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domingo, 30 de agosto de 2009

Vagueando.


Si yo fuera vagabundo, sería una reata en Street Fighter 2, en Final Fight, en Bad Dudes y en otro par de juegos más. ¿No?

¿O nos referimos al sentido romántico del vagabundo? ¿Del pintor ese que va persiguiendo Sandy Bell por toda ehm, Gran Bretaña? En ese caso, sería un cabrón guapísimo, con un morral al hombro, pintando por hogazas de pan y café.

La verdad es que... ser un vagabundo... No me parece nada romántico. Una vez, recuerdo que caminaba para ir a pagar una cuenta de luz. Llevaba más dinero del acostumbrado en las manos. Caminaba sobre patriotismo y me encontré a un viejo vagabundo, de unos 60-70 años. Su olor era característicamente repugnante y se notaba a varios pasos de distancia. Entre los días sin bañar, los orines, la mierda. El señor, asumo, estaba enfermo de algo. Usaba un sombrero de paja ya desgastado y la acostumbrada gabardina hecha jirones de tela.

El hombre se inclinó y tenía una expresión entre dolor y angustia. Noté debajo de él, y se estaba orinando al parecer.

Es una de las imágenes más vívidas que tengo de mi vida adulta. El hombre volteó a mirarme a los ojos. Una de esas imágenes que cuando vas acompañado de alguien, rompen toda conversación y restan la saturación al mundo. Nos volvemos grises, nos volvemos el vagabundo y muy dentro, sabemos que no lo somos. Que tenemos un lugar donde cagar, que tenemos un varo para las chelas, y que por más que hemos dado un par de monedas a otros vagabundos como él, no podemos evitar que estén en nuestras calles, cagándose a plena luz del día.

Y eso me llevó al otro vagabundo que recuerdo... aquel que caminó a la parada de autobús que tomaba cuando salía del trabajo. Un hombre en sus 25-30, moreno... El vagabundo me dijo algunas groserías, se rió de mí, y yo lo miraba nada más, esperando que pasara algo. Caminaba mal, se movía en círculos y la mirada estaba perdida, aún con sus destellos de dios travieso. En el caso de que nos agarraramos a putazos, y a no ser que fuera un cinta negra disfrazado, bueno... quedaría en el suelo. Incluso me sentiría mal después por no darle unas monedas para que se comprara un taco en esa esquina.

Llegó mi camión, me subí para evitar cualquier escena vergonzosa.

-Todos somos -me dijo el vagabundo. No terminó, sólo dijo: "Todos somos".

Todos somos.

Hasta la fecha, me sigo preguntando que quiso decir. Aunque en mi corazón, tengo una respuesta lamentable y muy sencilla: Todos somos como tú. Todos somos como un vagabundo.

sábado, 29 de agosto de 2009



  1. Me pondría de apodo “El primaveras”.
  2. Tendría de mascota a una lagartija gigante. Después de “Amores perros” que vagabundo de medio pelo quiere tener canes pordioseros, que rusticidad.
  3. Fuera el clásico carrito de supermercado y menos sí es de Gigante o una tienda que ya ni exista.
  4. ¿Por qué hacerte el loco? El 93% de los vagabundos están más sanos mentalmente que cualquier oficinista, sólo lo hacen por mantener la pose. Yo optaré por simplemente aparentar hostilidad.
  5. Las drogas también ya pasaron de moda. A menos que seas millonario y puedas tener acceso a las de primer nivel ¿Qué necesidad de terminar acuchillado por una pinche bolsita de resistol?
  6. Otra variación del vagabundo loco: el poeta ¡No por favor! Andar por las calles recitando versos sin sentido, intimidar a los transeúntes con rimas baratas, me niego. Sí quisiera ser poeta también tendría que ser millonario, parecer gay y tener mínimo, tres amantes y hacerles el amor sin condón.
  7. Estoy pensando seriamente en mis ratos libres (que no serán tantos, el oficio de vagabundo requiere dedicación) hacerle un poco a la prostitución. Cobrar barato, sólo por currículum y buscarte uno que otro problema.
  8. No robaré. Solicitar limosna sigue siendo intrínseco en cualquier vagabundo y no inspiraré lástima, sólo quiero cubrir los requisitos.

viernes, 28 de agosto de 2009

"Papá, ¿qué cosa es un vagabundo?"


En Guadalajara, se cuenta una mala broma sobre las niñas del Alpes - legendario colegio de monjas para los nada distinguidos engendros de la élite tapatía -. Se dice que la madre superiora, preocupada por la poca consciencia social de sus alumnas, pidió a todas las niñas de tercer grado de primaria que escribieran un pequeño cuento sobre la vida de una familia pobre. Cuentan que una brillante estudiante escribió lo siguiente:

"Había una vez una familia pobre. El papá era pobre. La mamá era pobre. Los abuelos eran pobres. El chófer era pobre. La niñera era pobre. La cocinera era pobre. El jardinero era pobre. ¡Todos eran pobres!"

Yo no soy egresado del Cumbres - la versión del Alpes para hombres - o de cualquier otro colegio del Reino de Cristo, pero debo confesar que me siento igual de idiota que cualquiera de ellos. Es que cuando me pregunto qué haría si fuera vagabundo mi mente se queda en blanco. ¿Cómo vive un vagabundo? ¿En dónde duerme? ¿De qué se alimenta? ¿A qué dedica su tiempo libre? ¿Tiene amigos? ¿Tiene familia? ¿Lee el periódico? ¿En dónde ve los nuevos capítulos de Grey's Anatomy? ¿Qué le pone a su café? ¡Nosénosénosé!

