viernes, 15 de enero de 2010

La otra señora Madero.



Esperar me desespera. No tengo tiempo o paciencia para pasar veinte minutos sentado en la esquina de un café de cuarta esperando a la ex amante de mi padre... ¿Ex amante? No me gusta el término, no estoy seguro si es correcto, si va de acuerdo con la situación. ¿Cómo pedirá ella que le llamen? ¿La dueña de la casa chica? ¿La otra señora de Madero? ¿La puta rompe-hogares? No, seguro eso no. ¿Cuál es el término correcto para nombrar a la mujer que tu progenitor se tiró en relativo secreto por quince años?

¿Y dónde diablos está? El mesero da y da vueltas - según él - discretamente a ver si se me ocurre ordenar algo o largarme. Seguro piensa que soy uno de esos fenómenos solteros a los treinta y seis años que hace citas por internet y a quien regularmente dejan plantado. Quizás piense peor, quizás vio el anillo en mi dedo y por mi actitud sospechosa infiere que he arreglado una cita con mi secretaria o alguna proveedora con tetas más firmes y diez años menos que mi esposa; seguro piensa que soy como mi padre. O quizás no piensa nada de mí, ¿por qué habría de resultarle interesante? Soy sólo otro cliente casual, con una vida común, incluso aburrida; soy como mi padre: poco interesante.

Es que el señor Madero es de esos hombres que se mueven por inercia, porque no hay más qué hacer. Nunca me he molestado en preguntar, pero seguro conoció a mi madre por error, la pretendió y se casó con ella sólo porque sí, no estudió una carrera y comenzó su propio negocio porque era lo que todo el mundo hacía, tuvo hijos a los que nunca prestó atención porque en aquellos tiempos eso era aún un deber matrimonial y tuvo un amorío porque en aquel entonces eso era aún un deber masculino.

Mi padre es un hombre errado, de pocas virtudes y menos voluntad para exaltarlas. Un hombre con logros, cierto, pero estos parecen ser meros golpes de suerte y no resultado de algún esfuerzo. Porque él nunca se ha esforzado por nada, nunca le ha importado nada realmente.

Aún me pregunto cómo un hombre así logró hacer crecer tan exitosamente su empresa. Apuesto que fueron una serie de coincidencias que se alinearon a su favor y le hicieron creer, por unos treinta años, que él era un hombre exitoso con una vida envidiable: El empresario del pegamento que vivía despegado de todo.

– Hoy vino una mujer a la casa. Dijo que vivió con tu papá más de quince años y que necesitaba verte, que necesitaba hablar contigo.

Hasta ayer mi padre jamás me importó mucho; me parecía un hombre plano, tibio, aburrido, con quien compartía la mesa sólo en navidad y cuyo existir poco valía conocer. Pero ayer con la visita de esta otra señora mi interés hacia la vida y obra secreta del señor Madero creció.

Nunca creí que mi padre fuera capaz de engañar a su esposa por veinte años. Siempre pensé que no tenía la energía o la voluntad para llevar una vida secreta, doble; apenas parecía poder con las responsabilidades de ser un hombre medio recto. Nunca pensé que anhelara más.

Imagino que se conocieron en el trabajo, también por error, según recuerdo mi padre odia los bares y las fiestas. Seguro ella fue quien dio el primer paso. Seguro comenzó como algo muy inocente. Seguro fue un asunto casual la primera, la segunda, la tercera vez y todas las veces necesarias hasta que dejó de serlo. Seguro ella fue la primera en enamorarse y procurar que él se enculara. Seguro él ni cuenta se dio de lo que estaba sucediendo, sólo despertó algún día para darse cuenta que estaba jugando a la casita en dos hogares distintos. Seguro entonces no supo cómo huir y por eso se quedó. Seguro estoy asumiendo puras pendejadas.

¿Por qué tarda tanto? La verdad, es que quiero conocerla, hasta me emociona saber quién es. Si dejamos al lado el discurso que la condena culpable de acabar con matrimonios, romper hogares y ser la vergüenza del feminismo, conocer a la amante de papi puede ser toda una experiencia. Además, a ella podré preguntarle a destajo todo aquello sobre lo que jamás podría cuestionar a mi madre: ¿Qué puede resultar atractivo de un hombre tan muerto, al que nada le parece relevante o apasionante? ¿Es el dinero? ¿Es por piedad? ¿Es baja autoestima? ¿Es que coge tan bien?

