martes, 25 de agosto de 2009

¡Lastre, lastre compañero!

¿Cuál es tu posesión material más importante? ¿Cuál es el objeto, el artefacto, el soporte, la herencia, el recuerdo que llevarías contigo si sólo uno hubiera que escoger?

Tendría yo como 12 años cuando a través de una cosa llamada Círculo de Lectores –que tal vez alguno de ustedes recordará si cuenta con más de 30 años- llegó a mis manos un libro llamado Tres Hombres en una Barca, de Jerome K. Jerome.

La historia narra las aventuras de tres hombres ingleses que deciden que necesitan unas vacaciones e inician un recorrido por el río Támesis. El libro combina la descripción de los lugares con referencias históricas, reflexiones filosóficas y anécdotas de los tipos al estilo comedia de enredo.

A pesar de que la historia se ubica a finales del siglo XIX, siempre que me preparo para un viaje largo en auto recuerdo este libro. Los tipos se preparan para pasar una semana en la barca; deben llevar todo lo necesario, pero no deben llevar nada de más. Lo mismo que pasa cuando te vas en un roadtrip: el auto lleva tu supervivencia pero también contiene tu espacio vital, cuanto más amplio mejor; cuanto más ligera pero precisa la carga, más gozoso el viaje.

La semana pasada estuve en Nueva York. Caminando por las calles vi a muchos vagabundos, homeless les dicen acá; gente sin casa que vive en esas condiciones debido a alguna adicción o enfermedad mental, a la pobreza, o por decisión propia en casos que pudieran parecer incomprensibles.

Los homeless, tal como suelen aparecer en las películas gabachas, en muchas ocasiones van empujando carritos de supermercado con una aparente miseria en ellos: botellas, latas, harapos y aparatos eléctricos descompuestos conforman su pequeño tesoro transportado en cuatro ruedas, o a veces sólo en un par de maletas desvencijadas. De pronto se acuestan a dormir en un lugar. De pronto, también, supongo que se cansan de sus posesiones y simplemente las abandonan en algún callejón.

Viendo a los homeless de Nueva York no pude evitar envidiar su habilidad. Mi viaje duró 16 días, y decidir qué llevar fue un suplicio. Como siempre, me faltó ropa interior y me sobraron zapatos. En algún momento, por razones que no vienen a cuento, tuvimos que atravesar varias calles del Bronx con nuestras chingaderas posesiones a cuestas; ridícula la escena, en verdad.

Mientras arrastraba mi absurda maleta de rueditas pensaba en los homeless, en esos vagabundos que con gallarda levedad transitan por el mundo sin aparente carga real. Pensé que al no tener nada, lo poco que un día te llega ya es ganancia. Pensé en cuánta falta me haría, de vez en cuando, poner en práctica la habilidad de meter mi vida en dos maletas y ponerme ligera para el mundo que aún me falta por andar.

Uno de los fragmentos más hermosos del libro de Jerome aparece en el texto introductorio de la edición que yo tuve, describiendo lo que, a fin de cuentas, supongo que viven muchos de quienes vagan por el mundo sin gran posesión material. Helo aquí:

“Mucha es la gente que, para realizar ese viaje, carga su barca casi hasta los topes, a riesgo de hundirla, con un montón de estupideces que considera esenciales para mayor placer y comodidad del viaje, pero que en realidad no son sino trastos inservibles.

Atiborran la frágil embarcación hasta la altura del mástil con ropajes delicados y grandes casas, con criados inútiles y una hueste de buenos amigos que les son indiferentes y les pagan con la misma indiferencia, con costosos entretenimientos que a nadie divierten, con formulismos y modas, con pretensiones y ostentación y con el más loco de los trastos, el cuidado por la opinión del vecino, así como con lujos empalagosos, con placeres aburridos, con una vanidad vacía que, como la corona de hierro de los criminales de antaño, hiere y obnubila a la cabeza que la sostiene.

