martes, 24 de noviembre de 2009

Inquilinos



Nací en la colonia Roma, donde ser inquilino es cosa común. Nosotros lo éramos también: un pequeño departamento en la calle Puebla nos alojó durante mi primer año de vida. Ese departamento, según me cuentan, por alguna razón desconocida un día se llenó de cucarachas.

Se supone que no duraría mucho. Poco después de que cumplí un año mi abuela llegó a vivir con nosotros y decidió que no seguíamos ahí. El nuevo departamento, también en la Roma, estaba en la planta baja de un edificio viejo sobre la calle Salamanca, que hoy no es más calle, sino un eje vial. Como sea, ahí nos mudamos.

El nuevo departamento tenía techos altos y un patio interior con una coladera en el centro. En la cocina, hasta arriba, había un tragaluz. Las recámaras estaban frente a un baño, que tenía una tina enorme incrustada entre paredes de azulejos color vino. La puerta frontal era de metal negro, con adornos del mismo metal de un garigoleo innecesario.

Supongo que cuando llegamos nadie pensó que hasta ahí nos seguirían. Supongo que nadie, cuando se muda, piensa en las conexiones subterráneas de su propia ciudad. Supongo que suponemos que no tienen olfato, o preferencias, o afectos. Pero algo de todo debió existir, porque hasta allá llegaron.

Al principio parecía algo normal: cuatro, cinco durante un día; pequeñas, principalmente alrededor de la estufa. Poco a poco fueron creciendo en tamaño y también en cantidad. De pronto alguien oía un crujido absoluto: mi madre acababa de pisar una en la cocina.

Los cadáveres aplastados, de un caoba brillante, se amontonaban en un viejo recogedor de metal. Esta suerte, sin embargo, parecía alentarlas más. Mis primeros recuerdos a los tres años de edad invariablemente las incluyen: saliendo de la coladera del patio, torturando al pobre perro que teníamos entonces y que murió “de loco”, dijo el veterinario, tal vez de tanto perseguirlas primero y huirles después.

Recorrían los ladrillos marcando su territorio; reptaban por los muros, se regodeaban en la estructura, bajaban por el tragaluz. Un día una de ellas decidió arrojarse al vacío desde las alturas; con excelente tino cayó entre los senos de una de mis tías, quien acto seguido se quitó la blusa para que todos la pisaran (a la blusa). Imagino a las demás, riendo divertidas.

Sentarse en el retrete también era parte del show. Del tubo del desagüe de la tina salían y se empeñaban en construir formas y figuras sobre los azulejos, como la tapicería fina de un fino sillón francés. De noche se escabullían y cruzaban a las recámaras; mi madre entonces puso cada pata de la cama dentro de una lata con agua, para evitar que se subieran. Ellas, entonces, decidieron volar.

Poca gente me cree cuando le digo que las cucarachas vuelan; pregúntenle a mi mamá. Un día una de ellas, practicando sus planeos, fue atrapada por la furia del ventilador que oscilaba en un rincón de la recámara, y que la lanzó directo al rostro de mi madre, quien con la quijada rígida le dejó caer encima un ejemplar de la sección amarilla.

En ese entonces yo no tenía edad para saber de medidas, pero creo que más de alguna alcanzó los treinta centímetros. Estoy segura de que tenían dientes, de que en cada ojo tenían cien ojos más. Recorrían los metales de la puerta garigoleada y con parsimonia se deslizaban bajo la rendija de la entrada, revisando, acechando, asegurándose de que su territorio siguiera siendo suyo; creo que una de ellas hacía anotaciones. Un día un ratón osó entrar en el lugar; encontramos el cuerpo peludo semirroído, los huesitos pequeños hechos una plasta.

Al paso del tiempo evitábamos caminar. Uno no puede pelear todo el tiempo, así que empezamos a ceder territorio. La cocina seguía siendo de mi madre, pero el sobrante de cada comida, así como el espacio dentro del horno, era absoluto dominio de ellas. Las más grandes se acomodaban entre los cojines de la sala; había que sentarse en los brazos del sillón para no incomodarlas. Tuvimos que cambiar las colchas de las camas, ya que les molestaba la textura de las anteriores; a cambio, nos juraron nunca tocar el retrete y concedernos 20 minutos en la regadera para cada quien. Extrañamente, tenían algún sentido de la privacidad.

