jueves, 29 de octubre de 2009

Tres muertos y una obviedad



Hay 3 escritores a quienes les debo el entendimiento torcido que tengo del humor en literatura.

1. Marco Aurelio Almazán.

Mi mamá era fan y coleccionaba los libros de editorial Jus que compendiaban los artículos de Almazán. Escribia un humor muy blanco, casi albeante y lo descubrí cuando apenas había pasado media década de que yo superara a los “Clasicos Juveniles Ilustrados” y me adentrara en las obras no digeridas para mocosos. Fue el primer humorista que leí y me pareció muy bueno. Esa apreciación se debía en parte a mi inexperiencia leyendo textos de humor que no consistieran en puros chistes facilones y en parte por que Marco Aurelio Almazán tenía que hacer circo, maroma y teatro para superar las cláusulas contraproducentes de una ley de imprenta, añeja y victoriana, que prohibía a cualquiera en México publicar palabras como “culo” que a mi me suena muy clara, sencilla, breve y contundente para reemplazarlas por frases como “donde la espalda pierde su casto nombre”.

Había muchos libros de Marco Aurelio Almazán en el librero de mi mamá pero mis preferidos eran dos y fueron mis primeras aproximaciones a la parodia. Uno se llama “Una vuelta al mundo con 80 tías” y el otro “Episodios Nacionales en Salsa Verde”. Con el primero tomé gustó por la geografía y con el segundo por la historia de México que son dos materias que ahora domino bien y que yo creo que no me habrían interesado más allá del requisito académico si no fuera por Almazán.

Así que cuando alguien me dice que el humor es irrelevante y no sirve para nada suelo darle una patada ahí mero “donde la espalda pierde su casto nombre” en honor a Almazán.

2. Álvaro de Laiglesia

También de él había varios libros en la casa paterna pero esos los leí hasta que pude alcanzar los anaqueles altos sin tirarme el librero encima. Yo creo que mis papás, que tenían unas ideas muy raras que compartían con los censores de Oficina de Cinematografía gubernamental echeverrista, han de haber pensado que Alvaro de la Iglesia no era “adecuado” para su criatura y los pusieron en sitios inaccesibles.

De los textos de Alvaro de la Iglesia que me acuerdo más hay uno que trataba de unos bebés... o proyectos de bebé. Viajaban en un avión del Cielo a la Tierra para ocupar los cuerpos de los que estaban por nacer. Durante el viaje hacían reflexiones sobre la vida que les esperaba: un par se enamora y hace planes para reencontrarse en el futuro y casarse y etcétera, otro se quejaba amargamente de la monserga que tenía por delante pues la vida la vislumbraba como una larga suma de períodos interrumpidos sólo para lavarse los dientes y cagar. Antes de arribar a sus destinos, el encargado no deja salir a uno del avión (creo que saltaban en paracaídas) pues su madre había conseguido abortar el embarazo a último momento. El aspirante a recién nacido, que era el más entusiasmado de todo el grupo, se encabrona, echa espumarajos y se queda cómicamente amargado por ser el único al que se le negó el chance de nacer.

Ignoro si el texto es proderecho a abortar o no, pero su ambigüedad no la veo como defecto, al contrario; en estos días de estridentismo turulato proveniente de ambas trincheras del conflicto, se me hace refrescante.

Un buen día voy a sacar copias a ese texto y lo voy a repartir a los asistentes de algún mitin convocado por el sr. Serrano Limón y Provida. A ver si así se les quita tanta solemnidad execrable.

3. Jorge Ibargüengoitia

Este encabeza mi lista de autores que escriben en “guanajuatense distritofederalizado”. Entre las cosas que agradezco de la extinta Compañía de Luz y Fuerza es que mi papá, que chambeó ahí, tuvo de colega a un sobrino de Jorge Ibargüengoitia que le prestó sus libros. Yo, atraído por las acuarelas de Joy Laville en las portadas de las ediciones de Joaquin Mortiz, le apañé los préstamos a mi papá. La primera vez que lo leí me imaginaba a un señor que sentado ante la máquina de escribir, pensaba “esto que voy a decir ¿cómo le hago para que suene chistoso?”. Con las siguientes relecturas me quedó claro que así no era. Luego, en una entrevista setentera que Aurelio Asian le hizo a Jorge Ibargüengoitia hallé unos párrafos donde deja claro qué es el humor (el énfasis es mío):
El humor es algo que yo, francamente, no sé qué es. El termino “comedia”, por ejemplo, significa algo muy concreto:se trata de una visión parcial de las cosas, de ver la realidad en un sesgo en el que todo es un poco grotesco y presentarlo como tal. La comedia supone una simpatía del escritor con el personaje. La sátira es otra cosa: el escritor odia al personaje y lo presenta como una piltrafa. Pero el humorismo no sé qué es. Un señor que hace chistes no me interesa. Sé que ciertas cosas son chistosas, y puedo hacer chistes, pero no me parece que la risa tenga ninguna virtud ni que sea una ventaja. Lo que a mí me interesa es presentar la realidad y si la presentación puede ser chistosa está muy bien. Pero hacer un chiste de algo que no es chistoso me parece grotesco. La muerte de alguien, la muerte de un canalla por ejemplo, puede ser la cosa más chistosa del mundo. Pero en el momento en que la presentas así pierdes una perspectiva, la escena queda fuera de su dimensión particular.

