martes, 9 de febrero de 2010

Abrazos en pausa



Uno de estos diciembres estaba en el aeropuerto de Los Ángeles esperando a mi mamá que venía desde México para pasar Navidad. Mientras esperaba a que bajara del avión me puse a ver a todas las personas que llegaban; muchísimas, obviamente, debido a la temporada.

Nada más emocionante que las salas de llegada de los aeropuertos. Las de salida son horribles, uno sólo anda viendo las lágrimas y los pucheros atragantados de la gente. Ah, pero las salas de llegada son de lo mejor: hombres y mujeres que brincan al recibir a sus padres ancianos, y los padres con cara de sorpresa por ver a los hijos convertidos en adultos.

Niñitos que corren, a riesgo de ser arrollados por una maleta, para abrazar a su papá. Novios que se ven un poco ridículos sosteniendo unas florecitas mientras ven ansiosos a los que salen, pero que se convierten en apuestos romeos en cuanto la destinataria del regalo aparece en el corredor.

Abrazos, abrazos por todos lados: dos amigas que se encuentran y se abrazan y se ven y se vuelven a abrazar; parejas que se funden en un abrazo sin importar si impiden el paso de los demás; hombres que pierden el pudor llorando al abrazar a una anciana que llega de no sé dónde.

Particularmente me llaman la atención los orientales: en esas fechas llegan muchos aviones de China, de Tailandia, de Corea y de Vietnam con gente que viene a ver a sus familiares. Entonces los orientales, que habitualmente son tan sobrios, tan poco expresivos, se vuelven todos sonrisas y cambian las reverencias por carreritas de pasos cortos y rapiditos para lanzarse en brazos del ser querido que llegó. Los más osados incluso se animan a alzar en brazos a alguna chinita largamente extrañada.

Los latinos, por otra parte, somos los reyes del mambo aeropuerto. Apenas aparece una anciana por el pasillo jalando un maletón, y un montón de chamaquitos se le deja ir encima soltando “¡abuelita!” a diestra y siniestra. El aeropuerto se entera entonces de que ya llegó la abuelita de Zacatecas, y también nos enteramos de los nombres de los hijos que vinieron por ella, y de los que no vinieron, y de los que la fueron a dejar al aeropuerto de Zacatecas. Pero qué sabroso.

Curiosamente entre abrazos y abrazos, los llenos de brinquitos y los largos y pausados, recordé aquellos abrazos que no se pueden dar y de los cuales esta ciudad también está tan llena. Justo unos días antes había hablado con un par de hombres que guardaban sus abrazos desde hace años, con la esperanza de algún día llegar a darlos.

Uno de ellos era Luis. Con sus 34 años, y cinco de ellos viviendo indocumentado en Los Ángeles, esperaba que esa fuera la mejor de las navidades en mucho tiempo. Después de reunir algún dinero hizo los arreglos para que un “coyote” trajera a su esposa desde Guatemala; el plan era que para el 24 de diciembre ella estuviera aquí.

Todo marchaba de acuerdo con el plan, hasta que a ella la detuvo la “migra” en Arizona y fue deportada. “Yo tenía la esperanza de pasar la Navidad con ella, y pues mire, mala suerte, el destino, no sé”, me dijo el día que lo entrevisté. “Así le pasa a muchas familias, aunque sé que es peor para aquellos que pierden a un ser querido”, agregó a manera de consuelo.

Una situación diferente, aunque con el mismo resultado, es la que me platicó José. Originario de México, este jornalero ha pasado 22 de sus 57 años de edad en Estados Unidos. No tiene documentos, así que nunca ha regresado; acá estuvo cuando sus padres enfermaron, cuando murieron, cuando nacieron sus sobrinos. “Es parte de lo que tiene uno que pagar”, me dijo resignado. “El buscar el sueño de la prosperidad implica pagar precios muy caros, precios irremediables. Mis padres fallecieron y no pude ir ni en el lecho de muerte; eso se le queda a uno grabado para el resto de su vida”. Según José, su Navidad ideal sería ir a ver a sus hermanas. Conoce a sus sobrinas por fotos y videos, “pero la sangre es la sangre”, dice con una certeza que apabulla.

Cientos de miles de personas que viven en este país llevan años sin dar sus abrazos contenidos por la falta de un papel: ellos no pueden ir a casa, los de casa no pueden obtener una visa para venir. Estando en el aeropuerto pensé en Luis, en cómo habrá imaginado el abrazo que le iba a dar a su esposa tras cinco años de no verla, cuando se la entregara el “coyote”: supongo que uno de los abrazos largos y pausados, en los que el tiempo se detiene. Pensé en los que dará José a sus hermanas, a sus sobrinos, cuando los pueda ver: seguro serán de esos abrazos ruidosos, en los que todos los nombres sonarán al mismo tiempo, y las risas, y las lágrimas; segurito.