Podría preguntar todo ésto al próximo vagabundo que encuentre en la calle. El problema es que no recuerdo la última vez que vi a uno. ¿Se estarán escondiendo? ¿Se camuflarán con los edificios de la ciudad? ¿O será que ya no existen? Entonces, debe ser cierto lo que dice el gobernador; debe ser cierto que en Jalisco todos ganamos un promedio de 14,000 pesos al mes. ¡Con esos salarios seguro que ya no existen vagabundos! ¡Claro!

¿O será que los ignoro? Quizá sea yo quien decidió ya no verlos. ¿Por qué? Porque es incómodo. Porque es de mal gusto. Porque están sucios y me dan asco. Porque son pobres. Porque me estorban. Porque soy frívolo, elitista y banal. Porque no me interesan. Porque a nadie en realidad le interesan. Porque en el fondo, todos somos como las alumnas del Alpes o como cualquier personaje que habite la mente de Guadalupe Loaeza.

No. No sé qué haría si fuera vagabundo. No tengo ni idea de cómo es un vagabundo y no quiero averiguarlo. Y si eres honesto dirás que a ti tampoco te importa. Tú tampoco quieres imaginarte qué harías si fueras uno.

Yo no quiero ser vagabundo, y tú tampoco. Nadie quiere serlo. Nadie elige serlo.

Trotamundismos pordioseros



El mochilerismo pordioseril fue todo un estilo de vida en mi adolescencia y temprana juventud. Muchas veces en mi existencia estuve a cientos o a miles de kilómetros de casa con unas cuantas monedas en la bolsa o bien, con la bolsa literal y absolutamente vacía, sin lo mínimo indispensable para comprar un pan o una tortilla. Desde muy pequeño tuve claro que deseaba recorrer mundo, pero también caí en la cuenta que para salir de casa se requería dinero. Fue este último detalle el que decidí pasar por alto. Para viajar lo único que se requería era reunir el mínimo indispensable para trasladar mis huesos e ilusiones a un lugar remoto. La estancia y el retorno eran nimiedades, asuntos secundarios que no me quitaban el sueño.

El primar gran mochilazo de mi vida, es decir el primer gran viaje que realicé sin la compañía de algún familiar, se dio en el verano de 1988 cuando acompañado de mi amigo Jordi Ferrer emprendimos una travesía desde Monterrey a Chiapas. Teníamos ambos 14 años de edad. Paradójicamente, ese primer viaje fue uno de los más holgados de mi juventud. Recién expulsado por mala conducta del Liceo Anglo Francés de Monterrey en segundo de secundaria, me di a la tarea de ponerme a trabajar. Fue en ese año la única ocasión en toda mi existencia en que he trabajado con mi padre, que en aquel entonces tenía un negocio de telefonía. Trabajé unos tres meses y junté la cantidad de 350 mil viejos pesos, una fortuna en aquel entonces. Viajamos de Monterrey a México y de México a Tuxtla Gutiérrez a bordo de un pollerísimo camión Cristóbal Colón sin baño ni asientos reclinables. Por aquel entonces se acababa de consumar el fraude de mi tío Carlitos Salinas de Gortari contra Cuatemochas Cárdenas y los cardenistas tenían tomadas las carreteras de Guerrero y Oaxaca, por lo que el camión se tuvo que ir por Veracruz y Tabasco y entrar a Chiapas por la sierra. Una travesía de 25 horas. El dinero me rindió más de un mes e incluso me quedaba algo en la bolsa cuando volvimos. Esa circunstancia no volvió a repetirse en ningún viaje futuro, pues la regla, sin excepción, fue retornar a casa sin un peso en la bolsa.

A los 15 o 16 años empecé a pasearme subiéndome al camión con lo que trajera en la bolsa. El non plus ultra de mis viajes parias fueron a la pachequil costa oaxaqueña. En el verano de 1991 me escapé a Puerto Escondido y Zipolite con menos de 200 mil viejos pesos. Primero pagué una hamaca y cuando el dinero se me acabó, simplemente me dormía en la arena. Por fortuna siempre salía lo necesario para acudir a un estanquillo a rellenar una botella con mezcal de garrafa que nos vertían con un cucharón sopero. Dos años después, en 1993, volví a Puerto Escondido y alcancé los extremos del pordioserismo y la mendicidad. Ese verano ha sido la ocasión en que más cerca he estado de morir en mi vida, pues estuve a punto de ahogarme en Zicatela. Dos días después, alguien se metió a nuestra tienda de campaña levantada en plena playa y robó mi cartera. Por primera vez en mi vida estaba con la cantidad de cero pesos a más de 2 mil kilómetros de casa. Mi amigo Rudy Cruz apenas tenía lo necesario para su camión. Aunque siempre viajé con lo mínimo indispensable, jamás me había visto, ni me he vuelto a ver en la necesidad de pedir dinero en la calle como un vil mendigo. El boleto al DF en el camión más barato costaba algo así como 150 pesos y de pesito en pesito los reuní, por supuesto sin comer en el inter del taloneo, pues cada centavo era destinado al retorno. Llegando a la capital un tío me patrocinó la vuelta a Monterrey en avión.

