miércoles, 26 de mayo de 2010

Buenos días doña.




Después de sufrir un accidente en motocicleta que me desfiguró deshizo la clavícula, a mis dieciocho años regresé —de nuevo— a vagar a mi calle. Uno de los amigos habituales trabajaba como ayudante de operador en una ruta de maquinitas a comisión.

Todos han visto maquinitas de videojuegos en las tienditas, farmacias, papelerías, etc, etc. Pues bien, esas maquinas no aparecen ahí por generación espontánea, tienen su chiste. Pero primero lo primero.

Un día este amigo llegó y me preguntó si quería echarle la mano unos días en su chamba, me pagaría proporcionalmente a lo que saliera y lo más importante, podría jugar todo lo que se me diera la gana en las maquinitas, gratis. Inmediatamente le dije que sí.

Al otro día temprano pasó por mí en una camioneta estaquitas y nos fuimos a casa de su jefe. Ahí me lo presentó, se llamaba Francisco, era de Torreón, media 1.85, usaba botas y a las 11 de la mañana ya tenía la sombra de la barba de las 5 de la tarde. En pocas palabras, era un norteñote que hablaba golpeado y decía “soda”.

En esa época estaban “intervenidos” (Las ganancias andaban por los suelos y de la matriz en Torreón mandaban a un interventor para que viera que estaba pasando) y el trabajo consistía en recorrer la ruta de las maquinas y si alguna no estaba dejando ganancias, había que reubicarla, lo que significaba darle las gracias a la doña de la tienda, cargar la maquina en la camioneta y buscar otro lugar en donde colocarla.

Era una joda, porque reubicábamos un promedio de 10 a 15 maquinas por día. Dejando a un lado lo cansado de subir y bajar las maquinas a la camioneta (cada una pesaba de 80 a 100 kilos) lo mas desgastante era convencer a los dueños de los negocios para que aceptaran las maquinas a comisión. La cosa era así:

Uno llega a la tiendita de la esquina que atiende una viejita. Primero había que darle un vistazo rápido y juzgar si había espacio para la maquina, luego, había que esperar que la señora se desocupara y nos pusiera atención. Después venia lo difícil, que es algo así: (este dialogo se repetía unas 20 o 30 veces al día)

—Buenas doña. ¿Cómo está?
—Bien joven, ¿Qué desea?
—Pues mire, le vengo a ofrecer una maquinita, ¿ya la vio? Esa que traigo en la camioneta.

Aquí podían pasar dos cosas: La señora podía decir “No, no, esas cosas no, gracias” o mostrarse interesada; si era lo primero, había que hablar mas, pero por lo regular se interesaban, luego era algo así:

— ¿Y eso cómo es o qué?
—Pues mire, yo le dejo la maquina aquí, sin compromiso, para que la pruebe, usted nomás la prende y le cambia las monedas a los muchachos. Yo vendría cada tercer día a revisarla. Sacamos el dinero, lo contamos, y de lo que salga le doy el 30%, ¿como ve?
— ¿Pero le tengo que firmar algo o poner dinero?
—Nada señora, ni firma ni paga nada, usted nomás la prende y ya, yo le doy su dinero dos veces por semana.
— ¿Pero eso jala mucha luz, no? ¿Quién me va a pagar lo que suba el recibo?
—Ah, mire, la maquina consume casi lo mismo que una televisión, y fíjese, para que la maquina nos convenga a los dos, tiene que sacar mínimo unos 300 pesos a la semana, de esos 300, a usted le tocan 90. ¿De cuanto le llega su recibo?
—Pues como de 300 pesos.
—Ahí esta, y eso es al bimestre; al mes mínimo la maquina le tiene que dejar 350 pesos, fíjese, la maquina le pagaría todo el recibo de la luz, incluyendo los refrigeradores y lo demás y aparte le quedaría dinero. No tiene pierde.

Por lo regular esto servía para convencer a la gente, hay que ser muy bruto para no ver el negocio, pero aun así, se sorprenderían de la cantidad de gente que no entendía. En esos días aprendí a odiar al mundo y la estupidez humana.

