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domingo, 5 de julio de 2009

Ejercicios Cívicos



Hoy como buen ciudadano, me planté en mi casilla asignada en punto de las 12 del día. Esfuerzo mayor para cualquier crudo hedonista como yo, que más pensaba en desayunarme un caldo de mariscos o unos tacos de carnitas, que en quién iba a vivir de mis impuestos por tres añotes, con sueldo de padrote. La verdad no me incomoda mucho cuanto ganen, seamos realistas: el país puede pagar mucho más. Me incomodó mucho más ver la casilla vacía, y una sarta de seudo-ciudadanos y representantes de los partidos, que seguramente, doblaban el número de votantes.

Sufragé gustoso, me pusieron una tinta endeleble muy rebajada, situación que yo pienso que fué planeada por el OXXO para no darme el café gratuito que prometió a todos los votantes. Eso sí, me compré un Bon Ice de tres varos a un anoréxico vendedor ambulante, que se veía muy preocupado por la baja clientela, tan diferente a los pasados comicios.

De regreso a casa de mis padres, meditaba sobre el vale-verguismo colectivo, y realmente hasta podría entenderlo, pero no apoyarlo. Concuerdo que nuestra situación es innegablemente triste, en términos concretos de narco, crisis, seguridad y demás conceptos trillados. Lo que no acepto es un pueblo mediocre, desangelado, conforme. Chingado, un pueblo sin alma. Recuerdo las crisis de antes, y la cara de mi papá cuando los intereses hipotecarios se volvían impagables, y voltearme a ver con un gesto de Pedro Infante a punto de gritar: Torriiiiito. Recuerdo pasar todas las tardes de aquella crisis de 1994, en el consultorio de mi padre, leyendo y releyendo la revista Proceso, con ánimos de entender, de participar, de ser parte de esa crisis que en realidad no me incumbía. Ni me afectaba. Recuerdo una comunidad afectada, pero viva, dispuesta a progresar.

Hoy veo, además de poca participación, un conformismo que apesta a mierda. Un pueblo que ya no pretende indagar, sino aguantar. Cuando ciertos mamones hablan de revolución, de límites sociales, me río. En México nos hemos vuelto un pueblo de cobardes, de mediocres; unas mulas vitalicias. No es cuestión de política, ni de políticos. Es cuestión de corazón y de coraje.

Desde niño, me emociono mucho cuando llego al Zócalo. Aún me produce una emoción indescriptible. Sigo leyendo el proceso cuando me sobran 30 pesos, y sigo tratándole de encontrar solución al rompecabezas desde mi humilde trinchera. Sigo votando; no he fallado ni una vez, ni fallaré. Quizá todos se rían de esa democracia que pregono puede llegar, quizá sea un idealista que sólo llegará a ser un idealista veterano y derrotado. Pero aún tengo ganas de hacer lo único que está de mi lado: no cambiar el corazón por el hartazgo.

Una buena mamada



Qué te puedo decir, al final, todos lo que realmente buscan es una buena mamada. Siempre se podrá dejar atrás el delito más herrumbroso, cualquier pasado censurado con clasificación PG-13 o la ofensa más insulsa sobre su madre amén de ofrecer una buena mamada. Cada vez quedan menos caminos por recorrer, todos los rincones anatómicos se van convirtiendo en un mapa lleno de vestigios.

― ¿Y esa cicatriz?
― Ah, me la hice con un novio cuando caímos de la moto
― ¿Pero cómo? me has dicho que temes subirte conmigo a una
― Claro, porque he caído de una anteriormente.

Nunca antes, he amado a alguien como tú. Nunca antes había tenido un sexo tan genial como contigo. Nunca antes se habían venido en mi boca. Nunca antes he vivido con alguien como tú. Nunca antes. Nunca antes he comido gomitas con alguien como tú.

Tal como dice tu amiga Ana, conforme te vas de picada en este precipicio llamado madurez, te quedan menos cosas que ofrendar, superficies inmaculadas ya no quedan, algún rincón virtuoso en tu memoria resulta inoperable. Desde siempre has buscado una mujer lo suficientemente zorra pero con un currículum amoroso incipiente. Que no te niegue el placer de las carnes pero que te evite las amarguras de enterarte de algún pretérito oneroso. No puedes borrar el pasado y mucho menos el tuyo, pero hay un momento específico en el que deja de importar incluso para el más aplicado de los celosos en retrospectiva.

Tarde entendí que la cortesía a mis principios de feminista de clóset y a todas las mujeres de nombre imposible de hacer diminutivos con las que desde hace 30 años tu madre insiste en que visites para escuchar lo hijueputa que son los hombres, no me hayan permitido mandar a todos a la chingada y decir a bocajarro: al final lo que te hace especial, lo que en verdad buscan, lo que hará sublimarte, realmente es una buena mamada y me jacto.

Y si no quedó claro ... a la chingada

Chingada.


Había un cuentillo en los libros de texto escolares (primaria), que hablaba de una india Francisca y la Muerte que la estaba persiguiendo. El caso es que, como Francisca era una mujer muy ocupada, la Muerte siempre llegaba tarde cada vez que pensaba la podía encontrar en algún lugar. Todo mundo le daba direcciones a la muerte de donde encontrar a Francisca, avisándole de antemano-. Pero quien sabe si la encuentre ahí Don, porque andaba con mucha prisa. Ese era uno de mis cuentos preferidos de todo los tiempos, de niño me sacaba una sonrisa y una especie de nostalgia (que no tiene razón de qué y que no puedo explicar).

