domingo, 11 de octubre de 2009

Anónimo, sólo cuando no hay tiempo

Los últimos tres años trabajé en un periódico cuyo éxito dependía de la equilibrada combinación de nota roja, denuncia ciudadana y un par de tetas suculentas en la página central.
Con devoción edité cada portada, 16 caracteres debidamente colocados para aumentar las ventas y competir con publicaciones más serias. Y cosas por el estilo. Me devané los sesos para no repetir los encabezados durante los 107 días más violentos que me hayan tocado vivir en Tijuana.

En una ciudad como esta donde se le da más importancia a los grandes operativos policiacos, a las disparatadas líneas de investigación criminal, a las declaraciones de nuestras falstaffianas autoridades de seguridad pública, la víctima del delito común no tiene cabida, ese lugar de lujo en los rezos del Arzobispo, está reservado a los magnates secuestrables a los que pueden pagar una portada trágica con lágrima a cuadro. Sin embargo, en más de una ocasión estos eventos escasearon y tuve que echar mano de los “malandros” locales o las víctimas de robo y violencia domestica para llenar con 180 palabras las páginas de las breves policiacas, sacarlos del anonimato.

Cuando había oportunidad recorría el lugar del crimen, con un poco de suerte podría encontrar a varios testigos señalándome con santo y seña la forma en la que ocurrió todo. De pronto esas 180 palabras se convertían en un dossier con todo y biografía del delincuente en turno. Esto llevaba horas, incluso días, pero no importaba, para mi había tiempo de sobra. Incluso le robaba horas a mi descanso.

Antes del otoño de 2008, cada uno de los muertos que "ilustraban" mi primera plana tenían nombre y apellido, aún cuando no tuvieran ID y las indagatorias de los peritos los remitieran a una pila de casos sin resolver, me gustaba inventarles una vida, hacer un breve repaso por lo que hubiera sido su última jornada. ¿Habrán sabido que ese día no volverían sanos y salvos a casa?

Evidentemente este vulgar ejercicio de subjetividad obedecía a un profundo y doloroso sentimiento de culpabilidad, por una parte era mi chamba y adoraba hacerlo, pero por otra, maquilar notas de ejecutados y torturados casi de forma industrial inquietaba mis breves horas de sueño. Pero ya no.

La cantidad de asesinados y delincuentes comunes se disparó exponencialmente. Tratar de recabar historias no solo se convirtió en una tarea difícil de ejecutar, sino peligrosa, cualquier pregunta sobre lo sucedido levantaba sospechas aun entre el vecino más confiado. Dejé de buscarle tres pies al gato, y cuando la cifra de muertos llegó a 600 de plano me di por vencida. De ahí pa´l real, todos los sustantivos de la nota roja fueron sustituidos por el impersonal anonimato y desde entonces, aunque no lo crean duermo mejor.

6 comentarios:

Pancake dijo...

Mis respetos.
Por el texto y tu trabajo.

Clap . Clap.

Morinakemi dijo...

No mames que miedo...

el primer parrafo me recordo mucho como son los periodicos que mas venden aca en el DF: fotos de descabezados en la portada y de viejas buenisimas en la contraportada.

saludos

JRPB dijo...

Todo mi respeto por tu trabajo. Excelente artículo; refrescante saber que aún en el medio amarillista existen periodistas que actúan por amor al arte. En La Matrix, si no trabajas y no aguantas vara, no comes... aunque eso implique dormir con el enemigo en ocasiones.

Saludos.

Kuruni dijo...

No me gustó el tema pero me encantó tu post. Que bueno que encontraste un pseudo equilibrio entre tanta locura.

Folósofo dijo...

Tu post, me recordó la situación que vive mi país hacerca de la inseguridad, siempre son anónimos los muertos que pasan a ser parte de las frías estadísticas.

Daniel dijo...

Lo que pasa es que no todos los malandros tienen jefe de prensa y asesor en medios. Un malandro mediático sabe que decapitado merece más espacio que un encobijado, que si eres edecan o funcionario aún puedes aspirar a la portada, pero un manguerilla sinaloense difícIlmente superará los tres párrafos. DSB

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