martes, 12 de enero de 2010

Por tu culpa...



Te lo he advertido e insistes.

La última vez casi la matas de un susto. Ahí estabas afuera de mi casa, parada en el portal con la cara larga, bujujeando. Me reclamaste por que te engañaba, por que me acostaba con otras. Fue terrorífico dar contigo, y a ella, que ni siquiera te conoce, le pareció de pésimo gusto. ¿Por qué carajos viene a buscarte si ya sabe que sales conmigo? Me espetó.

Pero continúas haciéndolo: interrumpirme a la mitad del sexo. Que pésimo gusto, que falta de conciencia. Siempre que sonaba el teléfono, tenía que sacarle mi pito a la chica en turno y correr a responder, creyendo que era mi madre, mi hermano, Dios o Juan De la Reverga para avisarme que el mundo iba a acabar. Ni siquiera una noticia semejante es pretexto para desmontar a una mujer. Pero carajo, eras tú, con la voz ronca, azotada, digna de una suicida de baja estofa. Me preguntabas con quien estaba, que hacía, si alguien me acompañaba. Yo ahí desnudo, a la mitad de la sala con el teléfono en mano. Simulando ser comprensivo con tus celos, tratando de no perder mi erección y escuchando la sarta de ridiculeces que me preguntabas.

O aquella vez que no nos dejabas salir. Te plantaste fuera de mi casa y te negabas a irte; querías verla, conocerla, buscar más pretextos para acusarme de mujeriego, y te quedaste ahí tratando de hablar conmigo hasta que me harté de rogarte que te fueras y decidí meterme a mi casa a esperar que te largaras pronto. Mi amiga, adentro, me reprochaba: ¿Cómo te mezclas con esa clase de viejas locas, caray? Que vergonzoso.

Tu estilo comenzó aquel año cuando te avisé que me largaba una semana a la Ciudad de México. Te obstinaste en acompañarme, y supe de inmediato que sospechabas de algo. Toda la semana desperdiciada contigo, paseando por toda la jodida ciudad aquella en vez de correr a empiernarme con aquel pastelito que ya me esperaba en un hotel a una cuadra del metro Salto de Agua. Traté de tolerarlo, pero ya no pude. Una noche de aquella semana te dije en la cama: ¿Sabes que? La verdad quedé de verme con alguien y francamente quiero estar con ella; te sugiero que terminemos, regreses con aquel noviecito pintor que tenías, y me dejes en paz disfrutar de mi modesta existencia. Lloraste, pareciste aceptarlo, pero al día siguiente ahí estabas, estorbando.

Que lata. Como pude me las arreglé para llevarte a mi cita con ella en el estúpido Sanborns de los azulejos. Le dije al pastelito que estabas loca, que ya no tenía nada que ver contigo pero que te gustaba el sufrimiento. Pobrecita, me dijo ella. Ahí estaban las dos, sentadas una frente a otra, tú con la misma cara larga, con exceso de maquillaje, y ella sonriente, ignorante del pesado fardo que me impediría toda la semana cogermela. Después de ese viaje, supe que la amabilidad, la sutileza y el tacto eran inútiles contigo.

Comencé a ser un poco rudo contigo: Echarte de las fiestas, exigirte que no me acompañaras ni te presentaras a ciertas cenas o borracheras con amigos. Como aquella vez que vino una niña riquísima a presentar su obra de teatro. Ya no sabía que hacer para deshacerme de ti. Me acompañaste hasta el teatro y ahí te quedaste, con el mismo rictus de vaca sin ordeñar, espantosa, dispuesta a presenciar mis chingaderas con el masoquismo más indigno que he conocido.

Esa vez, antes de entrar al lugar, te exigí que te largaras, que mejor te fueras, que tuvieras dignidad, y que no pensaba llevarte a la fiesta posterior a la obra, pero con el viejo arte del limosnero, lograste colarte y fuiste a dar conmigo a la fiesta, comiendo carne asada, frustrándome todo. Ese día llegué a la conclusión de que lo tuyo era maldad, mala leche, ganas de joder. No eres una buena persona, concluí.

Yo nunca te fui a molestar cuando te revolcabas con otros. Jamás adopté el papel de investigador, vigilándote fuera de tu cuartucho, escribiendo a correos electrónicos, llamando por teléfono, poniendo esa escalofriante cara de tristeza intestinal. Yo respeté y respeto tus puterias, y nada te costaba respetar las mías, ser ecuánime y no ir a pararte en la puerta de mi casa con tus lonjas existenciales a reprocharme de lo que tu gozabas tanto.
Carajo...hay que ser cochis pero no trompudos.

12 comentarios:

La Diabla dijo...

Me encata! cochis pero no trompudos!!! jejeje y mira! que ahorita mi novio y yo nos andamos cargando una lapa de ese vuelo!!! jejeje ni pedo! que se me hace que linkeare necesariamente esta entrada a mi blog jjejeje

Yordi Mariconeados dijo...

K gueva me das, ojala tuviera blog para echarme un goool!!!!!!!!!!!!!

Ulises-82 dijo...

lo de trompudo lo dices por mi?

Anónimo dijo...

Maaaadreeessss tuve un deja vu, no mames, igualito la gorda, las interrupciones... uta es un caso de la vida real... che vieja... che wey

Anónimo dijo...

pinches pendejadas aburridas escribes (llegue a 10 renglones), mejor sigue plageando escritos como hasta ahora lo has hecho.

Por cierto si no fuera por los anonimos, no tendria gracia leer los comentarios.

Rox dijo...

Me encantó el estilo, tema y el tono de desgraciadez mezclado con cinismo que tiene el texto.

MAS DE ESTOS! Saludos

Anónimo dijo...

No entiendo a la gente que creyendose muy lista viene a quejarse de lo aburrido de este o de aquel texto ¿para que vienen si de antemano ya saben que nada les va a gustar? Pendejazos

La Nus dijo...

COINCIDO CON ROX... BIEN "PATANEZCO" QUE TE LEÍ...

Aquiles dijo...

dude ke pedo esto te sucedio? dime la konosko,pa reirme mas agusto, se y entiendo loke dices dude emos pasado por lo mismo shale dude luego nos vemos ciao

Yucko dijo...

Sí, yo también tuve un deja vu. Sigue siendo un muy buen post a pesar del tiempo.

Yucko dijo...

Ah, y ya deja de plagiar tus propios posts, no te pases de cabron pinche Manuel. : (

Anaita dijo...

huy yo como que pense en una cosmicnomeacuerdoque... quien sabe por que...

un abrazo

Blogalaxia