el doctor que soporta los insultos del enfermo terminal por obvias razones.
Nuestra meta es aguantar bara hasta que el hartazgo llegue a bandera roja y entonces sí pintarle un dedo al Cerro de la Silla, a la sociedad pretensiosa, pero sobre todo a esa manía de meterse con la vida del prójimo tan usual en el ADN del norestense promedio.
"Un día de éstos me verán ir pero jamás venir", amenaza un regio a sus similares poco antes de enrielarse a sus labores o perezas cotidianas. Los demás lo miran con reservas, pues no hay nada más chocante que ver a uno de los nuestros triunfar en el extranjero, y entiéndase triunfar como ese acto valiente de mutilar el arraigo familiar para establecerse en sociedades en donde lo menos importante es saber cuántos hijos tiene, en qué trabaja, cuándo se casó y cuánto paga de renta nuestro vecino.
Monterrey es un pueblo que se sueña ciudad. Muchos de sus habitantes se toleran con la esperanza de jamás volver a verse uno de estos días. Y sin embargo, se vive bien. O al menos ésta es otra de las fantasías que nos repetimos minutos, días o años previos al despegue.

lunes, 20 de abril de 2009

Por piedad, hijito

El mejor momento del día es cuando mi hijo se despierta muy temprano.

El peor momento es el mismo.

lunes, 13 de abril de 2009


Raúl era un niño tres o cuatros años mayor que yo, que vivía una cuadra abajo de casa de mis papás. Lo respetábamos porque él era el pitcher más veloz de la chafísima Liga Pequeña de Beisbol de Colinas de San Jerónimo. Su greñilla en la nuca y su derecha impecable lo colocaban en un lugar privilegiado del suspirómetro entre las niñas de la colonia.

Yo era una nalga con moretones en el diamante, -sobre todo a la hora de batear-, y temblaba cuando me tocaba el turno en el home. En cambio, veía a Raúl parado allá en la lomita muy seguro de sí mismo mientras en las gradas oxidadas se escuchaba el grito de: "¡Póoonchalo, Raúuuul!". Generalmente me ponchaba con tres rápidas rectas, una de ellas a la altura de una piñata.

Sin embargo, pese a la diferencia de edades y de talentos deportivos, Raúl me buscaba mucho. Yo no entendía porqué yo le caía tan bien, pero me gustaba esa lealtad suya. Me enseñó a fumar y a dominar la técnica hostil del "garnuchazo", pero además fue el encargado de arrebatarme la inocencia diciéndome tres verdades: 1. santa clos no existe, 2. los niños no vienen de París y 3. los niños pueden masturbarse. Esta última revelación fue a la que saqué más provecho, debo admitir.

Así de un jalón y sentados arriba del pasamanos del parque, Raúl me quitó la venda de los ojos. Lo peor de todo fue llegar esa noche a mi casa y verle la cara a mis papás. Por un lado sentía que me habían engañado, pero al mismo tiempo me provocaron una ternura rara porque ellos no sabían lo que yo ya sabía de ellos ¡y de la vida!. Obviamente me hice pendejo la siguiente Navidad... y mi mamá seguía preguntándome porqué me tardaba tanto en el baño (¿?).

Aquélla vez Raúl exageró cuando dijo que para "hacer un hijo" los papás tenían que penetrar a las mamás dos horas seguidas. Todos los hombres sabemos que ni la cuarta parte de ese tiempo se requiere para que nuestras mujeres cambien los tampax por las pastillas de ácido fólico. En fin, cuando cumplí 11 o 12 años, Raúl ya iba a quinceaños y poco a poco la diferencia de edades se hizo inaguantable y terminó por distanciarnos definitivamente.

Hace unos meses lo vi de lejos y ambos compartimos un saludo débil de cejas, ése gesto incómodo que usamos cuando no queremos acercarnos a saludar de mano porque en realidad nadie tiene algo que decir. Raúl iba con su esposa y con sus dos hijos, los cuales tienen casi la misma edad en la que nosotros nos hicimos amigos. Por un momento se me antojó acercarme y decirle en voz alta: "Cabrón, ¿ya le dijiste a tus hijos que santa clos no existe, hijo de tu pinche madre?...".

lunes, 30 de marzo de 2009

El chiste es compensar la certidumbre de saberse demonio ocultando los cuernos con un velo de humildad. En caso de que te sientas angelote aplica la misma fórmula pero el velo sale sobrando porque las aureolas -la mayoría- son invisibles.

La más buenota sabe que gracias a su incuestionable exterior la admiran, pero su conquista definitiva se da cuando los demás notan la supuesta indiferencia que a ella le provoca su propia belleza. La de la mochila azul, la de las tetas aduraznadas, tiene un secreto: No usa espejo pero no deja de disfrutarse en las ventanas de los coches, en los rines de las llantas, en la pantalla del celular, en el charco y en cualquier área que refleje su plumaje turquesa. Practica un narcisismo camuflado porque las bonitas creídas han pasado de moda y en su lugar florecen las hermosas modestas.