Mis pensamientos los interrumpe una falda azul marino de poliéster a la rodilla. La falda viene acompañada de un blusa beige - de poliéster, por supuesto -  tan deslavada que se transparenta y deja ver un brassiere sucio, usado, con la varilla a punto de salirse. Hay también un par de medias frente a demasiado blancas y rasgadas en la pierna derecha, donde uno puede apreciar perfectamente la espantosa diferencia de tonos entre la prenda y la piel. Como si no fuera suficiente, al final de las medias hay unos mocasines negros raspados de las puntas, doblados de todas partes y seguramente con más de un agujero en la suela.

Lo peor de todo el atuendo es la mujer que lo lleva puesto: Cabello rizado, opaco y desordenado, ojos demasiado pequeños, nariz demasiado chata, labios demasiado delgados que no sonríen, arrugas por doquier, manos viejas y acalladas, uñas maltratadas, un aire general de cansancio y hastío y una espalda erguida de más, como queriendo tomar una pose que nunca le ha correspondido. Creo que prefiero al mesero anterior, ese de menos tenía la cortesía de mantener su fealdad a distancias apropiadas de mi mesa.

La mujer se sentó frente a mí, sin saludar o cumplir con cualquier otra norma de cortesía.

- Soy la...

- La otra señora Madero. - Me burlé. No valía la pena indignarse ante semejante sorpresa ya; es mejor sonreír con cinismo y mirarla, esperando que tenga el valor de continuar.

– Tienes dos hermanas, no creo que quieras saber sus nombres. Su papá, tu papá, tiene mucho sin darnos dinero, no tenemos nada más que deudas y necesitamos sobrevivir.

Me desagrada la franqueza con la que habla no estamos acostumbrados a tratar los asuntos familiares así, sin rodeos. ¡Somos tapatíos después de todo! Sus palabras me parecen afiladas, demasiado directas y su petición (nada) implícita resulta grosera, vulgar incluso, como ella. Porque ella es una mujer vulgar, se nota a leguas, vulgar y descuidada: el tipo de mujer a quien los maridos engañan no con quien los maridos engañan. He dejado de preguntarme qué pudo haber visto ella en mi padre, ahora me preguntó qué veía mi padre en ella.

– ¿Y por qué me dices esto a mí?

– Tú tienes dinero. Yo sé que él ya no tiene nada, sé del fraude. – Ella sabe del fraude, pero yo no sé nada de eso. Yo sólo sé del negocio quebrado, las llamadas de los bancos, la venta de casi todo lo que mi familia alguna vez tuvo y mi padre encerrado en su cuarto, más aislado y fracasado que nunca. Pero hasta hace dos segundos no sabía que a papi lo buscaba Hacienda. Lo bueno de pertenecer a mi familia es que aprendes a disimular indiferencia antes de siquiera saber hablar – Sé que él perdió todo lo que tenía y sé que nadie ha sabido nada de él desde que cerró la fábrica. Ni yo… No tengo ya cómo comunicarme con él, por eso vine contigo. Yo sé que tú tienes dinero y que tú puedes ayudarme, ayudarnos. Ellas son tus hermanas, son parte de tu familia.

– No. No lo son. – La interrumpí bastante irritado.

– Eres igualito a tu papá. - Me dijo sonriendo por primera vez.

No dijo nada más, se quedó sentada, mirándome como si supiera cuánto me puede molestar eso. Sus ojos no se separan de mí, no parecen decir nada, parece que preguntan, indagan, excavan y buscan algún secreto, algún miedo que se pueda usar en mi contra. Desvío la mirada pero ella me sigue, por lo visto no es posible huir de ella.

Quiero desaparecer. Mejor, quiero que ella desaparezca: que se vaya con su falda de políester, sus medias rasgadas, sus uñas sucias, su cabello reseco y sus dientes manchados. Quiero que se vaya y se lleve con ellas a sus hijas, mis hermanas, sus frases afiladas, sus peticiones vulgares y sobre todo deseo que se llevo consigo su "eres igualito a tu papá".

– Tal vez puedo ayudarte.