Sin embargo, desde otra perspectiva -la de un hombre que está escuchando david bowie y tiene ganas de un cigarrillo- estoy seguro que... tanto Francisca, como la Muerte, debieron sentirse muy apresurados toda esa mañana.

Asumiendo que Francisca sabía que ese día le tocaba estirar las patas, debió levantarse muy temprano y preparar un itinerario muy complicado para estar dos pasos adelante de la Muerte. Ya me la imagino, a las cuatro de la mañana y velitas, con sus trenzas hechas y su tilichero preparado, tomando papel y lápiz, escribiendo disléxicamente-: Primero, tengo que estar aquí y luego poracuyá -lamiéndose los labios, entrecerrando los ojitos, forzando su capacidad mental para tener bien preparadas las horas, los minutos, los lugares, los transportes.

Generalmente, cuando uno hace planes así de perfectos, simplemente no funciona. Hay engranes que los maneja otra oficina, otra sección, otra área de recursos humanos. Sin embargo, supongamos que ocurrió el mejor accidente de todos...

Por otra parte, La Muerte después de una noche bastante pesada, llevándose a los quemados de San Juanico, decidió abrir su botellita de whisky cuando llegó a casa, prendió el televisor y le llamó por teléfono a una prostituta. A la prostituta, le encargó dos cajetillas de cigarros, una línea de coca, y diez favores especiales. Fue un mal día para la muerte y se consintió en el vicio. ¿Cuántos no nos hemos consentido el vicio con los malos días? Es comprensible, es natural, es humano... finalmente, humano. ... ¿No es la Muerte un ente sobrenatural, capaz de hacer su voluntad? Ni tanto, aquel cuento que leí, desde el principio remarcó que la Muerte tenía problemas para corretear a Francisca por todo el pueblo, la ciudad, la vida en general.

Si Francisca se levantó a las cuatro de la mañana, hora que debía morir ese fatídico día, fue porque la Muerte atrasó su itinerario y durmió hasta las ocho de la mañana. No sólo eso, sino que tenía el cuerpo cortado, jodido, cadavérico digamos. Estaba cansado. ¿Y todavía, lo obligan a recorrer todo el pueblo en busca de Francisca? Peor que obligar a Ana Gabriela Guevara a que hiciera una carrera maratónica en la política nacional.

La verdad, es que ese día Francisca tuvo suerte y la Muerte, no la tuvo. Un día que sería recordado por ambos como el día en que se fueron caminando muchos kilómetros... si el censo nacional guardara un registro preciso, me gustaría imaginar, ya después de haberme fumado el cigarrillo, que el día de la huída de Francisca, no murió nadie.

Y mejor aún, al día siguiente, murió una sola persona, de la más dolorosa forma posible... en todo el mundo.

sábado, 4 de julio de 2009

Ya no.



Pues ya no soy la otra. A LA CHINGADA. Siento decepcionarlos, pero toda la actitud de zorra que podía existir en mi vida, se escurrió en un departamento lleno de cocaína y ánimo de fiesta empobrecida.

No me arrepiento, no se trata de eso ¿Qué estaba esperando? ¿Qué dejara a la novia querida y virtuosa? ¿Para qué? Después cómo me las iba a arreglar con él, así, desprovisto de ataduras. Precisamente eso me hacía sentir poderosa: que pusiera en riesgo su nido, su equilibrio, sus propósitos, todo por enredarse a un astillero con tacones altos.

Te

     Siento

               Dentro

                         De

                                   Mi

                                             Pecho

Se tocaba como sí tuviera realmente una ardilla (porque me gusta sentirme ardilla) habitando en sus costillas.

Quise hacer un escándalo. Por lo menos romper algún adorno, pero advertía a todos tan narcotizados que no les hubiera provocado ni risa. Con esa idea no intenté alimentar mi ego melodramático, sí no realizar un acto simbólico que pudiera equipararse a todo lo que tuvimos juntos.

Me limité a escucharlo, intentó brindarme una solución, sin embargo los dos sabíamos que era un absurdo. Por eso seguía metiéndose más y me imaginé que se le caía la nariz y yo la calentaba en el horno de microondas: carne cocida, la cena está lista. Encontré honestidad en sus palabras (de amor), pero ya no estaba dispuesta a que tuviera todo.

“Yo se que no me puedo comparar con ella” De haber utilizado coacción más decidida e impresionante, tome un camino asequible, no me arriesgué ¿Intenté dar lástima? ¡Claro que no! Sólo puse en la cabeza del sujeto mi imagen en tono sepia junto a la de ella a todo color. En pura vulgaridad me convertí. Lo más divertido, ocurrió cuando ya ni hablar logró y ceñí mi mente en recordar que hacía pocos días me había subido a un juego mecánico con una gran amiga y la pasamos gritando y riendo. Seguramente ya todo era decepción para mí. Él ya no controlaba su quijada, pero yo estaba arriba del juego nuevamente.


-Eso que tenías con él estaba de la chingada Rascol, por fin, por fin.
Atte. Tus cuates del alma. Osh, nunca entienden mis recreaciones.

Por supuesto que deseo que la mujer se entere…

Por eso me desperté un domingo, hice una cuenta de facebook falsa y estaba dispuesta a enviarle un mensaje. No, mejor vía correo electrónico, ay ya a la chingada, vuelve la vulgaridad. Mejor me pongo a ver Cuna de Lobos o a practicar piano, al fin y al cabo, tarde que temprano, se va a enterar.

