jueves, 26 de febrero de 2009

La otra mitad de la diversión


(relato con retazos autobiográficos)

He sido pendejo para muchas cosas, pero hay una para la que he sido abismalmente pendejo.

Padezco una deformación mental que me impide darme cuenta de las intenciones de quien me esté echando el calzón.

Las poquísimas mujeres que me he cogido (excepto una) tuvieron que hacer a un lado toda sutileza para que yo percibiera sus propósitos. Hubo una que se encueró y se puso entre mí y una transformada de Laplace para que me enterara que buscaba que le diera algo más que tutoría en ecuaciones diferenciales.

El resto, es decir, a las que me pude haber cogido y no lo hice, no llegó a esos extremos y sólo se limitó a echarme miradas, caricias e indirectas. Debo haber dejado a más de una creyendo que soy idiota o asexual. O asexual e idiota.

Esas creencias no me aflijen ni me aflojan.

Pero de todos los intentos para que mi líbido se antepusiera a mis reflexiones de orate, los más notables, por lo malogrados, no me los dedico alguna chava, sino un patrón que tuve.

Su primer intento consistió en invitarme a cenar al final de una jornada fatigosa de trabajo. Yo llevaba varias horas enmarcando y embalando una exposición fotográfica que él pensaba lo iba a catapultar a la fama y a la fortuna. Esa vez confundí su anhelo de bajarme los calzones por recompensa de la chinga que me puse cortando vidrio.

– Eres muy especial – dijo mi patrón mientras ingería una cerveza.

Pensé que estaba alabando mi buen pulso.

Otra ocasión estaba yo en su casa de San Miguel de Allende configurando un router (mi patrón tenía la curiosa idea de que se haría millonario si se volvía el vigesimo noveno proveedor de internet del pueblo). Mientras me afanaba en poner orden a los quinientos cables que salían de ese vetusto router, mi patrón se paseaba en pelotas por toda la casa.

Pensé que era su día de lavandería.

El día que me enteré de sus propósitos fue cuando yo catalogaba su inmensa biblioteca.

"El ciclo reproductor del coyote mejicano durante los meses que no tienen R" leía yo un título. Mientras ponderaba si ponerlo en zoología o en humorismo mi patrón se plantó frente a mí. Tomó aire y anunció con grandilocuencia:

– Me gustas mucho y quiero que tengamos sexo.

Yo, por esa deformación mental de la que hablo al principio, ignoraba que provocara esas pasiones en mi patrón pero no me escandalicé. Al contrario, me hundí en profundas cavilaciones.

Mi patrón malinterpretó mi silencio.

– No tomas en serio lo que te digo – gimoteó.

– Nada de eso – repliqué. – Lo tomo muy en serio. Tanto que tengo que aclararte algo.

– ¿Queeé?

– No me gustas. Considero que te faltan nalgas, pechos y vagina y te sobran cien arrugas, tres décadas, un pito y un cromosoma Y.

Mi patrón se quedó helado. Supuse que nadie lo había desairado tan concisamente.

Parpadeó. Volvió a tomar aire. Abrió la boca. La cerró. Se dió media vuelta y se fue.

"Cuidado y crianza de plantas atrapamoscas" leí en el siguiente título.

No terminé de catalogar la biblioteca pues mi patrón me interrumpía con aburridísimos soliloquios: sobre el placer que sentía a la hora de que le metía el pito a sus parientes, sobre la incomprensión que lo embargaba de que alguien tan abierto no estuviera dispuesto a tener sexo con él, sobre Sócrates, Oscar Wilde y sus discípulos, etcétera.

– Confundes tener la mente abierta con tener un culo abierto – le contestaba.

Antes de mandarlo definitiva e irrevocablemente a la chingada, mi patrón se volvió muy devoto. Se dejó crecer la barba, empezó a usar sandalias y asistía a retiros budistas.

La última vez que me dirigió la palabra hizo gala de un catolicismo sinarquista que no le conocía:

– Me das mucha pena. Estás peor que un judío que va por la vida nomás con media biblia: tú vas por la vida negándote a tí mismo la otra mitad de la diversión.

Epílogo.

Hice bien en no explorar esa otra mitad de la diversión con mi patrón. Años más tarde me enteré que se volvió estrella de cine y que se extrañaron de su ausencia cuando lo esperaban para premiarlo.

Los encontraron, a él y a su acompañante en turno, con las cabezas abiertas a martillazos.

14 comentarios:

Baldor dijo...

Me hizo mucha gracia tu escrito, creo que lo haces bien y tienes buen ritmo. Te seguiré leyendo.


Lo que más risa me dio fue "No me gustas. Considero que te faltan nalgas, pechos y vagina y te sobran cien arrugas, tres décadas, un pito y un cromosoma Y"

Rox dijo...

"Confundes tener la mente abierta con tener un culo abierto"

jajajaja!

Excelente relato. Genial para empezar el dia :D

Luis dijo...

"Parpadeó. Volvió a tomar aire. Abrió la boca. La cerró. Se dió media vuelta y se fue."

Deberiamos hacer una recopliación de todos los Ibargüengoitismos que usamos, snif.

Tumeromole dijo...

"No me gustas. Considero que te faltan nalgas, pechos y vagina y te sobran cien arrugas, tres décadas, un pito y un cromosoma Y"

Por lo menos no lloró. Buen relato.

Adrián dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Alice dijo...

despues de la declaracion seguiste trabajando con el tan a gusto?? bueno, creo que yo hubiera huido desde el "eres muy especial"

Pantera dijo...

La primera parte de tu relato me ha pasado. Lo de los jotos no. Ni quiero.

Lord Ryukami dijo...

Me gustó, el recolectivo está recuperando su toque.

chilangelina dijo...

Pues qué buen relato.
Lo de los martillazos no es cierto, ¿verdad?

La Pinche Sandrink dijo...

Creo que de lo mejor que he leido!

Juan Perez dijo...

Esta bastante bueno. Creo que no has perdido tu toque de ironía en una narrativa divertida.

Sigue asi estimado Huevo, Luis,o como te llames ahora.

Falso Profeta dijo...

Damn! Qué bonito cuento.

controlzape dijo...

Lo de los martillazos no es cierto, ¿verdad?

Lo de los martillazos se quedó corto. Según Margo Glantz en La Jornada el asesinato de mi expatrón fue más gore.

Nefesh Bleu dijo...

Hilarante.

Enhorabuena.

Blogalaxia