Tengo un rosario de anécdotas sobre viajes low budget en los que medio comía una vez al día. Recuerdo cuando abordé un camión a Tampico con 27 pesos en la bolsa o cuando llegamos sin un quinto a Real de Catorce pidiendo aventón en la carretera. Alguna vez le pedí posada a unos padrecitos en Creel Chihuahua. Así, como no queriendo mucho la cosa, recorrí casi todo México en mi juventud (solamente me faltan tres estados de la República por visitar)

Fue hasta 1996 que subí a Primera División. Se ampliaron mis horizontes geográficos, pero no mis finanzas. El 13 de septiembre de 1996 crucé la frontera de Buffalo NY a St. Catherines Ontario a bordo de un Greyhound que había salido desde Rochester. Cuando entré en territorio canadiense traía exactamente 60 dólares en la bolsa. En Toronto dormí dos noches entre las columnas de la Corte de Justicia antes de descubrir un albergue gratuito del YMCA. Por diversos motivos ese viaje de paria a tierras canadienses lo recuerdo con particular cariño.

Ese mismo año, un mes después de Canadá, realicé el primero de cuatro cruces al Atlántico. Vivía y trabajaba yo en aquel entonces en un pequeño poblado de Massachussets llamado Groton en casa de la familia Davy, quienes me dieron empleo en su guardería. Empezaron entonces las ofertas de otoño en las aerolíneas y con sorpresa descubrí que viajar por Icelandair de Boston a Londres con escala en Reykjavik costaba únicamente 279 dólares. Cuando el avión dejó atrás suelo americano, traía en mi bolsa exactamente 600 dólares. Ni un pinche centavo más. Con 600 dólares recorrí siete países a lo largo de 40 días dándome un sin fin de mañas para hacer rendir cada dolarito. Mi pequeña mochila yacía repleta de barras de granola que fueron mi alimento base. En Inglaterra, donde la comida es carísima y mala, mi alimento se reducía a tres barritas de granola diarias. Llevaba únicamente un jeans, (el que traía puesto) y mis botas Doctor Marteens, pues mi mochila era casi escolar y apenas le cabía ropa.

Obvia decir que jamás pisé un restaurante. Sentado en las bancas de los parques comía molotes de pan y queso mojados en vinos de tres francos. Mi primera noche en Londres la pasé dormido en el parque que está frente a Bukinham Palace. Sería el primero de tres parques cuyo mullido pasto me sirvió de cama. En Francia me las arreglé para no pagar una sola noche del hostel a donde entraba de contrabando por la noche. También conseguí un eurailpass ajeno que me dejó como herencia un brasileño que tuvo que retornar a su tierra por una emergencia. Con mi eurailpass heredado crucé Bélgica y Holanda y el día que el boletito se vencía, lo maximicé en una travesía de Ámsterdam a Madrid. Después fui aprendiendo el sutil arte de treparme a los trenes sin pagar. Los últimos tres días de esa travesía los pasé en Reykjavik Islandia, en un hostel atendido por un hondureño en donde yo era el único huésped. ¿Complicidad latinoamericana en el ártico? El caso es que no pagué ni una de las tres noches. Mis últimos 20 dólares se fueron en pagar el camión de la ciudad de Reykjavik al aeropuerto. Con centavitos morralleros que yacían en las bolsas de mi chamarra pagué el tren de Boston a Groton. La travesía pordiosera estaba consumada.

Ese fue el último de mis viajes parias y no porque me haya aburguesado o haya perdido mi capacidad de dormir a la intemperie, sino porque ese fue también mi último viaje solitario. El resto de las travesías las he realizado con mi esposa y tengo la ligera sospecha de que no le atrae mucho la idea de dormir en la banca de un parque. En 1999 viajé por primera vez con una tarjeta en mi cartera, un símbolo de aburguesamiento inconcebible en mi adolescencia. Me cuesta trabajo creer que un par de noches en un hotel de Shanghai el pasado mes de abril costaron más que 40 días en Europa (aclaro que fue un viaje de trabajo en donde no gasté un centavo de mi bolsa) Aún así, conservo cierto espíritu pordiosero cada que salgo de casa y aunque soy todo un adulto, soy fiel al ritual de viajar con mochila, nunca con maleta. Viajar siempre ligero de equipaje (entre menos pertenencias tienes menos esclavo eres) jamás tomar un tour turístico, buscar fundirme con los locales y no con los turistas. Explorar, caminar hasta el hartazgo e ir al futbol al lugar donde fuere. Ser un viajero, no un turista y jamás olvidar que muchos de los más felices días de mi existencia los viví comiendo pan duro y vino barato en la banca de una plaza.


jueves, 27 de agosto de 2009

Si yo fuera vagabundo procuraría ser uno como Lee Marvin







El año que nací, se estrenó una película que la gente conoce como "El emperador del Norte" aunque se llama "El emperador del Polo Norte". La protagonizan Lee Marvin, Ernest Borgnine y un jovensísimo Keith Carradine.

La historia se desarrolla durante los 30's, en plena Gran Depresión, una bonita época en la que surgieron (yo diría que resurgieron) clases sociales que se movían en ese amplio espectro que se extiende desde la marginación hasta la miseria. Los hobos o trabajadores errabundos, eran de esas clases sociales y sobre ellos trata la película.

El No. 1 (Lee Marvin) es un vagabundo que utiliza las líneas ferroviarias de carga para transportarse gratis en búsqueda de sitios donde probar suerte. Shack (Ernest Borgnine) es un empleado ferroviario cuyo principal pasatiempo consiste en tirar de su tren a vagabundos que buscan viaje a sus expensas, de preferencia pasándoles el tren por encima, y Cigarete (Keith Carradine) es un vagabundo novato que sigue a el No. 1, con la esperanza de que se le pegue algo de su experiencia.

