domingo, 17 de enero de 2010

Con el puño cerrado como un tambor.


Estaba dos bancas más adelante, con su vestido veraniego y ceñido. La figura se le marcaba. ¿Cuántos había cumplido? ¿Diecisiete? Cada domingo la miraba, con el cabello un poco más largo, el escote un poco más descubierto, las manos un poco menos torpes. Mientras tanto, el hombre al frente declamaba apasionadamente acerca de la fidelidad y el amor, el respeto mutuo entre las parejas, para evitar las huestes infernales, los demonios que nos pueden perseguir en los sueños. "¡No hagan caso de los súcubos, hombres! ¡No se acerquen a los íncubos, mujeres! ¡Hicieron un compromiso que va más allá de todas las cosas del hombre!". Su sermón, cada domingo, incluía unas cuantas líneas acerca de la infidelidad. Siempre del infierno.

Algunos sabíamos que la mujer del padre se fue con el mecánico. No lo hablábamos en voz alta, sino como un discurso breve y discreto, con la intimidad de los amigos o la pareja. De oído en oído transmitíamos la noticia, temiendo que los súcubos o los íncubos pudieran escucharnos. Las críticas siempre iban a la mujer del padre que se fue con el mecánico. Mi mujer decía que ella no podía esperar tener un mejor hombre y que el mecánico sólo la haría sufrir.

Podía registrar que la muchacha había crecido un poco más cada domingo. Sus tetas un poco más gordas, sus labios un poco más rechonchos, sus muslos un poco más torneados. El vestido le quedaba más chico. La sonrisa cada vez más grande. A mi alrededor, las personas abandonaban un pedazo de su corazón en el rito divino. La chica, dos bancas adelante de mi, movía suavemente las caderas. ¿O era el efecto de las velas? ¿Era el efecto de la música? ¿Era el súcubo sentado en mi hombro? Los domingos la miraba salir del recinto y todavía jugaba con los niños, y sin embargo, un breve manchón de maquillaje oscurecía sus labios.

La empujaba contra la banca y mis manos levantaban su vestido, hacían a un lado sus calzones. Sus labios manchados, apenas abiertos, expulsaban las protestas y un leve humo del calor que hacía adentro. En el oro nuestro reflejo se multiplicaba al infinito. Su vestido empapado de sudor y semillas. Mis ojos eran humo, un efecto hipnótico y relajante. El miembro tomando los restos de su infancia, tragándomelos con cada empujón. Su maquillaje me pinta un poco los dedos, que la callan y regresan sus protestas al vientre.

Me despierta el rezo. "Por mi culpa, mi culpa, mi gran culpa". Mi mujer me toma de la mano y me aprieta. Más tarde, estoy frente al padre y me ofrece la hostia. -¿Nos veremos más tarde para platicar, Señor Gobernador? -me pregunta en voz baja. Asiento y sonrío. La chica ya esta en su lugar, en sus ojos se refleja el Jesucristo de Oro. Me sonríe, le sonrío de vuelta. Me acerco a los oídos de mi mujer y le hago una pregunta.

-Sí -responde ella-. Ya tiene edad para trabajar.

6 comentarios:

La Diabla dijo...

o triste realidad de muchoooossss pueblos jejejeje

Ave Fenice dijo...

esa es la fertil imaginacion.

Rekiem dijo...

Muy bueno, me agradó...

Rox dijo...

jajaja! por atea ya no me acordaba del puño en "por mi culpa, por mi culpa, mi grande culpa" y no entendía el título.

Aunque no se lee muy culpable el señor Gobernador, todo de dientes pa'fuera. JA

Chido.

arboltsef dijo...

Siempre se me va la onda, pero muchas gracias por los comentarios. ^^

Rox: Dejé la culpabilidad, así como muchas cosas, muy ambiguas... esperando representar la somnolencia que representa una misa, ese vaivén en donde te traen de la culpa al sueño. Como si te lo metieran en el subconsciente.

Algo así. Creo que salió bien. :)

La Nus dijo...

JEJEJE... PERO Q PREGUNTA LE HIZO EL GOBERNADOR A SU SRA??? JAJAJA... PERO EN ESO TIENE UD RAZON LA MISA NOS DUERME...

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