…Días antes, me había comprado un juego de lencería color escarlata con mucho encaje. Cuando lo guardé en mi cajón, inspirada por mi enorme fetichismo, decidí que después que se agasajara con la nueva adquisición, claramente tendría que finiquitar nuestro romance. Y así fue. Ya no más.

viernes, 3 de julio de 2009

Disertación en torno a la infinita superioridad de un hijo de la chingada sobre un hijo de puta



El privilegio de mandar o ser mandado a la chingada es algo que únicamente los mexicanos podemos presumir. La chingada es algo así como nuestro mítico Pandemonio, nuestro paraíso perdido, la tierra prometida a la que anhelamos regresar. La chingada es, después de todo, la infinita paz uterina. Pero antes de entrar de lleno al asunto de los complejos edípicos, empecemos por entronizar a la chingada en su respectivo altar, muy superior al que comparten ordinarias mierdas, carajos e hijoeputeces simples, expresiones plebeyas y poco originales de las que está poblada nuestra lengua.

Para todo individuo capaz de expresarse en la lengua de Cervantes, la expresión hijo de puta o hijoeputa está enquistada en una suerte de léxico hormonal. Los centroamericanos son particularmente aficionados a pronunciarla, mientras que para los españoles, dependiendo de la entonación, puede no necesariamente ser un insulto. Por supuesto, también en la hijoeputez hay categorías pues no es lo mismo ser el hijo de una simple putilla callejera a acceder a la categoría del Hijo de la Gran Puta que te parió. La Gran Puta, supongo, bien puede ser la madame del congal. Pero independientemente de los infinitos caminos por los que la hijoeputez puede conducirnos, la verdad es que el concepto adolece una pavorosa falta de originalidad como insulto. Uyyyy, eres el hijo de una puta, de una mujer callejera que comercia con su cuerpo y tu padre es, necesariamente, un soldado desconocido, un tipo que pagó un par de centavos para cogerse a tu madre y tirarse a perder. Un insulto universal, cierto, pero carente de la profundidad antropológica e histórica de nuestra mexicanísima chingada. Véanlo de esta manera: hijos de puta los hay dispersos por todo el planeta. Son of a bitch, un fils de pute, Sohn eines Weibchens y le podríamos seguir. De hijos de puta el mundo está atiborrado. Hijos de la chingada, en cambio, nomás en nuestro México habemos y no es por nada, pero somos mucho más cabrones que los hijos de puta.

¿Quién es la puta? La mujer que desempeña el oficio más antiguo del mundo. Ya alguna vez he escrito al respecto aquí en Recolectivo. La puta y el pordiosero son los seres más universales de la historia humana.

La chingada en cambio, es nuestra. ¿Quién es la Chingada? Mejor no respondo yo y le cedo la palabra a mi compa el Octavio Pacífico. La chingada ante todo, es la madre. No una madre de carne y hueso, sino una figura mítica. La Chingada es una de las representaciones mexicanas de la Maternidad, como la Llorona o la "sufrida madre mexicana" que festejamos el diez de mayo. La Chingada es la madre que ha sufrido, metafórica o realmente, la acción corrosiva e infamante implícita en el verbo que le da nombre.

Luego entonces, si le hacemos caso de don Octa, la chingada es nuestra madre o más concretamente la madre indígena violada por el padre español. La madre que nos avergüenza, a la que repudiamos y amamos con igual intensidad, chingada, rajada, abierta, profanada por el padre al que odiamos y admiramos.

En otras culturas nos mandan al carajo (un lugar incierto) a la mierda (la infantil escatología por delante) a tomar por culo (el deseo siempre latente de sexo anal). En algunas traducciones españolas literales del inglés, nos mandan a paseo (take a hike ¿han escuchado algo más ridículo?) Otros nos mandan a freír espárragos. En Argentina te mandan a fumar (andá y fumá) una forma cotidiana de tirarte león, pero únicamente en México te mandan a la chingada. Quien nos manda a la chingada nos manda de regreso al útero materno y ese, dicen los que saben, es el estado más perfecto de la naturaleza. Luego entonces no está tan mal. Además, la chingada es infinitamente versátil y es una herramienta idiomática todo terreno que nos sirve para componer cualquier frase u oración, algo así como una llave maestra. Porque de “ya chingamos” a “nos chingaron” hay un abismo de distancia, lo mismo que del chingón al chingado o de la chingonada a la chingadera o a lo chingaquedito que ya le debe estar resultando este texto al valiente e improbable lector haya logrado chingarse hasta aquí. DSB


jueves, 2 de julio de 2009

A la chingada. Yo voy a continuar con la historia del sr Nalgabruta.



El señor Nalgabruta, bebió de la vasija que le tendía Lovecraft. Al terminar, malviajado porque todavía tenía mucha sed, en lugar de decir “tengo sed”, hizo berrinche:

- Leía tus libros. Eran mi ficción de cabecera cuando tenía 15 años. Luego comencé a leer a otros autores y tus narraciones comenzaron a sonarme a sonsonete.

- No eran ficción – dijo Lovecraft. - ¿Recuerdas donde cuento de un profesor que sufrió un colapso mental debido a que un miembro de la Gran Raza ocupó su cuerpo? Estaba contando algo que me pasó a mí.

- ¿Cómo llegaste a esta época? - dijo el sr Nalgabruta.

- Soy mayordomo de la mansión de Yog Sothoth que está más allá de los confines del tiempo. Me mandó aquí porque necesita los cronotones de tu cámara de éstasis.