Por la mitad de la película, el No. 1 reta a Shack: dice que va viajar en el tren de este último. Shack que tiene tanto sentido del humor como anónimo de Manuel. se prepara con cadenas y martillos para bajarlo a patadas cuando lo vea. En los últimos minutos de la película, el conflicto se resuelve: Lee Marvin, tumba del tren a Ernest Borgnine y de paso al lameculos de Cigarete, de quien estaba ya hasta la madre.

Cada vez que he visto esa película (hace tres días la pasaron por TCM) la vida de vagabundeo ferrocarrilero de Lee Marvin me cuadra.

La dama y el vagabundo... y el monero.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Indie-gente



Mi hermano, antes de querer ser todo un magnate y vomitar oro hasta por las orejas, quiso ser vagabundo. Pues sí, no es como que la orden de pensamiento más lúcida, pero es la realidad. Recuerdo aquellos días en que llegó muy decidido a la puerta de la cocina y le dijo a mi madre:


-Cuando sea grande voy a vivir en la calle.


Y ella soltó una pobre carcajada, como quien escucha un inocente chiste. Mi hermano se alejó de la cocina, ante la idea de que mi madre había captado en buena manera su noticia. Tuvo que pasar mucho tiempo para que ella comprendiera no se trataba de un error ni una broma de niños; él realmente quería vivir en la calle.


Debería haber una carrera para ser vagabundo. Materias de lo más bonitas como:



Decorar tu basurero I
Convivencia con gatos de callejón (avanzado)
102 maneras de aprovechar tu vómito.
Recetas mágicas con vómito (Se requiere de la materia anterior)
Seminario de las ampollas en los talones.
Uñeros prácticos y sin dolor




Posiblemente yo la tomaría, y así me ahorraría mucho tiempo de estudios inútiles que seguramente nunca practicaré. Hubo un tiempo en que mi sueño era ser pintora, cocinera, diseñadora de modas, sí, sí, y luego llegaban las verdaderas metas a las cuales aspiraba: madre de casa, señorita con especialidad en estudios internacionales y administración de empresas (¿Esa madre realmente existe?) e incluso un cursillo por ahí para uñas de acrílico. Claro que con mi poco talento, a lo que realmente debería aspirar, indudablemente, es a algo sencillo como mecatrónica o bioquímica.


Las personas inteligentes, todas ellas, por montón, van a arremolinarse y armar barullo en la facultad de Vagabundos; si ya los estoy viendo. Creo que me volvería loca al intentar que mi basurero se viera más oxidado que el de mis vecinos, pero después de todo es lo que la suerte me tenía preparado: no-ser vagabundo. Aun así, dudo bastante que las escuelas estén dispuestas a hacer una carrera destinada a ello. Pero si así fuera, no dudo que tendría mucho éxito. Incluso ya se me ocurrió mi tesis, y la premisa con la cual me presentaría para hacer mi posgrado:



Yo. amo. los. puentes.


Sin embargo, no deja de ser un sueño de ilusos. No me imagino estudiando ahi, ni teniendo compañeros que sudan dinero correr por los pasillos porque se les hace tarde para su clase de Fonética y fonología del indigente. Sería todo un logro poder crear un vocabulario... qué digo, un idioma! para los vagabundos. Ya si eso no resulta, puedo conformarme con amarrar un paliacate a un palo y viajar por el mundo como Cantinflas en su caricatura, pero sin tanto estilo y con más pendejadas en el camino.



No sé; creo que si tuviera la suerte de ser vagabundo, no tendría que preocuparme por un friego de cosas que debo afrontar semana con semana.



Lavar los platos.
Subir a autobuses.
Combatir el crimen.
Limpiar mi casa.
Añorar una mascota.
Apreciar el buen vino.
Tocar la trompeta.
Soñar con ser choper.
Escribir en Recolectivo.

Vagabundeos.



Yo era muy pequeño cuando el cometa Halley pasó cerca de la Tierra en 1986, pero tengo algunos recuerdos; sobre todo, me fascinó el hecho de que la mayoría de las personas que lo veían en ese momento no estarían vivas para la siguiente visita… incluyéndome, ya que , sinceramente, dudo que alcance a verlo en el 2061.

Hace unos años una persona muy cercana y con la que había tenido una relación tormentosa durante mucho tiempo, me dijo que yo era como el Halley: me aparecía de vez en cuando en la vida de alguien, provocaba un desmadre y luego desaparecía, yéndome a vagabundear sabrá dios donde, hasta que un día aparecía de nuevo empujando mi carrito de supermercado cargando otra tanda de problemas.

De haber sido sólo ella la que lo dijera, tal vez lo hubiera considerado una analogía ingeniosa; lo preocupante es que varias personas han dicho cosas similares en distintas ocasiones, por lo tanto tiendo a pensar que hay algo –mucho- de cierto.

Y así es, en cierta manera, siempre fui un vagabundo en la vida de algunas personas. Durante un tiempo, por una u otra razón, brillé en sus cielos. De pronto me volví un objeto importante durante sus noches; algunas veces provoqué histeria y hasta miedo, otras solamente desestabilicé sus cálculos y unas veces más sólo fui un objeto curioso. Luego, lentamente me fui opacando hasta que un día simplemente desaparecí. Sólo dejando un recuerdo de aquel objeto extraño que orbitó una etapa de sus vidas.

