viernes, 30 de octubre de 2009

Cachacuaz encorbatado



Todos los que trabajamos nos prostituimos. Nos transformamos en patéticos payasos de un circo cruel. Uno es capaz de innombrables humillaciones con tal de asegurar su recibo azul de nómina y libramos todos los días una batalla a brazo partido para no abandonar el paraíso clasemediero.

Nuestra vocación de prostituirnos en cada jornada laboral tiene infinitas formas y manifestaciones, pero sólo un símbolo permanente capaz de transformarnos en solemnes cachacuaces: la corbata. En esta redacción portar una corbata significa tener la marca de la bestia. El equivalente a ser una res marcada con un hierro ardiente que certifique su pertenencia al hato. Es el salvoconducto hacia la esclavitud. La corbata es una horca eterna y nosotros unos condenados a los que ni la muerte es capaz de redimir. La corbata está aquí, omnipresente, lastimando mi cuello, haciéndome ver ridículo, clasemediero, payaso, prostituto. Un hombre que es capaz de amararse en su cuello un pedazo de tela que odia, es más decadente que quien abre el culo por una morralla miserable.

¿Para qué diablos sirven las corbatas? ¿Quién dijo que son sinónimo de elegancia? Sí, ya se que tienen su origen en el ejército croata. Pueden contarme la historia que sea. A mi no me sirven de un carajo.

Y aquí va una confesión sobre una de mis pequeñas rebeliones que aún tienen vivo su espíritu: jamás en la mi vida me he comprado una corbata. Jamás me compraré una. De mi cartera nunca saldrá un solo centavo para pagar por un repugnante pedazo de trapo destinado a estrangularme. Las corbatas que tengo, que son muy pocas, me las han regalado. Yo no he comprado una y aquí lo firmo: Jamás compraré una. De esta agua sí que no beberé.

Y aún hay más. No sólo nunca he comprado una corbata, sino que ni siquiera se cómo hacer el nudo, y lo que es peor: no tengo la más mínima intención de aprender. Tengo un par de corbatas con el nudo hecho guardadas en el cajón de mi escritorio entre libros y periódicos viejos. Son corbatas sin chiste alguno. La que más uso es gris. Me la pongo al llegar a la oficina y me la quito al salir a la calle. Casi todos hacemos lo mismo. No quiero una corbata nueva. No quiero cambiar de corbata. Me conformo con la que tengo. Me sirve para el único fin utilitario que tiene en mi vida: que los que me pagan vean que traigo corbata y certifiquen que estoy lo suficientemente prostituido por el sistema. La corbata me acredita como un solemne payaso de su circo. De ahí en fuera no me sirve de nada más. Así que nada importa si es la misma todos los días o si está cochina, rebosante de costras de comida y lamprones de cerveza. Mejor aún. Así mi aberración total por la prenda y lo que significa queda de manifiesto. Esta pequeña rebelión es un rinconcito de dignidad. Una forma de certificar que todavía no estoy tan vendido al sistema. Soy un payaso, sí, pero aún queda una mínima dosis de orgullo paseando por ahí. Sí, ya me han llamado mil veces adolescente retardado y promotor de rebeldías babosas e infantiles. Pueden ir sin escalas a chapotear en la mierda. Si ser adulto significa ser un servil payaso encorbatado, me niego a serlo. Sí, ya se que ya estoy muy grande para ciertas pendejadas. Mucha gente predijo que a cierta edad “maduraría”, pero la madurez no ha llegado y qué bueno. Según ciertas personas, para este entonces habría olvidado ciertos gustos musicales y literarios y me habría vuelto católico por conveniencia y comodidad social.