El señor Nalgabruta alzó los ojos al cielo.

- Yog Sothoth es un idiota. Ha de pensar que las paredes de mi cámara de estasis son naranjas que se pueden exprimir para sacarles los cronotones que han atrapado durante 100 millones de años. Y, suponiendo que se pudieran obtener ¿para qué querría un Dios Arquetípico, que vive en los confines del tiempo, cronotones de hace 100 millones de años? - dijo el sr Nalgabruta.

- Los necesita para mandar un avatar suyo 100 millones de años en el pasado para intervenir a favor de los Primordiales en su guerra contra los Dioses Arquetípicos.

El señor Nalgabruta ponderó lo que le decía Lovecraft.

- Yo pensaría que alguien que vive en los confines del tiempo no tendría problemas para moverse en el tiempo y en el espacio. Que Yog Sothoth vaya entonces a la luna, excave 10 kms en su superficie y que exprima mi cámara de estasis todo lo que quiera. No me necesita para su proyecto de viaje en el tiempo – dijo el señor Nalgabruta. - Por ahí apaga la luz porque ya me cansé de oir tus necedades y ya me voy a dormir.

Lovecraft esperaba esa negativa del señor Nalgabruta.

- Sé que no crees que yo sea un autor maleta de cuentos de terror de principio del siglo XX que haya sobrevivido, como tú, al paso de 100 millones de años. Sé que tampoco crees que Yog Sothoth exista y este demandando que lo ayudes. Pero también sé que al cabo de otros días sin agua estarás dispuesto a hacer lo que yo te diga – dijo Lovecraft antes de dejar sólo al sr Nalgabruta en su encierro.

El señor Nalgabruta pensó: “Estoy jodido. Perdí a la humanidad en el transcurso de un sueño y cuando la encuentro está personificada por un pinche loco, o peor, por un autor que ya ni me gusta” antes de domirse.

Transcurrieron 24 horas. El señor Nalgabruta estaba considerando beberse su propia orina cuando Lovecraft apareció con una tacita de agua.

El señor Nalgabruta bebió con avidez, tosió hasta ponerse morado y se desplomó.

Lovecraft se alarmó. Abrió la jaula para examinar al sr Nalgabruta convertido en un bulto y también él se desplomó.

El sr Nalgabruta lo había pateado en las bolas.

- Que Yog Sothoth te las sobe – dijo el señor Nalgabruta antes de incorporarse, salir tambaléandose de sed, cerrar la puerta de la jaula, tirar la llave por una ventana del cuarto diminuto y dirigirse al exterior.

Era de noche. Tan pronto como estuvo en el exterior el sr Nalgabruta olvidó que debía buscar en dónde pudo haber escondido Lovecraft sus herramientas. En lugar de ello se quedó contemplando asombrado el cielo nocturno..

“Las estrellas. No son las que conoces”

“Claro. Han pasado 100 millones de años.”

“Tampoco son las que viste después de despertar en la luna ni en las noches de la caminata que hiciste en la Tierra-”

El cielo tenía más estrellas que los pocos miles que estaba acostumbrado a ver. El sr Nalgabruta contó las de una pequeña región del cielo y calculó que había algunoas decenas de millones en la bóveda celesta. Que putas, había tanta luz que los guijarros del suelo arrojaban sombra,

“Toto, ya no estamos en Kansas.” pensó el sr Nalgabruta.

Examinó el horizonte. No era el mismo que recordara de antes de su captura.

Comprendió que su plan para escapar se había echado a perder. Regresó al interior de la pequeña construcción.

Lovecraft seguía en el interior de la jaula, tendido en el suelo y con las manos en la entrepierna.

- Deja de masturbarte y dime dónde estamos – dijo el sr Nalgabruta.

Lovecraft gruñó. Cuando el sr Nalgabruta pudo entender lo que estaba diciendo Lovecraft se dió cuenta que seguía tan atrapado como antes de salir de la jaula.

Siempre me han gustado los engreídos.


Tengo un defecto, que a diferencia de todos los demás, no es encantador: soy sumamente inconstante. Vamos, no termino las cosas. Facilmente mando a la chingada proyectos, trabajos, actividades, pasatiempos, relaciones. Como si fueran toallitas magitel.

No me malentiendan, son una persona enfermamente responsable, cuando digo que boto trabajos me refiero a cosas personales, que no afectan a nadie más que a mi misma. Eso está más jodido, ¿a poco no?

Cuando tenía seis años le dije a mi mamá que ya no quería ir al ballet, a los siete fue la danza regional, a los ocho el karate, a los nueve el piano, a los diez la natación, a los doce la guitarra, y así sucesivamente. Todas esas cosas las sé hacer dos-tres, pero ninguna de ellas bien, que al final sería mejor, supongo, saberle por lo menos a una, en lugar de a todas un poco. La especialización es lo de hoy. Dicen.

También tenía una exposición de arte en el patio de mi abue, la idea era tapizar toda la pinche cochera, lo cual obviamente no sucedió. Después coleccionaba pelotitas de esas chiquitas que botan mucho, que se fueron perdiendo y quien sabe que les pasó. Tuve el álbum de los Muppets Babies, le faltaron como tres estampas. Y así podría seguirme eternamente... mmm okey no.