Si aceptaban, acomodábamos la maquina y la dejábamos lista. Por lo general para ese momento ya había una bolita de niños emocionados corriendo la voz de que “pusieron una maquinita!” y esperaban ansiosos para jugar. Entonces le dejábamos unos 200 o 300 pesos de cambio a la señora, le dábamos nuestro teléfono por si se descomponía la maquina y nos largábamos a buscar otro local.

Si todo salía bien, la señora nos hablaba al día siguiente, preguntando si podíamos ir a dejarle mas cambio porque ya se le había acabado, eso era música para nuestros oídos. Algunas veces teníamos que regresar el mismo día por la tarde.

Lo de los 300 pesos a la semana era lo mínimo para que fuera rentable para nosotros, pero había locales en los que la maquina dejaba 600 o hasta 800 pesos a la semana. Algunas dejaban tanto que incluso pagaban la renta del local. Las señoras nos amaban.

Resumiendo. Cuando levantamos la ruta, se fue el interventor. Mi amigo ya no le siguió y Francisco, el operador jefe, me pregunto si quería quedarme de ayudante, yo dije que sí y empecé a trabajar directamente con Francisco, lo cual era inevitable, porque en el negocio sólo éramos el y yo.

Empezábamos a las 8 de la mañana. Teníamos unas 80 maquinas en total, que dividíamos en tres rutas: lunes y jueves revisábamos unas 30, martes y viernes otras tantas y las restantes los miércoles y sábado. Dejábamos las más estables y para los miércoles y así a veces poder saltarnos los sábados.

Mi trabajo consistía en abrir la maquina, pasarle el cajón de monedas a Francisco —mientras el platicaba con la señora—, checar que funcionara bien; si la palanca o los botones fallaban, sacaba las refacciones y los cambiaba. Después revisaba la programación del juego y veía como iban los promedios; si estaban durando mucho jugando—lo ideal es que un duren de unos 5 a 10 minutos por moneda en promedio— le subía a la dificultad o cambiaba otros parámetros, como numero de vidas, de continues, etc, etc (Si, ódienme, yo era el responsable de que no pudieran pasar la segunda tercia en King of Fighters). Si el juego no estaba dejando, lo cambiaba. Todo esto lo hacia mientras Francisco contaba el dinero y le dejaba su comisión al encargado. Llegue a hacerme tan rápido que podía revisar una maquina y dejarla lista en menos de 2 minutos (cambiaba la programación del juego tan rápido que los chavos no podían ver siquiera que estaba haciendo). En cuanto acababa, ponía unos 10 o 15 credits y empezaba lo bueno, cerraba la maquina y decía hacia la bola de mocosos que tenía detrás de mí:

—A ver cabrones, fórmenle.

Y empezaba el desmadre. Por lo regular los mas vagos y grandes eran los que agandallaban a los demás. Casi todos nuestros juegos eran de peleas: los King of Fighters, Tekken, Samurai Shodown (Ipum!), World Heroes, Art of Figthing, Marvel vs Capcom, etc, etc. Y algunos como Puzzle Bubble, Snow BROS. (En el que yo era una VERGA; llegue a hacer las chuzas de todos los niveles) y varios mas.

Los niños ya sabían cuando llegábamos y me esperaban con ansias, ("¡El don de las maquis!”) porque después de patearles el culo (y siempre se los pateaba) nos íbamos y dejaba los créditos sobrantes para que se pelearan por ellos. En algunos locales (como el que teníamos frente a la prepa norte) había cabrones que si me daban batalla y me esperaban para la revancha. A veces Francisco terminaba y se quedaba esperando a que yo terminara entre mentadas de madre:

—Ándale! No tenemos todo tu pinche tiempo hijoelachingada!
—Pérate cabrón, nomás le parto su madre a este güey.

(Gracias a Francisco aun conservo un acento golpeado y medio norteño —del que mis amigos se burlan mucho—al hablar con extraños)

A veces organizábamos torneos y regalábamos cosas que venían con los juegos, como posters, calcomanías y de plano créditos.

Si toda la ruta andaba bien y no había maquinas que reubicar o reparar, acabábamos a eso de las 2 o 3 de la tarde. A veces incluso, aun parándonos a desayunar (ya teníamos ruta también para eso: las gorditas de San Roque los lunes y jueves, los quesocarnes de satélite los martes y viernes y las carnitas de Santa Rosa los miércoles) terminábamos a las 12 o 1 de la tarde y me quedaba todo el día libre. Fue en esa época, mientras Francisco manejaba de local a local, que leí cerca de 200 libros.