Y miren nada más. Cada día siento más placer cuando blasfemo contra todos los dioses monoteístas y sus iglesias. La idea de morir antes de los 30 años todavía me atrae demasiado y no descarto que mi suicidio sea antecedido de un arrebato al estilo del Eróstrato de Sartre. Si alguna vez dejo de depender de las cadenas esclavizantes de una nómina, mi pelo volverá a crecer sin límites, volveré a agujerar las superficies perforables de mi cuerpo y adornaré mi piel con más tatuajes. ¿Quién chingados tiene el derecho de impedirme un placer tan banal? DSB


P.D.- Epílogo, una década después- Este visceral berrinche lo vomité hace casi diez años para mi columna “Lucrecia mi reflexión” en la revista regia “Común” que dirige mi compa Jopyrrako Montero. En aquel entonces yo integraba el staff fundador de un periódico con ridículos sueños de grandeza, que aspiraba a ser Le Monde o el New York Times del Noroeste. Para ellos, la grandeza periodística se reflejaba en la formalidad de sus reporteros, por lo que era requisito indispensable usar corbata para trabajar. Tijuana no es el DF y en este fronterizo paraíso de la informalidad, los tipos entacuchados son aves muy raras. A ello hay que sumar que los tundeteclas siempre hemos sido por naturaleza fachosos y mal vestidos. Nuestras combinaciones eran realmente patéticas. Los reporteros de Frontera éramos reconocidos por ser unos tipos con una corbata de Mickey o el Diablo de Tasmania mal amarrada a una camisa de manga corta. Con los años la grandilocuencia de ese periódico se relajó y la corbata dejó de ser obligatoria (también el periódico dejó de soñar con ser grande y hoy en día es una gaceta de 28 páginas que trabaja con menos de la sexta parte de la nómina que alguna vez llegó a tener y paga sueldos de maquiladora). Los años han pasado, pero la verdad es que pocas cosas han cambiado. Aquí va una lista más o menos actualizada del estado actual de mis circunstancias:

-En mi actual empleo no utilizo corbata.
- Diez años después sigo sin comprar la primera corbata de mi vida. Aún no he gastado un centavo en esa prenda.
-Diez años después, aún no se cómo carajos se hace un nudo de corbata. Las poquísimas veces que he tenido que utilizar alguna en los últimos cinco años, me han ayudado a amarrarla.
- La última vez que utilicé corbata fue en abril de este año durante una gira de trabajo por China donde la etiqueta y el protocolo fueron rigurosos. Confieso que me tuvieron que ayudar a hacer los nudos.
- Cumplí 30 años y no me suicidé.
-Sigo experimentando placer al blasfermar contra el monoteísmo.
-Mi pelo ha crecido y ha sido rapado unas cuantas veces.
- No he vuelto a perforarme, pero sí a tatuarme. El último tatuaje, por cierto, me lo hizo mi madre.


7 comentarios:

Luis dijo...

Yo uso corbata exactamente una vez al año. Y una vez al año, busco un video en youtube que explique como se hace el nudo.

Siento lo mismo sobre esos pedazos de tela; tienen tantos simbolismos equivocados que alguien deberia hacer una lista.

Anónimo dijo...

Este post ya lo habia leido en tu blog. Aun asi no quita que este chingon y sea muy cierto. Pero se me hace raro que tu que en mi opinion eres unos de los chingones de Recolectivo ponga refritos.

Daniel dijo...

Luis: Este año yo también sólo una vez he usado corbata. Casi nunca voy a bodas ni nada por el estilo.

Anónimo: Buena observación. De hecho cuando lo publiqué en el blog, en 2003, ya era un texto reciclado, pues originalmente lo hice para una revista. El original es de 1999. Sí, confieso que más de una vez he reciclado viejos textos para Recolectivo.

EnNa dijo...

Cierras con broche de oro, qué chida mamá ;)

Vicente Sánchez ·Complot· dijo...

Total, usar corbata e¿es chido o gacho? jajaja

quememos nuestro brasieres! ah no... ah yaya

CORBATAS!

Dovhdovh dijo...

Daniel:

¿Habrá quienes les gusta la prostitución por sí misma?

Andrea dijo...

uchs
realemte si es fastidioso eso de la formalidad y es solo decir una de las formas en que nos prostituimos laboralmente....jodidos!

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