Es más, les confieso algo: No sé andar en bicicleta. Imagínense ustedes. Tooooodo el mundo sabe andar en bici. Yo no. Mi papá me regañaba espantosamente cuando me quiso enseñar, y a mis seis años dije "A la chingada con la pinche bicicleta sin rueditas" Bueno, no lo dije, porque de pequeña no decía maldiciones, pero algún equivalente apropiado para horario infantil debo de haber pensado. El caso es que nunca aprendí, lo cual me importa un pepino en rodajas con chile piquín.

(Sobra decir que no me gusta el pepino. Prefiero la jícama).

Para lo único que siempre fui asquerosamente dedicada fue la escuela, por eso mis padres me perdonaron mis constantes abandonos, mis muestras de mediocridad y apatía ante la vida (los libros también los termino, siempre, pero eso es más bien como manía).

Estoy casi casi convencida que la chingada es un lugar mágico, un limbo a donde se van las cosas o las personas que no me gustan, que no me aportan, que no me emocionan, que me dan igual.

Las relaciones no son la excepción. Puedo mandar directito al demonio una, sin el menor ápice de nostalgia, resignación o tristeza. Al diablo contigo corazón, ya habrá otro que por lo menos sepa jugar conforme a las reglas, y que entienda, que cuando ya estás en esto, no se vale llorar.

Esto obviamente cuando todavía no estoy involucrada sentimentalmente, para lo cual se requiere que número uno baje la guardia, lo cual es casi casi imposible. Contrario a lo que mucha gente a mi alrededor piensa, la cortina que suelen tildar de cinismo no está ahí para evitar que me lastimen (ay dios no, cómo va a suceder eso, si de corazón roto han muerto cristianos), eso es una pendejada, sino para evitar que pierda mi tiempo, y el suyo de paso. A mi edad, no estoy dispuesta a invertir más de lo necesario en una persona, en un corto periodo puedo decidir si tiene o no plática, si es inteligente, si me gusta cómo se ríe, si puedo tolerar que le recorte las orillitas al pan. Mi personalidad está bien definida, abarcando obviamente lo que quiero de alguien, aunado a que conforme pasan los años, estoy menos dispuesta a hacer concesiones.

Hace unas semanas me soltaron una joya de discurso motivacional donde básicamente me cantaron mis futuras cicatrices. Cuando dejó de hablar me cruzó por la mente pararme de la mesa y mandarlo directito a la chingada, sin escalas, comovashijodeputa. Largo de mi vida, vida, antes de que termines maldiciendo los lunares de mi pecho izquierdo, y yo acabe salivando rabia con la simple contemplación de tus pestañas.

Pero no.

Por esta ocasión voy a dejar que me lleve la chingada. Mejor eso a que me lleves tú corazón. Por ahí te he de reencontrar para cobrarte.

Y es que de vez en vez me gusta intoxicarme con el ahorasíyamecargó.

miércoles, 1 de julio de 2009

Sí quería y ya no.




No entiendo la incapacidad sobrehumana de las personas de llegar temprano a un lugar. El ochenta por ciento de las veces que hay una reunión, salida, lo que sea, casi siempre las personas llegan tarde. No; -tarde- para mí no son quince minutitos; son 25, 30, 40; pinche gente que toma la palabra puntualidad, la enmarca, y la pone en la pared junto a su certificado de imbéciles, valemadre, herederos de un pueblo esclavizado y con bigotito de telesecundaria. Yo he llegado tarde, ¿has llegado tarde? Todos hemos llegado tarde. Ahora conjuguen conmigo: Ellos llegan bien pinche tarde.

¿Por qué menciono la puntualidad? No sé, ligo eso a la idea de que puedes llegar tarde, pero finalmente, estar en el lugar indicado. ¿Por qué? No sé, porque la gente se ensarta la idea de que pueden hacer las cosas de la fregada, llevarse consigo a un friego de patudos, pero hacerlo despues de todo. Al respecto opino algo muy sencillo: Merdah. Me da cosita cada que veo un programa, un comercial, propaganda de los partidos, y de repente los engranes bien pinche oxidados de la gente comienzan a ... oh, FUNCIONAR. -Mira, quesque ahora las cosas si pueden salir biens- -Mira qué boneto; se nota que le echan ganas a los nuevos programas- -Ay viejo, cuando tengamos nuestra casita de nosotros vamos a comprar de esos sillones 'eda?-


Soy de esas personas que si algo no les está gustando en absoluto y no hay nada que hacer, o se cansan, terminan por dejarlo e irse . Que si eso es correcto, que si te van a estigmatizar de Mediocre, flojo, absurdo, hipócrita, falso, pendeho, valemadrista, me tiene sin cuidado. ¿Saben qué sucede cuando alguien me insulta? Lloro. Así como he mencionado que siempre he estado harta y me ha enfadado en sobremanera la escuela, habrá de serles fácil creer cuando menciono que yo faltaba constantemente. Si un día abría los ojos, bostezaba, y me daba cuenta de que las ganas por no ir eran insoportables, me inventaba algun dolors y asi me quedaba en casa. A veces me metía tanto en mi papel, que de verda' terminaba malita, no sé porqué. Supongo que el poder de la mente es bien grande, y más todavía cuando se es un asqueroso flojo sin ganas por hacer algo en la vida.


Por obvias razones, tampoco hacía mi tarea generalmente. Lo peor era que, teniendo una gran oportunidad de hacerlas entre clases, no lo hacía. Me castra la idea de andar haciendo todo a carreras y arrastrado nada más por cumplir. Yo usaba, en vez de eso, el tiempo en, no sé, ver directito al sol hasta que me dolían mucho los ojos, ver los focos para que me hicieran estornudar, quedarme dormida sobre la butaca... pero ¿hacer la tarea? No, qué ofensa.