Al final de la semana, Francisco hacía cuentas y me daba el 30% de las ganancias. Eso duró como un año, me iba bien, pero lo mejor vendría después.

Como la ruta iba bien, de Torreón nos mandaron otras 20 maquinas, la ruta se puso mas pesada y como yo me llevaba muy bien con Francisco y el andaba viendo lo de su boda, decidió pedir otra camioneta a la matriz, partir la ruta y dejarme la mitad para que yo la manejara solo.

Entonces yo me busque a mi propio chalán, primero le dije a mi ex cuñado si quería jalar, dijo que sí y así nos pasamos unos meses. Yo mantuve la ruta saludable y en Torreón me agarraron confianza. Incluso mandaron a alguien para que “me conociera” y no hubo ningún problema.

Para ese entonces, Francisco estaba a punto de casarse y quería irse a vivir a León. Pidió una ruta allá y se la dieron, entonces vino de Torreón uno de los pesos pesados a hablar conmigo. Me ofrecieron quedarme como operador jefe a cargo de todo. Yo, por supuesto, acepté y después de firmar un pagaré por 400,000 pesos por las 120 maquinas que ya teníamos y las dos camionetas (yo firmé todo lo que me pusieron enfrente, total, si pasaba algo ¿Cómo iba a pagarles, con Tazos?) me entregaron la ruta.

Y ahí empezó la época de mi vida más decadente que haya experimentado jamás.

Yo tenía 20 años y era mi propio jefe. Sólo tenia que rendirle cuentas —por fax— a la matriz de Torreón una vez a la semana. De nuevo partí la ruta y le di la mitad a mi ex cuñado.

Los sábados tenia que depositar a la matriz la renta de las maquinas –de mi ruta solamente, deje que mi ex cuñado se encargara completamente de la suya-, que eran unos 12,000 pesos, de lo que restara, yo tenia que pagar gasolina, permisos, reparaciones, etc, etc. Aun así, la ruta estaba tan bien que había semanas en las que yo sacaba libres para mi 2000, 3000 o hasta 4000 pesos. (Si algún Queretano conoce el “Súper Lomas” de Lomas del Márquez y llegó a jugar en las tres maquinas que tenia ahí, gracias, muchas gracias)

Claro, había semanas malas o la época de vacaciones en donde a veces no salía lo de la renta y yo tenia que poner de mi bolsa para completar, pero por lo regular ganaba unos 8,000 o 10,000 al mes. Nunca gaste dinero como en esa época.

Visualicen esto:

Yo no tenía obligaciones y ganaba dinero groseramente, aunque gastaba en cuanto se me ocurriera, al final de la semana aún me quedaba dinero. Pagaba facturas del celular de 1,500 pesos (estoy hablando de hace 10 años), le invitaba TODAS las pedas a mis amigos (que en esa época también chalanearon conmigo; era acabar la ruta e irnos a chupar), invitaba los campamentos a Tequisquiapan, las salidas con las viejas y las cuentas de comidas. De aquella época de bonanza sólo me queda, físicamente, un reloj de titanio (un día entré a Sanborns, lo vi, pregunté cuanto costaba —3,000 pesos— y lo compré sin más) y un telescopio. Lo demás me lo chupé, comí, fumé y cogí. ¿De qué mejor manera se puede gastar el dinero?

Eso duró cosa de un año o dos, pero obviamente, las cosas no pueden ser tan hermosas por siempre.

En ese entonces entró otra compañía a Querétaro que manejaba maquinas. Los cabrones saturaron la ciudad; ponían maquinas en locales pegados a los míos, y, obviamente, la ruta bajó. Durante un par de meses estuve saliendo tablas y por otro lado, ya estaba hasta la madre. Mandaron un interventor y fue cuando todo se fue a la mierda.

Cuando lo recogí del hotel, me lleve una sorpresa, el que yo creía que era el interventor, en realidad solo era un ayudante, LA interventora se llamaba Vanesa, tenia mi edad y era una chulada de ojos verdes. Por mi mente pasaron todas las cosas que les están pasando por la mente a ustedes.

