lunes, 28 de septiembre de 2009

Ni aquí ni allá

A las dos de la tarde desde una bocina cuya presencia nadie ubicaba, la voz de un hombre comenzó a explicar que el sitio en donde estábamos no era un lugar seguro.

-Tomen la llave del cuarto y salgan de la habitación, una persona de seguridad los dirigirá hacia las salidas de emergencia. Esto no es un simulacro-, decía la voz una y otra vez.

En ese momento yo me encontraba en una junta de trabajo. Los allí presentes nos quedamos viendo unos a otros cruzando un gesto de sospecha, como si alguno de nosotros se hubiera echado un pedo y el que se riera primero fuera el responsable del gas. Pero ni pedo hubo, ni risa nos dio, pues aquello sí era una situación de alarma.

Nos pusimos de pie de manera sincronizada igual que una hilera de fichas de dominó que en vez de caer se levantan; agarramos nuestras chivas y salimos al pasillo hasta donde un chaparrito nos hizo señas para que lo siguiéramos.

En el lúgubre escenario de las escaleras de emergencia pensé en mi pasaporte y en mi visa, los cuales estaban refugiados en la caja fuerte de mi cuarto. Pensé en los calamitosos trámites que me habían solicitado para su obtención y en el calamitoso trámite que me costaría reportar su pérdida y tramitar su renovación en caso de que el hotel decidiera incendiarse en el piso siete.

Mi temor desapareció cuando al salir a la calle torcí el pescuezo hacia arriba y noté con alivio que el edifico no estaba en llamas, y que en cambio, la ciudad de Los Ángeles tenía el cielo más azul que he mirado en lo que va del año.

Toda la pelusa fuimos amontonada en un camellón adyacente. Había decenas de huéspedes, meseros, mucamas, los del valet parking muy trajeados, cocineros con sombreros altos, las chicas de la alberca que sirven smoothies en mini short, las de batita del spa y dos ancianas en silla de ruedas que nadie pelaba. Para rematar la escena, debajo de un ancho árbol estaban los jugadores del Inter de Milán -parecían recién bañados- y varias mujeres se acercaron a ellos para pedirles una foto y, de propina, el par de besos que los europeos despachan en cada saludo y despedida.

Hacía un calorón. La ropa era un estorbo para todos. No hubiera sido mala idea convocar a Spencer Tunick para que aprovechando la variedad de anatomías hiciera un fabuloso desnudo (re)colectivo en el corazón de California.

La manzana fue acordonada en menos de cinco minutos, había patrullas, camiones de bomberos y un helicóptero encima de nosotros. Las versiones de lo que sucedía eran tres: incendio, bomba o secuestro, todas ellas en su modalidad de amenaza, pues ninguno de los presentes había visto, olido, escuchado, probado o tocado nada extraño.

Entre el tapiz de espaldas que había frente a mí reconocí a una, la de Fernando, el mesero del bar del hotel. Muchas veces la había visto ir y venir sentado desde la penumbra de la barra. Fernando me ha atendido tantas veces que ya me conoce. Él sabe que a medio día pido los Mahi Mahi Tacos con una botella de agua mineral, y que por las noches me abstengo de los tacos pero le sumo al agua mineral una copa panzona de wisky.

Había pasado más de media hora desde el desalojo cuando me acerqué a Fernando para saludarlo. Él se tardó un par de segundos en saber quién era yo pues nunca antes me había visto a la luz del sol. Cuando nuestras confianzas se reconocieron me platicó que aquello era una amenaza de bomba y que en los 10 años que llevaba trabajando en ese hotel jamás había visto o padecido algo similar.

Me contó también que su esposa tiene los mismos 10 años pidiéndole que se regresen a Puebla en donde viven sus dos hijos y el resto de la familia. Al parecer, la mujer no se ha adaptado al sueño americano y extraña vivir desgraciada, pero contenta.

-Tengo un nieto al que no conozco que acaba de cumplir un año, si las cosas siguen igual de feas, me regreso a México y se lo cumplo a mi mujer-, me dijo Fernando más preocupado que convencido.

El circo de la amenaza de bomba concluyó en pitos y flautas. Nuestra estancia en la calurosa arboleda se extendió por tres horas pero al final huéspedes y empleados pudimos volver al hotel no sin reservas. Esa noche me quedé pensando en Fernando. Lo imaginé hace diez años huyendo de un país pobre hacia un país rico. Luego lo imaginé en el presente, viviendo en un país rico en oportunidades pero amenazado por el terrorismo y huyendo hacia un país pobre con una oferta más variada de amenazas: narco, violencia, ingobernabilidad, desempleo, epidemias, corrupción, etc.

Fernando no está a salvo en ninguna parte.

Todos somos Fernando.

6 comentarios:

El Contador Ilustrado dijo...

mas vale amenazas por conocidas que tranquilidades por conocer

Alegría Buendía dijo...

Afuera, afuera tú no existes sólo adentro.

Afuera,afuera no te cuido solo adentro.

Afuera te desbarata el viento sin dudarlo

Pancake dijo...

Que triste que ya ni tu casa es un lugar seguro, que triste que a donde vayas... el caos y la locura te encuentre de todas maneras.

Al final, lo animal no se nos quitó nunca. Y eso que los animales no se bombardean ni masacran entre ellos.

Ann dijo...

aqui y allá, en todos lados es igual. mi novio se fue del df por que sufrio en carne propia la violencia y delincuencia, iluso, se fue a monterrey y el 15 de septiembre no pudimos salir de casa por que habia varias amenazas de bomba en diferentes lugares. aqui lo asaltaron y le dispararon una vez, allá lo tienen secuestrado en su propio entorno...todos los días.

Lau dijo...

Que duro...pero si, todos somos Fernando.... ni aqui, ni allà :s

Lobo Estepario dijo...

Me agradó el final y sobre todo; que me sentí identificado con el "sueño americano"...mismo que por cerca de dos años me tocó experimentar en el "Valle del Silicio" (no Silicón) también en California. A pesar de no haber sido en aquellos entonces un "ilegal" con toda la propiedad de la palabra; sino por el contrario, con mis papeles en regla y trabajando para un monstruo corporativo que hace procesadores para todo lo que tenga que procesar información...viví muy de cerca como nuestra gente sufre y constantemente añora su suelo, su gente, sus tradiciones, sus atardeceres.
Realmente lograste transmitir en tu relato el sentimiento con el que muy de cerca conviví durante aquel tiempo. Enhorabuena!

Blogalaxia