En el espejo de marco dorado que colgaba del pasillo junto al comedor, varias de ellas instalaron su área de descanso. Me acostumbré a verme cada mañana, mientras me hacían mis trenzas, con el rostro enmarcado por sus cuerpos crocantes, las antenas moviéndose en señal de aprobación. Un día una de ellas me sonrió, aunque mi madre asegura que eran sonrisas fingidas.

Finalmente ganaron: decidimos mudarnos otra vez. Mi madre puso todo en cajas y la noche antes de la mudanza las apiló en la sala, el espejo del marco dorado recargado en ellas. Yo me senté en una silla pequeña y, viéndome al espejo, saqué un pan de su bolsa, mi cena por esa noche. Cuando me disponía a morderlo, la vi abrazada a mi pan: la sonrisa retorcida, las antenas que se balanceaban, los ojos con cien ojos en ellos que me miraban retadores. Cerré los míos con decisión y mordí tan fuerte como pude.

Al día siguiente llegó el camión de mudanzas al edificio de Salamanca cuarenta y cuatro, en la colonia Roma. Al transportar nuestras cosas, un hombre accidentalmente tiró el espejo y lo rompió.

26 comentarios:

La Diabla dijo...

Me gustaaaa jejejeje me recordo cierta epoca de mi juventud ejejeje pero no me tuve que mudar.... he aprendido a llevarles el desayuno a la cama y a no subir mucho el volumen del radio para no molestarlas jejeje

Rox dijo...

Magistral!
Me retorcí todo el tiempo. awcckk!
Besos Chila :)

Kyuuketsuki dijo...

La primera vez que yo vi una cucaracha voladora fue en Poza Rica, Veracruz, y estuvo de no mamar. A mi también los bichos ésos suelen resultarme repulsivos cuando miden más de 5 cm. Aunque el crujido... escuchar el crujido compensa todo.

darkmanny dijo...

Si es verdad, si vuelan!!! Lo curioso es que no llegan después de uno, se van con la mudanza también. Son de esas que se creen tan de la familia que ahi se quedan de arrimadas generación tras generación.

Es verdad que mordiste a una por un trozo de pan? jajaja

darkmanny dijo...

ah, se me olvidaba. Tus cucarachas de 30cm me recordaron a los escorpiones gigantes de @felipededios... JAJAJAJA

daniela sfm dijo...

buenísimo, brincar de lo que es a lo que podría no ser y de regreso...
y vaya que vuelan las cucarachas gigantes brbrbrrr

Rocío dijo...

¿El crujido compensa todo???? Pero si es por el crujido que matar cucarachas me resulta tan aterrador! Cuando veo una grito desvalidamente y me convenzo que para matarlas, siempre necesitaré un hombre en la casa...

Luis dijo...

Uff, de lo que mas me ha gustado de lo que has escrito.

Y si, vuelan y embisten.

Yucko dijo...

Muy buen post, de lo mejor que he leído por aquí.

BIROTE CON CAGADA dijo...

"por alguna razón desconocida un día se llenó de cucarachas. "

No es desconocida la razon, solo que se niegan a aceptarla, ustedes los chilangos son CAGADA, una urbe de inmundicia, un foco alarmante de infeccion, viven en medio de un ecosistema de bacterias y criaturas rastreras rudimentarias.

Eso es lo que son, CAGADA, hogar de las cucarachas, y para que lo diga yo, un pan con mierda, el desayuno del hijo de un ratero chilango, es critica su situacion.

Saludetes.

El Tipo dijo...

Magistralmente redactado.

Creo que de cierta manera las cucarachas forman parte de la vida de los mexicanos. Se aparecen en por todas partes y aunque no siempre son deseados es muy difícil eliminarlos. Nuestra presencia en el mundo puede ser equiparable con la de las cucarachas, somos parte y aunque muchos no nos quieren, cumplimos un rol importante en el devenir de la vida... en fin, todos somos cucarachas.

el rey de weyes dijo...

mira que pendejo el de arriba , nel nimadres nomas los chilangos , los chilangos son putos y de tanto meco en el culo cagan cucarachas.

en pocas palabras sus hijos son cucarachas, o cucarachos como dicen los regios

hagan patria y maten una cucaracha chilanga reguetonera.

piojoso o-dorcito dijo...

jaja virote con cagada: eres el PUTO AMO jajaja

Anónimo dijo...

ya maduren !!!!