Pero no, resultó que Vanesa era una hija de papi (literalmente; su papa era uno de los pesados de la matriz) que sólo venia a vacacionar y echar desmadre mientras hacia como que trabajaba. Esto no hubiera sido problema excepto por un pequeño detalle: era una pendeja y me estorbaba en todo.

Chocamos inmediatamente. Entre su pendejez y mi hartazgo, logramos crear un clima de trabajo tan estresante que yo ya no veía la hora de que se fuera a la chingada. En las mañanas, cuando iba a recogerla al hotel para empezar la ruta, apenas se iba levantando porque estaba cruda o con un cabrón (irónicamente, se hizo amiguísima de mi ex cuñada y se la pasaban en el desmadre y hasta novio se consiguió). Todo el día se hacia pendeja y al final reportaba que yo era un pesado (y lo era) que no cooperaba con ella.

Después de un mes me harté definitivamente y llamé a Torreón para avisar que iba a entregar la ruta. Se apenaron sinceramente y me ofrecieron alternativas, pero ya no quise hacer las cosas mas grandes culpando a la vieja esta y sólo les di las gracias. Cuando al otro día fui a recoger a Vanesa –que venia particularmente odiosa porque se había peleado con su güey y quería desquitarse conmigo- con la sonrisa más sarcástica que me salió le dije que ni se molestara, que le iba a entregar la ruta y que teníamos mucho trabajo. Le arruine la semana y me sentí muy bien.

Entregué la ruta, le di las gracias, nos despedimos como amigos de toda la vida —y como diría Ibargüengoitia—, nos volteamos y nos mentamos la madre.

Ahora sólo me quedaba ver hacia el futuro con esperanzas; yo sabia que me esperaba algo grande, y así fue.

Y heme aquí, un exitoso bloguero…

…voy a llorar a la regadera.


15 comentarios:

EL PERRON dijo...

waaajajajajajaja....algo similar me paro a mi...como era el unico cabron con preparatoria en mi turno, a los 18 años era encargado de una deshidratadora en una empresa. Ganaba mas dinero que todo el turno junto...incluyendo al jefe de turno. ja ja ja ja...casi 17 000 pesos al mes...ah que buenos tiempos.

Anónimo dijo...

se acabo la creatividad! no mames, no hagan mas lenta la agonia.. , reciclados no, mejor cierren esta madre o inviten gente nueva, hay que saber cuando acabar las cosas

Licho dijo...

Pensé que seguía la parte de repartidor de agua. Que bueno que las nuevas generaciones puedan apreciar tus clásicos, jeje...

Chavaluria dijo...

Es como ver uno de las capítulos de los Simpson Clásicos una y otra vez, no te cansas de leerlo.

Anónimo dijo...

Otra vez Luis y sus historias de hueva. Reitero lo dicho - inviten gente nueva, este guey le da mal nombre a recolectivo.

Aradia dijo...

Ash pinche anónimos mamapijas, si quieren escribir ustedes, pues manden sus escritos y paren de mamar ¬¬

Yo no lo había leído, pero si así hubiera sido, lo habría vuelto a leer, es muy bueno. Gracias.

Martin dijo...

Estos son relatos de la vida real y punto,, muy bueno por cierto

Indeleble dijo...

jajaja lo mas cagado es el final

Chilangelina dijo...

Qué pinche buen relato.

YoSabina dijo...

Jajajaja... yo todavía no tengo 20... me preguntó si recibiré dinero en cantidades obsenas a esa edad. Ojalá y si y me lo pueda gastar todo en comida, sexo y algo de alcohol. Sino.... aquí le hecho ganas como bloggera.

YoSabina

RiP dijo...

Me pregunto si alguna vez este wey se dignara a escribir algo nuevo y no solo pegotear sus relatos una y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y vez.

Anónimo dijo...

bah! un pinche post reciclado que bien pude a ver buscado yo

Felix S dijo...

Lo mas gracioso son los comentarios. No.

Ya en serio, creo recordar que hace tiempo alguien pregunto si habian pensado que iban a hacer cuando este blog muriera. Creo que es momento de hacerlo, es hora del twist final. En serio. Y que mejor manera de empezar que el tema de esta semana.

Denisse dijo...

chin..! yo soy del norte y digo soda :( me siento parte del estereotipo

Novak dijo...

Pues no sé si es reciclado o no pero a mi me pareció una muy buena historia =)

Bientos Luis

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