lunes, 15 de marzo de 2010

Comprando horas


¿Qué es lo que impulsa al hombre a hacer las cosas que hace? ¿En qué instante una decisión de un segundo toca su vida y la de otros más? ¿En quién recae la voluntad divina de dar y quitar la vida? Mi nombre es Lawrence Reynolds y en un par de ocasiones me he comprado horas extras. Pero al parecer mañana 16 de Marzo del 2010, habré agotado la moneda de cambio... ¿O no?

En esa calurosa tarde de 1994 mis piernas empujaban con suavidad aquella mecedora que se encontraba en el porche de mi casa. Ni una corriente de aire movía las hojas de los árboles, por lo que decidí refrescar mi garganta con una lata de cerveza bien fría, pero no encontraba nada que enfriara mi entrepierna.

El bochorno que flotaba sobre el asfalto de la calle desdibujaba el horizonte sobre el cual se alineaban dos filas de casas de madera. De la casa roja salió ella. El sol iluminó su larga cabellera dorada haciéndola ver como un ángel. A contra luz, el vestido amarillo revelaba un ángel con tetitas y culito listos para ser estrenados. Calzaba tenis y calcetas blancas que engalanaban las piernas rasuradas de putita y que se movían al ritmo de una canción que salía de su walkman y que llegaba a sus oídos. El volumen ha de haber estado muy alto ya que no se dio cuenta de mis pasos que la seguían muy cerca.

“En Dios confiamos” reza la moneda de nuestra Nación. Y yo confié en el Dios que en ese momento me habló. Dios decide cuando una vida termina y establece el medio y las condiciones de su plan divino. Al fin y al cabo, ¿qué es la muerte si no el regreso a nuestro amado padre? Y esta niña, éste ángel, debía volver al cielo.

Tomándola de la cintura con una mano y tapándole la boca con la otra, la levanté en vilo y me dirigí a mi santuario. Con la pierna golpeé la puerta de la cocina y cuando ésta se abrió, arrojé al ángel hacia el piso de granito; el fuerte sonido de manos y rodillas chocando contra el piso me urgió a ejecutar el santo mandato.

El ángel lloraba como la niña que en realidad era, pero no hizo ningún intento por huir. Desnudé la parte inferior de mi cuerpo, dejando libre mi instrumento ejecutor, quien ya desafiaba con gloria al destino. La tomé de las diminutas caderas y en un rápido movimiento la volteé para tener su rostro frente al mío. Ahora fueron los hombros y la cabeza los que sonaron contra el piso. Los ojitos estaban cerrados y el cuerpo tenso apretaba piernas, puños y cejas.

Un halo de luz se coló por las cortinas iluminando y santificando la escena. Entonces la penetré sin esfuerzo ni resistencia; la putita no era virgen, ya no se puede confiar en nadie. Aún así, tenía el coñito bien apretado. Sé que no era necesario ya que bajo a mí tenía un cuerpecito petrificado, pero aún así la tomé del cuello para tener un punto de agarre y empuje. En las palmas de mis manos sentía sus gritos ahogados. También sentí cómo a su vida se le iban terminando los minutos. Mi ejecución era perfecta, magistral. Estaba encontrando la comunión con Dios en forma de embestidas y quejidos. La fuerza brutal hacía crujir nuestros huesos contra el piso, contra otros huesos, contra el alma.

En el momento que terminé mi deber, el ángel ya estaba con nuestro creador.

Me felicité por el trabajo bien realizado. Sin embargo, los vecinos, la policía y finalmente el gobierno no pensaron igual. Un juez le puso un plazo de terminación a mis días, fecha que libré con la intercepción de Nuestro Señor, quien impuso anomalías en la inyección letal de otro condenado a muerte.

Entonces entendí que yo tenía horas extras, que era mi obligación moral procurarlas. La señal divina estaba dada, por lo que hacerme de aquellas drogas y tomarlas horas antes de la nueva fecha tuvo el resultado esperado.

En unos momentos más es mi última cena: filete de pescado con almendras. Sé que Dios está de mi lado, nadie puso objeción a mi petición, a pesar de ser yo alérgico a estos dos ingredientes.

Mañana veremos cuántas horas extras más me habré comprado.





(Nota de la redacción: Aquí la historia hasta hoy de la
ejecución programada en Ohio para mañana)

11 comentarios:

Pancho dijo...

diría que fue muy buena, pero no se si eso sería considerado como una declaración de que estoy mentalmente enfermo... creo que di a entender mi punto xD

poeta_sin_inspiracion dijo...

Chaa.. te pasaste... crudo pero bueno y lógico a la vez.

Rox dijo...

Pancho: si creyera lo que defines como "enfermedad", imagínate yo que lo escribí. Gracias!
Poeta: :) Saludos

Kuruni dijo...

No mames, no mames, no mames, no mames, no mames, no mames....

Tu texto es crudo y real... y -como dice el compañero de arriba- lógico.

Muy bien plasmado. Te admiro O_o


PD.- No es enfermedad mental, es empatía. Pocos pueden ponerse en el papel del villano sin representarlo como un ser plano telenovelero.

El Contador Ilustrado dijo...

a veces simplemente tengo ganas de destruir algo hermoso

Anónimo dijo...

Me gusto, me gusto , me gusto, no imagine que pudieras escribir algo asi, ya hacia falta algo de saña y sangre por aca, recorde al canibal que gustaba de escribir cosas de ese estilo.

Chias.

Rox dijo...

Kuruni: Es lo que yo digo. Creo.

Contador: ¡!

Anónimo: Me chivea usted. Y todos extrañamos al cani :(

Daniel dijo...

Nuevo Periodismo en estado puro y duro. Usted tiene la endiablada capacidad de sorprender con textos que son un soberano chingazo al corazón. DSB

elvis dijo...

lo que me parece más destacable es que en ningún momento se cuestiona la naturaleza moral del narrador... el está convencido de que ai la lleva viviendo horas extras, no se arrepiente de nada... y eso hace pensar qué se sentirá ser así... ¬¬

Tod dijo...

Yo si diré que tu relato es muy bueno, y digo, no es por justificar el mal, pero cada persona tiene un "motivo", para hacer las cosas.

Rox dijo...

Muchas gracias por sus comentarios :)

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