Sólo conozco a un tipo de gente que alienta eso de TERMINAR ALGO, por la paz:





Estás bien fea.
Tus entradas me dan weba.
Deberían sacarte de Recolectivo.
Escribes de la chingada.
Un mandril fluorescente lo haría mejor que tú.
Me cagas.
Me das asco.
Me das risa; ya muerete.
Pinche morra que ni escribe bien.
Mediocre sin cabeza con aires de grandeza.
Imbecil desmejorada con el cerebro de Pizzerola.
Que te saquen y metan a alguien más.
Que te saquen y luego te degollen.
Vergüenza de bloggeros.
Escoria de Twitteros.






Por experiencia, si estoy leyendo un libro y ya a la mita' sigo sin encontrarle el jugo, lo tiro a la desvergüenza. Si me hablan por MSN y me harto, cierro la conversación y me salgo; a veces le aviso a la persona que la voy a eliminar. Lo único que siempre termino, pese a T O D O, es la comida, porque tirarla es malo y si la desperdicio va a aparecer un niño de la calle en mi ventana por la noche, se pegará al vidrio y lo llenará con sangre de chivo.


Mi práctica solución por en veces dejar las cosas me ha acarreado mucho odios. Me pregunto si algun dia la humanida' se iluminar'a y pueda notar lo genial y buena gente que soy. Todos los días rezo por ello. Y porque si no, al menos usen el cerebro... nomás tantito, ya saben, para que varíe la cosa. Pero si ya han hecho todo lo posible para que su hamster le dé duro a la rueda y nomás no pasa nada porque es GORDO y no tiene salvación, la mejor salida y la más práctica solución: Ya no lo intenten; total, ni pueden.

De y a la.



De la chingada. La primera vez me terminó por un malentendido del que no me enteré sino hasta años después, cuando regresamos. O cuando yo pensé que habíamos regresado. Me lo dijo con todas sus letras: estoy enamorada de otro (Era un pobre imbecil —en esa situación el otro, invariablemente, es un imbecil— que estaba más preocupado por el torneo de futbol de su escuela y por esconderse de ella). Yo hice lo que hacen todos los idiotas —el que está de este lado siempre es un idiota, es inevitable— en esa situación: Cerré la boca e hice de tripas corazón. Asumí el papel de _________ (hasta la fecha no sé que éramos, póngale usted nombre), que sólo la veía en la clandestinidad de las cuatro paredes de su casa. A solas nos entregábamos hasta las cicatrices, pero afuera, frente al mundo, ni siquiera se sentaba a mi lado. Un día, mientras nos dibujábamos diálogos en su cuaderno, escribí “Te amo”. Ella sonrío, pero no dijo nada.

A la chingada. Un día le llamé para avisarle que iba hacia su casa. Me dijo que no, que no era buen momento. Por más idiota que sea –y esté por alguien- uno sabe reconocer perfectamente el momento en que todo se va a la chingada. Así era; me dijo algo que no quise escuchar sobre su ex novio, luego un buenograciasportodotecuidasadios dicho con ese maldito tono de “Lo siento, pero en realidad no mucho”. Me enervó que ni siquiera me lo dijera de frente, así que fui a su casa e hice un desmadre del que aún me avergüenzo. Fue la última vez que le reclame algo así a una mujer.

****

De la chingada. Veníamos de dos mundos diferentes. Fui yo el que trato de adaptarse. Incluso de cambiar. Salíamos a restaurantes, a bares, lugares y actividades que me eran tan alienígenas como la superficie de Marte. No me importó; trataba de acoplarme a ella, a sus modos. Muy en el fondo sentía lastima por mí mismo, pero trataba de justificarme ante mis propios ojos con ese razonamiento absurdo que llamamos amor. Ella se mostraba completamente ajena a lo que yo pasaba y sentía. Estoy seguro que lo sabia, pero no le importaba.

A la chingada. Un día la invite a salir y se negó diciendo que tenía algo que hacer. Al día siguiente me contó como si nada que había salido con un conocido (cuando supe quien era pasé uno de los momentos más amargos de mi vida; debo decir, haciendo uso de toda la objetividad que poseo, que el tipo era una completa nulidad, pero poseía lo que yo no: _________ [nunca he sabido que es eso que siempre me ha faltado]. En el fondo, detrás de todo el dolor, creo que me sentí un poco aliviado al darme cuenta de lo que ella consideraba una pareja aceptable). Después me dijo que tenía que hablar conmigo. Ja. Ni siquiera espere que dijera algo, simplemente di la vuelta y me fui.

****

De la chingada. ¿Por dónde empezar? Podría comenzar por el infaltable lugar común: el amor que ella sentía por otro. Pero eso —tristemente— ya era algo tan común para mí que de facto lo incluía en la ecuación. Aún así le entregue los restos que me quedaban. Me paré ahí y dije: “Esto es lo que soy”. Ella tomo algunas cosas; a veces era apoyo, a veces consuelo, a veces entretenimiento o puro y simple sexo. Yo tomaba lo que podía e inconcientemente, mediante humo y espejos, me convencía a mi mismo y lograba que ante mis ojos pareciera más de lo que era. Aquello era un estira y afloja que me mantenía física y mentalmente agotado.