Pero luego, meses o años después, aparecía de nuevo en sus vidas como si nada hubiera pasado y el ciclo se repetía una vez más. Ahora que lo pienso de esa manera, muy pocas de mis relaciones han sido sólo una vez perihelio de mis sentimientos. Si ellas pudieran leer lo que digo, seguramente moverían la cabeza en muestra de aprobación (y rechazo, de paso).

Desde hace tiempo mi órbita se ha vuelto menos excéntrica y mis vagabundeos aún menos dramáticos. Aunque desaparezca del cielo de alguna persona, de una forma u otra puede localizarme fácilmente en cualquier momento y lugar de mi tránsito (sí, estoy forzando demasiado la analogía, lo siento, pero me gusta). De esta forma, si algún día llegara a acercarme de nuevo a sus vidas, podrían saberlo con anticipación y tomar las medidas necesarias. Me gusta pensar que muchos de estos escenarios son como los de Armageddon: se prepararían para borrarme de su existencia de una vez por todas. Pero la realidad es que la mayoría de las veces ya sólo provoco lo mismo que en cualquier persona común: nada más que un par de miradas al cielo y después el seguir con la vida normalmente.

Creo que es lo mejor, después de tanto vagabundeo sentimental, ya no tengo mucho material para sublimar, sólo lo suficiente para brillar en un único cielo.


martes, 25 de agosto de 2009

Que trabajen los pobres



Mi rutina diaria me recuerda que desde hace algunos años carezco de problemas de dinero. Tampoco vivo rebosado en marmaja, y si me preguntan, no rechazaría una corta extra en mis dos cuentas bancarias, donde hasta la fecha reposan mis ahorros acumulados a conciencia.

Conciencia que me susurra: hermanito, vienen días difíciles, cabalísticos, sinuosos y de putas. Un descuido y terminas pidiendole dinero a tu madre, como en la adolescencia; veinte pesos para los taxis y un rincón con internet en su casa para buscar trabajos horrorosos o tediosos.

Mi rutina es la negación de todo consumo, me repito. Mis contemporaneos, todos tienen automovil del año que pagan a plazos, hipotecas insufribles, y se permiten gastos de ropa, conciertos y comidas en San Diego, muebles avantgarde, televisión de plasma o LCD, una buena laptop, sus gadgets, que incluyen cuenta de radio, celular y blackberry para la mujer, el marido y el hijo que más aplauda.

Pero no los critico. Soy respetuoso de la vida de otros; también me he vuelto así de algunos años a la fecha, y ya no juzgo duramente. Les tengo respeto o indiferencia, y soy justo: reconozco sus logros y sacrificios. Pero si me preguntan, no es la clase de vida que apetezco, y entonces trato de pensar, o imaginar, que harían todos mis contemporaneos, e incluso los más jovenes (yo ya no soy tan joven, debo reconocer), si los despidieran.

Pienso en eso y sonrío, y mi sonrisa debe parecer extraña o de loco, por que suelo pensar ese tipo de cosas cuando estoy corriendo en la unidad deportiva a la que asisto todas las mañanas. Siempre comienzo el día con cinco kilómetros y varias series de lagartijas, abdominales y desplantes, pensando en esto y aquello, reconociendo que debe ser una joda trabajar para poder mantener un estilo de vida que, de todas formas, no les satisface.

Soy desempleado, señores, y hace dos meses me echaron de un trabajo bien remunerado pero aburrido. Ahora soy feliz y adoro serlo. Pero para alcanzar un nirvana tal, es menester planear, y lo mio ya es una estrategia que, por humanismo, quiero compartirles. Aunque en realidad no es cosa del otro mundo; no es el hilo negro, ni mucho menos. La cosa va así:

- Conseguir un trabajo, cualquiera.

- Reducir tu gasto corriente a dos quintas partes de tu salario mensual y ahorrar el sobrante. Por supuesto, a mayor salario, mayor umbral de gasto, pero a menor ingreso, tu vida puede tornarse espartana.

- Olvídate de tener novia, esposa e hijos, amigo mio. Todo eso cuesta dinero. Son gastos románticos e innecesarios cuya inversión no está garantizada: nadie te garantiza que tu mujer no te engañe con algún tipo mejor que tú (siempre habrá uno), que tus hijos no sean unos imbéciles ni crezcan para ser unos drogadictos, parias o delincuentes, y que tú trabajes como burro para ellos durante cuarenta años para terminar olvidado o de hazmerreir de tus nietos.

- Es posible conseguir una amante o pareja, pero debe ser una persona conciente y respetuosa de tu estilo de vida. Si hallas alguien así, cuídala y consérvala, atesorala como lo único que jamás debes perder, pues es verdaderamente la mujer adecuada.

- Olvídate de hipotecas, de carros nuevos, de teléfonos celulares modernísimos, de ropa de marca (en outlets o en tiendas departamentales). No hay ganancia en nada de eso; incluso cuando están en oferta, implica pérdida. Sus esquemas están diseñados para atorarte, para joderte y someterte y volverte un putito temeroso del despido.

- Tu vida debe ser austera. De verdad austera. Aprende de tus limitaciones y disfrútalas. Hay algo de budista en el proceso. No te acomplejes por no tener el auto nuevo de tu amigo, ni su novia nalgona, ni su loft amueblado; piensa: el auto lo debe, la novia le debe exigir emolumentos y si lo corren de la gerencia o dirección que tanto te presume, es muy probable que pierda todo, o que acabe besando traseros para conseguir otro trabajo que le ayude a sostener su medianía.