El policía se pasea por fuera de una celda columpiando las nalgas frente a los detenidos callados que ayer eran borrachos rápidos y furiosos. El uniformado se sabe observado por los sumisos desgraciados que andan descalzos -no se fueran a ahorcar unos a otros- pero finge gozar, no el poder que le brindan su arma y su placa, sino la satisfacción que otorga el deber cumplido y hasta pone la cara de una marioneta de Botero, serio pero no enojado. "Yo sólo hago mi trabajo pero si te alebrestas te mormo, ya lo sabes hijodetu".

El tío que mejor habla levanta la mano para ofrecerse como orador en el entierro del abuelo. Sus ojeras aparentan ser de insomnio depresivo, pero se deben a que no durmió buscando sinónimos y eufemismos de la palabra muerte. El tío quiere dar un discurso inolvidable incluso para aquellos que no soportaban al anciano. A la hora marcada hace un lujo con el lenguaje y adereza su alegato con anécdotas que involucran a los que desde abajo babean por su entereza, pero que no aplauden por respeto al difunto. Al de la emotiva ponencia le termina valiendo madre el abuelo, pues está inflado de contento porque toda la familia le dice qué bien hablaste, qué bruto, guau.

A Mr. Ñets no le interesa tener cientos de seguidores y decenas de comentarios en su blog, pues su pretensión se limita a tener un espacio para expresar ideas. Yeah right!.

lunes, 23 de marzo de 2009

Todos los 21 de marzo hablo por teléfono con Mabel, una amiga que desconfía de la estabilidad porque dice que siempre la calma trae guardada una hecatombe.

Esta vez me contó que su padre había mostrado una notable mejoría la víspera de su muerte. Don Felipe andaba de pie, había recuperado la sonrisa y tuvo la osadía gastroenterológica de ordenar de la plaza unas enchiladas con mucho queso. El viejo de 78 años ignoró por unas horas el cáncer cenando a sus anchas, cantó, echó copa y chiste, y a medianoche cayó dormido como si fuera un lobo cachorro.

Al día siguiente amaneció muerto y surrado. El doctor con pelo de poeta explicó a Mabel que algunos enfermos terminales presentan signos vitales muy favorables antes de morir.

-Es como si se dieran la oportunidad de un segundo aire en la antesala de la oscuridad eterna- declaró el oncólogo mamón antes de guardar su cheque en la cartera.

Durante la misma llamada Mabel mencionó el caso de su hermano José Luis, un maniacodepresivo que dejó firmada una dicha insólita en la última página escrita de su diario poco antes de que el huracán Emily se lo tragara en Tecolutla.

"Hoy me he sentido de poca madre, acá la vida es mucho mejor que en Torreón, no había visto tantos tonos de verde en mi vida, las mujeres usan minifalda y no les importa enseñar, los camarones son grandes, las manzanas sí saben a manzana. La gente es amable y casi no hay corrupción porque aquí casi no hay policía. Me siento muy feliz hoy, mañana quién sabe", escribió José Luis dos noches antes de ahogarse junto con otros dos mil quinientos veracruzanos.

Antes de colgar, Mabel manda un beso y me recuerda que el bienestar inusual es la señal obvia de que un desastre está por venir.

-La felicidad es breve, sé discreto-, me recomienda.

lunes, 9 de marzo de 2009

El miedo anda en pañales


Dejaron de darme miedo los niños el día que tuve uno. Ahora les tengo pánico.

Corrijo. El miedo no es a ellos sino al cambio. No me asusta Mateo -mi primogénito, quizá el único que tenga- sino los cambios a los que me ha emparentado desde que nació. Tener un hijo es renunciar a la resistencia al cambio, es encontrarse con la continua alteración de las costumbres. Ahora soy de los que en medio de una reunión agarran esquina para presumir las fotos de su hijo y de los que hablan de cosas que no le interesan ni a los que ya son papás.

-Hay que tallar bien la toallita húmeda en el culo del bebé cuando le cambias el pañal porque si le queda caquita le da comezón y no duerme bien él y no duermes bien tú-.

Con frecuencia me oigo a mí mismo repitiendo frases que juré nunca decir; frases como "Los hijos crecen demasiado rápido", "Cierra la boca cuando salgas porque está haciendo frío", "No andes descalzo", "¿Cómo se dice azul en inglés?" y "No juegues con la comida".

Puedes ser un cabrón sin culpa hasta que eres papá. Ni siquiera el matrimonio te obliga a asistir a tu propio juicio ético. Recuerdo que un amigo se la pasó en el teibol enseñando las fotos de sus gemelitas a una desbrasierada explicando lo mucho que las quería. La bailarina se conmovió y ambos se enredaron en un abrazo sin erotismo escuchando November Rain de fondo. La plática, y no el baile, que le dieron a mi amigo fue de preciso carácter privado.