A la chingada. Inevitablemente, aquello se rompió. Ni siquiera ahora puedo explicar o entender bien que fue lo que pasó, pero las cosas fueron escalando hasta salirse completamente de control; aquella lucha de poderes y necesidades se convirtió en una vorágine de reclamos, presiones, desprecio y golpes directos. Al final no pude más y ni siquiera me detuve a recoger los pedazos que iban desprendiéndose de mí, sólo me alejé sin mirar atrás, dejando todo lo que me restaba ahí.

****

De la chingada. A veces imagino que en algún lugar debe existir un Doppelgänger formado con todos los pedazos de nosotros mismos que vamos dejando en el camino; todos los sueños, ilusiones y promesas; incluso pedazos completos de nuestra personalidad. Tristemente, creo que el mío seria una persona bastante completa e incluso agradable.

A la chingada. La ventaja de deshacerse de tanto es que llega un momento en que uno se vacía y entonces, sólo entonces, se puede volver a empezar desde cero; una nueva oportunidad para reconstruir, de la nada, todo lo que alguien alguna vez despreció.

Todo lo anterior ahora me parece muy lejano, perteneciente a otra vida, y en cierta manera así es; durante años me deconstruí a punta de madrazos y heme aquí. A la chingada con el pasado; ahora, empecemos por hacernos pedazos.


martes, 30 de junio de 2009

Les Causes Perdues



La imposibilidad de evadir las pláticas sobre salud personal, enfermedades y, peor aun, remedios caseros, homeopáticos y alopáticos se ha incrementado con los años. Probablemente tener 29 años - casi 30, a decir verdad - me acerca desbocadamente a una legión de enfermos preocupados por convalidar años de excesos. Quizá sea mi caso. Lo relevante aquí es comprender que no importa cuan jodido esté el planeta, sus guerras, los gobiernos disfuncionales, el caos, la inmundicia, la ausencia de significados y el panorama lúgubre envolvente; lo que a la gente verdaderamente le preocupa es su salud. Todo lo demás solo los compunge o los conmueve - a lo mucho los indigna -, y todos esos sentimientos son intercambiables. Basta cualquier distractor para que la noticia de asesinatos y violaciones se difumine cómodamente. Una muela podrida, en cambio, o el sobrepeso que comienza a calar en las rodillas o corroer el colon, es un asunto de índole apocalíptico y definitivo: eres endeble y te vas a morir.
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Es difícil lidiar con los códigos de vestimenta de los trabajos y oficinas. Bueno, en realidad no. Es lamentable, eso si, ajustarte a las exigencias inherentes del reclutamiento, y luego sobrevivir diariamente vestido de forma diferente a la que te identifica. Es la identidad la que se diluye, y la incomodidad de esos zapatos, el pantalón formal - que empeora si debe llevar pinzas -, planchar esa camisa infinitesimal o utilizar corbata, es el prefacio de que ya no te perteneces, y que lamentarse de eso, o asumirlo, es todavía más ridículo que tu atuendo.

La cosa empeora cuando el código de vestimenta goza el apoyo de tus compañeros de trabajo, y sin necesidad de que el patrón te sancione, si te atreves a llegar en tenis o camisa polo, sin corbata, tus amigos esclavos te contemplarán con desdén y reprobación. Tal dinámica es toda una institución. Combatir contra ella, especialmente en este país de las apariencias, donde una corbata y un saco es la diferencia entre "joven" y "licenciado", es futil. Lo mejor que puedes hacer es utilizar calzones serigrafiados con rostros de Proudhon, Bakunin y, de ser necesario, Sade y Henry Miller. Estos últimos, dependiendo tus inclinaciones, en el culo y en el frente. Hacerlo será tu último reducto y consuelo.
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Hay que aceptarlo: la gente quiere reir. Ese es el secreto de la blogstaridad. Eso, y un toque de incorrección, o de irreverencia ante el status quo inmediato o, si te cuesta trabajo la guasa y la majadería, de alegorías generacionales que todos compartimos. Debes hacer reir al lector, o insultar como nadie más (el teorema de pepito), o comulgar con él, decirle que te sientes igual que él, y que compartes perspectivas semejantes sobre el pasado, sobre la vida y sobre el futuro, sobre el sexo y la comida. La literatura no es eso, ni remotamente. Creo que cuando un autor olvida los temas urgentes, cae en esos largos etcéteras que son también el equivalente de esas reflexiones diluidas o pasadas por agua que aparecen en los programas de televisión, útiles para amalgamar lo banal con lo sublime.
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Por otro lado, dudo que recurrir al tema de Honduras se trate de algo urgente o necesario. Uno abre páginas, lee portales de noticias y piensa: ¿Un golpe de estado? ¿Militar? ¿En pleno siglo veintiuno? No sólo el asunto es tristísimo, sino demasiado passé, penosamente retrogrado. Apenas en el 2002 casi tumbaron a Hugo Chavez, y el coup d'etat unicamente refrendó el poder del caudillo venezolano. Era como Pepsi contra Coca-Cola, por el poder absoluto de las fuentes de soda en los McDonalds.

El betún adornó el pastel cuando hube de presenciar el congreso hondureño rezando ¡Rezando! Tomados de la mano, alguno que otro lloriqueando. Afuera la gente acusaba a los soldados de traidores, y aquí en México, en Venezuela, en Bolivia y en todas aquellas partes donde la izquierda ha resurgido como si fuera un revival de Cher, Chico Che o Rafael, los discursos populistas, incendiarios y antiyanquis (¿es eso la izquierda, un perpetuo NO al destino manifiesto gringo?) han encontrado mejores microfonos y delirios renovados.