MarillTachiquin dijo...

Yo si he visto cucas voladoras! Y es un caos tratar de esquivarlas o aplastarlas antes de que se arrojen estilo kamikaze sobre uno jejeje

Y algo asi me paso tambien en mi depa. Derrepente fue una, luego 50, luego 100, hasta que me harte e inunde el depa con un veneno que es como una pastita. No volvieron las canijas y ahora solo veo una o dos al mes. Lo bueno esque son de las peque;as. Lo malo, esque venian del depa de abajo, en el que el inquilino adora acumular basura y otros cachivaches.

Almenos la perrita que tengo ya aprendio a cazarlas jajajajaja

Pinkrobot dijo...

D:
Chila... acabas de robarte mi tranquilidad de esta noche.
Como tantas personas les tienen asco a las cucarchas, nadie entiende que a mi lo que me dan es MIEDO, podría comérmelas en un tazón con leche si no me horrorizaran tanto...

BIROTE DE CAGADA dijo...

Haganme caso con una chingada

Anónimo dijo...

Me recordo una pelicula pedorra que trata de un wwey que llega a un Depto. infestado de cucaras, pos gueno se hace su compa y pasan mil mamadas mas, hasta le bailan y le cantan y todo el pedo.

Aca en los cancunes se ven unas pinches cucarachotas bien chonchas y si vuelan las cabronas, pero a mi me da asco pisarlas y mas por que como estan bien grandes las hijaputas les sale un chingo de relleno cremoso, me gusta mas aventarle agua hirviendo pa ver como se retuercen o tambien alcohol y un cerillazo o ya de plano una dosis de insecticida jejejeje agonizan bien chingon.

Asi me gustaria ver morir al puto ese Birote de saco.

Ah el cuento, bastante chiro eh. rifa.

Ian dijo...

Muy bueno.

Si me aseguras que la mitad de las historias en "Diarios del Fin del Mundo" son tan buenas como esta, mañana mismo encargo 10 copias :)

Saludos

Hitman dijo...

Jaja, por lo visto lo mas llamativo para los que comentaron es plantear la hipotesis de que si las cucarachas vuelan y que tan grande puede ser una cucaracha.

Oficinistas pedorros.

Squall Leonhart dijo...

Jajajajaja, me recordo cuando era niño, la casa tambien se infesto de cucarachas, y terminas acostumbrandote a ellas.

Uno de los recuerdos mas vividos que tengo es un dia haciendome unos molletes, en uno de esos hornos electricos, mientras este se calentaba, las malditas cucarachas salian de adentro del horno despavoridas.

Eso si, eran muy consideradas, estas no volaban, pero no conocian la nocion de intimidad

Kuruni dijo...

Me encantan tus textos de verdad.

Pero creo que coincidimos con los mismos demonios... les tengo tanto miedo que a partir del segundo párrafo ya no pude leer.

Al ratito le intentaré de nuevo.

PurpleK dijo...

En mi niñez, tuve un sueño (gracias a Dios sólo era un sueño) en que las cucarachas aparecían y se subían a mi cama!! Yo lloraba con eso! Recuerdo que mis papás solían poner latas en los escapes de los baños y me decían que nada iba a pasar y que no iban a aparecer las cucarachas.
De ahí en fuera, sólo se me hacen asquerosas y creo que jamás podría morder una.

Ian dijo...

Después de leer este párrafo me doy cuenta que no hubo un editor profesional que revisara el libro.

http://www.flickr.com/photos/huevotopia/4119393606/sizes/l/

Que lástima.

alexnike90 dijo...

x_x Que e-s-c-a-l-o-f-r-i-a-n-t-e :s
realmente odio a las cucarachas, yo no hubiera aguantado tanto tiempo vivir con esos inquilinos no deseados x_x

Anónimo dijo...

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