Lastre, compañero..., ¡lastre, y nada más! ¡Tíralo por la borda! Agrega tanto peso a la barca que te hará desvanecerte sobre los remos. La hace tan lenta y peligrosa de pilotar que nunca conocerás un momento libre de ansiedades y cuidados, nunca alcanzarás un instante de descanso para el ocio soñador..., no tendrás tiempo para contemplar las ventosas sombras que se deslizan con ligereza sobre los bajos fondos, ni los brillantes rayos de luz que revolotean sobre las ondas, ni los grandes árboles de la ribera que contemplan su propia imagen, ni los verdes y dorados bosques, ni los lirios blancos y amarillos, ni la oscura ondulación de los juncos, ni las juncias, ni las orquídeas, ni los nomeolvides.

¡Tira el lastre por la borda, compañero! Que la barca de tu vida sea ligera, equipada tan sólo con lo necesario (...) Verás entonces que es más fácil mover la barca, que no correrá tanto peligro de zozobrar y que no importará tanto que zozobre; los bienes sencillos y de calidad resisten el agua. Tendrás tiempo para pensar y tiempo para trabajar. Tiempo para beber el sol de la vida, tiempo para escuchar la música eólica que el viento de Dios pulsa en las cuerdas de los corazones humanos que nos rodean...".

Nada; que creo que si yo fuera un vagabundo, mi vida sería más simple y más bella de lo que es.

10 comentarios:

Eliesheva dijo...

Tristemente aún no aprendo a ir ligera por el camino de la vida; pero me cae que me estoy esforzando.

Decía Ballard que “la mayoría no tiene nada que decir, y lo sabe; en cambio, cualquiera puede expresarse comprando”.

Gran escrito, como siempre.

Manuel dijo...

Buen post, eh...

Yo tengo ese libro, bueno, mi madre, quien es la que tiene más libros que yo. Lo que si, es que es en editorial Bruguera, y creo que ya no existe esa editorial, o cambió de nombre, que se yo.

Yo siempre que viajo llevo poca ropa interior. No suelo cambiarla mucho: me lavo bien el culo y eso garantiza su uso hasta tres veces, ejem.

Ajua!

Rox dijo...

Yo siempre termino comprando chones y mas porque luego no lavo jajaja

Magistral reflexión chilangelina. Un abrazo :)

a.be dijo...

Creo que el mejor consejo que me han dado en los últimos años fue el de "en la vida, hay que viajar ligero"...
Todavía no lo logro, pero sigo trabajando en eso...
Gran post!

Folósofo dijo...

Buen relato.
La verdad no me gustaría ser un vagabundo, pero si es un gran concejo de viajar lijeros por la vida.

Daniel dijo...

Entre menos pertenencias tienes, menos esclavo eres. Pasé viajando más de un mes y recorrí siete países con un solo pantalón, el que traía puesto y un solo par de botas. Prefiero un pantalón sucio a una maleta pesada. El peso es el peor enemigo del viaje. Buen texto, como siempre. DSB

Yucko dijo...

En la madrugada veía en la televisión el inicio de The fisher king y pensé que los vagabundos son la esperanza de la humanidad antes de quedarme dormido. Muy buen tema y muy buen post.

PurpleK dijo...

me gustó mucho la relexión y el post en general, como siempre. Yo trato de ir ligera lo más que pueda y llevar sólo lo necesario, pero siempre termino llevando cosas que no necesito y me faltan las que sí.

J.P. dijo...

Puuuuuuuuta madre lugar comunsísimo, creo que hasta en las tarjetas Hallmark iban a incluirlo.

No, no es habilidad, no, no es una vida bella y simple sin cantidades ingentes de preocupaciones, no tienen mas opción y ya, si pudieran elegir ellos preferirían tu vida. Maldita malagradecida.

chilangelina dijo...

Elie y a.be, la cosa es no dejar de intentarlo.
Ehhhhh, tengo un piropo del Manuel! Yo tenía años sin acordarme de la editorial Bruguera, igual supongo que ya no existe. Y mi ejemplar del libro se perdió en alguna mudanza, snif.
Rox, gracias! Yo tampoco lavo, me da hueva.
Folósofo, de eso se trata.
Daniel, así es: al parecer tu cantidad de pertenencias resulta inversamente proporcional a la magnitud de tu libertad. Ni pex.
Yucko y PurlpleK, gracias por leer.
JP, obvio que cualquiera preferiría mi vida. Maldito analfabeta.

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