- Continuar trabajando durante un plazo no mayor de dos años. Si el trabajo te complace, consérvalo hasta que deje de complacerte (TODOS los trabajos llegan a ese punto, reconozcámoslo). Si no, estudia bien el artículo 47 de la Ley Federal de Trabajo, así como toda la jurisprudencia relativa; ya que domines el tema, busca la forma de que te despiden sin incurrir en responsabilidad administrativa para conseguir la indemnización que marcan los artículos 48 y 50 de la misma ley.

- Confía en mi: muy pocas empresas tienen perfeccionados sus mecanismos para fincar responsabilidades a los trabajadores. Por otro lado, SIEMPRE hay una forma de lograr el despido sin responsabilidad para el trabajador.

- Para ti, el despido se convertirá en libertad, y esa es la imagen que debes albergar en tu mente y en tu espiritu cada vez que Recursos Humanos te llame y un abogado caricontecido te diga que hay recorte en la empresa y que deben dejarte ir.

- Luego del despido, vive de lo que ahorraste sin olvidar la frugalidad. Con tacto y administración, puedes vivir hasta dos años y medio sin trabajar, o uno con dos meses de viajes mochileros.

Otros consejos:
*No tomes alcohol ni uses drogas. Cuestan dinero y desenfocan.
*Olvida las fiestas: son pérdida de tiempo y debes comprar regalo e ir vestido apropiadamente.
*Haz ejercicio en las mañanas, para que tu día no se torne ocioso, y busca cosas que te satisfazcan: la lectura, la escritura, la música, la pintura, la fotografía, cualquier tipo de arte.
*Planea tus dias y establece una rutina que te resulte productiva. Proyecta y calcula tranquila y friamente tu regreso a la vida productiva, pero no te desboques ni te precipites sobre cualquier trabajo.

Muchos me dirán que mi esquema no permite el progreso, pero yo me rio en sus caras: ¿Progreso? ¿A que le llaman progreso? ¿A este país de mentecatos y acomplejados, que antes de permitir un cambio, el que sea, prefieren atarse a un status quo que ya no funciona y que presenta todos los paradigmas teoricos sobre el desastre socioeconómico?

Yo no pienso trabajar hasta los sesenta y cinco años, como burro, atemorizado a perpetuidad del desastre inminente. Las devaluaciones me la flipan, la inflación me importa poco, la tasa de interés no me asusta, y lo único que me irrita es que los libros y revistas sean caros y que no pueda tomar agua de la llave para ahorrarme los diez pesos del garrafón que compro semanalmente.

Puedo afirmar categóricamente que lo que somete a la gente no es el gobierno, ni sus estrategias económicas ni políticas. Son ellos mismos, que en un afán clasemediero hacen todo lo posible para sostener una farsa nacional que sofoca, una mentira histórica demencial que nadie se atreve a cuestionar por que están preocupados por pagar su nuevo Iphone. Es así como se conservan las viejas costumbres, que al final enriquecen a unos pocos: con el temor de la pérdida.

Una vez que te deja de importar, te atreves a perderlo todo y ser libre. El que pierde todo, es ligero, ligerito. Y si al final vas a vivir asustado por perderlo (en este país, todo es una pérdida esperando a suceder), ¿para que preocuparte por tenerlo?

Pero no les he hablado de mi rutina, señores. Por supuesto, el desempleo debe ser funcional, o se convierte en huevonada. Todos los días, me despierto a las siete de la mañana, me desayuno ligero, y salgo a correr cinco kilómetros. Luego regreso, tomo mucha agua y aprovecho la temperatura de mi cuerpo para bañarme con agua fria (ahorro gas así), luego devoro algunas frutas y recojo mi reducida covacha, amueblada con un sillón cama, un taburete, una parrilla y una pequeña canasta con ropa (todo eso vuelve la limpieza sencilla). Enciendo lo único de valor que tengo: una laptop viejísima, y escribo hasta las tres de la tarde, que es cuando salgo a caminar hasta llegar a un pequeño parque donde leo hasta que cae el sol.

En mi cuartucho continúo leyendo, y cuando son las diez de la noche, me cepillo los dientes y me acuesto a dormir.

No sé si algún día logre tener una familia, o un carro nuevo, o una casa Geo, o si mis amigos triunfadores dejen de verme como un fracasado. Lo que si, es que es la única forma que tengo de escribir, y en el jodido banco todavía queda dinero como para sobrevivir un año y medio más antes de preocuparme por hacer citas y lamer botas.

¡Lastre, lastre compañero!

¿Cuál es tu posesión material más importante? ¿Cuál es el objeto, el artefacto, el soporte, la herencia, el recuerdo que llevarías contigo si sólo uno hubiera que escoger?

Tendría yo como 12 años cuando a través de una cosa llamada Círculo de Lectores –que tal vez alguno de ustedes recordará si cuenta con más de 30 años- llegó a mis manos un libro llamado Tres Hombres en una Barca, de Jerome K. Jerome.

La historia narra las aventuras de tres hombres ingleses que deciden que necesitan unas vacaciones e inician un recorrido por el río Támesis. El libro combina la descripción de los lugares con referencias históricas, reflexiones filosóficas y anécdotas de los tipos al estilo comedia de enredo.

