martes, 21 de julio de 2009

La Continuidad de Una Carta de Amor y Muerte



Debo confesar que viví en Valparaiso entre mayo del 2003 y agosto del 2005. Una ciudad lamentable, si me preguntan, y fria en invierno o cálida en verano, como muchas otras ciudades, y sin embargo yo viví en un cuchitril ubicado en Cerro Alegre, a un costado de la casa de Victor Jara, el músico ingrato al que creí que le habian rebanado la lengua y la mano (nunca supe si la derecha o la izquierda), y que a pesar de ello siguió tocando. Tarde me enteré que a Jara en realidad solo lo torturaron y ejecutaron como a muchos chilenos en 1973, y de que mi covacha inmunda no tenía ni ventilador ni calefacción.

Por supuesto, no pienso marear a nadie con mi peregrinaje sudaca, pero si quiero recordar la tarde del 23 de agosto del 2003, cuando aterido de frio me dirigí a mi casa a bordo del ascensor Concepción, y una mina amermelada comenzó a repartir volantes que te invitaban a pegar en la pera por una gamba en un restaurante, asunto que me pareció fome al principio, pero que al leer que se trataba también de un buffet, me dije, en perfecto slang chileno: yo soy un weon de diente largo, y vale más comer como se debe antes de hacer el tuto en mi pocilga-congelador.

Así que subí a mi apartamento, me cambié de zapatos y bajé el cerro infeliz, que es uno más en la ciudad de Valpo, a la que no podía imaginar sitiada por las hordas de Pinochet sin pensar en las costillas molidas de Jara, o en el aullido provocador de adolescentes, gritándoles conchaetumadre a los pacos y milicos.

El lugar, por supuesto, como muchas cosas de Chile, que van desde su historia hasta su mística sudamericana, exceptuando su literatura, resultó ser una estafa donde ni siquiera estaba la mujercita que repartía las papeletas para equilibrar mi desgracia de pagar por comer caldo de algas y remedos durísimos de tocino y carne de cordero. Terminé vomitando en el baño, en el de las mujeres además, pues me equivoqué y tuve que esperar a que salieran dos lolas que se maquillaban mientras charlaban su jerigonza sudaca y se quejaban de sus padres. Durante la espera hurgué el cubículo del escusado, y tras el contenedor de agua me hallé un rectángulo compacto que al desenvolverlo decía en letras muy elongadas: Mi Ultima Voluntad. La transcribo:

"Voy a morir como tú, que lees esto, pero tengo la fé de que me encuentres después de leer esta carta, pues mi última voluntad es motivarte a ello, tocar la fibra de tu curiosidad, y que además resultes ser un hombre, pues necesito que vengas a amarme, a enamorarte de mi antes de que muera". El recado tenía una dirección de correo electrónico, y si, mi curiosidad me sacó del lugar y muy pronto me metí a un internet a escribir con una cuenta creada exprofeso.

La respuesta fue casi inmediata, y así conocí a la mujer que me hizo ocultar mis años en Chile; la conocí a los dos días, y resultó ser hermosa. Nos vimos, a sugerencia de ella, frente a la casa donde nació Tom Araya, vocalista y bajista de la banda de thrash metal, Slayer. Por supuesto, mi intuición atinó y la mujer era una morenaza achocolatada de cabellos negros, lacios, vestida en tonos oscuros y que me preguntó enseguida, ¿cómo me vai a enamorar?

Antes de responderle, y antes de que yo cayera en una espiral abrasiva y dentro de un abismo que más bien era como caer hacia el cielo - una caida, a fin de cuentas -, yo le pregunté cómo pensaba morir. Sin recibir jamás respuesta, en menos de seis meses me enamoré primero yo: lo supe cuando regresabamos de Quilpué, pero también supe que ella no estaba enamorada de mi, y tal cosa no sucedió jamás, hasta su suicidio en marzo del 2005, cuando se arrojó del precipicio a un lado de la calle que desemboca en el bar Calfulafquen, donde yo la esperaba.

Supuse entonces que su última voluntad había quedado resuelta. Yo la había amado exitosamente. Era eso lo que quería. Mi amor, sin embargo, quedó frustrado, y terminé por entender todo, un todo que podía ser melancólico y bello para Violeta Parra, pero horroroso para el psicoanalisis de Lacan. Motivado por mis conclusiones, redacté también una carta que en realidad era una copia o plagio de la de ella, y la dejé en el baño de mujeres del Calfulafquen, esperando ser contactado en cuanto antes, pues su muerte me había dejado de verdad un hambre intensa de amor.

Sin embargo nadie me contactó, y eventualmente tuve que regresar aquí a Tijuana, donde continúo esperando. Pienso entonces que en la enorme sala de espera que es la muerte, todos tenemos una última voluntad que debemos cumplir antes de morir con una sonrisa trascendental cuyos simbolismos y significados podrían desarmar a cualquiera.

*Dedicado a Tania, que es mi ultima voluntad por que también yo soy la suya.

11 comentarios:

a.be dijo...

Que bonito gueeeey!
Y que hermosa dedicatoria!!!
¿Por qué mi pinche novio no escribe cosas así? Se dedica a escribir puro post incendiario...
Me hiciste el día con el post!
Saludame a tu mujer y espero verlos ahora que esté por allá (ah, pero NADA de ir a escalar eh)...

Daniel dijo...

Yo estuve en Valparaíso y no fui a la casa de Tom Araya. Putísima madre. Tomando en cuenta mi formación y cultura musical, ese lugar es para mí un sitio de peregrinación mucho más importante que la casa de Víctor Jara. Digo, tengo toda la discografía de Slayer, mientras que de Víctor Jara sólo conozco la historia esa de que le mocharon su brazo en los vestidores del Estadio Nacional. Por lo demás, entre chorrillanas, pisco sour, una caminata desde Valpo a Viña sin tomar taxi o camión y una palapa de mariscos al final del puerto idéntica al Terrazas Vallarta, pero con congrio, centolla y chupe, son motivo más que suficiente para volver a Valpo. Buen texto. DSB

Pancake dijo...

Quisiera plasmar de alguna manera como me movió este post o escribir alguna crítica sobre él, pero creo que me faltan palabras y me sobran emociones.

Me gusto. Es todo lo que diré.

borregata dijo...

Pulento

Isabel dijo...

Dios... no debería de leer estas cosas sin haber comido... me llegan y gacho.

Excelente.

chilangelina dijo...

Qué lindo Manuel. Sin duda todos tenemos guardada en el cajón esa última voluntad que espera a ser realizada antes de morir. Supongo que algunos nos privamos de realizarla un poco a manera de seguro de vida.

Anónimo dijo...

Que chingon escribes carnal, excelente relato. Saludos.

El hombre de hielo dijo...

Espectacular relato.

Una pequeñísima aclaración, "trash metal"(trash=basura) es un término mal utilizado, lo correcto es "thrash metal"(thrash=azotar,apalear), vaya, hasta los metaleros conocedores meten la pata e incluso MIX UP la riega en sus etiquetas.

El Contador Ilustrado dijo...

ohhh tan deprimente

no se porque me recordo a mi amada....

Manuel dijo...

Gracias a todos por leer.

Y gracias por la aclaración, Ice Man. En efecto, no es lo mismo trash que thrash. Si me lo permites, haré la corrección pertinente.

Yucko dijo...

Todas las últimas voluntades deberían ser solo un preludio a una nueva vida y no el final de ella. Muy chido el post.

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