Treinta y tres años de mi vida fui el más mediocre de los salmones. No nadaba a contracorriente, sino acomodado en el río, a como viniera el agüita con la envidiable chilerencia que tienen los que no se preocupan por el futuro porque no tienen nada qué perder. Algo así como si me muero no hay pedo.

Pero luego la paternidad me expuso a los miedos que creía haber superado en la primara: sangre, vómito, enfermedad, fantasmas, muerte. Ahora pienso en hacer un testamento, en ahorrar, pero no para pagar una carrera en el Tec dentro de 15 años, sino para hacerme un check up médico semestral. Quiero vivir más y mejor, y eso es también un enorme cambio para mí.

Ya he dicho que es patético que los papás pretendamos realizarnos a través de los hijos, pero es cierto que uno quiere una mejor suerte para ellos. La virtud consiste en que ellos no se vean afectados por los miedos de sus papás, porque un miedo mal disparado se hereda en forma de traumas, complejos y prohibiciones estúpidas.

La tarea es ultra marciana: Saberse débil pero sacar fuerzas para proteger a los hijos sin que esa protección los discapacite. Hacer hombres y mujeres sensibles, pero no agachados. Esconder los miedos propios mientras son pequeños, pero luego, mientras van creciendo, aceptarse vulnerable frente a ellos para que sepan desde el principio que los papás somos seres humanos, nada más.

En mi caso, miedo a los niños era/es miedo al cambio. Miedo a hacerme responsable por una chingada vez en la vida. Una chingada vez que dura toda la vida.

lunes, 2 de marzo de 2009

Fábulas Telcel


No son las estrellas que se traga porque esas nomás provocan que despliegue su arrastre con más velocidad ni es el huevito que se come y con el que se empacha. Tampoco le hacen daño los hongos que apagan la luz para confundirla ni las tarántulas con las que se alimenta ni los chapulines que merienda.

No, nada exterior tiene que ver; lo que mata a la víbora es el contacto con su propia cola. La víbora choca con su cuerpo y muere, no sabe gozarse a sí misma porque ella es su veneno. Los demás le temen y la serpiente se la cree ignorando que es ella su única amenaza letal. La víbora se mira tan larga y tan poderosa que olvida a su verdugo: ella. La desgraciada se suicida antes de conocerse.

(Es increíble lo que uno aprende jugando Snake con su celular en medio del cague).

lunes, 23 de febrero de 2009

Hasta que la boda te separa


El Hombre Teta es aquél que se casa con una mujer para divorciase de una parte de sí.

Frente a un juez, sacerdote, chamán o Elvis Presley, el Hombre Teta dice "sí" y con ello mancomuna cosas recuperables, un carro, una casa; pero también derechos inestimables como el albedrío. Después de la Luna de Miel comienza a adoptar gustos musicales de su mujer, prejuicios sociales de la suegra y sentido del humor del suegro.
Se acomoda.

Primera alerta: Quitar el salero de la mesa porque el tío de su vieja tiene hipertensión arterial.

El Hombre Teta es fácil de identificar. Es ése que saluda diferente cuando está con su esposa, el que se pone tieso, correcto; el que engola la voz. Es el que evita asistir acompañado a las reuniones con los de la secundaria para que aquella no sepa que por años le apodaron "Pedoman". Es el que se disfruta entero solamente afuera de su casa, en una barra de bar traducida en muro de lamentos, o en el hoyo cuatro de un campo de Golf. Apenas borracho se tolera.

Segunda alerta: Dejar de comprar Maxim para comprar Architectural Digest. ("Ahora con las utilidades a ver si ya podemos remodelar el bañito de visitas, ¿verdad, Pepe?").

Para no hablar de aquello que nunca fue con sus nostálgicos contemporáneos, el Hombre Teta arma un discurso social ensamblando logros de oficina en el que detalla de qué lado está su foto en el cuadro de honor de los empleados del mes. Él quiere ser gerente, pero en silencio se pregunta cómo es posible levantar las ventas de una compañía y no poder así, con la misma determinación, avivar la flama irreverente que fue cuando soltero.

El infierno no es ella, es él, porque pensó que renunciando frente el altar a lo que era, sólo así, podía darle una vida mejor a ella. Horseshit. Las cosas que se estiran en el noviazgo terminan por tronar en el matrimonio. Lo que se esconde, flota.

El Hombre Teta se siente incompleto porque las decisiones que toma están muy lejos de su voluntad. Es un hombre que se distrae en la forma porque no le conviene buscarse en el fondo. Si un día se encuentra, (¡otra vez borracho, Pepe!), se reclamará a sí mismo lo que un día perdió deliberadamente: la otra mitad de sí.
Blogalaxia