A pesar de que la historia se ubica a finales del siglo XIX, siempre que me preparo para un viaje largo en auto recuerdo este libro. Los tipos se preparan para pasar una semana en la barca; deben llevar todo lo necesario, pero no deben llevar nada de más. Lo mismo que pasa cuando te vas en un roadtrip: el auto lleva tu supervivencia pero también contiene tu espacio vital, cuanto más amplio mejor; cuanto más ligera pero precisa la carga, más gozoso el viaje.

La semana pasada estuve en Nueva York. Caminando por las calles vi a muchos vagabundos, homeless les dicen acá; gente sin casa que vive en esas condiciones debido a alguna adicción o enfermedad mental, a la pobreza, o por decisión propia en casos que pudieran parecer incomprensibles.

Los homeless, tal como suelen aparecer en las películas gabachas, en muchas ocasiones van empujando carritos de supermercado con una aparente miseria en ellos: botellas, latas, harapos y aparatos eléctricos descompuestos conforman su pequeño tesoro transportado en cuatro ruedas, o a veces sólo en un par de maletas desvencijadas. De pronto se acuestan a dormir en un lugar. De pronto, también, supongo que se cansan de sus posesiones y simplemente las abandonan en algún callejón.

Viendo a los homeless de Nueva York no pude evitar envidiar su habilidad. Mi viaje duró 16 días, y decidir qué llevar fue un suplicio. Como siempre, me faltó ropa interior y me sobraron zapatos. En algún momento, por razones que no vienen a cuento, tuvimos que atravesar varias calles del Bronx con nuestras chingaderas posesiones a cuestas; ridícula la escena, en verdad.

Mientras arrastraba mi absurda maleta de rueditas pensaba en los homeless, en esos vagabundos que con gallarda levedad transitan por el mundo sin aparente carga real. Pensé que al no tener nada, lo poco que un día te llega ya es ganancia. Pensé en cuánta falta me haría, de vez en cuando, poner en práctica la habilidad de meter mi vida en dos maletas y ponerme ligera para el mundo que aún me falta por andar.

Uno de los fragmentos más hermosos del libro de Jerome aparece en el texto introductorio de la edición que yo tuve, describiendo lo que, a fin de cuentas, supongo que viven muchos de quienes vagan por el mundo sin gran posesión material. Helo aquí:

“Mucha es la gente que, para realizar ese viaje, carga su barca casi hasta los topes, a riesgo de hundirla, con un montón de estupideces que considera esenciales para mayor placer y comodidad del viaje, pero que en realidad no son sino trastos inservibles.

Atiborran la frágil embarcación hasta la altura del mástil con ropajes delicados y grandes casas, con criados inútiles y una hueste de buenos amigos que les son indiferentes y les pagan con la misma indiferencia, con costosos entretenimientos que a nadie divierten, con formulismos y modas, con pretensiones y ostentación y con el más loco de los trastos, el cuidado por la opinión del vecino, así como con lujos empalagosos, con placeres aburridos, con una vanidad vacía que, como la corona de hierro de los criminales de antaño, hiere y obnubila a la cabeza que la sostiene.

Lastre, compañero..., ¡lastre, y nada más! ¡Tíralo por la borda! Agrega tanto peso a la barca que te hará desvanecerte sobre los remos. La hace tan lenta y peligrosa de pilotar que nunca conocerás un momento libre de ansiedades y cuidados, nunca alcanzarás un instante de descanso para el ocio soñador..., no tendrás tiempo para contemplar las ventosas sombras que se deslizan con ligereza sobre los bajos fondos, ni los brillantes rayos de luz que revolotean sobre las ondas, ni los grandes árboles de la ribera que contemplan su propia imagen, ni los verdes y dorados bosques, ni los lirios blancos y amarillos, ni la oscura ondulación de los juncos, ni las juncias, ni las orquídeas, ni los nomeolvides.

¡Tira el lastre por la borda, compañero! Que la barca de tu vida sea ligera, equipada tan sólo con lo necesario (...) Verás entonces que es más fácil mover la barca, que no correrá tanto peligro de zozobrar y que no importará tanto que zozobre; los bienes sencillos y de calidad resisten el agua. Tendrás tiempo para pensar y tiempo para trabajar. Tiempo para beber el sol de la vida, tiempo para escuchar la música eólica que el viento de Dios pulsa en las cuerdas de los corazones humanos que nos rodean...".

Nada; que creo que si yo fuera un vagabundo, mi vida sería más simple y más bella de lo que es.

lunes, 24 de agosto de 2009

Vaga/abundancia


En la caja del Family Center un tipo con el mismo cuerpo y los mismos años de Iggy Pop pagaba un doce de cerveza y una bolsa de papas. Le colgaba una barba tiesa como kleenex con resistol y llevaba unos ojos azules muy brillantes que no parecía fueran desechables. Vestía shorts de mezclilla, traía los piel atascados de mugre y una banderita del estado de Texas se asfixiaba en su axila izquierda.

El barbudo pagó, salió a la calle y desapareció antes que las puertas automáticas me permitieran atinar su rumbo. Seguramente iba y venía a pata, pero no era descartable que se transportara en un jeep o en un Malibú 79, pues ya ven que los países desarrollados son buenos para desarrollar vagabundos fresas que manejan merendando un doce de Coors helado. (En México nuestro único vagabundo fresa salió en Amores Perros, pero de ese personaje no me gusta hablar mucho porque luego, cuando uno se encariña con él hacia el final de la película, decrece su buena chispa cuando se corta la greña, la barba y las uñas).

