domingo, 30 de agosto de 2009

Vagueando.


Si yo fuera vagabundo, sería una reata en Street Fighter 2, en Final Fight, en Bad Dudes y en otro par de juegos más. ¿No?

¿O nos referimos al sentido romántico del vagabundo? ¿Del pintor ese que va persiguiendo Sandy Bell por toda ehm, Gran Bretaña? En ese caso, sería un cabrón guapísimo, con un morral al hombro, pintando por hogazas de pan y café.

La verdad es que... ser un vagabundo... No me parece nada romántico. Una vez, recuerdo que caminaba para ir a pagar una cuenta de luz. Llevaba más dinero del acostumbrado en las manos. Caminaba sobre patriotismo y me encontré a un viejo vagabundo, de unos 60-70 años. Su olor era característicamente repugnante y se notaba a varios pasos de distancia. Entre los días sin bañar, los orines, la mierda. El señor, asumo, estaba enfermo de algo. Usaba un sombrero de paja ya desgastado y la acostumbrada gabardina hecha jirones de tela.

El hombre se inclinó y tenía una expresión entre dolor y angustia. Noté debajo de él, y se estaba orinando al parecer.

Es una de las imágenes más vívidas que tengo de mi vida adulta. El hombre volteó a mirarme a los ojos. Una de esas imágenes que cuando vas acompañado de alguien, rompen toda conversación y restan la saturación al mundo. Nos volvemos grises, nos volvemos el vagabundo y muy dentro, sabemos que no lo somos. Que tenemos un lugar donde cagar, que tenemos un varo para las chelas, y que por más que hemos dado un par de monedas a otros vagabundos como él, no podemos evitar que estén en nuestras calles, cagándose a plena luz del día.

Y eso me llevó al otro vagabundo que recuerdo... aquel que caminó a la parada de autobús que tomaba cuando salía del trabajo. Un hombre en sus 25-30, moreno... El vagabundo me dijo algunas groserías, se rió de mí, y yo lo miraba nada más, esperando que pasara algo. Caminaba mal, se movía en círculos y la mirada estaba perdida, aún con sus destellos de dios travieso. En el caso de que nos agarraramos a putazos, y a no ser que fuera un cinta negra disfrazado, bueno... quedaría en el suelo. Incluso me sentiría mal después por no darle unas monedas para que se comprara un taco en esa esquina.

Llegó mi camión, me subí para evitar cualquier escena vergonzosa.

-Todos somos -me dijo el vagabundo. No terminó, sólo dijo: "Todos somos".

Todos somos.

Hasta la fecha, me sigo preguntando que quiso decir. Aunque en mi corazón, tengo una respuesta lamentable y muy sencilla: Todos somos como tú. Todos somos como un vagabundo.

6 comentarios:

alex dijo...

Felicidades, es el post más honesto sobre el tema. La pinta romántica del vagabundo libre va siempre en compañía de enfermedades y malestares. No hace falta ser un vagabundo para ser libre.

Anónimo dijo...

Exacto, diste en el clavo, ser vagabundo no es nada bonito. No es más que una ilusión romántica, ellos no son felices en su pobreza... lástima que muchos de nosotros no seamos felices con lo que tenemos; la cuestión no es ser vagabundo o no serlo, sino aprender a vivir de manera sencilla.

Kuruni dijo...

A mi también me pareció honesto. No trataste de darle un giro al tema, ni de profundizar, ni de filosofar. Simplemente lo que es y significa para ti. Me gustó mucho el post.

Anónimo dijo...

El vagabundo te rompia la madre hasta con un brazo atado.

N. dijo...

Fascinante tu post. Me parece loable que alguien escriba y viva su vida fuera de la moda de idealizar la vida del vagabundo.

N* dijo...

me encanto, expresaste de una forma realista la vida del vagabundo.
sigue escribiendo mas please !

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