La izquierda no es un tema urgente. Probablemente sea más interesante entender como nos hemos convertido en repúblicas bananeras para risa de pocos e indiferencia de muchos, porque ¿a quién de los que me está leyendo en este momento le importa sinceramente un bledo lo que sucedió en Honduras? (Anden: digan que si; es barata la conciencia súbita y la preocupación repentina).
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Escuchar la guerra contra el narco me priva. Es una cumbre ingenua. El sitio más alto a donde una competencia deportiva de niños de preescolar puede aspirar. Me gusta pensar, o más bien, recordar, a Julio, a quien ya no he visto en algunos meses, y que, palabras más o menos, trabaja o trabajó para cierto cártel.

Recuerdo cuando fanfarroneaba de haberse acostado con Michelle, quien por otro lado gozaba la fama de haberse acostado con casi todos los amigos de Julio, y cuando le pregunté en tono de muchas bromas si había usado condón, me dijo que no, por que no le tenía miedo ni a la guerra contra el narco ni al Sida. Por qué no les tienes miedo, le pregunté con una mueca de diversión. Pues por que las dos cosas son inventos del gobierno para que la gente no pueda ganar dinero ni coger a gusto.

Ni el Sida ni el gobierno acabará con el narco. Pero uno puede asombrarse o reir con toda la idiosincrasia que le acompaña. Eso, sin duda.

Lleve lleve.



Mire, ni usted ni yo: usted dice que diez y yo digo que quince; vamos a dejarlo en trece y le pongo uno de pilón.

Dime cómo regateas y te diré quién eres. El que sabe regatear es porque mucho ha buscado en la vida, y el que no se deja a la primera es porque mucho tiene que perder. Pero sólo los años enseñan a regatear: cuánto tienes, cuánto vale, cuánto quiero, cuánto puedes. Y si se trata del corazón, o sabes regatear, o te carga la chingada.

Los más divertidos son los regateos familiares. No nos hagamos: algo tienen los otros que queremos, algo tenemos que los motiva a soportarnos. Sea la foto familiar para fingir estabilidad, sea la auténtica relación filial, nadie da nada por nada ni en el momento de mayor generosidad: el amor incondicional suele venir acompañado de una esperanza de no acabar solos en un asilo de ancianos, o de tener un donante de riñón en caso de ser necesario.

Los regateos de oficina son de hueva. Desde el regateo inicial, en donde el que pide siempre está en desventaja –pinche sueldito de mierda, pero si desde el principio debí haber pedido más-, hasta las horas extras que se negocian como si de tomates se tratara: pero si necesito que te quedes hoy en la tarde; pero es que tengo un compromiso; pero es que recuerda que te dimos el medio día que pediste; pero estoy poniendo mi carro, eso también cuenta. Regateos malogrados plasmados en un cheque de poca monta; y otra vez, y otra vez.

Regatear con las mascotas es como ensayar para cuando llegue la grande. La técnica se pule luego con los hijos. La práctica se conserva con un padre anciano.

Los regateos del corazón, esos son los complicados. Ándele güerita, que al cabo se la va a pasar bien. Que la mercancía que traigo no la va a encontrar en otro lado. Que le traigo un modelo antiguo, pero que es original; que a estas alturas ya se le llama de colección. Que si yo le doy mi corazón, luego con que me quedo, oiga. Que si me lo das o que si te lo presto. Que me gusta oírlo cantar mientras yo le hago las cuentas. Que ándele, que le voy a poner dos al precio de uno y medio. 

Hasta que la negociación se va a la chingada: usted no está dispuesto a bajarse marchante, y así, nomás no me sale. 

lunes, 29 de junio de 2009

Cut Cut Cut



Nos educan a ir eligiendo lo socialmente correcto, a ir construyendo con castillos de acero. Nos empujan a subir los siguientes peldaños en lo que toca a la familia o la profesión. Nos aconsejan para evitar pasos en falso. Todo ello es una fórmula "infalible" para obtener seguridad y tranquilidad con un toque de felicidad aparente y aceptación social.

Los cambios de rumbo se quedan para las pláticas de cantina. Son sólo inocentes anhelos que todos tenemos y que por eso vuelven a caer dentro de lo normal y lo esperado. De esos sueños están llenos los oficinistas de 9-7, que resisten gracias a cada quincena cobrada. O las parejas que se engañan -no necesariamente con sexo-. O los que soportan estupideces de los demás porque las manejan con mejor cara que a la soledad.

Supongo que el futuro para una veinteañera que deja un matrimonio estable es obscuro. ¡Divorcio! El horror… quien sabe si la volverán a querer o si podrá conseguir la misma estabilidad económica. Y que pasaría si la misma mujer a los treinta se endeuda para vivir un sueño en el extranjero, en vez de dar un enganche a infonavit. ¿Y los hijos, cuando? Supongo el futuro se ve aún peor si se niega a conseguir un trabajo de 60 horas semanales, a cambio de un sueldo que le permita ir amortizando la pinche deuda.

La falla de esa formula es no incluir la potencialidad. El tic-tac del reloj no sólo invoca a un futuro que irremediablemente va a llegar. La cosa es cómo llega, cómo buscamos que llegue. Que creencias y formas que cambiamos. Las pasiones desarrollamos. Lo que podemos llegar a ser.

¿Cómo saber de lo que soy capaz si no cortando en alguna con lo anterior?
Blogalaxia