Me imaginé cómo se vería esta ciudad, este país, si en medio de la noche prendiéramos una lucecita por cada abrazo que nuestros migrantes no han podido dar. Cuánto cariño en pausa guardan en su corazón; cuántos abrazos dormidos, hibernando, esperando a que llegue el día. Cuánto dolor, cuánta resignación, cuanta fortaleza de carácter; qué hombres y qué mujeres tan grandes ha dado nuestra tierra sólo para verlos partir.

Cuando vi llegar a mi madre por el corredor me acerqué con mucha calma y le di un solo abrazo, bien largo y bien fuerte.

16 comentarios:

tazy dijo...

snif, gran post, no tengo palabras pero sí varias lágrimas. :D

0o_irene_o0 dijo...

uy me encantò este relato!

desafortunadamente si es un precio que hay que pagar, tenga uno los papeles o no...tener a la familia regada por todo el mundo es bien difìcil, y no siempre hay dinero y/o tiempo para poder estar ahi en los momentos importantes...cuando suena el telèfono a horas improbables por ejemplo me levanto con un nudo en el corazòn pensando que es alguien de la otra parte del Atlàntico que me habla para darme alguna mala noticia...y tambièn es duro saber que mis hijos no estaràn en contacto estrecho con su abuela materna y eso me lastima mucho.

Ojalà que no existieran barreras geopolìticas tan grandes y que uno pudiera estar siempre con los seres queridos...snif

Botica Pop dijo...

empezó bienrequetecursi y terminó bienrequetebonito. me choca que algo me haga llorar frente a la compu de la oficina...

angelbc dijo...

Ah, los aeropuertos, o las encrucijadas del destino, como les llamo yo. Recuerdo muchas llegadas y despedidas en las puertas de salidas. Algunas han cambiado mi vida, otras nada mas son buenos recuerdos.

De todos los dias, hoy no tenía lágrimas sobrantes, pero como si las tuviera. Otra razón de peso para no desear estar en la oficina, como dice Botica. Se necesita saber lo que es la distancia geográfica entre uno y un ser querido para apreciar bien este post.

Aplausos.

Bere Tarde o temprano dijo...

desde siempre he odiado los aeropuertos, el solo hecho de ir a decir adi[os me pone mal y a[un asi sigo viajando y diciendole adi[os a personas importantes en mi vida, en 8 di[as repito la operaci[on.

Y si, yo tambi[en lloro pero as[i pausado.

Anónimo dijo...

A la par que inicié la lectura recordé la película Love Actually, pero a la mitad ufff!!! Me vino a la cabeza el documental "Mi vida dentro" y volvió a dolerme la precaria situación de tantos mexicanos... Excelente texto.
@lizita_

Kuruni dijo...

Que bonito post, (yo si estoy llorando bien agusto porque soy requetecursi).

Es un don poder percibir los sentimientos con sólo observar... y poderlos transmitir así (soy fan, jajaja).

Ojalá y esos abrazos no sigan en pausa por mucho tiempo.

Chilangelina dijo...

Huy, qué bonitos comentarios, oigan.
Para los que me han dicho que el texto les suena conocido: es una adaptación de un texto que publiqué hace un año en mi blog y en el blog Migrantes, de El Universal. Me pareció que el tema de la semana justificaba su reciclaje.
Gracias por leer :D

La Nus dijo...

AHORA SE ABORDO TAMBIEN EL TEMA DE ENCUENTROS Y REENCUENTROS Y CASOS EXTREMOS... QUE CONMOVEDOR LA VERDAD

Andreinski dijo...

Se me encueró el chino, Chila!

Soy tu fans desde siempre y para siempre, me cae.

PurpleK dijo...

me encató el principio y el cambio a la mitad del escrito.. de pronto me rocordó la canción de Maná.. Pobre Juan...
Yo tengo familia fuera de mi ciudad (no precisamente en EUA) pero aún y que están a 6 horas, uno siente que les hace falta.
Excelente escrito!!
Por eso me encanta leerte!

Rox dijo...

Como siempre, tu sensibilidad mueve montones, más que cifras y notas rojas.

Gracias Chila!

hugo charles dijo...

Excelente este post el mejor que he leido por el momento en recolectivo si me a tocado gracias

YoSabina dijo...

Un abrazo que espera a ser dado. ¡Qué hermoso!

YoSabina

Alejo Carpentier dijo...

Nada impresionante.

superKT dijo...

me encanta como escribes!!! saludotes Chila!

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