Si ella quiere dinero, le daré dinero, bastante, el suficiente para que se marche de la ciudad, haga su vida lejos de nuestra familia y jamás intente comunicarse de nuevo conmigo. Esas son las condiciones: mi madre, mis hermanos y mis hijos jamás se enterarán del amorío; ella desaparecerá y yo eventualmente la olvidaré, olvidaré todo y continuaré mi vida sin pensar en la mujer vulgar de las medias blancas y sus hijas, que se hacen llamar mis hermanas. Ella se resiste a la oferta, pero la piensa por poco tiempo y termina aceptando. Acordamos que le daría suficiente dinero para marcharse de la ciudad y terminaría el pago una vez que me asegurara de que ellas se encontraban a una distancia prudente para olvidarlas.

– ¿Y si él vuelve? ¿Y si alguna vez pregunta por nosotros? ¿Le dirás dónde estamos?

– Créeme, no preguntará por ti.

– En serio sí eres igualito a tu papá. – Dijo de nuevo, sonríendo.

– No lo soy. Yo me escogería una mejor amante.

Dicen que todo niño crece de dos maneras: intentando ser como su padre o deseando no serlo. Dicen también que cualquiera de estos niños terminarán necesitando terapia: los primeros por no poder dar la talla de hombres tan ejemplares y los segundos para reafirmar que aquel que ven en el espejo no es el hombre distante, desobligado y fracasado que los crió.

Yo crecí esperando jamás ser como mi padre. Por eso me paro y salgo del café sin despedirme de la otra señora Madero, me subo al carro rápidamente y en todo el camino a casa evito verme en el retrovisor. No quiero descubrir a mi padre en el reflejo.

14 comentarios:

Rekiem dijo...

Que buena historia, bien!

Rox dijo...

Me atrapó desde el primer instante y me recordó algunas cosas familiares. UY.

¡Excelente!

arboltsef dijo...

Reflejo y contrarreflejo.

Bien hecho.

La Diabla dijo...

muy buena me cae!, te da ese sentimiento de "quiero mas...quiero seguir leyendo"

Pancake dijo...

Ver a la otra señora de Madero, o de Parra, o de Ballesteros o de lo que sea... Es duro. Es cuestionable. Es intenso.

Y lo describiste tal cual.
Me ha gustado. Bota en algunas paredes a medio tumbar que yacen en rincones de mi memoria.
Me ha gustado mucho.

Anónimo dijo...

que interesante......

Tritza dijo...

Ya sé porqué vas a terapia!
jajajaja..

Saludos!!
=)

la anónima... dijo...

ouch. Me dolió.

dayanna* dijo...

¡A-mo-te!

superKT dijo...

A mi me tocó ver a la otra de mi pareja, ver una mujer parecida a la descripción que das, una de las nuestras que nos hace ver mal a todas, una que en mi opinión no se compara conmigo pero que me pudo más por varios instantes...

El Sr. X. se quedó conmigo... lo confieso... de pensar que me gané la lotería siento que estoy condenada a pasar mi vida con él... con la sombra de ella detrás nuestro...

Anónimo dijo...

Es facil criticar y señalar los errores de otros, es facil hacer leña del arbol caido, yo diria que incluso es omnioso.

Plagado de generalizaciones tu escrito y ciertamente mediocre. Es casi como el nuevo cine mexicano.

Beto dijo...

Anónimo: Oh, ya salió un señor Madero. O tal vez salió una de esas otras señoras de Madero...

Seguramente es mediocre el texto, aunque siempre lo pensé mediocre al estilo de una serie de televisión gringa; el nuevo cine mexicano no es lo mío. Pero que esté plagado de generalizaciones... ¡si más particular no pude haber sido!

No te preocupes, aquí nadie te juzga por tus amoríos. No te andes reflejando en textos que nada tienen que ver contigo.

A todos los demás: Muchas gracias por los comentarios. Sobre todo a SuperKT por compartir su experiencia, ¡ánimo!

superKT dijo...

Gracias Beto! es lo que me gusta de bloguear; que de repente sirve de válvula de escape...

Saludos y sigue escribiendo así!

ggerard0o dijo...

muy buen texto es verdad te atrapa y te hace sentir la necesidad de mas!!

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