Pero bueno, viendo al vagabundo cervecero del supersillo de Puerto Aransas me invadió otra vez esa pregunta que me invade seguido: ¿Qué es lo que lleva a un hombre a tomar la decisión de irse a la chingada a vagabundear?

Dicen que algunos vagabundos se hacen gracias a la tragedia. Un día un contador público se entera que toda su familia muere en un viaje a Hermosillo y en vez de estarse fuerte se entrega a la perdición, se habla y se contesta ecuaciones en sincronía y se va convirtiendo en la leyenda de su colonia como Don Ángel, el ex Contador Público que era muy bueno en el softbol, una chulada de pitcher, y que salía siempre en la nota de sociales pero que ahora duerme en las bancas del parque protegiéndose del frío con las páginas de avisos de ocasión. Pobrecillo, el Don Ángel.

También se dice que algunos vagabundos, -fresas o cacos como los nuestros mexicanos-, se hacen gracias a la guerra. Un día al teniente Hamilton le toca asesinar a tres familias de camboyanos porque en la guerra y en el amor todo se vale (tremenda pendejada ésa), y pues allá en el frente se siente muy riata, pero regresa a su país sólo para que le cuelguen una medalla amarrada a un montón de años de culpa y pesadillas. Con el tiempo, el teniente Hamilton deja de contestar el teléfono y se entrega a una borrachera a deshoras que vierte sus aguas en un juzgado de lo familiar con la suya esposa golpeada y con el teniente Hamilton entregando las llaves de su casa, su carro, su asador y su garage. El ex héroe de combate termina mudando el uniforme militar por unos trapos miados balbuceando nombres de niños en camboyano adentro de un vagón.

Habrá más tipos de vagabundos que por ahora se me escapan de las teclas. Seguro ustedes tendrán alguno en mente, así que arránquense en la zona de los comentarios para que juntos lleguemos de perdido a los 30 tipos de vagabundos, ya sea fresas o cakles. (Nomás no se vale incluir al perro que sale en la movie de Disney "La Dama y el Vagabundo").

Termino con una confesión muy chafa y de poca trascendencia: La neta, me cayó muy bien el vagabundo ése que me retó sin darse cuenta en un supersillo texano. Y digo me retó porque lo vi y se me antojó ser como él, sin jorobas existenciales aparentes, tecateando y papeando. De esas veces que a uno le pasa eso por la mente, irse de vagabundo. ¿Les ha pasado?

Vagabundo


Seguramente el sol ya tiene un par de horas de haberse asomado tras ese monte y yo apenas voy abriendo los ojos. Tras estar acurrucado toda la noche en una banca del parque, estirar todos y cada uno mis músculos (tronando los huesos) es uno de los placeres que el vagabundear me da. Nada por hacer, ¿porque no tomarse su tiempo?

Úrgeme vaciar mi vejiga y lo hago en mis arbustos preferidos, los que rodean a un monigote grafiteado. El viento trae consigo un fuerte olor a podrido. Basura. De las ventajas de vivir en las periferias de la ciudad es que la gente olvida que acá también existe quien respire y tiran (u olvidan) recoger los desperdicios diarios.

Mi nariz busca y separa. Plástico no, calabazas tal vez. Ya nada de guisado de puerco cuyo olor aun conserva el ambiente. Desafortunadamente, algún bastardo llegó antes que yo. Seguramente fue alguno de esos que viven en esa casucha sin ventanas. Pobres idiotas que creen que por tener un techo son mejores que yo.

Alguna vez yo tuve un techo y una cama. Tenía comida caliente y diaria. Hasta que un día llegó él… Mis tripas suenan ahuyentando esos absurdos pensamientos. Ahora soy libre, ¡amo y señor de mis dominios! Los pocos que se atreven a desafiarme huyen ante mi rudeza. Soy respetado y temido. Huelo su miedo. Hace mucho tiempo que deje de ser una de esas piltrafas que tienen un horario y una rutina. Que comen siempre lo mismo. Comida…

Recorro mis puestos de garnachas preferidos. El olor a grasa me hace salivar. A veces, algunos se apiadan de mí y me comparten sus sobras. Aunque la mayoría me alejan con un ademán de asco y desprecio. Ya me he acostumbrado, supongo que mi pelo enmarañado y sucio no es la mejor presentación que he tenido.

No hay mucha suerte y tengo que esperar. Siempre dejan desperdicios en una esquina y con este calor, el hedor surge rápidamente. Aquí apesta a excremento, a sudor y a sangre. Hace que a algunos les irriten los ojos y comiencen a estornudar. Por eso, casi nadie me molesta cuando me quedo aquí.

Dormito en la sombra, esperando con eso engañar a mi panza. Con los ojos cerrados distingo aún más a la gente que pasa. El sudor amargo de los niños saliendo de la escuela, el semen recién vaciado en una chica en tacones, el gordo cebolloso, la vieja en sus miados. Duermo…

Despierto en un lugar muy lejano. Huele a sangre, a dolor y a desesperación. Los aullidos son insoportables. ¿Cómo llegué a esta cárcel? ¡Qué alguien me regrese a mi hogar! Aun no he comido, tengo que volver antes de que la basura se pudra. ¡Por favor señor, tengo que salir!

Ni si quiera me van a guardar un día. Por supuesto, mi facha de vagabundo no indica que tenga familia o alguien que venga por mí. Pero yo tuve placa y cartilla de vacunación. Juguetes y una cama acolchonada que tenía mi olor. Hasta que un día llegó el bebé apestando a leche y cacas.

Y una noche en la periferia, este perro peludo fue a dar.
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