Pero como se supone que soy un escritor chistoso, hay gente que se ríe de cosas que no tienen ningún chiste. En Las muertas, por ejemplo, hay ciertas situaciones que a muchos les dan risa. Hace unos días me hizo una entrevista Jorge Saldaña y según él le daba una risa tremenda que a una persona la plancharan. A mí no, francamente. Que alguien crea que se puede curar a una persona planchándola puede ser ridículo, pero la situación no deja de ser terrible, porque están matando a alguien. Es grotesco, pero no tiene por qué dar risa: no es una situación cómica ni un chiste. Hay miles de cosas grotescas que no son chistosas. Si el Presidente de la República se va a sentar en una silla, alguien le quita la silla y se sienta en el vacío, ha de ser chistosísimo (a mí me encantaría estar presente); pero si en cambio se trata de un elevador que no está, y se abre la puerta y el señor Presidente se va al hoyo, la cosa toma otra dimensión.

Yo creo que he sido un escritor cómico, pero no soy burlón. La burla supone algo de odio o de crueldad, o de desprecio. Generalmente trato de escribir sobre algo que me produce cierta simpatía. En Las muertas, por ejemplo, aparecen las hermanas Baladro, que son unas madrotas. Estas señoras, a pesar de lo que hayan hecho, tienen que tener una vida personal que sea simpática, porque no es posible vivir sin producirle simpatía a alguien. Siempre hay algún momento de ternura o de pasión interesante, o de otras cosas. Pero todo tiene que estar justificado, tiene que haber un equilibrio. Supongo que nadie en el mundo es totalmente despreciable y si tomo un personaje lo que me interesa es justificarlo. Por eso no creo en la burla.
Aunque sea fan no estoy de acuerdo con Ibargüengoitia. La risa sí tiene una ventaja (de hecho ese es el punto de discusión entre Guillermo de Baskerville y Jorge de Burgos en El Nombre de la Rosa). Sirve para ver las cosas sin el peso innecesario de la solemnidad y, desde mi punto de vista, eso le quita lo empañado a la visión de uno. Las figuras de autoridad innecesarias se derrumban con un poco de ridículo con buen tino.

No obstante, hay algo que yo procuro imitar de Ibargüengoitia y radica en la siguiente frase:
Si no voy a conmover a las masas, ni a obrar maravillas, me conviene bajar un escalón y pensar que si no voy a cambiar al mundo, cuando menos puedo demostrar que no todo aquí es drama.
Han desfilado por mi mesa de lectura otros, pero esos tres que menciono son los que más he leído y con los primeros que habría que irse a quejar por la manera en la que junto las frases en mi blog, aquí y en otros lados donde tienen la ocurrencia de invitarme a escribir. Lo malo es que los tres están muertos, así que a los inconformes les recuerdo una obviedad que quizá hayan pasado por alto debido a la ofuscación que les provocan mis bostas: ya se chingaron.

7 comentarios:

CrisS dijo...

Yo también crecí con Marco Almazán. Nunca olvidaré a la Carlota enloquecida por vestirse de china poblana. Y Eva en Camisón me sigue pareciendo un libro lleno de frases maravillosas.

Y de Ibargüengoitia, creo que nunca más en mi estado habrá alguien con esa mirada para detectar las incongruencias de las rancias familias bien.

Luis dijo...

Mira, te voy a presumir algo:

http://twitpic.com/nhb59

Es una edicion de 1959, se cae a pedazos pero es uno de mis tesoros.

A Alvaro de Laiglesia lo conoci de rebote gracias al que, en mi opinion, es el mas grande humorista de todos los tiempos: Enrique Jardiel Poncela, que atinadamente dijo:

"Definir el humor es como pretender pinchar una mariposa con el palo de un telégrafo."

Si te gusta Laiglesia (jojojo) deberias probar con Poncela sin dudarlo.

toño romo dijo...

Muy aburrido tu escrito, sin ofender.

Anónimo dijo...

preferiste a "vuelta al mundo con 80 tias" por encima de "pildoras anticonceptistas" oh ese no lo has leido? si es asi, te recomiendo sobre manera hacerlo, veraz que aquel humor de aquel entonces sobresale por su sencillez

por cierto, en aquel entonces si estaba permitido decir ese tipo de palabras siempre y cuando llevara un "con su perdon sea la palabra"
oh bueno, recuerdo haber visto que escritores anteriores a eso usando malas palabras pero todas tenian esa caracteristica.

salu2

Anónimo dijo...

¡Buen post!

Pancake dijo...

Almazán es parte fundamental de la biblioteca casera. El cañón de largo alcance sigue entreteniéndome hoy, como lo hizo hace ya una vida, que me lo heredó mi abuelo.

ĭçoŋoçlast@.·´¯`·.¸ dijo...

ibargüengoitia me parece mejor escritor que por ejemplo, garcía marquez contodo y su nobel y sus leperadas...

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